Los cuatro jinetes del apocalipsis

Chapter 16

Chapter 163,838 wordsPublic domain

--Es verdad... Usted es extranjero.

Lo decían con cierta envídia. Pensaban sin duda en los individuos amados que arrostraban á aquellas horas las privaciones y riesgos de la guerra... Pero su condición de extranjero creaba instantáneamente cierto alejamiento espiritual, una extrañeza que Julio no había conocido en los buenos tiempos, cuando las gentes se buscaban sin reparos de origen, sin experimentar la retracción del peligro que aisla y concentra á los grupos humanos.

Se despedían las damas con una sospecha maliciosa. ¿Qué hacía allí esperando? ¿Alguna nueva aventura que le deparaba su buena suerte?... Y la sonrisa de todas ellas tenía algo de grave: una sonrisa de personas mayores que conocen el verdadero significado de la vida y sienten conmiseración ante los ilusos que aún se entretienen con frivolidades.

A Julio le hacía daño esto, como si fuese una manifestación de lástima. Se lo imaginaban ejerciendo la única función de que era capaz; él no podía servir para otra cosa. En cambio, aquellas casquivanas, que aún guardaban algo de su antiguo exterior, parecían animadas por el gran sentimiento de la maternidad: una maternidad abstracta que abarcaba á todos los hombres de su nación, un deseo de sacrificarse, de conocer de cerca las privaciones de los humildes, de sufrir con el contacto de todas las miserias de la carne enferma.

Este mismo ardor lo sentía Margarita al salir de sus lecciones. Avanzaba de asombro en asombro, saludando como grandes maravillas científicas los primeros rudimentos de la cirugía. Se admiraba á sí misma por la avidez con que iba apoderándose de estos misterios, nunca sospechados hasta entonces. En ciertos momentos creía con graciosa inmodestia haber torcido la verdadera finalidad de su existencia.

--¡Quién sabe si nací para ser una gran doctora!--decía.

Su temor era que le faltase serenidad en el instante de llevar á la práctica sus nuevos conocimientos. Verse ante las hediondeces de la carne abierta, contemplar el chorreo de la sangre, resultaba horroroso para ella, que había experimentado siempre una repugnancia invencible ante las bajas necesidades de la vida ordinaria. Pero sus vacilaciones eran cortas: una energía varonil la animaba de pronto. Los tiempos eran de sacrificio. ¿No se arrancaban los hombres de todas las comodidades de una existencia sensual para seguir la ruda carrera del soldado?... Ella sería un soldado con faldas, mirando de frente el dolor, batallando con él, hundiendo sus manos en la putrefacción de la materia descompuesta, penetrando como una sonrisa de luz en los lugares donde gemían los soldados esperando la llegada de la muerte.

Repetía con orgullo á Desnoyers todos los progresos que realizaba en la escuela, los vendajes complicados que conseguía ajustar, unas veces sobre los miembros de un maniquí, otras sobre la carne de un empleado que se prestaba á fingir las actitudes de un falso herido. Ella, tan delicada, incapaz en su casa del menor esfuerzo físico, aprendía los procedimientos más hábiles para levantar del suelo un cuerpo humano cargándolo en sus espaldas. ¡Quién sabe si alguna vez prestaría sus servicios en los campos de batalla! Se mostraba dispuesta á los mayores atrevimientos, con la audacia ignorante de las mujeres cuando las empuja una ráfaga de heroísmo. Toda su admiración era para las _nurses_ del ejército inglés, damas enjutas, de nervioso vigor, que aparecían retratadas en los periódicos con pantalones, botas de montar y casco blanco.

Julio la oía con asombro. ¿Pero aquella mujer era realmente Margarita?... La guerra había borrado su graciosa frivolidad. Ya no marchaba como un pájaro. Sus pies se asentaban en el suelo con firmeza varonil, tranquila y segura de la nueva fuerza que se desarrollaba en su interior. Cuando una caricia de él le recordaba su condición de mujer, decía siempre lo mismo:

--¡Qué suerte que seas extranjero!... ¡Qué dicha verte libre de la guerra!

