Part 6
A las doce de la mañana llegamos a una cañada, desde donde divisamos Vera en el fondo de un valle. Vamos avanzando a caballo Leguía, Ochoa, el Inglesito y yo.
De pronto Leguía se detiene.
--¿Ve usted--me dice--ese monte que está a un lado del pueblo con varios caseríos?
--Sí.
--Se llama Santa Bárbara. En la falda, en un repecho hacia el río que está allí--y señala un barranco,--hay una casa fuerte, la Casherna, y en la misma falda, al acercarse al valle por el lado más próximo a nosotros, hay un convento, el convento de Eztegara. La Casherna y el convento probablemente estarán ocupados por los carabineros.
--¿Y qué tenemos que hacer?--he preguntado yo.
--Dividiremos la fuerza. Usted con Antula, que es mi segundo, y con cincuenta hombres, se presentará delante de la Casherna e intentará parlamentar con la pequeña guarnición. ¿Que se rinden?, entonces mandará usted un hombre al caserío aquel que se llama Lecueder y agitará un pañuelo blanco. ¿Que no se rinden?, el hombre agitará un pañuelo rojo y yo me acercaré a Casherna.
--Está bien. Vamos a la segunda parte. Si se rinden los del fuerte ¿qué hacemos?--he preguntado yo.
--Si se rinden, deja usted diez o doce hombres en la Casherna y se van ustedes acercando al convento de Eztegara. Yo estaré al comienzo de este barrio, que es el barrio de Alzate, y esperaré subido sobre uno de estos montes a ver lo que ustedes hacen y cuándo llegan. Si veo que ha tenido usted éxito, me presentaré delante del convento e intimaré la rendición. Usted entonces se acercará con su gente.
--Creo que estamos entendidos.
Leguía habla en vascuence con Antula, le hace algunas recomendaciones y nos separamos los dos grupos. Leguía toma por la derecha a coger el camino de San Juan de Luz a Vera; yo, acompañado de el Inglesito, de Antula y de unos cincuenta hombres, cruzo un barranco y avanzo por la falda de Santa Bárbara.
Antula, el segundo de Leguía, es un hombre rojo, con las pupilas azules brillantes, las cejas y las pestañas doradas y la melena hasta los hombros. Viste un capisayo corto atado con unas cuerdas y tiene un aire salvaje y fiero. Detrás de él marcha un perro, tan parecido al amo en el aspecto sombrío, que se ve que está identificado con él. Mientras vamos andando por el monte, Antula no me dice nada; pero al divisar la casa fuerte me grita, hablándome de tú:
--¡Baja!
--No, no--exclamo yo, y sigo a caballo.
El Inglesito hace lo mismo.
Nos aproximamos a una casa vieja, aspillerada, que en el pueblo llaman la Casherna. Antula vuelve a decirme:
--¡Baja!--pero yo sigo adelante a caballo y el Inglesito también.
Al acercarnos a la casa fuerte nos encontramos con un piquete de realistas formado por unos treinta hombres. Yo, poniendo en prensa mi cerebro, les dirijo una arenga hablándoles de la libertad.
Los soldados de la Casherna se consultan, vacilan y dicen que se rendirán a condición de que les dejen marcharse cada cual adonde quiera.
Acepto su proposición y los soldados se van.
El Inglesito me da la mano gravemente. Ocupado el viejo cuartel, llamado la Casherna, y un pequeño fortín que hay más abajo, hacemos la seña desde Lecueder a Leguía y nos dirigimos hacia el convento de capuchinos de Eztegara.
Este convento es un edificio no muy grande, con capilla, cementerio adosado a ella, vivienda para los frailes y algunos almacenes y corrales de ganado.
Por las reglas de la Orden el tal convento debía ser un eremitorio de forma humilde y pobre, la iglesia pequeña y estrecha, la vivienda mísera y sólo capaz para ocho a doce frailes con el superior; pero actualmente los frailes no llevan una vida humilde, ni mucho menos. Está fundado el convento de Vera en 1741. Tiene exteriormente una muralla de ronda que rodea el rectángulo de sus campos, que por dos de sus lados está limitado por los arroyos Lamiocingo-Erreca y Convetuco-Erreca.
