Los apostólicos

Part 2

Chapter 24,098 wordsPublic domain

Doña Robustiana sucumbió. Las buenas costumbres y el respeto a las apariencias morales, que no sin razón auxilian a la moral verdadera, no permitían que una joven soltera viviese en compañía de un señor viudo. Fue necesario separarse. Don Benigno tenía una hermana vieja y solterona, avecindada en Madrid, medianamente rica, y de cuya suavidad, semejante a la de un puerco-espín, tiene el lector noticia. Poseía doña Cruz Cordero un carácter espinoso, insufrible, inexpugnable como una ruda fortaleza natural de displicencia, artillada con los cañones de las palabras agrias y duras. No se llegaba al interior de tal plaza ni por la violencia ni por el cariño. No se rendía a los ataques ni se dejaba sorprender por la zapa. El pobre don Benigno apuró todos los medios para conseguir que su hermana se fuera a vivir con él, a fin de constituir la casa en pie mujeril, y poder retener a su lado a Sola sin miedo a contravenir las prácticas sociales. Pero doña Cruz hacía tan poco caso de la voz de la razón como de las voces del cariño, y se fortalecía más cada vez en el baluarte de su egoísmo. Todo provenía de su odio a los muchachos, ya fueran de pecho, ya pollancones o barbiponientes. En esto no había diferencias: aborrecía la flor de la humanidad, cualquiera que fuese su estado, y seguramente se dudara de la aptitud de su corazón para toda clase de amor, si no existiesen gatos y perros y aun mirlos para probar lo contrario.

Si no pudo conseguir don Benigno que doña Cruz fuese a vivir con él, logró que admitiese en su compañía a Sola, no sin que pusiera mil enojosas condiciones la vieja. A tal época pertenecen los apuros de don Benigno, su soledad de padre viudo entre biberones y amas de cría, y otros ruines trabajos que hemos descrito al principio de esta narración. La de Gil de la Cuadra ayudábale un poco durante el día, pero no en las noches, porque doña Cruz había hecho la gracia de irse a vivir al extremo de la Villa, lindando con el Seminario de Nobles; rarísima vez visitaba a su hermano, y esto en horas incómodas.

Llegó un día en que la paciencia de don Benigno, como todo aquello que ha tenido largo y abundante uso, tocó a su límite. Ya no había más paciencia en aquella alma, tan generosamente dotada de nobles prendas por Dios. Pero aún había, en dosis no pequeña, la decisión para acometer grandes cosas: la bravura de la acción unida a la audacia del pensamiento, que en una fecha memorable le pusieron al nivel de los más grandes héroes.

So pretexto de una enfermedad grave, Cordero hizo venir a doña Crucita a su casa, y luego que la tuvo allí, le endilgó este discurso, amenazándola con una gruesa llave que en la mano tenía:

—Sepa usted, señora doña Basilisco, que de aquí no se saldrá si no es para el cementerio, siempre que no se conforme a vivir en compañía de su hermano. Solo estoy y viudo, con hijos pequeños y uno todavía mamón. Dígame si es propio que yo abandone los quehaceres de mi comercio para arrullar muchachos, teniendo, como tengo, dos mujeres en mi familia que lo harán mejor que yo... ¡Silencio, porque pego!... De aquí no se sale.

Doña Crucita alborotó la casa, y aun quiso llamar a la justicia; pero don Benigno, Sola y el padre Alelí, que era muy amigo de ambos hermanos, lograron calmarla, para lo cual fue preciso anteponer a las razones la traslación de todos los bichos que en su morada tenía la señora, añadiendo a la colección nuevos ejemplares que Cordero compró para acabar de conquistar la voluntad de la _paloma ladrante_. Al digno señor no le importaba ver su casa convertida en un arca de Noé, con tal de tener en ella la compañía que deseaba.

Desde entonces varió la existencia de Cordero, así como la de Sola. Aquel volvió a sus quehaceres naturales. Los chicos tuvieron quien les cuidara bien, y todo marchó a pedir de boca. Crucita, sin dejar de renegar de su hermano, de los endiablados borregos y del insoportable ruido de la calle, se fue conformando poco a poco.

