Los hermanos Plantagenet

Part 5

Chapter 53,830 wordsPublic domain

Justo era su renombre de _Espada-larga_; de una estocada tendió á John Asta-de-buey, mientras Williams Caridemus caía por otro lado, abierta la cabeza de una cuchillada; sólo quedaban tres contendientes: Adam Wast, Jorge Rak y Tom Flavi. Dik se había retirado á un ángulo, y desde allí mantenía en un ancho círculo á sus adversarios. Tom Flavi esgrimía de una manera terrible su bastón; Jorge Rak, inesperto y viejo, se arrojó en un momento en que creyó poder herir á Dik, y se atravesó en su espada; Adam Wast luchaba como un león.

Oyéronse entonces precipitados pasos por la escalera principal, y Dik, creyendo era acometido por nuevos enemigos, se tendió en una estocada, y Tom Flavi cayó para no volverse á levantar más. La puerta se abrió, y llenóse el aposento de alabarderos del rey, ó mejor dicho, del obispo canciller; Adam Wast fué cogido por la espalda, y sujeto. Dik bajó la espada, no viendo enemigos á quienes herir.

--¿Qué es esto? preguntó á Dik el aldermen que mandaba la tropa.

--¿Qué puede ser sino una tentativa de asesinato, cuando véis á un caballero defendiéndose de cinco jayanes?

Adam Wast arrojó una profunda mirada sobre Dik.

El aldermen miró en derredor y vió cuatro cadáveres. Dik buscó á su hermano inútilmente; había desaparecido.

El interrogado habló algunas palabras en voz baja al aldermen; éste se despojó respetuosamente de la gorra, y dijo á los alabarderos.

--Esos hombres á la Torre.

Robín y Adam Wast salieron, el uno dando gritos espantosos, el otro callado y sombrío, entre la mitad de los alabarderos; el aldermen, cuando hubieron salido, preguntó al hombre del ropón:

--¿Os acompaño, monseñor?

Monseñor indicó al aldermen la puerta de salida; este saludó y desapareció.

--Mañana en san Bridge, al ponerse el sol, junto al atrio, dijo el hombre negro á Dik, y desapareció por la puerta escusada.

Dik permaneció un momento pensativo, mirando los cuatro cadáveres.

--¡Bah! debía suceder así; la canalla siempre pierde.

Después tomó la tea, recorrió la casa buscando á Ketti, y no la encontró. Luego salió de la casa y se dirigió lentamente á la de lady Ester. Cuando pasaba sus umbrales, la campana de la Torre vibró, irradiando entre el silencio, los sonidos del toque de cubre-fuego.

VII

UN MOTÍN-UN FLORÍN POR UNA CABEZA

Al otro extremo de la calle, en una de cuyas tabernas acababan de tener lugar los acontecimientos anteriores, oculto tras un guardacantón estaba un hombre.

Era Godofredo, que como hemos dicho había desaparecido durante la lucha; estaba con el oído atento y la vista fija en aquella casa, de donde había huido no queriendo defender á su hermano en una causa que creía injusta, ni pudiendo tomar parte contra él en favor de los hermanos de la niebla.

Al ruido del combate, el populacho había abandonado en tropel los sótanos de la taberna, creyéndola invadida por archeros del Obispo; pero vagaban á poca distancia, siempre prontos á huir más lejos.

El ruido que surgía de las ventanas de la taberna era atronador; muebles que rodaban, chirridos de acero contra acero, juramentos y gemidos; una ronda que pasaba entró, como hemos dicho, llamada por aquel alarmante rumor; á su entrada sucedió el más profundo silencio.

Poco después, parte de la ronda salía llevando presos á Adam Wast y á Robín. El primero andaba siempre silencioso; el segundo, que no esperaba le aconteciese nada grato en la Torre, se hacía el reacio, dando grandes gritos y obligando á los alabarderos á comunicarle cierto deseo de andar con el regatón de las partesanas. Pero como sus gritos se sucedieron sin intermisión, el populacho supo á ciencia fija que Adam Wast le acompañaba á un calabozo de la Torre.

Hay momentos en que las turbas están predispuestas al motín de una manera formidable, y aquél, por desgracia, fué uno de ellos. Corrieron como frenéticos, si bien evitando ponerse al alcance de las armas de los alabarderos y dando gritos, de los cuales, los más pacíficos, atentaban á la cabeza del Obispo y de la reina regente.

