Los cuatro jinetes del apocalipsis

Chapter 11

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--A estas horas, en Berlín todos aceptan la guerra, todos creen seguro el triunfo, ¡mientras que aquí!... No digo que los franceses sientan miedo. Tienen un pasado de bravura que los galvaniza en ciertos momentos. Pero están tristes, se adivina que harían cualquier sacrificio por evitar lo que se les viene encima. El pueblo gritará de entusiasmo en el primer instante, como grita siempre que lo llevan á su perdición. Las clases superiores no tienen confianza en el porvenir; callan ó mienten, pero en todos se adivina el presentimiento del desastre. Ayer hablé con tu padre. Es francés y es rico. Se muestra indignado contra los gobiernos de su país porque le comprometen en conflictos europeos por defender á pueblos lejanos y sin interés. Se queja de los patriotas exaltados, que han mantenido abierto el abismo entre Alemania y Francia, impidiendo una reconciliación. Dice que Alsacia y Lorena no valen lo que costará una guerra en hombres y dinero... Reconoce nuestra grandeza: asegura que hemos progresado tan aprisa, que jamás podrán alcanzarnos los demás pueblos... Y como tu padre piensan muchos otros: todos los que se hallan satisfechos de su bienestar y temen perderlo. Créeme: un país que duda y teme la guerra, está vencido antes de la primera batalla.

Julio mostró cierta inquietud, como si pretendiese cortar la conversación.

--Deja á mi padre. Hoy dice eso porque la guerra no es todavía un hecho, y él necesita contradecir, indignarse con todo lo que se halla á su alcance. Mañana tal vez dirá lo contrario... Mi padre es un latino.

El profesor miró su reloj. Debía marcharse: aún le quedaban muchas cosas que hacer antes de dirigirse á la estación. Los alemanes establecidos en París habían huído en grandes bandas, como si circulase entre ellos una orden secreta. Aquella tarde iban á partir los últimos que aún se mantenían en la capital ostensiblemente.

--He venido á verte por afecto de familia, porque era mi deber darte un aviso. Tú eres extranjero y nada te retiene aquí. Si deseas presenciar un gran acontecimiento histórico, quédate. Pero mejor será que te marches. La guerra va á ser dura, muy dura, y si París intenta resistirse como la otra vez, presenciaremos cosas terribles. Los medios ofensivos han cambiado mucho.

Desnoyers hizo un gesto de indiferencia.

--Lo mismo que tu padre--continuó el profesor--. Anoche, él y tu familia me contestaron de igual modo. Hasta mi madre prefiere quedarse al lado de su hermana, diciendo que los alemanes son muy buenos, muy civilizados y nada puede temerse de ellos cuando triunfen.

Al doctor parecía molestarle esta buena opinión.

--No se dan cuenta de lo que es la guerra moderna, ignoran que nuestros generales han estudiado el arte de reducir al enemigo rápidamente y que lo emplearán con un método implacable. El terror es el único medio, ya que perturba la inteligencia del contrario, paraliza su acción, pulveriza su resistencia. Cuanto más feroz sea la guerra, más corta resultará: castigar con dureza es proceder humanamente. Y Alemania va á ser cruel, con una crueldad nunca vista, para que no se prolongue la lucha.

Había abandonado su asiento, requiriendo el bastón y el sombrero de paja. Argensola le miraba con franca hostilidad. El profesor, al pasar junto á él, sólo hizo un rígido y desdeñoso movimiento de cabeza.

Luego se dirigió hacia la puerta, acompañado por su primo. La despedida fué breve.

--Te repito mi consejo. Si no amas el peligro, márchate. Puede ser que me equivoque, y esta gente, convencida de que su defensa resulta inútil, se entregue buenamente... De todos modos, pronto nos veremos. Tendré el gusto de volver á París cuando la bandera del Imperio flote sobre la torre Eiffel. Asunto de tres ó cuatro semanas. A principios de Septiembre, con seguridad.

Francia iba á desaparecer; para el doctor, era indudable su muerte.

