Los exploradores españoles del siglo XVI

Part 17

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Hacia últimos de mayo, los tres emisarios que se envió a Cuzco a buscar una parte del rescate, volvieron a Cajamarca con un gran tesoro. Solamente del famoso templo del Sol, les habían dado los indios setecientas placas de oro, y eso no era sino una parte del tributo de Cuzco. Los mensajeros trajeron de allí doscientas cargas de oro y veinticinco de plata, llevando cada carga cuatro indios en una especie de carretilla de mano. Esta enorme contribución hizo aumentar considerablemente el tesoro destinado al rescate, si bien no se consiguió con ella llenar el aposento hasta la señal indicada y convenida. Sin embargo, Pizarro no era un Shylock. El precio del rescate no estaba completo, pero era bastante, y el héroe hizo que un notario redactase un documento eximiendo formalmente a Atahualpa de todo pago ulterior, esto es, dándole recibo y finiquito de la cantidad estipulada. Pero se vió obligado a aplazar la liberación del cacique. El asesinato de Huascar y otros síntomas por el estilo, indicaban que sería una medida suicida el soltar por entonces a Atahualpa. Aun cuando disfrazaba sus intenciones, eran éstas muy sospechosas, y Pizarro le dijo que era necesario retenerlo algún tiempo más en rehenes. Sabía muy bien que no estaría seguro dejando libre a Atahualpa, antes de tener una fuerza mayor para resistir el ataque que sin duda este cacique organizaría en el acto. Conocía el carácter vengativo de los indios algo mejor que algunos historiadores de biblioteca.

Almagro, entre tanto, había por fin conseguido salir de Panamá con ciento cincuenta infantes y cincuenta caballos, en tres buques, y desembarcando en la costa del Perú llegó a San Miguel en diciembre de 1532. Allí se enteró con asombro del mágico éxito de Pizarro y del botín de oro, y al punto se puso en comunicación con él. Al mismo tiempo su secretario envió a Pizarro una carta traicionera, tratando de crear enemistad y vender a Almagro. Pero el secretario no conocía al hombre a quien se dirigía, pues Pizarro rechazó la despreciable oferta. Verdaderamente su conducta para con su poco admirable socio, desde el principio hasta el fin, fué más que justa: fué condescendiente, amistosa y magnánima hasta el extremo. Entonces envió a Almagro la reiteración de su amistad, y generosamente le brindó una participación en el campo de oro que había sido conquistado con escasa ayuda de su parte. Almagro llegó a Cajamarca en el mes de febrero de 1533, y fué cordialmente acogido por su antiguo compañero de armas.

Entonces se repartió el cuantioso rescate, tesoro de que no se registra igual en la historia. Fué aquel reparto una labor que requería no poca prudencia y pericia. El tributo no consistía en moneda ni lingotes, sino en placas, vasijas, imágenes y otros objetos que variaban grandemente en peso y en ley. Tuvo que reducirse y calcularse todo de conformidad con un tipo regulador. Separáronse algunos de los objetos más notables para enviarlos a España, y se hizo fundir los otros, en forma de lingotes, por los artífices indios, quienes emplearon un mes en esa tarea. El producto fué casi fabuloso. Se valuó en 1.326,539 _pesos de oro_, que en aquella época valían comercialmente cinco veces lo que pesaban, o sea en junto unos 6.632,695 pesos. Además de tan importante cantidad de oro, había 51,610 marcos de plata, que al mismo tipo equivalían a 1.135,420 pesos de nuestra moneda.