En un momento el arrabal Sowttwark se insurreccionó, y el genio de los motines extendió sus alas sangrientas sobre las turbas; los más atrevidos penetraron en la taberna abandonada y la recorrieron; al llegar al aposento donde había tenido lugar la catástrofe, un aullido de indignación salió de todas las bocas; los que no podían ver bien, atropellaron á los delanteros; la muchedumbre cargó sobre la desvencijada escalera de madera, que no pudiendo tolerar aquel peso inusitado, se desplomó.

No era necesario tanto para que el alboroto llegase á todo su incremento: los parientes de los que perecieron ó se estropearon en la caída, pusieron el grito en el cielo y atribuyeron la culpa de las recientes desgracias á los gobernantes, que habían asesinado á los cuatro hermanos de la niebla. Los que se hallaban en el aposento tomaron en hombros los cadáveres ensangrentados, y hallando la comunicación de la otra escalera salieron á la calle; y para que nada faltase á lo terrible de esta escena, una tea perdida de las manos de uno de los derrumbados, prendió en el tablazón del suelo, y muy pronto la luz del incendio brotó sobre la vieja techumbre de pizarra, invadió las casas vecinas y se levantó gigante y roja sobre Sowttwark.

Difícil hubiera sido entonces querer contener el motín; las turbas corrieron llevando en hombros los cadáveres ensangrentados, y se lanzaron á London-Bridge; los archeros que lo guardaban cerraron la poterna de las torres que en aquel tiempo defendían el puente, pero en vano; las piedras y los proyectiles de todo género, lanzados contra ella por la furiosa multitud, la forzaron, y los archeros corrieron á cerrar la del otro extremo, que fué forzada también. La turba penetró en el cuartel de la Torre, y llenó la plaza de Tames-Streed.

Estacionóse allí, invadiendo la parte superior de Tower-Hill, tendiéndose á lo largo de Lombar-Streed, Fenchurch-Streed, hasta cerca de un cementerio situado donde ahora se halla el de All-Hallow-Barkurg.

Los gritos eran cada vez más sediciosos.

--¡Abajo el Obispo! ¡abajo la reina! ¡muera el justiciero Huberto! clamaban unos.

--¡Pan! ¡pan! ¡fuera tributos! gritaban los más.

--¡Que suelten á Adam Wast! ¡que suelten á Robín! gritaban los cortadores, los mendigos, los estudiantes y los vendedores que habían sido pagados, y que llevaban en hombros los cadáveres de los cuatro hermanos de la niebla, en torno de los cuales ardían multitud de hachas.

--¡Ingleses!--gritó un estudiante de derecho, subiéndose sobre los andamios de una casa que se estaba construyendo, en los cuales fueron colocados los restos de John Asta-de-buey, de Tom Flavi, de Jorge Rak y de Williams Caridemus, y alumbrados por hachones que los hacían visibles á la multitud;--¡ingleses! la sangre de cuatro buenos habitantes ha sido vertida por los tiranos. ¡Ingleses! ¡su sangre pide sangre! Vamos por las cabezas del Obispo, de la reina, de Huberto y de Juan-sin-tierra.

Reinaba el más profundo silencio; silencio de horror, causado por la exposición de los sangrientos despojos; la voz del estudiante fué oída en todo el ámbito de la plaza y repetida por millares de voces que ya no cesaron.

El pueblo nunca profundiza: al ver los cadáveres, persuadióse que habían sido inmolados por los archeros, y la indignación llegó á su colmo.

Era un espectáculo solemne.

La Torre Blanca (White-Tower), con sus robustos bastiones y sus cuatro torres angulares, rodeada por los fuertes Biward, Lionsgate, Santo Tomás, Legmount y Brassmount, con sus almenas coronadas de ballesteros, reflejaba el resplandor de los hachones de los sublevados, y recortaba su negro perfil sobre el fondo luminoso, producido por el incendio de Sowttwark. La plaza completamente invadida, ofrecía la vista de un revuelto mar cuyas olas eran de rostros, en cada uno de los cuales aparecía un mohín de amenaza; añádase á estos gritos rabiosos, pedradas arrojadas contra la Torre, los gemidos de algunos heridos por los venablos de los archeros que la defendían, y se tendrá una idea inexacta del cuadro.

