Los Indios, su Historia y su Civilización
Part 13
Decretaron en su favor todos los privilegios que el derecho ha inventado para amparar contra los abusos del fraude y de la violencia á las personas ignorantes ó desvalidas.[132]
[132] Los indios estuvieron á cubierto de las iniquidades de la Inquisición. Ley 25, t. I. Libro 6.--Ley 17, Lib. I, de la Rec. de Indias.
En el t. 1. del Cedulario de la antigua Real Audiencia hay muchas cédulas en favor de los indios del Reino de Guatemala.
Entre otros, son muy notables los que siguen:
Los virreyes, audiencias y demás magistrados de las Indias debían poner particular cuidado en que los indios comprasen sus bastimentos por precios equitativos, "tasándolos con justicia y moderación"; y "en que los hallasen más baratos que la otra gente, en atención á su pobreza y trabajo," debiendo castigar los excesos con demostración."[133]
[133] Recopilación de Indias, libro 6, tít. I, ley 26.
Eran declaradas nulas las compras que se hicieran á los indígenas, á menos que se efectuaran en almoneda pública, debiendo pregonarse por el término de treinta días si se trataba de bienes raíces, y por el de nueve si se trataba de muebles que valiesen más de treinta pesos de oro común. Los objetos de menos valor no podían ser enajenados sin permiso é intervención de la justicia.[134]
[134] id id id id 4, tít. I, ley 27.
Las tropelías y vejaciones perpetradas contra los infelices naturales causaban tanto disgusto, tanta repugnancia, tal vez tanto sonrojo en la corte, que los reyes ordenaron que en las capitulaciones para nuevos descubrimientos "se excusara la palabra _conquista_, y en su lugar se usara de las de _pacificación_ y _población_, pues habiéndose de hacer con toda paz y caridad, era su voluntad que aun este nombre interpretado contra la real intención no ocasionase ni diese color á lo capitulado, para que se pudiese hacer fuerza ni agravio á los indios".[135]
[135] Recopilación de Indias, libro IV, tít I, ley 6.
Por desgracia, la supresión del nombre no importaba la supresión de la cosa.
De los hechos que acabo de mencionar muy en resumen, aparece que había acerca de la condición y tratamiento de los indígenas americanos dos doctrinas diametralmente opuestas, sostenida la una por los reyes y practicada la otra por los conquistadores.
La opinión real era defendida en América, comunmente por los eclesiásticos y los legistas.
Según los conquistadores, los indios eran siervos _á natura_, incapaces de comprender y malos por instinto; especie de bestias, que no podían tener otro fin que el de ejecutar oficios de tales. Al observar la manera como se trata á los indios, escribía el rey á la audiencia de Quito en 19 de Octubre de 1591, "parecen haber nacido sólo para el servicio de los españoles"; y en efecto era lo que creían los conquistadores.
Según los reyes, los indios eran hombres como todos los otros, aunque más desgraciados y miserables, á quienes los monarcas de España, por disposición de Dios y del papa, debían instruir en la verdadera fe, para que en la tierra sirviesen á las dos Majestades, y pudieran de este modo ser bienaventurados en el cielo.
El destino del desdichado indio, era para los conquistadores el provecho personal de su amo; y para los reyes, su conversión al catolicismo.
Cualquiera habría imaginado que la doctrina sostenida con tanto empeño y constancia, de abuelos á hijos, por los omnipotentes reyes de España hubiera sido la que había de prevalecer.
En abstracto, prescindiendo de las circunstancias especiales, esto habría sido lo lógico, lo natural; pero la fuerza de la situación pudo más que la voluntad soberana de una larga serie de monarcas absolutos y venerados.
En vano dijeron: esto es lo que queremos y lo que ordenamos; y en vano se llevaron repitiéndolo de año en año, por espacio de tres siglos.
Su generoso y ardiente anhelo de hacer á los indígenas dichosos en este mundo y en el otro, tuvo que quebrantarse delante de una situación que no pudieron dominar completamente, que no pudieron amoldar á sus benéficos planes.
