Los hermanos Plantagenet

Part 6

Chapter 63,886 wordsPublic domain

En la cámara de la galera había cuatro personas. La que había interrogado á Surrey, era un hombre de cuarenta y dos años, de aspecto severo y feroz, de alta estatura, y vestido con un camisote de mallas. Lord Surrey era un joven de semblante franco, estatura mediana aunque membruda, tez atezada y mirada atrevida. Junto á él había otro personaje, pálido, austero, de faz orgullosa y mirada indomable: era el conde de Exes; y últimamente, un segundón de la casa Nortumberland, joven y de aventajada estatura, estaba apoyado en su espada en un ángulo de la cámara.

Todos estos personajes llevaban sobrevestas de ante, y cruces rojas en el pecho.

--¡ Por San Jorge! milores, dijo el hombre que había interrogado á Surrey, hemos llegado, y haríamos bien en ponernos los arneses. Paréceme que habremos de llamar con las hachas en las puertas de nuestra casa.

Los tres lores descolgaron una pesada armadura de un costado de la cámara, y la ciñeron al que había hecho aquella prudente observación. Después se armaron prontamente, y cuando estuvieron cubiertos de hierro hasta los ojos, el primero tomó un pendón rojo, se dirigió á la puerta y dijo:

--Ola, maese Sult; haced que la galera aferre á la orilla, que se eche un puente, y que desembarquen nuestros caballos.

Esta orden fué obedecida al momento, y poco tiempo después los cuatro jinetes llegaron junto al rastrillo de un postigo de la muralla flanqueado por dos torreones.

--Un ¿quién va? lanzado desde las almenas, fué contestado por la robusta voz de uno de los cuatro.

--¡Inglaterra! gritó.

Hundióse el ballestero tras las almenas, y poco después cayó rechinando el rastrillo sobre el foso. Un capitán seguido de cuatro ballesteros se adelantó á reconocer á los que llegaban.

--¿Quiénes sois? les preguntó.

--Adelantad solo con una antorcha, dijo Surrey.

El capitán adelantó y el hombre atlético volviendo la grupa de su caballo á los archeros, se levantó la visera y dejó ver su rostro al capitán. Este se descubrió apresuradamente.

--Poneos la gorra y marchad en silencio delante de nosotros, añadió aquel hombre calando de nuevo su visera.

El capitán obedeció. Los cuatro jinetes, precedidos del capitán, pasaron el rastrillo, que volvió á caer tras ellos.

A este tiempo los gritos y el alboroto de Tames-Streed llegaban á su colmo.

--¿Por qué gritan de esa manera, capitán? ¿qué hacen los archeros que no dispersan á esa insolente multitud?

--No tenemos orden, señor.

--¿Y qué hacen el canciller y el príncipe Juan?

--Conspirar.

--¡Capitán!...

--Conspirar, señor.

--¡Ola! esto es serio, observó el hombre que así interrogaba, lanzando una mirada desde el collado de la Torre, adonde habían llegado, sobre Tames-Square; muy serio, milores, y con especialidad para la reina regente, el príncipe, el canciller y el Justiciero; oid cómo piden sus cabezas.

En efecto, el pueblo ahullaba embistiendo la Torre. De en medio de este tumulto salieron otras voces numerosas y atronadoras.

--Viva el rey Juan, abajo los tributos.

--Viva el rey Ricardo, gritó otra voz que dominó las demás como el trueno domina los mugidos del huracán.

--¡Por San Bridge! exclamó el caballero que observaba sobre la colina; así Dios me salve, como esa es la voz de mi valiente _Espada-larga_. Capitán, volved á vuestro puesto. Milores, la guerra civil estalla. ¡A Tames-Square! ¡Adelante mi pendón!

Surrey picó el caballo, llevando desplegado un pendón rojo; tras él aguijaron sus caballos los otros tres caballeros, y bien pronto rompieron á cuchilladas por medio de la turba, entrando en Tames-Square; por la parte opuesta, un hombre solo á caballo, sin más armas que una espada, rompía por medio de la multitud hiriéndola y gritando:

--¡Viva el rey Ricardo!

--¡Viva el rey Ricardo! gritaron los tres caballeros que seguían al hombre atlético, que hería á diestro y siniestro, haciendo silvar en torno suyo una pesada hacha de armas.