Entre tanto la gran campana de White-Tower lanzó al espacio, vibrando sobre todos los rumores, el lento y grave toque de cubre-fuego, á que contestó perdiéndose á lo lejos el sonido de la campana de San Pablo.

La multitud bramó con más fuerza. El estudiante subido en el andamio hizo un ademán de silencio, que fué obedecido á medias, y gritó poniendo en grave peligro sus pulmones:

--¡Ingleses! Dentro de la Torre hay dos buenos y leales habitantes, que serán muertos si no los salvamos. Es necesario que nos entreguen á Adam Wast y á Robín; es...

La voz del estudiante cesó de repente; su cuerpo bamboleó un momento, y cayó en fin, manchando de sangre á los que se apiñaban á sus pies. La situación se hacía cada vez más irritante; el asalto de la Torre se formalizó entre las voces de:

--¡Mueran los infames! ¡Que suelten á Adam Wast y á Robín!

La fatalidad se encargó de ennegrecer la situación de Adam Wast; había sido preso por una causa independiente de alboroto, é indudablemente, á no haber éste tenido lugar, su situación hubiera sido desesperada.

Un hombre solo había que no gritaba, envuelto en una larga capa, en medio de aquel tumulto. Observaba en silencio, y recorría las turbas buscando la decisión en todos los semblantes, mostrando en el suyo una marcada expresión de disgusto. Cuando la multitud se lanzó al borde de los fosos de la Torre, este hombre se dirigió al collado de ella murmurando á media voz:

--Esos locos rabiosos dejarán los dientes en la coraza de piedra de la Torre, y á no dudar, mañana hará falta mi presencia en ella. Es necesario empezar un juego arriesgado.

Diciendo esto llegó á la horca, abrió el postigo que ya conocemos, entró y encendió una tea: era Godofredo que había seguido á la multitud desde Sowttwark: una vez allí, tomó un hacha y un saco, apagó la luz, salió y se dirigió á All-Hallow-Barkurg, deslizóse junto á los muros de la iglesia, y entró en el cementerio al mismo tiempo que un carro de apestados.

--Ola, maese Tomi, dijo Godofredo á un hombre que, apoyado en el dintel de la puerta, observaba con cierta curiosidad el tumulto de Tames-Streed; ¿cuanto queréis por dejarme elegir una cabeza entre esos cadáveres?

El interrogado se tornó á Godofredo y le miró con extrañeza.

--¡Qué cuánto quiero, habéis dicho, por una cabeza apestada! ¡Por san Dustan! ¿y para que necesitáis eso?

Godofredo no contestó; metió la mano en el bolsillo y sacó uno de los florines que no había podido repartir, interrumpido por el incidente de la taberna de Sowttwark.

El sepulturero, que tal era el personaje requerido, gustaba poco de palabras inútiles, pues contestó á la entrega del florín que guardó:

--¡Enhorabuena! entrad; ¿necesitáis que os ayude?

--Sí, traed una luz.

El guardián de los muertos volvió á poco con una tea, y sin decir palabra, empezó á andar, indicando á Godofredo que le siguiese por la entrada de un oscuro pasadizo. Descendieron por una rampa de corta extensión, y se encontraron en un subterráneo espacioso, de bóvedas bajas sostenidas por anchos pilares.

La atmósfera estaba impregnada de miasmas insoportables; alrededor de los pilares había multitud de cadáveres desnudos y hacinados.

--¿Dónde están los de hoy? preguntó Godofredo.

El hombre de los sepulcros, ó mejor dicho, de las sepulturas, pasó algo adelante sin responder, y se detuvo delante de un pilar en que el número de cadáveres era excesivamente mayor que en los restantes.

--Mucho aflige Dios á Londres, dijo para si Godofredo, y luego añadió alto dirigiéndose al sepulturero:--Alumbrad.

El sepulturero alumbró impasible uno tras otro el semblante lívido de más de veinticinco cadáveres.

--Basta, dijo Godofredo, que había examinado con escrupulosa atención cada uno de ellos; éste me conviene, y señaló un hombre de mediana estatura, cuyo semblante, desfigurado por la agonía, marcaba la edad de treinta y cinco años.