En su ansia de sacrificio, quería ir á los campos de batalla, y celebraba al mismo tiempo como una felicidad ver á su amante libre de los deberes militares. Este ilogismo no era acogido por Julio con gratitud; antes bien, le irritaba como una ofensa inconsciente.

«Cualquiera diría que me protege--pensaba--. Ella es el hombre, y se alegra de que la débil compañera, que soy yo, se halle á cubierto del peligro... ¡Qué situación tan grotesca!...»

Por fortuna, algunas tardes, al presentarse Margarita en el estudio, volvía á ser la misma de los tiempos pasados, haciéndole olvidar instantáneamente sus preocupaciones. Llegaba con la alegría del asueto que siente el colegial ó el empleado en los días libres. Al pesar obligaciones sobre ella, había conocido el valor del tiempo.

--Hoy no hay clase--gritaba al entrar.

Y arrojando su sombrero en un diván, iniciaba un paso de danza, huyendo con infantiles encogimientos de los brazos de su amante.

A los pocos minutos recobraba su serenidad, el gesto grave que era frecuente en ella desde el principio de las hostilidades. Hablaba de su madre, siempre triste, esforzándose por ocultar su pena y animada por la esperanza de una carta del hijo; hablaba de la guerra, comentando las últimas acciones con arreglo al retórico optimismo de los partes oficiales. Describía minuciosamente la primera bandera tomada al enemigo, como si fuese un traje de elegancia inédita. Ella la había visto en una ventana del Ministerio de la Guerra. Se enternecía al repetir los relatos de unos fugitivos belgas llegados á su hospital. Eran los únicos enfermos que había podido asistir hasta entonces. París no recibía aún heridos de guerra; por orden del gobierno los enviaban desde el frente á los hospitales del Sur.

Ya no oponía la resistencia de los primeros días á los deseos de Julio. Su aprendizaje de enfermera le daba cierta pasividad. Parecía despreciar las atracciones de la materia, despojándolas de la importancia espiritual que les había atribuído hasta poco antes. Se entregaba sin resistencia, sin deseo, con una sonrisa de tolerancia, satisfecha de poder dar un poco de felicidad, de la que ella no participaba. Su atención se había concentrado en otras preocupaciones.

Una tarde, estando en el dormitorio del estudio, sintió la necesidad de comunicar ciertas noticias que desde el día anterior llenaban su pensamiento. Saltó de la cama, buscando entre sus ropas en desorden el bolso de mano, que contenía una carta. Quería leerla una vez más, comunicar á alguien su contenido con el impulso irresistible que arrastra á la confesión.

Era una carta que su hermano le había enviado desde los Vosgos. Hablaba en ella de Laurier más que de su propia persona. Pertenecían á distinta batería, pero figuraban en la misma división y habían tomado parte en iguales combates. El oficial admiraba á su antiguo cuñado. ¡Quién habría podido adivinar un héroe futuro en aquel ingeniero tranquilo y silencioso!... Y sin embargo, era un verdadero héroe. Lo proclamaba el hermano de Margarita, y con él todos los oficiales que le habían visto cumplir su deber tranquilamente, arrostrando la muerte con la misma frialdad que si estuviese en su fábrica, cerca de París.

Solicitaba el puesto arriesgado de observador, deslizándose lo más cerca posible de los enemigos para vigilar la exactitud del tiro de la artillería, rectificándolo con sus indicaciones telefónicas. Un obús alemán había demolido la casa en cuyo techo estaba oculto. Laurier, al salir indemne de entre los escombros, reajustó su teléfono y fué tranquilamente á continuar el mismo trabajo en el ramaje de una arboleda cercana. Su batería, descubierta en un combate desfavorable por los aeroplanos enemigos, había recibido el fuego concentrado de la artillería de enfrente. En pocos minutos rodó por el suelo todo el personal: muerto el capitán y varios soldados, heridos los oficiales y casi todos los sirvientes de las piezas. Sólo quedó como jefe Laurier _el Impasible_--así lo apodaban sus camaradas--, y auxiliado por los pocos artilleros que se mantenían de pie, siguió disparando, bajo una lluvia de hierro y fuego, para cubrir la retirada de un batallón.

