Part 37
A los devoradores de las partes blandas sucederán los irresistibles artífices del hueso. Miriadas de trabajadores microscópicos laborarán el esqueleto, limpiándolo de las últimas impurezas adheridas á su andamiaje, desmontando las sabias articulaciones, raspando el cemento que adhiere las vértebras. Un día, la mandíbula inferior se despegará, rodando hasta la cavidad abdominal, una mandíbula cuyos dientes conocieron el esplendor de la sonrisa y la caricia del beso. Otro día, el cráneo, al partirse en piezas el espigón que le sirvió de soporte, rodará también, confundiéndose con el polvo de los costillares, con los huesecillos de los pies que marcaron el ritmo de un paso ondulante. Dentro de unos siglos, las revoluciones y las guerras tal vez sacarán á la superficie este cráneo. ¿Por qué no?... Lubimoff acaba de ver en el frente numerosos cementerios removidos por el cañón, con los muertos emergiendo de la tierra, tal como los levantó el estallido de las granadas... Y cuando alguien, en lo futuro, con la eterna curiosidad del príncipe shakespiriano, tome en su diestra el cráneo de Alicia, no podrá decir si perteneció á una dama ó á una moza de posada, si fué de una beldad ó de una negra...
Miguel evoca con irónica tristeza sus ilusiones y sus deseos concentrados en esta nada, y siente la necesidad de olvidar el cadáver. Sus ojos, que miran hacia dentro, ven la minúscula vegetación, los pintarrajeados insectos, todo lo que la primavera ha puesto sobre una tumba sin nombre. Esto es lo que una vida que se consideró superior á las otras ha dejado como único rastro de su existencia. Tal vez en la corola de las florecillas hay una gota del alma de Alicia, y las mariposas la beben para continuar su ebrio revuelo sobre las tumbas.
¡La primavera! El príncipe levanta su pensamiento sobre el dolor individual. Recuerda lo que ha visto en un pedazo de mundo asolado por la bestialidad de los hombres: ciudades en ruinas; pueblos que sólo levantan sus muros un metro sobre el suelo, como las urbes descubiertas después de un cataclismo; granjas incendiadas; campos interminables esterilizados, perforados, vueltos al revés por un cañoneo de cinco años; muchas tumbas... miles de tumbas... millones de tumbas. Las mujeres, vestidas de negro, van por los caminos titubeando á través de los escombros y de los embudos abiertos por los proyectiles monstruosos. Perdieron sus hijos, vieron fusilar sus maridos; ahora exploran el suelo en busca de su casa que fué...
Pero el invierno de la guerra ha terminado; ya llega la primavera de la paz. Y la misma mano verde que pone florecillas y mariposas sobre la tumba anónima cuelga olorosas guirnaldas de los muros ennegrecidos por el incendio, tapiza con terciopelo vegetal las pendientes abiertas por las explosiones, hace gorjear los pájaros y rebullir los insectos sobre las sepulturas, guía la serpenteante enredadera por el leño negro de las cruces, como si quisiera convertirlas en tirsos...
¡Ay! La tierra ignora nuestros dolores.
* * * * *
El príncipe sale de su abstracción, y ve al coronel que le saluda de lejos.
Ya está de vuelta, acompañado de _madame_ Toledo, cuya cabeza apenas le llega al hombro. Durante el camino ella ha mirado atrás muchas veces, con la esperanza de verse seguida por el suboficial americano.
Al reconocer al príncipe en el café, olvida al otro, y parece suplicarle con los ojos que abandone su asiento y vaya con ella á las terrazas.
Se alejan los dos hacia el concierto, y Miguel vuelve á caer en su meditación... Recuerda su diálogo con don Marcos poco antes, cuando bajaban del cementerio.
Toledo parece inconsolable. La guerra no ha terminado bien para él. Se muestra escandalizado por el carácter absurdo de su final. ¡Qué tiempos! El fugitivo refugiado en Amerongen le desconcierta y le irrita.
--¡Y yo que le hacía el honor de compararlo con un teniente!... ¡Yo que le consideraba capaz de pegarse un tiro!...