Los españoles se habían reunido en la plaza publica de Cajamarca. Pizarro rogó a Dios que le iluminase para repartir aquel tesoro equitativamente, y empezó la distribución. Ante todo se separó una quinta parte del peso total con destino al rey de España, de acuerdo con lo ofrecido por Pizarro en el «contrato». Después de esto, los conquistadores recibieron sus partes por el orden de su categoría. Pizarro recibió 57,222 pesos de oro y 2,350 marcos de plata, además de la silla de oro de Atahualpa, que por su peso valía 25,000 pesos. A su hermano Hernando le tocó 31,089 pesos de oro y 2,350 marcos de plata. A Soto le correspondió 17,749 pesos de oro y 724 marcos de plata. Había en la tropa sesenta jinetes y muchos de ellos recibieron 8,880 pesos de oro y 362 marcos de plata. De los ciento cinco soldados de infantería, varios recibieron la misma cantidad que los de caballería, y los demás una cuarta parte menos. Separóse cerca de 100,000 pesos oro para dotar la primera iglesia del Perú, que fué la de San Francisco. También se dió participación a Almagro y a su gente, así como a los que habían quedado de guarnición en San Miguel. Que Pizarro logró hacer un reparto equitativo lo demuestra el hecho de no haber habido la menor queja, y no eran sus asociados hombres que se quedasen tranquilos si se creyesen lesionados o siquiera lo imaginasen. Ni aun sus difamadores han podido culpar de falta de integridad al valiente conquistador del Perú.

Para dar una forma más gráfica al resultado de tan inesperada y portentosa ganancia, haremos una lista poniendo a cada participación el valor equivalente en dólares americanos:

A la Corona de España 1.553,623 dólares » Francisco Pizarro 462,623 » » Hernando Pizarro 209,100 » » Soto 104,628 » » cada jinete 52,364 » » cada infante 26,182 »

Todo esto sin contar las fortunas que se repartieron a Almagro y a los suyos y para la iglesia.

Este es el cálculo más aproximado que puede hacerse del valor de aquel tesoro. El estudio del muy complicado y variable sistema de monedas de aquellos tiempos y de sus valores relativos, sería trabajo de toda una vida; pero las cifras que acabamos de dar son virtualmente exactas. El cálculo de Prescott, que da al _peso de oro_ de aquel tiempo un valor equivalente a once dólares de hoy, carece enteramente de fundamento: valía muy cerca de cinco dólares. El marco de plata es mucho más difícil de apreciar, y Prescott ni siquiera lo intenta. El marco no era una moneda, sino un peso, y su valor comercial era entonces de unos veintidós dólares.

VII

TRAICIÓN Y MUERTE DE ATAHUALPA

Pero en medio de su gozo al ver realizados sus dorados ensueños--y casi podemos imaginar lo grandes que se sentirían al verse ya ricos, después de una vida de pobreza y de sufrimientos,--los españoles se vieron bruscamente sorprendidos por menos placenteras realidades. Las maquinaciones de los indios, de que ya se había sospechado, ahora no daban lugar a dudas. De todas partes llegaban noticias de un levantamiento. Se anunciaba que doscientos mil guerreros de Quito y treinta mil de los caníbales caribes se habían puesto en camino para caer sobre la pequeña fuerza de los españoles. Rumores de esta clase siempre suelen ser exagerados; pero entonces tenían probablemente fundamento. No otra cosa podía esperar quien estuviese tan familiarizado con el carácter de los indios como lo estaban los españoles. De todos modos, nuestro juicio de lo que sobrevino debe guiarse no solamente por lo que _era_ cierto, sino más bien por lo que los españoles _creían_ que lo era. Ellos tenían motivos para suponer, y no cabe dudar que así lo suponían, que las maquinaciones de Atahualpa traían una fuerza muy superior contra ellos, y que su vida estaba en inminente peligro. La inmensa riqueza que acababan de adquirir les ponía aún más intranquilos. Es una fase curiosa pero común de la naturaleza humana, que no nos damos cuenta de la mitad de los muchos peligros ocultos que amenazan nuestra vida, hasta que hemos adquirido algo que nos hace la vida más agradable. A menudo vemos cómo un hombre valiente se vuelve de pronto cauteloso, y hasta ridículamente medroso, cuando tiene una esposa querida y algún hijo que cuidar y proteger; y dudo que ningún muchacho travieso haya llegado a los veinte años sin que la posesión de algún pequeño tesoro le haya hecho pensar de momento en las muchas cosas que podrían quitarle el gusto de disfrutarlo. Entonces ve y presiente peligros que antes nunca se le había ocurrido suponer.

