Los cuatro jinetes del apocalipsis
Chapter 15
Otros llegaban sueltos, despegados de sus compañeros, pero no por esto iban solos. El fusil colgaba de uno de sus hombros, las espaldas estaban abrumadas por la joroba de la mochila, las piernas rojas salían y se ocultaban entre las alas vueltas del capote azul, la pipa humeaba bajo la visera del kepis. Delante de uno de ellos caminaban cuatro niños, alineados por orden de estatura. Volvían la cabeza para admirar al padre, súbitamente engrandecido por los arreos militares. A su lado marchaba la compañera, afable y sumisa, lo mismo que en las primeras semanas de relaciones, sintiendo en su alma simple un reflorecimiento de amor, una primavera extemporánea, nacida al contacto del peligro. El hombre, obrero de París que tal vez cantaba un mes antes la _Internacional_, pidiendo la desaparición de los ejércitos y la fraternidad de todos los humanos, iba ahora en busca de la muerte. Su mujer contenía los sollozos y le admiraba. El cariño y la conmiseración le hacían insistir en sus recomendaciones. En la mochila había puesto los mejores pañuelos, los pocos víveres que guardaba en casa, todo el dinero. Su hombre no debía inquietarse por ella y los hijos. Saldrían del mal paso como pudiesen. El gobierno y las buenas almas se encargarían de su suerte.
El soldado bromeaba ante el talle algo deforme de su mujer, saludando al ciudadano próximo á surgir, anunciándole un nacimiento en plena victoria. Un beso á la compañera, un cariñoso repelón á la prole, y luego se unió con los camaradas... Nada de lágrimas. ¡Valor!... ¡Viva Francia!
Las recomendaciones de los que se marchaban eran oídas. Nadie lloraba. Pero al desaparecer el último pantalón rojo, muchas manos se agarraron convulsas á los hierros de la verja, muchos pañuelos fueron mordidos con rechinamiento de dientes, muchas cabezas se ocultaron bajo el brazo con estertor angustioso.
Y el señor Desnoyers envidió estas lágrimas.
La vieja, al perder en su arrugada mano el contacto de la diestra del hijo, se volvió hacia donde creía que estaba el país hostil, agitando los brazos con furor homicida:
--¡Ah, bandido!... ¡Bandido!
Volvía á ver con la imaginación el rostro tantas veces contemplado en las páginas ilustradas de los periódicos: unos bigotes de insolente alborotamiento; una boca con dentadura de lobo, que reía... reía como debieron reir los hombres de la época de las cavernas.
Y el señor Desnoyers envidió esta cólera.
II
Vida nueva
Cuando Margarita pudo volver al estudio de la _rue de la Pompe_, Julio, que vivía en perpetuo mal humor, viéndolo todo con sombríos colores, se sintió animado por un optimismo repentino.
La guerra no iba á ser tan cruel como se la imaginaban todos al principio. Diez días iban transcurridos, y empezaba á hacerse menos visible el movimiento de tropas. Al disminuir el número de hombres en las calles, la población femenina parecía haber aumentado. Las gentes se quejaban de escasez de dinero; los Bancos seguían cerrados para el pago. En cambio, la muchedumbre sentía una necesidad de gastos extraordinarios para acaparar víveres. El recuerdo del 70, con las crueles escaseces del sitio, atormentaba las imaginaciones. Había estallado una guerra con el mismo enemigo, y á todos les parecía lógico la repetición de iguales accidentes. Los almacenes de comestibles se veían asediados por las mujeres, que hacían acopio de alimentos rancios á precios exorbitantes, para guardarlos en sus casas. El hambre futura producía mayor espanto que los peligros inmediatos.
Estas eran para Desnoyers todas las transformaciones que la guerra había realizado en torno de él. Las gentes acabarían por acostumbrarse á la nueva existencia. La humanidad posee una fuerza de adaptación que le permite amoldarse á todo para continuar subsistiendo. El esperaba continuar su vida como si nada hubiese ocurrido. Bastaba para esto que Margarita siguiese fiel á su pasado. Juntos verían deslizarse los acontecimientos con la cruel voluptuosidad del que contempla una inundación, sin riesgo alguno, desde una altura inaccesible.
