Part 3
Pasaron. Aquel río de morriones, pelucas, sables desnudos, entorchados, pompones y cabezas mil que se movían al compás de la marcha de tanto caballo festoneado y lleno de garambainas; la sucesión de tanto y tanto coche, semejante a canastillas hechas con todos los materiales posibles, desde la concha y el marfil hasta el cobre y la madera; el estruendo solemne de la marcha real y todo lo demás que realza estas procesiones, tenían tan absorto y embobado al pueblo madrileño, amante de estas cosas como ningún otro pueblo del mundo, que si la corte hubiera estado pasando y repasando de aquella manera por espacio de tres meses seguidos, no faltarían ni un momento las grandes líneas de gente con la boca abierta, a un lado y otro de la carrera.
Por la multitud de caras bonitas y la variedad de colores que en ellos había, parecían babilónicos pensiles los balcones de las casas. En los de la de Bringas, que daban a la calle Mayor, hallábase don Benigno con Sola y los chicos, amén de otras familias amigas del rico comerciante que dio su nombre a los soportales cercanos a Platerías. Quiso la desgraciada suerte de Sola que le tocase salir al mismo balcón donde estaba una señora a quien ciertamente no gustaba de ver en parte alguna, y no porque la dama fuese de mal aspecto, sino por otros motivos muy poderosos. Era de tal manera hermosa, que cautivaba los ojos y el corazón de cuantos la miraban. Por singular capricho de la naturaleza, el tiempo, que de ordinario es enemigo y destructor de la hermosura, allí era su cultivador y como su custodio, pues la conservaba fielmente, y aun parecía aumentarla cada año. De esta galantería del tiempo, unida a los adornos escogidos y a un esmero constante y casi religioso en la persona, resultaba el _boccato di cardinale_ más rico que podría imaginarse. Para mayor gracia, había tenido el buen acuerdo de vestirse de maja, lo mismo que otras muchas damas que en aquel día clásico adoptaron el traje nacional. Llevaba, pues, falda de alepín inglés color de amaranto con abalorios negros, chaquetilla de terciopelo con muchos botoncitos de filigrana de oro, mantilla de casco de tafetán con gran velo de blonda, y peineta de pico de pato, todo puesto con extraordinaria bizarría.
IV
Cuando Sola se vio junto a ella, tuvo que disimular su espanto, obligada a recibir el saludo de la dama y a devolverlo cortésmente. Después hablaron las dos de lo bonita que estaba la carrera, de la hermosura del tiempo, de los dichos y hechos que se contaban de la reina Cristina y del excesivo número de personas que había en casa de Bringas, las cuales rebosaban por los balcones como guindas en cesta.
Ocupada la mejor parte de los balcones por las señoras, los hombres poco o casi nada podían ver. Cordero paseaba de largo a largo por la sala, charlando con su amigo don Francisco Bringas de cosas sustanciosas y muy importantes, como la paz entre Rusia y Turquía, la cuestión de Grecia, que pronto iba a ser reino independiente, y las tristes nuevas que habían llegado de la expedición americana, deshecha y rota en Tampico, con lo que parecía terminada nuestra dominación en aquel continente.
Don Benigno, que leía diariamente la _Gaceta_ y _Diario_, estaba al tanto de todo, y sobre cada asunto daba juiciosos dictámenes. Los impronunciables nombres de los puntos donde se batían turcos y rusos salían de la boca de nuestro héroe con no poca dificultad, y Bringas, que seguía con grandísimo ahínco el negocio de la nueva Grecia, barajaba los nombres gatunos de los personajes de aquel país, y así no se oía otra cosa que Miaulis, Mauromichales y también Kalocotroni, Maurocordato y Capodistria.
