Los cien mil hijos de San Luis
Part 10
Sentían los españoles la comezón de destronar algo, y el afán de probar la embriaguez revolucionaria, que sin duda embelesa a los pueblos de Occidente como a los chinos el opio, y dijeron: «Hagamos temblar a los reyes, pues que ha llegado la hora de que los reyes tiemblen delante del pueblo...» Mas era aquí la gente demasiado bondadosa para una calaverada sangrienta. En otra parte, al ver al rey sistemáticamente contrario a la representación nacional, hubiéranle cortado la cabeza; aquí le privaron del uso de la razón temporalmente, diciendo: «Señor, vuestro deseo de esperar aquí a los franceses nos prueba que estáis loco. Con arreglo a la Constitución, declaramos que sois digno de un manicomio y de perder la autoridad real. Vámonos a Cádiz, y cuando estemos allí, os adornaremos de nuevo con vuestra cabal razón, y seguiremos partiendo un confite como hasta aquí.»
Admirable recurso habría sido este, a mi parecer, desde el punto de vista liberal, teniendo un gran ejército para reforzar el argumento en los campos de batalla. Sin fuerza, aquel hecho probaba que los diputados estaban más locos que el rey, y así se lo dije a Falfán de los Godos. Con esto se comprende que el marqués había entrado en la galería, colocándose detrás de mí. Él ponía mucha más atención que yo al discurso y aun a los rumores que sonaban arriba y abajo.
—Han llenado de gentuza la tribuna pública —me dijo en voz queda— para que aplauda las atrocidades que habla ese hombre.
No sé si era o no gente pagada; pero es lo cierto que a cada párrafo coruscante, terminado en _la salvación de la patria_ o en _el afrentoso yugo de esta nación heroica_, la galería pública mugía como una tempestad cercana. ¡Qué rugidos, qué gestos de bárbaro entusiasmo, qué manera de apostrofar! Algunas señoras tuvieron miedo y se retiraron, lo cual me agradó en extremo, porque la tribuna se quedó muy holgada.
—¿Piensa usted seguir hasta el fin? —me dijo Falfán, endulzando su mirada hasta un extremo empalagoso.
—Estaré algún tiempo más —repuse—. No me he cansado todavía.
Y miraba a diestra y siniestra esperando verle y no viéndole nunca. Los que me conocen comprenderán mi aburrimiento y pena. No hay tormento peor que tener ocupada la mente por una idea fija que no puede ser desechada. Es una espina clavada en el cerebro, una acerada punta que hiere, y que, sin embargo, no se puede ni se quiere arrancar. Yo procuraba distraerme de aquel a manera de dolor agudísimo, charlando con Falfán; pero nada conseguí. La locura del rey, declarada por una votación que iba a verificarse; la exaltación revolucionaria de los diputados, la elocuencia fascinadora de Galiano, no bastaban a dar otra dirección a las fuerzas de mi espíritu.
—¿Y usted qué cree? —me preguntó el marqués.
—Yo no creo nada —respondí con el mayor hastío—. Si he de hablar con franqueza, nada de esto me importa gran cosa.
—¡Que declaren loco a Su Majestad!...
—Lo mismo que si le declaran cuerdo... Yo soy así... Parece que se cansan —añadí, reparando que se suspendían los discursos.
—Es que ahora va una comisión de las Cortes al Alcázar a intimar al rey. Si no se resigna a salir...
—¿Habrá más discursos?
—Las Cortes están en sesión permanente. Después vendrá lo más interesante, lo más dramático; yo no pienso moverme de aquí.
—Su Majestad ha de responder que no sale de Sevilla. Me lo ha dicho esta mañana, y aunque no tengo gran fe en su palabra, paréceme que por esta vez va a cumplir lo que dice.
—Lo mismo creo, señora. En ese caso, las Cortes, después de este respiro que ahora se dan, están dispuestas a poner en ejecución el artículo 187 de la Constitución...
—¿Y qué dice ese artículo?...
En el momento de formular esta pregunta me estremecí toda, y me pasó por delante de los ojos una claridad relampagueante. Le vi: había entrado en la tribuna inmediata y volvía sus ojos en todas direcciones como buscándome. Desde aquel instante las palabras del marqués no fueron para mí sino un zumbido de moscardón... Por fin sus ojos se encontraron con los míos.
—¡Gracias a Dios! —le dije, empleando el lenguaje de las pupilas.