Esta calma de testigo egoísta de los sucesos se la había inspirado Argensola.
--Seamos neutros--afirmaba el bohemio--. Neutralidad no significa indiferencia. Gocemos del gran espectáculo, ya que en toda nuestra vida volverá á ofrecerse otro semejante.
Lástima que la guerra les pillase con tan poco dinero... Argensola odiaba á los Bancos más aún que á los Imperios centrales, distinguiendo con una antipatía especial al establecimiento de crédito que demoraba el pago del cheque de Julio. ¡Tan hermoso que habría sido presenciar los acontecimientos con toda clase de comodidades, gracias á esta enorme cantidad!... Para remediar las penurias domésticas volvía á impetrar el auxilio de doña Luisa. La guerra había debilitado las precauciones de don Marcelo, y la familia vivía ahora en un descuido generoso. La madre, á imitación de otras dueñas de casa, hacía provisiones para meses y meses, adquiriendo cuantos víveres podía encontrar. El se aprovechó de esto, menudeando sus visitas á la casa de la avenida Víctor Hugo, para descender por la escalera de servicio grandes paquetes que engrosaban las provisiones del estudio.
Todas las alegrías de una buena ama de llaves las conoció al contemplar los tesoros guardados en su cocina: grandes latas de carne en conserva, pirámides de botes, sacos de legumbres secas. Tenía allí para el mantenimiento de una larga familia. Además, la guerra le había servido de pretexto para hacer nuevas visitas á la bodega de don Marcelo.
--Pueden venir--decía con gesto heroico al pasar revista á su almacén--. Pueden venir cuando quieran. Estamos preparados para hacerles frente.
El cuidado y aumento de sus víveres y la averiguación de noticias eran las dos funciones que ocupaban su existencia. Necesitaba adquirir diez, doce, quince periódicos por día: unos porque eran reaccionarios, y á él le entusiasmaba la novedad de ver unidos á todos los franceses; otros porque, siendo radicales, debían estar mejor enterados de las noticias recibidas por el gobierno. Aparecían á mediodía, á las tres, á las cuatro, á las cinco de la tarde. Media hora de retraso en el nacimiento de una hoja infundía grandes esperanzas en el público, que se imaginaba encontrar noticias estupendas. Todos se arrebataban los últimos suplementos; todos llevaban los bolsillos repletos de papel, esperando con ansiedad nuevas publicaciones para adquirirlas. Y todas las hojas decían aproximadamente lo mismo.
Argensola percibió cómo se iba formando en su interior un alma simple, entusiasta y crédula, capaz de admitir las cosas más inverosímiles. Esta alma la adivinaba igualmente en todos los que vivían cerca de él. A veces, su antiguo espíritu de crítica parecía encabritarse; pero la duda era rechazada como algo deshonroso. Vivía en un mundo nuevo, y era natural que ocurriesen cosas extraordinarias que no podían medirse ni explicarse por el antiguo raciocinio. Y comentaba con alegría infantil los relatos maravillosos de los periódicos: combates de un pelotón de franceses ó de belgas con regimientos enteros de enemigos, poniéndolos en desordenada fuga; el miedo de los alemanes á la bayoneta, que les hacía correr como liebres apenas sonaba la carga; la ineficacia de la artillería germánica, cuyos proyectiles estallaban mal.
Era para él ordinario y lógico que la pequeña Bélgica venciese á la colosal Alemania: una repetición del encuentro de David y Goliat, con todas las metáforas é imágenes que este choque desigual había inspirado á través de los siglos. Como la mayor parte de la nación, tenía la mentalidad de un lector de libro de caballerías que se siente defraudado cuando el héroe, un hombre solo, no parte mil enemigos de un revés. Buscaba con predilección los periódicos más exagerados, los que publicaban más historias de encuentros sueltos, de acciones individuales, que nadie sabía con certeza dónde habían ocurrido.
La intervención de Inglaterra en los mares le hizo imaginar un hambre espantosa, fulminante, providencial, que martirizaba á los enemigos. A los diez días de bloqueo marítimo creía de buena fe que en Alemania vivía la gente como un grupo de náufragos sobre una balsa de tablones. Esto le hizo menudear sus visitas á la cocina, admirando emocionado sus paquetes de comestibles.