Treinta años aterrando al mundo con el estrépito de su sable y sus bigotes fanfarrones; treinta años de titularse «señor de la guerra», haciendo temblar á los pueblos con su ceño, sus actitudes heroicas y sus frases teatrales; treinta años de preparar millones de hombres para el matadero, obligando á los pueblos á vivir armados en plena paz, y cuando apunta la desgracia para él, cuando considera su existencia en peligro, huye vergonzosamente al extranjero, abandonando á los suyos, lo mismo que un comerciante que hace quiebra fraudulenta.
--¡Es la mentira mayor que ha conocido la humanidad--grita indignado el coronel--, la estafa más grande de la Historia!
Matarse no prueba nada: don Marcos lo sabe perfectamente. ¡Pero hay en la vida tantas cosas que no prueban nada y sin embargo son bellas y lógicas!... La desesperación de los que se suicidan por amor tampoco prueba nada, y sin embargo ha inspirado á la poesía y á las otras artes sus mejores obras. El marino, al perder su buque, se mata; todo hombre de honor que considera su falta irremediable apela á la muerte, para caer en una postura digna.
--Y ese emperador--sigue diciendo Toledo--que ha organizado el exterminio de diez millones de hombres desea llegar á viejo... ¡Ah, sinvergüenza!
El honor militar tal como había venido entendiéndose á través de los siglos lo desconocían también sus generales. Estos especialistas del incendio de poblaciones, estos técnicos del fusilamiento de campesinos, estos artífices del terror, al ver próximo el desastre, se marchaban tranquilamente á sus castillos, como oficinistas que abandonan el trabajo.
De todos estos compañeros del «señor de la guerra», el único digno de respeto era un hombre civil, un comerciante, un judío, el armador Ballin, de Hamburgo, que al ver arruinado el Imperio no quería sobrevivirle y se pegaba un tiro. Mientras tanto, los mariscales de la estrategia fracasada se dedicaban tranquilamente á educar sus perros, escribir sus Memorias y cuidar su salud.
Napoleón, en una de sus últimas batallas, colocaba su caballo sobre una bomba; luego pretendía envenenarse en Fontainebleau. Llamaba á la muerte, y únicamente se decidía á vivir, como un fatalista, al convencerse de que la muerte no quería nada de él. El otro Napoleón, el de Sedán, podía haberse refugiado en Bélgica, abandonando á sus tropas, como lo había hecho el triste César germánico; pero, enfermo y desfalleciente sobre su caballo, prefería galopar solo á lo largo de una carretera barrida por los cañones, esperando la granada que lo hiciese pedazos.
Así entendía Toledo el honor militar, así había sido aceptado en todas las épocas.
Su cólera era implacable contra los generales del Imperio, prontos á correr en la hora mala, y que sólo pensaban en su reputación, lo mismo que los cómicos. Rotas sus líneas, cercados por los aliados, podían haber caído noblemente, peleando hasta el último momento, de acuerdo con sus antiguas bravatas. Pero preferían solicitar un armisticio y entregar sus armas, para que los imbéciles que tanto los habían admirado pudieran seguir creyendo en su divinidad de invencibles y en que sí se retiraban á sus tierras era únicamente por consideraciones de política interior.
¡Lúgubres comediantes, como su amo, hasta el último minuto!...
Y don Marcos, pensando en el miedo que estos hombres han hecho sufrir al mundo durante treinta años, grita coléricamente:
--¡Embusteros!... ¡embusteros!
* * * * *
Otra vez sale el príncipe de su abstracción. Alguien se ha detenido ante él, y oye una voz conocida.
--Alteza, ¡qué alegría verle!... El coronel acaba de anunciarme su llegada.
Es Spadoni: el Spadoni de siempre, como si sólo hubiesen transcurrido unas horas desde su última entrevista con el príncipe, como si fuese ayer cuando rugía de indignación estudiando al piano _Lo que la palmera le dijo al agave_.
No quiere sentarse: tiene prisa; ha venido solamente para estrechar la mano de Su Alteza. Ya le verá después con más detenimiento en el Casino. El tiene por indudable que el príncipe va á entrar en el Casino. ¿A qué otro lugar puede ir una persona decente en Monte-Carlo?...
