Los exploradores españoles del siglo XVI
Part 18
Mientras Pizarro estaba enfrascado en su tarea, Manco se desenmascaró. No es del todo improbable que desde un principio hubiese meditado la traición y que se aliase con los españoles simplemente para tenerlos en su poder. De todos modos, entonces se escabulló, sin provocación alguna, para ir a levantar gente con que atacar a los españoles, creyendo que podría someterlos mientras se hallaban dispersos trabajando en sus diversas colonias. Los indios leales avisaron a Juan Pizarro, el cual capturó y aprisionó a Manco. A la sazón llegó de España Hernando Pizarro, y Francisco le dió el mando de Cuzco. El pérfido Manco engañó a Hernando para que le pusiese en libertad, y en el acto comenzó a reunir sus fuerzas. Contra él se envió a Juan con sesenta jinetes, quienes por fin hallaron en Yucay varios miles de indios mandados por Manco. En un terrible combate que duró dos días, lograron los españoles mantenerse firmes, si bien con muchas pérdidas, y entonces se alarmaron con la noticia que les trajo un mensajero de que los indios habían sitiado a Cuzco. A marchas forzadas llegaron aquella noche a la ciudad, que hallaron rodeada por numerosa hueste. Los indios les dejaron entrar, sin duda en su deseo de tenerlos a todos en la ratonera, y en seguida atacaron a la malhadada urbe.
Hernando y Juan estaban, pues, encerrados en Cuzco. Tenían menos de doscientos hombres, mientras que afuera, en las lomas de cerca y de lejos, lucían las fogatas del enemigo, tan innumerables que parecían «un cielo estrellado». Por la mañana temprano, en febrero de 1536, comenzó el ataque. Los indios arrojaron dentro de la ciudad bolas de fuego y flechas ardiendo, con las cuales lograron pegar fuego a las bardas de los techos. Los españoles no podían apagar aquel fuego, que duró varios días. Del único modo que pudieron salvarse de perecer quemados o asfixiados, fué apiñándose todos en la plaza pública. Hicieron varias salidas; pero los indios habían clavado estacas y puesto otros obstáculos, que entorpecían la marcha de los caballos.
No obstante, los españoles desembarazaron el camino bajo un terrible fuego y dieron una valiente carga, que fué rechazada con igual valentía.
Eran expertos los indios no tan sólo en el manejo del arco, sino también de la reata; así es que con el lazo lograron cazar a muchos españoles, a quienes dieron muerte. La carga hizo retroceder un trecho a los indígenas, pero costándoles esto muy caro a los españoles, quienes tuvieron que internarse de nuevo en la ciudad. Mas no se les dió punto de reposo; los indios les acosaron con repetidos ataques, y la situación tomó muy mal cariz. Francisco Pizarro estaba sitiado en Lima; Jauja también se hallaba bloqueada, y los españoles, en las pequeñas colonias, habían sido sometidos y asesinados. Sus ensangrentadas cabezas fueron arrojadas al interior de Cuzco y rodaron a los pies de sus horrorizados compatriotas. Tan desesperado les parecía el trance en que se hallaban, que muchos proponían que saliesen todos en masa para abrirse paso a través de los indios y ganar la costa; pero Hernando y Juan no quisieron escucharles.
Sobre el cerro que domina la ciudad de Cuzco estaba la notable fortaleza inca de Sacsahuaman, que todavía existe. Es una obra ciclópea. Por el lado que mira a la ciudad el casi inexpugnable cerro se hizo inexpugnable del todo construyendo en él una inmensa muralla de mil doscientos pies de largo y de mucho espesor. Al otro lado del cerro el suave declive estaba protegido por dos murallas, levantadas una más arriba que la otra, de mil doscientos pies de largo cada una. Las piedras de esas murallas estaban trabadas con notable pericia y algunas de ellas medían treinta y ocho pies de largo, diez y ocho de ancho y seis de grueso. Y lo más sorprendente era que se habían sacado de una cantera que se hallaba a doce millas de distancia, y las habían transportado los indios al sitio en que estaban colocadas. Finalmente, la cima del cerro estaba defendida por dos grandes torres de piedra.