--¡Lo que darían en Berlín por mi tesoro!...
Nunca comió mejor Argensola. La consideración de las grandes carestías sufridas por el adversario espoleaban su apetito, dándole una capacidad monstruosa. El pan blanco, de corteza dorada y crujiente, le sumía en un éxtasis religioso.
--¡Si el amigo Guillermo pillase esto!--decía á su compañero.
Mascaba y tragaba con avidez; alimentos y líquidos, al pasar por su boca, adquirían un nuevo sabor raro y divino. El hambre ajena era para él un excitante, una salsa de interminable deleite.
Francia le inspiraba entusiasmo, pero á Rusia le concedía mayor crédito. ¡Ah, los cosacos!... Hablaba de ellos como de íntimos amigos. Describía los terribles jinetes de galope vertiginoso, impalpables como fantasmas, y tan terribles en su cólera, que el adversario no podía mirarlos de frente. En la portería de su casa y en varios establecimientos de la calle le escuchaban con todo el respeto que merece un señor que, por ser extranjero, puede hablar mejor que otros de las cosas extranjeras.
--Los cosacos ajustarán las cuentas á esos bandidos--terminaba diciendo con absoluta seguridad--. Antes de un mes habrán entrado en Berlín.
Y su público, compuesto en gran parte de mujeres, esposas ó madres de los que habían partido á la guerra, aprobaba modestamente, con el deseo irresistible que todos sentimos de colocar nuestras esperanzas en algo lejano y misterioso. Los franceses defenderían el país, reconquistando además los territorios perdidos; pero eran los cosacos los que iban á dar el golpe de gracia, aquellos cosacos de que hablaban todos y muy pocos habían visto.
El único que los conocía de cerca era Tchernoff, y con gran escándalo de Argensola escuchaba sus palabras sin mostrar entusiasmo. Los cosacos eran para él un simple cuerpo del ejército ruso. Buenos soldados, pero incapaces de realizar los milagros que todos les atribuían.
--¡Ese Tchernoff!--exclamaba Argensola--. Como odia al zar, encuentra malo todo lo de su país. Es un revolucionario fanático... y yo soy enemigo de todos los fanatismos.
Julio escuchaba con distracción las noticias de su compañero, los artículos vibrantes recitados con tono declamatorio, los planes de campaña que discurría ante un mapa enorme fijo en una pared del estudio y erizado de banderitas que marcaban las situaciones de los ejércitos beligerantes. Cada periódico obligaba al español á realizar una nueva danza de alfileres en el mapa, seguida de comentarios de un optimismo á prueba de bomba.
--Hemos entrado en Alsacia: ¡muy bien!... Parece que ahora abandonamos Alsacia: ¡perfectamente! Adivino la causa. Es para volver á entrar por un sitio mejor, pillando al enemigo por la espalda... Dicen que Lieja ha caído. ¡Mentira!... Y si cae, no importa. Un incidente nada más. Quedan los otros... ¡los otros! que avanzan por el lado oriental y van á entrar en Berlín.
Las noticias del frente ruso eran las preferidas por él; pero quedaba en suspenso cada vez que buscaba en la carta los nombres enrevesados de aquellos lugares donde efectuaban sus hazañas los admirados cosacos.
Mientras tanto, Julio continuaba el curso de sus pensamientos. ¡Margarita!... Había vuelto al fin, y sin embargo parecía vivir cada vez más alejada de él...