Pronto tomó la conversación otro rumbo con la llegada de cierto joven de arrogante presencia, alto de cuerpo, agraciadísimo de rostro, con el pelo en rizos, las mejillas rosadas, el color blanco, los ojos garzos, los ademanes desenvueltos, el vestir elegante. Respondía al nombre de Salustiano Olózaga y era un abogado de veinticuatro años, medio célebre ya por sus brillantes alegatos forenses, y mayormente por la defensa que había hecho ante el Consejo y Cámara de Castilla de un pobre albañil inclusero condenado a muerte por el robo de dos libras de tocino. La Milicia nacional cuando había Milicia, el foro cuando había foro y la política siempre, consumían todo el ardor de su existencia.
Era el campeón juvenil de la idea naciente; la Providencia habíale dado, entre otras notables prendas, elocuencia, si no brillante, varonil y sobria, con una lógica irresistible.
Los jóvenes de hoy, alumnos aprovechados del eclecticismo y del justo medio, no comprenderán quizás el entusiasmo y valentía de aquellos muchachos que sintiendo en su mente, por la natural índole de los tiempos, una especie de inspiración sacerdotal, hablaban de los déspotas y de la libertad como hablaría un romano de la primera república. Y no se paraban en barras; aún deseaban martirios heroicos, y se metían en las conspiraciones más absurdas e inocentes, y osaban decir en pleno foro, delante de los consejeros, cosas que pasman por lo valerosas o intencionadas.
Desde que entró Salustiano no se habló más de Miaulis ni del bueno de Kalocotroni. Alejados un tanto del salón principal, y reforzado el grupo con otras personas, el librero Miyar, el ingeniero Marcoartú y un comerciante de la calle de Postas, llamado Bárcenas, se despacharon todos a su gusto, siendo Olózaga tan hablador y contudente que no se paraba en pelillos, y con su lengua, que más bien era un hacha, iba dejando muy mal parada a lo que ya se llamaba _la situación_.
Don Benigno, que no gustaba de engolfarse mucho en política por los peligros que pudiera traer, dejó a sus amigos para buscar en los balcones la tertulia más grata y segura de las damas. La que vestía de maja se había puesto a bromear con el marqués de Falfán de los Godos, el hombre más mujeriego de aquel tiempo y también el más fino y galante, si bien su persona, camino ya de la ruina, le ayudaba poco en lo que él quisiera que le ayudase. A Sola, en tanto, le daba conversación una señora muy impertinente llamada doña Salomé Porreño, que a cada rato ponía los ojos en blanco y echaba suspiros, cual si no tuviera en el mundo otra misión ni empleo que estarse lamentando a todas horas de una cosa perdida. Al lado de ella campaba una joven muy bonita, casada y por añadidura en aquel interesante estado que anuncia la maternidad. La de Presentacioncita, que así se llamaba, debía estar ya muy próxima, según se echaba de ver al primer examen. Era su marido un tal don Gaspar de Grijalva, con más riqueza que buen seso, y muy aficionado a meterse en trapisondas políticas, por lo que Presentación se afligía mucho y estaba siempre sobre ascuas temiendo que le ahorcasen. Esta señora, lo mismo que Sola, parecían tener muy pocas ganas de conversación; pero doña Salomé, colocada entre ellas como una especie de mediador parlante, suplía la desgana de ellas con un insaciable apetito de palique, y no cesaba de hacer preguntas y observaciones, poniendo en el discurso, como se pone la sal en la comida, los suspiros y el incesante revolver de sus ojos.
Jenara, o sea la maja, hacia atrás volvía su rostro a cada instante para responder a Falfán de los Godos, y en uno de estos dimes y diretes habló así:
—Sí, hoy mismo he tenido noticias suyas. Pipaón me entregó esta mañana una carta que es de perlas, por las muchas cosas ingeniosas que me dice. Creo que en mucho tiempo no le veremos por acá. Me anuncia que piensa casarse.
Jenara hablaba en voz muy alta; pero como Falfán de los Godos era algo teniente, es decir, algo sordo, nadie lo extrañaba. Al mismo tiempo la de Porreño daba con el codo a Sola y le decía:
—¿Pero no me oye usted lo que le pregunto? Tres veces le he preguntado a usted que si conoce a aquel comandante que pasa, y no me ha dado contestación... Por lo visto aquí todos son sordos... Se ha quedado usted lela; ¿en qué piensa usted que está tan pálida?... ¿No oye usted?...
