Los hermanos Plantagenet

Part 4

Chapter 44,057 wordsPublic domain

--Y bien, dijo dominado por sus sospechas; ¿si me amas, á qué alentar el amor de esos hombres?

--Oye, Dik, le dijo Ester acercando aún más su sillón, y abandonándose en una posición descuidada sobre uno de los brazos del de Dik; yo había escuchado á esos hombres, porque los necesitaba; yo había creído deber hacerlo, porque era mujer, y mis armas eran sólo el amor; pero ahora que te tengo á tí, tan valiente, tan generoso; tú, á quien amo y á quien he elegido para hacerte dueño de todo el amor de mi alma, tú me vengarás, ¿no es verdad?

Dik fijó una mirada recelosa en la mirada de Ester; sólo vió en ella amor, súplica, esperanza.

Dik acabó de enloquecer.

--Sí, te vengaré, la dijo; pero es necesario que nos separemos; yo sufriré mucho junto á tí.

--Separarnos, ¿y por qué? ¿Cuando tras una larga ausencia vuelvo á encontrarte; cuando te he ofrecido mi amor; cuando te ofrezco mi nombre, mi fortuna, mi alma, separarnos? No, Dik, no quiero estar sola; no quiero tener el corazón seco entre esa turba de miserables cortesanos que me rodea, y me acosa y me fastidia; quiero tener á mi lado un hombre que me ame, que me defienda. ¡Somos tan débiles las mujeres!

--¡Oh! ¡Ester! exclamó Dik; ¡me estás volviendo loco!

--Mira, Ricardo mío, contestó la joven asiendo una mano de Dik: yo conozco á un monje de San Bridge que es un santo: era el confesor de mi padre. Yo soy libre, rica, y te amo. ¿Por qué no unirnos?

Aquella manifestación inesperada sobrecogió á Dik; la desgracia le había hecho formar un concepto poco favorable de las mujeres. Creía que cuando éstas llegan á cierta edad no obran más que por cálculo. Ester era hermosísima, noble, como parienta cercana de la reina Berenguela, rica como un judío usurero. El, según han podido entrever nuestros lectores, era un hombre de origen desconocido, pobre, reducido á vivir á costa de su espada ó de su ballesta. Por más que cuatro años antes Ester le hubiese amado con la misma pasión que á su vuelta había demostrado, temió ser un instrumento, una víctima destinada á cubrir algunos amores vergonzosos ó alguna miserable intriga de corte. Recordó las frases poco respetuosas que respecto á lady Ester se habían permitido los hermanos de la niebla, y dudó, pero por sólo un momento; volvieron á pasar por su mente sus esperanzas y sus locos deseos, y aunque, como antes, se levantaron tras aquella ilusión óptica las sombras de Saul y del Obispo, dijo para sí:

--¡Qué diablo! yo he amado á esta mujer con locura, y nunca la he olvidado de una manera absoluta; la he encontrado más hermosa, más resplandeciente en encantos, y conozco que ha vuelto mi amor con todo su frenesí; es verdad que su reputación es ambigua, pero yo soy á propósito para hacerla marchar por un camino. Con ella tengo un nombre, riquezas, poder; sin ella... sin ella me veré precisado á ahorcarme un día cualquiera, ó á exponerme á que me ahorquen. Mis temores no pasan de ser sospechas; nada sé, y por consiguiente, ya que Dios ó el diablo me presentan la ocasión, asirémosla por los cabellos. En todo caso, lugar me queda para ahorcarme.

En tanto que Dik formulaba este filósofo razonamiento, pretendiendo engañarse á sí mismo, Ester decía para sí:

--Es hermoso, valiente y joven. Me ama; es pobre, y todo me lo deberá; el Obispo y Saul son unos miserables á quienes nunca podría amar; cualquiera de esos rancios barones ó lores me pedirían sin vacilar mi mano, si yo les lanzase una mirada de amor; pero me sepultarían después en uno de sus horribles castillejos, colocados como un nido en la punta de una roca. Por otra parte, ninguno de ellos se atrevería á medirse con el Obispo. Saul... en verdad es hermoso, rico, respetado por su riqueza, me ama con locura... pero es un hebreo á quien no puedo unirme, y luego, le aborrezco, es muy bajo, muy miserable. Ricardo, Ricardo; ¡á él sí que le amo!

