Los cuatro jinetes del apocalipsis
Chapter 10
--Hasta ahora, las guerras han sido de soldados--continuó Hartrott--. La que ahora va á empezar será de soldados y de profesores. En su preparación ha tomado la Universidad tanta parte como el Estado Mayor. La ciencia germánica, la primera de todas, está unida para siempre á lo que los revolucionarios latinos llaman desdeñosamente el militarismo. La fuerza, señora del mundo, es la que crea el derecho, la que impondrá nuestra civilización, única verdadera. Nuestros ejércitos son los representantes de nuestra cultura, y en unas cuantas semanas librarán al mundo de su decadencia céltica, rejuveneciéndolo.
El porvenir inmenso de su raza le hacía expresarse con un entusiasmo lírico. Guillermo I, Bismarck, todos los héroes de las victorias pasadas, le inspiraban veneración, pero hablaba de ellos como de dioses moribundos, cuya hora había pasado. Eran gloriosos abuelos, de pretensiones modestas, que se limitaron á ensanchar las fronteras, á realizar la unidad del Imperio, oponiéndose luego con una prudencia de valetudinarios á todos los atrevimientos de la nueva generación. Sus ambiciones no iban más allá de una hegemonía continental... Pero luego surgía Guillermo II, el héroe complejo que necesitaba el país.
--Mi maestro Lamprecht--dijo Hartrott--ha hecho el retrato de su grandeza. Es la tradición y el porvenir, el orden y la audacia. Tiene la convicción de que representa la monarquía por la gracia de Dios, lo mismo que su abuelo. Pero su inteligencia viva y brillante reconoce y acepta las novedades modernas. Al mismo tiempo que romántico, feudal y sostenedor de los conservadores agrarios, es un hombre del día: busca las soluciones prácticas y muestra un espíritu utilitario, á la americana. En él se equilibran el instinto y la razón.
Alemania, guiada por este héroe, había ido agrupando sus fuerzas y reconociendo su verdadero camino. La Universidad lo aclamaba con más entusiasmo aún que sus ejércitos. ¿Para qué almacenar tanta fuerza de agresión y mantenerla sin empleo?... El imperio del mundo correspondía al pueblo germánico. Los historiadores y filósofos discípulos de Treitschke iban á encargarse de forjar los derechos que justificasen esta dominación mundial. Y Lamprecht, el historiador psicológico, lanzaba, como los otros profesores, el credo de la superioridad absoluta de la raza germánica. Era justo que dominase al mundo, ya que ella sola dispone de la fuerza. Esta «germanización telúrica» resultaría de inmensos beneficios para los hombres. La tierra iba á ser feliz bajo la dominación de un pueblo nacido para amo. El Estado alemán, potencia «tentacular», eclipsaría con su gloria á los más ilustres Imperios del pasado y del presente. _Gott mit uns_ (Dios está con nosotros).
--¿Quién podrá negar que, como dice mi maestro, existe un Dios cristiano germánico, el «Gran Aliado», que se manifiesta á nuestros enemigos los extranjeros como una divinidad fuerte y celosa?...
Desnoyers escuchaba con asombro á su primo, mirando al mismo tiempo á Argensola. Este, con el movimiento de sus ojos, parecía hablarle. «Está loco--decía--. Estos alemanes están locos de orgullo.»
Mientras tanto, el profesor, incapaz de contener su entusiasmo, seguía exponiendo las grandezas de su raza.
La fe sufre eclipses hasta en los espíritus más superiores. Por esto el kaiser providencial había mostrado inexplicables desfallecimientos. Era demasiado bueno y bondadoso. «_Deliciæ generis humani_», como decía el profesor Lasson, también maestro de Hartrott. Pudiendo con su inmenso poderío aniquilarlo todo, se limitaba á mantener la paz. Pero la nación no quería detenerse, y empujaba al conductor que la había puesto en movimiento. Inútil apretar los frenos. «Quien no avanza, retrocede»: tal era el grito del pangermanismo al emperador. Había que ir adelante, hasta conquistar la tierra entera.