En los primeros días de la movilización rondó por las inmediaciones de su casa, creyendo engañar su deseo con esta aproximación ilusoria. Margarita le había escrito para recomendarle la calma. ¡Feliz él, que por ser extranjero no sufriría las consecuencias de la guerra! Su hermano, oficial de artillería de reserva, iba á partir de un momento á otro. La madre, que vivía con este hijo soltero, había mostrado á última hora una serenidad asombrosa, después de llorar mucho en los días anteriores, cuando la guerra era todavía problemática. Ella misma preparó el equipaje del soldado, para que la pequeña maleta contuviese todo lo que es indispensable en la vida de campaña. Pero Margarita adivinaba el suplicio interior de la pobre señora y su lucha para que no se revelase exteriormente en la humedad de sus ojos, en la nerviosidad de sus manos. Le era imposible abandonar á su madre un solo momento... Luego había sido la despedida. «¡Adiós, hijo mío! Cumple tu deber, pero sé prudente.» Ni una lágrima, ni un desfallecimiento. Toda la familia se había opuesto á que le acompañase hasta el ferrocarril. Su hermana iría con él. Y al regresar Margarita á la casa la había encontrado en un sillón, rígida, con el gesto hosco, eludiendo nombrar á su hijo, hablando de las amigas que también enviaban los suyos á la guerra, como si únicamente ellas conociesen este tormento. «¡Pobre mamá! Debo acompañarla, ahora más que nunca... Mañana, si puedo, iré á verte.»
Al fin volvió á la _rue de la Pompe_. Su primer cuidado fué explicar á Julio la modestia de su traje _tailleur_, la ausencia de joyas en el adorno de su persona. «La guerra, amigo mío. Ahora lo _chic_ es amoldarse á las circunstancias, ser sobrios y modestos como soldados. ¡Quién sabe lo que nos espera!» La preocupación del vestido la acompañaba en todos los momentos de su existencia.
Julio notó en ella una persistente distracción. Parecía que su espíritu abandonaba el encierro de su cuerpo, vagando á enormes distancias. Sus ojos le miraban, pero tal vez no le veían. Hablaba con voz lenta, como si cada palabra la sometiese á previo examen, temiendo traicionar algún secreto. Este alejamiento espiritual no impidió, sin embargo, la aproximación física. Fueron uno del otro, con el irresistible choque de las atracciones materiales. Ella se entregó voluntariamente, resbalando por la suave cuesta de la costumbre; pero al recobrar la serenidad mostró un vago remordimiento. «¿Estará bien lo que hacemos?... ¿No es inoportuno continuar la misma existencia cuando tantas desgracias van á caer sobre el mundo?» Julio repelió estos escrúpulos.
--¡Pero si vamos á casarnos tan pronto como podamos!... ¡Si somos lo mismo que marido y mujer!
Ella contestó con un gesto de extrañeza y desaliento. ¡Casarse!... Diez días antes no deseaba otra cosa. Ahora sólo de tarde en tarde surgía en su memoria la posibilidad del matrimonio. ¡Para qué pensar en sucesos remotos é inseguros! Otros más inmediatos ocupaban su ánimo.
La despedida de su hermano en la estación era una escena que se había fijado en su memoria. Al ir al estudio se proponía no acordarse de ella, presintiendo que podía molestar á su amante con este relato. Y bastó que se jurase el silencio para sentir una necesidad irresistible de contarlo todo.
No había sospechado jamás que amase tanto á su hermano. Su cariño fraternal iba unido á un ligero sentimiento de celos porque mamá prefería al hijo mayor. Además, él era quien había presentado á Laurier en la casa: los dos tenían el diploma de ingenieros industriales y marchaban unidos desde la escuela... Pero al verle Margarita próximo á partir, había reconocido de pronto que este hermano, considerado siempre en segundo término, ocupaba un lugar preferente en su cariño.
--¡Estaba tan guapo, tan interesante, con su uniforme de teniente!... Parecía otro. Te confieso que yo iba con orgullo al lado de él, apoyada en su brazo. Nos tomaban por casados. Al verme llorar, unas pobres mujeres intentaron consolarme. «¡Valor, madama!... Su marido volverá.» Y él reía con estas equivocaciones. Únicamente mostraba tristeza al acordarse de nuestra madre.
Se habían separado en la puerta de la estación. Los centinelas no dejaban ir más adelante. Ella le entregó su sable, que había querido llevar hasta el último momento.
--Es hermoso ser hombre--dijo con entusiasmo--. Me gustaría vestir un uniforme, ir á la guerra, servir para algo.
No quiso hablar más, como si de pronto se diese cuenta de la inoportunidad de sus últimas palabras. Tal vez notó una crispación en el rostro de Julio.