Pronto se conoció que el gobierno de la casa estaba en buenas manos. Sola la encontró como una leonera y la puso en un pie de orden, limpieza y arreglo, que inundaba de gozo el corazón de don Benigno. Ni aun en tiempo de su Robustiana había él visto cosa semejante. Ya no se volvió a ver ninguna pieza descosida sobre el cuerpo de los Corderillos, ni se echó de menos botón, faja ni cinta. Ninguna prenda ni objeto se vio fuera de su sitio, ni rodaba la loza por el suelo, ni subía el polvo a los vasares, ni estaban las sillas patas arriba y las lámparas boca abajo. Todo mueble ocupó su lugar conveniente, y toda ocupación tuvo su hora fija e inalterable. No se buscaba cosa alguna que al punto no se encontrara, ni se hacía esperar la comida ni la cena. Los objetos preciosos no podían confundirse con los últimos cachivaches, porque había sido inaugurado el reinado de las distancias. El latón brillaba como la plata, y el cerezo tenía el lustre de la caoba. Don Benigno estaba embelesado, y repetía aquel pasaje de su autor favorito: «Sofía conoce maravillosamente todos los detalles del gobierno de la casa, entiende de cocina, sabe el precio de los comestibles, y lleva muy bien las cuentas. Tiene un talento agradable sin ser brillante, y sólido sin ser profundo... La felicidad de una joven de esta clase consiste en labrar la de un hombre honrado».

La casa era grande, tortuosa y oscura como un laberinto. Había que conocerla bien para andar sin tropiezo por sus negros pasillos y aposentos, construidos a estilo de rompecabezas. Solo dos piezas tenían ambiente y luz, y en una de ellas, la mejor de la casa, fue preciso instalar a Crucita con las doce jaulas de pájaros, que eran su delicia. No faltaba en el estrado ningún objeto de los que entonces constituían el lujo, pues a don Benigno se le había despertado el amor de las cosas elegantes, cómodas y decentes; y como no carecía de dinero, cada día daba permiso a su diligente _Hormiga_ para introducir alguna novedad. Con las onzas de Cordero y el buen gusto de Sola, viose pronto la casa en un pie de elegancia que era el asombro de la vecindad. Fue vestida la sala de hermoso papel imitando mármol, y una tanda de sillas de caoba sustituyó a las antiguas de nogal y cerezo. El brasero era como un gran artesón de cobre, sustentado sobre cuatro garras leoninas, y con la badila y reja no pesaba menos de medio quintal. El sofá y los dos sillones, que hoy nos parecerían potros de suplicio, eran de lo más selecto. Las cortinas de percal blanco con franjas de tafetán encarnado, tenían aspecto risueño, y se conceptuaban entonces como lo más lujoso y elegante. No faltaban las mesillas de juego con sus indispensables candeleros de plata, ni las célebres y ya olvidadas rinconeras llenas de baratijas y objetos de arte y ciencia, tales como cajas, caracoles, figurillas de yeso, algún jarro, libros y un par de pajaritos disecados. En el marco del espejo apaisado, veíanse algunas plumas de pavo real puestas con arte y simetría, como las pintan en las cabezas de los salvajes. En cuestión de láminas, habíanse conservado las antiguas, que eran _El león de Florencia devorando a un niño, La desgraciada muerte de Luis XVI_ y _La caída de Ícaro_.

Vistos de la calle los balcones, presentaban el aspecto más alegre que puede imaginarse. Los tiestos, con ser tantos, no eran bastantes para quitar sitio a las jaulas, colgadas unas sobre otras. Interiormente no cesaba la algarabía formada por el piar de algunos pájaros, el canto de otros, el ladrido de los falderillos, el mayido de los gatos y los roncos discursos de la cotorra. El esmero con que Crucita atendía al cuidado y a las necesidades todas de su colección zoológica, hacía que la existencia de tanto bicho no fuera incompatible con el perfecto aseo de la casa.

