Los Indios, su Historia y su Civilización
Part 12
Entre los cakchiqueles fueron célebres las ciudades de _Patinamit_ ó Tecpán Guatemala, y _Mixco_, con fortificaciones excelentes y gran cultura y adelanto. En el señorío Zutujil se admira la famosa corte de Atitlán, entre riscos escarpados á la orilla del lago más pintoresco del mundo. Cuando los españoles lograron sojuzgar aquel belicoso pueblo, era muy crecido el número de habitantes, de espíritu altivo y genio indomable. Hernán Cortés en una de sus cartas al emperador Carlos V, refiere haber visto en Guatemala templos como los de Méjico. El sacrificatorio de Tohil, en Utatlán, era un grandioso edificio cónico, con una gradería al frente. En la cúspide tenía una planicie colosal, con una alta capilla de piedra tallada y techo de preciosas maderas. Las paredes eran de fino estuco, y sobre un trono de oro y piedras preciosas estaba colocada la imagen del dios[122]. De las ruinas de las grandes construcciones del Quiché se han sacado cimientos para casi todas las casas de la población actual y materiales para construir la iglesia que es grande y parte de los edificios públicos que hoy existen.
[122] Villagutierre--Historia de la Conquista Itza, p. 402.
La poderosa monarquía de Utatlán se hallaba, á la venida de los españoles, en el colmo de su prosperidad y grandeza. Extensa de suyo, rica en tierras y cultura, señora ya de muchos pueblos circunvecinos, que habían sucumbido á la ambición de Kicab Tanub, quería subyugar, en guerra sangrienta, á los zutujiles y á los mames, para ser la dueña del más bello territorio que se extiende entre ambos mares y en el centro del mundo. Estaba la nación Quiché, en su mayor auge, como la Roma de los Césares en víspera de la caída del imperio, cuando vino á realizarse de súbito aquel vago presentimiento que aterraba á la raza indígena; aquella siniestra idea de que alguna vez sería sierva de valerosos conquistadores; y el fantasma sombrío, que mostró con aterida mano las oprobiosas cadenas, vino á turbar el sueño puro de las vírgenes cakchiqueles. En vano Kicab Tanub imploró auxilio del valeroso Sinacam, rey de Guatemala, quien se declaró amigo de los _teules_ (españoles). El presuntuoso monarca zutujil contestó al requerimiento del quiché, _que él solo y sin ayuda, se daría traza de defender sus dominios de menos hambrientos y más numerosos ejércitos que aquel de los extranjeros que marchaba contra Utatlán_.
No bastaron á los valientes quichés ni sus numerosísimos ejércitos, que llegaron á doscientos treinta y dos mil infantes; ni sus ardides y celadas; ni su bélico ardor, al ver muerto á su rey en el campo de batalla; ni el recuerdo glorioso de las hazañas de sus progenitores; ni el haber dejado, con su sangre, teñido el rio _Xequijel_..... Tuvieron que sucumbir, como buenos, al rudo golpe del destino, y el sagrado _quetzal_ dejó de serles propicio.
Entre las princesas reales del Quiché, era Xuchil la más bella y graciosa. A la llegada de los españoles, acababa de casarse con uno de los primeros dignatarios de la corona. La vió el jefe conquistador, y so pretexto de saber por ella algunos detalles del modo de ser de las cosas, la hizo llevar ante sí violentamente. Corrió sobresaltado y casi loco el marido de la princesa, se arrodilló ante el español, ofrecióle mucho oro y joyas por el rescate de aquella joven, con quien el amor y lazos sagrados lo unían; pero el bárbaro jefe, sin piedad y sin escrúpulos, arrojó de allí á las esclavas que llevaban los presentes; se quedó con ellos; aprisionó al importuno marido; y después de desfogar su torpe liviandad, conservó á la desdichada Xuchil entre sus concubinas[123].
[123] M. S. Cackchiquel, ó Memorial de Tecpán Atitlán.