--Quedará París--añadió--, quedarán los franceses, porque un pueblo no se suprime fácilmente; pero ocuparán el lugar que les corresponde. Nosotros gobernaremos el mundo: ellos se cuidarán de inventar modas, harán agradable la vida del extranjero que los visite, y en el terreno intelectual les estimularemos para que eduquen actrices bonitas, produzcan novelas entretenidas y discurran comedias graciosas... Nada más.

Desnoyers rió mientras estrechaba la mano de su primo, fingiendo tomar sus palabras como paradojas.

--Hablo en serio--continuó Hartrott--. La última hora de la República francesa como nación importante ha sonado. La he visto de cerca, y no merece otra suerte. Desorden y falta de confianza arriba; entusiasmo estéril abajo.

Al volver la cabeza vió otra vez la sonrisa de Argensola.

--Y nosotros entendemos un poco de esto--añadió agresivamente--. Estamos acostumbrados á examinar los pueblos que fueron, á estudiarlos fibra por fibra, y podemos conocer con una sola ojeada la psicología de los que aún viven.

El bohemio creyó ver á un cirujano hablando con suficiencia de los misterios de la voluntad ante un cadáver. ¡Qué sabía de la vida este pedante interpretador de documentos muertos!...

Cuando se cerró la puerta fué al encuentro de su amigo, que volvía desalentado. Argensola ya no tenía por loco al doctor Julius von Hartrott.

--¡Qué bruto!--exclamó levantando los brazos--. ¡Y pensar que viven sueltos estos fabricantes de sombríos errores!... Quién diría que son de la misma tierra que produjo á Kant el pacifista, al sereno Goethe, á Beethoven... Haber creído tantos años que formaban una nación de soñadores y filósofos ocupados en trabajar desinteresadamente por todos los hombres...

La farsa de un geógrafo alemán revivió en su memoria como una explicación: «El germano es un bicéfalo. Con una cabeza sueña y poetiza, mientras con la otra piensa y ejecuta.»

Desnoyers se mostraba desesperado por la certidumbre de la guerra. Este profesor le parecía más temible que el consejero y los otros burgueses alemanes que había conocido en el buque. Su tristeza no era únicamente por el pensamiento egoísta de que la catástrofe iba á estorbar la realización de sus deseos y los de Margarita. Descubría de pronto, en esta hora de incertidumbre, que amaba á Francia. Veía en ella la patria de su padre y el país de la gran Revolución... El, aunque no se había mezclado nunca en las luchas de la política, era republicano y había reído muchas veces de ciertos amigos suyos que adoraban á reyes y emperadores, considerando esto como un signo de distinción.

Argensola pretendió reanimarle.

--¡Quién sabe! Este es un país de sorpresas. Al francés hay que verlo á la hora en que procura remediar sus imprevisiones. Diga lo que diga el bárbaro de tu primo, hay entusiasmo, hay orden... Peor que nosotros debieron verse los que vivían días antes de lo de Valmy. Todo desorganizado: como única defensa, batallones de obreros y campesinos que por primera vez tomaban un fusil. Y sin embargo, la Europa de las viejas monarquías no supo cómo librarse durante veinte años de estos guerreros improvisados.

V

Donde aparecen los cuatro jinetes

Los dos amigos vivieron en los días siguientes una vida febril, considerablemente agrandada por la rapidez con que se sucedían los acontecimientos. Cada hora engendraba una novedad--las más de las veces falsa--, que removía la opinión con rudo vaivén. Tan pronto el peligro de la guerra aparecía conjurado, como circulaba la voz de que la movilización iba á ordenarse dentro de unos minutos.

Veinticuatro horas representaban las inquietudes, la ansiedad, el desgaste nervioso de un año normal. Y lo que agravaba más esta situación era la incertidumbre, la espera del acontecimiento temido y todavía invisible, la angustia por el peligro que nunca acaba de llegar.

