Los cuatro jinetes del apocalipsis
Chapter 33
--¡Pobre señora von Hartrott! Su carta, escrita un mes antes, sólo contenía fúnebres noticias y palabras de desesperación. El capitán Otto había muerto. Muerto también uno de sus hermanos menores. Este, al menos, ofrecía á la madre el consuelo de haber caído en un territorio dominado por los suyos. Podía llorar junto á su tumba. El otro estaba enterrado en suelo francés; nadie sabía dónde. Jamás descubriría ella sus restos, confundidos con centenares de cadáveres; ignoraría eternamente dónde se consumía este cuerpo salido de sus entrañas... Un tercer hijo estaba herido en Polonia. Sus dos hijas habían perdido á sus prometidos, y la desesperaban con su mudo dolor. Von Hartrott seguía presidiendo sociedades patrióticas y hacía planes de engrandecimiento sobre la próxima victoria, pero había envejecido mucho en los últimos meses. El «sabio» era el único que se mantenía firme. Las desgracias de la familia recrudecían la ferocidad del profesor Julius von Hartrott. Calculaba, para un libro que estaba escribiendo, los centenares de miles de millones que Alemania debería exigir después de su triunfo y las partes de Europa que necesitaba hacer suyas...
La señora Desnoyers creyó escuchar desde la avenida Víctor Hugo aquel llanto de madre que corría silencioso en una casa de Berlín. «Comprenderás mi desesperación, Luisa... ¡Tan felices que éramos! ¡Que Dios castigue á los que han hecho caer sobre el mundo tantas desgracias! El emperador es inocente. Sus enemigos tienen la culpa de todo...»
Don Marcelo callaba en presencia de su esposa. Compadecía á Elena por su infortunio, pasando por alto las afirmaciones políticas de la carta. Se enterneció además al ver cómo lloraba doña Luisa á su sobrino Otto. Había sido su madrina de bautizo y Desnoyers el padrino. Era verdad; don Marcelo lo había olvidado. Vió con la imaginación la plácida vida de la estancia, los juegos de la chiquillería rubia, que él acariciaba á espaldas del abuelo, antes de que naciese Julio. Durante unos años había dedicado á sus sobrinos todo su amor, desorientado por la tardanza de un hijo propio. De buena fe se conmovió al pensar en la desesperación de Karl.
Pero luego, al verse solo, una frialdad egoísta borraba estos sentimientos. La guerra era la guerra, y los otros la habían buscado. Francia debía defenderse, y cuantos más enemigos cayesen, mejor... Lo único que debía interesarle á él era Julio. Y su fe en los destinos del hijo le hizo experimentar una alegría brutal, una satisfacción de padre cariñoso hasta la ferocidad.
--A ese no hay quien le mate... Me lo dice el corazón.
Otra desgracia más próxima quebrantó su calma. Un anochecer, al regresar á la avenida Víctor Hugo, encontró á doña Luisa con aspecto de terror llevándose las manos á la cabeza.
--La niña, Marcelo... ¡la niña!
Chichí estaba en el salón tendida en un sofá, pálida, con una blancura verdosa, mirando ante ella fijamente, como si viese á alguien en el vacío. No lloraba; sólo un ligero brillo de nácar hacía temblar sus ojos, redondeados por el espasmo.
--¡Quiero verle!--dijo con voz ronca--. ¡Necesito verle!
El padre adivinó que algo terrible le había ocurrido al hijo de Lacour. Únicamente por esto podía mostrar Chichí tal desesperación. Su esposa le fué relatando la triste noticia. René estaba herido, gravemente herido. Un proyectil había estallado sobre su batería, matando á muchos de sus compañeros. El oficial había sido extraído de un montón de cadáveres: le faltaba una mano, tenía heridas en las piernas, en el tronco, en la cabeza.
--¡Quiero verle!--repetía Chichí.