Proceso de residencia de D. Pedro de Alvarado, pág. 77. Brasseur de Bourbourg--Histoire du Mexique et de l' Amérique Centrale, t.º 4.º p. 656.
En andas de oro y con valiosos presentes salió después el sencillo Sinacam, esmaltada su gloria con veintiocho coronas de sus nobles ascendientes, á ponerse á las órdenes del conquistador Dn. Pedro de Alvarado. El antiguo reino de _Jiutemal_ paso así rendido á los monarcas de España. El águila cakchiquel plegó sus alas, y abandonó para siempre á los primitivos señores de nuestro suelo.
Ni pudo el _Zutujil_ cumplir su palabra empeñada, de defender él solo sus dominios; ni fué dado á las otras tríbus contener el ímpetu invasor de los valientes iberos, que merced á la división de los indios, á sus implacables rivalidades, á la inferioridad de sus armas y á la enorme diferencia de cultura en que se hallaban, hicieron posible la conquista americana, en todo caso heroica; por más que históricamente fuera natural, y de antemano se hallase decretada por los designios inescrutables de la Providencia.
SEGUNDA PARTE
=Los indios durante la dominación española en América=
CAPITULO PRIMERO
=Poderío español, régimen colonial, y suerte reservada á los indios por la Conquista=
SUMARIO
Poderío de España en el siglo XVI.--No ha habido conquista sin atroces crímenes.--Despotismo, centralismo y errores económicos de la Península.--La ley cohibía la libertad, y el anatema religioso dominaba la razón.--A los indios se les trataba con dureza y crueldad.--Se popularizó la idea de que no eran hombres.--Los reyes de España, sin embargo, pusieron empeño en proteger á los indios.--La reina Dña. Isabel la Católica tuvo á mal á Colón que los hiciese esclavos.--Carlos V y Felipe II expidieron leyes favorables á los indios.--La Recopilación de las Leyes de Indias.--Obstáculos que á su cumplimiento se oponían.--Antes de los comienzos del siglo XVII ya había disminuído en más de la mitad la población indígena americana.
El descubrimiento y conquista del Nuevo Mundo, y las famosas victorias que en el antiguo Continente llevó á cabo Carlos V, hicieron de España la más poderosa de las naciones, en cuyos vastos dominios jamás se ponía el sol. Más de veinte veces mayor que el imperio romano, y con riquezas superiores á los delirantes sueños de la ambición, se extendía en el siglo XVI, por las principales partes del planeta, la monarquía española.
Los populosos y antiquísimos imperios de esta mitad del globo fueron á ley de conquista sometidos por los audaces aventureros, que hicieron flamear en el Continente nuevo el pendón de castillos, símbolo de la real majestad del trono de San Fernando. Desde Chiguagua hasta la Tierra del Fuego, se obedecieron los mandatos y se acataron las leyes de Felipe II y sus demás sucesores. Bajo el imperio del monarca ibero quedaron los valientes aztecas, los indómitos quichés, los orgullosos cakchiqueles, los sufridos zutujiles, los altivos incas, y las tribus todas que poblaban la parte más culta y rica de la América.
¿Cuál fué la suerte que cupo á los indios durante aquella conquista, y cómo se les trató y gobernó mientras fueron súbditos de España? Tal es la materia de esta segunda parte, que procuraré tratar sin prevenciones y odios, que hoy no tienen razón de ser, contra la Madre Patria, que nos dejó su lengua, su religión, sus costumbres y su cultura social; pero no por eso me será dable bosquejar el cuadro del gobierno de la colonia, sin sombras ni manchas; dado que no hubo en la historia conquista alguna sin violencias atroces, crímenes inauditos, dolores indecibles y torrentes de lágrimas y sangre. Procuraré, en todo caso, al dejar correr mi pluma, que sea como quería el orador romano que se escribiese la historia, _sin odio y sin amor_.