«Lo han citado dos veces en la orden del día--continuaba leyendo Margarita--. Creo que no tardará en conseguir la cruz. Es todo un valiente. ¡Quién lo hubiese creído hace unas semanas!...»

Ella no participaba de este asombro. Al vivir con Laurier había entrevisto muchas veces la firmeza de su carácter, el arrojo disimulado por su exterior apacible. Por algo la avisaba el instinto, haciéndole temer la cólera del marido en los primeros tiempos de su infidelidad. Recordaba el gesto de aquel hombre al sorprenderla una noche á la salida de la casa de Julio. Era de los apasionados que matan. Y sin embargo, no había intentado la menor violencia contra ella... El recuerdo de este respeto despertaba en Margarita un sentimiento de gratitud. Tal vez la había amado como ningún otro hombre.

Sus ojos, con un deseo irresistible de comparación, se fijaban en Desnoyers, admirando su gentileza juvenil. La imagen de Laurier, pesada y vulgar, acudía á su memoria como un consuelo. Era cierto que el oficial entrevisto por ella en la estación al despedir á su hermano no se parecía á su antiguo marido. Pero Margarita quiso olvidar al teniente pálido y de aire triste que había pasado ante sus ojos, para acordarse únicamente del industrial preocupado de las ganancias é incapaz de comprender lo que ella llamaba «las delicadezas de una mujer _chic_». Decididamente, Julio era más seductor. No se arrepentía de su pasado: no quería arrepentirse.

Y su egoísmo amoroso le hizo repetir una vez más las mismas exclamaciones:

--¡Qué suerte que seas extranjero!... ¡Qué alegría verte libre de los peligros de la guerra!

Julio sintió la irritación de siempre al oir esto. Le faltó poco para cerrar con una mano la boca de su amante. ¿Quería burlarse de él?... Era un insulto colocarlo aparte de los otros hombres.

Mientras tanto, ella, con el ilogismo de su aturdimiento, insistía en hablar de Laurier, comentando sus hazañas.

--No le quiero, no le he querido nunca. No pongas la cara triste. ¿Cómo puede compararse el pobre contigo?... Pero hay que reconocer que ofrece cierto interés en su nueva existencia. Yo me alegro de sus hazañas como si fuesen de un amigo viejo, de una visita de mi familia á la que no hubiese visto en mucho tiempo... El pobre merecía mejor suerte: haber encontrado una mujer que no fuese yo, una compañera al nivel de sus aspiraciones... Te digo que me da lástima.

Y esta lástima era tan intensa, que humedecía sus ojos, despertando en el amante la tortura de los celos.

De estas entrevistas salía Desnoyers malhumorado y sombrío.

--Sospecho que estamos en una situación falsa--dijo una mañana á Argensola--; la vida va á sernos cada vez más penosa. Es difícil permanecer tranquilo, siguiendo la misma existencia de antes, en medio de un pueblo que se bate.

El compañero creía lo mismo. También consideraba insufrible su existencia de extranjero joven en este París agitado por la guerra.

--Debe uno ir enseñando los papeles á cada instante para que la policía se convenza de que no ha encontrado á un desertor. En un vagón del Metro tuve que explicar la otra tarde que era español á unas muchachas que se extrañaban de que no estuviese en el frente... Una de ellas, luego de conocer mi nacionalidad, me preguntó con sencillez por qué no me ofrecía como voluntario... Ahora han inventado una palabra: «emboscado». Estoy harto de las miradas irónicas con que acogen mi juventud en todas partes; me da rabia que me tomen por un francés «emboscado».

Una ráfaga de heroísmo sacudía al impresionable bohemio. Ya que todos iban á la guerra, él quería hacer lo mismo. No sentía miedo á la muerte: lo único que le aterraba era la servidumbre militar, el uniforme, la obediencia mecánica á toque de trompeta, la supeditación ciega á los jefes. Batirse no ofrecía para él dificultades, pero libremente ó mandando á otros, pues su carácter se encabritaba ante todo lo que significase disciplina. Los grupos extranjeros de París intentaban organizar cada uno su legión de voluntarios, y él proyectaba igualmente la suya: un batallón de españoles é hispanoamericanos, reservándose, naturalmente, la presidencia del comité organizador y luego la comandancia del cuerpo.