—Sí, sí —replicó Sola, como se replicaría a las avispas, si la picada de estas fuera, en vez de picada, pregunta—. He oído perfectamente.
La de Porreño, al ver que por aquella banda no sacaba nada de provecho, se volvió a la otra y a Presentación. Después que la oyó, Presentación, que era muy maligna, dijo así:
—Aguarde usted. Mandaré a casa por la _Guía de Forasteros_, y con ella en la mano le diré a usted los nombres de todos los comandantes, capitanes y coroneles que hay en España.
La de Porreño miró al cielo como si quisiera ponerle por testimonio de tanta injusticia. Bueno es decir que no vestía de maja ni de cosa que lo pareciera, sino a la moda pura y neta de 1822, con dulleta que ella misma había trocado en pelliza, aplicándole los restos de un capisayo antiguo. Su tocado era el llamado de turbante, guarnecido de cordones que fueron de oro y unas plumas que más parecían de escribano que de avestruz, como no pudieran aplicarse a uno y otro.
—También a mí me han dicho que piensa casarse —manifestó Falfán de los Godos.
Entonces se oyó un murmullo, una voz sorda y general que, sin decir nada, claramente decía: «Ya viene, ya viene, ya, ya...». La multitud se agitó cual una gran culebra que pone en movimiento todas sus vértebras, y en los balcones hubo un hondo suspiro de ansiedad que corrió de un cabo a otro de la calle. Todos los ojos miraban a la Puerta del Sol, por donde sonaba como el mugido de un mar, y al poco rato se vio que se agitaba la superficie de cabezas, y que brincaban saltando por encima de la gente penachos de caballos, plumas de morriones y espadas desnudas. El murmullo creció, estalló la marcha real como un trueno, y empezó a pasar la corte.
Sola no veía nada, sino una confusa corriente de colorines y formas, caballos que parecían hombres, hombres que trotaban, y un rodar continuo de formas y magnificencias, todo en tropel y borrosamente, al modo de nube formada de la disolución de todas las visiones humanas. Un cerebro que desfallece, permitiendo la alteración de las sensaciones ópticas, suele producir desvanecimiento y síncope; pero Sola hizo un esfuerzo, cerró los ojos, dejando pasar la mareante comparsa, y así resistió, fuertemente asida a los hierros del balcón. Cuando, pasada la corriente de abigarrados coches, solo quedaban los escuadrones de escolta, principió a serenarse: pero todavía su visión estaba perturbada, y las casas y balcones cuajados de damas, seguían corriendo juntamente con la caballería.
Después de desfilar por delante de Palacio, los regimientos de infantería pasaban por la calle.
—Ese, ese coronel, ¿quién es? —preguntó súbitamente la de Porreño.
—Si no me engaño, es el moro Muza —replicó Presentación.
Diciéndolo, el caballo que montaba el teniente coronel señalado por Salomé resbaló, y sin que el jinete pudiera sujetarlo, cayó pesadamente, arrastrando a este. La caída fue tremenda. Oyose inmensa gritería mujeril. Detúvose la gente, arremolinose el regimiento, acudieron soldados y paisanos al infeliz jinete, magullado y aturdido por la fuerza del golpe, y alzándole del suelo, le entraron en una tienda para darle algún socorro. Era un hombre de cuerpo largo y flaco, cara morena y varonil. Al ser levantado del suelo hacía recordar involuntariamente la figura de don Quijote tendido en tierra después de cualquiera de sus desventuradas aventuras.
En los balcones de Bringas agolpáronse todos para ver al caído.
—¡Pobre hombre! —exclamó Cordero.
—¡Y qué bien iba en el caballo! —dijo la de Porreño.
—Se parece al de la Triste Figura —indicó Bringas.
—Es el mismísimo don Quijote —observó Olózaga.
Jenara volviose prontamente, y con cierto tonillo de enfado dijo así:
—Pues no es don Quijote, señor discursista, sino don Tomás Zumalacárregui, apostólico neto y con un corazón mayor que esta casa.