Pero estaba excitada por el recuerdo de aquella despedida, y después de una larga pausa no pudo resistirse al deseo de seguir exteriorizando su pensamiento.
En la entrada de la estación, mientras besaba por última vez á su hermano, había tenido un encuentro, una gran sorpresa. El había llegado, vestido igualmente de oficial de artillería, pero solo, teniendo que confiar su maleta á un hombre de buena voluntad salido de la muchedumbre.
Julio hizo un gesto de interrogación. ¿Quién era él? Lo sospechaba, pero fingió ignorancia, como si temiese conocer la verdad.
--Laurier--contestó ella lacónicamente--. Mi antiguo marido.
El amante mostró una ironía cruel. Era un acto cobarde denigrar á este hombre que había marchado á cumplir su deber. Reconoció su vileza, pero un instinto maligno é irresistible le hizo insistir en sus burlas, para rebajarlo ante Margarita. ¡Laurier militar!... Debía ofrecer un aspecto ridículo vestido de uniforme.
--¡Laurier guerrero!--continuó con una voz sarcástica que le extrañaba, como si procediese de otro--. ¡Pobre hombre!...
Ella dudó en su respuesta por no contrariar á Desnoyers. Pero la verdad pudo más en su ánimo, y dijo con simplicidad:
--No... no tenía mal aspecto. Era otro. Tal vez el uniforme; tal vez su tristeza al marchar solo, completamente solo, sin una mano que estrechase la suya. Yo tardé en conocerle. Al ver á mi hermano se aproximó; pero luego, viéndome á mí, siguió adelante... ¡Pobre! ¡Me da lástima!
Su instinto femenil debió indicarle que hablaba demasiado, y cortó bruscamente su charla. El mismo instinto le avisó igualmente por qué razón el rostro de Julio se ensombrecía y su boca tomaba el pliegue de una sonrisa amarga. Quiso consolarle, y añadió:
--Por suerte, tú eres extranjero y no irás á la guerra. ¡Qué horror si te perdiese!...
Lo dijo con sinceridad... Momentos antes envidiaba á los hombres, admirando la gallardía con que exponían su existencia, y ahora temblaba ante la idea de que su amante pudiera ser uno de ellos.
Este no agradeció su egoísmo amoroso, que lo colocaba aparte de los demás, como un ser delicado y frágil, apto únicamente para la adoración femenil. Prefería inspirar la envidia que había sentido ella al ver á su hermano cubierto de arreos belicosos. Le pareció que entre él y Margarita acababa de interponerse algo que no se derrumbaría nunca, que iría ensanchándose, repeliéndolos en dirección contraria... lejos... muy lejos, hasta donde no pudieran reconocerse al cruzar sus miradas.
Siguió tocando este obstáculo en las entrevistas sucesivas. Margarita extremaba sus palabras de cariño, mirándole con ojos húmedos. Sus manos acariciadoras parecían de madre más que de amante; su ternura iba acompañada de un desinterés y un pudor extraordinarios. Se quedaba obstinadamente en el estudio, evitando el pasar á las otras habitaciones.
--Aquí estamos bien... No quiero: es inútil. Tendría remordimientos... ¡Pensar en tales cosas en estos instantes!...
El ambiente estaba para ella saturado de amor; pero era un amor nuevo, un amor al hombre que sufre, un deseo de abnegación, de sacrificio. Este amor evocaba una imagen de blancas tocas, de manos trémulas curando la carne desgarrada y sangrienta.
Cada intento de posesión provocaba en Margarita una protesta vehemente y pudorosa, como si los dos se encontrasen por vez primera.
--Es imposible--decía--: pienso en mi hermano; pienso en tantos que conozco y tal vez á estas horas habrán muerto.
Llegaban noticias de combates; empezaba á correr en abundancia la sangre.
--No, no puedo--repetía ella.
Y cuando llegaba Julio á conseguir sus deseos, empleando la súplica ó la apasionada violencia, oprimía entre los brazos un ser falto de voluntad, que abandonaba una parte de su cuerpo insensible, mientras la cabeza seguía independientemente su trabajo mental.