Los españoles tenían ciertamente suficientes motivos para temer por su vida, sin pensar en otra cosa; pero la repentina riqueza, que les prometía un brillante y bien ganado porvenir, sin duda agudizaba más sus aprensiones y les acuciaba a hacer más desesperados esfuerzos para salvarse.

No existe ni sombra de un indicio de que Pizarro pensase jamás en hacer traición a Atahualpa, y hay evidentes señales de todo lo contrario. Pero ya sus soldados empezaban a exigir lo que parecía necesario para su protección. Creían que Atahualpa les había traicionado. Había causado la muerte de su hermano Huascar, el cual estaba dispuesto a ser amigo de ellos, con el fin de que aquella alianza le colocase por encima del poder de su temido rival. Les había ofrecido como cebo un áureo rescate, y con sus dilaciones había ganado tiempo para organizar fuerzas con que aplastar a los españoles, y ahora ellos pedían no sólo que se le castigase, sino que se le imposibilitase de seguir conspirando. Nadie que se hallase en iguales circunstancias podía rebatir esa lógica; ni aun ahora me parece a mí fuera de razón. No tan sólo _creyeron_ que su acusación era justa, sino que probablemente lo _era_; de todos modos ellos obraron justamente, según los informes que tenían. Tal era su alarma, que se doblaron las guardias, los caballos estaban constantemente enjaezados y los hombres dormían sobre las armas, mientras Pizarro hacía la ronda todas las noches para cerciorarse de que todo estaba en disposición de resistir el ataque que se esperaba de un momento a otro.

Y sin embargo, en esta crisis el jefe español mostró una varonil renuencia aun a _parecer_ traicionero. Era hombre de palabra, a más de ser humanitario, y le repugnaba faltar a su promesa de poner en libertad a Atahualpa, aun cuando le eximía la conducta del mismo Atahualpa, en completa violación del espíritu del contrato. Pero era imposible substraerse a la exigencia de su gente: debía mirar por sus vidas como por la suya propia y, obligado a elegir entre ellos y Atahualpa, no era dudosa la elección. Pizarro se resistía; pero su tropa insistió, y no tuvo más remedio que ceder. Pero, aun entonces, cuando el enemigo podía presentarse de un momento a otro, exigió que el prisionero fuese formalmente juzgado y cuidó de que se cumpliese este requisito. El tribunal declaró a Atahualpa convicto de haber instigado el asesinato de su hermano y de conspirar contra los españoles, y le condenó a ser ejecutado aquella misma noche. Si se demoraba el cumplimiento de la sentencia, podía llegar la hueste india a tiempo para rescatar a su cacique, y eso aumentaría grandemente la desventaja en que se hallaban los españoles. Por lo tanto aquella noche se le dió garrote a Atahualpa en la plaza de Cajamarca, y al día siguiente recibió sepultura en la iglesia de San Francisco, tributándole las honras debidas a su alto rango.

De nuevo se vieron sorprendidos los peruanos, esta vez por la muerte de Atahualpa. Sin la dirección de su jefe guerrero y perdida la esperanza de rescatarlo, vacilaron antes de atacar directamente a los españoles. Se mantuvieron a una distancia segura incendiando aldeas y escondiendo oro y otros artículos que pudieran ser útiles al enemigo; así que, después de todo, aun cuando se había conjurado el peligro inmediato con la ejecución del cacique, la situación presentaba todavía muy mal cariz. Pizarro, que no tenía de los títulos peruanos una idea más exacta que algunos de nuestros historiadores, con la esperanza de crear un ambiente de paz, nombró capitán de guerra a Toparca, otro de los hijos de Huayna Capac; pero este nombramiento no produjo el efecto que perseguía.