El marqués seguía hablando. Para que no descubriese mi turbación, ni se enojase al verme tan distraída, le pregunté de nuevo:
—¿Y qué dice ese artículo?
—¡Si se lo he explicado a usted! —repuso—. Sin duda no me presta atención. Es usted muy distraída.
—¡Ah!, sí... Estaba pensando en ese pobre Fernando.
—El mejor procedimiento, a mi modo de ver —manifestó Falfán de los Godos gravemente—, sería...
—¡Que le cortaran la cabeza! —indiqué mostrándome, sin cuidarme de ello, tan revolucionaria como Robespierre.
—¡Qué cosas tiene usted! —exclamó el marqués riendo.
Y siguió hablándome, hablándome, es decir, zumbando como un abejorro. Pasados diez minutos, creí conveniente dirigirle otra vez la palabra, y repetí mi preguntilla:
—¿Y qué dice ese artículo?
—Por tercera vez se lo diré a usted.
Entonces me fue forzoso dedicarle un pedacito de atención.
—El artículo 187 dice poco más o menos que cuando se considere a Su Majestad imposibilitado moralmente para ejercer las funciones del poder ejecutivo, se nombre una Regencia...
—¿Como la de Urgel?
—Una Regencia constitucional, señora, que desempeñe aquellas funciones...
—¡Oh!, señor marqués, en todo soy de la misma opinión de usted —exclamé con artificiosa admiración—. En pocos hombres he visto un juicio tan claro para hacerse cargo de los sucesos.
Miré a Salvador. Pareciome que con los expresivos ojos me decía: «Salgamos.» Y al mismo tiempo salía.
—Yo me retiro, señor marqués —dije de improviso levantándome.
—¡Señora, se marcha usted en el momento crítico! —exclamó con asombro y pena—. Se van a reanudar estas interesantes discusiones. ¡Qué discursos vamos a oír!
—Estoy fatigada. Hace mucho calor.
—Sin embargo...
Mientras en el salón resonaba un rumor sordo como el anuncio de furibunda tempestad parlamentaria, Mariana y yo nos dispusimos a salir; pero en el mismo instante, ¡oh contrariedad imprevista!, multitud de caballeros y señoras entraron en la tribuna. Eran los que habían salido durante el período de descanso, que regresaban a sus puestos, para disfrutar de la parte dramática de la sesión. Además, numeroso gentío recién venido se apiñaba en la puerta. Ya no era posible salir.
—Señora —me dijo Falfán—, ya ve usted que no es fácil la salida. No pierda usted su asiento. Esto acabará pronto.
No tuve más remedio que quedarme. Caí en mi asiento como un reo en su banquillo de muerte. Lo que principalmente me apenaba era que entre la multitud había desaparecido el que bastaba a alegrar o entristecer mi situación. En la muralla de rostros humanos, ávidos de curiosidad, no estaba su rostro ni otro alguno que se le pareciese.
«Sin duda me aguarda fuera —pensé—. ¡Qué desesperación! ¡Cuándo acabará esta farsa!...»
XXV
—La comisión que fue con el mensaje a Palacio —dijo Falfán alargando su rostro para abarcar con una mirada todo el salón— ha vuelto, y va a manifestar la respuesta de Su Majestad.
—Que le maten de una vez —indiqué en voz baja—. ¿Dice usted, señor marqués, que esto acabará pronto?
—Quizás no. Me parece que tendremos para un rato. Cosas tan graves no se despachan en un credo.
Pensé que se me caía el cielo encima. El profundo silencio que reinó durante un rato en aquel recinto, obligome a atender brevemente a lo que abajo pasaba. Un diputado, en quien reconocí al almirante Valdés, tomó la palabra.
Pudimos oír claramente las expresiones del marino al decir: «Manifesté a Su Majestad que su conciencia quedaba salva, pues aunque como hombre podía errar, como rey constitucional no tenía responsabilidad alguna; que escuchase la voz de sus consejeros y de los representantes del pueblo, a quienes incumbía la salvación de la patria. Su Majestad respondió: _He dicho_, y volvió la espalda.»
Cuando estas últimas palabras resonaron en el salón, un rumor de olas agitadas se oyó en las tribunas; olas de patriótico frenesí que fueron encrespándose y mugiendo poco a poco hasta llegar a un estruendo intolerable.
—Todos esos que gritan están pagados —dijo el marqués.