Cuando poco o nada había que ver en los balcones, Bringas obsequió a sus amigos con algunas golosinas acompañadas de licores y agua fresca, y unos hartos de dulces, otros sin probarlos, empezó el desfile. Don Benigno, con Sola y sus hijos, fue a recorrer las calles para ver los preparativos de las grandes fiestas que empezaban aquel día, y principalmente para contemplar y admirar por sus cuatro costados _el templete_, monumento de lienzo pintado de que se hablaba mucho, y que con grandes dispendios se construyó en la Puerta del Sol sobre la misma Mariblanca. Era la máquina más bonita que habían visto los madrileños hasta entonces. Millares de personas la admiraban sin cesar, formando un círculo de papamoscas, y a la verdad, las columnas pintadas, las cuatro estatuas y el globo terráqueo, que remataba la construcción como un bonete, harían caer de espaldas a Miguel Ángel, Herrera y demás célebres arquitectos.
Todo lo fue examinando Cordero, y sobre todos los preparativos dio opiniones muy discretas. En los días y noches siguientes llevó a su familia a ver las comparsas e iluminaciones, y a admirar la gran novedad del carro triunfal alegórico mitológico manolesco, dispuesto por el corregidor Barrajón, y en el cual iban haciendo de ninfas varias bellezas de Madrid, entre ellas _Pepa la Naranjera_, que, subida en el escabel más alto, representaba a la diosa Venus.
La gente decía que iba _vestida de Venus_, de lo que resultaba un contrasentido; pero el decoro de nuestras costumbres y la santidad de los tiempos no habrían consentido que las diosas salieran a la calle como andaban por el Olimpo.
V
Entre las muchas sociedades más o menos secretas que amenazaron el poder de Calomarde, hubo una que no precisamente por lo temible, sino por otras razones, merece las simpatías de la posteridad. Llamose de los _Numantinos_, y componíase de mucha y diversa gente. Entre los atrevidos fundadores de ella hubo tres, cuyos nombres ilustres conserva y conservará siempre la historia patria: llamábanse Veguita, Pepe y Patricio.
El objeto de los _Numantinos_ era, como quien no dice nada, _derrocar la tiranía_. Los medios para conseguir este fin no podían ser más sencillos. Todo se haría bonitamente por medio de la siguiente receta: _matar al tirano_ y _fundar una república a estilo griego_.
Retratemos a los tres audaces patriotas, ante cuya grandeza heroica palidecerían los Gracos, Brutos y Aristogitones.
El primero, _Veguita_, tenía dieciocho años y era de la piel de Barrabás, inquieto, vivo, saltón, con la más grande inventiva que se ha visto para idear travesuras, bien fueran una fiestecilla de pólvora, un escalamiento de tapias, una paliza dada a tiempo, o cualquier otro desafuero. Su casta americana se revelaba en el brillo de sus negros ojos, en su palidez y en sus extremadas alternativas de agitación o indolencia. Vino de América casi a la ventura. Su madre le envió a Europa para educarse y para heredar. Si esto último no fue logrado, en cambio su nueva patria heredó de él abundantes bienes de la mejor calidad. Pertenecía a la célebre empolladura del colegio de San Mateo, donde dos retóricos eminentes sacaron una robusta generación de poetas. Antes de ser derrocador de tiranos fundó la academia del _Mirto_, cuyo objeto era hacer versos, y allí, entre sáficos y espondeos, nació el complot _numantino_; que en España, ya es sabido, se pasa fácilmente de las musas a la política.