Decidióse entonces emprender larga y ardua expedición a Cuzco, residencia y principal ciudad de la tribu inca, de la cual habían oído referir áureos portentos. A principios de septiembre de 1533, Pizarro y su ejército, engrosado ya con el refuerzo de Almagro hasta unos cuatrocientos hombres, salieron de Cajamarca. Fué aquella una jornada preñada de dificultades y peligros. Los angostos y empinados senderos conducían por vertiginosos vericuetos y por puentes colgantes tan difíciles de atravesar como lo fuera una hamaca, y subían por elevadas peñas, donde sólo las ágiles llamas podían hallar huecos en que sentar las patas. En Jauja les hizo resistencia gran golpe de indios, atrincherados en la margen opuesta de un torrente recién henchido por las lluvias. Pero los españoles atravesaron la corriente y se lanzaron con tal furia sobre los naturales, que éstos no tardaron en ceder.

En aquel lindo valle tuvo Pizarro la idea de fundar una colonia: hizo allí una breve parada y envió a Soto con un destacamento de sesenta hombres a practicar un reconocimiento. En el acto empezó Soto a notar señales ominosas. Halló aldeas incendiadas y puentes destruídos, de modo que se hizo sumamente difícil cruzar aquellas terribles quebradas. Además, donde había sido posible, se amontonaron en el camino troncos de árboles y rocas, impidiendo de ese modo el paso de la caballería. Cerca de Bilcas tuvo una dura refriega con los indios, y aun cuando salieron victoriosos los españoles, perdieron varios hombres. Soto, sin embargo, siguió resueltamente adelante. Mientras la cansada tropa iba trabajosamente subiendo por el empinado y sinuoso desfiladero de Vilcaconga, oyóse el aullido de guerra de los indios, y una hueste de guerreros salió de los escondrijos por detrás de árboles y peñascos, y arremetió furiosamente contra los españoles. La senda era empinada y angosta; a duras penas los caballos podían tenerse en pie, y bajo el empuje de aquel alud de indios, jinetes y caballos fueron rodando cuesta abajo. Los aborígenes les rodearon como un enjambre de abejas, tratando de desarzonar a los soldados y hasta agarrándose desesperadamente a las patas de los caballos, y repartiendo fuertes porrazos con la mayor agilidad. Un poco más arriba de la escabrosa senda había una meseta, y Soto vió claramente que, a menos de ganar aquella posición, estaban perdidos. Con un esfuerzo supremo de músculos y de voluntad, logró reunir en aquella altura a su pequeño grupo que luchaba con tan tremenda desventaja, y después de un breve descanso dió una carga contra los indios; pero no pudo quebrantar aquella horrenda, obscura masa. Sobrevino la noche, y los españoles, exhaustos y cubiertos de sangre--pues pocos hombres y caballos habían salido sin heridas de aquel espantoso encuentro,--descansaron como pudieron, sin abandonar las armas. Los indios tenían la seguridad de acabar con ellos al día siguiente, y los mismos españoles abrigaban pocas esperanzas de salvarse. Pero ya muy avanzada la noche oyeron toques de cornetas españolas en el paso de abajo, y poco después abrazaban a sus inesperados compatriotas y daban gracias a Dios por haberles salvado. Y era que Pizarro, conocedor de los primeros peligros que encontraron en su jornada, había despachado apresuradamente a Almagro con un refuerzo considerable de caballería para auxiliar a Soto, refuerzo que, haciendo marchas forzadas, llegó muy oportunamente. Los peruanos, viendo a la mañana siguiente que el enemigo estaba reforzado, no renovaron el combate y se retiraron a las montañas. Los españoles se trasladaron a un sitio más seguro, y allí acamparon para aguardar a Pizarro.