El genio de Colón había dado á los reyes de España la magnífica presea de un vasto mundo, ignorado hasta entonces en medio de las aguas del océano.
Pero una vez descubierto el nuevo Continente, había que tomar posesión de él; había que conquistarlo, como se dice en la lengua vulgar; había que pacificarlo y que poblarlo, como dice la ley de Indias.
La empresa era por demás ardua y dificultosa.
Para ello, había que imponer la ley á una población desprovista de medios de ataque y defensa comparables á los de los europeos, pero en compensación sumamente numerosa; y sobre todo, había que vencer una naturaleza exuberante é imponente; los ríos, las selvas, las ciénegas, las cordilleras; y había que soportar todo linaje de privaciones y de penalidades, desde el hambre hasta la fiebre.
Habría sido bello, admirable, sublime, el espectáculo de una nación que se hubiera encargado de convertir á la civilización aquellas poblaciones bárbaras ó semibárbaras, con todo desinterés, sin otro estímulo que el de servir á un principio santo, que el de cumplir un gran deber, que el de realizar una obra que se presumía ser sumamente grata á Dios.
Las cruzadas de esta especie á la América, en el siglo XVI, para libertar á los indígenas de los vicios de la barbarie, habrían sido harto superiores á las que en el siglo XI se dirigieron al Asia para libertar de la dominación musulmana el santo sepulcro.
No pretendo negar que entre las turbas de aventureros que vinieron al Nuevo Mundo, al tiempo del descubrimiento, ó en las épocas posteriores, hubiera algunos varones insignes y preclaros á quienes animaban los afectos más generosos, el anhelo de la gloria, el deseo del engrandecimiento de la patria, el propósito de ser útiles á sus semejantes y á su religión.
Pero por desgracia esas fueron excepciones.
La gran mayoría de los conquistadores y colonizadores españoles miraban más por la granjería de sus haciendas, que por la salvación de las almas infieles.
Aquello que buscaban con empeño desmedido era, no tanto méritos para la bienaventuranza celestial, como recursos para la prosperidad terrena.
Inmediatamente que llegaban á una comarca, preguntaban á los indios por el oro y la plata que en ella había, hasta el extremo de que algunos de los interrogados se persuadieron que estos metales eran el dios que aquellos extranjeros adoraban.
Ahora bien, no podían obtener el codiciado atesoramiento de riquezas sin la cooperación forzada de los indígenas.
Los conquistadores españoles eran relativamente muy pocos: algunos millares de individuos esparcidos en un vastísimo Continente.
Aún cuando hubieran tenido voluntad de trabajar, y tiempo de hacerlo, no habrían bastado por sí solos, particularmente en medio de tantas y tan variadas atenciones, para enriquecerse, y sobre todo para enriquecerse pronto y muy pronto, como lo pretendían.
La metrópoli, á lo que se ocurre, no podía disponer más que de dos arbitrios para tomar posesión del Nuevo Mundo: ó formar cuerpos pagados de conquistadores, ó dejar la empresa á la actividad individual de sus súbditos.
Lo primero era materialmente imposible. La monarquía española, de erario siempre escueto, no tenía que gastar. Para equipar las tres miserables carabelas de la expedición de Colón, la reina Isabel tuvo que empeñar sus joyas. ¿Cómo habría podido la metrópoli levantar ejércitos asalariados para enviarlos á América y en seguida proveerlos y mantenerlos en ella?
No quedaba más que el segundo arbitrio, que fué el que se adoptó.
Pero habría sido insensato imaginarse que tantos aventureros desalmados hubieran venido á arrostrar todo linaje de fatigas y penalidades, sin el atractivo de una ganancia pronta y muy cuantiosa.
Y ésta, dadas las circunstancias, no podía conseguirse sin la explotación de los pobres indígenas"[136].
[136] "Los precursores da la independencia de Chile," por Miguel Luis Amunátegui, Tomo II, p. 18 y 19.
