Part 17
Pero estas son cosas de invierno, y volvamos a nuestro verano y a nuestros jardines de la Granja. Todos los que esto lean, convendrán en que no podría darse cosa más bonita que aquellas mangas de jamón, abultadas por medio de ahuecadores de ballena, y con los cuales las señoras parecían llevar un globo aerostático en cada brazo. ¡Y dicen que entonces no había modas elegantes! ¿Pues y dónde nos dejan aquel talle, que por lo alto tocaba el cielo, y aquella falda, que intentaba seguir el mismo camino huyendo de los pies, y aquel escote recto por pecho y espalda, que a veces quería bajar al encuentro del talle y que disimulaba su impudencia con hipocresía de _canesús_ y sofisma de tules? Si no fuera porque las damas ataviadas en tal guisa se asemejaban bastante a una alcarraza, este vestido merecía haberse perpetuado. ¡Qué precioso era! Tenía la ventaja de no alterar las formas, y entonces el pecho era pecho y las caderas, caderas.
¡Ay!, entonces también los pies eran pies, es decir, que no había esas falsificaciones de pies que se llaman botinas. Los zapateros no habían intentado aún enmendar la plana a Dios creando extremidades convencionales al cuerpo humano. ¿Y qué cosa más bonita que aquellas galgas y aquel cruzado de cintas por la pierna arriba hasta perderse donde la vista no podía penetrar? La suela casi plana, el tacón moderado, el empeine muy bajo, eran indudablemente la última parodia de aquellas sandalias que usaban las heroínas antiguas, y que servían para lo que no sirve ningún zapato moderno, para andar.
Ni que me maten dejaré de hablar de las mantillas, las cuales entonces eran a propósito para echar abajo la teoría de que esta prenda no sirve para nada. Entonces las mantillas eran mantillas; como que había unas que se llamaban de toalla, y esto pinta su longitud. Aquellas prendas tapaban y tenían infinito número de pliegues, cuya disposición y gobierno, sometidos a la mano de la mujer que la llevaba, eran casi un lenguaje. La toquilla de ahora es un adorno; la mantilla de entonces era la persona misma. Las toquillas de hoy se _llevan_; las mantillas de entonces se _ponían_. Los pliegues relumbrones de su raso interior, el brillo severo de su terciopelo, la niebla negra de sus encajes, hechura fantástica de hilos tejidos por moscas, la pasamanería de sus guarniciones, reunían en derredor de una cara hermosa no sé qué misterioso cortejo de geniecillos, que ora parecían serios, ora risueños, y a su modo expresaban el pudor o la provocación, la reserva o el desenfado. El ideal se hizo trapo, y se llamó mantilla.
En cambio de otras ventajas que el vestir moderno lleva al antiguo, aquellos tenían la de la variedad de tonos. Entonces los colores eran colores, y no como hogaño, variantes de gris, del canelo y de los tintes metálicos. Entonces la gente se vestía de verde, de colorado, de amarillo, y los jardines de la Granja, vistos a lo lejos, eran un prado de pintadas florecillas. El alepín, la cúbica, el tafetán de la reina, el _muaré antic_, las sargas, la inglesina, el _cotepali_, ofrecían variedad de bultos y colores. Los parisienses, que en esto de hacer modas se pintan solos, y cuando no pueden inventar formas y colores nuevos les dan nombres extraños, habían lanzado al mundo el color _jirafa_, el _pasa de Corinto_, el no menos gracioso _La Vallière_, el azul _Cristina_; pero los que verdaderamente merecen un puesto en la historia, son el color _ayes de Polonia_ y el _humo de Marengo_.