La Historia se extendía desbordada fuera de sus cauces, sucediéndose los hechos como los oleajes de una inundación. Austria declaraba la guerra á Servia, mientras los diplomáticos de las grandes potencias seguían trabajando por evitar el conflicto. La red eléctrica tendida en torno del planeta vibraba incesantemente en la profundidad de los océanos y sobre el relieve de los continentes, transmitiendo esperanzas ó pesimismos. Rusia movilizaba una parte de su ejército. Alemania, que tenía sus tropas prontas con pretexto de maniobras, decretaba el estado de «amenaza de guerra». Los austriacos, sin aguardar las gestiones de la diplomacia, iniciaban el bombardeo de Belgrado. Guillermo II, temiendo que la intervención de las potencias solucionase el conflicto entre el zar y el emperador de Austria, forzaba el curso de los acontecimientos declarando la guerra á Rusia. Luego, Alemania se aislaba, cortando las líneas férreas y las líneas telegráficas para amasar en el misterio sus fuerzas de invasión.

Francia presenciaba esta avalancha de acontecimientos, sobria en palabras y manifestaciones de entusiasmo. Una resolución fría y grave animaba á todos interiormente. Dos generaciones habían venido al mundo recibiendo al abrir los ojos de la razón la imagen de una guerra que forzosamente llegaría alguna vez. Nadie la deseaba: la imponían los adversarios... Pero todos la aceptaban, con el firme propósito de cumplir su deber.

París callaba durante el día con el enfurruñamiento de sus preocupaciones. Sólo algunos grupos de patriotas exaltados, siguiendo los tres colores de la bandera, pasaban por la plaza de la Concordia para dar vivas ante la estatua de Estrasburgo. Las gentes se abordaban en las calles amistosamente. Todos se conocían sin haberse visto nunca. Los ojos atraían á los ojos; las sonrisas parecían engancharse mutuamente con la simpatía de una idea común. Las mujeres estaban tristes, pero hablaban fuerte para ocultar sus emociones. En el largo crepúsculo de verano, los bulevares se llenaban de gentío. Los barrios extremos confluían al centro de la ciudad, como en los días ya remotos de las revoluciones. Se juntaban los grupos, formando una aglomeración sin término, de la que surgían gritos y cánticos. Las manifestaciones pasaban por el centro, bajo los faros eléctricos que acababan de inflamarse. El desfile se prolongaba hasta media noche, y la bandera nacional aparecía sobre la muchedumbre andante escoltada por las banderas de otros pueblos.

En una de estas noches de sincero entusiasmo fué cuando los dos amigos escucharon una noticia inesperada, absurda: «Han matado á Jaurés.» Los grupos la repetían con una extrañeza que parecía sobreponerse al dolor: «¡Asesinado Jaurés! ¿Y por qué?» El buen sentido popular, que busca por instinto una explicación á todo atentado, quedaba en suspenso, sin poder orientarse. ¡Muerto el tribuno precisamente en el momento que más útil podía resultar su palabra de caldeador de muchedumbres!... Argensola pensó inmediatamente en Tchernoff: «¿Qué dirá nuestro vecino?...» Las gentes de orden temían una revolución. Desnoyers creyó por unos momentos que iban á cumplirse los sombríos vaticinios de su primo. Este asesinato, con sus correspondientes represalias, podía ser la señal de una guerra civil. Pero las masas del pueblo, transidas de dolor por la muerte de su héroe, permanecían en trágico silencio. Todos veían más allá del cadáver la imagen de la patria.

A la mañana siguiente el peligro se había desvanecido. Los obreros hablaban de generales y de guerra, enseñándose mutuamente sus libretas de soldado, anunciando la fecha en que debían partir así que se publicase la orden de movilización: «Yo salgo el segundo día.» «Yo el primero.» Los del ejército activo que estaban con permiso en sus casas eran llamados individualmente á los cuarteles. Se sucedían con atropellamiento los sucesos, todos en una misma dirección: la guerra. Los alemanes invadían el Luxemburgo; los alemanes se permitían avanzar en la frontera francesa cuando su embajador todavía estaba en París haciendo promesas de paz. Al día siguiente de la muerte de Jaurés, el 1.º de Agosto á media tarde, la muchedumbre se agolpó ante unos pedazos de papel escritos á mano con visible precipitación. Estos papeles precedieron á otros más grandes é impresos llevando en su cabecera dos banderitas cruzadas. «Ya llegó; ya es un hecho...» Era la orden de movilización general. Francia entera iba á correr á las armas. Y los pechos parecieron dilatarse con un suspiro de desahogo. Los ojos brillaban de satisfacción. ¡Terminada la pesadilla!... Era preferible la cruel realidad á una incertidumbre de días y días que los prolongaba como si fuesen semanas.