Por eso no bastó el plausible anhelo de los monarcas iberos para hacer felices á los indios. El interés, que es la gran palanca que mueve al mundo, pudo más en América que la noble actitud de los reyes españoles, desde el otro lado del océano; el interés de los que aquí venían en busca de oro, les hizo considerar á los indios como siervos _á natura_, á pesar de las opiniones de los legistas y de los eclesiásticos, que propalaban por lo común, los derechos de los pobres naturales de estas tierras, como antes se ha dicho.
El Ilmo. Don Cayetano Francos y Monrroy, Arzobispo de Guatemala, en un informe que expidió el 13 de Agosto de 1784, decía: "Es opinión entre algunos que _al indio hasta quitarle el dinero y el pellejo_. Lo peor no es que se diga, sino que se ejecute........ He aquí porqué dice el Señor Palafox que el juicio de los indios ha de ser terrible y temible. Sin embargo, no extrañaré que haya quién diga que es preciso tratarlos de esta suerte para sujetarlos y que no se subleven. Tampoco me hará fuerza que se asegure que el indio es por naturaleza incapaz, idiota y poco menos qu irracional. Lo primero, á más de ser por decirlo así, una herejía política, es un error enorme, y ésto sólo se puede decir por quien no los ha tratado, oído ni visitado, como padre y como pastor, que como dice el Pr. Palafox, es donde únicamente se les conoce. Lo que á mí me ha enseñado la experiencia sobre este punto, es á la verdad todo lo contrario; y por lo mismo, afirmaré que por lo común se vive muy equivocado, pues el indio es por naturaleza humilde, agradecido, garboso, fiel y capaz para cualquier oficio y aun también para el estudio, pues no ha faltado algún otro, aunque muy raro, que habiéndose dedicado á las letras se ha graduado en la universidad de Salamanca, y ascendiendo á las sagradas órdenes, ha desempeñado con acierto el oficio de párroco en el pueblo de Ocosocoutla del obispado de Chiapa"[137].
[137] "Gaceta de Guatemala," del lunes 6 de Junio de 1803.--n.º 306, tomo VII, folio 239.
Es innegable, pues, que á la sombra de las benéficas leyes de Indias se habían introducido en América, innumerables abusos, y que, por medios ingeniosos y atrevidos se burlaban las más de las veces las providencias reales. A mediados del último siglo, emitieron dos célebres matemáticos, D. Antonio de Ulloa y D. Jorge Juan un informe secreto á Fernando VI, que fué impreso en Londres el año 1826, en la tipografía de R. Taylor. En esa importante obra, escrita por dichos sabios, se narra la crueldad y extorsiones de que fueron víctimas los indios; las causas de su origen y los motivos de su continuación, durante tres centurias.
Ni era hacedero humanamente que, hace trescientos años, á raíz de la conquista del Nuevo Mundo, en medio de las preocupaciones y errores de aquellos tiempos, dejasen de cometerse abusos, desvirtuándose las filantrópicas leyes de los monarcas iberos, que no podían ver lo que pasaba aquende el océano. Era tardía la administración y dispendiosos los trámites. Para reparar una falta necesitábase mucho tiempo y sobra de dilatorias. La precisa intervención de los tribunales de las Audiencias en todos los negocios gubernativos era constantemente la causa del entorpecimiento de las disposiciones del Consejo de Indias, de las resoluciones de los virreyes, y del curso de los procesos, por más serios é importantes que fuesen. Los virreyes pasaban casi todos los asuntos á las Audiencias para evitarse cargos en las residencias, y tenían que contemporizar con los oidores, que en último caso serían sus jueces. Las Audiencias desplegaban gran fuerza subyugadora en sus respectivos distritos, y absorbían con su influencia todos los elementos gubernativos. Eran los territorios muy extensos, las comunicaciones harto lentas, y la vida administrativa pausada y soporosa. El aparato y el trámite prevalecían sobre la justicia práctica. Los procesos y los pleitos ahogaban el derecho, mientras languidecían los intereses y se llevaba una existencia monótonamente triste.