Esta imponente fortaleza de los aborígenes se hallaba en poder de los indios y les permitía hostigar a los españoles sitiados de un modo más eficaz. Era necesario desalojarlos de aquella posición. Como medida preliminar para ver realizada esa última esperanza, salieron tres destacamentos al mando de Gonzalo Pizarro, Gabriel de Rojas y Hernando Ponce de León, para echar de allí a los indios. La lucha fué desesperada. Los indios trataron de aplastar a sus enemigos con la furiosa acometida de su mayor número, pero al fin los españoles obligaron a la tenaz hueste a ceder el terreno, y se retiraron a la ciudad.
Para el asalto de la fortaleza de Sacsahuaman se eligió a Juan Pizarro, y no podía confiarse tan aventurada empresa a más valiente caballero. Saliendo de Cuzco a la puesta del sol con su pequeña fuerza, Juan dió un rodeo como si fuese a forrajear; pero en cuanto obscureció, dió la vuelta y se dirigió apresuradamente a Sacsahuaman. La gran fortaleza estaba sumida en la obscuridad y en el silencio. Se había cerrado su poterna con grandes piedras, trabadas como las macizas murallas, y el separarlas sin hacer ruido fué tarea muy difícil para los españoles. Cuando al fin pudieron pasar y se hallaron entre las dos gigantescas murallas, cayó sobre ellos una horda de indios. Juan dejó la mitad de su fuerza peleando con ellos y con la otra mitad abrió la poterna de la segunda muralla que había sido cerrada de igual manera. Cuando los españoles lograron apoderarse de la segunda muralla, los indios se refugiaron en las torres, y se hizo necesario asaltar estas últimas y peligrosísimas defensas. Los españoles acometieron con aquel característico valor que no se rendía ante ningún obstáculo de la naturaleza o de los hombres; pero en la primera arremetida sufrieron una pérdida irreparable. El denodado Juan Pizarro había sido herido en la quijada, y su yelmo le molestaba tanto la herida, que se lo quitó y dirigió el asalto con la cabeza descubierta; en la lluvia de proyectiles que arrojaban los indios, una roca le dió con fuerza en la cabeza y lo derribó al suelo. Pero aun tendido agonizante en un charco de sangre, daba aliento a sus hombres y les acuciaba a seguir adelante, mostrando hasta el fin su intrepidez española. Fué cuidadosamente conducido a Cuzco, donde se le prodigó toda clase de cuidados; pero la fractura de su cráneo no tenía remedio, y después de unos pocos días de agonía se apagó para siempre aquella fluctuante vida.
Los indios continuaron dueños de su fortaleza; y, dejando a su hermano Gonzalo encargado de la defensa de la sitiada Cuzco, Hernando Pizarro salió con una nueva fuerza a dar un nuevo ataque a las torres de Sacsahuaman. Fué aquél un asalto furibundo; pero al fin afortunado. Pronto se apoderaron de una torre; pero en la otra, que era la más fuerte, el resultado fué por algún tiempo dudoso. Entre sus defensores llamaba la atención un corpulento e impertérrito indio, que arrojaba a los españoles por encima de las escalas a medida que trepaban por ellas para tomar la torre. Su valor llenó de admiración a los soldados. Siendo ellos mismos unos héroes, sabían ver y respetar el heroísmo hasta en sus enemigos. Hernando dió órdenes estrictas de que no se lastimase a aquel indio; había que sujetarlo, pero no herirle. Colocáronse varias escalas en diferentes lados de la torre, y los españoles acometieron simultáneamente, mientras Hernando a voces intimaba al indio a que se rindiese, prometiéndole que no se le haría daño. Pero aquel Hércules de color bazo, viéndolo todo perdido, se cubrió la cara y la cabeza con el manto, y se arrojó desde lo alto de la torre, quedando muerto en el acto.