Entonces miré hacia atrás, pues no podía vencer el hábito adquirido de explorar a cada instante la muchedumbre, y le vi. Estaba en la postrera fila: apenas se distinguía su rostro.
«¡Ah! —exclamé para mí con gozo—. ¡No me has abandonado! Gracias, querido amigo.»
Advertí que desde el apartado sitio donde se encontraba, seguía los incidentes de la sesión con toda su alma. Mi pensamiento debía de estar donde estaba el suyo, y atendí también. Segura de tenerle cerca; segura de que fiel y cariñoso me aguardaba, pude tranquilamente fijar mi espíritu en aquella turbulenta parte de la sesión y en el orador que hablaba. Era otra vez Galiano. Su discurso, que en otra ocasión me hubiera fastidiado, entonces me pareció elocuente y arrebatador.
¡Qué modo de hablar, qué elegancia de frases, qué fuerza de pensamiento y de estilo, qué ademán tan vigoroso, qué voz tan conmovedora! Siendo mis ideas tan contrarias a las suyas entonces, no pude resistir al deseo de aplaudirle, enojando mucho al marqués con mi llamarada de entusiasmo.
—¡Oh, señor marqués! —le dije—. ¡Qué lástima que este hombre no hable mal! ¡Cuánto crecería el prestigio del realismo, si sus enemigos carecieran de talento!...
Los argumentos del orador eran incontestables dentro de la situación y del artículo 187, que intentaban aplicar. «No queriendo Su Majestad —decía— ponerse en salvo, y pareciendo a primera vista que Su Majestad quiere ser presa de los enemigos de la patria, Su Majestad no puede estar en el pleno uso de su razón. Es preciso, pues, considerarle en un estado de delirio momentáneo, en una especie de letargo pasajero...»
Estas palabras compendiaban todo el plan de las Cortes. Un rey constitucional que quiere entregarse al extranjero, está forzosamente loco. La nación lo declara así, y se pasa sin rey durante el tiempo que necesita para obrar con libertad. ¡Singular decapitación aquella! Hay distintas maneras de cortar la cabeza, y es forzoso confesar que la adoptada por los liberales españoles tiene cierta grandeza moral y filosófica digna de admiración. «Antes que arrancar de los hombros una cabeza que no se puede volver a poner en ellos —dijeron—, arranquémosle el juicio, y tomándonos la autoridad real, la persona jurídica, podremos devolverlas cuando nos hagan falta.»
Yo miraba a cada rato a mi adorado amigo, y con los ojos le decía:
«¿Qué piensas tú de estos enredos? Luego hablaremos y se ajustarán las cuentas, caballerito.»
No duró mucho el discurso de Galiano, porque aquello era como lo muy bueno, corto, y habían llegado los momentos en que la economía de palabras era una gran necesidad. Cuando concluyó, las tribunas prorrumpieron en locos aplausos. Entre las palmadas, semejantes por su horrible chasquido a una lluvia de piedras, se oían estas voces: «¡A nombrar la Regencia! ¡A nombrar la Regencia!»
—Señora —me dijo el marqués horrorizado—, estamos en la Convención francesa. Oiga usted esos gritos salvajes, esa coacción bestial de la gente de las galerías.
—Van a nombrar la Regencia.
—Antes votarán la proposición de Galiano. ¡Atentado sacrílego, señora! Me parece que asisto a la votación de la muerte de Luis XVI.
—¡Qué exageración!
—Señora —añadió con solemne acento—. Estamos presenciando un regicidio.
Yo me eché a reír. Falfán, enfureciéndose por el regicidio que se perpetraba a sus ojos, e increpando en voz baja a la plebe de las galerías, era soberanamente ridículo.
—Lo que más me indigna —exclamó pálido de ira— es que no dejen hablar a los que opinan que Su Majestad no debe ser destronado.
En efecto: con los gritos de ¡_fuera_!, ¡_que se calle_!, ¡_a votar_!, ahogaban la voz de los pocos que abrazaron la causa del rey. La Presidencia y la mayoría, interesadas en que las tribunas gritasen, no ponían veto a las demostraciones. Veíase al alborotado público agitando sus cien cabezas y vociferando con sus cien bocas. En la primera fila los brazos gesticulaban señalando o amenazando, o golpeaban el antepecho con las bárbaras manos, que más bien parecían patas. Muchas señoras de la tribuna reservada se acobardaron, y diose principio al solemne acto de los desmayos. Esto fue circunstancia feliz, porque la tribuna empezó a despejarse un poco, haciendo menos difícil la salida.