CAPITULO TERCERO
=Fr. Bartolomé de las Casas en Guatemala, y el tributo, los mandamientos y las encomiendas de los indios=
SUMARIO
Conatos de rebelión de los indios.--Malos tratamientos de que eran víctimas.--Fr. Bartolomé de las Casas.--Su filantrópica misión.--Conquista pacífica de la Verapaz.--Tratado latino del P. Las Casas "De único vocationis modo"--Oposición de la Real Audiencia de Guatemala al obispo Las Casas.--Notas del Cabildo de la ciudad de Guatemala malquistando á Fr. Bartolomé de las Casas con el emperador Carlos V--Trabajos del protector de los indios para que se abolieran los _mandamientos_.--El servicio personal de los aborígenes en Guatemala.--Las encomiendas.--Opiniones de los jurisconsultos Albornoz, León, Matienzo y Herrera sobre las encomiendas.
Hacíanse las reducciones de los indios á sangre y fuego por los conquistadores, habiéndose aquellos sublevado más de una vez, al contemplar rotos sus ídolos, violadas sus mujeres, y en estado de esclavitud á sus hijos. Los incas se esforzaban heroicamente por recobrar su libertad; los araucanos se alzaron; los aztecas pusieron en conflicto á los españoles en la _noche triste_; los quichés se revelaron contra el yugo extranjero; los zendales tomaron otra vez las armas, creyendo que volverían á ser los señores de su tierra; y Quiruba, cacique de los jíbaros del Paute, mandó tocar el cuerno del combate contra los blancos, y redujo á cenizas la ciudad de Logroño, arrebatando para sus soldados á todas las mujeres jóvenes, hasta á las monjas de la Concepción, que después fueron, cual otras sabinas, las madres de los hijos de aquellos bárbaros.
Natural era que las naciones de las razas primogénitas de este hemisferio se empeñaran en resistir la servidumbre que les imponían los conquistadores, que cayeron sobre ellas como una terrible maldición, llevando el exterminio y el llanto hasta el pueblo más remoto y la choza más apartada.
En medio de este cuadro de sangre y de dolor, se alza, cual emblema de virtud, de humanidad y de consuelo, el meritísimo Fr. Bartolomé de las Casas, protector ferviente de los indios, que vino para abolir aquí los tributos de jóvenes y niñas, entregadas á la liviandad de los conquistadores; para poner término á la hoguera y á la horca; y para abogar contra la rudeza de los mandamientos y encomiendas[138]. Diríase que fué el angel bueno, que enjugaba las lágrimas de los infelices conquistados[139]. Fr. Bartolomé de las Casas es el modelo de la fe, la piedad y el espíritu verdaderamente cristiano, que contrasta con el fanatismo feroz de Luque, Dávila y Valverde[140].
[138] Crónica indígena.
[139] Las Casas vino á Guatemala á principios del año 1531.
[140] Oeuvres de Marmontel. Vol. III, Los Incas.
Cuando se considera que la aberración y la codicia pusieron en duda hasta la racionalidad de los aborígenes, y que el orgullo de los conquistadores, en todas las épocas y en todas las naciones, ha visto con odio á los que han sucumbido á la fuerza del destino; se magnifica y se eleva el filantrópico misionero que abogaba por la raza vencida, á pesar del torrente de las ideas y de la oposición de los dominadores. Mientras que don Pedro de Alvarado había sometido á los indios, por medio del terror en las tierras vecinas al golfo de Honduras, el piadoso domínico se preparaba para la conquista pacífica de la región más rica que había entonces, por estas primitivas comarcas. Denominábase _tierra de guerra_, lo que después llamóse _Vera Paz_, nombre que revela la tranquilidad á que llegaron aquellos pueblos, por el convencimiento y no por la fuerza de las armas. El P. Las Casas había escrito un tratado latino, con el nombre de "_Verdadero modo de convertir_" (_De único vocationis modo_), por medio de la predicación. Hizo componer en lengua quiché sencillas canciones, en que estaban expuestas las doctrinas fundamentales de la religión cristiana, y dispuso que aprendiesen á cantarlas algunos de los naturales, que ya se habían sometido, y que después se presentaban como mercaderes para despertar la curiosidad de los pueblos que iban á reconocer. La novedad de las baratijas que vendían, y el canto y música que empleaban, dice Remesal, atrajo pronto á los curiosos de Tesulutlán, que en 1537, fueron visitados en persona por el mismo Fr. Bartolomé, pacífico redentor de los indios bravos de la Vera-Paz.[141]
[141] Herrera, Déc. I, Libro IX, cap. 14.