Y don Marcelo tuvo que hacer grandes esfuerzos para que su hija desistiese de esta testarudez dolorosa que la impulsaba á exigir un viaje inmediato al frente, atropellando obstáculos, hasta llegar al lado del herido. El senador acabó de convencerla. Había que esperar; él, que era su padre, tenía que resignarse. Estaba gestionando que René fuese trasladado á un hospital de París.
El grande hombre inspiró lástima á Desnoyers. Hacía esfuerzos por conservar su serenidad estoica de padre á estilo antiguo, recordaba á sus ascendientes gloriosos y á todas las figuras heroicas de la República romana. Pero estas ilusiones de orador se desplomaban de pronto, y su amigo le sorprendió llorando más de una vez. ¡Un hijo único, y podía perderlo!... El mutismo de Chichí le inspiraba aún mayor conmiseración. No lloraba: su dolor era sin lágrimas, sin desmayos. La palidez verdosa de su rostro, el brillo de fiebre de sus ojos, una rigidez que le hacía marchar como un autómata, eran los únicos signos de su emoción. Vivía con el pensamiento alejado, sin darse cuenta de lo que la rodeaba.
Cuando el herido llegó á París, ella y el senador se transfiguraron. Iban á verle, y esto bastó para que se imaginasen que ya se había salvado.
La novia corrió al hospital con su futuro suegro y su madre. Luego fué sola, quiso quedarse allí, vivir al lado del herido, declarando la guerra á todos los reglamentos, chocando con monjas y enfermeras, que le inspiraban un odio de rivalidad. Pero al ver el escaso resultado de sus violencias, se empequeñeció, se hizo humilde, pretendiendo ganar con sus gracias una por una á todas las mujeres. Al fin consiguió pasar gran parte del día junto á René.
Desnoyers tuvo que retener sus lágrimas al contemplar al artillero en la cama... ¡Ay! ¡así podía verse su hijo!... Le pareció una momia egipcia, á causa de su envoltura de apretados vendajes. Los cascos de obús le habían acribillado. Sólo pudo ver unos ojos dulces y un bigotillo rubio asomando entre las tiras blancas. El pobre sonreía á Chichí, que velaba junto á él con cierta autoridad, como si estuviese en su casa.
Transcurrieron dos meses. René se mejoró; ya estaba casi restablecido. Su novia no había dudado de esta curación desde que la dejaron permanecer junto á él.
--A mí no se me muere quien yo quiera--decía con una fe semejante á la de su padre--. ¡A cualquier hora permito que los _boches_ me dejen sin marido!
Conservaba á su «soldadito de azúcar», pero en un estado lamentable... Nunca don Marcelo se dió cuenta del horror de la guerra como al ver entrar en su casa á este convaleciente que había conocido meses antes fino y esbelto, con una belleza delicada y algo femenil. Tenía el rostro surcado por varias cicatrices que formaban un arabesco violáceo. Su cuerpo guardaba ocultas otras semejantes. La mano izquierda había desaparecido con una parte del antebrazo. La manga colgaba sobre el vacío doloroso del miembro ausente. La otra mano se apoyaba en un bastón, auxilio necesario para poder mover una pierna que no quería recobrar su elasticidad.
Pero Chichí estaba contenta. Veía á su soldadito con más entusiasmo que nunca: un poco deformado, pero muy interesante. Ella, seguida de su madre, acompañaba al herido para que pasease por el Bosque. Sus miradas se volvían fulminantes cuando, al atravesar una calle, automovilistas y cocheros no retenían su carrera para dejar paso al inválido... «_¡Emboscados_ sin vergüenza!...» Sentía la misma alma iracunda de las mujeres del pueblo que en otros tiempos insultaban á René viéndole sano y feliz. Temblaba de satisfacción y de orgullo al devolver el saludo á sus amigas. Sus ojos hablaban: «Sí; éste es mi novio... Un héroe.» Le preocupaba la Cruz de Guerra puesta en el pecho de la blusa «horizonte». Sus manos cuidaban de su arreglo, para que se destacase con mayor visualidad. Se ocupaba en prolongar la vida de su uniforme, siempre el mismo, el viejo, el que llevaba en el momento de ser herido. Uno nuevo le daría cierto aire de militar oficinesco, de los que se quedaban en París.