Contentísimo estaba don Benigno del buen arreglo que Sola había hecho en el gabinete donde él vivía. Sus ropas abundantes, tan bien dispuestas que jamás notó en ellas rotura de más ni botón de menos, le recreaban la vista, así como la limpieza de su variada colección de sombreros. No le cautivaba menos el ver libres de polvo sus adminículos de caza (diversión a que era muy aficionado), ni la buena colocación que se había dado a las estampas de Santa Leocadia y la Virgen del Sagrario (ambas proclamando el toledano abolengo del propietario), ni la acertada ordenación de los libros. Estos no eran muchos, pero sí escogidos, y solo formaban dos obras: las de Rousseau, edición de 1827, en veinticinco tomitos, y el _Año Cristiano_ en doce. Aunque alineados en dos grupos distintos, no por eso dejaban de andar a cabezadas, dentro de un mismo estante, el _Vicario Saboyano_ y San Agustín.

Con el orden perfecto en la disposición de todo lo de la casa, corría parejas la buena concordia entre sus habitantes, si se exceptúan las genialidades de Crucita, que fueron menos molestas desde que Sola adoptó el sistema de hacerle poco caso sin aparentar contrariarla.

Desapacible y brusca con los chicos, no consentía que se le acercaran a dos varas a la redonda. No obstante, el frecuente trato con ellos y la dulzura de su hermano y de la _Hormiga_ fueron poco a poco arrancando las espinas de aquel carácter endiablado, y al fin, sin dejar de hablarles en el lenguaje más duro y desabrido que se puede imaginar, manifestaba algún interés por los cuatro _enemigos_, ayudaba a cuidarles, y aun se permitía contarles algún trasnochado y soso cuento.

Los muchachos, a excepción del más pequeño, eran pacíficos. Primitivo y Segundo adelantaban regularmente en sus estudios, y en cuanto a vocaciones, el tono especial de la época y los personajes de aquel tiempo despertaban en ellos ambiciones varias. El mayor quería ser Padre Guardián, para tomar mucho chocolate, dar a besar su mano a los transeúntes y salir a paseo entre un par de duques o marqueses. El segundo, que era vanidosillo y fachendoso, quería ser tambor mayor de la Guardia Real, porque eso de ir delante de un regimiento haciendo gestos y espantando moscas con un bastón de porra, le parecía el colmo de la dicha. Rafaelito era más modesto. No le hablaran a él de figuraciones ni altas dignidades: él no quería ser sino confitero, para poder atracarse de dulces desde la mañana a la noche y hacer bonitas velas para los santos. En cuanto a Juanito Jacobo, aunque no hablara, bien se le conocía que su vocación era la de gigante Goliat o Hércules, según lo que destrozaba, berreaba y las diabluras que hacía andando a gatas, sin dejarse amedrentar por cocos ni espantajos.

Tranquilo, feliz, gozoso del orden en que vivía, y que amaba por naturaleza y costumbre, Cordero veía pasar suavemente los días. El método en la existencia le encantaba, y la semejanza entre el hoy y el ayer era su principal delicia.

Hombre laborioso, de sentimientos dulces y prácticas sencillas; aborrecedor de las impresiones fuertes y de las mudanzas bruscas, don Benigno amaba la vida monótona y regular, que es la verdaderamente fecunda. Compartiendo su espíritu entre los gratos afanes de su comercio y los puros goces de la familia; libre de ansiedad política; amante de la paz en la casa, en la ciudad y en el estado; respetuoso con la instituciones que protegían aquella paz; amigo de sus amigos; amparador de los menesterosos; implacable con los pillos, fuesen grandes o pequeños; sabiendo conciliar el decoro con la modestia, y conociendo el justo medio entre lo distinguido y lo popular, era acabado tipo del burgués español que se formaba del antiguo pechero fundido con el hijodalgo, y que más tarde había de tomar gran vuelo con las compras de bienes nacionales y la creación de las carreras facultativas hasta llegar al punto culminante en que ahora se encuentra.