Este no tardó en llegar, después de haber dejado en Jauja el tesoro, bajo la vigilancia de cuarenta hombres. Pero mucho le preocupó el aspecto de la situación. Aquellos organizados y audaces ataques del enemigo, y la súbita muerte de Toparca, de un modo sospechoso, le indujeron a creer que Chalicuchima, segundo capitán de guerra, les traicionaba; y probablemente esto era cierto. Cuando Pizarro se hubo reunido con Almagro, hizo procesar a Chalicuchima; y habiéndosele hallado convicto del delito de traición, fué ejecutado sin demora. No podemos menos de horrorizarnos ante el procedimiento empleado para su ejecución, que fué la hoguera; pero no debemos por eso precipitarnos en juzgar como cruel al individuo responsable de tal pena. Todos aquellos actos deben medirse por comparación y por el espíritu que reinaba en aquella época. Entonces no consideraba el mundo como una crueldad el suplicio de la hoguera, y más de un siglo después, cuando estaba la gente mucho más ilustrada, los cristianos de la Gran Bretaña, de Francia y de la Nueva Inglaterra no pusieron reparo en que se castigase algunos delitos con ese suplicio, y seguramente no diremos que nuestros puritanos antepasados fuesen hombres malvados o crueles. Ahorcaron brujas y azotaron herejes, no por crueldad, sino por la ciega superstición de su tiempo. Ahora nos parece una cosa horrenda; pero entonces no lo parecía, y no debemos esperar que Pizarro fuese mejor y más sabio que los hombres que tenían ventajas que él nunca había tenido. Yo ciertamente preferiría que no hubiese permitido que Chalicuchima pereciese en la hoguera; pero también quisiera que las repugnantes páginas de Salem y de la esclavitud pudiesen borrarse de nuestra historia. Ni en un caso ni en el otro, sin embargo, tildaría yo a Pizarro de monstruo, ni a los puritanos de hombres crueles.

Hallándose en semejante trance, presentóse a Pizarro el inca Manco, ricamente ataviado, y le propuso una alianza. Pretendía ser el legítimo jefe de guerra, y deseaba que los españoles como tal le reconociesen. Su proposición fué aceptada de buen grado.

Siguiendo adelante, los españoles cayeron en una emboscada en un desfiladero; pero rechazaron a sus agresores, y por fin entraron en Cuzco el 15 de noviembre de 1533. Como «ciudad» india era la mayor del nuevo hemisferio, aunque no mucho mayor que el «pueblo» en Méjico y sus soberbios edificios y ajuares llenaron de asombro a los españoles. Se encontró gran cantidad de oro en cuevas y otros escondrijos. En un sitio había varios grandes jarrones de oro, figuras de oro y plata que representaban llamas y personas, y ropajes recamados con abalorios de oro y plata. Entre otros tesoros, refiere Pedro Pizarro, testigo presencial y cronista de aquellos hechos, que se hallaron diez toscas «tablas» de plata de veinte pies de largo, un pie de ancho y dos pulgadas de grueso. La totalidad del botín recogido se valuó en 580,000 pesos de oro y 215,000 marcos de plata, o sea un equivalente de 7.600,000 pesos de nuestra moneda.

Pizarro entonces coronó a Manco como gobernador del Perú, y esto fué muy del agrado de los indígenas. El buen Padre Valverde fué nombrado obispo de Cuzco; se estableció una catedral, y los devotos misioneros españoles se dedicaron activamente a educar y convertir a los herejes, tarea que prosiguieron con su acostumbrada eficacia.

Quizquiz, uno de los capitanes de guerra subalterno de Atahualpa y caudillo de alguna valentía, se mantuvo en abierta rebelión. Almagro, con unos cuantos jinetes, y Manco con sus secuaces indígenas, salieron en su persecución y derrotaron a los rebeldes; pero Quizquiz no se rindió y fué muerto por su misma gente.

En marzo de 1534, Pedro de Alvarado, el valeroso teniente de Cortés, a quien se había recompensado por sus servicios en Méjico nombrándole gobernador de Guatemala, desembarcó y se dirigió a Quito, averiguando después que pertenecía al territorio de Pizarro. Hízose un convenio entre los dos: se le dió a Alvarado una compensación por su infructuosa jornada, y se volvió de nuevo a Guatemala.

Dedicóse con ahinco Pizarro al desenvolvimiento del país que había conquistado y a poner los cimientos de una nación. El día 6 de enero de 1535 fundó la Ciudad de los Reyes, en el hermoso valle de Rimac. Ese nombre se cambió poco después por el de Lima, y Lima, capital del Perú, ha seguido siendo desde entonces. El insigne conquistador empezaba a mostrar otra faceta de su carácter: su genio como organizador y administrador. Emprendió con mucha energía la tarea de urbanizar Lima, y en la dirección de todos los asuntos de su incipiente gobierno mostró tener mucha previsión y prudencia.