En vano René, cada vez más fuerte, quería emanciparse de sus cuidados dominadores. Era inútil que intentase marchar con ligereza y soltura.
--Apóyate en mí.
Y tenía que tomar el brazo de su novia. Todos los planes de ella para el porvenir se basaban en la fiereza con que protegería á su marido, en los cuidados que iba á dedicar á su debilidad.
--¡Mi pobre invalidito!--decía con susurro amoroso--. ¡Tan feo y tan inútil que me lo han dejado esos pillos!... Pero, por suerte, me tiene á mí, que lo adoro... Nada importa que te falte una mano; yo te cuidaré: serás mi hijito. Vas á ver, cuando nos casemos, con qué regalo vives, cómo te llevaré de elegante y acicalado... Pero ¡ojo con las otras! Mira que á la primera que me hagas, invalidito, te dejo abandonado á tu inutilidad.
Desnoyers y el senador también se ocupaban del porvenir de ellos, pero de un modo más positivo. Había que realizar el matrimonio cuanto antes. ¿Qué esperaban?... La guerra no era un obstáculo. Se efectuaban más casamientos que nunca, en el secreto de la intimidad. El tiempo no era de fiestas.
Y René Lacour se quedó para siempre en la casa de la avenida Víctor Hugo después de la ceremonia nupcial, presenciada por una docena de personas.
Don Marcelo había soñado otras cosas para su hija: una boda ruidosa de la que hablasen largamente los periódicos, un yerno de brillante porvenir... Pero ¡ay, la guerra! Todos veían destruídas á aquellas horas algunas de sus ilusiones.
Se consoló apreciando su situación. ¿Qué le faltaba? Chichí era feliz, con una alegría egoísta y ruidosa que dejaba en olvido todo lo que no fuese su amor. Sus negocios no podían resultar mejores. Después de la crisis de los primeros momentos, las necesidades de los beligerantes arrebataban los productos de sus estancias. Jamás había alcanzado la carne precios tan altos. El dinero afluía á él con más ímpetu que antes y los gastos de su vida habían disminuído... Julio estaba en peligro de muerte, pero él tenía la convicción de que nada malo podía ocurrirle. Su única preocupación era permanecer tranquilo, evitándose las emociones fuertes. Experimentaba cierta alarma al considerar la frecuencia con que se sucedían en París los fallecimientos de personas conocidas: políticos, artistas, escritores. Todos los días caía alguien de cierto nombre. La guerra no sólo mataba en el frente. Sus emociones volaban como flechas por las ciudades, tumbando á los quebrantados, á los débiles, que en tiempo normal habrían prolongado su existencia.
«¡Atención, Marcelo!--se decía con un regocijo egoísta--. Mucha calma. Hay que evitar á los cuatro jinetes del amigo Tchernoff.»
Pasó una tarde en el estudio conversando con éste y Argensola de las noticias que publicaban los periódicos. Se había iniciado una ofensiva de los franceses en Champaña, con grandes avances y muchos prisioneros.
Desnoyers pensó en la pérdida de vidas que esto podía representar. Pero la suerte de Julio no le hizo sentir ninguna inquietud. Su hijo no estaba en aquella parte del frente. El día anterior había recibido una carta de él fechada una semana antes; pero casi todas llegaban con igual retraso. El subteniente Desnoyers se mostraba animoso y alegre. Lo iban á ascender de un momento á otro: figuraba entre los propuestos para la Legión de Honor. Don Marcelo se veía en lo futuro padre de un general joven, como los de la Revolución. Contempló los bocetos en torno de él, admirándose de que la guerra hubiese torcido de un modo tan extraordinario la carrera de su hijo.