Sacsahuaman cayó en poder de los españoles, aunque con grandes pérdidas, y con ello disminuyó materialmente el poder ofensivo de los indígenas. Hernando dejó en la fortaleza una pequeña guarnición y regresó a la ciudad asediada, para sufrir allí con sus compañeros las duras peripecias del sitio. Este duró cinco meses, que fueron cinco meses de terribles sufrimientos y peligros. Manco y su hueste rodeaban la ciudad, cuyos habitantes perecían de hambre; caían con mortal furia sobre los grupos que, impulsados por el hambre, salían en busca de alimento, y hostilizaban sin cesar a los supervivientes. Todos los colonos españoles que vivían fuera de la ciudad fueron asesinados y la situación iba de mal en peor.
Francisco Pizarro, sitiado en Lima, había rechazado a los indios gracias a las favorables condiciones del país; pero los naturales andaban constantemente por los alrededores. Causábanle mucha ansiedad sus compatriotas de Cuzco, y envió cuatro expediciones sucesivas, que en junto sumaban cuatrocientos hombres, para prestarles auxilio. Pero éstos fueron sucesivamente sorprendidos en emboscadas en los pasos de las montañas, y casi todos perecieron. Dícese que en aquella guerra desigual murieron setecientos españoles. Algunos de los sitiados pedían que se les permitiese ir hasta la costa, embarcarse y huir de aquella mortífera tierra; pero Pizarro no consentía que se le hablase de abandonar a sus valientes compatriotas de Cuzco, y decidió apoyarlos y salvarlos, o sufrir la misma suerte. Para quitar a los egoístas toda tentación de fugarse, despachó todos los buques con cartas a los gobernadores de Panamá, Guatemala, Méjico y Nicaragua, explicando la desesperada situación en que se hallaban y pidiendo auxilio.
Por fin, en agosto, Manco levantó el sitio de Cuzco. Su numerosa hueste consumía los recursos del país, y a menos que los habitantes volviesen a sus plantaciones no tardaría en dejarse sentir el hambre. En consecuencia, envió muchos de los indios a trabajar en sus campos; dejó una considerable fuerza para vigilar y hostilizar a los españoles y se retiró a uno de sus fuertes con una buena guarnición. Entonces tuvieron los españoles mejor fortuna en sus salidas para forrajear, y pudieron librarse del hambre; pero los indios que estaban en acecho los atacaban constantemente, copando hombres y pequeños grupos sin darles respiro. La hostilidad era tan continua y desastrosa que, para ponerle coto, concibió Hernando el atrevido plan de apoderarse de Manco, en su propia fortaleza. Saliendo con ochenta de sus mejores jinetes y alguna infantería, realizó una marcha larga y tortuosa con la mayor cautela y sin dar la alarma. Atacando la fortaleza al romper el día, pensó tomarla por sorpresa; pero detrás de aquellas tremendas murallas los indios lo estaban acechando, y levantándose súbitamente lanzaron sobre los españoles una espesa lluvia de proyectiles. Con el valor de la desesperación aquel puñado de soldados se lanzó por tres veces al asalto; pero tres veces también el excesivo número de salvajes les obligó a retroceder. Entonces los indios abrieron las compuertas de las presas más altas e inundaron el campo; y los españoles, diezmados y ensangrentados se batieron en retirada, perseguidos de cerca por los regocijados enemigos. En aquella hora terrible, Pizarro fué traicionado por el hombre que, más que ningún otro, debió serle leal: por el vulgar traidor Almagro.
IX
OBRA DE TRAIDORES
Almagro había penetrado en Chile, sufriendo grandes penalidades al cruzar las montañas. De nuevo dió muestra de cobardía, pues, descorazonado desde el principio, retrocedió, regresando al Perú. Parece como si hubiese decidido que le sería más cómodo robar a su camarada y bienhechor que llevar a cabo por sí mismo una conquista, especialmente sabiendo la situación en que a la sazón se hallaba Pizarro. Este, enterado de su regreso, salió a recibirle. Manco atacó a los españoles en el camino; pero fué rechazado después de una encarnizada lucha.