La luz de las hachas de los amotinados reflejaba en las armaduras de los cuatro hombres; la del de la hacha de armas era dorada, y en torno de su yelmo se veía una corona real, al mismo tiempo que en su escudo un blasón con un león rapante en campo de oro.

--¿Quién se atreve á llevar en Londres arnés y pendón real? gritó un jayán fornido, encarándose al de la armadura dorada.

El preguntado se levantó la visera, y dejó ver á la luz de los hachones que le rodeaban su severo semblante.

El jayán cayó de rodillas.

--Salud, señor, dijo, y luego levantándose gritó arrojando su gorro al aire: ¡Viva el rey! ¡el rey ha vuelto! ¡el rey está en Londres!

--Ese no es el rey, gritó una vieja. Ricardo Corazón-de-León no volvería de noche y tan de tapada; Ricardo ha muerto. ¡Viva el rey Juan!

--Adelante, milores, adelante, gritó el de las armas doradas; yo enseñaré á esos traidores á que conozcan á su rey.

Pero era poco menos que imposible atravesar la multitud, que se había agrupado en torno de los cuatro jinetes, y les alumbraban con un centenar de hachas.

--Es el rey, gritó el jayán deteniendo, á pique de ser atropellado, el caballo de Ricardo Corazón-de-León (que él era en fin); es el rey. ¿No hay quien lo reconozca entre tantos?

--Sí, sí, gritaron un millar de voces: ¡Viva el rey!

Corazón-de-León se levantó sobre los estribos y extendió su brazo armado en un imperioso ademán de silencio; la multitud calló como por ensalmo, distraída de su objeto anterior por otro nuevo.

--¿Qué hacen los habitantes de la buena y leal ciudad de Londres? gritó Corazón-de-León en una voz que se dejó oir de todos; ¿por qué incendian mi corte y asaltan mi castillo?

--¡Pan, señor, pan! gritó el pueblo en coro.

--¡Abajo los tributos!

--¡La cabeza del Obispo!

El tumulto volvía; algunas voces sin eco gritaron:

--¡Viva el rey Juan!

--Corazón-de-León perdió la paciencia.

--¡Silencio, digo! gritó amenazando á la multitud con su hacha de armas, que calló á este ademán volviendose toda oidos. ¡Silencio y plaza al rey! Que el pueblo elija una diputación, y que esta diputación se nos presente al momento en la sala del Consejo de White-Tower. ¡Adelante, Surrey, adelante mi pendón!

El pueblo calla mientras espera. Surrey adelantó por medio de las turbas, que abrían calle, y la escasa comitiva real llegó al rastrillo de la fortaleza; en aquel punto _Espada-larga_ plantó su caballo junto al del rey, que al verle le tendió la mano estrechándosela como se la hubiera estrechado á un hermano.

A la vista del pendón real, el rastrillo de la Torre se levantó dando paso al rey, á _Espada-larga_, Surrey, Esex, y Nortumberland.

Cerróse tras ellos, y el rey y su comitiva descabalgaron, pasando entre multitud de hombres que presentaban asombrados sus armas al ver á Corazón-de-León. Las cóncavas bóvedas de la Torre gemían al eco de las aclamaciones de los soldados, que llegado el rey á la sala del Consejo se agruparon á la puerta.

Corazón-de-León adelantó hasta el trono, subió sus gradas y ocupó la silla real, siempre apoyado en su hacha de armas. Rodeábanle en lugar preferente Ricardo _Espada-larga_, Surrey, Esex, y Nortumberland; más allá los altos funcionarios de la Torre y los capitanes de las tropas.

--¿Quién es? dijo el rey dominando con una mirada severa el concurso; ¿quién es el lord condestable de la Torre?

--Yo, señor; contestó temblando un anciano que se adelantó.

--¡Ah! ¡sois vos, Apsley! exclamó el rey cada vez más severo; ¿porqué habéis permitido que esa turba apedree mi palacio, mi cárcel y mi castillo?

--No tenía órdenes, señor.

--¿Y de cuándo acá se necesitan órdenes para contener un tumulto que rompe los límites de la ley y aterra á los buenos y pacíficos habitantes de un pueblo?

--Me he expresado mal, señor, contestó cada vez más trémulo Apsley; debí haber dicho que tenía órdenes de no batir al pueblo si se amotinaba.

--¿Es decir, traidor, contestó el rey levantándose con ira, que me vendías?

--Señor, vuestra madre, regente del reino por vos, responderá de esa orden.