Al volver á casa se cruzó con Margarita Laurier, que iba vestida de luto. El senador le había hablado de ella pocos días antes. Su hermano el artillero acababa de morir en Verdún.
«¡Cuántos caen!--se dijo--. ¡Cómo estará su pobre madre!»
Pero inmediatamente sonrió al recordar á los que nacían. Nunca se había preocupado la gente como ahora de acelerar la reproducción. La misma señora Laurier ostentaba con orgullo la redondez de su maternidad, que había llegado á los mayores extremos visibles. Sus ojos acariciaron el volumen vital que se delataba bajo los velos del luto. Otra vez pensó en Julio, sin tener en cuenta el curso del tiempo. Sintió la atracción de la criatura futura, como si tuviese con ella algún parentesco; se prometió ayudar generosamente al hijo de los Laurier, si alguna vez le encontraba en la vida.
Al entrar en su casa, doña Luisa le salió al paso para manifestarle que Lacour le estaba esperando.
--Vamos á ver qué cuenta nuestro ilustre consuegro--dijo alegremente.
La buena señora estaba inquieta. Se había alarmado sin saber por qué, ante el gesto solemne del senador, con ese instinto femenil que perfora las precauciones de los hombres, adivinando lo que hay oculto detrás de ellas. Había visto además que René y su padre hablaban en voz baja, con una emoción contenida.
Rondó con irresistible curiosidad por las inmediaciones del despacho, esperando oir algo. Pero su espera no fué larga.
De repente, un grito... un alarido... una voz como sólo puede emitirla un cuerpo al que se le escapan las fuerzas.
Y doña Luisa entró á tiempo para sostener á su marido, que se venía al suelo.
El senador se excusaba, confuso, ante los muebles, ante las paredes, volviendo la espalda en su aturdimiento al cabizbajo René, que era el único que podía oirle.
--No me ha dejado terminar... Ha adivinado desde la primera palabra...
Chichí se presentó, atraída por el grito, para ver cómo su padre se escapaba de los brazos de su esposa, cayendo en un sofá, rodando luego por el suelo, con los ojos vidriosos y salientes, con la boca contraída, llorando espuma.
Un lamento se extendió por las lujosas habitaciones, un quejido, siempre el mismo, que pasaba por debajo de las puertas hasta la escalera majestuosa y solitaria:
--¡Oh, Julio!... ¡Oh, hijo mío!...
V
Campos de muerte
Iba avanzando el automóvil lentamente, bajo el cielo lívido de una mañana de invierno.
Temblaba el suelo á lo lejos con blancas palpitaciones, semejantes al aleteo de una banda de mariposas posada en los surcos. Sobre unos campos, el enjambre era denso; en otros, formaba pequeños grupos.
Al aproximarse el vehículo, las blancas mariposas se animaban con nuevos colores. Un ala se volvía azul; otra, encarnada... Eran pequeñas banderas, á cientos, á miles, que se estremecían día y noche con la tibia brisa impregnada de sol, con el huracán acuoso de las mañanas pálidas, con el frío mordiente de las noches interminables. La lluvia había lavado y relavado sus colores, debilitándolos. Las telas, inquietas, tenían sus bordes roídos por la humedad. Otras estaban quemadas por el sol, como insectos que acabasen de rozar el fuego.
Las banderas dejaban entrever con las palpitaciones de su temblor leños negros que eran cruces. Sobre estos maderos aparecían kepis obscuros, gorros rojos, cascos rematados por cabelleras de crines que se pudrían lentamente, llorando lágrimas atmosféricas por todas sus puntas.
--¡Cuánto muerto!--suspiró en el interior del automóvil la voz de don Marcelo.
Y René, que iba enfrente de él, movió la cabeza con triste sentimiento.
Doña Luisa miraba la fúnebre llanura, mientras sus labios se estremecían levemente con un rezo continuo. Chichí volvía á un lado y á otro sus ojos, agrandados por el asombro. Parecía más grande, más fuerte, á pesar de la palidez verdosa que descoloraba su rostro.