En vano el presidente Poincaré, animado por una última esperanza, se dirigía á los franceses para explicar que «la movilización no es la guerra» y que un llamamiento á las armas sólo representaba una medida preventiva. «Es la guerra, la guerra inevitable», decía la muchedumbre con expresión fatalista. Y los que iban á partir en la misma noche ó al día siguiente se mostraban los más entusiastas y animosos: «Ya que nos buscan, nos encontrarán. ¡Viva Francia!» El _Canto de partida_, himno de marcha de los voluntarios de la primera República, había sido exhumado por el instinto del pueblo, que pide su voz al arte en los momentos críticos. Los versos del convencional Chenier, adaptados á una música de guerrera gravedad, resonaban en las calles al mismo tiempo que la _Marsellesa_.

_La République nous appelle,_ _Sachons vaincre ou sachons périr;_ _Un français doit vivre pour elle,_ _Pour elle un français doit mourir._

La movilización empezaba á las doce en punto de la noche. Desde el crepúsculo circularon por las calles grupos de hombres que se dirigían á las estaciones. Sus familias marchaban con ellos, llevando la maleta ó el fardo de ropas. Los amigos del barrio los escoltaban. Una bandera tricolor iba al frente de estos pelotones. Los oficiales de reserva se enfundaban en sus uniformes, que ofrecían todas las molestias de los trajes largamente olvidados. Con el vientre oprimido por la correa nueva y el revólver al costado, caminaban en busca del ferrocarril que había de conducirlos al punto de concentración. Uno de sus hijos llevaba el sable oculto en una funda de tela. La mujer, apoyada en su brazo, triste y orgullosa al mismo tiempo, dirigía con amoroso susurro sus últimas recomendaciones.

Circulaban con loca velocidad tranvías, automóviles y fiacres. Nunca se había visto en las calles de París tantos vehículos. Y sin embargo, los que necesitaban uno llamaban en vano á los conductores. Nadie quería servir á los civiles. Todos los medios de transporte eran para los militares; todas las carreras terminaban en las estaciones de ferrocarril. Los pesados camiones de la Intendencia, llenos de sacos, eran saludados por el entusiasmo general: «¡Viva el ejército!» Los soldados en traje de mecánica que iban tendidos en la cúspide de la pirámide rodante contestaban á la aclamación moviendo los brazos y profiriendo gritos que nadie llegaba á entender. La fraternidad había creado una tolerancia nunca vista. Se empujaba la muchedumbre, guardando en sus encuentros una buena educación inalterable. Chocaban los vehículos, y cuando los conductores, á impulsos de la costumbre, iban á injuriarse, intervenía el gentío y acababan por darse las manos. «¡Viva Francia!» Los transeuntes que escapaban de entre las ruedas de los automóviles reían, increpando bondadosamente al _chauffeur_. «¡Matar á un francés que va en busca de su regimiento!» Y el conductor contestaba: «Yo también partiré dentro de unas horas. Este es mí último viaje.» Los tranvías y ómnibus funcionaban con creciente irregularidad así como avanzaba la noche. Muchos empleados habían abandonado sus puestos para decir adiós á la familia y tomar el tren. Toda la vida de París se concentraba en media docena de ríos humanos que iban á desembocar en las estaciones.