En cambio de la flexibilidad que los reyes españoles mostraron para aprovechar los elementos indígenas del Nuevo Mundo, rechazada por la raza anglosajona como colonizadora, tenía el gobierno de los virreyes y capitanes generales, muchas desventajas. "En efecto, España, que en política soportaba y profesaba el despotismo, que en administración practicaba el centralismo más completo, y que en economía política no dejó de aceptar un solo error, ni logró poner en práctica una sola verdad, no podía dar á sus colonias americanas más que lo que poseía: despotismo, centralismo, y en consecuencia miseria.
Según el sistema español, el rey era, legalmente al menos, y acaso de intención, el padre ó más bien dicho el tutor de sus fieles súbditos. Estos estaban, por lo tanto, bajo la real potestad y bajo la guarda de sus gobernantes. Punto de partida funestísimo que había de ser manantial de todo género de torpezas é iniquidades. Una vez admitido, en efecto, era preciso admitir que el rey era más competente que sus fieles súbditos, tomados uno á uno ó en conjunto, para saber lo que les podía aprovechar ó perjudicar, y que por lo tanto tenía facultad, y era el único que la tenía para arreglar según su leal saber y entender, la religión, la familia, la industria, el comercio, las costumbres y hasta los peinados y los trajes. Consecuencia funesta de un principio falso, pero consecuencia rigurosa.
En efecto, en materia de gobierno, ó se cree que los gobernantes, llámense como se llamen, tienen _poderes delegados y limitados_, ó se cree que pueden y deben tomar cuantas medidas estimen conducentes al progreso y bienestar de la comunidad. El primero es el régimen de los Estados Unidos; el segundo era el régimen de España."[124]
[124] Zorobabel Rodríguez, Miscelanea literaria, t.º II, p. 213.
No había, ni nunca pudo haber expansión social, ni iniciativa particular, á influjo de aquel prurito de reglamentarlo todo. Cuando se estudia la antigua legislación de España, pásmase uno al ver que la voluntad del monarca intervenía hasta en las cosas más baladíes, en los asuntos más ridículos. Ni sólo en Madrid _anduvieron á picos pardos_ muchas encopetadas señoras, cuando se publicó la pragmática para poner á raya á las concubinas de los clérigos, ni sólo allá se daban reglas, por el legislador, acerca del tamaño que por abajo y por arriba debían tener los vestidos de las mujeres, sobre las joyas que podían usar las nobles y las plebeyas. Fué asunto serio la forma del peinado y altura del copete de los oidores, el traje del presidente, las etiquetas del cabildo, el monopolio del pescado por los frailes, las fiestas en que hubiese asistencia á la iglesia mayor. La autoridad, á título de solicitud paternal, metía la mano en los más recónditos secretos de la vida doméstica. La ley en lo civil cohibía en aquella época la libertad, y el _anatema religioso_ dominaba la razón.
En cuanto á los indios, tratóseles con dureza y hasta con crueldad; crueldad y dureza que inspiraron al filántropo P. Las Casas su obra famosa, que á la vez que revela su elevado y noble corazón, ostenta la aspereza é inhumanidad de los procedimientos de que fueron víctimas los dueños de este suelo. "Para tranquilizar sus conciencias, para acallar los remordimientos, que quizá experimentaban de cuando en cuando, los conquistadores inventaron la teoría de que los indios no eran hombres como los otros hombres; eran simplemente animales superiores al mono; eran _siervos á natura_, según la expresión técnica, escolástica, que se creó para formular la idea.
Estos indios, decían los conquistadores, son tan bárbaros, que no merecen el nombre de racionales.
"A título del barbarismo, silvestre y fiero natural, de las más naciones de estos indios, expone el jurisconsulto Solórzano, fueron muchos de parecer que se les podía hacer guerra justa, y aun cazarlos, cautivarlos y domarlos como á salvajes, movidos por la doctrina de Aristóteles y otros"[125].
[125] Solórzano Pereira, Política Indiana, libro, II, cap. I, número I.
Se ve, por esta cita, que aquella llegó á ser una opinión no vulgar, sino científica, por decirlo así, apoyada en las más excelsas y acatadas autoridades.