Las dos señoras iban vestidas de luto, con luengos velos. De luto también el padre, hundido en su asiento, con aspecto de ruina, las piernas cuidadosamente envueltas en una manta de pieles. René conservaba su uniforme de campaña, llevando sobre él un corto impermeable de automovilista. A pesar de sus heridas, no había querido retirarse del ejército. Estaba agregado á una oficina técnica hasta la terminación de la guerra.
La familia Desnoyers iba á cumplir su deseo.
Al recobrar sus sentidos, después de la noticia fatal, el padre había concentrado toda su voluntad en una petición:
--Necesito verle... ¡Oh, mi hijo!... ¡Mi hijo!
Inútilmente el senador le demostró la imposibilidad de este viaje. Se estaban batiendo todavía en la zona donde había caído Julio. Más adelante tal vez fuese posible la visita. «Quiero verle», insistió el viejo. Necesitaba contemplar la tumba del hijo antes de morir él á su vez. Y Lacour tuvo que esforzarse durante cuatro meses, formulando súplicas y forzando resistencias para conseguir que don Marcelo pudiese realizar este viaje.
Un automóvil militar se llevó, al fin, una mañana á todos los de la familia Desnoyers. El senador no pudo ir con ellos. Circulaban rumores de una próxima modificación ministerial, y él debía mostrarse en la Alta Cámara, por si la República reclamaba sus servicios un tanto menospreciados.
Pasaron la noche en una ciudad de provincia, donde estaba la comandancia de un cuerpo de ejército. René tomó informes de los oficiales que habían presenciado el gran combate. Con el mapa á la vista fué siguiendo sus explicaciones, hasta conocer la sección de terreno en que se había movido el regimiento de Julio.
A la mañana siguiente reanudaron el viaje. Un soldado que había tomado parte en la batalla les servía de guía, sentado en el pescante, al lado del _chauffeur_. René consultaba de vez en cuando el mapa extendido sobre sus rodillas y hacía preguntas al soldado. El regimiento de éste se había batido junto al de Desnoyers, pero no podía recordar con exactitud los lugares pisados por él meses antes. El campo había sufrido transformaciones. Presentaba un aspecto distinto de cuando lo vió cubierto de hombres, entre las peripecias del combate. La soledad le desorientaba... Y el automóvil fué avanzando con lentitud, sin más norte que los grupos de sepulturas, siguiendo la carretera central, lisa y blanca, metiéndose por los caminos transversales: zanjas tortuosas, barrizales de relejes profundos, en los que daba grandes saltos que hacían chillar sus muelles. A veces seguía á campo traviesa, de un grupo de cruces á otro, aplastando con la huella de sus neumáticos los surcos abiertos por la labranza.
Tumbas... tumbas por todos lados. Las blancas langostas de la muerte cubrían el paisaje. No quedaba un rincón libre de este aleteo glorioso y fúnebre. La tierra gris recién abierta por el arado, los caminos amarillentos, las arboledas obscuras, todo palpitaba con una ondulación incansable. El suelo parecía gritar; sus palabras eran las vibraciones de las inquietas banderas. Y los miles de gritos, con una melopea recomenzada incesantemente á través de los días y las noches, cantaban el choque monstruoso que había presenciado esta tierra y del cual guardaba todavía un escalofrío trágico.
--Muertos... muertos--murmuraba Chichí, siguiendo con la vista la fila de cruces que se deslizaba por los flancos del automóvil en incesante renovación.
--¡Señor, por ellos!... ¡por sus madres!--gemía doña Luisa reanudando su rezo.
Aquí se había desarrollado lo más terrible del combate, la pelea á uso antiguo, el choque cuerpo á cuerpo, fuera de las trincheras, á la bayoneta, con la culata, con los puños, con los dientes.
El guía, que empezaba á orientarse, iba señalando diversos puntos del horizonte solitario. Allí estaban los tiradores africanos; más acá, los cazadores. Las grandes agrupaciones de tumbas eran de soldados de línea que habían cargado á la bayoneta por los lados del camino.
