Los cuatro jinetes del apocalipsis

Chapter 32

Chapter 323,806 wordsPublic domain

Los dos experimentaron cierta emoción al pensar que el enemigo estaba á tan corta distancia, oculto en el suelo, en una invisibilidad misteriosa que aún le hacía más temible. ¡Si surgiese de pronto con la bayoneta calada, con la granada de mano, los líquidos incendiarios y las bombas asfixiantes para asaltar el reducto!...

Desde esta ventana percibieron con más intensidad el tiroteo de la primera línea. Los disparos parecían aproximarse. El comandante les hizo abandonar rudamente su observatorio: temía que se generalizase el fuego, llegando hasta allí. Los soldados, sin recibir órdenes, con la prontitud de la costumbre, se habían aproximado á sus fusiles, que estaban en posición horizontal asomando por las aspilleras.

Otra vez los visitantes marcharon uno tras de otro. Descendieron á cuevas que eran antiguas bodegas de casas desaparecidas. Los oficiales se habían instalado en estos antros, utilizando todos los residuos de la destrucción. Una puerta de calle sobre dos caballetes de troncos era una mesa. Las bóvedas y paredes estaban tapizadas con cretona de los almacenes de París. Fotografías de mujeres y niños adornaban las paredes entre el brillo niquelado de aparatos telegráficos y telefónicos.

Desnoyers vió sobre una puerta un Cristo de marfil, amarillento por los años, tal vez por los siglos: una imagen heredada de generación en generación, que debía haber presenciado muchas agonías... En otra cueva encontró, en lugar ostensible, una herradura de siete agujeros. Las creencias religiosas extendían sus alas con toda amplitud en este ambiente de peligro y de muerte, y al mismo tiempo adquirían nuevo valor las supersticiones más grotescas, sin que nadie osase reír de ellas.

Al salir de uno de los subterráneos, en mitad de un espacio descubierto, encontró á su hijo. Supo que era él por el gesto indicador del jefe, porque un militar avanzaba sonriente, tendiéndole las manos. El instinto de la paternidad, del que había hablado tantas veces como de algo infalible, no le avisó en la presente ocasión. ¿Cómo podía reconocer á Julio en este sargento cuyos pies era dos bolas de tierra mojada, con un capote descolorido y de bordes deshilachados, lleno de barro hasta los hombros, oliendo á paño húmedo y á correa?... Después del primer abrazo, echó la cabeza atrás para contemplarle, sin desprenderse de él. Su palidez morena había adquirido un tono bronceado. Llevaba la barba crecida, una barba negra y rizosa. Don Marcelo se acordó de su suegro. El centauro Madariaga se reconocería indudablemente en este guerrero endurecido por la vida al aire libre. Lamentó en el primer momento su aspecto sucio y fatigado; luego volvió á encontrarle más hermoso, más interesante que en sus épocas de gloria mundana.

--¿Qué necesitas?... ¿Qué deseas?

Su voz temblaba de ternura. Habló al combatiente tostado y robusto con la misma entonación que usaba veinte años antes, cuando se detenía ante los escaparates de Buenos Aires llevando á un niño de la mano.

--¿Quieres dinero?...

Había traído una cantidad importante para entregarla á su hijo. Pero el militar hizo un gesto de indiferencia, como si le ofreciese un juguete. Nunca había sido tan rico como en el momento presente. Tenía mucho dinero en París y no sabía qué hacer de él: de nada le servía.

--Envíeme cigarros... Son para mí y para los camaradas.

Recibía grandes paquetes de su madre llenos de víveres escogidos, de tabaco, de ropas. Pero él no guardaba nada; todo era poco para atender á sus compañeros, hijos de familias pobres ó que estaban solos en el mundo. Su munificencia se había extendido desde su grupo á la compañía, y de ésta á todo el batallón. Don Marcelo adivinó una popularidad simpática en las miradas y sonrisas de los soldados que pasaban junto á ellos. Era el hijo generoso de un millonario. Y esta popularidad le acarició á él igualmente al circular la noticia de que había llegado el padre del sargento Desnoyers, un potentado que poseía fabulosas riquezas al otro lado del mar.