Había lanzado anuncios en los periódicos: lugar de inscripción, el estudio de la _rue de la Pompe_. En diez días se habían presentado dos voluntarios: un oficinista, resfriado en pleno verano, que exigía ser oficial porque llevaba chaqué, y un tabernero español que á las primeras palabras quiso despojar de su comandancia á Argensola con el fútil pretexto de haber sido soldado en su juventud, mientras el otro sólo era un pintor. Veinte batallones españoles se iniciaban al mismo tiempo con igual éxito en distintos lugares de París. Cada entusiasta quería ser jefe de los demás, con la soberbia individualista y la repugnancia á la disciplina propias de la raza. Al fin, los futuros caudillos, faltos de soldados, buscaban inscribirse como simples voluntarios... pero en un regimiento francés.

--Yo espero á ver qué hacen los Garibaldi--dijo Argensola modestamente--. Tal vez me vaya con ellos.

Este nombre glorioso le hacía tolerable la servidumbre guerrera. Pero luego vacilaba: tendría de todos modos que obedecer á alguien en este cuerpo de voluntarios, y él era rebelde á una obediencia que no fuese precedida de largas discusiones... ¿Qué hacer?

--Ha cambiado la vida en medio mes--- continuó--. Parece que hayamos caído en otro planeta: nuestras habilidades antiguas carecen de sentido. Otros pasan á las primeras filas, los más humildes y obscuros, los que ocupaban antes el último término. El hombre refinado y de complicaciones espirituales se ha hundido, quién sabe por cuántos años... Ahora sube á la superficie como triunfador el hombre simple, de ideas limitadas, pero firmes, que sabe obedecer. Ya no estamos de moda.

Desnoyers asintió. Así era: ya no estaban de moda. El podía afirmarlo, que había conocido la notoriedad y pasaba ahora como un desconocido entre las mismas gentes que le admiraban meses antes.

--Tu reino ha terminado--dijo Argensola riendo--. De nada te sirve ser buen mozo. Yo, con un uniforme y una cruz en el pecho, te vencería ahora en una rivalidad amorosa. El oficial únicamente hace soñar en tiempos de paz á las señoritas de provincias. Pero estamos en guerra, y toda mujer tiene despierto el entusiasmo ancestral que sintieron sus remotas abuelas por la bestia agresiva y fuerte... Las grandes damas que hace meses complicaban sus deseos con sutilezas psicológicas, admiran ahora al militar con la misma sencillez de la criada que busca al soldado de línea. Sienten ante el uniforme el entusiasmo humilde y servil de las hembras de animalidad inferior ante las crestas, melenas y plumajes de sus machos peleadores. ¡Ojo, maestro!... Hay que seguir el nuevo curso del tiempo ó resignarse á perecer obscuramente: el tango ha muerto.

Y Desnoyers pensó que, efectivamente, eran dos seres que estaban al margen de la vida. Esta había dado un salto, cambiando de cauce. No quedaba lugar en la nueva existencia para aquel pobre pintor de almas y para él, héroe de una vida frívola, que había alcanzado de cinco á siete de la tarde los triunfos más envidiados por los hombres.

III

La retirada

La guerra había extendido uno de sus tentáculos hasta la avenida Víctor Hugo. Era una guerra sorda, en la que el enemigo, blando, informe, gelatinoso, parecía escaparse de entre las manos para reanudar un poco más allá sus hostilidades.

--Tengo á Alemania metida en casa--decía Marcelo Desnoyers.

Alemania era doña Elena, la esposa de von Hartrott. ¿Por qué no se la había llevado su hijo, aquel profesor de inaguantable insuficiencia, que él consideraba ahora como un espía?... ¿Por qué capricho sentimental había querido permanecer al lado de su hermana, perdiendo la oportunidad de regresar á Berlín antes de que se cerrasen las fronteras?...

