Part 38
Cada uno de los contendientes, al pensar en la victoria, calculaba las indemnizaciones que debería cobrar para compensarse de sus esfuerzos y sacrificios. La República americana gastaba más que todos los pueblos. El sostenimiento de cada uno de sus soldados le costaba tanto como siete soldados de los otros países, y sin embargo entraba en la guerra y se retiraba de ella sin exigir un reembolso especial.
Lubimoff admiraba su enorme poder después del triunfo. Jamás Imperio alguno del pasado alcanzó tal grandeza: ni la misma Roma.
Era el único país de la tierra industrial y agrícola á la vez. Formaba un mundo aparte dentro del mundo. Podía aislarse del resto del planeta, sin que su vida sufriese. En cambio, el mundo experimentaría una sensación de vacío si la gran República le volvía la espalda.
Sus ciudadanos en armas iban á retirarse sin jactancia y sin ruido, lo mismo que habían llegado, y sin que ella pidiese nada por su esfuerzo. Desaparecerían como en las antiguas leyendas las hadas y los encantadores, que, luego de hacer el bien, tornan á sus misteriosos dominios.
Pasarían los años: la Historia hablaría de este esfuerzo, único por su intensidad y su carácter generoso, y en la Costa Azul y en otros lugares quedaría de esta hazaña mundial un recuerdo desfigurado. Los niños de hoy, convertidos en viejos, harían memoria de cómo aprendieron á jugar á la pelota con unos soldados llegados de una tierra de prodigios al otro lado del mar; las muchachas, hechas abuelas, se acordarían nostálgicamente del novio americano que tuvieron.
Vuelve el príncipe otra vez á calcular la grandeza de este pueblo, el único que puede hacer milagros, como los hacen las religiones en su primera época de exaltación.
La gran República es la acreedora del mundo. Todas las naciones vencedoras le deben sumas fabulosas; Inglaterra es su deudora por miles de millones, Francia lo mismo. Los pueblos más modestos, Bélgica, Servia y otros, han podido vivir gracias á sus préstamos enormes. Aún no se sabe todo; han de pasar años antes de que se conozca la extensión de su generosidad. Este país, que ama el anuncio y la propaganda ruidosa en sus negocios comerciales, es conciso y modesto al hablar de sus actos desinteresados.
Para seguir viviendo desahogadamente después del cataclismo, la humanidad iba á necesitar su apoyo ó su benevolencia.
«Se ha desviado el centro político de la tierra--piensa Lubimoff--. Ya no está en París; tampoco está en Londres. Permaneció en Berlín algún tiempo, con temblores de inestabilidad, y ahora ha saltado el Océano.»
El hombre todavía desconocido que en lo futuro vaya á instalarse en la Casa Blanca por cuatro años, catedrático, abogado, negociante ó agricultor, pesará sobre los destinos del mundo más que todos los gobernantes que llenan la Historia con el estrépito de la gloria guerrera. Su poder se basará en algo más permanente y sólido que la fuerza de los ejércitos. Tendrá detrás de él el trabajo y la riqueza, que crean los ejércitos; la fuerza democrática, que es la fuerza de la opinión.
Ve claramente Miguel el poder irresistible de esta fuerza.
Alemania, á pesar de sus continuos triunfos militares en los primeros años de la guerra, ha acabado por caer vencida. Tenía en contra suya la opinión. El espíritu democrático del mundo entero se alzó contra el Imperio.
Este triunfo de la democracia empieza á verse por todas partes.
«Ya no queda un solo emperador en Europa--sigue pensando--. Los Imperios vencidos quieren ser repúblicas. Todos los reyes olvidan á sus abuelos de derecho divino y pretenden hacerse perdonar su corona imitando la vida simple de un presidente.»
Este aspecto inesperado del mundo le comunica una nueva voluntad de vivir.