--He adivinado tus deseos--continuó el viejo.

Y buscaba con la vista los sacos traídos desde el automóvil por las tortuosidades del camino subterráneo.

Todas las hazañas de su hijo ensalzadas y amplificadas por Argensola desfilaban ahora por su memoria. Tenía al héroe ante sus ojos.

--¿Estás contento?... ¿No te arrepientes de tu decisión?...

--Sí; estoy contento, papá... muy contento.

Julio habló sin jactancia, modestamente. Su vida era dura, pero igual á la de millones de hombres. En su sección, que sólo se componía de unas docenas de soldados, los había superiores á él por la inteligencia, por sus estudios, por su carácter. Y todos sobrellevaban animosamente la ruda prueba, experimentando la satisfacción del deber cumplido. Además, el peligro en común servía para desarrollar las más nobles virtudes de los hombres. Nunca en tiempo de paz había sabido como ahora lo que era el compañerismo. ¡Qué sacrificios tan hermosos había presenciado!

--Cuando esto termine, los hombres serán mejores... más generosos. Los que queden con vida podrán hacer grandes cosas.

Sí; estaba contento. Por primera vez paladeaba el goce de considerarse útil, la convicción de que servía para algo, de que su paso por el mundo no resultaría infructuoso. Se acordaba con lástima de aquel Desnoyers que no sabía cómo ocupar el vacío de su existencia y lo rellenaba con toda clase de frivolidades. Ahora tenía obligaciones que absorbían todas sus fuerzas; colaboraba en la formación del porvenir; era un hombre.

--Estoy contento--repitió.

El padre lo creía. Pero en un rincón de su mirada franca se imaginó ver algo doloroso, un recuerdo tal vez del pasado que persistía entre las emociones del presente. Cruzó por su memoria la gentil figura de la señora Laurier. Adivinó que su hijo aún se acordaba de ella. «¡Y no poder traérsela!...» El padre rígido del año anterior se contempló con asombro al formular mentalmente este deseo inmoral.

Pasaron un cuarto de hora sin soltarse las manos, mirándose en los ojos. Julio preguntó por su madre y por Chichí. Recibía cartas de ellas con frecuencia, pero esto no bastaba á su curiosidad. Rió al conocer la vida amplia y abundante de Argensola. Estas noticias que le alegraban venían de un mundo que sólo estaba á cien kilómetros en línea recta, pero tan lejano... ¡tan lejano!

De pronto notó el padre que le oía con menos atención. Sus sentidos, aguzados por una vida de alarmas y asechanzas, parecían apartarse de allí, atraídos por el tiroteo. Ya no eran disparos aislados. Se unían, formando un crepitamiento continuo.

Apareció el senador, que se había alejado para que el padre y el hijo hablasen con más libertad.

--Nos echan de aquí, amigo mío. No tenemos suerte en nuestras visitas.

Ya no pasaban soldados. Todos habían acudido á ocupar sus puestos, como en un buque que se prepara al combate. Julio tomó su fusil, que había dejado contra el talud. En el mismo instante saltó un poco de polvo encima de la cabeza de su padre; se formó un pequeño agujero en la tierra.

--Pronto, lejos de aquí--dijo empujando á don Marcelo.

En el interior de una trinchera cubierta fué la despedida, breve, nerviosa: «Adiós, papá.» Un beso, y le volvió la espalda. Deseaba correr cuanto antes al lado de los suyos.

Se había generalizado el fuego en toda la línea. Los soldados disparaban serenamente, como si cumpliesen una función ordinaria. Era un combate que surgía todos los días, sin saber ciertamente quién lo había iniciado, como una consecuencia del emplazamiento de dos masas armadas á corta, distancia, frente á frente. El jefe del batallón abandonó á sus visitantes temiendo una intentona de ataque.

Otra vez el oficial encargado de guiarles se puso á la cabeza de la fila y empezaron á desandar el camino tortuoso y resbaladizo.