Antula, el Inglesito y yo nos acercamos al convento y entramos en un caserío que se llama Botinea. Desde los agujeros del pajar veo la huerta del convento, sus campos de maíz, sus filas de perales y de manzanos, el pozo y dos grandes nísperos que hay delante de la capilla.
El convento tiene todas sus puertas y ventanas cerradas.
Los carabineros, en número de trescientos, se han encerrado ahí con su jefe D. Claudio Ichazo. Con ellos están los capuchinos armados y algunos voluntarios realistas. Deben hallarse todos emboscados o parapetados, porque no se les ve.
Al acercarse Fermín Leguía al convento ha comenzado desde las ventanas el fuego graneado. Antula y yo hemos distribuído la gente en Botinea para contestar al fuego desde los agujeros del pajar.
En esto en una ventana del convento ha aparecido una bandera blanca.
Leguía ha mandado a Ochoa a los carabineros como parlamentario, y en vista de que no ha habido acuerdo se han reanudado las hostilidades.
Leguía ha mandado preparar y cargar el cañón; dos artilleros lo han colocado delante del portillo de la huerta del convento, a una distancia de treinta o cuarenta varas y han hecho fuego suprimiendo el obstáculo.
No se ha podido pasar, porque detrás había una barricada formada con maderas y con carros, que se ha deshecho de nuevo a cañonazos.
Hemos entrado en la huerta del convento y en la parte de vivienda de los frailes. Los carabineros se han encerrado en la iglesia. Parece que no tienen municiones, pero no quieren rendirse.
Al poco rato, nueva bandera de parlamento aparece en el tejado de la iglesia.
¿Qué hacemos? Un guerrillero de los que se han quedado en la Casherna viene diciendo que en el camino de Echalar han aparecido fuerzas del batallón de realistas número 10. Son dos compañías que manda el capitán D. Teodoro Carmona.
¿Qué hacemos?, nos hemos vuelto a preguntar. No hay más remedio que retirarse.
Se manda aviso a los de la Casherna para que vengan al convento a emprender la vuelta a Zugarramurdi.
--¿Por dónde vamos?--pregunta Antula a Leguía,--¿hacia Oleta?
--No, no; a Zugarramurdi.
Quedamos de acuerdo en fingir que no nos retiramos, y vamos por el barrio de Illecueta a coger el camino de Zugarramurdi. En el alto de Lizuñaga se prepara la comida. Se enciende fuego y se hierve en cuatro calderos grandes habas secas con tocino. Yo como con gusto y el Inglesito mismo no hace melindres.
El postre nos lo da un pelotón de voluntarios realistas mandados por Carmona, que empieza a hacernos fuego.
Antula con algunos de sus hombres se lanza sobre ellos y los dispersa y los persigue de risco en risco.
--¡Qué tipo este Antula!--le digo a Leguía.
--Sí, es un gran tipo.
--¿Lo conoce usted desde hace mucho tiempo?
--Sí; desde hace mucho tiempo. ¿Que, le interesa a usted?
--Sí.
--Ya le contaré a usted su vida más tarde.
Por la noche entramos de nuevo en Zugarramurdi, y Leguía explica a Valdés los detalles de la expedición, que no ha tenido ningún resultado.
III.
EL LEÑADOR DE ANTULA
_Zugarramurdi, 19 Octubre; por la mañana._
ESCRIBO en la cocina de la posada, a la luz de un candil. Está apuntando el día, un día turbio, húmedo y triste. Hemos estado largo tiempo después de cenar, fumando, bebiendo y contando historias a la luz de la lumbre.
