Los cien mil hijos de San Luis
Part 8
—Bastaba que yo viniese con deseo de verla —dijo hiriendo violentamente el suelo con el pie— para que ella huyese de mí. Así son todas mis cosas. Lo bueno existe mientras yo lo deseo. Pero lo toco, y adiós.
Estas amargas palabras eran un desaire para mí, y por lo visto yo no estaba comprendida en el número de las cosas buenas; pero sofoqué mi resentimiento y seguí escuchándole.
—Desde que el deseo de venganza y mi odio al absolutismo —añadió— me inclinaron a tomar las armas, tuve el presentimiento de que la campaña se echaría a perder, y así ha sido. Ya tienes a la plaza de Figueras en poder de los franceses; a Mina vagabundo, sin saber qué partido tomar, y todo el ejército desconcertado y sin esperanza de vencer. ¡Gran milagro habría sido que donde yo estoy hubiese victorias! Desastres y nada más que desastres. La sombra que yo echo sobre la tierra, destruye.
—¡Qué necio eres! ¿Crees acaso en las estrellas fatales y en el sino?
—No debiera creer; pero todo me manda que crea... Ya ves. Me envía Mina a Madrid con una comisión en que funda grandes esperanzas, y desde que llego aquí pierdo las pocas que traía, porque no hallo sino desanimación y flojedad. Al mismo tiempo, la ilusión más querida de este viaje se ha desvanecido como el humo. Yo tenía una hermana, más que hermana, amiga, con una amistad pura y entrañable que nadie puede comprender sino ella y yo; una amistad que tiene todo lo santo de la fraternidad y todo lo bueno del amor, sin las tenebrosas ansias de este. En mi hermana veía yo todo lo que me queda de familia, lo único que me resta de hogar; en ella veía a mi madre, y una representación de todos los goces de mi casa, la paz del alma, dichas muy grandes sin mezcla de martirio alguno. Pues bien: llego, y mi casa está desierta. Jamás pensé en perderla. Ella, el único ser de quien estaba seguro, vuela también lejos de mí, y se va. ¡Ay, Jenara! ¡No puedo decirte cuán sola estaba mi casa! Figúrate todo el universo vacío y sin vida. Ni mi madre, ni Soledad... ¡Qué sepulcro, Dios mío! Así se va quedando mi corazón lo mismo que una gran fosa, todo lleno de muertos... Tú no puedes entender esto, Jenara. En ti todo vive. Tu carácter hace resucitar las cosas, y eres un ser privilegiado para quien el mundo se dispone siempre del modo más favorable; pero yo...
—Cúlpate a ti mismo —le dije—, y no hables del destino. Te quejas de que tu hermana te haya abandonado, y no recuerdas que has estado mucho tiempo sin escribirle, sin darle noticias de ti, sin decirle ni siquiera: «estoy vivo».
—Es verdad; pero se amparó de mí el estúpido delirio de la guerra. Me sedujo la idea gloriosa que representaba nuestro ejército al perseguir a los realistas. Solo veía lo que estaba delante de mis ojos y dentro de mí: el enemigo y los torbellinos de mi cerebro, un ideal de magníficas victorias que dieran a mi país lo que no tiene. Ya sabes que yo me equivoco siempre. Lo extraño es que conociendo mi torpeza me empeñe en andar hacia adelante como los demás hombres, en vez de estarme quieto como las estatuas... Ahora todo lo veo destrozado, caído y hecho pedazos por mis propias manos, como el que entrando en un cuarto oscuro y lleno de preciosidades, a ciegas tropieza y lo rompe todo. En Cataluña, desengaños; en Madrid, más desengaños todavía; un gran vacío del entendimiento, y otro más grande del corazón. Parece que la realidad de mis ideas es un ave que se asusta de mis pasos, y levanta el vuelo cuando me acerco a ella. ¡Maldita persona la mía!
Debía enojarme de tales palabras, porque según ellas, yo no era nada. Pero no me mostré ofendida, y solamente dije:
—Si al llegar encuentras todo solo y vacío, no es porque las cosas vuelen antes de tiempo, sino porque tú llegas siempre tarde.