Dik y Ester filosofaban casi del mismo modo; cuando hubieron acabado de reflexionar, se miraron casi al mismo tiempo. Ella esperaba una respuesta, él formulaba el medio de dar su consentimiento, cubriendo lo mejor posible las apariencias.

--Ester, dijo él estrechando entre las suyas la hermosa mano que la joven le tenía abandonada; tu amor me enloquece, me llena de orgullo; pero soy harto desgraciado para atreverme á aceptarte por esposa.

--¡Cómo!

--Sí; acaso no sabes mi historia. Yo no tengo nombre, ni padres, ni pasado, ni porvenir; un día al amanecer expusieron dos niños gemelos en el átrio de la abadía de Westminster. El rey era entonces príncipe, y volvía de una ronda amorosa. Pasó por el átrio y oyó nuestros gemidos, porque éramos mi hermano y yo los niños expuestos. Ricardo Corazón-de-León, aunque siempre feroz, guarda instintos generosos tras el aspecto terrible que le distingue; nos tomó bajo la capa y nos llevó á White-Tower, residencia real de su padre Enrique II. Mientras vivió, Enrique el joven, su hijo primogénito, Ricardo y Juan eran unos hijos respetuosos que amaban á su padre: Ricardo llamó á sus hermanos y les presentó su hallazgo; los tres príncipes fueron á la cámara real, y el buen Enrique II adoptó á los pobres huérfanos y les señaló una corta pensión. Nos trataron como hijos de caballero y nos dieron patentes de nobleza como hijos adoptivos de rey. Crecimos sin salir de la morada real; tú, Ester, eras dama de la princesa Berenguela; las galerías de Whitehall oyeron nuestra primera declaración de amor y nuestro juramento de pertenecernos exclusivamente. Después Ricardo fué rey y Berenguela su esposa. Un año adelante acompañaba yo al rey y me cruzaba en Mesina el mismo día que Ricardo, Felipe Augusto, Godofredo de Bullón y Guido de Lusiñán. Cuatro años más, y nos vió volver el mismo mar que nos vió ir. Todos volvíamos con honra; pero todos también, reyes y vasallos volvíamos pobres. Hasta ahora, Ester, mi suerte no había empeorado; pero estaba escrito que yo no debía volver á Londres como salí. Una tormenta nos arrojó sobre las costas de Venecia; nuestra nave quedó rota en los escollos, y yo me salvé á nado; no sé lo que fué de Ricardo, de Godofredo ni de Lusiñán. Atravesé mendigando el Estado veneciano, la Suiza, parte de la Alemania, y volví á Londres hace dos años en una miserable barca de pescadores. Creí que mi casa era aún la casa de mis reyes, y pasé las puertas de Whitehall. Juan-sin-tierra me desconoció, y el Obispo, apoderado del trono, me llamó loco y me mandó dar de palos; creí que tal vez me habría desfigurado, y busqué uno por uno mis amigos, que me reconocieron para insultarme...

--¿Y no viniste á mí...?

--¡Oh! ¡no! preferí la duda; quise creer que tú me amabas aún, y no me atreví á ser tal vez desconocido por tí.

--¡Ricardo!

--Eso hubiera sido para mí la última desgracia, y la evité.

--¿Y has venido esta noche después de cuatro años?

Ricardo se sonrió de una manera sombría.

--¡Ester! la dijo, cuando hace dos años entré en Londres, mi traje era un miserable traje de montañés, y mis armas un puñal. Ahora tengo una noble y buena espada y un traje de brocado. Este traje podrá ayudar mejor tus recuerdos.

--¡Oh! ¡qué injusto eres, Dik!

--Y sin embargo, te he pedido un pedazo de pan para mi hambre.

--Pues bien; yo no quiero que sufras, quiero partir contigo mi amor y mi porvenir; ¿te atreverás á rehusarlos cuando yo te los ofrezco?

--No; pero medita, Ester, que estos dos años he sido un bandido.

--Te habían insultado.

--Que mi cabeza está puesta en precio á son de clarín.