Desnoyers y Argensola se encontraron en un café del bulevar cerca de media noche. Los dos estaban fatigados por las emociones del día, con la depresión nerviosa que sigue á los espectáculos ruidosos y violentos. Necesitaban descansar. La guerra era un hecho, y después de esta certidumbre, no sentían ansiedad por adquirir noticias nuevas. La permanencia en el café les resultó intolerable. En la atmósfera ardiente y cargada de humo, los consumidores cantaban y gritaban agitando pequeñas banderas. Todos los himnos pasados y presentes eran entonados á coro, con acompañamiento de copas y platillos. El público, algo cosmopolita, revistaba las naciones de Europa para saludarlas con sus rugidos de entusiasmo. Todas, absolutamente todas, iban á estar al lado de Francia. «¡Viva!... ¡viva!» Un matrimonio viejo ocupaba una mesa junto á los dos amigos. Eran rentistas, de vida ordenada y mediocre, que tal vez no recordaban en toda su existencia haber estado despiertos á tales horas. Arrastrados por el entusiasmo, habían descendido al bulevar para «ver la guerra más de cerca». El idioma extranjero que empleaban los vecinos dió al marido una alta idea de su importancia.

--¿Ustedes creen que Inglaterra marchará con nosotros?...

Argensola sabía tanto como él, pero contestó con autoridad: «Seguramente; es cosa decidida.» El viejo se puso de pie: «¡Viva Inglaterra!» Y acariciado por los ojos admirativos de su esposa, empezó á entonar una canción patriótica olvidada, marcando con movimientos de brazos el estribillo, que muy pocos alcanzaban á seguir.

Los dos amigos tuvieron que emprender á pie el regreso á su casa. No encontraron un vehículo que quisiera recibirlos: todos iban en dirección opuesta, hacia las estaciones. Ambos estaban de mal humor, pero Argensola no podía marchar en silencio.

«¡Ah, las mujeres!» Desnoyers conocía sus honestas relaciones desde algunos meses antes con una _midinette_ de la _rue Taitbout_. Paseos los domingos por los alrededores de París, varias idas al cinematógrafo, comentarios sobre las sublimidades de la última novela publicada en el folletón de un diario popular, besos á la despedida, cuando ella tomaba al anochecer el tren de Bois Colombes para dormir en el domicilio paterno: esto era todo. Pero Argensola contaba malignamente con el tiempo, que madura las virtudes más ácidas. Aquella tarde habían tomado el aperitivo con un amigo francés que partía á la mañana siguiente para incorporarse á su regimiento. La muchacha lo había visto algunas veces con él, sin que le mereciese especial atención; pero ahora lo admiró de pronto, como si fuese otro. Había renunciado á volver esta noche á la casa de sus padres: quería ver cómo empieza una guerra. Comieron los tres juntos, y todas las atenciones de ella fueron para el que se iba. Hasta se ofendió con repentino pudor porque Argensola quiso hacer uso del derecho de prioridad buscando su mano por debajo de la mesa. Mientras tanto, casi desplomaba su cabeza sobre el hombro del futuro héroe, envolviéndolo en miradas de admiración.

--¡Y se han ido!... ¡Se han ido juntos!--dijo rencorosamente--. He tenido que abandonarlos para no prolongar mi triste situación. ¡Haber trabajado tanto... para otro!

Calló un momento, y cambiando el curso de sus ideas, añadió:

--Reconozco, sin embargo, que su conducta es hermosa. ¡Qué generosidad la de las mujeres cuando creen llegado el momento de ofrecer!... Su padre le inspira gran miedo por sus cóleras, y sin embargo se queda una noche fuera de casa con uno á quien apenas conoce y en el que no pensaba á media tarde... La nación siente gratitud por los que van á exponer su existencia, y ella, la pobrecilla, desea hacer algo también por los destinados á la muerte, darles un poco de felicidad en la última hora... y regala lo mejor que posee, lo que no puede recobrarse nunca. He hecho un mal papel... Ríete de mí, pero confiesa que esto es hermoso.

Desnoyers rió, efectivamente, del infortunio de su amigo, á pesar de que él también sufría grandes contrariedades, guardadas en secreto. No había vuelto á ver á Margarita después de la primera entrevista. Sólo tenía noticias de ella por varias cartas... ¡Maldita guerra! ¡Qué trastorno para las gentes felices! La madre de Margarita estaba enferma. Pensaba en su hijo, que era oficial y debía partir el primer día de la movilización. Ella estaba inquieta igualmente por su hermano y consideraba inoportuno ir al estudio mientras en su casa gemía la madre. ¿Cuándo iba á terminar esta situación?...