—Señor marqués —dije tomando la resolución de marcharme—. Me parece que es bastante ya.
—¿Se va usted? Si falta lo mejor, señora.
—Para mí lo mejor está fuera. Aquí no se respira. Adiós.
—Que van a votar. Que vamos a ver quiénes son los que se atreven a sancionar con su nombre este horrible atentado.
—Ahí tiene usted una cosa que a mí no me importa mucho. ¿Qué quiere usted? Yo soy así. Dormiré muy bien esta noche sin saber los nombres de los que dicen sí.
—Pues yo no me voy sin saberlo. Quiero ver hasta lo último; quiero ver remachar los clavos con que la monarquía acaba de ser crucificada.
—Pues que le aproveche a usted, marqués... Veo que ya se puede salir. Adiós; tantas cosas a la marquesa. Ya sabe que la quiero.
No hice muy larga la despedida por temor a que tuviese la deplorable ocurrencia de acompañarme. Salí. ¡Ay! Aquella libertad me supo a gloria. ¡Con qué placentero desahogo respiraba! Al fin iba a satisfacer mi deseo, la sed de mis ojos y de mi alma, que ha tiempo no vivían sino a medias. Desde que salí a los pasillos le vi lejos esperándome. Hízome una seña, y ambos procuramos acercarnos el uno al otro, cortando el apretado gentío que salía. Pero cuando estaba a seis pasos de él, sentí detrás de mí la áspera voz de Falfán, la cual me hizo el efecto de un latigazo. Volvime, y vi su sonrisa y sus engomados bigotes, que yo creía haber perdido de vista por muchos días.
—Señora, no se me escape usted —me dijo, ofreciéndome su brazo—. He salido porque la votación no es nominal. Esos pícaros han votado levantándose de su asiento... ¡Qué escándalo!... ¡Votar así un acuerdo tan grave!... ¡Tienen vergüenza y miedo!... Ya se ve... Tome usted mi brazo, señora.
La importuna presencia del estafermo me dejó fría. No tuve más remedio que apoyar mi mano en su brazo y salir con él. Frente a nosotros vi a Salvador, que me pareció no menos contrariado que yo.
—Querido Monsalud —le dijo el marqués—, ¿ha visto usted la sesión? ¡Gran escena de teatro! Me parece que correrá sangre.
No recuerdo lo que ambos hablaron mientras bajamos a la calle. Me daban ganas de desasirme del brazo del prócer, y empujarle con todas mis fuerzas para que fuera rodando por la escalera abajo, que era bastante pendiente. Pero me fue forzoso tener paciencia y esperar, fiando en que el insoportable intruso nos dejaría solos al llegar a la calle. ¡Vana ilusión! Sin duda se habían conjurado contra mí todas las potencias infernales. El marqués de Falfán, empleando su relamido tono, que a mí me sonaba a esquilón rajado, me dijo:
—Ahora, dígnese usted aceptar mi coche, y la llevaré a su casa.
—Si yo no voy a mi casa —repuse vivamente—. Voy a visitar a una amiga... o quizás, como ya es tarde y no hace calor, daremos Mariana y yo un paseo.
—Bien, a donde quiera usted que vaya la acompañaré —dijo el marqués con la inexorable resolución de un hado funesto—. Y usted, Salvador, ¿a dónde va?
—Tengo que ver a un amigo junto a San Telmo.
—Entonces no digo nada. Si va usted en esa dirección, no puedo llevarle. Y usted, Jenara, ¿a dónde quiere que la lleve?
—Mil gracias, un millón de gracias, amigo mío —repuse—. El movimiento del coche me marea un poco. Me duele la cabeza y necesito respirar libremente y hacer algo de ejercicio. Mariana y yo nos iremos a dar una vuelta por la orilla del río.
Bien sabía yo que el señor marqués no gustaba de pasear a pie, y que en aquellos días estaba medianamente gotoso. Yo no quería que de ningún modo sospechase Falfán que Salvador y yo necesitábamos estar solos. Al indicar yo que iría a pasear por la orilla del río, claramente decía a mi amado: «Ve allá y espérame, que voy corriendo, luego que me sacuda este abejón.»
Comprendiéndome al instante, por la costumbre que tenía de estudiar sus lecciones en el hermoso libro de mis ojos, se despidió. Bien claro leí yo también en los suyos esta respuesta: «Allá te espero; no tardes.»