Ester palideció; en aquel momento, como si la casualidad hubiese querido unirse á esta escena, oyéronse muy cerca pisadas de caballos que cesaron debajo de la ventana del retrete; sonaron tres veces trompetas y una voz robusta gritó:

--Habitantes de la muy ilustre y leal ciudad de Londres: el muy alto y poderoso señor obispo de Eli, canciller del reino, en nombre de su gracia el rey, os hace saber: que el nombrado Dik, montero contra los edictos en los cotos reales de Dindem-Wood, acusado de desacato á su gracia el rey, ha burlado la persecución de los archeros, y se ha ocultado en Londres. En nombre del muy alto y poderoso señor obispo de Eli, cincuenta marcos de plata al inglés noble ó pechero que presente su cabeza. ¡Salud al rey!»

Ester abrió la ventana; no era ya un corto número de curiosos el que seguía el pregón; era una muchedumbre sombría y silenciosa, que precedía y seguía, llenando la calle en toda su extensión, á los archeros y al heraldo.

--¡Ah! ¡Dik, Dik mío! dijo Ester cerrando la ventana; ¡oh! es necesario hacer pedazos á ese miserable. ¡Es un asesino!

Entonces Dik recordó una circunstancia que tenía casi olvidada, su hermano le había dicho al entregarle la espada, que aquella arma era un despojo del patíbulo. Entre sus gabilanes había un blasón; aquel blasón estaba reproducido en la placa de la cadena que Adam Wast había entregado al verdugo. Aquella cadena había pertenecido un tiempo á Dik, y Adam Wast no podía poseerla por otro medio que por Ketti, á quien el joven la había confiado. Un embrión de ideas surgió en la mente del joven, y tras ellas presintió una historia terrible que tal vez era la suya.

--Ester, dijo Dik á impulsos de estos pensamientos, ¿conoces esta espada?

Ester miró la espada que le presentaba, dió un grito y exclamó aterrada:

--La espada de combate de Enrique II.

--¡Oh! gritó Dik; ¡era del rey Enrique II esta espada!

--Sí, la entregó á mi padre con un terrible secreto; secreto que jamás reveló á nadie y cuya existencia sólo sé porque algunas veces me decía:

--Ester, esta espada es la reliquia de un mártir; esta espada guarda un secreto, y la desnudará sólo quien deba vengar al rey. Ruega á Dios, Ester, que nos devuelva á alguna persona á quien amamos.

Dik se estremeció, después se levantó con energía y dijo:

--Es necesario que nos separemos, Ester; la Providencia ha puesto esta espada entre mis manos, y debo saber si son ellas esas manos vengadoras.

--¡Oh! ¡tal vez! ¡tal vez! Ahora recuerdo sí, que mi padre te nombraba algunas veces... ¡oh! no te detengo, vé... pero vé también al festín de Whitehall; te espero, quiero que me acompañes.

Dik fué á la puerta por donde había entrado Ketti, y la llamó; la joven apareció en el umbral pálida y agitada. Lady Ester, que había olvidado los amores de Ketti y Dik, desde el momento que vió á la joven se inmutó.

--Esta mujer, dijo Dik á Ester notando su palidez y leyendo en ella un pensamiento, es un medio que nos puede servir de mucho, y es necesario que nada sospeche; y luego añadió alto: Vamos, Ketti, he hablado á tu señora, y me ha ofrecido su protección.

El semblante de Ketti se animó, arrojóse á los pies de lady Ester y besó la orla de su vestido. Ester tuvo lástima de tanto amor.

--Vamos, dijo Dik á Ketti, es necesario que salgamos de aquí.

Dik y Ketti atravesaron el umbral de la puerta por donde habían entrado, y al pasar por la sala de armas vieron esperando aún en ella al hebreo Saul.

VI

UNA TRAICIÓN INVOLUNTARIA

Dik arrastraba tras sí á Ketti, y bien pronto salieron del cuartel de San James. Atravesaron á Westminster, á Walter-Streed, y deslizándose junto á los muros de la Torre, pasaron el puente de Londres y se perdieron á través del arrabal Sowttwark.

Ketti no sabía adonde la llevaban, pero iba contenta porque iba con Dik; ni una sola vez recordó su casita de la plaza del Mercado.

Al cabo Dik se detuvo en un oscuro callejón al fin del arrabal y llamó á una puerta; la casa estaba sumida en el mayor silencio; nadie contestó, pero el joven creyó escuchar pasos leves en el interior.

--Abre, Robín, con una legión de diablos, gritó; soy yo, Dik.

Un momento después se abrió la puerta, y apareció tras ella un jayán alumbrándose con una tea.