Pasa una rápida mirada por su uniforme, admira su rudo aspecto de soldado.
--He sabido las hazañas de Su Alteza; le preguntaba siempre al coronel... ¡Un héroe!
Lubimoff no tiene tiempo para repeler estos elogios. Spadoni pasa á ocuparse de algo más interesante. La guerra, los héroes... cosas nebulosas y sin sentido. El está por la realidad, y empieza á hablar de un nuevo personaje admirado por él, un portugués que juega fuerte, y cuyo nombre, desde hace unos días, parece llenar las salas, á causa de sus ganancias.
--Yo lo observo; además, es amigo mío y creo poseer su secreto. Imagínese, príncipe...
El príncipe se inquieta, adivinando que le va á describir con toda clase de detalles la combinación del portugués, que ya considera suya. Pero el pianista mira hacia el Casino, balbucea, y acaba por interrumpir su relato. Alguien se aproxima, y él sólo quiere hacer partícipe de su secreto al príncipe. Se despide de él, con la promesa de revelarle la combinación preciosa en un diván de los salones privados, cuando entre en el Casino.
Piensa Lubimoff en su existencia de los últimos meses, en sus aventuras de soldado, en su herida, en todo lo que le ha ocurrido á él y al mundo entero mientras este músico permanecía fijo en Monte-Carlo sin admitir otra realidad que el revoloteo de la Quimera.
El amigo Lewis tiende una mano al príncipe. El es quien ha cortado con su aproximación la facundia del pianista. Los jugadores evitan comunicarse sus secretos, por rivalidad profesional. El tiempo, que parece haber olvidado á Spadoni, dejándolo lo mismo que lo vió Miguel por última vez en su «villa de la tumba», se ha ensañado con Lewis, avejentándolo, como si los meses valiesen años para él.
Está triste por las pérdidas que sufre y por los recuerdos. ¡Aquella sobrina que era toda su familia!... Lubimoff sabe por el coronel que no ha heredado nada de ella. La enfermera gastó toda su fortuna en ambulancias y hospitales. Su título es lo único que corresponde á Lewis. Se cumplió su profecía: ya es el tercer lord Lewis, con el apodo de «el Inútil» que él mismo se ha dado.
Examina al príncipe con una mirada errante, detiene los ojos en su brazo rígido, estrecha después con efusión su mano izquierda.
--Usted es un hombre, Lubimoff. Usted sabe hacer las cosas...
Y en estas palabras hay un reproche contra él, que no puede despegarse de Monte-Carlo, que aquí vivirá y morirá haciendo siempre lo mismo.
Sin embargo, este es un gran día. En la mañana ha recibido la visita de un amigo que viene á vivir con él no sabe por cuánto tiempo, tal vez por dos días, tal vez por dos años; un gran amigo del que no tenía noticia alguna y muchas veces ha creído muerto: el conde, el famoso conde.
Ha llegado hasta el café con Lewis, que no puede separarse de él; ha dado su mano al príncipe como si lo hubiese visto el día antes, sin reparar en su uniforme ni en su mutilación. Permanece silencioso en su silla, pasándose una mano por la cabellera blanca y crespa, fijando sus ojos redondos, de fulgor nocturno, en la gente que circula en torno del «queso».
Lewis cree que debe sentirse contento. ¡Día de sorpresas! Primeramente el conde, después el coronel, que le avisa la presencia de Lubimoff...
Evita hablar de su sobrina; incorpora su tristeza á las tristezas de todos... La paz le ha sorprendido: ¿quién podía esperarla tan pronto, á continuación de la fase más angustiosa de la guerra?...
El conde abandona su inmovilidad para hablar.
--Todo el mundo. Los grandes tratadistas anunciaron desde el principio que la guerra terminaría en el otoño de 1918. Era cosa sabida. Yo lo he dicho siempre, y usted, Lewis, me lo ha oído muchas veces.