Luego que nos quedamos solos, el marqués reiteró sus ofrecimientos. Parecía que no rodaba en el mundo más carruaje que el suyo, según la oficiosidad con que a mi disposición lo ponía.
—La tarde está hermosa. Deseo pasear un poco a pie —repetí como quien ahuyenta una mosca.
—Pues entonces —me contestó estrechándome la mano—, no quiero alejarme de aquí: aún debe pasar algo importante. A los pies de usted, señora.
Al fin... al fin me soltó aquel gavilán de sus impías garras... Mariana y yo nos dirigimos apresuradamente a la margen del Guadalquivir.
«¡Ahora sí que no te me escapas, amor!», pensaba yo.
XXVI
¡Cuán largo me pareció el camino! Mariana y yo íbamos con más prisa de la que a dos señoras como nosotras convenía. Pero aun conociendo que parecíamos gente de poco más o menos, cuando vi la Torre del Oro, los palos de los barcos y los árboles que adornan la orilla, avivé más el paso. No faltaba gente en aquellos deliciosos sitios; mas esto me importaba poco.
—Vamos hacia San Telmo —dije a Mariana—. Creo que es aquel edificio que se ve más abajo entre los árboles.
—Aquel es.
—Mira tú hacia la izquierda y yo miraré hacia adelante para que no se nos escape.
—Ya le veo, señora. Allí está.
Mariana le distinguió a regular distancia, y yo también le vi. Me aguardaba puntualmente.
«¡Ah, bribón, ya eres mío!», pensé, deteniendo el paso, segura al fin de que no se me escaparía.
Él miraba hacia la puerta de Jerez, como si nos aguardara por allí. Avanzamos Mariana y yo, dando un pequeño rodeo para acercarnos a él por detrás, y sorprenderle, sacudiéndole el polvo de los hombros con nuestros abanicos. Yo sonreía.
Distábamos de él unos diez pasos, cuando sentí que me llamaban.
—¡Jenara, Jenara! —oí detrás de mí, sin poder precisar en el primer instante a quién pertenecía aquella horrible e importuna voz.
Volvime, y el coraje me clavó los pies en el suelo. Era el marqués de Falfán de los Godos, que venía hacia mí sonriendo y cojeando. Tan confundida estaba, que nada pude decirle ni contestar a sus empalagosos cumplidos.
—Vaya que ha corrido usted, amiguita —me dijo—. Yo acabo de llegar en coche... Es que en el momento de separarnos se me ocurrió una cosa...
—¿Qué cosa?
—Padecí un gran olvido —dijo relamiéndose—. Dispénseme usted. Como usted dijo que venía a pasear a este sitio...
—¿Y qué?..., ¿qué?..., ¿qué?...
Según me dijo después Mariana, yo echaba fuego por los ojos.
—Que olvidé ofrecerme a usted para una cosa que sin duda le será muy agradable.
—Señor marqués, usted se burla de mí.
—¡Burlarme! No, hija mía; al punto que nos separamos, dije para mí: «¡Qué desatento he sido!» Puesto que va al río, debí brindarme a acompañarla para ver el vapor y mostrarle ese prodigio de la industria del hombre.
—¡Usted está loco, sin duda! —afirmé ocultando todo lo posible mi despecho—. ¿Qué es eso del vapor? No entiendo una palabra.
—¡El vapor, señora! Es lo que más llama la atención de todo Sevilla en estos días.
—¿Y qué me importa? —dije bruscamente siguiendo mi camino.
—Dispénseme usted si la he ofendido —añadió el marqués siguiéndome—; pero como venía usted a pasear al río, y como yo tengo entrada libre, siempre que quiero, en esa prodigiosa máquina, creí que la complacería a usted apresurándome a mostrársela.
—¿Qué máquina es esa? —le pregunté deteniéndome.
Al decir esto había perdido de vista al imán de mi vida.
—Mire usted hacia allá, junto a la Torre del Oro.
Miré, y en efecto vi un buque de forma extraña, con una gran chimenea que arrojaba negro y espeso humo. Sus palos eran pequeños, y sobre el casco sobresalía una armazón bastante parecida a una balanza.
—¿Qué es eso? —pregunté al marqués.