A pesar de los sensatos argumentos de Pizarro, Almagro no quiso abandonar su plan. Insistió en que se le cediese Cuzco, la ciudad principal, bajo pretexto de que estaba al sur del territorio concedido a Pizarro; en realidad se hallaba situada dentro de los límites que a Pizarro concedió la Corona; pero esto no era óbice para un hombre como él. Por fin se convino en una tregua hasta que una comisión pudiese medir y demarcar la frontera sur de las tierras de Pizarro. En el ínterin se comprometió Almagro, con un solemne juramento, a tener los cepos quedos. Pero no era hombre capaz de mantener su juramento ni su palabra de honor; así fué que, en la obscura y tempestuosa noche del 8 de abril de 1537, se apoderó de Cuzco, mató a los centinelas e hizo prisioneros a Hernando y Gonzalo Pizarro. Iba entonces Alonso de Alvarado en auxilio de Cuzco con bastante fuerza; pero, traicionado por uno de sus oficiales, fué hecho prisionero, con todos sus hombres, por Almagro.
En tan crítica situación, Pizarro reanimóse con la llegada de su antiguo valedor, el licenciado Espinosa, con doscientos cincuenta hombres y un cargamento de armas y provisiones que le enviaba su primo Hernán Cortés. Salió con dirección a Cuzco; pero al saber la pasmosa noticia de la descarada traición de Almagro, regresó a Lima y fortificó su pequeña ciudad. Tenía verdaderos deseos de evitar un derramamiento de sangre, y en vez de marchar con un ejército a castigar el traidor, envió una embajada, en la que iba Espinosa, para tratar de traer a Almagro a la razón y la decencia. Pero aquel vulgar soldado era refractario a todos los argumentos. No tan sólo rehusó entregar a Cuzco, sino que con mucha frescura anunció su determinación de apoderarse también de Lima. Espinosa murió repentina y oportunamente en el campamento de Almagro, y Hernando y Gonzalo Pizarro hubieran sido ejecutados, a no ser por los esfuerzos de Diego de Alvarado (hermano del héroe de la «Noche Triste») el cual evitó que Almagro añadiese esta crueldad a sus vergonzosos actos. Hacia la costa marchó después Almagro para fundar un puerto, dejando a Gonzalo bajo una fuerte guardia en Cuzco y llevándose a Hernando como prisionero. Mientras construía la ciudad, a la que dió su nombre, Gonzalo Pizarro y Alonso de Alvarado se escaparon y llegaron sanos y salvos a Lima.
Todavía Francisco Pizarro trató de evitar el llegar a las manos con el hombre que, aun cuando ahora había sido traidor, fué en otro tiempo su camarada. Al fin se concertó una entrevista, y los dos jefes se personaron en Mala. Almagro agasajó hipócritamente al hombre a quien había traicionado; pero Pizarro era hombre de otra fibra. No deseaba tener enemistad con su antiguo amigo; pero tampoco podía profesar amistad a semejante persona. Recibió con digna frialdad la falsa acogida de Almagro. Acordóse someter la cuestión al fallo arbitral de Fray Francisco de Bobadilla, y que ambos contendientes respetasen su decisión. El árbitro falló por fin que se enviase un buque a Santiago, y desde allí midiese con dirección al sur para determinar el límite exacto de la concesión de Pizarro por aquel lado. Entre tanto, Almagro debía entregar Cuzco y poner en libertad a Hernando Pizarro. El usurpador rehusó acatar tan equitativo fallo, violando nuevamente todo principio de honor. Hernando Pizarro estaba en inminente peligro de morir asesinado, y Francisco, queriendo salvar a su hermano a toda costa, compró su libertad a cambio de la cesión de Cuzco.