Se detuvo el automóvil. René bajó detrás del soldado para examinar las inscripciones de unas cruces. Tal vez procedían estos muertos del regimiento que buscaban. Chichí bajó también maquinalmente, con el irresistible deseo de proteger á su marido.
Cada sepultura guardaba varios hombres. El número de cadáveres podía contarse por los kepis ó los cascos que se pudrían y oxidaban adheridos á los brazos de la cruz. Las hormigas formaban rosario sobre las prendas militares, perforadas por agujeros de putrefacción, y que ostentaban aún la cifra del regimiento. Las coronas con que había adornado la piedad patriótica algunos de estos sepulcros se ennegrecían y deshojaban. En unas cruces los nombres de los muertos eran todavía claros; en otras empezaban á borrarse y dentro de poco serían ilegibles.
«¡La muerte heroica!... ¡La gloria!», pensaba Chichí con tristeza.
Ni el nombre siquiera iba á sobrevivir de la mayor parte de estos hombres vigorosos desaparecidos en plena juventud. Sólo quedaría de ellos el recuerdo que asaltase de tarde en tarde á una campesina vieja guiando su vaca por un camino de Francia y que le haría murmurar entre suspiros: «¡Mi pequeño!... ¿dónde estará enterrado mi pequeño?» Sólo viviría en la mujer del pueblo vestida de luto que no sabe cómo resolver el problema de su existencia, en los niños que al ir á la escuela con blusas negras dirían con una voluntad feroz: «Cuando yo sea grande iré á matar _boches_ para vengar á mi padre.»
Y doña Luisa, inmóvil en su asiento, siguiendo con la mirada el paso de Chichí entre las tumbas, volvía á, interrumpir su rezo:
--¡Señor, por las madres sin hijos... por los pequeños sin padre... por que tu cólera nos olvide y tu sonrisa vuelva á nosotros!
El marido, caído en su asiento, miraba también el campo fúnebre. Pero sus ojos se fijaban tenazmente en unas tumbas sin coronas ni banderas, simples cruces con una tablilla de breve inscripción. Eran sepulturas alemanas, que parecían formar página aparte en el libro de la muerte. A un lado, en las innumerables tumbas francesas, inscripciones de poca cuantía, números simples: uno, dos, tres muertos. Al otro, en las sepulturas espaciadas y sin adornos, partidas fuertes, guarismos abultados, cifras de un laconismo aterrador.
Cercas de palos largas y estrechas limitaban estas zanjas rellenas de carne. La tierra blanqueaba como si tuviese nieve ó salitre. Era la cal revuelta con los terrones. La cruz llevaba en su tablilla la indicación de que la tumba contenía alemanes, y á continuación un número: 200... 300... 400.
Estas cifras obligaban á Desnoyers á realizar un esfuerzo imaginativo. Se decían prontamente, pero no era fácil evocar con exactitud la visión de trescientos muertos juntos, trescientos envoltorios de carne humana lívida y sangrienta, los correajes rotos, el casco abollado, las botas terminadas en bolas de fango, oliendo á tejidos rígidos en los que se inicia la descomposición, con los ojos vidriosos y tenaces, con el rictus del supremo misterio, alineándose en capas, lo mismo que si fuesen ladrillos, en el fondo de un zanjón que va á cerrarse para siempre... Y este fúnebre alineamiento se repetía á trechos por toda la inmensidad de la llanura.
Don Marcelo sintió una alegría feroz. Su paternidad doliente experimentaba el consuelo fugitivo de la venganza. Julio había muerto, y él iba á morir también, no pudiendo sobrellevar su desgracia; pero ¡cuántos enemigos consumiéndose en estos pudrideros que dejaban en el mundo seres amados que los recordasen, como él recordaba á su hijo!...
Se los imaginó tal como debían ser antes del momento de su muerte, tal como él los había visto en los avances de la invasión en torno de su castillo.