El señor Desnoyers marchaba con la cabeza baja, colérico por esta intervención del enemigo que había cortado su dicha.

Ante sus ojos revoloteaba la mirada de Julio, su barba negra y rizosa, que era para él la mayor novedad del viaje. Oía su voz grave de hombre que ha encontrado un nuevo sentido á la vida.

--Estoy contento, papá... estoy contento.

El tiroteo, cada vez más lejano, le producía una dolorosa inquietud. Luego sintió una fe instintiva, absurda, firmísima. Veía á su hijo hermoso é inmortal como un dios. Tenía el presentimiento de que su vida saldría intacta de todos los peligros. Que muriesen otros era natural: ¡pero Julio!...

Mientras caminaba, alejándose de él, la esperanza parecía cantar en su oído. Y como un eco de sus gratas afirmaciones, el padre repitió mentalmente:

--No hay quien le mate. Me lo anuncia el corazón, que nunca me engaña... ¡No hay quien le mate!

IV

No hay quien le mate

Cuatro meses después, la confianza de don Marcelo sufrió un rudo golpe. Julio estaba herido. Pero al mismo tiempo que recibía la noticia con un retraso lamentable, Lacour le tranquilizó con sus averiguaciones en el Ministerio de la Guerra. El sargento Desnoyers era subteniente, su herida estaba casi curada, y gracias á las gestiones del senador vendría á pasar una quincena de convalecencia al lado de su familia.

--Un valiente, amigo mío--terminó diciendo el personaje--. He leído lo que dicen de él sus jefes. Al frente de su pelotón atacó á una compañía alemana; mató por su mano al capitán; hizo no sé cuántas hazañas más... Le han dado la Medalla Militar, lo han hecho oficial... Un verdadero héroe.

Y el padre, llorando de emoción, movía su cabeza temblorosamente, cada vez más envejecido y más entusiasta. Se arrepintió de su falta de fe en los primeros momentos, al recibir la noticia de la herida. Casi había creído que su hijo podía morir. ¡Un absurdo!... A Julio no había quien lo matase: se lo afirmaba el corazón.

Le vió entrar un día en su casa, entre gritos y espasmos de las mujeres. La pobre doña Luisa lloraba abrazada á él, colgándose de su cuello con estertores de emoción. Chichí le contempló grave y reflexiva, colocando la mitad de su pensamiento en el recién llegado, mientras el resto volaba lejos, en busca de otro combatiente. Las doncellas cobrizas se disputaron la abertura de un cortinaje, pasando por este hueco sus curiosas miradas de antílope.

El padre admiró el pequeño retazo de oro en las bocamangas del capotón gris con los faldones abrochados atrás, examinando después el casco azul obscuro de bordes planos adoptado por los franceses para la guerra de trincheras. El kepis tradicional había desaparecido. Un airoso capacete, semejante al de los arcabuceros de los tercios españoles, sombreaba el rostro de Julio. Se fijó igualmente en su barba corta y bien cuidada, distinta de la que él había visto en las trincheras. Iba limpio y acicalado por su reciente salida del hospital.

--¿No es verdad que se me parece?--dijo el viejo con orgullo.

Doña Luisa protestó, con la intransigencia que muestran las madres en materia de semejanzas.

--Siempre ha sido tu vivo retrato.

Al verle sano y alegre, toda la familia experimentó una repentina inquietud. Deseaban examinar su herida para convencerse de que no corría ningún peligro.

--¡Si no es nada!--protestó el subteniente--. Un balazo en un hombro. Los médicos temieron que perdiese el brazo izquierdo; pero todo ha quedado bien... No hay que acordarse.

Chichí revisó á Julio con los ojos, de pies á cabeza, descubriendo inmediatamente los detalles de su elegancia militar. El capote estaba rapado y sucio, las polainas arañadas, olía á paño sudado, á cuero, á tabaco fuerte; pero en una muñeca llevaba un reloj de platino y en la otra la medalla de identidad sujeta con una cadena de oro. Siempre había admirado al hermano por su buen gusto ingénito; y guardó en su memoria estos detalles para comunicarlos por escrito á René. Luego pensó en la conveniencia de sorprender á mamá con una demanda de empréstito para hacer por su cuenta un envío al artillero.