--Y la guerra viene--continuó--. Necesitamos las colonias de los demás, ya que Bismarck, por un error de su vejez testaruda, no exigió nada á la hora del reparto mundial, dejando que Inglaterra y Francia se llevasen las mejores tierras. Necesitamos que pertenezcan á Alemania todos los países que tienen sangre germánica y que han sido civilizados por nuestros ascendientes.
Hartrott enumeraba los países. Holanda y Bélgica eran alemanas. Francia lo era también por los francos: una tercera parte de su sangre procedía de los germanos. Italia...--aquí se detenía el profesor, recordando que esta nación era una aliada, poco segura ciertamente, pero unida todavía por los compromisos diplomáticos. Sin embargo, mencionaba á los longobardos y otras razas procedentes del Norte--. España y Portugal habían sido pobladas por el godo rubio, y pertenecían también á la raza germánica. Y como la mayoría de las naciones de América eran de origen hispánico ó portugués, quedaban comprendidas en esta reivindicación.
--Todavía es prematuro pensar en ellas--añadió el doctor modestamente--, pero algún día sonará la hora de la justicia. Después de nuestro triunfo continental, tiempo tendremos de pensar en su suerte... La América del Norte también debe recibir nuestra influencia civilizadora. Existen en ella millones de alemanes, que han creado su grandeza.
Hablaba de las futuras conquistas como si fuesen muestras de distinción con que su país iba á favorecer á los demás pueblos. Estos seguirían viviendo políticamente lo mismo que antes, con sus gobiernos propios, pero sometidos á la dirección de la raza germánica, como menores que necesitan la mano dura de un maestro. Formarían los Estados Unidos mundiales, con un presidente hereditario y todopoderoso, el emperador de Alemania, recibiendo los beneficios de la cultura germánica, trabajando disciplinados bajo su dirección industrial... Pero el mundo es ingrato, y la maldad humana se opone siempre á todos los progresos.
--No nos hacemos ilusiones--dijo el profesor con altiva tristeza--. Nosotros no tenemos amigos. Todos nos miran con recelo, como á seres peligrosos, porque somos los más inteligentes, los más activos, y resultamos superiores á los demás... Pero ya que no nos aman, que nos teman. Como dice mi amigo Mann, la _Kultur_ es la organización espiritual del mundo, pero no excluye «el salvajismo sangriento» cuando éste resulta necesario. La _Kultur_ sublimiza lo demoniaco que llevamos en nosotros, y está por encima de la moral, la razón y la ciencia. Nosotros impondremos la _Kultur_ á cañonazos.
Argensola seguía expresando con los ojos su pensamiento: «Están locos, locos de orgullo... ¡Lo que le espera al mundo con estas gentes!»
Desnoyers intervino, para aclarar con un poco de optimismo el monólogo sombrío. La guerra aún no se había declarado: la diplomacia negociaba. Tal vez se arreglase todo pacíficamente en el último instante, como había ocurrido otras veces. Su primo veía las cosas algo desfiguradas, por un entusiasmo agresivo.
¡La sonrisa irónica, feroz, cortante del doctor!... Argensola no había conocido al viejo Madariaga, y sin embargo, se le ocurrió que así debían sonreir los tiburones, aunque jamás había visto un tiburón.
--Es la guerra--afirmó Hartrott--. Cuando salí de Alemania, hace quince días, ya sabía yo que la guerra estaba próxima.
La seguridad con que lo dijo disipó todas las esperanzas de Julio. Además, le inquietaba el viaje de este hombre con pretexto de ver á su madre, de la que se había separado poco antes... ¿Qué había venido á hacer en París el doctor Julius von Hartrott?...
--Entonces--preguntó Desnoyers--, ¿para qué tantas entrevistas diplomáticas? ¿Por qué interviene el gobierno alemán, aunque sea con tibieza, en el conflicto entre Austria y Servia?... ¿No sería mejor declarar la guerra francamente?