Lo que sucedió después fué obra de un momento; desembozóse, mostrando á los atónitos ojos del sepulturero su traje colorado; asió el cadáver por los cabellos, le tendió sobre el suelo, y de un solo golpe le cortó la cabeza, que guardó en el saco. Después se envolvió de nuevo en la capa, y desapareció. El sepulturero rompió por esta vez el silencio.

--¡Cáspita! dijo; ¿qué bruja será la querida del verdugo?

Cavó un hoyo, enterró el tronco mutilado, y tornó al dintel del cementerio y á su pasiva observación.

El tumulto de Tames-Streed seguía en toda su fuerza.

VIII

UN INSTRUMENTO ROTO

Retrocedamos.

Dos horas antes de los acontecimientos que acabamos de describir, dejamos al judío Saul ó Agiab esperando aún en la sala de armas de la casa de lady Ester, á tiempo que Ricardo Espada-larga salía con Ketti en dirección á Sowttwark.

Tiempo es ya de que nos ocupemos de este personaje, que paseaba impaciente por delante de la puerta que de una manera tan descortés le había sido cerrada por la insolente doméstica, que había introducido un hombre á quien él, según veremos, tenía poderosos motivos para aborrecer, en el retrete de una mujer que adoraba.

Quien haya conocido el amor en toda su extensión, podrá formar una idea exacta del furor del israelita; añádase á esto que al que nos ocupa le había cabido en suerte, al nacer, una de esas irresistibles propensiones de dominio y de orgullo, con un carácter á propósito para adoptar cualquier medio, por deshonroso ó criminal que fuese, una vez herido en sus pasiones.

Nada más cruel, nada más implacable que un hombre que ama y se cree amado, cuando la fatalidad le muestra que el amor sólo está de su parte; que ha sido, en fin, el juguete de una mujer. En este estado se encontraba Saul cuando pasó delante de él el orgulloso y afortunado _Espada-larga_.

La puerta que comunicaba con el retrete de la hermosa condesa de Salisbury había quedado abierta; Saul la empujó, y antes de levantar el tapiz, observó, oculto tras sus plegaduras, á Ester.

La joven permanecía abandonada en el sillón, pensativa y replegada en sí misma, gozando con el recuerdo de Ricardo. Le amaba, y en su semblante estaba pintado todo su amor; amor confiado, inmenso, sublimado por cuatro años de ausencia y de esperanza; amor impaciente, que se pintaba de una manera enérgica en sus ojos; que se revelaba en la agitación de su hermoso seno.

El israelita no pudo sufrir más, y se presentó de repente, adelantando mudo y mesurado hacia Ester, que no reparó en él; Ester soñaba despierta.

Un momento permaneció Saul inmóvil, con la vista fija devorando á la joven; al fin dijo en un acento que el furor hacía trémulo:

--Milady: ¡Dios os bendiga!

Ester volvió en sí al sonido de aquella voz, y frunció el soberbio entrecejo al ver á Saul; pero aquella expresión de un marcado disgusto fué reemplazada instantáneamente por una glacial y reservada indiferencia.

--Que Dios os proteja, Saul, contestó volviendo á su silencio.

Jamás había sido recibido el judío de un modo tan extraño; siempre había encontrado una sonrisa en la hermosa boca de la joven lady; siempre una mirada afectuosa de ella había contestado á su mirada de amor. Saul conoció que se hallaba colocado en una posición ambigua.

--He venido, señora, á ofrecerme á vos como acompañante para el festín de esta noche, dijo haciendo un esfuerzo sobre sí.

Ester no contestó; seguía abismada en su meditación. Saul se mordió con furor el labio inferior devorando un rugido. Después, olvidando la prudencia, se desbordó.

--Paréceme, señora, dijo, que mi posición respecto á vos es hoy enteramente distinta de lo que era ayer.

--¿Quién habla así delante de mí? exclamó lady Ester levantándose en un ademán tan soberbio, que hizo retroceder á Saul; ¿quién se atreve á entrar en el retrete de la condesa de Salisbury sin su consentimiento?

--¡Yo! contestó con impudencia Saul; yo, que me creo con tanto derecho, si no con más, que quien acaba de salir de él.