Su admirador hace un gesto de extrañeza. Pero no puede poner en duda la ciencia de su sabio amigo, y prefiere admitir que es él quien ha olvidado las afirmaciones del otro. Además, no debió entenderlas. Estos depositarios del porvenir nunca exponen sus verdades con claridad: se niegan á decir las cosas como los simples mortales.
Empieza á decaer la conversación. El inglés piensa en el Casino. Iba á entrar en él, cuando le avisó don Marcos la llegada del príncipe. Tiene á su lado al conde, que vuelve de un viaje misterioso y guarda seguramente el rosario de Satán en cierto bolsillo del pantalón huroneado continuamente por su diestra.
--Después nos veremos en el Casino. Supongo que usted entrará un instante... A ver si hoy me trata bien la suerte, después de tan agradables encuentros.
Y se aleja con el conde hacia el Palacio, donde pasará el resto de su vida como en una cárcel.
Lubimoff se fija en dos soldados italianos que le contemplan desde la acera del «queso». Son dos _bersaglieri_ vestidos de gris, con sombreritos redondos cargados de plumas de gallo. Al notar que el príncipe les mira, se desconciertan, vuelven la espalda avergonzados, se alejan, pero antes sonríen y se llevan una mano al empenachado sombrero.
Recuerda el príncipe una noticia que le dió don Marcos, y los reconoce. ¡Estola y Pistola convertidos en guerreros!... Han venido con licencia á ver á sus familias, y en la noche subirán á la casa del coronel para saludar á su antiguo señor. Parecen más altos, más vigorosos. Unos cuantos meses de guerra han bastado para hacerles saltar de la adolescencia á la madurez. Todo hombre lleva dentro un soldado...
Cuando intenta levantarse para dar un paseo por las terrazas, ve venir hacia el café á un señor que le saluda con violentos manoteos y á continuación se asegura los lentes sobre la nariz.
El príncipe tarda en reconocerle; adivina quién es por el timbre de su voz más que por su rostro... ¡El amigo Novoa! Los meses transcurridos han dejado en él mayor huella que en los demás. Ya no es el varón preocupado de las pompas mundanales, que consultaba al coronel sobre los méritos de sastres y sombreros. Ha vuelto á la esclavitud del pantalón con rodilleras y la corbata de nudo hecho; lleva la barba muy crecida y revuelta. Sigue siendo joven en la voz, en los ojos, en sus ademanes vivaces y torpes, pero va disfrazado de anciano.
Este se alegra más que los otros de ver al príncipe. No cesa de alabar á la casualidad, que ha hecho venir á Lubimoff y que acaba de hacerle encontrar á don Marcos.
--Si tarda usted dos días, príncipe, no tengo el placer de verle. Me voy á mi tierra pasado mañana. Ya tengo bastante de Monte-Carlo. ¡Lo que dejo aquí!... Dinero, ilusiones...
Miguel se muestra discreto. Cree oler en su amigo el desengaño inesperado, la decepción, que necesitamos olvidar para que no continúe atormentándonos. Se acuerda de Valeria, y no ve en la persona del catedrático el menor vestigio que denuncie el roce con la mujer. Es una ruina, un tronco seco; el pájaro que cantaba en sus ramas debe haber volado hace mucho tiempo.
Novoa muestra igual discreción. Contempla el uniforme del otro, su manga ocupada por un brazo falso; pero sólo habla de lo sucedido en los últimos meses de un modo general, con vagas lamentaciones.
--¡Las cosas extraordinarias que han pasado! ¡Cuántos amigos muertos! La vida acaba de ser como uno de esos dramas en los que perecen todos al final del último acto.
El príncipe adivina que Novoa piensa en Alicia y se abstiene de nombrarla para no molestarle. Efectivamente, piensa en la duquesa, pero ésta sólo es un punto de partida para llegar á otra mujer que ocupa su recuerdo.
Al fin habla, dando expansión á su melancolía. Puede contárselo todo al príncipe, porque es el único que conoce su secreto. (Lo mismo le ha dicho al coronel y hasta á Spadoni, al lamentar su desgracia.) Y prorrumpe en desesperadas recriminaciones contra Valeria.
