Los Caudillos de 1830

Part 5

Chapter 54,085 wordsPublic domain

--Son tres solteronas solitarias, que no salen nunca de casa. Yo las llamo las Tres Lamias. No quieren ver a nadie. Trabajan en el campo de noche, a la luz de la luna, para que no las vean. Y de día se asoman a mirar por entre las parras.

--¿Viven cerca?

--Sí; a un cuarto de hora de aquí. ¿Sospecha usted de ellas?

--Por ahora no. Primeramente dígame usted qué enemigos tiene su cuñada.

Miguel habló de las damas del Chalet de las Hiedras y de sus antecedentes.

Como no especificaba nada, Aviraneta dijo:

--Vamos a interrogar a la madre del niño. ¿Quiere usted llamarla?

Aristy llamó a su cuñada, que entró llorando a lágrima viva.

--Una pregunta nada más--le dijo Aviraneta.--¿Tiene usted algún motivo para suponer que una de las mujeres que vive en el Chalet de las Hiedras le odia a usted?

--Sí, algún motivo tengo, porque hace unos días me envió las cartas que le había escrito mi marido a ella.

--¿Las tiene usted ahí?

--No, las rompí.

--¿Usted supone que se las envió la más joven de las dos, Simona?

--Sí.

--Al enviarle las cartas a usted ¿no decía nada?

--Sí; me escribía un papel lleno de mala intención para mí.

--Está bien. Tranquilícese usted. Encontraremos al chico--dijo Aviraneta.--El chico no está perdido, está robado, y una de las mujeres del Chalet de las Hiedras lo ha mandado robar.

La opinión de Aviraneta era también la de Aristy.

--Ahora vamos a ver qué hay que hacer--dijo Aristy.

Aviraneta llamó a Tilly y los tres deliberaron. Era indudable que Simona, si era ella la que había preparado el robo del chico, no se había entendido con Mandharra, porque ella no sabía el vascuence ni el chico el francés. Simona se había valido de algún intermediario, probablemente de Marcos.

Aviraneta, Aristy y Tilly decidieron volver al pueblo y apoderarse de Simona y de Marcos, y obligarles a decir dónde estaba el niño.

Antes de salir de Chimista, Aviraneta preguntó al marido de Fanchon:

--¿Por este camino hacia el monte, en una legua o en dos, hay alguna cueva?

--Sí. Hay una que llaman Lecebeltz (la sima negra).

--Pues id a registrarla. Praschu, Fanchon y Grashi Erua salieron en aquella dirección, mientras Aviraneta, Aristy y Tilly se encaminaron hacia Gastizar. Entraron por la huerta, y andando a oscuras se dirigieron hacia el Chalet de las Hiedras.

--Voy a llamar más gente--dijo Aristy.

Miguel marchó despacio hacia Gastizar y volvió a la media hora con Víctor Darracq y con Ichteben. Al acercarse Aristy a Aviraneta éste le dijo:

--Chit.

--¿Qué pasa?

--Está aquí Marcos.

--¿Tendrán ahí el niño?

--No creo.

--Vamos a ver si cazamos al bello gascón.

Esperaron más de una hora.

--Yo conozco la casa--dijo Tilly;--si tuviera una escalera para subir podría arreglármelas para oir la conversación.

--Yo la traeré--saltó Ichteben y desapareció en la oscuridad.

Al poco rato volvió con una escalera larga. La aplicaron al balcón del chalet y Tilly subió con grandes precauciones.

Al cuarto de hora bajó de prisa.

--Sale Marcos--dijo;--no detenerle. Parece que es un mendigo viejo a quien llaman Pachi Zarra y también Ontza (el Buho) el que se ha llevado al niño. Marcos no sabe dónde lo guarda. Mañana les dirá dónde está.

Salió Marcos del chalet, y cruzando la huerta saltó la tapia y desapareció.

Tilly volvió a subir al balcón.

--¿Adónde va usted?--le dijeron.

--Voy a coger algo que he dejado ahí.

Efectivamente; subió y bajó con un gran legajo en la mano.

--Esto, que lo guarden--dijo a Aristy.

--Lo guardarán. Yo voy a tranquilizar un poco a la madre. Mañana buscaremos a Pachi Zarra, el Buho.

--Bueno, vamos--dijo Aviraneta.

Aviraneta, Tilly y Aristy volvieron a Chimista.