Y efectivamente, fué defendida con el mayor calor de palabra y por escrito; y en ciertas ocasiones solemnes delante del emperador Carlos V, que asistió desde su trono, y rodeado de sus altos dignatarios, á controversias sobre esta materia[126].
[126] Herrera, Historia General de las Indias, déc. II, libro IV, cap. 4.º y 5.º, y déc. III, lib. 8.º cap. X.--Edición que se encuentra en la Biblioteca Nacional de Guatemala.
La doctrina de la condición inferior y servil de los indígenas americanos llegó á generalizarse tanto, y á ser tan aceptada, que el Papa Paulo III se creyó obligado á condenarla, como lo hizo por dos breves expedidos en Roma, á 10 de Junio de 1537, en los cuales decidió "que es malicioso y procedido de codicia infernal y diabólica el pretexto que se ha querido tomar para molestar y despojar los indios, y hacerlos esclavos, diciendo que son como animales brutos é incapaces de reducirse al gremio y fe de la iglesia católica; y que él, por autoridad apostólica, despues de haber sido bien informado, dice y declara lo contrario, y que manda que así á los descubiertos como los que adelante se descubrieren sean tenidos por verdaderos hombres, capaces de la fe y religión cristiana, y que por buenos y blandos medios sean atraídos á ella, sin que se les hagan molestias, agravios ni vejaciones, ni sean puestos en servidumbre, ni privados del libre y lícito uso de sus bienes y haciendas, con pena de excomunión, _lata sententia ipso facto incurrenda_, y reservada la absolución á la Santa Sede Apostólica, á los que lo contrario hicieren, y que esa aún no se les pueda dar sino en el artículo de la muerte, y precediendo bastante satisfacción"[127].
[127] "Los Precusores de la Independencia de Chile, por Miguel Luis Amunátegui. Tomo II, pág. 8a. Santiago, imprenta de la República, 1871.
Ni es sólo el historiador chileno el que pinta con vivos colores la malhadada suerte de los indios. El notable literato González Suárez, dice "que los indios llegaron á comprender el ansia que los españoles tenían de oro, y en venganza y represalia de los malos tratamientos que de ellos recibían, ocultaron todas las riquezas que en la ciudad y en otros pueblos había, y tan bien las escondieron, que hasta ahora, no se ha logrado descubrirlas, y tal vez no se hallarán jamás. Empero, los conquistadores, viéndose burlados en sus más lisonjeras esperanzas, descargaron toda su cólera contra los indios, y principalmente contra los caciques ó régulos de los pueblos, á quienes tomaban presos y atormentaban para que declararan donde estaban escondidos los tesoros de Atahualpa. A unos quemaban á fuego lento, á otros les cortaban las orejas, ó les mutilaban cruelmente, cortándoles no sólo las orejas, sino las narices, las manos y los piés. Amarraron á muchos de dos en dos por las espaldas, y así amarrados los ahogaron en el Machángara, precipitándolos desde las peñas, por donde se complacían en verlos bajar, dando botes, rodando hasta el agua. Por dos ocasiones, encerraron á muchos en casas y les pegaron fuego, haciéndoles morir dentro abrasados. Otro género de crueldad usaron, que destruyó á millares á los indios, y fué la siguiente: para los viajes, para las expediciones que emprendían, reclutaban centenares de indios, y los empleaban en hacerles llevar á cuestas el fardaje: los pobres indios, con mezquino y nada sustancioso alimento, durmiendo á la intemperie, rendidos de cansancio, abrumados de fatiga, quedaban muertos en los caminos, de tal manera, que de los muchos que eran llevados á esas expediciones, apenas volvían á sus hogares unos pocos. En esas expediciones no se respetaban ni los más sagrados vínculos de la naturaleza, ni los más tiernos afectos del corazón: el español tenía en más su rocín que un indio!!... Las familias se veían desoladas, porque los padres, los esposos, los hermanos, eran llevados por el conquistador lejos de sus hogares á climas mortíferos, de donde les sería casi imposible volver; así es que el viaje con los extranjeros era la despedida para el sepulcro. Y muchas veces no era el clima insalubre, ni la falta de alimento, ni el cansancio, lo que hacía perecer á los desventurados indios: los españoles, para hacerse temer, incendiaban de propósito los pueblos y los reducían á cenizas, ó hacían despedazar á los desnudos indígenas con jaurías de perros, que mandaban llevar con ese objeto; ni era menos frecuente el ver las mujeres oprobiadas por el sensual conquistador, quien, para cohonestar sus vicios, calumnió á la raza americana, diciendo que era incapaz de los delicados afectos de familia"[128].