La presencia de esta mujer era para él un motivo de remordimientos y alarmas. Afortunadamente, los criados, el _chauffeur_, todos los de la servidumbre masculina, estaban en el ejército. Las dos _chinas_ recibieron una orden con tono amenazante. Mucho cuidado al hablar con las otras criadas francesas; ni la menor alusión á la nacionalidad del marido de doña Elena y al domicilio de su familia. Doña Elena era argentina... Pero á pesar del silencio de las doncellas, don Marcelo temía alguna denuncia del patriotismo exaltado, que se dedicaba con incansable fervor á la caza de espías, y que la hermana de su mujer se viese confinada en un campo de concentración como sospechosa de tratos con el enemigo.

La señora von Hartrott correspondía mal á estas inquietudes. En vez de guardar un discreto silencio, introducía la discordia en la casa con sus opiniones.

Durante los primeros días de la guerra se mantuvo encerrada en su cuarto, reuniéndose con la familia solamente cuando la llamaban al comedor. Con los labios fruncidos y la mirada perdida se sentaba á la mesa, fingiendo no escuchar los desbordamientos verbales del entusiasmo de don Marcelo. Este describía las salidas de tropas, las escenas conmovedoras en calles y estaciones, comentando con un optimismo incapaz de duda las primeras noticias de la guerra. Dos cosas consideraba por encima de toda discusión. La bayoneta era el secreto del francés, y los alemanes sentían un estremecimiento de pavor ante su brillo, escapando irremediablemente. El cañón de 75 se había acreditado como una joya única. Sólo sus disparos eran certeros. La artillería enemiga le inspiraba lástima, pues si alguna vez daba en el blanco casualmente, sus proyectiles no llegaban á estallar... Además, las tropas francesas habían entrado victoriosas en Alsacia: ya eran suyas varias poblaciones.

--Ahora no es como en el 70--decía, blandiendo el tenedor ó agitando la servilleta.--. Los vamos á llevar á patadas al otro lado del Rhin. ¡A patadas!... ¡eso es!

Chichí asentía con entusiasmo, mientras doña Elena elevaba sus ojos como si protestase silenciosamente ante alguien que estaba oculto en el techo, poniéndolo por testigo de tantos errores y blasfemias.

Doña Luisa iba á buscarla después en el retiro de su habitación, creyéndola necesitada de consuelo por vivir lejos de los suyos. «La romántica» no mantenía su digno silencio ante esta hermana que siempre había acatado su instrucción superior. Y la pobre señora quedaba aturdida por el relato que le iba haciendo de las fuerzas enormes de Alemania, con toda su autoridad de esposa de un gran patriota germánico y madre de un profesor casi célebre. Los millones de hombres surgían á raudales de su boca; luego desfilaban los cañones á millares, los morteros monstruosos, enormes como torres. Y sobre estas inmensas fuerzas de destrucción aparecía un hombre que valía por sí solo un ejército, que lo sabía todo y lo podía todo, hermoso, inteligente é infalible como un dios: el emperador.

--Los franceses ignoran lo que tienen enfrente--- continuaba doña Elena--. Los van á aniquilar. Es asunto de un par de semanas. Antes que termine Agosto, el emperador habrá entrado en París.

Impresionada la señora Desnoyers por estas profecías, no podía ocultarlas á su familia. Chichí se indignaba contra la credulidad de la madre y el germanismo de su tía. Un enardecimiento belicoso se había apoderado del antiguo «peoncito». ¡Ay, si las mujeres pudiesen ir á la guerra!... Se veía de jinete en un regimiento de dragones, cargando al enemigo con otras amazonas tan arrogantes y hermosotas como ella. Luego, la afición al patinaje predominaba sobre sus gustos de cabalgadora, y quería ser cazador alpino, «diablo azul» de los que se deslizan sobre largos patines, con la carabina en la espalda y el _alpenstock_ en la diestra, por las nevadas pendientes de los Vosgos.