Al llegar al caserío vieron al chiquillo que venía medio riendo, medio llorando, en brazos de Grashi Erua. Lo habían encontrado en la cueva de Lecebeltz, como había indicado Aviraneta.

El marido de Fanchon traía preso a Pachi Zarra (el Buho), un viejo con una anguarina parda, con el pelo y la barba blancos, que habían encontrado en la cueva guardando al niño.

Dolores comenzó a sollozar de alegría al ver a su hijo salvo, y Margarita le acompañó en su contento.

Aristy apostrofó a Pachi Zarra y le dijo que se fuera, que no volviera al pueblo, porque le metería en la cárcel.

El Buho se marchó refunfuñando.

Dolores dió las gracias a Aviraneta con la mayor efusión, y los tres hombres volvieron al pueblo. Al llegar a Gastizar, Tilly pidió el grueso legajo que había sacado del Chalet de las Hiedras. Se lo entregó Ichteben y fué con él a la fonda.

Al día siguiente, antes de levantarse Aviraneta, Tilly entró en su cuarto.

--Don Eugenio--dijo.

--¿Qué hay?

--Me voy. He encontrado un pequeño filón, y voy a ver si lo exploto. Adiós.

Cuando Aviraneta se levantó Tilly había desaparecido.

VI.

CHORIBIDE Y AVIRANETA

La noticia del robo del niño se extendió por el pueblo, y todos los vecinos del barrio y de Ustariz creyeron unánimemente que eran las damas del Chalet de las Hiedras las que habían dirigido esta mala acción. Las simpatías por los Aristys, que estaban apagadas en la aldea, se despertaron y fueron muchas personas las que estuvieron en Gastizar a felicitar a madama Aristy por la salvación de su nietecillo. Madama Luxe escribió una carta de felicitación y Miguel fué a visitarla por encargo de su madre.

Madama Luxe, interrogada acerca del motivo que tenía para haber roto sus relaciones con Gastizar, habló del anónimo que ella creía que le habían enviado los Aristy.

Miguel lo leyó fríamente; después sintió tal indignación al pensar que la viuda se lo había atribuído a él, que estuvo con ella tan severo que la dejó bañada en lágrimas. Al día siguiente, madama Luxe acompañada de Fernanda fué a Gastizar a explicarse con madama Aristy y a pedirle perdón. Se quedó de acuerdo en que eran las mujeres del Chalet de las Hiedras las que habían escrito el anónimo. Estas no salieron de casa durante algunos días. Marcos el del molino se ocultó también, e iba de noche a ver a la Delfina, del Bazar de París, por la huerta.

Aviraneta supo estas noticias por Esteban Irisarri, el posadero de la Veleta, que se las contó con profusión de detalles.

Una mañana leía don Eugenio en el libro de Jomini la batalla de Valmy, cuando entró Esteban a decirle que estaba el señor Choribide preguntando por él.

--¡El señor Choribide! ¡el jefe de los enemigos!--dijo Esteban Irisarri con voz hueca.

--No le conozco--contestó don Eugenio.

--¡Choribide! El amigo de esas viejas intrigantes del Chalet de las Hiedras.

--¿Pregunta por mí?--dijo Aviraneta.

--Sí.

--Que pase.

El posadero debió quedar asombrado de la serenidad de Aviraneta. Abrió la puerta y se presentó el viejo _muscadin_ elegante y currutaco.

--¿El señor de Aviraneta?--preguntó sonriendo.

--Soy yo. Pase usted y siéntese usted.

Choribide entró, se sentó en el borde de la silla, puso el sombrero metido en el bastón y el bastón entre las piernas.

--Yo, señor--dijo,--me llamo Choribide, Gastón de Choribide. Soy vasco, como usted. He llevado en mi juventud una vida un tanto irregular. Yo no sé si usted tendrá ideas religiosas...

--Creo que no--repuso Aviraneta.

--Es usted de mi escuela. Si yo tuviera ideas religiosas diría que he sido un gran pecador. No teniéndolas, suelo decir que he sido un hombre crapuloso y de vida poco honorable.

--¿No será usted un tanto severo consigo mismo, señor Choribide?--preguntó Aviraneta.

--No, no. Muchas gracias por su opinión. Me hago justicia. Verá usted... Yo vivo bien dentro de mi modestia. No trabajo; no he trabajado nunca.