Don Marcelo contemplaba ante él quince días de satisfacción y de gloria. El subteniente Desnoyers no pudo salir solo á la calle. El padre rondaba por el recibimiento ante el casco que se exhibía en el perchero con un fulgor modesto y glorioso. Apenas Julio lo colocaba en su cabeza, surgía su progenitor, con sombrero y bastón, dispuesto á salir igualmente.

--¿Me permites que te acompañe?... ¿No te molesto?

Lo decía con tal humildad, con un deseo tan vehemente de ver admitido el ruego, que el hijo no osaba repeler su acompañamiento. Para callejear con Argensola tenía que escurrirse por la escalera de servicio y valerse de otras astucias de colegial.

Nunca el señor Desnoyers había marchado tan satisfecho por las calles de París como al lado de este mocetón con su capote de gloriosa vejez y el pecho realzado por dos condecoraciones: la Cruz de Guerra y la Medalla Militar. Era un héroe, y este héroe era su hijo. Las miradas simpáticas del público en los tranvías y en el ferrocarril subterráneo las aceptaba como un homenaje para ambos. Las ojeadas interesantes que las mujeres lanzaban al buen mozo le producían cierto cosquilleo de vanidad é inquietud. Todos los militares que encontraba, por más galones y cruces que ostentasen, le parecían «emboscados» indignos de compararse con Julio. Los heridos que descendían de los coches apoyándose en palos y muletas le inspiraban un sentimiento de lástima humillante para ellos. ¡Desgraciados!... No tenían la suerte de su hijo. A éste no había quien lo matase, y cuando por casualidad recibía una herida, sus vestigios se borraban inmediatamente, sin detrimento de la gallardía de su persona.

Algunas veces, especialmente por la noche, mostraba una inesperada magnanimidad, dejando que Julio saliese solo. Se acordaba de su juventud triunfadora en amores, que tantos éxitos había conseguido antes de la guerra. ¡Qué no obtendría ahora con su prestigio de soldado valeroso!... Paseando por su dormitorio antes de acostarse, se imaginaba al héroe en la amable compañía de una gran dama. Sólo una celebridad femenina era digna de él; su orgullo paternal no aceptaba menos... Y nunca se le podía ocurrir que Julio estaba con Argensola en un _music-hall_, en un cinematógrafo, gozando de las monótonas y simples diversiones del París ensombrecido por la guerra, con la simplicidad de gustos de un subteniente, y que en punto á éxitos amorosos su buena fortuna no iba más allá de la renovación de algunas amistades antiguas.

Una tarde, cuando marchaba á su lado por los Campos Elíseos, se estremeció viendo á una dama que venía en dirección contraria. Era la señora de Laurier... ¿La reconocería Julio? Creyó percibir que éste se tornaba pálido, volviendo los ojos hacia otras personas con afectada distracción. Ella siguió adelante, erguida, indiferente. El viejo casi se irritó ante tal frialdad. ¡Pasar junto á su hijo sin que el instinto le avisase su presencia! ¡Ah, las mujeres!... Volvió la cabeza para seguirla, pero inmediatamente tuvo que desistir de su atisbo. Había sorprendido á Margarita inmóvil detrás de ellos, con la palidez de la sorpresa, fijando una mirada profunda en el militar que se alejaba. Don Marcelo creyó leer en sus ojos la admiración, el amor, todo un pasado que resurgía de pronto en su memoria. ¡Pobre mujer!... Sintió por ella un cariño paternal, como si fuese la esposa de Julio. Su amigo Lacour había vuelto á hablarle del matrimonio Laurier. Sabía que Margarita iba á ser madre. Y el viejo, sin tener en cuenta la reconciliación de los esposos ni el paso del tiempo, se sintió emocionado por esta maternidad, como si su hijo hubiese intervenido en ella.