—El vapor, una invención maravillosa, señora. Esos ingleses son el demonio. Ya sabe usted que hay unas máquinas que llaman de vapor, porque se mueven por medio de cierto humo blanquecino que va colándose de tubo en tubo...
—Ya sé...
—Pues los ingleses han aplicado esta máquina a la navegación, y ahí tiene usted un barco con ruedas que corre más que el viento y contra el viento. Esto cambiará la faz del mundo. Yo lo he predicho y no me equivocaré.
Mirando hacia la máquina prodigiosa, vi a Salvador que se dirigía hacia la Torre del Oro.
—Veámoslo de cerca, señor marqués —dije marchando hacia allá—. Verdaderamente, ese barco con ruedas es una maravilla.
—Creo que ahora va a dar un par de vueltas por el río, para que lo vean sus altezas reales, que están, si no me engaño, en la Torre del Oro.
—Corramos.
—¡Va toda la gente hacia allá! Descuide usted, podremos entrar si usted quiere. El capitán es muy amigo mío, y los consignatarios son mis banqueros.
—¿De quién es esa máquina?
—De una sociedad inglesa. De veras hubiera sentido mucho no mostrársela a usted esta tarde. Cuando me acordé, faltábame tiempo para acudir a reparar mi grosería.
—Gracias, marqués.
Dejé de ver entonces la luz de mi vida. Mi corazón se llenó de angustia.
—Yo estaba seguro de agradar a usted —me dijo Falfán—. Es un asombro ese buque.
—Un asombro, sí; apresuremos el paso.
—¡Si no se nos ha de marchar!
—¡Que se nos pierde de vista, que se nos va! —exclamé yo sin saber lo que decía.
—Señora, si está anclado... Podemos verlo con toda calma.
Nos acercamos a la Torre del Oro, junto a la cual estaba la nave maravillosa. Tenía dos ruedas como las de un batán, resguardadas por grandes cajones de madera pintados de blanco, con chimenea negra y alta, en cuyo centro estaba la máquina, toda grasienta y ahumada como una cocina de hierro, y el resto no ofrecía nada de particular. De sus entrañas negras salía una especie de aliento ardoroso y retumbante, cuyo vaho causaba vértigos. De repente daba unos silbidos tan fuertes, que había que taparse los oídos. En verdad, tal máquina infundía miedo. Yo no lo tuve, porque no podía fijar en ella resueltamente la atención.
—¿Se atreve usted a entrar? —me dijo el marqués.
Yo miré a todos lados, y vi reaparecer a mi amor perdido, saliendo de entre la muchedumbre, como el sol entre las nubes.
—No, señor; yo me mareo solo de ver un barco —respondí a Falfán—. Estoy satisfecha con admirar desde fuera esta hermosa invención, y le doy a usted las gracias.
Yo hubiera dado no sé qué porque el vapor echase a andar hacia la eternidad, llevándose dentro al marqués de Falfán de los Godos.
—¡Oh! —exclamó él—. Embarquémonos. Yo le garantizo a usted que no se marea. Daremos un paseo hasta Aznalfarache. Vea usted cuántas personas entran.
—Pues yo no me decido. Pero no se prive usted por mí del gusto de embarcarse. Adentro, señor mío. Yo me voy a mi casa.
—¡Ah! No consiento yo que usted vaya sola a su casa —dijo con una galantería cruel que me asesinaba—. Yo la acompañaré.
—Gracias, gracias... No necesito compañía.
—Es que yo no puedo permitir...
De buena gana habría cogido al marqués por el pescuezo como se coge a un pollo destinado a la cazuela, y le hubiera estrangulado con mis propias manos: ¡tal era mi rabia!
—Al menos —añadió—, ya que lo hemos visto por la popa, vamos a verlo también por la proa.
Al decir esto, el prócer dirigió sus miradas hacia la Maestranza, y sus ideas variaron de súbito.
—Vamos. Por allí viene mi esposa —dijo señalando—. ¿La ve usted? Por último se ha atrevido a salir a paseo, aunque no está bien de salud.
Miré y vi a la marquesa de Falfán, que venía con otra dama. También ellas, atraídas por la curiosidad, se dirigían hacia la Torre del Oro.
—Aguardemos aquí —me dijo el marqués sonriendo—. Veremos si pasa sin notar que estamos aquí.
Andrea y su amiga estaban ya cerca de nosotros, cuando Salvador pasó junto a ellas, se detuvo, las saludó y continuó andando a su lado. Nos reunimos los cinco.