--Se aburrirá usted.

--No, no me aburro. Yo tengo un sobrino ex oficial de la Guardia Real, Aquiles Rontignon. Rontignon tiene condiciones para agradar a una mujer; es guapo y es tonto.

--¿Usted cree que la tontería...?

--Es indispensable. Yo había pensado casar a Rontignon con una viuda rica de aquí, madama Luxe. Como un teniente retirado no es bastante para producir entusiasmos en una mujer rica por sólo su posición, yo había pensado adornar el pecho de Rontignon con una gran cruz o buscarle un empleo. Aprovechando la estancia aquí de una señora española, la condesa de Vejer...

--Que no es española ni condesa... saltó Aviraneta.

--Cierto; pero hay que darla un nombre para señalarla.

--En Madrid se llamaba madama Carolina.

--Bien; me es igual; aprovechando la estancia aquí de madama Carolina, me acerqué a ella y le dije que puesto que ella trabajaba para el Gobierno español, yo le ayudaría a cambio de que ella concediera a mi sobrino un empleo, un cargo honorífico...

--¿Y ha trabajado usted para ella?

--Sí, habíamos hecho un legajo con todos los datos necesarios para remitirlo a Madrid, cuando las cosas se han torcido. Primeramente Rontignon no ha sabido aprovechar su tontería ni tampoco su arrogancia de hombre guapo, y madama Luxe lo ha rechazado; después Tilly, ese muchacho amigo de usted, un muchacho encantador, se apoderó del legajo formado por nosotros, y por último, la sobrina de madama Carolina...

--Que no es su sobrina...

--Cierto. Simona Busquet ha intervenido en esta cuestión, y con sus odios y su genio vengativo ha hecho que roben al nieto de madama de Aristy. Esta barbaridad ahora me la atribuyen a mí, y me molesta. Ese no es mi género. No me ha gustado nunca el melodrama. La alta comedia, quizás; el melodrama, nunca. Por estas razones voy a dejar la partida.

--¿Va usted a dejarla?

--Sí.

--Yo no puedo vivir aquí ya. El pobre Garat no se encuentra en estado de recibir a los amigos. Madama Aristy está indignada, porque cree que yo he indicado que roben a su nieto, cosa absurda. Voy a ir a Bayona, pero antes le voy a pedir a usted un favor.

--Usted dirá.

--Yo he venido a verle a usted, porque he comprendido que es usted un hombre fuerte. Me ha recordado usted a su excelencia el duque de Otranto.

Aviraneta sintió un movimiento de alegría.

--¿Ha conocido usted a Fouché?--preguntó.

--Sí; he estado a su servicio. Tiene usted el mismo aire de penetración que él. Ahora, que quizás usted no pueda poner sus facultades al servicio del Estado. Hay países que desperdician su gente.

Choribide había dado dos golpes buenos en la coraza de indiferencia de Aviraneta, uno comparándole con Fouché, el otro suponiendo que no se le comprendía.

--¿Y qué servicio quería usted de mi, señor Choribide?--preguntó.

--Le diré a usted. Actualmente mi sobrino Rontignon sencillamente me estorba. Si lo hubiera casado con madama Luxe, yo hubiera sido su administrador; pero no ha sido bastante hábil para enamorar a la viuda. Ahora quiero desprenderme de él, y como ha aparecido como un realista que ha mandado informes al Gobierno español por intermedio de esas damas del Chalet de las Hiedras, he pensado hacer valer esos servicios y su calidad de ex teniente de la Guardia Real para pedir para él un destino en España. ¿Usted, que seguramente sabrá cómo se hace esto, no podría escribirme una solicitud en español?

--Sí; lo haré.

--¿Ahora mismo?

--Sí; ahora mismo.

Aviraneta escribió un borrador de solicitud y lo entregó para que lo copiase Choribide.

Al terminar, Choribide dió las gracias a Aviraneta y murmuró efusivamente:

--¡Cómo nos desperdician, mi querido señor!

Y haciendo una reverencia llena de respeto y de gracia, completamente siglo XVIII, Choribide se retiró y salió de la Veleta.

LIBRO TERCERO

EL DIARIO DE LACY

I.