Mientras tanto, Julio seguía marchando, sin volver la cabeza, sin enterarse de esta mirada fija en su dorso, pálido y canturreando para disimular su emoción. Y nunca supo nada. Siguió creyendo que Margarita había pasado junto á él sin conocerle, pues el viejo guardó silencio.

Una de las preocupaciones de don Marcelo era conseguir que su hijo relatase el encuentro de guerra en que había sido herido. No llegaba visitante á su casa para ver al subteniente, sin que el viejo dejase de formular la misma petición:

--Cuéntanos cómo te hirieron... Explica cómo mataste al capitán alemán.

Julio se excusaba con visible molestia. Ya estaba harto de su propia historia. Por complacer á su padre había hecho el relato ante el senador, ante Argensola y Tchernoff en su estudio, ante otros amigos de la familia que habían venido á verle... No podía más.

Y era el padre el que acometía la narración por su propia cuenta, dándole el relieve y los detalles de un hecho visto con sus propios ojos.

Había que apoderarse de las ruinas de una refinería de azúcar enfrente de la trinchera. Los alemanes habían sido expulsados por el cañoneo francés. Era necesario un reconocimiento, guiado por un hombre seguro. Y los jefes habían designado, como siempre, al sargento Desnoyers.

Al romper el día, el pelotón había avanzado cautelosamente, sin encontrar obstáculo. Los soldados se esparcieron por las ruinas. Julio fué solo hasta el final de ellas, con el propósito de examinar las posiciones del enemigo, cuando, al dar vuelta á un ángulo de pared, tuvo el más inesperado de los encuentros. Un capitán alemán estaba frente á él. Casi habían chocado al doblar la esquina. Se miraron en los ojos, con más sorpresa que odio, al mismo tiempo que buscaban matarse por instinto, procurando cada uno ganar al otro en velocidad. El capitán había soltado la carta del país que llevaba en las manos. Su diestra buscó el revólver, forcejeando por sacarlo de la funda, sin apartar un instante su mirada del enemigo. Luego desistió, con la convicción de que este movimiento era inútil. Demasiado tarde. Sus ojos, desmesuradamente abiertos por la proximidad de la muerte, siguieron fijos en el francés. Este se había echado el fusil á la cara. Un tiro casi á quemarropa... y el alemán cayó redondo.

Sólo entonces se fijó en el ordenanza del capitán, que marchaba algunos pasos detrás de éste. El soldado disparó su fusil contra Desnoyers, hiriéndole en un hombro. Acudieron los franceses, matando al ordenanza. Luego cruzaron un vivo fuego con la compañía enemiga, que había hecho alto más allá mientras su jefe exploraba el terreno. Julio, á pesar de la herida, continuó al frente de su sección, defendiendo la fábrica contra fuerzas superiores, hasta que al fin llegaron auxilios y el terreno quedó definitivamente en poder de los franceses.

--¿No fué así, hijo mío?--terminaba don Marcelo.

El hijo asentía, deseoso de que acabase cuanto antes un relato molesto por su persistencia. Sí; así había sido. Pero lo que ignoraba su padre, lo que él no diría nunca, era el descubrimiento que había hecho después de matar al capitán.

Los dos hombres, al mirarse frente á frente durante un segundo que les pareció interminable, mostraron en sus ojos algo más que la sorpresa del encuentro y el deseo de suprimirse. Desnoyers conocía á aquel hombre. El capitán, por su parte, le conocía á él. Lo adivinó en su gesto... Pero cada uno de ellos, con la preocupación de matar para seguir viviendo, no podía reunir sus recuerdos.

Desnoyers hizo fuego con la seguridad de que mataba á una persona conocida. Luego, mientras dirigía la defensa de la posición aguardando la llegada de refuerzos, se le ocurrió la sospecha de que aquel enemigo cuyo cadáver estaba á poca distancia podía ser un individuo de su familia, uno de los Hartrott. Parecía, sin embargo, más viejo que sus primos y mucho más joven que su tío Karl. Este, con sus años, no iba á figurar como simple capitán de infantería.