--¿Y te ordenaron también que permanecieses impasible aun cuando se gritase viva el rey Juan? Apsley, entrega la custodia de la Torre á Esex: Esex, encierra en el calabozo más profundo de la Torre del Traidor á Apsley.

Algunos murmullos sordos sucedieron á esta orden.

El rey se adelantó al centro de la sala blandiendo su hacha de armas.

--¿Hay alguno que se oponga al rey? gritó.

Un silencio profundo fué la respuesta; Corazón-de-León sólo vió rostros adictos. Apsley fué conducido á la Torre del Traidor.

--Esex, continuó el rey; id al rastrillo é introducid á la diputación del pueblo cuando se presente á nuestra presencia.

Esex salió.

El rey continuó:

--Vos, Ricardo, marqués de Tiro, nuestro amado y valiente vasallo; el rey os hace par de Inglaterra, y os nombra su guarda-sellos.

_Espada-larga_ dobló la rodilla y besó la mano á Corazón-de-León. El rey le alzó y dijo:

--Vos, lord John Surrey, conde de Surrey, nuestro compañero en el cautiverio, el rey os entrega su pendón real, que llevaréis junto á él en la corte y el campo. Alzad. Y vos, milord, añadió dirigiéndose á Nortumberland, os hacemos gran justiciero de Inglaterra, y os mandamos procedáis contra lord Huberto.

En aquel momento Esex apareció en la puerta de la sala, seguido de algunos hombres del pueblo.

X

MEDIDAS PREVENTIVAS

Aquellos hombres que habían gritado en la plaza; que habían arrojado piedras á la temible Torre, dentro de ella, y delante de un rey que tenía por cetro un hacha de armas y la corona ceñida sobre un yelmo de guerra, temblaron, no atreviéndose á dar un paso; fué necesario que el rey desarrugase su entrecejo y les mandase acercarse; pero una vez ante el trono, permanecieron mudos.

--¿Qué queréis, pues? les preguntó el rey.

--Justicia, señor, contestó uno de ellos, para vuestra buena y leal ciudad de Londres.

--¿Quién se ha negado á hacer justicia á nuestra buena ciudad?

--La reina, señor, y el Obispo de Eli.

Frunció el gesto Corazón-de-León.

--Tenemos hambre, señor.

--Y bien, ¿qué he de hacer yo á eso si no me indicáis los medios de satisfaceros?

--Señor: los nobles y los eclesiásticos han comprado todo el trigo para ponernos la ley y venderlo al precio que quieren. Eso no es justo.

--Pues bien; buscad vuestro pan en los castillos de los nobles y en las abadías de los clérigos.

--Pero nos ahorcarán, señor, porque tienen las armas en la mano. Vuestra gracia es nuestro rey y puede ahorcarlos á ellos.

--Muy atrevidos sois. Pero vuestro rey no sabe si tendrá que batirse antes de ser obedecido. Vuestro rey ha vuelto de un largo cautiverio, pobre y desnudo como el hijo pródigo; de manera que os ha costado trabajo reconocerle; vuestro rey no posee más que su hacha y su caballo. ¿Sabéis si el rey tendrá pan esta noche?

--¡Viva el rey! gritó la diputación popular, aplaudiendo de aquella manera su último período.

--Pues bien, señor, contestó el que hablaba en nombre del pueblo; si el rey tiene hambre esta noche, nosotros buscaremos un pedazo de pan para el rey; si el rey encuentra traidores, nosotros nos agruparemos en torno del rey; si el rey es pobre, nosotros le haremos rico dándole parte del fruto de nuestro trabajo.

A pesar de su ferocidad, Corazón-de-León se conmovió; levantóse del trono, arrojó el hacha de armas, y despojándose de su cadena de caballero, le dijo entregándosela:

--Toma, y preséntala al pueblo como una prenda de la palabra real, que empeña en su favor Corazón-de-León; dile que su hambre cesará; que sus tributos se moderarán; que el rey, además, le hace libre de ellos por un año. Guardad vuestro pan y vuestro dinero para vuestros hijos; al rey le basta por traje su armadura de guerra, por alimento el pan del soldado, por lecho una piel de tigre. Id, y que se retiren las turbas; Sowttwark está incendiado, y hacen más falta allí que apedreando inútilmente la Torre.

Los delegados del pueblo no se movieron.

--¿Queréis más? añadió el rey frunciendo el entrecejo.