EL SOÑADOR

EUSEBIO de Lacy escribió con detalles su vida en los días que duró la expedición de los liberales en la frontera. Lacy esperaba una lucha más brillante, más intensa. En su diario se le ve, a pesar suyo, desencantado y triste. Su espíritu de soñador y de poeta se representaba la realidad como algo más fuerte, más noble, más extraordinario.

Lacy tenía un entusiasmo todavía latente por los militares y por la guerra. Concebido en época de grandes batallas, su infancia se había arrullado con la música estridente de las trompetas y de los tambores. Más tarde había sido educado en colegios con hijos de militares franceses del Imperio, todos estremecidos y pasmados de asombro ante las glorias más o menos inventadas de Napoleón y de su ejército.

Eusebio pensaba en su padre, y se lo figuraba como le había visto en los retratos y en las estampas, vestido de general, con el pecho lleno de cruces ganadas en los campos de batalla, el rostro fiero, la mirada relampagueante y la mano en la empuñadura de la espada.

Después de los años de colegio en Francia y en España, Eusebio había vivido en Quimper, en casa de su madre, en un ambiente pesado, lánguido, de un pueblo bretón oscuro, en una sociedad levítica de comerciantes y de armadores, dirigida por realistas y por curas.

Era aquella época de la Restauración, una época de luchas ardientes en que el monarquismo y el jesuitismo se aprestaban al combate contra las ideas revolucionarias con todas las armas; las misiones religiosas se esparcían por las ciudades y por los campos, Francia entera estaba llena de oradores elocuentes que predicaban el arrepentimiento de las locuras pasadas. Los misioneros quemaban en las plazas públicas los libros de Voltaire y los tomos de la Enciclopedia, las familias enviaban sus hijos a los colegios de jesuítas, las autoridades obedecían servilmente a las Congregaciones y todo se conseguía con intrigas. Por entonces se hablaba de los monstruos del 93 y del ogro de Córcega.

Durante este tiempo, Eusebio había adorado la gloria y el ejército, sólo por la gloria y por contraposición a las ideas y prácticas clericales que trataban de imbuirle. Después fué llegando hasta él, cada vez con más intensidad, la influencia liberal, y reaccionando contra sus sueños militares, llegó a mirar a Napoleón como un ambicioso, antihumano y repugnante, y a sus mariscales como una tropa de brutos miserables dedicados únicamente a la petulancia y al robo.

Lacy creyó haber matado su entusiasmo de gloria y haberlo sustituído por el ideal más severo de la libertad; pero por debajo de éste se transparentaban sus sueños de ambición militar.

En su diario se ve que estos sueños pierden su brillo y decaen las ilusiones de Lacy.

II.

LA ENTRADA EN ESPAÑA

_Añoa, 15 de Octubre de 1830._

EL 14 de Octubre por la mañana salí de Bayona, camino de la frontera, con la tropa mandada por Valdés. Al atravesar la ciudad estuvo a punto de ocurrir un encuentro entre nuestra gente y la de Mina.

Cualquiera al oir a los nuestros hubiera dicho que iban a ser unos héroes; pero no se han portado heroicamente, sino todo lo contrario.

La fuerza de Valdés venía dividida en cuatro compañías: una de extranjeros, mandada por don Francisco Mancha; otra de vascos, semi-independiente, la partida de Leguía; otra de navarros y aragoneses, a las órdenes de Malpica, y un grupo de oficiales al frente del cual va López Campillo.

Estas compañías se han formado con ochenta o cien hombres y cada una tiene sus oficiales y sus sargentos. Los soldados ganan treinta y cinco suses, o sean siete reales diarios.

Yo voy de ayudante del coronel Valdés, y Ochoa, con el mismo cargo, a las órdenes de Campillo.

Llevamos algunos soldados muy buenos y otros muy malos. Las tropas vascas y las navarras son las mejores, conocen el país y se encuentran entre los suyos; las extranjeras son las peores; están, naturalmente, formadas por lo más perdido de cada casa.

No se ha podido contar con los oficiales franceses liberales, porque el Gobierno de Julio los ha aceptado a todos en las filas del ejército.

Descontados éstos que hubieran sido útiles, los que han quedado en nuestras filas son aventureros, gente de presidio más que militares.