—También es verdad. Llego siempre tarde. Ya ves lo que me ha pasado ahora. Se le antoja al señor Mina enviarme aquí cuando todo está perdido. Pero él no contaba con la rapidez de este desmoronamiento: no contaba con la retirada de Ballesteros sin combatir, ni con la defección de La Bisbal. Mina tiene la desgracia de creer que todos son valientes y leales como él.
—¿La defección de La Bisbal? ¡De modo que ya...! No creí que fuera tan pronto. El conde acostumbra preparar con cierto arte sus arrepentimientos.
—No se dice públicamente; pero es seguro que ya está en tratos con los franceses para capitular. Me lo ha dicho Campos, que olfatea los sucesos. De mañana a pasado, el aborrecido estandarte negro ondeará en Madrid. ¿A qué he venido yo? No parece sino que vengo a izarlo yo mismo.
—Pues no hagas caso de los masones, ni de la guerra, ni de la Constitución —le dije—. ¿Para qué te empeñas en cosas imposibles? ¿Por qué desprecias lo que tienes, y persigues fantasmas vanos?
Me miró comprendiendo mi intención. Sus ojos no indicaban desafectos. Acompañome a cenar, y mis alardes de humor festivo, mi cháchara y las delicadas atenciones que con él tuve, no lograron disipar las nubes que ennegrecían su alma. También la mía se encapotaba lentamente, cayendo en hondas tristezas. Acostumbrada a verse señora de los sentimientos de aquel hombre, padecía mucho considerando perdido su amoroso dominio, esa tiranía dulcísima que al mismo tiempo embelesa al amo y al esclavo.
Pero aún conservaba yo gran parte de mi prestigio. Vencí, aunque sin poder conseguir la tranquilidad que acompaña a los triunfos completos, porque descubrí en su complacencia algo de violento y forzado. Sospeché que al corresponder a mi leal cariño, lo hacía más bien por delicadeza y por deber que por verdadera inclinación. Esto me atormentó toda la noche, quitándome el sueño. Cuando pude dormir, la imagen de la pobre huérfana que recorría media España buscando a su hermano, a su amante o lo que fuera, se me presentó para atormentarme más. ¡Ay, qué terrible es una gran falta sin éxito!
La visión de la mujer errante no se quitaba de mi imaginación. Pero yo entonces, creyéndome menos amada de lo que mi frenesí de amor exigía, pensando que me habían vencido ajenos recuerdos y vaguedades sentimentales referentes a otra persona, me gozaba con fiera crueldad en la desolación de la hermana viajera.
«¡Bien —le decía—, corre tras él, corre hoy y mañana y siempre, para no encontrarle al fin...! Muy bien, hipocritona. ¡¡Me alegro, me alegro!!»
XX
Campos entró en casa al día siguiente muy temprano. Ya he dicho que este masón era amigo muy constante de la familia con quien yo vivía, un matrimonio alavés, de edad madura y sin hijos, extraño por lo general a las pasiones políticas, aunque la señora, como buena vascongada, se inclinaba al absolutismo. Campos entró gritando:
—¡Ya nos la ha pegado ese tunante!
Al punto comprendí lo que quería expresar.
—La Bisbal ha capitulado, ¿no es eso? —le dije—. ¡Qué noticia! Ya lo suponíamos.
—Pero al menos, señora, al menos... —manifestó Campos con afán—. Las formas, es preciso guardar ciertas formas... Todos estamos dispuestos a capitular, porque no es posible vivir en lucha con la general corriente, ni con la Europa entera; pero..., pero...
—¿Y qué ha hecho La Bisbal?
—Dar un manifiesto...
—Ya lo suponía: es el hombre de los manifiestos.
—Un manifiesto en que dice que sí y que no, y que tira y afloja, y que blanco y que negro... en fin, un manifiesto de La Bisbal. Después entregó el mando al marqués de Castelldosrius, y ha desaparecido. En el ejército cunde la desmoralización. La mayor parte de los soldados se van a donde les da la gana, y aquí nos tiene usted como el 3 de diciembre de 1808, en poder de los franceses... Vamos a ver, ¿qué hace ahora un hombre honrado como yo? ¿Qué hacen ahora los hombres que no se han metido en nada, que desde su campo defendieron siempre el orden y las conveniencias?...