Pero el gobierno despreciaba á las mujeres, y ella no podía obtener otra participación en la guerra que la de admirar el uniforme de su novio René Lacour, convertido en soldado. El hijo del senador ofrecía un lindo aspecto. Alto, rubio, de una delicadeza algo femenil que recordaba á la difunta madre, René era un «soldadito de azúcar» en opinión de su novia. Chichí experimentaba cierto orgullo al salir á la calle al lado de este guerrero, encontrando que al uniforme había aumentado las gracias de su persona. Pero una contrariedad fué nublando poco á poco su alegría. El príncipe senatorial no era mas que soldado raso. Su ilustre padre, por miedo á que la guerra cortase para siempre la dinastía de los Lacour, preciosa para el Estado, lo había hecho agregar á los servicios auxiliares del ejército. De este modo, Lacour (hijo) no saldría de París. Pero en tal situación, era un soldado igual á los que amasan panes ó remiendan capotes. Únicamente yendo al frente de la guerra, su calidad de alumno de la Escuela Central podía, hacer de él un subteniente agregado á la artillería de reserva.

--¡Qué felicidad que te quedes en París! ¡Cuánto me gusta que seas simple soldado!...

Y al mismo tiempo que Chichí decía esto, pensaba con envidia en sus amigas cuyos novios y hermanos eran oficiales. Ellas podían salir á la calle escoltadas por un kepis galoneado que atraía las miradas de los transeuntes y los saludos de los inferiores.

Cada vez que doña Luisa, aterrada por los vaticinios de su hermana, pretendía comunicar su pavor á la hija, ésta se revolvía furiosa:

--¡Mentiras de la tía!... Como su marido es alemán, todo lo ve á gusto de sus deseos. Papá sabe más; el padre de René está mejor enterado de las cosas. Les vamos á largar la gran paliza. ¡Qué gusto que golpeen á mi tío de Berlín y á todos mis primos, tan pretenciosos!...

--Cállate--gemía la madre--. No digas disparates. La guerra te ha vuelto loca como á tu padre.

La buena señora se escandalizaba al escuchar la explosión de sus salvajes deseos siempre que hacía memoria del emperador. En tiempo de paz, Chichí había admirado algo á este personaje «Es guapo--decía--pero con una sonrisa muy ordinaria.» Ahora todos sus odios los concentraba en él. ¡Las mujeres que lloraban por su culpa á aquellas horas! ¡Las madres sin hijos, las mujeres sin esposo, los pobres niños abandonados ante las poblaciones en llamas!... ¡Ah, mal hombre!... Surgía en su diestra el antiguo cuchillo de «peoncito», una daga con puño de plata y funda cincelada, regalo del abuelo, que había exhumado de entre los recuerdos de su infancia, olvidados en una maleta. El primer alemán que se acercase á ella estaba condenado á muerte. Doña Luisa se aterraba viéndola blandir el arma ante el espejo de su tocador. Ya no quería ser soldado de caballería ni «diablo azul». Se contentaba con que la dejasen en un espacio cerrado, frente al monstruo odioso. En cinco minutos resolvería ella el conflicto mundial.

--¡Defiéndete, _boche_!--gritaba poniéndose en guardia, como lo había visto hacer en su niñez á los peones de la estancia.

Y con una cuchillada de abajo á arriba echaba al aire las majestáticas entrañas. Acto seguido resonaba en su cerebro una aclamación, el suspiro gigantesco de millones de mujeres que se veían libres de la más sangrienta de las pesadillas gracias á ella, que era Judith, Carlota Corday, un resumen de todas las hembras heroicas que mataron por hacer el bien. Su furia salvadora le hacía continuar puñal en mano la imaginaria matanza. ¡Segundo golpe!: el príncipe heredero rodando por un lado y su cabeza por otro. ¡Una lluvia de cuchilladas!: todos los generales invencibles de que hablaba su tía huyendo con las tripas en las manos, y á la cola de ellos, como lacayo adulador que recibía igualmente su parte, el tío de Berlín... ¡Ay, si se le presentase ocasión para realizar sus deseos!

--Estás loca--protestaba la madre--: loca de remate. ¿Cómo puede decir eso una señorita?...

Doña Elena, al sorprender fragmentariamente estos delirios de su sobrina, elevaba los ojos al cielo, absteniéndose en adelante de comunicarle sus opiniones, que reservaba enteras para la madre.