Ya a primera vista salta la poca unidad espiritual de esta tropa. Entre los extranjeros hay la más completa diversidad de tipos y de actitudes, se ven hombres que tienen el aire nórtico de un noruego, gentes rubias de cabeza pequeña y ojos azules, al lado de otros que parecen italianos del mediodía con el pelo crespo, los ojos negros y la mirada viva. Hay una gran variedad en la expresión de los unos y de los otros; éste tiene rasgos de energía, el otro de astucia, el de más allá de cobardía y de cinismo.

En cambio, entre los vascos de Leguía hay tal unidad en la expresión, que parecen todos de la misma familia, y sólo fijándose en ellos, uno a uno, se advierte que no se parecen en los rasgos de la fisonomía. En todos ellos se ve una mezcla de audacia y de atención; más que soldados parecen cazadores que van a un ojeo.

Entre los extranjeros hay algunos muy curiosos. Uno de ellos es el guardabosque de Ustariz, amigo de Malpica.

Este hombre, a quien todos llamamos el tío Juan, no se queja de nada, todo le parece bien. Es un estoico. Le suele acompañar un asistente del intendente Darracq, que vive en Ustariz y que se llama Alí.

El tío Juan y Alí van siempre juntos, animando a los demás.

Otro tipo extraño es un muchacho inglés que vino a Bayona de San Sebastián con Tilly. Como no conocemos su nombre y por lo que parece no quiere decirlo, le llamamos el Inglesito. El Inglesito se ha incorporado a nuestra pequeña legión extranjera de una manera aristocrática e individualista; lleva dos criados a su servicio y una tienda de campaña. Siempre le vemos correctamente vestido, recién afeitado. El inglés éste parece una estatua griega por su expresión fría y académica. Tiene el aire de un hombre rico, su traje es irreprochable y sus cuellos y sus puños están siempre limpios y sus zapatos recién barnizados, como si fuera a pasear a Hyde Park.

El Inglesito ha hablado con Mancha, el jefe de nuestra legión extranjera; no parece que quiere tener relación con nosotros y ha debido poner sus condiciones; nosotros, yo por mi parte, estamos dispuestos a respetar su reserva y a no ocuparnos de él.

_Urdax, 16 Octubre._

La salida de Bayona fué para mí completamente inesperada. El día 13 me llamó Valdés, y me dijo que había sabido que los dos Gobiernos, el de Luis Felipe y el de Fernando, habían hecho un convenio, y que no teníamos otra solución que adelantarnos o abandonar la empresa. El se lanzaba dispuesto a todo, y al día siguiente al amanecer saldríamos camino de la frontera. Se dieron las órdenes necesarias para la marcha, y salimos de Bayona.

Iban con nosotros Chapalangarra y Méndez Vigo. El 14 llegamos a Saint Pee. Yo dormí en el Castillo de los Brujos de este pueblo. Salimos de allá y al llegar a la frontera entre Añoa y Dancharinea, Chapalangarra y el general Méndez Vigo se despidieron de nosotros el uno para ir a San Juan del Pie del Puerto, el otro a Mauleón.

Hoy por la mañana hemos llegado a Urdax. Nos hemos apoderado del punto avanzado que abandonaron los tercios y de las armas que había aquí guardadas. Llevábamos una proclama, suscrita por varios jefes, dirigida al ejército español, invitándole a imitar al francés, pasándose a nuestra bandera y a librar a la patria del yugo que la oprime. Se han dado vivas a la libertad y a la Constitución, y se han montado dos piezas pequeñas de campaña que encontramos en el puesto avanzado.

Como nos preocupa la cuestión de la alimentación, se han mandado agentes a comprar víveres a los pueblos de alrededor.

Estoy deseando entrar en fuego.

_Zugarramurdi, 17 Octubre._

Esta mañana hemos dejado en Urdax a Campillo y a Malpica y hemos salido con las dos compañías, la de Leguía y la de Mancha, camino de Zugarramurdi.

La razón principal de la marcha es la cuestión de las subsistencias, que no hay modo de resolverla en un pueblo pequeño en donde escasea todo.

Zugarramurdi está muy cerca de Urdax, a una media legua próximamente. Es una aldea que se encuentra en la falda de Peñaplata en la vertiente de Francia.

Al acercarnos al pueblo han ido nuestras dos columnas separadas, flanqueando el monte.

En las lomas había unos grupos de tercios realistas que nos han recibido a tiros.

En este pequeño encuentro nuestros extranjeros mandados por Mancha se han portado de una manera vergonzosa. Muchos a las primeras descargas tiraban el fusil y corrían a internarse en territorio francés.