--Señor, se ha vertido sangre inocente...

--Denunciad al causante.

--Es el Obispo canciller, señor.

--Se le reducirá á prisión y se pondrá en juicio.

--Adam Wast y Robín han sido presos esta noche porque reclamaban los fueros del pueblo.

--Se pondrán en libertad.

--Pues bien, señor; si lo hacéis así, Dios os salve.

La diputación salió, dejando solo al rey con sus caballeros.

Corazón-de-León abandonó el trono, y empezó á pasear pensativo á lo largo de la sala del Consejo. Todos los circunstantes callaban; sólo se oía el ruido de las espuelas y de la armadura del rey.

--¿Cuántos hombres de armas defienden la Torre? preguntó Corazón-de-León á uno de los capitanes.

-Quinientos, señor, contestó el capitán.

-¿Y cuántos capitanean á esos hombres?

-Cinco, señor.

-Es decir: vos, Smitt, que sois el primero; Slow, á quien veo ocultarse desde que entré, tras Kewin, que aún no ha levantado los ojos del suelo, y más allá Sunders y Remi. ¿Sabéis mis valientes capitanes, añadió después de una pausa el rey con acento profundo, que trascendéis fuertemente á traidores?

--¡Señor! balbuceó Smitt.

--Si no me engañan mis recuerdos, dijo el rey dirigiéndose á los soldados, veo entre vosotros semblantes conocidos. Paréceme que estos valientes son los mismos buenos normandos á quienes dejé en guarda de la Torre; pero recuerdo también que eran otros sus capitanes. ¡Eh! tú, Glow, mi buen archero, ¿que se ha hecho de los caballeros que dejé á vuestra cabeza?

El archero adelantó un paso.

--Están presos, señor, contestó.

--¡Ola! dijo el rey dirigiéndose á Espada-larga; milord guarda-sellos, mandad buscar al llavero de la Torre.

--Aquí estoy, señor, contestó un hombretón adelantándose.

--Ve por las llaves de los calabozos donde haya presos de Estado.

--Las tengo aquí, señor, contestó el hombre haciendo sonar un pesado manojo que pendía de su cintura.

--Pues guía, dijo el rey; capitanes, acompañadme; y vos, Ricardo, añadió dirigiéndose á Espada-Larga, tomad cien archeros, é id á aseguraros de las personas del Obispo de Eli y del príncipe Juan; para evitar resistencia, tomad esta cédula firmada por nos y sellada con nuestras armas.

Diciendo esto, escribía en un pergamino y le sellaba con su anillo.

Espada-larga tomó la cédula.

--Pero aquí, señor, se manda prender al gran justiciero y al lord guarda-sellos.

--Hacedlo pues.

--¿Y se comprende al príncipe Juan en esta cláusula: muertos ó vivos?

Meditó un momento el rey.

--Juan-sin-tierra no; si resiste, cercad el lugar donde se halle; si apela á la fuerza, sujetadle ¡vive Dios! y encerradle. Cien hombres bien pueden aherrojar á un león. En cuanto á los demás, sin piedad.

Espada-Larga tomó cien archeros, y se dirigió á Whitehall.

--Y vos, Surrey, continuó el rey, buscad los heraldos reales, que deben estar en la Torre, y con suficiente escolta id con mi pendón á Cheapside, y proclamad á son de trompeta la vuelta de Ricardo I, rey de Inglaterra.

Surrey tomó el pendón, y salió.

--Ahora, Nortumberland, seguidme a los calabozos.

El llavero rompió la marcha, llevando una antorcha, seguía el rey, siempre con su hacha de armas, junto a él a alguna distancia a la izquierda, el duque de Nortumberland; cerraban el acompañamiento los cinco capitanes cabizbajos y aterrados, y algunos soldados con hachas.

Cuando hubieron llegado al revuelto laberinto de pasadizos abovedados donde están los calabozos, el llavero se detuvo a la puerta de uno de ellos, y abrió; el rey penetró solo.

Del fondo del calabozo practicado en el espesor del muro, se levantó un hombre, pálido, casi desnudo, con largos cabellos y barba crecida.

--¿Ha llegado la hora? dijo; estoy pronto.

--¿Cómo os llamáis? preguntó el rey.

El interrogado no contestó: estremecióse, púsose una mano delante de los ojos para evitar el resplandor de las antorchas que le deslumbraban, y fijó su vista en el rey; un momento después cayó de rodillas.