La formidable clase media, que hoy es el poder omnímodo que todo lo hace y deshace, llamándose política, magistratura, administración, ciencia, ejército, nació en Cádiz entre el estruendo de las bombas francesas y las peroratas de un congreso híbrido, inocente extranjerizado si se quiere, pero que brotado había como un sentimiento, o como un instinto ciego, incontrastable, del espíritu nacional. El tercer estado creció, abriéndose paso entre frailes y nobles; y echando a un lado con desprecio estas dos fuerzas atrofiadas y sin savia, llegó a imperar en absoluto, formando con sus grandezas y sus defectos una España nueva.

Perdónesenos la digresión, y volvamos a Cordero, del cual nos falta decir que en los últimos años había prosperado grandemente en su comercio. Pocas noches antes de aquel día en que suponemos comenzada esta narración, el héroe estaba en su gabinete contando el dinero de la semana. Después que tomó nota de las cantidades y distribuyó estas cariñosamente en las cestillas de paja que servían para el caso, llamó a Sola, y haciéndola sentar frente a él, le dijo así:

—Si no comunico a alguien lo que en este instante pienso, apreciable _Hormiguita_, reviento de seguro.

Sola sonreía, dando más luz al _quinqué_, que repartía en proporción igual su resplandor a los dos personajes. Don Benigno se reía también, y ya se acariciaba la barba redondita y arrebolada, como una manzana recién cogida, ya se arreglaba las gafas de oro, cuya tendencia a resbalar sobre la nariz picuda y fina iba en aumento cada día.

—Pues lo que pienso —añadió— es que sin saber cómo, me encuentro rico... es decir, no muy rico, entendámonos, sino simplemente en ese estado de buen acomodo que me permitiría, si quisiera, renunciar al comercio y retirarme a vivir tranquilo en mis queridos Cigarrales, donde no me ocuparía más que en labrar el campo y criar a mis hijos.

Sola le respondió a estas palabras con otras de felicitación, y el héroe, que se sentía aquella noche con muchas ganas de charlar, continuó de este modo:

—Con usted no hay secretos. Sepa usted que ayer he pagado el último plazo de esta casa en que vivimos: de modo que es mía, tan mía como mis anteojos y mi corbata de suela. En los Cigarrales he comprado ya más de cien fanegadas para agregarlas a las que heredé de mis padres, y pienso comprar las del tío _Rezaquedito_, que saldrán a la venta muy pronto. De modo que ya estamos libres de perder el sueño por cavilar en el día de mañana; y si por acaso me da un torozón (que no me dará), no estaré afligido en mi última hora con la idea de que mis hijos tengan que vivir a expensas de parientes y amigos, vea usted por dónde la Divina Providencia ha premiado mi laboriosidad, y nada más que mi laboriosidad, pues talentos no los tengo, y en cuanto a picardías, ya se sabe que esa moneda no corre dentro de mi casa.

—Dios ha querido que un hombre tan bueno y tan cabal en todo —le dijo Sola— tenga su merecido en el mundo, porque si al bueno no le da Dios los medios de ser caritativo y generoso, ¿qué sería de los pobres, de los abandonados, de los huérfanos?

—No, no... —replicó Cordero un sí es no es conmovido—, no hay aquí generosidades que alabar ni virtudes que enaltecer. Algo he hecho por los menesterosos; y si alguna persona ha recibido especialmente de mí ciertos beneficios, estos han sido menores de los que ella se merece. Dios no puede estar satisfecho de mí en esta parte... Que se han sucedido buenos años para el género; que los cambios políticos, improvisando posiciones, han desarrollado el lujo; que las modas han favorecido grandemente el comercio de blondas y puntillas; que la paz de estos años de despotismo ha traído muchos bailes y saraos, equivalentes a gran despilfarro de Valenciennes, Flandes y Malinas; que el restablecimiento del culto y clero después de los tres años trajo la renovación de toda la ropa de altar y mucho consumo de encajería religiosa; que mi puntualidad y honradez me dieron la preferencia entre las damas; que la corte misma, a pesar de que son bien notorias mis ideas contrarias a la tiranía, no quiere ver entrar por las puertas de Palacio ni media vara de Almagro que no sea de casa de Cordero, y, en fin, que Dios lo ha querido, y con esto se dice todo. Bendigámosle y pidámosle luces para acertar a hacer el bien que aún no hemos hecho, y que es a manera de una sagrada deuda pendiente con la sociedad, con la conciencia...