[128] Herrera, Oviedo y Castellanos hablan bien claro de las crueldades cometidas por los conquistadores contra los pobres indios en América: aquí, como en todas partes, la conquista ofrece escenas sangrientas. Véase el Opúsculo del P. Fray Bartolomé de las Casas, sobre la _Brevísima destrucción de las Indias_, en el tomo 71.º de la Colección de documentos inéditos para la Historia de España-Madrid 1879. El conocido académico de la Historia, señor Fabié, hizo una nueva edición de los escritos del P. Las Casas, para completar é ilustrar con ellos la Biografía del famoso defensor de los indios. En el tomo II de la Biografía, en el apéndice XXI, se halla una copiosa relación de las horribles crueldades que se cometieron en la conquista de América. Según este documento, Rumiñahui murió asaetado: y Zopozopangui atenaceado. Creemos estas narraciones no poco exajeradas.
No soy yo, por cierto, de los que creen que si nuestras miradas no divisaran á Colón y á las Casas, no se vería en medio de las escenas abominables que han ensangrentado la América, nada que pudiese consolar la humanidad. Con raras excepciones sin embargo, los aventureros que venían á estas tierras, en lo que menos pensaban era en el bien y provecho de los miserables indios, sino en hacer riquezas, á cambio de exponer momento á momento la existencia. Así es que no puede parecer extraño que explotasen y maltratasen á los primitivos pobladores de los países conquistados. Ni la época era de extremada cultura, ni el móvil que los traía fué de civilización, ni las ideas de entonces, ni el ambiente social en que se encontraron, daban lugar á otros trámites y procederes que aquellos de los españoles; y en medio de todo eso, es innegable que los reyes de España, desde el punto del descubrimiento, pusieron mucho empeño en amparar y proteger á los naturales de América. La magnánima doña Isabel, cuyo corazón era fuente inagotable de amor hacia sus súbditos, dió órdenes muy estrictas para el buen tratamiento de los indios, y hasta enfadóse con Colón porque _osaba convertir en esclavos á sus vasallos_[129]. En el testamento de la excelsa reina, recomendó muy encarecidamente que se amparase á los aborígenes. El emperador Carlos V y el sombrío y cruel Felipe II expidieron leyes paternales en pro de los indígenas. _La Recopilación de Indias_ es un elocuente monumento de la regia solicitud con que, en todas ocasiones, los monarcas españoles se preocuparon por la felicidad de los aborígenes; pero ya se verá por qué aquellas filantrópicas disposiciones se quedaban casi siempre escritas en el papel, sin dar el resultado que hubiera sido apetecible.
[129] Navarrete--Colección II, número 45.
Con la conquista, quedaron los vencidos en verdadera esclavitud, de hecho[130], hasta el punto de que, pasados los horrores de la guerra, tenían los hijos de los reyes de este suelo que demandar por limosna el pan á sus señores los españoles, como les sucedió á los descendientes de Atahualpa. Con todo, no fué tan absoluta la abyección en que cayeron los aborígenes, que no dejasen de hacer alguna vez esfuerzos heroicos por su libertad, sin lograr más que promover el derrame á torrentes de más sangre y provocar la ira horrenda de sus dominadores, que acabaron por disminuir en más de la mitad la población americana, antes de que alboreara el siglo XVII, según lo demostraré en uno de los capítulos siguientes.
[130] Véase "Los viajes de Tomás Gage"--París--1838, tomo II, página 71, en donde habla de la miserable condición de los indios de Guatemala, "_tan triste como la de los esclavos_."