El Inglesito se nos ha reunido. Campillo, Malpica, Mancha y Leguía han contado las suyas; la que más me ha interesado, porque se refiere a un tipo como Antula que acabo de conocer, ha sido la de Leguía. Voy a transcribir su narración, no exactamente, porque el guerrillero navarro ha hecho una porción de divagaciones al contarla:
--La vida de Antula--ha dicho D. Fermín--está unida con la mía. Yo he nacido en Vera del Bidasoa, en Febrero de 1787, en el caserío que se llama Landaburuchipia. Esta casa era de mis abuelos maternos, Norberto de Fagoaga y Mariana de Alzate. Tenía veintiún años cuando los franceses entraron en España: no sabía escribir y apenas sabía leer. El oir los desmanes que hacían los franceses en nuestro país me impulsó a echarme al monte, y con Antula, que era un muchacho salvaje, leñador de un caserío del monte Larrun y cazador de jabalíes, me reuní al cabecilla Belza que operaba en las orillas del Bidasoa... No llegamos más que a intranquilizar al enemigo con alguna que otra correría de poca importancia. En un viaje que hicimos a Guipúzcoa, Antula y yo a recoger caballos, los franceses nos cortaron la comunicación con Belza y tuvimos que pasarnos a Vizcaya y a Santander. Allí tomamos parte con unos estudiantes en la acción de Santoña. Los estudiantes se batían sin orden ni táctica. En un encuentro que tuvimos en Santander el 17 de Julio de 1808 a Antula y a mí nos cogieron prisioneros y nos llevaron al Castillo Viejo de Bayona. Estuvimos presos setenta y cinco días, y el 2 de Octubre nos escabullimos él y yo, entramos en España y nos presentamos a la partida de Mina el Estudiante, que se llamaba el Corso terrestre. Mina había preparado el levantamiento de Navarra; en esta época varios generales franceses a las órdenes de Suchet, entre ellos el navarro Harispe, le perseguían. Javier Mina tuvo que esconderse; y como era hombre de muchos arrestos solía meterse en los pueblos ocupados por el enemigo, y presenció, vestido de aldeano entre un grupo de campesinos, el paso del general Suchet que iba de Zaragoza a Pamplona. En un pueblo que llaman Labiano, del valle de Aranguren, se nos echó encima una columna de tres mil hombres, e hirieron y cogieron prisionero a Javier Mina. La prisión de Mina produjo un desorden grande en sus fuerzas. Había por entonces tres partidas más en Navarra: la de Echeverría, el carnicero de Corella; la de Sádaba, y la del Pelado. Ni a Antula ni a mí nos gustaba reunirnos con esta gente de la Ribera, con quien no podíamos entendernos bien.
Estábamos vacilando, cuando apareció el tío de Mina, D. Francisco Espoz, mandando una partida con los restos de la de Javier Mina. Iban con él Mal Alma, el Chiquito de Tafalla, Tomasito el de Azcárate y otros.
Don Francisco tuvo diferencias con los demás jefes, y cuando logró afirmar su autoridad, una de las cosas que exigió de sus soldados fué que se cortaran el pelo al rape, quedando el sólo con el pelo largo en señal de superioridad y de mando.
Antula era hombre orgulloso, y dijo:
--No me da la gana. Si se corta él el pelo me lo cortaré yo también, si no, no.
Y dejó la partida y se marchó con su perro. Yo quedé con Mina. Al dividir éste su fuerza en tres batallones me hicieron a mí sargento del tercer batallón de Voluntarios de Navarra que mandaba D. Lucas Gorriz y del que era oficial Laquidain.
En este batallón tomé parte en la acción de Monreal, donde me hirieron en la pierna derecha, y en las de Tafalla, Lerín, valle de Ulzama y otras muchas.
Estábamos en Villarreal de Guipúzcoa, me había yo apoderado de varios caballos de los franceses, y el general Mina, en vista de la maña que me daba, me dijo en vascuence:
--Leguía.
--¿Qué?
--Tú preferirías andar suelto por tu país, ¿verdad?
--Sí.
--Bueno; pues escoge quince hombres y vete a la frontera de Francia, a la parte de las Cinco Villas, y te quedas allí de observación. Todos los caballos que cojas nos vendrán muy bien.
Escogí mis hombres y me vine aquí. Estaba entonces incorporado al cuarto batallón ligero de Navarra. Al poco tiempo se me presentaron varios jóvenes, amigos, de los caseríos inmediatos, que algunos todavía están conmigo: Martín Belarra, Erauste, Mendigorri y el leñador de Antula con su hermano.
Antula seguía tan salvaje, con sus pelos largos, su capucha, un hacha en el cinto y su perro al lado.
--Antula guizon fierra da--se decía.
(Antula es hombre orgulloso.)
Nuestra partida daba que hacer. Nos dedicábamos principalmente a quitar caballos a los franceses. En poco tiempo les cogimos en la orilla del Bidasoa más de cien caballos y les hicimos muchos prisioneros. Luego nos apoderamos del castillo de Fuenterrabía...; pero esto es capítulo aparte--dijo el guerrillero.