Al fin, agotada ya la paciencia de Pizarro por los repetidos actos de traición de Almagro, le dió aviso de que había terminado la tregua, y emprendió la marcha sobre Cuzco. Almagro hizo cuantos esfuerzos pudo para defender su robada presa; pero a cada paso le venció la táctica militar de Pizarro. Además, estaba minado por una vergonzosa enfermedad, castigo de su licenciosa vida y tuvo que confiar la campaña a su teniente Orgóñez. El día 26 de abril de 1538, los españoles leales al mando de Hernando y Gonzalo Pizarro, Alonso de Alvarado y Pedro de Valdivia, tuvieron un contacto con las fuerzas de Almagro en Las Salinas. Hernando hizo decir misa, excitó a sus hombres exponiéndoles la conducta de Almagro y dirigió una carga contra los rebeldes. Siguióse una terrible lucha; pero finalmente Orgóñez fué muerto, y sus secuaces no tardaron en ser derrotados. Los españoles victoriosos se apoderaron de Cuzco e hicieron prisionero al architraidor. Fué juzgado y convicto de traición, pues traicionando a Pizarro había sido también traidor a España, y se le sentenció a muerte. El hombre que en alguna circunstancia mostró tener algún valor físico, fué un cobarde en el postrer momento. Con la mayor pusilanimidad pidió que le perdonasen la vida; pero la pena era justa, y Hernando Pizarro rehusó revocar la sentencia. Francisco Pizarro había salido para Cuzco; pero antes de llegar, ya Almagro había sido ejecutado, quedando vengada una de las más viles traiciones que registra la historia. A Pizarro le impresionó profundamente la noticia de su ejecución; pero no pudo menos de comprender que se había hecho justicia. Movido de sus naturales impulsos, Pizarro se hizo llevar a su casa a Diego de Almagro, hijo ilegítimo del traidor, y le atendió como si fuese su propio hijo.
Hernando Pizarro volvió a España. Allí se le acusó de haber cometido crueldades, y el Gobierno de España, más pronto que ningún otro a castigar delitos de esta clase, le condenó a presidio. Durante veinte años el encanecido prisionero vivió entre rejas en Medina del Campo; y cuando salió de allí, su período de actividad se había agotado, aun cuando llegó a vivir cien años.
La situación en el Perú, si bien mejoró con la muerte de Almagro y la sofocación de su malvada rebelión, distaba mucho de ofrecer seguridad. Manco estaba revelando lo que desde entonces se ha considerado como táctica característica de los indios. Había visto que el sistema primitivo de acometer al enemigo en masa para aplastarle bajo el peso del mayor número, se estrellaba contra la disciplina. Por lo tanto adoptó la táctica del hostigamiento y la emboscada; la práctica de matar por detrás, que nuestros apaches aprendieron del mismo modo. Andaba siempre atisbando a los españoles, como un lobo a un rebaño, esperando ocasión de lanzarse sobre ellos cuando estuviesen descuidados, o cuando unos pocos se hallasen separados del cuerpo principal. Es ese un medio eficaz de hacer la guerra y el más difícil de combatir. Muchos de los españoles fueron víctimas de él: de una simple redada cogió y mató a treinta de ellos. Era inútil perseguirle: las montañas le ofrecían un retiro inexpugnable. Como único medio de librarse de su persecución, Pizarro adoptó un nuevo procedimiento. En los distritos más peligrosos estableció puestos militares; alrededor de estos sitios seguros crecieron rápidamente algunas ciudades, y así la gente pudo vivir tranquila. Llegaban emigrantes al país, y el Perú iba formando con ellos y con los indígenas educados una nación civilizada. Pizarro importó toda clase de semillas de Europa, y la agricultura fué allí una nueva y adelantada industria.
Además de este desarrollo de aquella nueva y pequeña nación, Pizarro iba ensanchando los límites de las exploraciones y conquistas. A ellas envió el valiente Pedro de Valdivia, aquel hombre notable que conquistó Chile e hizo allí historia, que se hallaría llena de espeluznante interés si tuviésemos aquí espacio para narrarla. También envió a su hermano Gonzalo como gobernador de Quito, en 1540. Esta expedición fué uno de los hechos más asombrosos y característicos de la exploración de los españoles en América, y quisiera disponer de espacio suficiente para relatar aquí toda su historia. Durante dos años el caballeroso jefe y su puñado de hombres sufrieron penalidades sobrehumanas. Algunos murieron helados en las nieves de los Andes; otros, de calor en las desiertas llanuras, y los demás se internaron en las pantanosas selvas de la parte superior del río Amazonas. Un terremoto engulló una ciudad india de centenares de casas ante sus propios ojos. Paso a paso tuvieron que abrirse camino con sus machetes por las exuberantes selvas tropicales. Construyeron un pequeño bergantín con indecible trabajo, prestando Gonzalo su ayuda lo mismo que los demás, y bajaron por el Napo hasta el Amazonas. Francisco de Orellana y cincuenta hombres no pudieron reunirse con sus compañeros, y bajaron flotando por el Amazonas hasta el mar, volviendo a España los supervivientes. Gonzalo tuvo por último que volver trabajosamente a Quito, jornada que llevó a cabo en medio de incomparables horrores. De los trescientos valientes que tan alegremente habían salido en 1540 (sin contar los cincuenta de Orellana), entraron tambaleándose en Quito, en junio de 1542, solamente ochenta esqueletos desharrapados. Esto dará una ligera idea de lo que habían sufrido aquellos infelices.