La conquista de América fué, en suma, la epopeya apocalíptica de heroicos hechos, proezas increíbles, vicios horrendos, actos salvajes, virtudes filantrópicas, creaciones nuevas, destrucciones impías y ayes de dolor de una raza entera. Necesaria evolución, acaecida cuando el mundo antiguo, en medio de estruendoso clamoreo, se hallaba viejo y estrecho para el Renacimiento de la humanidad.
CAPITULO SEGUNDO
=Las leyes de Indias=
SUMARIO
Carácter y tendencias de las Leyes de Indias.--Noble conducta de Felipe IV para con los indios.--Pragmática de don Carlos II.--Privilegios en favor de los indios.--Conducta de los conquistadores.--El interés pudo más en América que la elevada actitud de los monarcas españoles.--Informe del arzobispo don Cayetano Francos y Monroy acerca de la condición de los aborígenes.--Cómo se desvirtuaban las filantrópicas miras de los reyes españoles.--Motivos principales que se oponían al buen gobierno de las Indias.
Todo lo relativo al gobierno de América estaba tan prolija y menudamente reglamentado en las Leyes de Indias, que parece no hubieran querido los monarcas españoles dejar nada fuera del alcance de los preceptos legales. Ni hay en el mundo otro código que haya previsto tanto caso, ni consultado con más solicitud las ocurrencias todas que podían acaecer en este Continente. Si la tendencia de esta legislación era la de alargar lo más posible el poderío español en las colonias, también es preciso reconocer que tales leyes reflejan un espíritu de justicia y de protección hacia los aborígenes, de que ningún otro pueblo conquistador, más que España, puede envanecerse.
Si se consulta la época en que las _Leyes de Indias_ se expidieron y el estado en que la América se encontraba después de la conquista, se comprenderá por qué no era dable que se hiciera más de loque se hizo, en esa famosa compilación, que si respira á las veces espíritu restrictivo, propio de aquellos tiempos, ostenta á vueltas de los defectos de que resiente, intención elevada y deseo de amparar á los infelices aborígenes.[131]
[131] El año 1680 se publicó la Recopilación de Indias.
En 1628, llegaron á noticia de Felipe IV los malos tratamientos de que eran víctimas los naturales de estos países, y no sólo recomendó la más estricta observancia de todas las anteriores pragmáticas y cédulas en pro de los indios, sino que, inspirado por un celo noble y en extremo laudable, escribió de su puño lo siguiente: "Quiero que me déis satisfacción á mí y al mundo del modo de tratar esos mis vasallos, y de no hacerlo con que en respuesta de esta carta vea yo ejecutados ejemplares castigos en los que hubieran excedido en esta parte, me daré por deservido; y aseguráos que aunque no lo remediéis, lo tengo de remediar, y mandaros hacer gran cargo de las más leves omisiones en esto, por ser contra Dios y contra mí, y en total ruina y destrucción de esos reinos, cuyos naturales estimo y quiero que sean tratados como lo merecen vasallos que tanto sirven á la monarquía, y tanto la han engrandecido é ilustrado."
Carlos II hizo insertar este mandato de su padre en la ley 23, título X, libro VI de la _Recopilación de Indias_, declarando que "su voluntad era que los indios fuesen tratados con toda suavidad, blandura y caricia, y de ninguna persona eclesiástica ó secular ofendidos; y mandando á los virreyes, presidentes, audiencias y justicias que visto y considerado lo que el rey don Felipe IV había sido servido de mandar, y todo cuanto se contenía en las leyes dadas en favor de los indios, lo guardasen y cumpliesen con tan especial cuidado que no diesen motivo á su indignación, y para todos fuese cargo de residencia."
Aquellos soberanos, dice D. Miguel Luis Amunátegui, no se limitaron á reconocer una y mil veces, y de la manera más solemne, que los indígenas americanos eran iguales á sus vasallos españoles, y tan libres como ellos, y por lo tanto dueños de sus personas y de sus bienes.
Hicieron más todavía.