Con nuestras gatadas, el jefe de la Policía francesa de San Sebastián y el inspector de Irún estaban ojo avizor. Se pusieron de acuerdo con un capitán de la gendarmería para acabar con mi partida. Emplearon todos los medios de seducción. Habían puesto mi cabeza a precio y al mismo tiempo me mandaban recados para que me pasara a su bando. Una de las cosas que hicieron fué mandar a dos muchachas, que engatusaron al hermano de Antula y a otro mozo de mi partida y les citaron en un caserío de Sara. Cuando fueron los mozos los gendarmes los rodearon y los fusilaron.
Antula, que quería a su hermano, se hizo más fiero y más vengativo.
Un día el superior de este convento, en donde hemos estado hoy, el padre Romualdo, nos citó a Antula, a Martín Belarra y a mí; dijo que tenía que hablarnos.
La suerte hizo que confundiéramos la hora de la cita, y en vez de llegar al convento a las doce de la noche en punto nos presentáramos a las once. El portero nos abrió y pasamos. Entramos en el campo de delante de la iglesia, nos asomamos al claustro y vimos al prior hablando con diez o doce gendarmes.
--Son los gendarmes--me dijo Antula.--Estamos perdidos.
Retrocedimos rápidamente y salimos al patio.
Los gendarmes se dieron cuenta y avanzaron contra nosotros en la oscuridad; Martín Belarra llevaba el fusil, yo tenía pistolas. ¡Fuego!, le dije.
Disparamos los dos. Ellos nos contestaron con una descarga. Mientras tanto, Antula rompía la puerta de unos cuantos hachazos y nos escapábamos.
Sabíamos a qué atenernos respecto a los capuchinos de Vera. Estaban en relación con los franceses. Entre los frailes y los curas de entonces había unos muy patriotas que se habían lanzado al campo; otros, afrancesados, decían que lo mismo daba Bonaparte que Borbón.
Esta gente no se preocupaba, como nosotros, principalmente del interés patriótico, sino del interés de la religión. Sobre todo los frailes que habían quedado en las zonas ocupadas por los imperiales eran en su mayoría afrancesados.
Después de la emboscada que nos prepararon los capuchinos de Vera, temiendo las represalias el padre Romualdo reforzó la guardia del convento y llevó un retén de gendarmería.
El superior, ya desenmascarado, se puso claramente contra nosotros, e hizo que el dueño del caserío donde vivía Antula echara de casa a la familia.
Mi partida fué a protegerla con la intención de llevarla a un caserío de aquí, de Zugarramurdi; pero al pasar por Peñaplata, por la parte que llaman de las Tres Mugas, nos atacaron los gendarmes, y una bala perdida fué a dar en el hijo de Antula, que tendría dos o tres años, y lo mató en los brazos de su madre. Después los gendarmes entraron en el caserío de Antula, sacaron los pobres trastos al campo y les pegaron fuego.
La desesperación volvió loco al leñador, que se hizo más sombrío que nunca. La gente le tenía espanto. Todo el mundo se echaba a temblar cuando le veía, seguido de su perro, con sus ojos claros y brillantes, sus cejas rojas, su capisayo pardo y el hacha al cinto.
Tenía tal odio a los frailes, que si encontraba alguno en el camino sin más explicaciones le daba una paliza terrible. Al perro le pasaba lo mismo: siempre que veía un fraile se echaba sobre él y Antula le azuzaba.
Un día, después de la batalla de San Marcial, siendo yo teniente y Antula sargento, nos encontramos al padre Romualdo en una venta de Echalar en compañía de un oficial inglés y de un militar del Cuerpo del general Longa.
El padre Romualdo cantó la palinodia, y como tenía una mala idea de nosotros nos ofreció dinero.
--Ya sé que te perjudicaron los gendarmes quemándote los trastos de la casa--le dijo a Antula;--pues bien, para que no te quejes te voy a dar dos mil pesetas. ¿Estamos de acuerdo? Y tú me firmarás un recibo diciéndome que no te debo nada.
Antula callaba.
--¿Será tan vil para aceptar?--pensaba yo.
El padre Romualdo escribió un recibo.
--Firma--indicó;--te daré dos mil pesetas por la casa y quinientas por tu hijo.