El héroe se atascó en su propia retórica, como le pasaba siempre que quería expresar una idea no bien determinada aún en su espíritu, y un sentimiento oprimido en las fuertes redes de la timidez y la delicadeza.

—Acabe usted, que me da gusto oírle —le dijo Sola sonriendo—, pero prontito, que hay mucho que hacer esta noche.

—Descanse usted un momento, por amor de Dios. ¿Siempre hemos de estar sobre un pie?... ¡Oh!, por mi parte, _Hormiga_, estoy decidido a descansar. Verdad es que no soy un niño. Tengo cincuenta y dos años.

Dicho esto, don Benigno miró como extasiado a su protegida, que a su vez contemplaba fijamente la luz, a riesgo de quedarse deslumbrada.

—Cincuenta y dos años, que es mucho y es poco, según se considere —añadió el héroe con cierta turbación—. Todo es relativo, hasta los años, y yo, con mi constitución recia y firme, mis acerados músculos, mi desconocimiento absoluto de lo que son médicos y boticas, no me cambio por esos pisaverdes de color de cera de muerto, que se llaman muchachos por una equivocación del tiempo.

—Es usted rico; goza de perfecta salud —murmuró Sola, cuyas miradas, como mariposas, gustaban de recrearse en la llama—; es además bueno como el buen pan; tiene buen nombre y fama limpia. ¿Qué más puede desear?

Don Benigno dio un suspiro, y mirando al tapete, dijo así:

—Es verdad: nada puedo desear. Temeridad e impertinencia sería pedir más.

Ambos callaron.

—¿Tiene usted algo más que decirme? —preguntó Sola levantándose.

—Nada, nada, apreciable _Hormiga_ —dijo don Benigno irradiando bondad y sentimientos puros de su cara de rosa—. Nada más sino que... Dios sobre todo.

Después que la joven se fue, Cordero tomó a Rousseau como se toma el brazo de un amigo para apoyarse en él, y abriendo el libro por donde estaba la marca, indicando sin duda capítulo, renglón o párrafo de gran interés, se quedó un buen rato meditando en la extraordinaria profundidad, intención y filosofía de la sentencia con que el ginebrino encabeza el libro quinto del Emilio.

Dice así: _No es bueno que el hombre esté solo_.

III

El día era de los mejores que suele tener Madrid en invierno, con cielo limpio y espléndido sol. Los madrileños, que por su índole castiza no necesitaban entonces ni ahora de grandes atractivos para echarse en tropel a la calle, invadieron aquel día la carrera de las procesiones regias que va desde las puertas de Toledo o Atocha hasta Palacio, vía ciertamente histórica y muy interesante, por la cual han pasado tantos monarcas felices o desgraciados, y no pocos ídolos populares. Si fuera posible reproducir la serie de comitivas diversas que han recorrido ese camino del entusiasmo desde la primera entrada de Fernando VII en mayo de 1808, tendríamos una galería curiosa, en la cual muy pocas pinceladas tendría que añadir la historia para hacer el cuadro completo de las sucesivas idolatrías españolas. El quemar de los ídolos, cuando estamos cansados de adorarlos, se verifica en otra parte.

Estas grandiosas comparsas tienen una monotonía que desespera; pero el pueblo no se cansa de ver los mismos lacayos con las mismas pelucas, los mismos penachos en la frente de los mismos caballos, y el inacabable desfilar de uniformes abigarrados, de coches enormes más ricos que elegantes, de generales en número infinito, y el trompeteo, la bulla, el oscilar mareante de plumachos mil, el fulgor de bayonetas, y, por último, el revoloteo de palomitas y de hojas de papel conteniendo los peores sonetos y madrigales que pueden imaginarse.