Algunos, por lo que nos han dicho, han entrado en Sara, y la gente, indignada por su cobardía, les ha recibido a pedradas. Ha habido quien ha llegado corriendo hasta Bayona.

Unicamente el tío Juan, Alí, el Inglesito y algunos otros han dejado bien puesto el pabellón.

Afortunadamente, la partida de Leguía al oir los primeros tiros corrió hacia el pueblo y se apoderó de él. Yo creí que los realistas se defenderían en las calles; pero no; han abandonado la aldea sin pelear.

Ahora es de noche. A la luz de la luna veo la torre de la iglesia de Zugarramurdi, blanca, y unos cipreses del pequeño cementerio que la rodea.

_Vera, 18 Octubre._

Ayer en Zugarramurdi. Valdés, Leguía, Mancha, Campillo y Malpica, discutieron lo que había que hacer. De todos ellos el menos culto, pero el más inteligente, es Leguía.

Valdés es un castellano de cabeza dura, de continente altivo y soberbio; no tiene flexibilidad, discurre por frases. A pesar de su cerrazón es simpático; tiene una cara noble, un poco alargada, y los ojos claros.

Si a mí me preguntaran quién debía mandar nuestras fuerzas, diría que Leguía.

Valdés y Leguía discuten sobre el mapa de Navarra. Leguía es partidario de ocupar Vera; Valdés no quiere.

Los informes de los caseros son que Juanito el de la Rochapea va a entrar en Vera con sus tercios realistas y los carabineros. Leguía opina que sería conveniente ocupar Vera y avisar a Mina para que pasase en seguida a España. A Valdés no le agrada la colaboración con Mina.

Después de discutir largo rato se ha resuelto que Leguía con su partida vaya a Vera.

--Usted no ataque--le ha encargado Valdés delante de mí.--La cuestión es ver qué disposiciones tienen las tropas realistas para nosotros. Si ataca usted va a decir Mina que somos unos locos, y si fracasa la expedición asegurará que es nuestra la culpa.

--¿Quiere usted que vaya con él, mi general?--le he dicho a Valdés.

--Sí; vaya usted.

--Quizás quiera venir conmigo Ochoa.

--Que vaya.

El Inglesito al enterarse ha pedido también venir con nosotros.

Leguía ha llamado a sus sargentos y ha dado la orden de que para las dos de la mañana esté la partida formada en la plaza. Leguía, Ochoa, el Inglesito y yo vamos a caballo. Llevamos una pieza de artillería montada en un mulo.

A las dos y media la columna se ha puesto en movimiento. La noche estaba oscura; hemos pasado por una calle con casas hermosas, grandes, hemos salido del pueblo y cruzado por delante de la cueva de las brujas y por el Arroyo del Infierno, después hemos seguido a campo traviesa hasta descansar, al amanecer, en unos caseríos de Sara.

A nuestra espalda dejábamos Zugarramurdi sobre el promontorio de Peñaplata, que entra en la tierra llana de Francia. Bajo el cielo gris se veía un pueblecillo, Sara, y más lejos, vagamente el mar.

Después de tomar el almuerzo hemos seguido adelante, bordeando el monte Labiaga, por unos robledales que el otoño ha dejado rojizos. El suelo está cubierto de hojas doradas. Es época de pasa, y por el cielo cruzan pájaros de todos colores...

* * * * *

En esto, una de las lomas lejanas se llena de siluetas de hombres que comienzan a hacer fuego sobre nuestra partida.

Por lo que hemos sabido después, el teniente realista D. Miguel de Sagastibelza, comandante del puesto avanzado, ha destacado contra nosotros una columna formada por doscientos veinte hombres del 13 de línea, ciento cincuenta voluntarios realistas procedentes de Burguete, y trescientos soldados del batallón de tercios del Baztán.

Leguía manda desplegar en guerrilla a su gente y se contesta al fuego. Después de una ligera escaramuza las fuerzas enemigas se han retirado.

¿Es que están, como dicen algunos, por nosotros y no esperan más que una ocasión favorable para pronunciarse en nuestro favor?

No lo sé; pero así lo parece.

Con la fuerza de que disponen podían, sin duda alguna, habernos hecho retroceder y obligarnos a meternos en Francia.

* * * * *