Oir esto Antula y sacar el hacha del cinto, todo fué uno. Rápidamente levantó el arma en el aire y se oyó un grito terrible. Había cortado al fraile el brazo derecho por la muñeca.
Se asistió al mutilado y se buscó a Antula, que había desaparecido con su perro.
Al terminar su narración, Leguía bebió de un trago el vaso de aguardiente y murmuró:
--Bueno, señores; vamos a dormir un rato.
Y yo me tendí en un jergón con los pies hacia el fuego, pensando en aquel terrible Antula de los ojos brillantes y de las cejas rojas.
IV.
ATAQUE DE JUANITO
_Zugarramurdi, 20 Octubre._
JUANITO el de Rochapea conociendo nuestra posición en esta aldea de Zugarramurdi, se ha presentado por la mañana a atacarnos con unos mil quinientos a dos mil hombres.
Juanito ha formado tres columnas: una al mando de Carmona, otra al de Sagastibelza y otra al suyo inmediato.
Nosotros no llegamos a cuatrocientos hombres. Parte de nuestra gente ha salido del pueblo a ocupar los altos, asegurándonos de antemano la retirada a Francia.
En el casco del pueblo y en la iglesia hemos quedado Valdés, Mancha, Malpica y yo con ellos, con cien hombres, la mayoría extranjeros, a los cuales al parecer no se les considera muy seguros: la gente de Campillo ha ocupado un robledal inmediato, y la partida de Leguía, en la que se tiene completa confianza, ha evolucionado por los alrededores.
A las diez de la mañana han roto el fuego las guerrillas enemigas. Su objeto era rodearnos, pero no lo han podido conseguir. A pesar de la superioridad de las fuerzas realistas no han realizado sus planes.
Los tres grupos de nuestra gente han rechazado al enemigo en todas sus acometidas. Campillo ha maniobrado alrededor de un robledal con gran pericia de guerrillero.
Entre los nuestros ha habido un francés prisionero, ocho hombres muertos y varios desaparecidos. Entre los realistas supongo yo que habrán tenido las mismas bajas, quizás algunas más.
Este pequeño éxito no ha servido para animar a nuestra gente. No se nos une nadie; no tenemos víveres ni municiones. Si sigue así, no cabe duda, la expedición va a ser un fracaso...
V.
CHAPALANGARRA
_Zugarramurdi, 21 Octubre._
HOY hemos sabido el final desastroso de Chapalangarra en Valcarlos. Fiado en su gloria de guerrillero y en el influjo que creía tener entre sus paisanos, supuso, como muchos de los nuestros, que bastaba su presencia para arrastrar a los amigos y hasta a los enemigos.
Al despedirse de nosotros, cerca de Dancharinea, Chapalangarra con algunos de los suyos fué a San Juan del Pie del Puerto. Llevaba a sus órdenes, según me han dicho, ciento cincuenta hombres. De éstos, unos cien eran aventureros franceses, casi todos parisienses, gente levantisca y poco disciplinada. Entre los españoles iba una partida que había reclutado D. Joaquín Cayuela con elementos heterogéneos, y algunos curiosos como el poeta Espronceda.
De Pablo abandonó San Juan del Pie del Puerto de noche y avanzó con toda su gente hasta Arnegui, aldea que tiene una parte española y otra francesa divididas por un riachuelo.
En Arnegui dejó los cien parisienses en un grupo de casas próximo a la carretera llamado Ventaberri, para tener, en caso de necesidad, la salida libre a Francia.
Hecho esto, él con un grupo de quince hombres a caballo avanzó hacía Valcarlos. Valcarlos, en vasco Luzaide, se encuentra en un valle estrecho al descender el Pirineo a la llanura de Francia.
El valle de Valcarlos es el final del Barranco de Roncesvalles, que comienza en su parte más alta cerca del santuario de este nombre y termina en Arnegui. Por esta garganta pasa el camino real que va de Burguete a San Juan del Pie del Puerto, y por su parte baja corre un riachuelo que contribuye a formar el Nive.
Chapalangarra al llegar a Valcarlos se instaló en la posada y comenzó a dar disposiciones para defender el pueblo.
Cuando llegaron los hombres de la partida de Cayuela y los demás españoles, tenían ya preparado el alojamiento en las casas cerca de la iglesia.