En el ínterin, su hermano Hernando había sido comisionado para ir a llevar el tesoro a la Corona de España, adonde llegó en enero de 1534. Además de la quinta parte que a la Corona correspondía, llevó medio millón de pesos de oro, pertenecientes a los aventureros que habían preferido gozar su dinero en casa. Hernando causó en España muy favorable impresión. La Corona confirmó todas las mercedes que había concedido a Pizarro y extendió su territorio setenta leguas más al sur; mientras que a Almagro se le autorizó para conquistar Chile (que se llamaba entonces Nueva Toledo), empezando al extremo sur del dominio de Pizarro y hasta doscientas leguas más allá. Hernando fué armado caballero y se le encomendó una expedición: una de las más numerosas y mejor equipadas que habían salido de España. Tuvieron un tiempo horrible en la travesía hasta el Perú, y muchos perecieron durante el viaje.

VIII

DE COMO SE FUNDÓ UNA NACIÓN

SITIO DE CUZCO

Pero, antes de que Hernando llegase al Perú, uno de su séquito llevó allá a Almagro la noticia de su adelantamiento, y esta prosperidad le hizo perder la cabeza a aquel grosero y poco escrupuloso soldado. Olvidándose de todos los favores de Pizarro y de que a éste debíale cuanto era, el falso amigo en el acto se impuso como amo y señor de Cuzco.

Fué esta una vergonzosa ingratitud y bellaquería, y estuvo a punto de producir una guerra civil entre los españoles. Pero la lenidad de Pizarro orilló al fin la dificultad, y el día 12 de junio de 1535 los dos caudillos renovaron su amistoso convenio. Marchó poco después Almagro para emprender la conquista de Chile, en la cual fracasó, y Pizarro dedicó de nuevo su atención al desenvolvimiento de su conquistada provincia.

En los pocos años de su carrera administrativa obtuvo Pizarro notables resultados. Fundó varias ciudades en la costa, y a una de ellas le dió el nombre de Trujillo, en memoria de su pueblo natal. Sobre todo deleitóse en urbanizar y hermosear su predilecta ciudad de Lima, y en fomentar el comercio y otros factores necesarios para el desenvolvimiento de la nueva nación. Un contraste muy notable pone en evidencia lo acertadas que eran sus disposiciones. Cuando los españoles llegaron por primera vez a Cajamarca, un par de espuelas costaba 250 pesos oro. Unos cuantos años antes de la muerte de Pizarro, la primera vaca que se llevó al Perú se vendió en 10,000 pesos; y dos años después podía comprarse allí la mejor vaca en menos de 200. La primera barrica de vino se vendió en 1,600 pesos; pero tres años después se consumía vino del país en vez del importado, y podía obtenerse en Lima a un precio módico. Lo mismo puede decirse de todo lo demás. Se había vendido una espada en 250 pesos; una capa, en 500; un par de zapatos, en 200; un caballo, en 10,000; pero bastaron dos o tres años de la sorprendente aptitud administrativa de Pizarro para poner los artículos de primera necesidad al alcance de todo el mundo. No tan sólo fomentó el comercio, sino también la industria del país, y desarrolló la agricultura, la minería y las artes mecánicas. En suma, estaba poniendo en práctica con gran éxito el principio general de los españoles de que la principal riqueza de un país no consiste en su oro, o en sus bosques, o en sus tierras, sino en su _pueblo_. El empeño de los exploradores españoles en todas partes, fué educar, cristianizar y civilizar a los indígenas, a fin de hacerlos dignos ciudadanos de la nueva nación, en vez de eliminarlos de la faz de la tierra para poner en su lugar a los recién llegados, como por regla general ha sucedido con otras conquistas realizadas por algunas naciones europeas. De vez en cuando hubo individuos que cometieron errores y hasta crímenes, pero un gran fondo de sabiduría y humanidad caracteriza todo el generoso régimen de España, régimen que impone admiración a todos los hombres varoniles.