--¡Ah! ¿sois vos, capitán? adelante; dijo el hombre. Por San Huberto, que es difícil conoceros con ese ropón de señor... adelante... siento no poderos ofrecer nada... los aldermens se me han bebido mi último vino, que por supuesto no me han pagado, y un solo pedazo de pan que me quedaba le he vendido por un florín al hombre colorado.

Dik se estremeció; así era como nombraba el populacho al verdugo. Su hermano había buscado pan para él, y él se había olvidado de su hermano. Casi se avergonzó.

--¿Hay alguien?

--Entre nosotros, capitán, el sótano está lleno. Si no fuese porque están cien escalones bajo tierra los oiríais. Con ellos está el hombre colorado, que volvió furioso después de haberse llevado mi pan. Más de una vez os he oído nombrar, y os esperan según creo. Pero por San Dustan os aconsejo que no bajéis con esta paloma, añadió señalando á Ketti, pudiera tener un mal encuentro.

Ketti se inmutó, y se cubrió apresuradamente con su velo.

--Silencio, dijo Dik, ¿está abajo Adam Wast?

--Sí.

--Pues bien, llévanos á otro aposento cualquiera.

Robín cerró la puerta y les precedió á través de una escalera, diciendo para sí:

--Cáspita no es la ocasión más oportuna para burlar maridos, cuando es necesario sacar trigo de la cabeza del obispo.

Cuando hubieron llegado al piso superior, Robín abrió una puerta desvencijada, y los jóvenes entraron en un miserable aposento á teja vana.

A pesar de su estado miserable, aquel aposento tenía algo de extraño.

Robín, que sin duda era algo hablador, se encargó, sin consultar la oportunidad del momento, de referir á Dik una historia que sin duda había narrado un millón de veces á sus huéspedes, porque es de advertir, que aquella casa era una especie de taberna-mesón, donde la gente perdida, las rameras y los estudiantes solían pasar las noches al abrigo de las rondas de los aldermens, que daban con ellos en la cárcel del condado de Surrey, ó en la picota de la plaza de Guy, si por acaso los encontraban vagando después del cubre-fuego. Robín, pues, hizo notar á Dik una cama de encina cubierta por un mal gergón y cerrada por unas cortinas de color dudoso, dos sillones de baqueta y una mesa mugrienta.

--¿Véis todo eso, capitán? añadió tras su indicación; en esos muebles se ha sentado todo un alto personaje; este miserable aposento ha visto morir á un rey.

Dik dispuesto á despedir de una manera brusca á Robín, pareció interesarse en su cuento, y dijo con interés:

--¡Diablo! ¿y qué rey era ese?

--¿Qué rey? Confúndame Dios, capitán Dik, si no me habéis hecho una pregunta que me embaraza, porque yo no debo engañaros: cuando yo era montero y vos mi capitán me habéis salvado la vida.

--Pero ese rey, repuso Dik impaciente.

--Ese rey era... cuando otros me han hecho esa pregunta, he contestado sin vacilar: el rey Offa (este nombre en aquel tiempo, en Inglaterra, equivalía lo que ahora en España el de Wamba), y he desfigurado una historia que pasó hace sólo once años.

--Luego ese rey era...

--¡Enrique II de Inglaterra!

Ketti se levantó del sillón en que se había dejado caer, y repitió con sorpresa:

--¡Cómo! aquí en este miserable desván ha muerto...

--Sí, hermosa niña, el padre del rey. Pero tened presente, capitán Dik, que yo á nadie he contado esto, y que vos sois y vuestra compañera los primeros que entráis en este cuarto, que no sean un monje y yo.

--¿Y á qué viene aquí ese monje? preguntó con interés Dik.

--A rogar á Dios por el alma del rey muerto, y por la salvación del rey vivo.

--¿Luego conocía á Enrique II?

--Era su confesor.

--¿Y cómo se llama ese monje, á qué monasterio pertenece?

--¡Llámase!... lo ignoro; ¿su rostro?... jamás le he visto. Un día le seguí y le ví entrar en la ciudad en el monasterio de San Bridge.

Dik escuchaba con la mayor atención; cada palabra de Robín despertaba en él un nuevo interés. Robín conoció que era escuchado, tal vez con más atención que nunca, y sentándose sobre la cama calló un momento como preparándose para un largo relato; Dik creyó oportuno sentarse, y se colocó en uno de los sillones. Ketti, que sólo pensaba en su amor, maldijo en su interior al importuno hablador y se sentó también.