El segundo, _Pepe_, tenía quince años. Nació en un camino, entre el estruendo de un ejército en marcha; arrullaron su primer sueño los cañones de la guerra de la Independencia. Creció en medio de soldados y cureñas, y a los cinco años montaba a caballo. Sus juguetes fueron balas. Ya mozo, era mediano de cuerpo y agraciado de rostro, en lo moral generoso, arrojado hasta la temeridad, ardiente en sus deseos, pobre en caudales, rico en palabra, cuando triste tétrico, cuando alegre casi loco. Educose también en San Mateo con los retóricos, y desde aquella primera campaña con los libros, le atormentaba el anhelo de cosas grandes, bien fueran hechas o sentidas. Los embriones de su genio, brotando y creciendo antes de tiempo con fuerza impetuosa, le exigieron acción, y de esta necesidad precoz salió la sociedad _numantina_. También le exigían arte, y por eso en la sesiones de la asamblea infantil, a Pepe le salía del cuerpo y del alma, en borbotones, una elocuencia inocentemente heroica que entusiasmaba a todo el concurso. Él no pedía niñerías; aspiraba nada menos que a _quebrantar las cadenas que oprimían a la patria_, empresa en verdad muy humanitaria y que iba a ser realizada en un periquete.
El tercero, _Patricio_, tenía, como _Veguita_, dieciocho años. Se le contaba, por lo tanto, entre los respetables.
Era formalillo, atildado, de buena presencia, palabra fácil y fantasía levantisca y alborotada. Sentía vocación por las armas y por las letras, y lo mismo despachaba un madrigal que dirigía un formidable ejército de estudiantes en los claustros de Doña María de Aragón. También era orador, que es casi lo mismo que ser español y español poeta. En los _Numantinos_ asombraba por su energía y el aborrecimiento que mostraba a todos los tiranos del mundo. Insistía mucho en lo de hacer trizas a Calomarde, medio excelente para llegar después a la pulverización completa de la tiranía.
Las reuniones se celebraban en una botica de la calle de Hortaleza las más de las veces, otras en una imprenta, y cuando cundían olores de persecución, toda _Numancia_ se refugiaba en una cueva de las que había en la parte inculta del Retiro, no lejos del Observatorio. Los mayores de la cuadrilla no pasaban de veinte abriles: estos eran los ancianos, _expertos_, o _maestros sublimes perfectos_; que, a decir verdad, la pandilla gustaba de darse aires masónicos, sin lo cual todo habría sido muy soso y descolorido.
Si aquello no era inocente, lo parecía, porque a lo mejor, los enemigos del tirano, bien se hallaran en la botica, bien en la novelesca cueva del Retiro, se distraían sin saber cómo de su misión heroica y se ponían a acertar charadas y a representar comedias. Otras veces, cuando alguno de ellos tenía dineros, cosa muy extraordinaria y fuera de lo natural, alquilaban borricos y se iban en escuadrón por las afueras dando costaladas y buscando aventuras, que siempre concluían con alguna pesada chanza de _Pepe_.
Fuera o no pueril la sociedad _Numantinos_, lo cierto es que Calomarde la descubrió y puso la mano en ella, dando con todos los chicos en la cárcel de Corte, y metiendo más ruido que si cada uno de ellos fuese un Catilina, y todos juntos el mismo Averno. La importancia que dio aquel gobierno menguado y cobarde a la conspiración infantil puso en gran zozobra a las familias. Se creyó que los más traviesos iban a ser ahorcados, y había razón para temerlo, pues quien supo ahorcar a hombres y mujeres, bien podía hacer lo mismo con los muchachos, que era el mejor medio para extirpar el liberalismo futuro. Mas por fortuna Calomarde no gustó de hacer el papel de Herodes, y después de tener algunos meses en la cárcel a los que no se salvaron huyendo, les repartió por los conventos _para que aprendieran la doctrina_.
_Patricio_ se escapó a Francia. A _Pepe_ me le enviaron al convento de franciscanos de Guadalajara, y a _Veguita_ le tuvieron recluso en la Trinidad de Madrid. Esta prisión eclesiástica fue muy provechosa a los dos, porque los frailes les tomaron cariño, les perfeccionaron en el latín y en la filosofía, y les quitaron de la cabeza todo aquel fárrago masónico numantino y el derribo de tiranías para edificar repúblicas griegas.