Aquel día de diciembre de 1829, el pueblo de Madrid admiró principalmente la hermosura de la nueva reina, la cual era, según la expresión que corría de boca en boca, _una divinidad_. Su cara, incomparablemente graciosa y dulce, tenía un sonreír constante, que se entraba, como decían entonces, hasta el corazón de todo el pueblo, despertando ardientes simpatías. Bastaba verla para conocer su agudo talento, que tanto había de brillar en las lides cortesanas, y para prever las nobles conquistas que la gracia y la confianza habían de hacer prontamente en el terreno de la brutalidad y del recelo. Jamás paloma alguna entró con más valentía que aquella en el negro nidal de los búhos; y aunque no pudo hacerles amar la luz, consiguió someterles a su talante y albedrío, consiguiendo de este modo que pareciesen menos malos de lo que eran. Fue mirada su belleza como un sol de piedad que venía, si bien un poco tarde, a iluminar los antros de venganza y barbarie en que vivía, como un criminal aherrojado, el sentimiento nacional.

No ha existido persona Real a quien se hayan dedicado más versos. Por ella sola se han fatigado más _las deidades de Hipocrene_ y ha hecho más corvetas el buen Pegaso que por todas las demás reinas juntas. A ella se le dijo que si el Vesubio la había despedido con _refulgentes destellos_, el Manzanares la recibió _vestido de flores_; se le dijo que _Pirene_ había inclinado la _erguida espalda_ para dejarla pasar, y que en los _vergeles de Aretusa_ tocaba la lira el _virginal concilio_ celebrando a la _ninfa bella de Parténope_.

La hermosa reina fue también cantada por los grandes poetas; que no todo había de ser ruido en las diversas cataratas de versos que celebraron su casamiento, su entrada, su embarazo, sus dos alumbramientos, sus días, sus actos políticos más notables, y en particular el glorioso hecho de la amnistía. Don Juan Bautista Arriaza, que desde el año 8 venía haciendo todos los versos decorativos y de circunstancias, la letra de todos los himnos y las inscripciones de todos los arcos triunfales, echó el resto, como decirse suele, en las fiestas del año 29. Quintana dedicó al _feliz enlace de Fernando VII_ una canción epitalámica que no quiso incluir en las ediciones de sus obras, y otros insignes vates de la época la ensalzaron en aquellas odas resonantes y tiesas, algo parecidas al parche duro y ruidoso de una caja de guerra, y cuya lectura deja en los oídos impresión semejante a la que produciría una banda de tambores en día de parada. Con todo, en la corona poética de esta insigue reina se encuentran altos pensamientos y graciosas imágenes, principalmente en todo aquello que aparece inspirado por la seductora sonrisa,

_que cuanto más se ve más enamora._

Entró Cristina en coche acompañada de sus padres los reyes de Nápoles. Al estribo derecho venía el esposo y tío, rigiendo magistralmente su hermoso caballo. Era, según dicen, el primer jinete de su época; verdaderamente nuestro rey tenía un aspecto tan majestuoso como gallardo cuando montaba en uno de aquellos apopléticos corceles cuya pesadez y arrogancia nos han transmitido Velázquez y Goya. La alzada del animal, el corpulento busto del monarca, su rico uniforme, su alto sombrero de tres picos, muy parecido, según la absurda moda de la época, a las mitras o tinajones que llevan en su cabeza los bueyes de la arquitectura asiria, daban a la colosal figura no sé qué apariencia babilónica que infundía respeto y algo de miedo supersticioso.

Pero la arrogancia de la majestad ecuestre, la misma riqueza abigarrada de su traje de gala, no disimulaban en Fernando aquella decadencia precoz que le hacía viejo a los cuarenta y cinco años. En su rostro duro y de pocos amigos (por lo que se acomodaba perfectamente al carácter) parecía que la nariz se había agrandado, impaciente de juntarse al labio belfo, el que por su parte se estiraba a más no poder, como si quisiera echarse fuera de tal cara. Su color, que era una mezcla enfermiza del verdoso y del amoratado, extendía por sus mejillas como una sombra lúgubre, en la cual lucían mejor sus ojos grandes y negros, por donde en ciertos momentos se asomaban, con el instantáneo fulgor del relámpago, sus alborotadas pasiones.