Es otra mujer. Ya no la preocupan los países de amor, donde las mujeres se casan sin dote. Después de muerta la duquesa, es una candidata al matrimonio, que ofrece con la cesión de su mano más de trescientos mil francos. El profesor se ha visto repelido y olvidado. ¡Sus viles súplicas ante la realidad, sus esfuerzos vergonzosos para remediar lo que consideró en el primer momento un pasajero capricho femenil!... No quiere acordarse de tales momentos.
--Todo terminó, príncipe. Ahora anda loca por un oficial americano, y acabará casándose con él. Aquí no hay más hombres que los americanos. Todo es para ellos: hasta el amor. La última modistilla se considera deshonrada si no tiene un soldado de los Estados Unidos para pasear de noche... Todas las tardes, ella y el otro bailan en los hoteles de La Condamine, ó aquí mismo, en el Café de París.
Se interrumpe, como si alguien le hubiese tocado en la espalda. No ve á nadie detrás de él, pero sus ojos, á través de los grupos que ocupan las mesas, encuentran algo que hace temblar su voz.
--Esa es, príncipe.
Miguel no la hubiese reconocido. Ve cómo entran en el café dos señoras, escoltadas por dos oficiales americanos. Una de ellas es Valeria, vestida con un lujo estrepitoso y ávido, como si quisiera resarcirse instantáneamente de sus años de modestia y privaciones.
Empiezan á brillar, enrojecidos, los cristales del café, resaltando sobre la luz suave del atardecer. Una tras otra, se encienden las grandes lámparas del interior. Llegan hasta Miguel lamentos voluptuosos de violines.
--La vida ha cambiado mucho desde que usted se fué, príncipe. Todos sienten un hambre feroz de divertirse. Lo primero que ha resucitado con la paz es el tango.
Después, Novoa piensa en él.
--¿Qué puedo hacer aquí?... Estoy pobre; cuanto tenía en mi tierra lo he dejado en el Casino. Ya he estudiado bastante los misterios del Océano. ¡Lo caros que me cuestan!... He soñado un poco, y voy ahora á reanudar allá mi trabajo mal pagado de jornalero de la ciencia.
Otra vez piensa en ella.
--¿Ha visto usted?... La pobre duquesa, que la hizo cuanto es, arriba en su sepultura, y ella aquí bailando, unos meses después de su muerte.
Siente la áspera indignación, la escandalizada moralidad de todos los despechados.
De tal modo aumenta su cólera, que se levanta de la silla. No quiere continuar en el café. La otra le ha visto, y puede creer que la persigue, que espera su salida para suplicarle. Nunca; bastante tiene con ciertas humillaciones que no quiere recordar.
Se despide apresuradamente. Van á verse dentro de poco; don Marcos le ha invitado á comer en su casita de Beausoleil, convencido de que su compañía será agradable al príncipe.
Toma la mano artificial de éste, y no parece notarlo. Sus ojos y su pensamiento están puestos en los vidrios del café, inflamados en plena tarde, á través de los cuales pasa el cadencioso susurro de los violines. Todavía, al alejarse, repite su protesta.
--La pobre duquesa olvidada arriba... y la otra... ¡qué escándalo! Celebro irme pronto. No la veré más.
* * * * *
Al quedar solo, el príncipe abandona su mesa. Don Marcos va dando indudablemente la noticia de su llegada á todos los que encuentra, y él teme que se presenten otras personas menos interesantes.
Al caminar, se da cuenta de algo que no ha visto antes, cuando le acompañaba el coronel. La bandera de los Estados Unidos flota sobre todos los edificios. Hay en la vía pública tantos rótulos en inglés como en francés. Soldados americanos por todas partes. El uniforme de Lubimoff y los de otros combatientes franceses se pierden en la gran inundación de hombres vestidos de color mostaza. Pasan incesantemente los automóviles ligeros del ejército americano. Son innumerables; se les encuentra en las calles, en los caminos de la costa, subiendo como hormigas roncadoras las faldas de los Alpes. Una vida robusta, alegre, confiada, una vida de veinte años parece reanimarlo todo. El concierto en la terraza lo da una banda de música americana. Los que transitan por las calles silban maquinalmente danzas del otro lado del Océano, canciones de marcha de los soldados de la Unión. La gente se detiene en las plazas para admirar la agilidad de los americanos en mangas de camisa que se envían la pelota y la devuelven luego de captarla entre sus guantes de esgrima.