--¡Miserable judío! gritó lady Ester sin cuidarse de ser escuchada; ¡perro infiel, á quien yo he admitido á mi presencia como se admite un bufón ó una bailarina!... ¿habíais llegado á creer, miserable, que la hija de mi padre había fijado su atención en tí, mas que como en un objeto de diversión? ¿que te había igualado á un buen caballero, á Espada-larga, hermano de armas de Corazón-de-León?

--¿Es decir, á un soldado de fortuna, á un hombre encontrado en su infancia en las gradas de Westminster? ¿Y por qué no? ¿Porque soy judío, porque pertenezco á una gran nación, que no tiene otra mancha que haber sido vencida? ¡Bah! lady Ester, si vos sois entre los vuestros una noble descendiente de los Salisbury, yo soy rey entre los míos. El nombre de Saul está escrito con letras de oro en la historia de mi pueblo. Y luego, no debiérais desdeñarme, porque si yo soy judío, judía sois vos, porque era judía vuestra madre.

--¡Mientes! miserable, como miente un judío. ¿Quieres saber por qué yo he doblegado mi orgullo hasta cruzar mi palabra con la tuya? ¿Sabes por qué yo he consentido que alientes una esperanza hacia mí?

--Vuestro padre había desaparecido, había muerto tal vez, y queríais vengarle; yo os vi hermosa como las vírgenes de mi pueblo y noble y grande como las heroínas de nuestra historia. Fuisteis para mí un tesoro de recuerdos perdidos, una ambición gigante, un sueño eterno y apenador. Para llegar á vos, para hacerme reparar de vos, necesitaba elevarme. Era rico, y arrojé el oro con largueza. ¡Por el padre Abraham, señora! Esos orgullosos lores y barones me admitieron entre sí, porque mi oro entraba á manos llenas en sus arcas. La reina regente, Eleonora de Guiene, necesitaba mucho oro para alentar el bando que debía destronar á Ricardo y colocar en su trono á Juan-sin-tierra. Era necesario comprar á un precio exorbitante la traición de esos rancios nobles cristianísimos, y el judío infiel derramó profusamente su dinero á trueque de ser admitido á sus festines y á sus cabalgatas, donde solía veros alguna vez. El conoceros, señora, me ha costado un tesoro; el llegar hasta vos lo debo á la casualidad.

La joven callaba con visibles señales de disgusto.

--Mi amor no os fué desconocido mucho tiempo, y le alentasteis, señora, porque os convenía. Sospechabais que vuestro padre había sido muerto por el rebelde Obispo de Eli, á quien en vez de mostrar odio mostrasteis amor. El Obispo es un imbécil, y creyó que le amabais. Vos le esplorásteis, vuestras dudas acerca del misterioso paradero de vuestro padre se tornaron en certidumbre. Entonces dijisteis: «Es necesario que este hombre muera; buscaré un enemigo poderoso é implacable...» Dios me arrojó entonces junto á vos; leísteis en mí un amor loco, sin más ambición que vos, intenso lo bastante para doblegarme á servir vuestra venganza sin condiciones. Si vos me hubierais dicho: «Necesito la vida del Obispo,» yo os hubiera traído su cabeza; pero os guardasteis bien de hacerlo: demandar un sacrificio es obligarse á otro sacrificio, y vos, pensadora más de lo que vuestra edad promete, elegisteis un camino más largo pero más seguro. Alentásteis mi amor, lo elevásteis hasta la locura, y cuando le vísteis bastante empeñado para ser indomable, lo herísteis, señora, desdeñándome por el Obispo. Los celos surgieron del fondo de mi alma, y ansié matar al Obispo. Vos sabíais demasiado que esto debía suceder. Pues bien, escuchad: ¿oís ese rumor lejano que se pierde en dirección del cuartel de la Torre?

Ester, hasta entonces indiferente y glacial, escuchó un momento de una manera casi involuntaria.

En efecto, perdidas en el silencio, llegaban hasta allí las voces del motín de Tames-Streed; el judío abrió la ventana y dijo:

--Mirad, milady; ¿veis aquel resplandor rojizo que se levanta sobre Sowttwark? Es un incendio. ¿Y sabéis qué pide ese pueblo que incendia y grita? La cabeza del canciller, de Eleonora y de Juan-sin-tierra.