Entre tanto una calamidad irreparable cayó sobre aquella joven nación, y de un golpe villano le arrebató una de sus más heroicas figuras. Los viles secuaces que participaron en la traición de Almagro, habían sido perdonados y se les trató bien; pero no cambió su carácter y continuaban conspirando contra el hombre sabio y generoso que les había dado cuanto tenían. Hasta Diego de Almagro, a quien Pizarro atendiera tiernamente como a un hijo, se unió a los conspiradores. El cabecilla se llamaba Juan de Herrada. El domingo 26 de junio de 1541, aquella partida de asesinos se abrió paso súbitamente y penetró en la casa de Pizarro. Las personas desarmadas que en ella se hallaban huyeron en busca de auxilio, y los fieles servidores que opusieron resistencia fueron asesinados. Pizarro, su hermanastro Martínez de Alcántara y un probado oficial que se llamaba Francisco de Chaves, tuvieron que afrontar solos el combate. Como fueron cogidos por sorpresa, Pizarro y Alcántara trataron de vestirse apresuradamente la armadura, mientras ordenaban a Chaves que cerrase la puerta. Pero, sin darse cuenta, el soldado la entreabrió para parlamentar con los villanos, y éstos le atravesaron con la espada y a puntapiés arrojaron su cadáver por la escalera. Alcántara se lanzó a la puerta y luchó heroicamente, sin arredrarse por las numerosas heridas que recibía. Pizarro, echando a un lado la armadura, que no tuvo tiempo de vestirse, se lió una manta al brazo izquierdo para escudarse, y cogiendo con la otra la buena espada que había blandido en tantas luchas desesperadas, saltó como un león sobre aquella manada de lobos. Era ya viejo, y tantos años de sufrimientos y penalidades le habían quebrantado. Pero su gran corazón no había envejecido, y peleó con un valor sobrehumano y con sobrehumana fuerza. Su rápida espada atravesó a los dos que iban delante, y por un momento vacilaron los traidores. Pero Alcántara había caído, y turnándose para cansar al anciano héroe, los cobardes le acosaron sin cesar. Durante algunos minutos prosiguió aquella lucha desigual en el angosto pasillo, cuyo suelo hacía resbaladizo la sangre derramada: un anciano lleno de canas y de brillantes ojos, contra una veintena de bandidos. Al fin Herrada cogió en sus brazos a su camarada Narváez y, protegido por aquel escudo viviente, arremetió contra Pizarro. Este atravesó a Narváez con varias estocadas; pero en el mismo instante uno de aquellos asesinos le hirió en la garganta. El conquistador del Perú vaciló y cayó, y los conspiradores hundieron en su cuerpo sus espadas. Pero aun entonces aquella voluntad de hierro hizo que el cuerpo obedeciese el último sentimiento de un gran corazón, e invocando a su Redentor, Pizarro mojó un dedo en su propia sangre, trazó en el suelo una cruz, doblegóse y besando el sagrado símbolo, expiró.
Así vivió y así murió el hombre que empezó la vida como porquerizo en Trujillo y la acabó como conquistador del Perú. Fué el más grande de los exploradores; un hombre que de modestos principios se elevó más alto que nadie; un hombre en quien se ha cebado la maledicencia y la calumnia de los historiadores apasionados; pero, un hombre a quien la historia, sin embargo, colocará en una de sus más altas hornacinas; un héroe a quien se gozarán algún día en venerar cuantos admiren el heroísmo.