Mónaco parece conquistado por las tropas de la gran República; una conquista bonachona y simpática, que hace sonreir á los sometidos. Lo mismo Niza y toda la Costa Azul. El príncipe recuerda su breve permanencia en París pocos días antes. También ha visto americanos por todas partes. ¿Cuántos son?... ¿Qué fuerza sobrehumana ha podido crear en unos meses ese ejército que, todavía recién nacido, parece llenarlo todo?...
Un pueblo acaba de levantarse sobre los pueblos de la tierra. Jamás se conoció en la Historia una ascensión semejante. Predomina por la simpatía, por sus actos generosos, por la fuerza benéfica de su actividad; no por el terror, base de todas las grandezas del pasado.
Lubimoff recuerda las dudas de un año antes. Nadie podía creer que un pueblo sin ejércitos improvisase una fuerza militar igual á las de la vieja Europa. Y con sólo unos meses los Estados Unidos creaban y enviaban dos millones de hombres para decidir el éxito de la lucha y la suerte del mundo.
Llegados á última hora, habían pagado con largueza su parte á la muerte. En cinco meses de guerra perecían ciento veinte mil americanos, proporción exorbitante comparada con la de otras naciones durante cinco años de combate.
Miguel, en su silencioso entusiasmo, enumera lo que acaba de hacer por la humanidad este gran pueblo, tenido hasta poco antes por egoísta y positivo, y que se presenta como el más romántico y generoso.
Dos grandes guerras eran los incidentes más notables de su historia: una, interior, por la supresión de la esclavitud; otra, exterior, para impedir la divinización de la guerra, la hegemonía brutal de un pueblo sobre todos, la exaltación de un imperialismo místico.
Por primera vez en la Historia una democracia había intervenido en la suerte del mundo, sometido eternamente á los arreglos de los reyes. Las repúblicas modernas habían vivido hasta ahora una vida interior y modesta. Las guerras de la Revolución francesa eran defensivas. La República de la Convención peleaba por existir, porque todos los monarcas deseaban suprimirla. La República americana se había lanzado á la lucha voluntariamente, sin que ningún peligro inmediato la amenazase, por un imperativo de su conciencia indignada ante los crímenes alemanes, por un deber de su grandeza y su fuerza democráticas.
Antes de armarse, antes de intervenir en el choque europeo, cuando vivía en paciente neutralidad, por ella se ganaban los batallas. Esta guerra era distinta á las otras. Contra Alemania, preparada durante largos años para la lucha, y que había movilizado guerreramente todas sus fuerzas industriales y comerciales, los aliados se batían en los primeros meses como se bate un pueblo valeroso, pero atrasado, frente á una nación moderna. Mucho valor, grandes heroísmos, algunas veces inútiles, ante la fuerza ciega y mecánica de los inventos industriales aplicados á la destrucción.
Si esta desigualdad iba disminuyendo, era debido en gran parte á la República del otro lado del mar. Sus capitanes del dinero hacían préstamos enormes á los aliados; sus capitanes de la industria facilitaban la fabricación del material monstruoso exigido por los demoniacos adelantos militares; sus buques, desafiando la amenaza submarina, traían á Europa el pan, escaseado por la guerra. Y cuando al fin, agotada su paciencia, intervenía directamente en la lucha, ¡qué generosidad la suya!...
Los combatientes de América batallaban por ideales simples y robustos: el derecho á la vida de los débiles, la dignidad y la libertad de los hombres, la desaparición de las guerras, la inteligencia entre los pueblos, el derecho soberano reglamentando la vida de las naciones; cosas que hacían sonreir poco antes á los escépticos del viejo mundo.
Todos los Estados de Europa tenían fronteras que rehacer, pedazos de tierra que exigir. Los Estados de América no pedían nada, no querían nada.