Ni se limitaba el celo del piadoso misionero á reducir, por la razón, á los pueblos de aquella exuberante zona; que también el filantrópico discípulo de Cristo, clamó por que no se impusieran los onerosos tributos y las tequiosas encomiendas sobre aquellos á quienes llamaba hijos suyos. La Real Audiencia de Guatemala era contraria á los propósitos del protector de los aborígenes, quien con fe inquebrantable en sus propósitos y alentado por su corazón magnánimo, tuvo que hacer viaje á España para abogar por los indios y por la conquista pacífica de las tierras de la Corona. El Cabildo de la muy Noble y Leal Ciudad de los Caballeros de Guatemala, dirigió con fechas 20 de Abril de 1540 y 10 de Septiembre de 1543, oficios al emperador, tratando de malquistar á Fr. Bartolomé de las Casas,[142] á quien llamaron "_frayle no letrado, non sancto ynvidioso, vanaglorioso, apasionado, ynquieto y no falto de cudicia_." Tampoco se mostró amistoso hacia él, el obispo Marroquín, que también hizo malévolas apreciaciones de su conducta, ante el gobierno de España.[143] Casi todos se burlaban de las filantrópicas ideas del Vicario de los Domínicos, quien sostuvo siempre que sólo por la persuación era legítimo tornar al cristianismo á los indios. Hoy la historia le ha hecho justicia, y recuerda con admiración al varón humanitario que indujo al gobernador del reino de Guatemala, Alonso de Maldonado, á no establecer encomiendas en la Vera-Paz, y á que ningún español entrara allí por el término de cinco años.[144]
[142] Gavarrete, cop. Doc. 41, 42.--Arévalo, Colección de documentos antiguos, 15, 16.--Edición de "El Museo Guatemalteco"--1857.
[143] Bancroft, Volume VII, page 354. Ieazbalceta, Colec. Doc. I, 255.
[144] Convenio de 2 de Mayo de 1537 y Cédulas de 17 de Octubre de 1540 y 1.º de Mayo de 1543.
Los misioneros fueron hasta el centro de aquella región, y después de convertir al cacique Don Juan, que así decían al jefe de las tribus, juntáronlas en pueblos, que se hallaron ricos y felices, mientras no cayeron en manos de la codicia de los aventureros. Los choles, los manchés y otros fueron reducidos por los religiosos domínicos, quienes fundaron muchos pueblos; pero el año de 1678, sin que se sepa el motivo, volviéronse á internar á los montes.[145] Sería acaso porque comenzaron á sentir el duro yugo de los encomenderos, á pesar de los esfuerzos del virtuoso Padre Las Casas que tanto hizo porque se aboliera la _mita_; institución odiosa que hacía huir á los indios á esconderse en los bosques.[146] Para comprenderla, bastará decir que los infelices aborígenes eran vasallos inmediatos de la corona, ó dependientes directos de otro vasallo, al cual habían sido cedidos en encomienda, durante la vida del encomendero ó de sus hijos; pero en todo caso estaba sujeto cada indio al _tributo_, que era un impuesto que pagaban en maíz, mantas, aves de corral, cacao y otros productos. Por un salario fijo se les obligaba á trabajar en el cultivo de los campos, en el cuidado de los rebaños, en la conservación y construcción de caminos y edificios públicos. Debían concurrir al trabajo alternados y en cierto orden. Esto era lo que se llamaba _mita_, ó sean los _mandamientos_, que hasta el día, por desgracia se conocen. Verdad es que las leyes mandaban que no se sacase á los pobladores de una comarca, sino hasta cierto número de leguas de distancia, y que se les dejase tiempo para sus sementeras y que no se les obligara fuera de su turno, y que no se les exijiese mayor trabajo que aquel á que se hallaban obligados; pero no es menos cierto que la mita, como dice el historiador Barros Arana[147] llegó á ser un motivo de terror para los desgraciados indios. En vano se residenció á varios, entre otros á un Gobernador de Honduras, porque mandaron repetidas veces á los naturales de los pueblos muy lejos de su domicilio. El defecto estaba en la institución, y no era hacedero que el rey de España, desde el Escorial, pudiese evitar la serie de abusos infames que se cometían. En el año 1680 formó el oidor de Guatemala Chacón Abarca unas ordenanzas, reglamentando los mandamientos que siempre fueron manantial de tropelías contra los indios.