--¿Es vuestra gracia, señor, dijo, quien baja a mi sepultura, ó es vuestra sombra que viene a contemplar el estado a que me han reducido los traidores?

--¿Cómo os nombráis? insistió el rey.

--Guido de Richemont, contestó el preso.

--¿Cuánto tiempo hace que estáis aquí?

--No lo sé, señor; la oscuridad y la desesperación no tienen horas, días, ni años. Sólo recuerdo que fuí preso dos meses después de la partida de vuestra gracia a la Tierra Santa.

--¿Quién os mandó prender?

--El Obispo de Eli, señor.

--¿Os juzgaron?

--No, señor; presumo que la causa de mi arresto ha sido negarme a reconocer por vuestro sucesor al príncipe Artus de Bretaña.

--¿Y a quién entregásteis vuestros hombres de armas?

--Al capitán Smitt, señor.

--¿Smitt? exclamó el rey volviéndose a la puerta.

Smitt adelantó pálido como un cadáver.

Entrad y entregad vuestra espada al valiente y leal capitán Guido de Richemont.

Smitt obedeció.

--Capitán Guido, añadió el rey; nos os declaramos libre y os hacemos nuestro primer escudero. Alzad. Vos, Smitt, estaréis aquí hasta que os juzgue mi Consejo.

--Señor, perdón; gritó Smitt arrastrándose á los pies del rey.

--Cerrad, dijo Ricardo al llavero.

La puerta se cerró; el rey adelantó cual si no oyese los gritos desesperados de Smitt.

Tras este calabozo, penetró el rey en otros cuatro: en cada uno de ellos tuvo lugar una escena semejante á la anterior. Slow, Kewin, Sunders y Remi, entregaron sus espadas á otros tantos capitanes adictos al rey, que habían sido presos por la misma causa que Guido, y quedaron encerrados en su lugar.

El llavero siguió adelante, y abrió la puerta de una inmensa mazmorra.

--¿Quién está aquí? preguntó el rey.

--Monederos falsos, señor, contestó el llavero; sacrílegos é incendiarios.

--Cierra, y adelante.

El llavero obedeció, deteniéndose á la puerta de un nuevo calabozo.

--Y estos presos, ¿quiénes son? dijo el rey viendo dos sombras en un ángulo.

--Un abogado llamado Adam Wast, señor, y un tabernero de Sowttwark llamado Robín.

--¡Ola! los causadores del alboroto. ¿No tenéis nada que pedir? les dijo el rey.

Adam Wast no contestó; Robín se arrojó á los pies de Corazón-de-León, y exclamó:

--¡Perdón, señor! y revelaré á vuestra gracia secretos que tal vez le aseguren en el trono.

--¿Y qué me revelarán esos secretos?

--Traiciones, señor.

--Salid.

Robín salió, y á una seña del rey fué cercado por los archeros; el calabozo volvió á cerrarse, y Adam Wast lanzó un rujido el ángulo en que se había replegado.

--¿Quedan muchos presos?

--Este solo, señor, contestó el llavero abriendo otro calabozo.

El rey entró: un hombre anciano dormía tranquilamente sobre un montón de paja; al ruido que hizo el rey golpeando con el extremo de su hacha en el pavimento, despertó y se incorporó.

--¿Qué es esto? dijo; ¿han entrado los rebeldes en la Torre?

--¿Cómo os nombráis? preguntó el rey.

El preso se puso en pie.

--Stek, contestó.

--¿Por qué estáis preso?

--Porque el Obispo de Eli se empeñó en creer que no se había derramado sangre en el calabozo donde murió el conde de Salisbury. Así Dios me salve, monseñor se engañaba; yo había lavado la compuerta después de la ejecución.

--¿Luego sois verdugo?

--No, señor; era llavero de la Torre del Traidor.

--Salid; el rey os declara libre.

--¿Qué rey? preguntó Stek sin moverse.

--¡Imbécil! gritó Nortumberland; ¿qué rey puede ser más que su alteza Ricardo I de Inglaterra?

--Perdón, señor, exclamó Stek arrojándose á los pies del rey; la desesperación y el sufrimiento me han herido. Soy ciego.

--Alzad, dijo el rey. Y tú, que has guardado á mis buenos servidores, añadió dirigiéndose al llavero, será bien que á tu vez seas guardado. Entrega las llaves á Glow. Glow, te nombro llavero de los calabozos de Estado.