Yo hacía esfuerzos para contener la risa. La zozobra del masón en momentos de tanto apuro, y su afán por presentarse como hombre de orden, ofrecían un cuadro tan gracioso como instructivo.
—¿De modo que ya se acabó la Constitución? —dijo la señora de Saracha, elevando majestuosamente las manos al cielo, como en acción de gracias—. Pues ahora habrá perdón general. Se reconciliarán todos los españoles, dándose fraternales abrazos, y amparándose bajo el manto amoroso del rey.
Yo me eché a reír.
—No es mal perdón el que nos aguarda —dijo Campos con detestable humor—. ¡Bonito manto nos amparará! Ya se ha alborotado la gentuza de los barrios bajos, y las caras siniestras, las manos negras y rapaces, los trabucos y las navajas, van apareciendo. Nada, nada. Tendremos escenas de luto y de ignominia, otro 10 de mayo de 1814.
—¿Será posible? Pues me parece que efectivamente hay algo de alboroto en la calle —dijo mi amiga asomándose al balcón.
Vivíamos en la calle de Toledo, que es la arteria por donde la emponzoñada sangre sube al cerebro de la villa de Madrid en los días de fiebre. Cruzaban la calle gentes del pueblo en actitud poco tranquilizadora. Al poco rato oímos gritar: «¡Viva la religión! ¡Vivan las caenas!» Fue aquella la primera vez de mi vida que oí tal grito, y confieso que me horrorizó.
Campos no quiso asomarse, porque le enfurecían los desahogos de la plebe (mayormente cuando chillaba en contra de los liberales), y seguía diciendo:
—Veremos cómo tratan ahora a los hombres honrados que han defendido el orden, que han procurado siempre contener al democratismo y a la demagogia.
No pude vencer mi natural inclinación a las burlas, y le dije:
—Señor Campos, no doy cuatro cuartos por su pellejo de usted.
—Ni yo tampoco —me respondió riendo.
Él, en medio de su descontento, esperaba filosóficamente el fin, seguro de sobrenadar tarde o temprano en el piélago absolutista. Era además hombre de tanto valor como audacia.
La gente de los barrios bajos siguió alborotando todo el día. Moviose la tropa para mantener el orden, y el general Zayas, que mandaba en Madrid y había firmado la capitulación aquella misma mañana con los franceses, parecía dispuesto a ametrallar sin compasión a la canalla. En gran zozobra vivíamos todos los vecinos de la villa, porque se hablaba de saqueo y de la aproximación de las partidas de Bessieres, el infame aventurero que, defendiendo el despotismo, quería lograr lo que no pudo conseguir combatiendo por la república.
Pero la principal causa de mi inquietud era no ver a mi lado a la persona que más me interesaba en aquellos días. Le esperé toda la mañana y toda la tarde, y como a ninguna hora parecía y había hecho promesa de visitarme, creí que le pasaba algo desagradable. Por la noche no pude refrenar mi ardorosa impaciencia, y volé a su casa. Tampoco estaba en ella, y el anciano portero y maestro de escuela, armado de fusil en medio de la portería, furioso y exaltado cual si acabara de escaparse de un manicomio, me inspiró tanto miedo que no quise esperar allí.
Pasé la noche en un estado de angustia horrible. Corrían rumores de que pronto tendríamos saqueo, prisiones, muertes y escandalosas escenas. Se decía que los liberales más señalados eran perseguidos por las calles como perros rabiosos y apedreadas sus casas. Yo no podía vivir. Al amanecer del otro día, que era el 20 de mayo, busqué a Salvador en diversos puntos, y tampoco le pude encontrar. Antes de volver a casa vi movimientos de tropas en la Puerta del Sol, y me dijeron que Bessieres había aparecido con sus cuadrillas, que yo llamaba de _asesinos de la fe_, por detrás del Retiro, amenazando entrar en Madrid. La plebe de los barrios bajos se le había reunido, y como hambrientos perros aullaban mirando a la corte con ansias de devorarla. Todo Madrid estaba aterrado, y yo más que nadie, no por el temor del saqueo, sino por la sospecha de que la persona más cara a mi corazón hubiera sido víctima del furor de la plebe.