[145] Juarros--Historia de Guatemala, tít. 2º p. 131.
[146] La Real Cédula de 30 de Octubre de 1547, dispuso que ningún español entrase en la Verapaz sin licencia del Sr. Pedro de Angulo y otros religiosos domínicos, y que saliese de tal provincia don Francisco Montejo, sin sacar indios, bajo pena de muerte. Otra Real Cédula, expedida á instancias de Las Casas, dispuso con fecha 9 de Octubre de 1549, que no se les hiciese guerra á los indios de Chiapa, sino que por medios pacíficos se les indujera á la religión.
[147] Historia de América, pág. 49, tít. II.--Véase la Noticia Histórica de Soconusco por don Manuel Larrainzar, pág. 22.--Los _yanaconas_ eran verdaderos esclavos en el Perú, Quito y otras regiones. Véase la Historia del Ecuador, por González Suárez, tít. III, pág. 455.
Pues bien; Fray Bartolomé de las Casas predicó y escribió mucho contra los mandamientos y contra el "tributo trimestral de doscientas cincuenta mantas, cuarenta y dos _ziquipiles_ de cacao y lo de la sementera."[148] En aquellos tiempos de absolutismo, en que no se reconocían derechos individuales, en que las ideas económicas eran erroneas, á raiz de la misma conquista, consideraba el abogado de los indios que era una verdadera esclavitud eso de llevarlos á trabajar de un punto á otro, sacándolos de su domicilio y forzándolos á rudas faenas. Hoy, á fines del siglo XIX, que se oiga siquiera sea tardíamente, la voz de Fray Bartolomé de Las Casas, y que queden abolidos los _mandamientos de indios_. Antes de que se le erija la estatua que, con tanta justicia acordó el Gobierno levantarle, no debe haber ya _mandamientos_ en Guatemala.
[148] Pacheco y Cárdenas. Col. Doc. VII 231..6. Colección de las obras del Padre Las Casas, _publicación de Llorente_--_Paris_, 1822.
Empero, ya he de tratar ampliamente ese punto en el lugar que le corresponde. Cumple ahora apuntar solamente que, desde el principio del descubrimiento de América, se establecieron las encomiendas y los mandamientos de indios, contra los cuales trabajó después con ardor el fraile dominicano, sin que los españoles cedieran ante su celo y razones.[149] Por otra parte, los mismos eclesiásticos se enriquecían á expensas de los indios, ocupando un número crecidísimo en los curatos y cofradías, pues á la verdad que no todos estaban inspirados por el benéfico anhelo del memorable Las Casas.[150]
[149] Juan A. Llorente, biografía del P. Las Casas, al principio de las obras de este venerable obispo.
[150] Por Real Cédula fecha en Zaragoza á 30 de Junio de 1547 se dispuso que el presidente y oidores de la Audiencia Real de Guatemala, pudiesen encomendar á los indios que vacasen.