Una tarde, Margarita le anunció que en adelante se verían con menos frecuencia. Tenía que asistir á sus clases: sólo le quedaban dos días libres.
Desnoyers la escuchó estupefacto. ¿Sus clases?... ¿Qué estudios eran los suyos?...
Ella pareció irritarse ante su gesto de burla... Sí; estaba estudiando; hacía una semana que asistía á clase. Ahora las lecciones iban á ser más continuas: se había organizado la enseñanza; los profesores eran más numerosos.
--Quiero ser enfermera. Sufro mucho al considerar mi inutilidad... ¿De qué he servido hasta ahora?...
Calló un momento, como si abarcase con la imaginación todo su pasado.
--A veces pienso--continuó--que la guerra, con todos sus horrores, tiene algo de bueno. Sirve para que seamos útiles á nuestros semejantes. Apreciemos la vida de un modo más serio; la desgracia nos hace comprender que hemos venido al mundo para algo... Yo creo que hay que amar la existencia no sólo por los goces que nos proporciona. Debe encontrarse una gran satisfacción en el sacrificio, en dedicarnos á los demás, y esta satisfacción, no sé por qué, tal vez por ser nueva, me parece superior á las otras.
Julio la miró con sorpresa, imaginándose lo que podía existir dentro de su cabecita adorada y frívola. ¿Qué se estaba formando más allá de su frente contraída por el movimiento rugoso de las ideas y que hasta entonces sólo había reflejado la ligera sombra de unos pensamientos veloces y aleteantes como pájaros?...
Pero la Margarita de antes vivía aún. La vió reaparecer con un mohín gracioso entre las preocupaciones que la guerra hacía crecer sobre las almas como follajes sombríos.
--Hay que estudiar mucho para conseguir el diploma de enfermera. ¿Te has fijado en el traje?... Es de lo más distinguido: el blanco va bien lo mismo á las rubias que á las morenas. Luego la toca, que permite los rizos sobre las orejas, el peinado de moda; y la capa azul sobre el uniforme, que ofrece un bonito contraste... Una mujer elegante puede realzar todo esto con joyas discretas y un calzado _chic_. Es una mezcla de monja y de gran dama que no sienta mal.
Iba á estudiar con verdadera furia para ser útil á sus semejantes... y vestir pronto el admirado uniforme.
¡Pobre Desnoyers!... La necesidad de verla y la falta de ocupación en unas tardes interminables que hasta entonces habían tenido más grato empleo le arrastraron á rondar por las cercanías de un palacio eternamente desocupado, donde acababa de instalar el gobierno la escuela de enfermeras. Al estar de plantón en una esquina, aguardando el revoloteo de una falda y el trotecito en la acera de unos pies femeniles, se imaginaba haber remontado el curso del tiempo y que aún tenía diez y ocho años, lo mismo que cuando esperaba en los alrededores de un taller de modisto célebre. Los grupos de mujeres que en horas determinadas salían de aquel palacio hacían aún más verosímil esta semejanza. Iban vestidas con rebuscada modestia: el aspecto de muchas de ellas resultaba más humilde que el de las obreras de la moda. Pero eran grandes damas. Algunas subían en automóviles cuyos _chauffeurs_ llevaban uniforme de soldado por ser vehículos ministeriales.
Estas largas esperas le proporcionaron inesperados encuentros con las alumnas elegantes que entraban y salían.
--¡Desnoyers!--exclamaban unas voces femeniles detrás de él--. ¿No es Desnoyers?...
Y se veía obligado á cortar la duda saludando á unas señoras que lo contemplaban como si fuese un aparecido. Eran amistades de una época remota, de seis meses antes; damas que le habían admirado y perseguido, confiándose á su sabiduría de maestro para atravesar los siete círculos de la ciencia del tango. Le examinaban como si entre el último encuentro y el minuto actual hubiese ocurrido un gran cataclismo transformador de todas las leyes de la existencia, como si fuese el único y milagroso superviviente de una humanidad totalmente desaparecida.
Todas acababan por hacer las mismas preguntas:
--¿No va usted á la guerra?... ¿Cómo es que no lleva uniforme?
Intentaba explicarse, pero á las primeras palabras le interrumpían: