Los cien mil hijos de San Luis
Part 9
Partí al fin de Madrid acompañada de mi doncella. Salí como el agua de una exclusa cuando se le abren las compuertas que la sujetan. Yo no veía bastante llanura por donde correr; en ningún momento me parecía que andaba bastante mi coche; enfadábame el cansancio de las mulas, la pesadez de los mesoneros y la flema del mayoral, que se ponía siempre de parte de las caballerías en mi febril contienda con el tiempo y la distancia.
En los pueblos por donde rápidamente pasaba, vi escenas que me causaron tanta indignación como vergüenza. En Ocaña habían quitado las imágenes que adornaban el ángulo de algunas calles, poniendo en su lugar el retrato de Fernando, entre cirios y ramos de flores, y debajo la piadosa inscripción: «¡Vivan las caenas!» En Tembleque presencié el acto solemne de arrojar al pilón donde bebían las mulas, a dos o tres liberales y otros tantos milicianos. En Madridejos tuve miedo, porque una turba que invadía el camino cantando coplas tan disparatadas como obscenas, quiso detenerme, fundada en que el mayoral había tocado con su látigo el estandarte realista que llevaba un fraile. Necesité mostrar mucha serenidad, y aun derramar algún dinero para que no me causasen daño; pero no pude seguir hasta que no llegaron a aquel ilustrado pueblo las avanzadas de la caballería francesa.
En Puerto Lápice se rompió una ballesta de mi coche, ocasionándome detención de dos días. Las horas eran siglos para mí. Quemaba la tierra bajo mis pies. Yo hubiera deseado poseer la autoridad de una reina asiática para vencer tantas dificultades, atando a los hombres al pescante de mi coche. La desproporción enorme entre mi impetuoso anhelo y los medios materiales de que disponía, me llevaron a un lamentable estado nervioso que de ningún modo podía calmar. Únicamente logré un poco de alivio a aquel penoso hervor de mi carácter empleando un medio bastante pueril, pero que no parecerá muy absurdo a las mujeres que se me asemejan. Consistía en tomar el látigo del mayoral y ponerme a descargar furiosos latigazos sobre los robles del camino en Sierra Morena, y sobre los olivos de Andalucía.
En Despeñaperros hallé nuevos obstáculos. Allí había una especie de ejército español, mandado por una especie de general, que tenía el encargo de hacer una especie de resistencia a las tropas de Bourdessoulle. Dios había decidido que no hubiese otro Bailén en la historia, y los inocentes que creían en un nuevo 19 de julio de 1808 se llevaron gran chasco. ¡Parece mentira! Quince años después, los papeles de aquel drama habían cambiado. Los personajes eran los mismos. Creeríase que habían resucitado los muertos de la gloriosa época, pero que al vestirse se habían equivocado de uniforme.
En pocas horas fue desbaratado Plasencia (que así se llamaba el general que defendía la puerta de Andalucía), y los franceses pisaron el glorioso campo de las Navas de Tolosa, de Mengíbar y de Bailén. Menos afortunada yo, fui otra vez detenida, y el conde de Montguyon, a quien Bourdessoulle mandó situarse en Guarromán, mostró muy poco interés porque yo siguiera adelante. Con todo, tales artes usé para sacar partido de su caballería andante, que me libré de él muy lindamente. Por fin, el 6 de junio entré en Córdoba, donde no me detuve más que lo preciso.
El 9 por la tarde vi a lo lejos una inmensa mole rojiza que iluminaban los rayos del sol poniente. Ante mí se extendían hermosas llanadas de trigo, como un campo de oro, cuya reverberación amarilla ofendía los ojos. Yo no había visto un cielo más alegre, ni un ambiente más respirable y que más embelesase los sentidos, ni un crepúsculo más delicioso. La enorme torre que se destacaba a lo lejos sobre apretado caserío, y entre otras mil torres pequeñas, iba creciendo a medida que yo me acercaba, y parecía venir a mi encuentro con gigantesco paso. La torre era la Giralda, y la ciudad Sevilla.
XXII
¡Sevilla! ¡De qué manera tan grata hería mi imaginación este nombre! ¡Qué idealismo tan placentero despertaba en mí! No creo que nadie haya entrado en aquel pueblo con indiferencia, y desde luego aseguro que el que entre en Sevilla como si entrara en Pinto es un bruto. ¡El Burlador, don Pedro el Cruel, Murillo! Bastan estas tres figuras para poblar el inmenso recinto que es en todas sus partes teatro de la novela y el drama, lienzo y marco de la pintura. ¡Y hasta las pinturas sagradas son allí voluptuosas! Para que nada le falte, hasta tiene a Manolito Gázquez, cuyas hipérboles graciosas han dado la vuelta a España, y parece que forman la base de la riqueza anecdótica nacional.
En Sevilla la noche y el día se disputan a cuál es más bello; pero cuando llega el rigor del verano, vence irremisiblemente la noche, asumiendo todos los encantos de la naturaleza y de la poesía. Para ellas son los delicados aromas de jazmines y rosas; para ella el picante rumor de las conversaciones amorosas; para ella la dulce tibieza de un ambiente que recrea y enamora, las quejumbrosas guitarras que expresan todo aquello a que no pueden alcanzar las lenguas. Cuando yo llegué se dejaba sentir bastante el calor, sin ser insoportable; pero las noches eran deliciosas, un paraíso en el cual no se echaba de menos el sol.
Hallé un cómodo hospedaje en la calle de Génova, y desde la noche de mi llegada vi a muchos diputados que moraban allí y a otros que iban a visitarles. Era un hervidero de gente habladora, una olla puesta al fuego. Sus ardientes disputas, sus gestos, sus furores, indicaban la gravedad de la situación.
Vivían conmigo Argüelles, Canga-Argüelles, Salvato, Flórez Calderón, el canónigo Villanueva y el almirante don Cayetano Valdés. Iban a visitar a estos Galiano, Istúriz, Bertrán de Lis, don Ángel de Saavedra, después duque de Rivas, y otros. Con algunos de ellos tenía yo amistad. Oyéndoles, supe que se había descubierto una conspiración tramada por cierto general inglés llamado Downie, el mismo que había organizado una partida de combatientes en la guerra de la Independencia. La conspiración debió ser muy inocente conforme a las modas de aquel tiempo, y todo en ella fue de sainete, hasta el descubrimiento, hecho por un cirujano.
Tan solo descansé la noche de mi llegada, y el día siguiente, que era el 10 de junio, di principio a mis investigaciones, saliendo a hacer algunas visitas. Al pasar por las calles más principales experimentaba profunda emoción, creyendo ver semblantes conocidos. Yo no sé qué había en aquella fisonomía de la multitud para turbarme tanto; pero esto pasa cuando lo que amamos se pierde en las oleadas del gentío, al cual presta su rostro y su persona toda.
Aprovechando bien el día, pude ver a muchas personas, y dar con alguna que me indicó el domicilio de los marqueses de Falfán. Este era el principal objeto de mis impacientes ansias. Pero en aquel día 10 de junio, precursor de una de las fechas más célebres de nuestra historia, nadie hablaba de otra cosa que de política, de la resistencia del rey a trasladarse a Cádiz, y del empeño de los ministros en llevársele de grado o por fuerza. Advertí entonces que no era Sevilla población muy liberal, y que en la contienda entablada, la mayoría de los paisanos de Manolito Gázquez se ponían de parte del rey. Por un fenómeno extraño, la aristocracia aparecía más enemiga del absolutismo que el pueblo; pero esto no me causaba sorpresa, por haber observado el mismo contrasentido en Madrid.
No pudiendo refrenar mi impaciencia, aquella misma noche fui a casa del marqués de Falfán. Las visitas de noche son sumamente agradables en verano, en aquel país, contribuyendo a ello los frescos patios trocados en salones de tertulia. Nadie puede, sin haber visto estos agradables recintos, formar idea de ellos y del hermoso conjunto que presentan las plantas, la fuente de mármol con su murmurante surtidor, los espejos, los cuadros, al mismo tiempo iluminados por las bujías y por el rayo de luna que penetra burlando el toldo; la dulce cháchara de las conversaciones, más dulce a causa del gracioso ceceo bético, y, por último, las lindas andaluzas que alegrarían un cementerio, cuanto más un patio de Sevilla.
Había pocas personas en casa de Falfán. Encontré a la marquesa muy desmejorada y triste en gran manera, lo cual no sé si me causó pena o alegría. Creo que ambas cosas a la vez. Yo justifiqué mi viaje a Sevilla, suponiendo asuntos de intereses, y no me atreví a preguntar por él ni siquiera a nombrarle, para que mi afectada indiferencia alejara todo recelo. Tenía esperanza de verle entrar en el patio cuando menos lo pensase, y me preparaba para no turbarme en el momento de su aparición. Cualquier ruido de la puerta me hacía temblar, dándome los escalofríos propios de la pasión en acecho.
Sin que me esté mal el decirlo, y poniendo la verdad por delante de todo, aun de la modestia, yo estaba guapísima aquella noche, vestida al estilo de París con una elegancia superior a cuanto veían mis ojos. Harto me lo probaban los de los caballeros allí presentes, que no se apartaban de mí, causando envidia a todas. Como los andaluces no son cortos de genio, aquella noche recibí galanterías y donaires para el año entero.
Mi afán consistía en sacar alguna luz, algún dato, alguna noticia de mi conversación con la marquesa de Falfán; pero fuese discreción suma o ignorancia de la hermosa dama, ello es que nada dejó comprender. Hablaba lo menos posible, y con sus miradas, lo mismo que con el sentido de sus palabras, solo una cosa me decía claramente, a saber: que me aborrecía de todo corazón. Yo, maestra consumada, disimulaba mejor que ella.
El marqués de Falfán de los Godos, hablándome de política, me distrajo de esta batalla que yo daba a la taciturna reserva de Andrea. Las aficiones que yo había mostrado en Madrid a las cosas públicas me perdieron entonces, porque el buen señor me atacó con verdadera ferocidad de charlatanismo, deseando saber mi opinión sobre sucesos y personas. Mi fastidioso interlocutor era liberal templado, partidario de un justo medio muy justamente mediano, y de las dos Cámaras y del veto absoluto. Había tenido sus repulgos de masón, repetía los dichos de Martínez de la Rosa, y era bastante volteriano en asuntos religiosos. Defendía al clero como fuerza política; pero se burlaba de los curas, del Papa y aun del dogma mismo, sin que esto fuera obstáculo para creer en la conveniencia de que hubiese muchos clérigos, muchos obispos, muchísimas misas y hasta Inquisición. En suma: las ideas del marqués eran el capullo de donde, corriendo días, salió la mariposa del partido moderado.
Decir cuánto me mareó aquella noche, fuera imposible. Tuve que saber cosas que a la verdad me interesaban poco, por ejemplo: que Calatrava, a la sazón presidente del ministerio, no era hombre apropiado a las circunstancias; que los masones primitivos o _descalzos_ estaban en gran pugna con los secundarios o _calzados_, y ambos con los carbonarios y comuneros; que los partidarios de San Miguel trabajaban por echarlo todo a perder más de lo que estaba, y que cuando ocurrió el cambio de ministerio que había llevado al poder a los amigos de Calatrava, se habían visto cosas muy feas. Exaltándose a medida que entraba en materia, me dijo que él (Falfán de los Godos) habría sido ministro si hubiera querido cuando se negó a serlo Flores Estrada; pero que no quiso meterse en danzas; que él (el propio marqués) había previsto los terribles sucesos que ya estaban cerca, y que la ruina del pobre sistema era ya inminente y segura. Apoyábanle en esto todos los presentes, mientras yo me aburría a mis anchas oyéndole. Era para morir.
Habiendo dicho uno de los tertulios que Su Majestad se negaría resueltamente a salir de Sevilla, el marqués habló así:
—Pues el gobierno insiste en llevárselo a Cádiz, ¡qué tontería...! y como el rey insiste en no ir, el gobierno piensa declararle loco... ¡Loco Su Majestad, señores, el hombre más cuerdo de toda España, el único español que sabe a dónde va y por dónde ha de ir!
Luego, dirigiéndose a mí y como quien habla en secreto, me dijo que Calatrava era un hombre atolondrado; Yandiola, ministro de Hacienda, una nulidad, y el de la Guerra, Sánchez Salvador, un insensato.
Yo estaba nerviosa a más no poder. Las palabras se me venían a la boca para contestarle de este modo:
«¿Y a mí qué me cuenta usted de todo eso, señor marqués? ¿Qué me importa a mí que Calatrava sea un majadero, Yandiola y Sánchez Salvador dos majaderos, y usted más majadero que todos ellos?»
Pero con no poco trabajo me contenía. Obligada a decir algo, a causa de mi pícara reputación, me complacía en contradecirle, de modo que todo lo que para él era blanco, yo lo veía negro. A cuantos el marqués denigró, yo les supuse talentos desmedidos. En lo relativo a declarar loco a Su Majestad, dije que me parecía el acto más cuerdo y acertado del mundo.
—Pero, señora —me dijo el marqués—, esto equivale a destronar a Su Majestad, porque si le declaran incapacitado para reinar...
—Justamente, señor marqués —repuse—. Le destronan y luego le vuelven a entronizar; le quitan y le ponen, según conviene a las circunstancias. ¿Hay cosa más natural? ¿No es el rey quien abre y cierra las Cortes? Pues las Cortes abren o cierran al rey cuando quieren.
Tomaron a risa, como lo merecían, mis observaciones; pero no por verme tan inclinada a las burlas, cejó Falfán en su fastidioso disertar.
Entonces entró el príncipe de Anglona, personaje distinguido de la fracción de Martínez de la Rosa, y el duque del Parque, cuya vista me causó grande alegría. El príncipe dijo que al día siguiente habría sesión muy interesante, para discutir lo que debiera hacerse en virtud de la negativa del rey a salir de Sevilla. Yo le pedí una papeleta de tribuna al duque, y ofreció mandármela. Anglona se brindó a llevarme a Palacio. Formado mi plan para el día siguiente, determiné ver a Su Majestad y asistir a la sesión de las Cortes, encendiendo de este modo una vela a San Miguel y otra al diablo.
El del Parque, cuando no podían oírlo los demás, dijo con malignidad:
—Mi secretario, a quien usted conoce, le llevará mañana la papeleta para la galería reservada de las Cortes.
Al oír esto parece que se abrieron delante de mí los cielos. Mi alma se llenó de alegría, que a no ser por el gran disimulo que eché sobre ella, como se echa hipocresía sobre un pecado, hubiera sido advertida por la concurrencia. Desde aquel momento, todo se transformó a mis ojos. Cuanto dijo el marqués de Falfán de los Godos lo encontré discreto y agudo, y sus majaderías me parecieron prodigios de ingenio y perspicacia política. A todo le contesté, desplegando verbosidad abundante como en mis mejores tiempos de Madrid, emitiendo juicios picarescos y sentenciosos, juzgando a los personajes con graciosa malevolencia, y retratándoles con breves rasgos de caricatura. Ya tenía lo que me había faltado en toda la noche, ingenio. Respondí a las galanterías, supe marear a más de cuatro, mortifiqué a la marquesa, alegré la reunión. Al retirarme, no dejaba más que tristezas y presentimientos detrás de mí. Yo me llevaba todas las alegrías.
XXIII
Desde muy temprano me levanté, pues poco dormí aquella noche. Las noches de Sevilla no parece que son, como las de otras partes, para dormir. Son para soñar en vela... Le aguardaba con tanta impaciencia, que a cada instante salía al balcón, esperando verle entre la multitud que pasaba por la calle de Génova. De repente me anunciaron una visita. Creí verle entrar: salí corriendo; pero mi corazón dio un vuelco, quedándose frío y quieto cual si hubiera tropezado en una pared. Tenía delante al príncipe de Anglona, un señor muy bueno, un caballero muy simpático, muy atento, pero cuya presencia me contrariaba extraordinariamente en aquel instante.
Venía para llevarme al Alcázar.
—Su Majestad —me dijo— recibe ahora muy temprano. Anoche le manifesté que estaba usted aquí, y me rogó que la llevase a su presencia hoy mismo.
Yo quise hacer objeciones, pretextando la inusitada hora, pues no habían dado las once; pero nada me valió. Érame imposible resistir a aquella majadería insoportable que revestía las formas de la más delicada atención. Tampoco podía defenderme con dolor de cabeza, vapores u otros recursos que tenemos para tales trances. Humillé la frente como víctima expiatoria de las conveniencias sociales, y después de arreglarme dispúseme a aceptar un puesto en la carroza del Príncipe, no sin dejar antes a mi criada instrucciones muy prolijas para que detuviera hasta mi vuelta al que forzosamente había de venir. Partí resuelta a hacer a Su Majestad visita de médico. En aquella ocasión deploré por primera vez que existieran reyes en el mundo.
Poca es la distancia que hay de la calle de Génova al Alcázar. Antes de las doce estaba yo en la cámara de Su Majestad, y salía gozoso a saludarme el descendiente de cien reyes, pegado a su regia nariz. No parecía nada contento; pero mostró mucho placer en verme, dándome a besar su mano y rogándome que a su lado me sentase. Tanta bondad, que a cualquiera habría ensoberbecido, a mí me hizo muy poca gracia, y menos cuando con sus preguntas daba a entender que la visita sería larga.
Fernando quiso saber por mí algunas particularidades de la entrada de los franceses en Madrid, de la defección de La Bisbal en Somosierra y de la derrota de Plasencia en Despeñaperros. Yo contesté a todo, cuidando de la brevedad más que de otra cosa, y fingiéndome ignorante de varios hechos que sabía perfectamente; pero ninguna de estas estratagemas me valía, porque Fernando VII, que en el preguntar había sido siempre absoluto, no se hartaba de oír contar cada paso del ejército francés; y como, además de mis palabras, le recreaba bastante, como he dicho en otra ocasión, la boca que las decía, de aquí que no llevara camino de saciar en muchas horas la curiosidad de su entendimiento y la concupiscencia de sus voraces ojos.
«¡Ay! ¡Qué felices son las repúblicas! —pensé—. Al menos, en ellas no hay reyes pesados y preguntones que quieran saber noticias de la guerra a costa de la felicidad de sus súbditos.»
Yo le miraba, haciendo esfuerzos heroicos para disimular mi descontento. Al responderle, decía en mi interior:
«Me alegraría de que te encerraran en una jaula como loco rematado.»
Él entonces, sin indicios de conocer mi cansancio, hablome así con cierto tono de confianza:
—Se empeñan en que han de llevarme a Cádiz, y yo me empeño en no salir de Sevilla. Veremos si se atreven a llevarme a la fuerza, o si yo cedo al fin.
—No se atreverán, señor.
—Ellos saben —continuó— que en Cádiz hay una terrible epidemia; pero eso no les importa. ¡A Cádiz de cabeza! ¿Nada importa, señores diputados, que yo y toda la real familia nos expongamos a perecer...? Veremos lo que decide el Consejo...
—Decidirá lo más conveniente.
—Yo les digo a esos señores: ¿creen ustedes posible resistir a los franceses? No. Pues si al fin se ha de capitular, ¿no es mejor hacerlo en Sevilla?
—Admirable raciocinio, señor.
—Nada: a Cádiz, a Cádiz, y entre tanto, ni coches para el viaje, ni recursos...
Parecía mortificado por dos o tres ideas fijas, que agitadas se sucedían en su mente y se enlazaban formando esa dolorosa serie de vibrantes círculos cerebrales que, si no producen la locura, la imitan. Me fue preciso, en vista de tanta pesadez, fingirme enferma y pedirle permiso para retirarme. Él, entonces, ¡oh fiero y descomunal tirano!, se empeñó en que me quedase en el Alcázar, donde se me prepararía habitación conveniente.
«Te comprendo, déspota», dije para mí, sofocando mi cólera.
No había más remedio que ser huraña y descortés, rehusando los obsequios y tapando mis oídos a preguntillas que empezaban a dejar de ser políticas. Al retirarme, Su Majestad me dijo:
—No saldré de Sevilla, no saldré... Veremos si se atreven.
—No se atreverán, señor —le respondí—. Vuestra Majestad podrá, con una voluntad firme, desbaratar las maquinaciones de los pérfidos.
Estas vulgaridades palaciegas le agradaban. Dejele entregado a sus febriles inquietudes, y corrí a calmar las mías. Por el camino iba contando el tiempo transcurrido, que me parecía largo, como todo lo que precede a la felicidad que se espera. Llegué a mi casa, subí precipitadamente, creyendo que él saldría a recibirme con los brazos abiertos; pero en mis habitaciones hallé un silencio y un vacío tristísimos... No estaba. Mi primer impulso fue de ira contra él por la audacia inaudita, por la infame crueldad de no estar allí; pero luego tornáronse contra el rey mis furores, cuando Mariana, mi fiel criada, me dijo que el caballero se había cansado de esperar.
—¿Luego ha estado aquí?
—Sí, señora; ha estado más de hora y media. No haría diez minutos que usted había salido, cuando entró...
—¿Y no dijo que volvería?
—No dijo nada más sino que tenía que ir a las Cortes.
—Yo también tengo que ir a las Cortes —afirmé, sintiéndome como una máquina loca que mueve a la vez con precipitada carrera todas sus ruedas—. Vamos, vístete, Mariana, que no quiero perder esa gran sesión.
Por no ir sola, yo llevaba siempre conmigo a mi leal criada, vestida de señora, imitando en esto la usanza francesa de las _señoritas de compañía_. Esto era sumamente cómodo para mí, porque me libraba de la necesidad de admitir en muchos casos la compañía de hombres importunos o antipáticos. En poco tiempo, haciendo yo de sirviente y Mariana de señora, quedó vestida, no tan bien que se desconociese su inferioridad; pero con suficiente elegancia para poder ir al lado mío. Muchos la creían hermana soltera o parienta pobre.
XXIV
Fuimos a las Cortes, que estaban en San Hermenegildo, en la calle de la Palma, frente a San Miguel. Difícil hallamos la entrada a causa de la mucha gente que llenaba la calle, agolpándose a las puertas del edificio como las apiñadas lapas en la roca. Mujeres menos resueltas que nosotras habrían vuelto la espalda; pero Mariana y yo sabíamos romper las cortezas del vulgo, y al fin nos abrimos paso, y entrando con desenfado y pie ligero subimos a la galería. Antes de penetrar en ella, oímos la voz de un orador que resonaba en medio del más imponente silencio.
Mucho hubimos de bregar para encontrar sitio; pero al fin, pidiendo mil veces perdón y oyendo murmullos de descontento a un lado y otro, logramos acomodarnos. Mi primer cuidado no fue atender a lo que aquel gran orador decía, cosas sin duda altamente dignas de aplauso: mi primer cuidado fue registrar con los ojos toda la galería reservada por ver si estaba allí quien me cautivaba más que los discursos. Pero ni a derecha ni a izquierda, ni delante ni detrás le vi, con lo cual la gran pieza oratoria que se estaba pronunciando empezó a serme muy fastidiosa.
—¿Quién habla? —pregunté a una señora vieja que estaba junto a mí.
—Alcalá Galiano, el gran orador —repuso en tono de extrañeza por mi ignorancia.
—¿Y de qué habla? —pregunté, sin temor de que la señora vieja me creyera cerril.
—¿De qué ha de hablar? Del suceso del día.
La señora volvió el rostro hacia el salón, demostrando más interés por el discurso que por mis preguntas. Yo no quise molestar más, y traté de atender también. El orador hablaba de la patria, del inminente peligro de la patria, de la salvación de la patria y de la gloria de la patria. Es el gran tema de todos los oradores, incluso los buenos. No he conocido a ningún político que no estropeara la palabra patriotismo hasta dejarla inservible, y en esto se me parecen a los malos poetas, que al nombrar constantemente en sus versos la inspiración, la lira, el estro, la musa ardiente, la fantasía, hablan de lo que no conocen.
Alcalá Galiano era tan feo y tan elocuente como Mirabeau. Su figura, bien poco académica, y su cara, no semejante a la de Antinoo, se embellecían con la virtud de un talismán prodigioso: la palabra. Le pasaba lo contrario que a muchas personas de admirable hermosura, las cuales se vuelven feas desde que abren la boca. Aquel día, el joven diputado andaluz había tomado por su cuenta el llevar adelante la hazaña más revolucionaria que registran nuestros anales.