Ester dió un grito de alegría y se arrojó á la ventana, junto á la cual estaba Saul. El incendio había crecido de una manera horrorosa; el arrabal de Sowttwark era una inmensa hoguera; sus habitantes, arrojados de él por las llamas, exasperados por las pérdidas que les ocasionaba el incendio, habían corrido frenéticos á engrosar el tumulto, y sus gritos se elevaban, subiendo como un alarido infernal á la misma altura que las más elevadas aristas del incendio; las tinieblas habían cedido á su resplandor, y un rojizo reflejo inundaba á Londres, al Támesis y á los campos, iluminando al par la ventana sobre cuya balaustrada adelantaba Ester su cabeza con la misma expresión de cruel alegría que debió pintarse en el rostro de Nerón al ver á sus pies á Roma convertida en una hoguera.

Ester leía harto claro su venganza en aquel terrible motín, y gozándola de antemano, estaba más hermosa que nunca, con toda la terrible grandeza de su belleza, valiente, audaz, devorando en una ojeada aquel aterrador panorama. Saul se sintió desfallecer; su amor llegó al frenesí, y su brazo atrevido rodeó la esbelta cintura de la joven.

Su primer movimiento al sentirse asida fué una explosión de orgullo indomable, inmenso, que aterró á Saul, haciéndole caer de rodillas á sus plantas.

--¡Salid, miserable! gritó la joven; salid, ú os mando apalear por mis esclavos.

--¡Ester, perdón! gritó desesperado Saul; ¡perdón! Yo te adoro, y prefiero morir á provocar tu enojo; desdéñame, insúltame, pero no me arrojes de tu lado.

--Salid, repitió Ester cada vez más implacable, mientras Saul se arrastraba á sus pies.

--Ama á Ricardo, dijo el judío con voz desfallecida; ámale, pero déjame que te vea; yo seré tu esclavo, el suyo...

--¡Salid! gritó con doble furor Ester.

--Pues bien, no saldré, dijo el judío levantándose con energía; llamad á vuestros esclavos, llamadlos si os atrevéis.

Ester se dejó caer fatigada sobre el sillón.

--Lo veo; he sido un instrumento para vos, que rompéis cuando no os sirve: en buen hora; pero tened cuenta con mi venganza.

--Sois un miserable, Saul, y me obligaréis á dar un escándalo en mi casa.

--Escándalo por escándalo; no saldré de aquí sin haberos deshonrado, dijo el hebreo yendo á cerrar las puertas del retrete. Pero en aquel momento, y antes de que Ester tuviese tiempo de llamar á su servidumbre, un hombre entró en el retrete, envuelto en un ancho manto cuya capucha echó atrás, dejando ver un semblante anciano y venerable.

--Parece que he llegado á tiempo, hija mía, dijo el nuevo interlocutor.

--¡Ah! ¡padre mío! ¡bien venido sois siempre! ¡Dios os envía!

Saul quedó inmóvil como una estatua junto á la puerta que había ido á cerrar.

--En cuanto á vos, señor Agiab, haréis bien de poneros en salvo y ver si podéis salvar algo de vuestro oro antes de que el pueblo llegue á vuestra casa.

Sea que el judío temiese verdaderamente por sí, sea que aprovechase aquella oportunidad para salir de una posición difícil, desapareció por la puerta más cercana, arrojando una mirada desesperada á Ester.

--Tengo que hablarte, hija mía, dijo el anciano cuando quedaron solos.

--Os escucho, padre mío, contestó Ester.

--No, aquí no; pudieran oirnos.

Lady Ester tomó la lámpara que ardía sobre la mesa, y salió del retrete acompañada del anciano.

IX

UNA SORPRESA

Me podréis decir, Surrey, ¿qué resplandor es ese que se levanta sobre Sowttwark? ¿Han enloquecido los ingleses, ó adivinado nuestra llegada alumbrándola con el incendio?

Quien hacía esta pregunta á lord John Surrey, conde de Surrey, era el mismo personaje que al principiar nuestro relato vimos apoyado en un mástil sobre la popa de una galera, que abandonamos en razón á lo lento de su marcha.

Cuatro horas habían trascurrido desde entonces, y al fin la galera llegaba al muelle de London-Bridge.