Sabe desde hace algunos meses--desde que abandonó Villa-Sirena--que el príncipe Miguel Fedor Lubimoff resulta un personaje pasado de moda. Tal vez, cuando transcurran los años, otros serán como fué él. En el mundo todo vuelve, y las épocas de paz y abundancia producen fatalmente hombres de su especie. Pero ahora existe una humanidad renovada por el dolor y el sacrificio, una humanidad deseosa de vivir, que ambiciona algo nuevo, sin conocerlo exactamente, y trabaja por conseguirlo.
Miguel se contempla con lástima. ¿Qué va á hacer?... ¿De qué puede servir á sus semejantes?...
Recuerda su almuerzo en la casita de don Marcos. Todavía le duelen, como algo vergonzoso, las atenciones del coronel en la mesa, partiendo su carne, cuidándole como á un niño, esforzándose por suplir la ausencia de su brazo.
¡Adiós, príncipe Lubimoff!... Aunque quisiera continuar su existencia egoísta, dedicada por entero al placer, le sería imposible. Es un inválido: se ve muy viejo... Sólo Madó, que no sabe en realidad lo que desea, puede fijarse en él.
Además, se considera pobre. Por primera vez recuerda con cierta satisfacción la herencia que le ha dejado Alicia. No representa nada en este momento, pero ¡quién sabe si algún día!... Se forja la ilusión de que las minas de Méjico pueden reemplazar á su perdida fortuna de Rusia; ¡y entonces!... Siente un deseo vehemente de recuperar la riqueza para hacer el bien; un anhelo que tiene algo de remordimiento. Sabe la ineficacia del esfuerzo individual para remediar las miserias humanas: una gota perdida en el Océano, un grano de arena en la playa. Pero ¿qué importa?... Se contenta con hacer la dicha de cincuenta desgraciados entre los centenares de millones que pueblan la tierra.
Luego piensa en su situación actual. Desde la mañana ha resuelto su modo de vivir. Huirá del pobre coronel, á causa de Madó. ¡Que otros se encarguen de su infortunio!... Se instalará en Niza, en una pensión rusa que dirige una gran dama empobrecida. Hablarán por las noches de los tiempos en que ella era rica, hermosa y deseada; de los bailes de la corte de Petersburgo, en los que tantas veces danzaron juntos. Lubimoff hasta tiene la sospecha de que uno de sus duelos fué por esta patrona de casa de huéspedes.
Los restos de su fortuna le proporcionan una renta para vivir en modesto bienestar. Será uno más entre los náufragos que se retiran á la Costa Azul para acordarse, bajo las palmeras, de sus triunfos olvidados. Su viejo ayuda de cámara le acompañará en este destronamiento.
Tiene ya una ocupación para llenar sus horas. Quiere ser un contemplador de la vida. Celebra haber nacido en la más interesante de las épocas.
Algo va á ocurrir; algo nuevo en la Historia.
Todavía dura la gran polvareda del combate. Es una niebla que desorienta y no permite dominar el contorno entero de las cosas. Los mismos actores del drama reciente están ciegos. Pasarán años sin que esta niebla caiga y se desvanezca, dejando visible el mundo nuevo.
¿Reaparecerá entonces la misma decoración de antaño, con las líneas cambiadas? ¿Habrán resultado inútiles tantos esfuerzos sangrientos para suprimir la violencia, el egoísmo, la ferocidad prehistórica como bases maestras de la sociedad?
El príncipe piensa con amargura en una decepción posible. ¡Ver resurgir incólume la bestialidad primitiva después de un cataclismo aceptado como una renovación!... ¡Contemplar la quiebra de tantos espíritus generosos, de tantas inteligencias nobles que aspiran al triunfo del bien, que desean á los hombres en paz y á los pueblos en dulce sociedad, trabajando contra la guerra, como las corporaciones higiénicas trabajan para evitar las enfermedades!...