Esperé también todo aquel día. Campos entró a darnos noticias de lo que pasaba. Oíamos cañonazos lejanos, y a cada instante creíamos ver llegar y difundirse por las calles a la desenfrenada turba soez, ebria de sangre y de pillaje. Pero Dios no quiso que en aquel día triunfaran los malvados. El general Zayas destrozó a los _asesinos de la fe_, acuchillando a los chisperos y mujerzuelas que entre ellos graznaban. La plebe, aterrada, volvió a sus oscuras guaridas, y mucha gente mala huyó a los campos, aguardando a poder entrar con los franceses. Desde que supimos el gran peligro a que habíamos estado expuestos los habitantes de Madrid, todos deseábamos que llegasen de una vez los Cien mil hijos de San Luis, para que, estableciendo un gobierno regular, contuvieran a la canalla azuzada por los realistas furibundos.
Al fin salí de la angustia que me atormentaba. En la mañana del día 21, el prófugo, por quien yo había derramado tantas lágrimas, se presentó delante de mí en estado bastante lastimoso, desencajado y lleno de contusiones, con los ojos encendidos, seca la boca, cubierta de sudor la hermosa frente, rotos y llenos de polvo los vestidos.
Al punto comprendí que había sido maltratado por las feroces bestias populares. No le dije nada, y me apresuré a cuidarle, proporcionándole alimento y reposo. Él me miraba con ojos extraviados. Apretando los puños exclamó:
—¿Has visto a la canalla?
Necesitaba sosiego, y por todos los medios procuré tranquilizarle.
—No pienses más en eso —le dije—, y regocíjate ahora en la paz de mi compañía y en esta dulce soledad en que estamos.
—¡No puedo, no puedo! —exclamó con gran agitación.
Y después repetía:
—¿Has visto a la canalla? Pero ¡qué canalla es la canalla!
Más tarde me contó que había corrido un gran riesgo, porque al salir de un sitio en que estaban reunidas varias personas contrarias al despotismo, fue acometido, pudiendo salvar a duras penas la vida, gracias a su energía y al coraje con que se defendió.
Su estado febril inspirome bastante ansiedad aquella noche que pasó junto a mí; pero a la mañana siguiente, su prodigiosa naturaleza había triunfado de la ebullición de la sangre irritada.
—No puedo ir a mi casa —me dijo—, y aun será peligroso que salga a la calle; pero yo necesito disponer mi viaje.
—¿Vuelves al norte?
—No: tengo que ir a Sevilla, donde está lo que queda de gobierno liberal. No tengo ya ni un resto siquiera de esperanza; pero es preciso que cumpla fielmente la comisión del general Mina, y vaya hasta las últimas extremidades, para que nos quede al menos el consuelo de haberlo intentado todo, y para que se pueda decir esta verdad terrible: «No hubo un solo liberal en España que supiera cumplir con su deber.»
—Pues si vas a Andalucía iré contigo —dije, regocijándome ya con la idea de acompañarle y huir de Madrid, donde mi conciencia no podía estar tranquila.
—El viaje no será fácil —respondió sin demostrar grande entusiasmo por mi compañía—, mayormente para una señora.
—Para mí todo es fácil.
—No se encontrarán carruajes.
—Como ruede el dinero, rodarán los coches.
—La policía vigilará la salida de los liberales.
—No importa.
Sin pérdida de tiempo empecé mis diligencias para nuestro viaje. Ningún propietario de coches quería arriesgar su material ni sus caballerías, porque los facciosos se apoderaban de ellas. No me acobardó, sin embargo, y seguí mis pesquisas. Campos también deseaba proporcionar a mi amigo fácil escapatoria.
La entrada de los franceses, el día 23, me dio alguna esperanza; mas, por desgracia, entre las fuerzas de vanguardia no venía el conde de Montguyon. Vi, en cambio, muchos guerrilleros del norte, de fiero aspecto, y temblé de pavor, deseando entonces más vivamente huir de la corte.
¡Y qué desorden en los primeros momentos de aquel día! Por mucha prisa que se dieron los franceses a establecerse, no lograron impedir mil excesos.