Cuando, debilitado por la pérdida de sangre, pudo ser conducido á las trincheras, el sargento quiso ver el cuerpo de su enemigo. Sus dudas continuaron ante la faz empalidecida por la muerte. Los ojos, abiertos, parecían guardar aún la impresión de la sorpresa. Aquel hombre le conocía indudablemente; él también conocía aquella cara. ¿Quién era?... De pronto, con su imaginación vió el mar, vió un gran buque, una mujer alta y rubia que le miraba con los ojos entornados, un hombre fornido y bigotudo que hacía discursos imitando el estilo de su emperador. «Descansa en paz, capitán Erckmann.» Así habían venido á terminar, en un rincón de Francia, las discusiones entabladas en medio del Océano.

Se disculpó mentalmente, como si estuviese en presencia de la dulce Berta. Había tenido que matar para que no le matasen. Así es la guerra. Intentó consolarse pensando que Erckmann tal vez había caído sin identificarle, sin saber que su matador era el compañero de viaje de meses antes... Y guardó secreto en lo más profundo de su memoria este encuentro preparado por la fatalidad. Se abstuvo de comunicarlo á su amigo Argensola, que conocía los incidentes de la travesía atlántica.

Cuando menos lo esperaba, don Marcelo se encontró al final de aquella existencia de alegría y orgullo que le había proporcionado la presencia de su hijo. Quince días transcurren pronto. El subteniente se marchó, y toda la familia, después de este período de realidades, tuvo que volver á las caricias engañosas de la ilusión y la esperanza, aguardando la llegada de las cartas, haciendo conjeturas sobre el silencio del ausente, enviándole paquete tras paquete con todo lo que el comercio ofrecía para los militares: cosas útiles y absurdas.

La madre cayó en un gran desaliento. El viaje de Julio había servido para hacerla sentir con más intensidad su ausencia. Viéndole, escuchando aquellos relatos de muerte que el padre se complacía en repetir, se dió mejor cuenta de los peligros que rodeaban á su hijo. La fatalidad parecía avisarla con fúnebres presentimientos.

--Le van á matar--decía á su marido--. Esa herida es un aviso del cielo.

Al salir á la calle temblaba de emoción ante los soldados inválidos. Los convalecientes de aspecto enérgico, próximos á volver al frente, aún le inspiraban mayor lástima. Se acordó de un viaje á San Sebastián con su esposo, de una corrida de toros que le había hecho gritar de indignación y lástima, apiadada de la suerte de los pobres caballos. Quedaban con las entrañas colgando y eran sometidos en los corrales á una rápida cura, para volver á salir á la arena enardecidos por falsas energías. Repetidas veces aguantaban esta recomposición macabra, hasta que al fin llegaba la última cornada, la definitiva... Los hombres recién curados evocaban en ella la imagen de las pobres bestias. Algunos habían sido heridos tres veces desde el principio de la guerra y volvían remendados y galvanizados á someterse á la lotería de la suerte, siempre en espera del golpe supremo... ¡Ay, su hijo!

Desnoyers se indignaba oyendo á su esposa.

--¡Pero si á Julio no hay quien le mate!... Es mi hijo. Yo he pasado en mi juventud por terribles peligros. También me hirieron en las guerras del otro mundo, y sin embargo, aquí me tienes cargado de años.

Los sucesos se encargaban de robustecer su fe ciega. Llovían desgracias en torno de la familia, entristeciendo á sus allegados, y ni una sola rozaba al intrépido subteniente, que insistía en sus hazañas con un desenfado heroico de mosquetero.

Doña Luisa recibió una carta de Alemania. Su hermana le escribía desde Berlín, valiéndose de un Consulado sudamericano en Suiza. Esta vez la señora Desnoyers lloró por alguien que no era su hijo: lloró por Elena y por los enemigos. En Alemania también había madres, y ella colocaba el sentimiento de la maternidad por encima de todas las diferencias patrióticas.