La fe en el porvenir le anima de pronto. El mundo no puede ser eternamente igual: las grandes convulsiones, cuando pasan, no dejan el suelo lo mismo que lo encontraron. ¿Van los hijos á degollarse siempre porque sus padres y sus abuelos se degollaron?... ¿Es preciso que se miren con hostilidad por haber nacido á un lado y á otro de un monte, un río ó un bosque que la política bautizó frontera?
Todos tenemos dos patrias: el lugar donde nacimos y el Estado de que forma parte. ¿Por qué no ensanchar generosamente esta concepción con una tercera patria? ¿No llegará una época bendita en que los hombres se hablen de semejante á semejante, sin pensar en si la Historia les ordena odiarse y matarse?... ¿Amando mucho á su tierra natal no podrán ser al mismo tiempo ciudadanos del mundo?...
* * * * *
El príncipe está apoyado en una balaustrada sobre las terrazas y el puerto. Su paseo meditabundo le ha traído hasta aquí sin que él se diese cuenta.
Vuelve la espalda al mar y á los grupos que empiezan á aclararse abajo, después de terminado el concierto. Pasan cerca de él los músicos americanos, seguidos por un enjambre de chicuelos que acompañan su retirada.
Contempla una brecha del horizonte, entre los Alpes y el promontorio de Mónaco, por donde acaba de ocultarse el sol. Sobre el espacio rojizo brilla una estrella que tiene las facetas y la luz de una piedra preciosa.
Lubimoff piensa en los abuelos de la poesía que la cantaron hace tres mil años. Homero la llamaba _Kalistos_. Astro unas veces del alba y otras del ocaso, Lucifer, Véspero ó «estrella del pastor», acabó por recibir el nombre de Venus, á causa de su blancura luminosa, igual á la del diamante sobre un pecho femenil.
Siente el príncipe en sus ojos una agradable caricia al contemplar este planeta de dulce fulguración. Su nombre simboliza la belleza y el amor. Se imagina á los que pueblan esta gota celeste perdida en el espacio. Deben ser de esencia más pura que la nuestra, limpios completamente de un pasado de animalidad originaria, seres etéreos como los ángeles de todas las religiones.
Después sonríe con amargura.
Otra estrella brilla en el cielo, más hermosa y más grande que ésta. No es blanca, es azul, de un suave azul: el color de la poesía y del ensueño. Centellea en el fondo negro de la inmensidad con el fulgor misterioso de los enormes diamantes azulados que colocan en sus tiaras los monarcas orientales. Los que la contemplan deben sentir en sus órganos visuales el roce aterciopelado del divino misterio. Tal vez los poetas de otros mundos la cantan como un refugio de selección, adonde van á descansar únicamente las almas puras y escogidas; tal vez ha dado origen á religiones y es objeto de culto, teniendo altares, lo mismo que los tuvo el sol.
Y este diamante azul del espacio, este mundo de suave luz, que contemplan los habitantes de los otros planetas como una estrella poética en la que todas las criaturas llevan una existencia inmaterial, es la Tierra, nuestro pobre globo, donde acaban de perecer doce millones de hombres en los campos de batalla, donde han muerto otros tantos millones por las emociones y las pestes que son consecuencia de la guerra, donde se han consumido seiscientos mil millones en humo, en incendios, en acero estallado.
Se acuerda Lubimoff de sus impresiones, horas antes, frente á una tumba que empieza á desfigurarse con los primeros balbuceos de la primavera, La inmensidad no nos conoce, así como tampoco nos conoce la tierra que nos sustenta.
Estamos solos en el infinito, sin otro apoyo que el de nuestras mentiras, nuestras ilusiones y nuestras esperanzas. El hombre sólo puede contar con el hombre...
Y repite lo que en la mañana dijo de la Tierra.
El cielo ignora nuestros dolores.
* * * * *
Vuelve lentamente hacia la plaza.
De todos los cafés, de los restoranes, de los hoteles surge el vaivén musical de los cadenciosos violines. Pasan detrás de los grandes vidrios enrojecidos por una luz interior las parejas enlazadas, siguiendo el ritmo de la música. Bailan... bailan... bailan.