Le preocupaba también aquel cheque de cuatrocientos mil francos traído de América. El día anterior habían excusado su pago en el Banco por falta de aviso. Luego declararon que tenían el aviso, pero tampoco le dieron el dinero. En aquella tarde, cuando los establecimientos de crédito estaban ya cerrados, el gobierno había lanzado un decreto estableciendo la moratoria, para evitar una bancarrota general á consecuencia del pánico financiero. ¿Cuándo le pagarían?... Tal vez cuando terminase la guerra que aún no había empezado; tal vez nunca. El no tenía otro dinero efectivo que dos mil francos escasos que le habían sobrado del viaje. Todos sus amigos se encontraban en una situación angustiosa, privados de recibir las cantidades que guardaban en los Bancos. Los que poseían algún dinero estaban obligados á emprender una peregrinación de tienda en tienda ó formar cola á la puerta de los Bancos para cambiar un billete. ¡Ah, la guerra! ¡La estúpida guerra!

En mitad de los Campos Elíseos vieron á un hombre con sombrero de alas anchas, que marchaba delante de ellos lentamente y hablando solo. Argensola lo reconoció al pasar junto á un farol: «El amigo Tchernoff.» El ruso, al devolver el saludo, dejó escapar del fondo de su barba un ligero olor de vino. Sin invitación alguna arregló su paso al de ellos, siguiéndoles hacia el Arco de Triunfo.

Julio sólo había cruzado silenciosos saludos con este amigo de Argensola al encontrarle en el zaguán de la casa. Pero la tristeza ablanda el ánimo y hace buscar como una sombra refrescante la amistad de los humildes. Tchernoff, por su parte, miró á Desnoyers como si lo conociese toda su vida.

Había interrumpido su monólogo, que sólo escuchaban las masas de negra vegetación, los bancos solitarios, la sombra azul perforada por el temblor rojizo de los faroles, la noche veraniega con su cúpula de cálidos soplos y siderales parpadeos. Dió algunos pasos sin hablar, como una muestra de consideración á los acompañantes, y luego reanudó sus razonamientos, tomándolos donde los había abandonado, sin dar explicación alguna, como si marchase solo.

--...Y á estas horas gritarán de entusiasmo lo mismo que los de aquí, creerán de buena fe que van á defender su patria provocada, querrán morir por sus familias y hogares que nadie ha amenazado.

--¿Quiénes son esos, Tchernoff?--preguntó Argensola. Le miró el ruso fijamente, como si extrañase su pregunta.

--Ellos--dijo lacónicamente.

Los dos le entendieron... _¡Ellos!_ No podían ser otros.

--Yo he vivido diez años en Alemania--continuó, dando más conexión á sus palabras al verse escuchado--. Fuí corresponsal de diario en Berlín, y conozco aquellas gentes. Al pasar por el bulevar lleno de muchedumbre, he visto con la imaginación lo que ocurre allá á estas horas. También cantan y rugen de entusiasmo agitando banderas. Son iguales exteriormente unos y otros, pero ¡qué diferencia, por dentro!... Anoche, en el bulevar, la gente persiguió á unos vocingleros que gritaban: «¡A Berlín!» Es un grito de mal recuerdo y de peor gusto. Francia no quiere conquistas; su único deseo es ser respetada, vivir en paz, sin humillaciones ni intranquilidades. Esta noche, dos movilizados decían al marcharse: «Cuando entremos en Alemania les impondremos la República...» La República no es una cosa perfecta, amigos míos, pero representa algo mejor que vivir bajo un monarca irresponsable por la gracia de Dios. Cuando menos, supone tranquilidad y ausencia de ambiciones personales que perturben la vida. Y yo me he conmovido ante el sentimiento generoso de estos dos obreros que, en vez de pensar en el exterminio de sus enemigos, quieren corregirlos, dándoles lo que ellos consideran mejor.

Calló Tchernoff breves momentos para sonreir irónicamente ante el espectáculo que se ofrecía á su imaginación.