VI
Lo azaroso de los tiempos traía entonces mudanzas muy bruscas en todo, y las pandillas variaban a menudo, modificadas por las muertes y destierros. En 1827 echábase de menos a _Patricio_, que estaba en París, y a _Pepe_, que, perseguido nuevamente por sus calaveradas, se había marchado a Lisboa con muchas ilusiones y pocas pesetas, que por cierto arrojó al mar en la boca del Tajo. Quedaba _Veguita_, a quien hallamos siendo núcleo de una nueva cuadrilla. Ya no se ocupaba de política inocente. La juventud abría los ojos, columbrando la grandeza lejana de sus destinos. ¡Generación valiente, en buen hora naciste!
Junto a _Veguita_ hallamos a un joven riojano y por añadidura tuerto, que hacía ya las comedias más saladas que podrían imaginarse. Había sido primero soldado raso y después empleado en los tres años, con su impurificación correspondiente el 24. Tenía las chuscadas más ingeniosas y las ocurrencias más felices. Hablaba mejor en verso que en prosa, y montaba mejor en el Pegaso que en un burro alquilón, pues restablecido en la partida el uso de las expediciones asnales, nuestro soldado poeta apenas sabía tenerse sobre la albarda. Era el mismo demonio para contar cuentos y para buscar consonantes, siendo tal en esto su destreza, que no le arredraban los más difíciles y enrevesados.
El más notable después de estos, era un muchacho que hacía muy malos versos y no muy buena prosa, medio traductor de Homero, casi abogado, casi empleado, casi médico, que había empezado varias carreras sin concluir ninguna. Sabía lenguas extranjeras. Tenía veinte años, y en tan corta edad había pasado de una infancia alegre a una juventud taciturna. Tan bruscas eran a veces las oscilaciones de su ánimo arrebatado en un vértigo de afectos vehementes, que no se podía distinguir en él la risa del llanto, ni el dudoso equívoco de la expresión sincera. Había en su tono y en su lenguaje un doble sentido que aterraba y un epigramático gracejo que seducía. Era pequeño de cuerpo y bien proporcionado de miembros. A su pelo muy negro acompañaban bigote y barba precoces; su color era malo, bilioso, y sus ojos grandes y tristes. Tenía mala boca y peores dientes, lo cual le afeaba bastante. Fumaba sin descanso, como si padeciera una sed de humo que jamás podía aplacarse, y era en su vestir pulcro, elegante y casi lechuguino.
Educado en Francia, afectaba a veces desprecio de su nación y la censuraba con acritud, quejándose de ella como el prisionero que se queja de la estrechez incómoda de su jaula. Frecuentemente, después de alborotar en el grupo de un café con palabras impetuosas o mordaces, se retiraba a un rincón rechazando toda compañía, o despidiéndose a la francesa, huía. Después de largas ausencias tornaba a la pandilla con humor hipocondríaco.
Daba su opinión sobre poesía y literatura con un aplomo y una originalidad de juicios que pasmaba a todos. Ni _Veguita_ ni el tuerto autor de comedias tenían conocimiento, por lo que sus maestros de aquí les enseñaban, de aquel nuevo y peregrino modo de juzgar, buscando el fondo más bien que la forma de las obras. Pero cuando nuestro atrabiliario quería echarse a poeta, los mismos que le admiraban como juez, se reían en sus barbas diciéndole que _una cosa es predicar otra dar trigo_. Por mucho tiempo fue objeto de risa y chacota su oda a los Terremotos de Murcia, que es de lo peor que en nuestra lengua se ha escrito. Cuando se anunció que la reina Cristina estaba encinta, todos los poetas echaron otra vez mano o la lira, y el hipocondríaco endilgó su soneto
_Guarda ya el seno de Cristina hermosa_ _Vástago incierto de alta dinastía..._
Verdad es que no eran mucho mejores los que al mismo asunto compusieron _Veguita_ y el autor de comedias.
Se agregaron a la pandilla otros muchos chicos. De ellos, algunos no serán mencionados en razón de la oscuridad en que siempre han vivido; otros lo serán más tarde, cuando las necesidades de esta verídica historia lo reclamen.