La juventud no hace otra cosa. La danza es una especie de rito sagrado, prohibido durante la guerra; y todos se dedican ahora á bailar, con el fervor del fanático que al fin ve triunfante su perseguida religión.
El príncipe recuerda su paso reciente por París. Nunca vió las mujeres mejor vestidas, con un hambre tan manifiesta de placer y de lujo. El tango de los violines del bulevar es contestado como un eco por el tango de los violines de toda la Costa Azul y de las estaciones veraniegas que empiezan á abrirse. El ideal femenil, en este momento, no va más allá de bailar la danza de moda con un guerrero de los Estados Unidos.
Se desvaneció la pesadilla; todo olvidado. Para muchos no queda otro recuerdo de la guerra que los uniformes, más numerosos que antes en los tés donde se baila.
Miguel circunscribe su pensamiento á esta costa, que fué siempre el dominio de los felices.
La guerra la ha trastornado y ensombrecido durante cuatro años. Recorre con la imaginación los salientes y los golfos de su ribera, encontrando en todos ellos un cementerio.
En Mentón hay miles y miles de negros bajo tierra. Los combatientes de Africa, cuyos padres sólo conocieron la lanza y el taparrabos, han venido á caer como tiradores moribundos en esta playa de millonarios europeos. En el Cap-Martin dejaron los ingleses á sus muertos; en Mónaco los hay de todas las nacionalidades; en el Cap-Ferrat duermen los belgas bajo coronas que ya son viejas; en Niza están los cadáveres americanos; y en todas partes, desde el Esterel á la frontera italiana, franceses... franceses... franceses.
Son incontables los cadáveres. Si todos se levantasen á un tiempo, huirían despavoridos los que vienen á dilatar su existencia bajo la palmera y el olivo en la orilla roja del mar violeta.
Pero la vida quiera vivir. Es una primavera interminable, y cubre todo cuanto toca con el musgo ávido del placer, con la enredadera veloz de la ilusión.
Los cementerios, de una blancura agresiva, parecen esfumarse y se pierden en el risueño paisaje como una nota sin importancia. La suavidad del cielo y del ambiente los convierte en jardines. ¡Un cadáver ocupa tan poco sitio y la tierra es tan grande!... Los hoteles que fueron hospitales redoran sos rótulos, desinfectan sus habitaciones, envían anuncios á los grandes diarios de la tierra. Ya pueden venir las gentes á soñar y á procrear entre las paredes que se estremecieron con gritos de dolor ó ronquidos de agonía. La música empieza á gemir dulcemente á lo largo de la costa feliz, entre el susurro de las olas y los estremecimientos de los naranjos de epitalámico perfume. El viejo pastor de los Alpes que después de sesenta años aún no ha salido de su asombro ante el Monte-Carlo surgido á sus pies, en una meseta antiguamente desierta, lo verá crecer todavía con nuevos palacios, con nuevas torres, ensanchando su opulencia como una ciudad de ensueño.
El paso de la muerte ha aguzado la voluntad de vivir. Todos encuentran un nuevo sabor al placer, viendo en lontananza cómo se aleja el negro harapo de la adversaria.
Lubimoff se detiene en el centro de la plaza. Empieza á obscurecer. Por una oreja le entra el balanceo musical de una danza inventada por los negros de la América del Norte para regocijo de los blancos; por la opuesta penetra al mismo tiempo otra música negra: el tango de la América del Sur. En las calles inmediatas suenan nuevas orquestas allí donde hay un establecimiento público, café, hotel ó restorán, con un rótulo inglés en su puerta, para atraer á los héroes del momento: _Dancing_.
Mira á la montaña que cierra el fondo de la plaza y guarda tumbas en su flanco. Luego mira á lo alto....
La tierra y el cielo ignoran nuestros dolores.
Y la vida también.
FIN
Monte-Carlo.--Enero-Julio 1919.
* * * * *
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