Centenares de hombres, cuyo furor había sido pagado, corrían por las calles celebrando entre borracheras el horrible carnaval del despotismo. Rompían a pedradas los cristales, trazaban cruces en las puertas de las casas donde vivían patriotas, como señal de futuras matanzas; escarnecían a todo el que no era conocido por su exaltación absolutista; gritaban como locos, maldiciendo la libertad y la nación. No escapaban de sus groserías las personas indiferentes a la política, porque era preciso haber sido perro de presa del absolutismo para obtener perdón. Algunos frailes de los que más habían escandalizado en el púlpito con sus sermones sanguinarios, eran llevados en triunfo.
Saliendo de misa de San Isidro, me vi insultada y seguida por una turba de mujerzuelas feroces, solo porque llevaba un lazo verde. El color verde era ya el color de la ignominia, como emblema del liberalismo, que tantas veces había escrito sobre él _Constitución o muerte_. Vi maltratar a un joven de buen porte, solo porque usaba bigote, y desde aquel día, el tal adorno de las varoniles caras fue señal de francmasonismo y de extranjería filosófica.
Quien vio una vez tales escenas, no puede olvidarlas. Mis ideas habían cambiado mucho desde mi viaje a Francia. Conservando el mismo respeto al trono y al gobierno fuerte, había perdido el entusiasmo realista. Pero en aquel día tristísimo se desvanecieron en mi cabeza no pocos fantasmas; y aunque seguí creyendo que uno solo gobierna mejor que doscientos, el absolutismo popular me inspiró aversión y repugnancia indecibles.
No había concluido de referir en mi casa el gran peligro que había corrido por llevar un lazo verde, cuando entró Campos. Traía semblante muy alegre.
—Ya está resuelta la cuestión de tu viaje —dijo a Salvador—. Esta noche puedes marchar, si quieres.
—¿Cómo? —preguntamos él y yo.
—De un modo tan sencillo como seguro. El marqués de Falfán de los Godos[4] había pensado marchar a Andalucía... ¡Como la pobre Andrea está tan delicada...! En fin, se han decidido a salir esta noche. Tienen silla de postas propia. Al punto me he acordado de ti. Falfán de los Godos tiene gusto en llevarte.
[4] Véase _El Grande Oriente_.
—Eso no puede ser —dije vivamente, saliendo al encuentro de aquella proposición con verdadera furia, que trataba de disimular.
—¿Por qué no ha de poder ser, señora mía? —dijo Campos—. En la silla de postas irán cómoda y seguramente el marqués, mi sobrina con su hijo, la doncella y dos criados, que seremos nosotros, Salvador y yo. Perfectísimamente.
El taimado masón se restregaba las manos en señal de regocijo.
—Me parece una excelente idea —afirmó Monsalud mirándome—. ¿No crees tú lo mismo?
Yo no contesté nada. Estaba furiosa. El vio sin duda en mis ojos la tempestad que se había desatado en mi corazón; mas no por conocerlo se apresuró a conjurarla. Antes bien, ocupose de disponer su viaje con una calma, con una indiferencia hacia mí que me irritaron más. Mi dignidad me impedía pedir un puesto en aquel coche que se llevaría la mitad de mi alma. La misma dignidad me impedía recordarle nuestro dulce proyecto de ir juntos. Encerreme breve rato en mi cuarto para que nadie conociese la alteración nerviosa que me sacudía, y con los dientes hice pedazos un pañuelo inocente. Mis ojos, secos e inflamados, no podían dar salida a la angustia de mi corazón, derramando una sola lágrima.
Cuando me presenté de nuevo, mi apariencia no podía ser más tranquila. Afectaba naturalidad y hasta alegría: tal era la perfección de mi disimulo. Evoqué todas las fuerzas de mi voluntad para forjar la máscara de hierro, bajo la cual escondía mi verdadero semblante lleno de luto y consternación. ¡Qué intenso padecer! ¿Cómo no, si Salvador mismo me había contado toda la historia de sus relaciones con Andrea Campos, después marquesa de Falfán de los Godos? Yo la había tratado bastante después de su matrimonio. La admirable hermosura de la americanilla, representándose en mi imaginación, me la quemaba como un hierro abrasado.