El archero á quien se dirigía Corazón-de-León asió las llaves, é inauguró su nuevo destino encerrando, á pesar de sus gritos, al destituído llavero.

Tras esto, el rey siguió en paso rápido adelante al través de aquellos sombríos subterráneos, y subiendo una estrecha escalera de ojo, se detuvo delante de una compuerta de hierro: Glow buscó entre las llaves la de aquélla, y abrió: el rey subió algunos escalones más, entró en un pequeño recinto de bóveda ojiva y muros de extremado espesor, hizo abrir otra puerta, y penetró en un salón octógono, con techo de ensambladura recargado de blasones y grotescos adornos dorados; los muros, las puertas, las ventanas pertenecían al gusto de la arquitectura normanda; una gran chimenea en que cabía una encina entera, mostraba aún ceniza y restos de troncos consumidos. En el centro de la cámara, había una pesada mesa de nogal, cubierta de polvo y pergaminos, y tras ella un enorme sillón recargado de entalladuras, teniendo por respaldo un gigante escudo heráldico con la divisa de los Plantagenet: un león rampante en campo de oro. Armas y arreos de guerra de todo género se presentaban por doquier á la vista, y llamaba asimismo la atención un colosal armario lleno de infolios manuscritos, que contenían la legislación inglesa, la normanda su madre, las crónicas de Inglaterra, y artes de caza y de guerra. Frente á la puerta por donde penetró el rey, había otra mayor que comunicaba á una antecámara; en ella desembocaba una escalera que nacía en un portal situado en un terraplén, al cual correspondían las dos únicas ventanas de la cámara; en ésta, frente á las ventanas, había un retrete abierto en el muro, y dentro de él un lecho cubierto por una piel de tigre. Esta cámara, cuyos accesorios hemos descrito, con un calabozo debajo y un terraplén encima, formaba el conjunto de la torre de Roberto el Diablo.

Sea que su denominación agradase á la imaginación romancesca de Corazón-de-León, sea su gusto por todo lo que era normando, hallamos por resultado que le servía de morada el poco tiempo que la guerra le permitía estar en Londres.

Corazón-de-León arrojó una rápida mirada en torno de su estancia favorita. La encontró exactamente como la había dejado cuatro años antes para ir á la Tierra Santa; sobre la mesa estaba seco y en mal estado, su viejo tintero de hierro, en que el cincelador no había olvidado su real blasón; pergaminos en blanco y borroneados; infolios de cetrería abiertos y arrojados en desorden; el lecho revuelto como si acabase de abandonarle; todo en el mismo estado, pudiendo añadirse sendas colgaduras fabricadas por las arañas.

Todos se habían detenido á la puerta de la estancia real, escepto Nortumberland que alumbraba con una hacha arrancada de las manos de Glow.

El rey se dejó caer sobre el sillón, y puso sus dos manos sobre la empolvada mesa, como tomando posesión de su cámara; Nortumberland permaneció de pie.

--Y bien; he aquí que hemos llegado, dijo el rey, y creo que con la ayuda de Dios, como ahora somos dueños de la Torre, dentro de una hora lo seremos de Londres y mañana de Inglaterra. ¡Ira de Dios! bien aprovechan el tiempo. Dos reyes para un trono ocupado; uno sostenido por el obispo canciller, otro por la reina regente. Mi sobrino y mi hermano se disputan ya mi corona. ¡Por San Dustan, amigos míos! sed menos impacientes, para que el rey pueda tener paciencia.

Luego añadió tras una corta pausa:

--Que entren esos buenos servidores.

--Ola, capitanes, gritó Nortumberland, su gracia os llama.

Los cinco normandos entraron y se arrodillaron ante el rey.

--Levantáos, mis valientes camaradas, dijo el rey dulcificando su ceño natural.

--¡Señor! murmuró Guido.

--Sí, camaradas de infortunio. Mientras vosotros estábais privados del aire y de la luz en poder del canciller, yo estaba en lo más profundo de un calabozo aherrojado por el cobarde y cruel emperador de Alemania. Y bien, ¿que gracia pedís al rey?

--Serviros y defenderos, señor, dijeron á una voz los cinco.

--¿Y no tenéis nada que pedir contra vuestros enemigos?

--Nada, señor, dijo Guido; nuestros enemigos son los de vuestra gracia.

El rey hizo un ademán con la mano, que podía interpretarse por la frase: Ya nos veremos.