El profesor contestó con sencillez:
--Nuestro gobierno quiere sin duda que sean los otros los que la declaren. El papel de agredido es siempre el más grato y justifica todas las resoluciones ulteriores por extremadas que parezcan. Allá tenemos gentes que viven bien y no desean la guerra. Es conveniente hacerlas creer que son los enemigos los que nos la imponen, para que sientan la necesidad de defenderse. Sólo los espíritus superiores llegan á la convicción de que los grandes adelantos únicamente se realizan con la espada, y que la guerra, como decía nuestro gran Treitschke, es la más alta forma del progreso.
Otra vez sonrió con una expresión feroz. La moral, según él, debía existir entre los individuos, ya que sirve para hacerlos más obedientes y disciplinados. Pero la moral estorba á los gobiernos, y debe suprimirse como un obstáculo inútil. Para un Estado no existe la verdad ni la mentira: sólo reconoce la conveniencia y la utilidad de las cosas. El glorioso Bismarck, para conseguir la guerra con Francia, base de la grandeza alemana, no había vacilado en falsificar un despacho telegráfico.
--Y reconocerás que es el héroe más grande de nuestros tiempos. La Historia mira con bondad su hazaña. ¿Quién puede acusar al que triunfa?... El profesor Hans Delbruck ha escrito con razón: «¡Bendita sea la mano que falsificó el telegrama de Ems!»
Convenía que la guerra surgiese inmediatamente, ahora que las circunstancias resultaban favorables para Alemania y sus enemigos vivían descuidados. Era la guerra preventiva recomendada por el general Bernhardi y otros compatriotas ilustres. Resultaba peligroso esperar á que los enemigos estuvieran preparados y fuesen ellos los que la declarasen. Además, ¿qué obstáculos representaban para los alemanes el derecho y otras ficciones inventadas por los pueblos débiles para sostenerse en su miseria?... Tenían la fuerza, y la fuerza crea leyes nuevas. Si resultaban vencedores, la Historia no les pediría cuentas por lo que hubiesen hecho. Era Alemania la que pegaba, y los sacerdotes de todos los cultos acabarían por santificar con sus himnos la guerra bendita, si es que conducía al triunfo.
--Nosotros no hacemos la guerra por castigar á los servios regicidas, ni por libertar á los polacos y otros oprimidos de Rusia, descansando luego en la admiración de nuestra magnanimidad desinteresada. Queremos hacerla porque somos el primer pueblo de la tierra y debemos extender nuestra actividad sobre el planeta entero. La hora de Alemania ha sonado. Vamos á ocupar nuestro sitio de potencia directora del mundo, como la ocupó España en otros siglos, y Francia después, é Inglaterra actualmente. Lo que esos pueblos alcanzaron con una preparación de muchos años lo conseguiremos nosotros en cuatro meses. La bandera de tempestad del Imperio va á pasearse por mares y naciones: el sol iluminará grandes matanzas... La vieja Roma, enferma de muerte, apellidó bárbaros á los germanos que le abrieron la fosa. También huele á muerto el mundo de ahora, y seguramente nos llamará bárbaros... ¡Sea! Cuando Tánger y Tolón, Amberes y Calais, estén sometidos á la barbarie germánica, ya hablaremos de eso más detenidamente... Tenemos la fuerza, y el que la posee no discute ni hace caso de palabras... ¡La fuerza! Esto es lo hermoso: la única palabra que suena brillante y clara... ¡La fuerza! Un puñetazo certero, y todos los argumentos quedan contestados.
--Pero ¿tan seguros estáis de la victoria?--preguntó Desnoyers--. A veces, el destino ofrece terribles sorpresas. Hay fuerzas ocultas con las que no contamos y que trastornan los planes mejores.