Mandó Chapalangarra traer materiales para cerrar la entrada de la aldea por el lado de Roncesvalles; pero como no había útiles ni herramientas no se pudo hacer nada.
Al día siguiente por la mañana al levantarse el caudillo supo que acababa de llegar un leñador con la noticia al pueblo de que por la carretera iban acercándose grupos numerosos de tropas realistas.
Estas tropas, salidas de Burguete, se hallaban formadas por el regimiento de Infantería 6.º de ligeros, por el batallón de Voluntarios realistas número 10 al mando del oficial D. Francisco Benito Eraso, comandante del cantón de Roncesvalles, y por una compañía de Voluntarios de Navarra.
No había tiempo de fortificar la villa. Eran, además, muchas fuerzas las que llegaban para que Chapalangarra intentara oponerse a ellas con un puñado de hombres.
No había más remedio que retirarse y volver a Francia, y esa fué la opinión de los liberales que acompañaban al jefe; pero Chapalangarra exaltado por su patriotismo y por su orgullo, creyó que una retirada tan inmediata era una vergüenza y un oprobio.
--Dejadme a mí hablarles primero--exclamó.--Son españoles y me oirán.
Y sin hacer caso de observaciones montó a caballo y avanzó al encuentro de la primera patrulla de realistas.
Estos, al verle y al oirle, quedaron inmóviles, sorprendidos y admirados.
--Navarros--gritó el caudillo con voz sonora.--Yo soy de Pablo, Chapalangarra; vuestro amigo, vuestro paisano. Vengo a sacar a la patria de la ignominia en que se encuentra. Gritad conmigo: ¡Viva España! ¡Viva la libertad!
Los realistas verdaderamente absortos no salían de su admiración al ver a aquel loco que se les presentaba indefenso, cuando el teniente del sexto de Ligeros, D. Pedro Roca, volviéndose a sus soldados dijo:
--Voluntarios... Apunten... ¡Fuego!
Los soldados dispararon una descarga cerrada, y Chapalangarra cayó al suelo atravesado de balazos.
Algunos de los suyos que se habían detenido esperando un resultado de la decisión del caudillo, al oir los tiros escaparon por la carretera de Valcarlos a Francia dejando en poder de las tropas de Eraso una bandera, doce mil cartuchos y una porción de fusiles y de bayonetas.
Los tercios realistas, viendo la fuga de los liberales echaron a correr tras ellos con tal ímpetu, que los liberales no intentaron resistir en ninguna parte. Unicamente los parisienses de Ventaberri soltaron algunos tiros, pero abandonando pronto las casas de Arnegui entraron en Francia. Todos hubieran sido sacrificados en territorio francés a no ser por un oficial de la gendarmería, que mandó aviso a los jefes de los tercios de que habían pasado la frontera. No hubo necesidad de desarmar a los fugitivos, porque habían tirado los fusiles en la huída.
El cadáver de Chapalangarra, abandonado en Valcarlos en medio del camino, fué mutilado por los realistas de una manera bárbara y cruel.
Este final ha tenido la empresa de Chapalangarra, final que ha llevado el desaliento a nuestra gente.
¡Pobre Chapalangarra! ¡Desdichado! ¡Iluso!--dicen todos.
Ahora me parece estar oyéndole hablar en Cambó, con su voz áspera y su mirada sombría y brillante. ¡Pobre hombre!
* * * * *
Quizás mañana hablen también de nosotros con lástima.
VI.
NOTICIAS DE MINA
_Errota-sarreco-borda, 23 Octubre._
ESTOY con veinte hombres en un caserío de este pequeño nombre: Errota-sarreco-borda. El tal nombre quiere decir, en vasco, la Borda del molino viejo. Cerca tengo Errota-berri (el molino nuevo) y Errota-echezubi (el puente de la casa del molino).
Errota-sarreco-borda es un caserío pequeño del término de Zugarramurdi, hacia Vera. Vive aquí una viuda con tres chicos y un viejo. No hablan una palabra de castellano ni de francés, el leñador de Antula me sirve de intérprete.
Estamos impacientes por saber lo que ha hecho Mina. Los partidarios acérrimos de Valdés desean que no se presente para poder acusarle. ¡Qué mezquinas pasiones!
Hace dos días recibí un emisario que venía de Vera a darnos cuenta de la entrada de Mina en este pueblo.