Tuve valor para verles partir. Vi a la sobrina de Campos subir al coche, haciéndose la interesante con su languidez de dama enfermita; vi al viejo marqués engomado y lustroso, como un muñeco que acaba de salir del taller de juguetes; vi a Salvador tomando en brazos y besando cariñoso al niño de la marquesa... No quise ver más... ¡El coche partió!... ¡Se fueron!...
XXI
Se fueron y yo me quedé. Las lágrimas que antes no habían querido salir de mis ojos, brotaron a raudales, abrasándome las mejillas. No podía dejar de pensar en la hipocritona, que corría por los campos desiertos, lanzada por mí al interminable viaje de la desesperación; pero lejos de tenerle lástima, aquel recuerdo avivaba mi hondo furor, haciéndome exclamar: «¡Me alegro, mil veces me alegro!»
¡Cuán grande había sido mi castigo! Para que este fuera más evidente, fui condenada por Dios al mismo suplicio de viajar buscando a una persona amada, de correr un día y otro día como el que huye de su sombra, siempre impaciente, siempre anhelante, precipitada de la esperanza al desengaño y del desengaño a una nueva esperanza. Porque sí, yo emprendí también el viaje a Andalucía tres días después. Estaba en la alternativa de morir de despecho o correr también. Hubo en mí desde aquel día algo de la maldición espantosa que pesaba sobre el judío errante, y me sentí como arrastrada por la fuerza de un huracán.
¡Ay!, el huracán estaba dentro de mí misma, en mi cólera, en mis celos, en un loco afán de no hallarme lejos de dos personas, cuya imagen ni un solo instante se apartaba de mi pensamiento. Si mis lectores me han conocido ya por lo que va contado de mi borrascosa vida, comprenderán que yo no podía quedarme en Madrid. Mi carácter me lanzaba fuera como la pólvora lanza la bala.
Partí... Pero antes debo decir cómo pude conseguir los medios para ello. Mi primer paso fue recurrir a Eguía; mas desde la entrada de los franceses le habían arrinconado como trasto inútil, y una regencia fresca y lozana funcionaba en su lugar. Nombrola Angulema de acuerdo con el Consejo de Estado, y la componían los duques del Infantado y de Montemart, el barón de Eroles, el obispo de Osma y don Antonio Gómez Calderón. Secretario de ella era el venenoso Calomarde, al cual me dirigí solicitando un pase y licencia para el uso de coche-posta. Recibiome tan fríamente y con tanta soberbia e hinchazón, que no pude menos de recordar al don Soplado del poeta sainetero don Ramón de la Cruz.
Le desprecié como merecía, y recurrí a don Víctor Sáez, nombrado ministro de Estado; pero este me recordó a la rana cuando quiso parecerse al buey. Tuvo el mal gusto de echarme en cara mi supuesta conversión al constitucionalismo y a la Carta francesa, diciéndome mil necedades presuntuosas y aun amenazándome. Su fatuidad, semejante a la del pavo cuando se sopla y arrastra las alas para meter ruido, me hizo reír en sus propias barbas. El único que se me mostró algo propicio fue Erro, hombre honrado y modesto. Pero nada positivo saqué de la flamante situación, que daba pruebas de su agudeza política volviendo las cosas _al propio ser y estado que tenían en 7 de marzo de 1810_, restableciendo los antiguos Consejos y la Sala de Alcaldes de Casa y Corte. Era esto volver a los tontillos, al guardainfante y al pelo empolvado.
Por mi ventura, llegó a Madrid el conde de Montguyon. Le vi; hízome la centésima declaración de amor, y luego, con semblante dolorido, me dijo:
—Soy muy desgraciado, señora, en no poder estar cerca de vos. Tengo que partir con el general Bourdessoulle para esa poética región que llaman la Mancha, idealizada por las aventuras del gran caballero.
Entonces le manifesté que si me proporcionaba los medios de hacer el viaje, poniendo yo por mi cuenta todos los gastos, le seguiría a aquel encantado país que hizo célebre el caballero sin par. Al oír esto, se volvió todo obsequios, y tres días después tenía yo a mi disposición una silla de postas con caballos del cuartel general de Bourdessoulle, y un pase que me aseguraba el respeto de las turbas por todo el tránsito que iba a recorrer.