La sonrisa del doctor fué ahora de soberano menosprecio. Todo estaba previsto y estudiado de larga fecha, con el minucioso método germánico. ¿Qué tenían enfrente?... El enemigo más temible era Francia, incapaz de resistir las influencias morales enervantes, los sufrimientos, los esfuerzos y las privaciones de la guerra; un pueblo debilitado físicamente, emponzoñado por el espíritu revolucionario, y que había ido prescindiendo del uso de las armas por un amor exagerado al bienestar.
--Nuestros generales--continuó--van á dejarla en tal estado, que jamás se atreverá á cruzarse en nuestro camino.
Quedaba Rusia, pero sus masas amorfas eran lentas de reunir y difíciles de mover. El Estado Mayor de Berlín lo había dispuesto todo cronométricamente para el aplastamiento de Francia en cuatro semanas, llevando luego sus fuerzas enormes contra el Imperio ruso, antes de que éste pudiese iniciar su acción.
--Acabaremos con el oso, luego de haber matado al gallo--afirmó el profesor victoriosamente.
Pero adivinando una objeción de su primo, se apresuró á continuar:
--Sé lo que vas á decirme. Queda otro enemigo: uno que no ha saltado todavía á la arena, pero que aguardamos todos los alemanes. Ese nos inspira más odio que los otros porque es de nuestra sangre, porque es un traidor á la raza... ¡Ah, cómo lo aborrecemos!
Y en el tono con que dijo estas palabras latían una expresión de odio y un deseo de venganza que impresionaron á los dos oyentes.
--Aunque Inglaterra nos ataque--prosiguió Hartrott--, no por esto dejaremos de vencer. Este adversario no es más temible que los otros. Hace un siglo que reina sobre el mundo. Al caer Napoleón, recogió en el Congreso de Viena la hegemonía continental, y se batirá por conservarla. Pero ¿qué vale su energía?... Como dice nuestro Bernhardi, el pueblo inglés es un pueblo de rentistas y de _sportsmen_. Su ejército está formado con los detritus de la nación. El país carece de espíritu militar. Nosotros somos un pueblo de guerreros, y nos será fácil vencer á los ingleses, debilitados por una falsa concepción de la vida.
El doctor hizo una pausa y añadió:
--Contamos además con la corrupción interna de nuestros enemigos, con su falta de unidad. Dios nos ayudará sembrando la confusión en estos pueblos odiosos. No pasarán muchos días sin que se vea su mano. La revolución va á estallar en Francia al mismo tiempo que la guerra. El pueblo de París levantará barricadas en las calles: se reproducirá la anarquía de la Commune. Túnez, Argel y otras posesiones van á sublevarse contra la metrópoli.
Argensola creyó del caso sonreir con una incredulidad agresiva.
--Repito--insistió Hartrott--que este país va á conocer revoluciones aquí é insurrecciones en sus colonias. Sé bien lo que digo... Rusia tendrá igualmente su revolución interior, revolución con bandera roja, que obligará al zar á pedirnos gracia de rodillas. No hay mas que leer en los periódicos las recientes huelgas de San Petersburgo, las manifestaciones de los huelguistas con pretexto de la visita del presidente Poincaré... Inglaterra verá rechazadas por las colonias sus peticiones de apoyo. La India va á sublevarse contra ella y Egipto cree llegado el momento de su emancipación.
Julio parecía impresionado por estas afirmaciones, formuladas con una seguridad doctoral. Casi se irritó contra el incrédulo Argensola, que seguía mirando al profesor insolentemente y repetía con los ojos: «Está loco: loco de orgullo.» Aquel hombre debía tener serios motivos para formular tales profecías de desgracia. Su presencia en París, por lo mismo que era inexplicable para Desnoyers, daba á sus palabras una autoridad misteriosa.
--Pero las naciones se defenderán--arguyó éste á su primo--. No será tan fácil la victoria como crees.
--Sí, se defenderán. La lucha va á ser ruda. Parece que en los últimos años Francia se ha preocupado de su ejército. Encontraremos cierta resistencia; el triunfo resultará más difícil, pero venceremos... Vosotros no sabéis hasta dónde llega la potencia ofensiva de Alemania. Nadie lo sabe con certeza más allá de sus fronteras. Si nuestros enemigos la conociesen en toda su intensidad, caerían de rodillas, prescindiendo de sacrificios inútiles.
Hubo un largo silencio. Julius von Hartrott parecía abstraído. El recuerdo de los elementos de fuerza acumulados por su raza le sumía en una especie de adoración mística.
--La victoria preliminar--dijo de pronto--hace tiempo que la hemos obtenido. Nuestros enemigos nos aborrecen, y sin embargo nos imitan. Todo lo que lleva la marca de Alemania es buscado en el mundo. Los mismos países que intentan resistir á nuestras armas copian nuestros métodos en sus universidades y admiran nuestras teorías, aun aquellas que no alcanzaron éxito en Alemania. Muchas veces reímos entre nosotros, como los augures romanos, al apreciar el servilismo con que nos siguen... ¡Y luego no quieren reconocer nuestra superioridad!
Por primera vez Argensola aprobó con los ojos y el gesto las palabras de Hartrott. Exacto lo que decía: el mundo era víctima de la «superstición alemana». Una cobardía intelectual, el miedo al fuerte, hacía admirar todo lo de procedencia germánica, sin discernimiento alguno, en bloque, por la intensidad del brillo: el oro revuelto con el talco. Los llamados latinos, al entregarse á esta admiración, dudaban de las propias fuerzas con un pesimismo irracional. Ellos eran los primeros en decretar su muerte. Y los orgullosos germanos no tenían mas que repetir las palabras de estos pesimistas para afirmarse en la creencia de su superioridad.
Con el apasionamiento meridional, que salta sin gradación de un extremo á otro, muchos latinos habían proclamado que en el mundo futuro no quedaba sitio para las sociedades latinas, en plena agonía, añadiendo que sólo Alemania conservaba latentes las fuerzas civilizadoras. Los franceses, que gritan entre ellos, incurriendo en las mayores exageraciones, sin darse cuenta de que hay quien les escucha al otro lado de las puertas, habían repetido durante muchos años que Francia estaba en plena descomposición y marchaba á la muerte. ¡Por qué se indignaban luego ante el menosprecio de los enemigos!... ¡Cómo no habían de participar éstos de sus creencias!...
El profesor, interpretando erróneamente la aprobación muda de aquel joven que hasta entonces le había escuchado con sonrisa hostil, añadió:
--Hora es ya de hacer en Francia el ensayo de la cultura alemana, implantándola como vencedores.
Aquí le interrumpió Argensola: «¿Y si la cultura alemana no existiese, como lo afirma un alemán célebre?» Necesitaba contradecir á este pedante que los abrumaba con su orgullo. Hartrott casi saltó de su asiento al escuchar tal duda.
--¿Qué alemán es ese?
--¡Nietzsche!
El profesor le miró con lástima. Nietzsche había dicho á los hombres: «Sed duros», afirmando que «una buena guerra santifica toda causa». Había alabado á Bismarck; había, tomado parte en la guerra del 70; había glorificado al alemán cuando hablaba del «león risueño» y de la «fiera rubia». Pero Argensola le escuchó con la tranquilidad del que pisa un terreno seguro. ¡Oh tardes de plácida lectura junto á la chimenea del estudio, oyendo chocar la lluvia en los vidrios del ventanal!...
--El filósofo ha dicho eso--contestó--y ha dicho otras cosas diferentes, como todos los que piensan mucho. Su doctrina es de orgullo, pero de orgullo individual, no de orgullo de nación ni de raza. El habló siempre contra «la mentirosa superchería de las razas».
Argensola recordaba palabra por palabra á su filósofo. Una cultura, según éste, era «la unidad de estilo en todas las manifestaciones de la vida». La ciencia no supone cultura. Un gran saber puede ir acompañado de una gran barbarie, por la ausencia de estilo ó la confusión caótica de todos los estilos. Alemania, en opinión de Nietzsche, no tenía cultura propia por su carencia de estilo. «Los franceses--había dicho--están á la cabeza de una cultura auténtica y fecunda, sea cual sea su valor, y hasta el presente todos hemos tomado de ella.» Sus odios se concentraban sobre su propio país. «No puedo soportar la vida en Alemania. El espíritu de servilismo y mezquinería penetra por todas partes... Yo no creo mas que en la cultura francesa, y todo lo demás que se llama Europa culta me parece una equivocación. Los raros casos de alta cultura que he encontrado en Alemania eran de origen francés.»
--Ya sabe usted--continuó Argensola--que, al pelearse con Wágner por el exceso de germanismo en su arte, proclamó la necesidad de _mediterranizar en música_. Su ideal fué una cultura para toda Europa, pero con base latina.
Julius von Hartrott contestó desdeñosamente, repitiendo las mismas palabras del español. Los hombres que piensan mucho dicen muchas cosas. Además, Nietzsche era un poeta que había muerto en plena demencia, y no figuraba entre los sabios de la Universidad. Su fama la habían labrado en el extranjero... Y no volvió á ocuparse más de aquel joven, como si se hubiese evaporado después de sus atrevidas objeciones. Toda su atención la concentraba ahora en Desnoyers.
--Este país--continuó--lleva la muerte en sus entrañas. ¿Cómo dudar de que surgirá en él una revolución apenas estalle la guerra?... Tú no has presenciado las agitaciones del bulevar con motivo del proceso Cailloux. Reaccionarios y revolucionarios se han insultado hasta hace tres días. Yo he visto cómo se desafiaban con gritos y cánticos, cómo se golpeaban en medio de la calle. Y esta división de opiniones aún se acentuará más cuando nuestras tropas crucen las fronteras. Será la guerra civil. Los antimilitaristas claman, creyendo que está en manos de su gobierno el evitar el choque... ¡País degenerado por la democracia y por la inferioridad de su celtismo triunfante, deseoso de todas las libertades!... Nosotros somos el único pueblo libre de la tierra, porque sabemos obedecer.
La paradoja hizo sonreir á Julio. ¡Alemania único pueblo libre!...
--Así es--afirmó con energía von Hartrott--. Tenemos la libertad que conviene á un gran pueblo: la libertad económica é intelectual.
--¿Y la libertad política?...
El profesor acogió esta pregunta con un gesto de menosprecio.
--¡La libertad política!... Únicamente los pueblos decadentes é ingobernables, las razas inferiores, ansiosas de igualdad y confusión democrática, hablan de libertad política. Los alemanes no la necesitamos. Somos un pueblo de amos, que reconoce las jerarquías y desea ser mandado por los que nacieron superiores. Nosotros tenemos el genio de la organización.
Este era, según el doctor, el gran secreto alemán, y la raza germánica, al apoderarse del mundo, haría partícipes á todos de su descubrimiento. Los pueblos quedarían organizados de modo que el individuo diese el máximum de su rendimiento en favor de la sociedad. Los hombres regimentados para toda clase de producciones, obedeciendo como máquinas á una dirección superior y dando la mayor cantidad posible de trabajo: he aquí el estado perfecto. La libertad era una idea puramente negativa si no iba acompañada de un concepto positivo que la hiciese útil.
Los dos amigos escucharon con asombro la descripción del porvenir que ofrecía al mundo la superioridad germánica. Cada individuo sometido á una producción intensiva, lo mismo que un pedazo de huerta del que desea sacar el dueño el mayor número de verduras... El hombre convertido en un mecanismo... nada de operaciones inútiles que no proporcionan un resultado inmediato... ¡Y el pueblo que proclamaba este ideal sombrío era el mismo de los filósofos y los soñadores, que habían dado á la contemplación y la reflexión el primer lugar en su existencia!...
Hartrott volvió á insistir en la inferioridad de los enemigos de su raza. Para luchar se necesitaba fe, una confianza inquebrantable en la superioridad de las propias fuerzas.