--Vosotros, hijos míos, seríais niños aún, dijo Robín dándose toda la importancia satisfecha del hombre que es escuchado con atención por primera vez; sí, muy niños, cuando acontecieron los terribles trastornos del año ochenta y tres; yo era más joven, y pasaba mejor la vida... Karl... mi buena Karl...

Dik se agitó en su sillón con impaciencia.

--Es necesario que os refiera esto, continuó Robín notando el movimiento de Dik; es el principio de la historia. Karl, pues, era una buena muchacha de las montañas de Escocia, que bailaba como una hada y cantaba como un bardo. Yo tocaba el laud y ella bailaba; los tarines llovían en mi gorra, y estábamos perfectamente; pero llegó un tiempo en que el pan estuvo escaso y en que los tributos crecieron. No gobernaba entonces el Obispo, pero lord Macclair, favorito del rey, era un soberbio sanguijuela. El populacho ya no nos arrojaba más que algunos miserables pedazos de pan; los tarines cesaron, y al fin nuestro canto y nuestro baile eran inútiles; entonces nos dijimos: pongamos una taberna y unámonos á alguno, porque no somos bastante ricos para traficar solos...

--Pero el rey...

--Paciencia, capitán, paciencia. Conocíamos á otra bailarina escocesa, y le propusimos que se uniera á nosotros.

«Acepto, nos dijo; necesito una casa donde vivir sin ser notada, y estaremos juntos si vosotros aceptáis mis condiciones. Soy amante de un gran señor, y habréis de tolerar que frecuente la casa.» Ya véis, capitán, que eran algo duras las condiciones; pero ella deshizo de tal modo nuestros reparos, que aceptamos y tomamos esta casa. Ya hace de esto dieciséis años. Todas las noches, después del toque de cubre-fuego, un hombre embozado en una larga capa, por el postigo que da á otra calle, entraba en esta habitación por esa puerta; y Robín señaló una puerta pequeña inmediata al lecho, subiendo una escalera escusada. Algún tiempo después nuestra amiga tuvo una niña. Pasaron algunos años, y al fin llegó el ochenta y tres. Fué un año terrible; el pueblo, agobiado por el hambre y los tributos, se rebelaba cada día contra el rey, y Londres era un eterno campo de batalla; Enrique el joven, Ricardo y Juan-sin-tierra, hijos de Enrique II, alentaban el fuego, y al fin se declararon en abierta rebelión contra su padre, insurreccionaron el Poitú y la Normandía, y se presentaron á las puertas de la ciudad al frente de un ejército. El rey se encerró en White-Tower; pero los normandos asaltaron la torre indefensa, porque no había un solo inglés al lado del rey, más que lord Macclair y el conde de Salisbury. Entretanto los normandos robaban á Londres, los hijos traidores partían el trono de su padre, y el infeliz viejo, perseguido por su primogénito Enrique el joven, pasaba á la carrera acompañado de sus dos últimos servidores, el puente de London Bridge, y entraba en Sowttwark. A pesar del odio que profesaba el pueblo al rey, los habitantes del condado de Surrey no se atrevieron á secundar la infamia á que habían ayudado los del condado de Middlesex; se apiñaron á la salida del puente, dejaron pasar al rey y rechazaron á Enrique el joven. Fué un horrible combate; los de Sowttwark cortaron la madera del puente, y Enrique y algunos normandos cayeron al río. La cólera de Dios cayó sobre el hijo maldito; las aguas se cerraron sobre él, y sólo se abrieron para arrojar su cadáver en la isla de los Perros.

Robín calló un momento como para observar el efecto que había producido en sus oyentes lo pomposo de su último período.

--Parte de lo que has dicho lo saben todos, dijo con impaciencia Dik; lo que no es tan claro es lo que pasó por el rey antes de que su cadáver fuese depositado en Westminster.

--Cabalmente ese es el secreto, contestó Robín con cierto misterio. Al ver á los más pacíficos vecinos armados con partesanas, palos y picas, corriendo hacia London-Bridge, cerré mi puerta, y corrí á encerrarme con Karl, en lo más profundo del sótano. Nuestra compañera estuvo en este aposento, asomada tenazmente á la ventana, á pesar de haberla nosotros invitado á ponerse en lugar más seguro. Desde el fondo del sótano oíamos los gritos de los combatientes de London Bridge, que duraron hasta la noche. Luego sucedió un profundo silencio. Me aventuré á subir, y nada oí: subí aún más, siempre el mismo silencio. Atrevíme á llegar á esa puerta para llamar á nuestra amiga, y miré por las rendijas. ¿Sabéis lo que ví? añadió Robín deteniéndose como para dar un tinte solemne á su pregunta.

Dik se encogió de hombros.

--Pues bien, ¡ví al rey!

--¡Al rey! exclamaron á un tiempo Dik y Ketti.

--Sí, á Enrique II herido en esa cama, atravesado el pecho de un flechazo, y espirante; junto á él estaban lord Salisbury sosteniéndole, y la bailarina arrodillada en ese reclinatorio. Yo también escuchaba conteniendo mi respiración; pero nada oí, hasta el momento que el rey gritó incorporándose de repente:

--¡Perdonarlos! ¡perdonarlos cuando ellos me han asesinado! ¡no! ¡no! ¡Maldito sea mi hijo Enrique! ¡Maldito sea mi hijo Ricardo! ¡maldito sea mi hijo Juan!

--No los maldigáis, señor, contestó el conde; tal vez alguno de ellos está ahora en presencia de Dios.

--¡Dios mío! exclamó el rey, ¿ha muerto Ricardo?

--Señor, no, observó lord Salisbury; es de presumir que no.

--Me engañáis, milord; me engañáis.

--Pues bien, dijo el conde, perdonadlos, señor, perdonad al menos á vuestro hijo Enrique, que ha sido muerto por los habitantes de Sowttwark.

El rey dió un grito y cayó desmayado. Pocos momentos después volvió en sí, y dijo con voz débil á lord Salisbury:

--Tomad mi espada, milord, y guardadla; ya sabéis mi voluntad acerca de ella, y mis proyectos hacia ellos; tú, pobre mujer, á quien yo recogí de las calles de Londres, que has sido mi último amor, acércate y no llores; toma, y la dió un objeto que no pude distinguir; si mi Ricardo es rey, dile que muero perdonándole con sus hermanos; que proteja á tu hija, porque esa es la última voluntad de su padre moribundo. Después cayó sobre el lecho, y un momento después murió.

Robín había callado; Dik callaba, mirando, sobrecogido de terror, el lecho.

--Esa es la historia, dijo Robín; una historia muy triste en verdad, que á nadie he contado hasta ahora.

--Pero aquella mujer... observó Dik.

--¿Qué mujer?

--La bailarina.

--Se volvió loca, huyó y no la he vuelto á ver.

--¿Y cómo se llamaba?

Iba Robín á contestar, cuando se abrió la puerta que comunicaba con la escalera escusada que hemos indicado, y apareció una sombra en su dintel.

--Silencio, dijo una voz profunda, tras la capucha de un manto negro, demasiado habéis dicho; y me place saber que un secreto de Estado está en vuestro poder, maese Robín. Será necesario poneros á recaudo, según creo. Caballero, cualquiera que seáis, en nombre del rey, íd á avisar á los guardias de la Torre.

Dik, á quien este extraño personaje se había dirigido, no se movió; pero Robín, creyéndose perdido, quiso huir. El hombre negro le detuvo por un brazo con la fuerza de unas tenazas.

--¡Socorro! ¡socorro! gritó Robín con todas sus fuerzas.

Una mano del hombre que le sujetaba tapó su boca, pero ya era tarde; oyéronse precipitados pasos de algunos hombres por la escalera, la puerta se abrió, y entró Adam Wast; tras él venían los otros cinco hermanos de la niebla.

La fatalidad hizo que Ketti fuese el primer objeto que se presentó á la vista de Adam Wast. Verla y arrojarse á ella puñal en mano, fué obra de un momento. Dik se interpuso, y arrojó al furioso marido en tierra de una puñada.

En menos tiempo del que empleamos en describirlo, la estancia se tornó en un campo de batalla; el hombre del manto abrió rápidamente la puerta de escape, y dió salida á Ketti, que cayó desmayada en el primer tramo de la escalera; Adam Wast se levantó furioso y embistió á aquella puerta; la espada de Enrique II lució fuera de la vaina junto al lecho de muerte del mismo Enrique II, empuñada por Dik; el hombre del manto continuaba asiendo á Robín, que gritaba como un desesperado, mientras los hermanos de la niebla, escepto el verdugo, acometían en círculo á Dik.