El cuadro de interés indumentario con fondos de verdor académico que hemos trazado, carece aún de ciertos tonos fuertes que echará de menos todo el que hubiera contemplado el original. Con el pincel gordo apuntaremos en los primeros términos algunas manchas de encarnado rabioso, amarillo y pardo, que son las pintorescas sayas de las mujeres del campo venidas de los inmediatos pueblos. La elegancia de estos trajes se pierde en la oscuridad de los tiempos, y a nuestro siglo solo ha llegado una especie de alcachofa de burdos refajos, dentro de la cual, el cuerpo femenino no parece tal cuerpo, sino una peonza que da vuelta sobre los pies, mientras los hombres (aquí es preciso volcar sobre el cuadro toda la pintura negra), fajados y oprimidos dentro de las enjutas chaquetas y los ahogados pantalones y las medias de punto, parecen saltamontes puestos de pie, guardando la cabeza bajo anchísimo queso negro.
El pincel más amanerado nos servirá para apuntar, oscilando sobre esta multitud de cabezas como las llamas de Pentecostés, los pompones de los militares; y si hubiera tiempo y lienzo pondríamos en último término, con tintas graciosas, un zaguanete de alabarderos que, semejante a un ejército de zarzuela, pasa por el jardín precedido de su música de tambor y pífanos. Lejos, más lejos aún que la vaporosa proyección del agua en el aire, ponemos la fachada del palacio, rectilínea, clásica, de formas discretas y limadas como los versos de una oda. ¡Ay!, en el momento en que lo contemplamos, gran gentío de cortesanos, militares y personajes de todas las categorías entra y sale por las tres grandes puertas del centro con afán oficioso. De pronto el murmullo alegre de las fuentes cesa, y todas dejan de correr. El agua vacila en los aires, los chorros se truncan, se desmayan, descienden, caen, como castillos fantásticos deshechos por la luz de la razón, y en estanques y tazones se extingue el último silbido de los surtidores, que vuelven a esconderse en sus misteriosas cañerías. En los jardines reina un estupor lúgubre; la gente se para, pregunta, contesta, murmura, y de boca en boca van pasando, como chispazos de pólvora fugaz, estas palabras: «El rey se muere, el rey se muere».
Las puertas del palacio se abren de par en par. Entremos.
XXXI
—Se ha fijado la gota en el pecho...
—Así parece.
—Peligro inminente..., ¡muerte!
—El Señor lo dispone así...
El que tal dijo (y lo dijo con el aplomo del que está en los secretos de Dios y mantiene relaciones absolutamente familiares con Él) era un anciano corpulento, recio y hasta majestuoso, vestido de luengas ropas moradas. Parecía la efigie de un santo doctor bajado de los altares, y sus palabras querían tener una autoridad semidivina. Hablaba dogmáticamente y no admitía réplica. Era obispo y aragonés.
Su interlocutor vestía también ropas talares, pero negras, sin adorno alguno ni preciadas insignias. No parecía tener más de treinta y cinco años, y se distinguía por su hermosura, como el obispo de León por su apostólica majestad. Era el padre Carranza, prepósito de los jesuitas, hombre listo si los hay, y además de cara bonita, calidad que avaloraba su extraordinaria elocuencia, de tal modo que cuando subía al púlpito parecía un ángel con sotana, celestial mensajero para proclamar con encantadora voz lo pecadores que somos. Por su elocuencia y talento (no por otras de sus eminentes cualidades, como la malignidad ha dicho alguna vez) ganó en absoluto la confianza de doña Francisca, a quien conoceremos en seguida.
—Diga usted a Sus Altezas que Su Majestad me ha llamado para pedirme consejo en estas críticas circunstancias. En este momento Su Excelencia el señor Calomarde está en la cámara de Su Majestad, el cual..., Dios lo quiere así..., continúa en malísimo estado, en deplorable estado... Cúmplase la voluntad del Altísimo.
Esto se decía en lujosa antecámara de esas que abundan en nuestros palacios reales, y que en su ornato y mueblaje ofrecían mezcla confusa del estilo Luis XV y del gusto neoclásico puesto en moda por el imperio francés. La tapicería era rica y graciosa; el piso, cubierto de finísimo junco, daba carácter español al recinto, y por el techo corrían, entre nubecillas semejantes a espuma de huevo batido, varias ninfas a lo Bayeu que parecían representaciones de la retórica de Hermosilla y de la poesía moratiniana, según las baratijas simbólicas que cada una llevaba en la mano para dar a conocer su empleo en el vasto reino de lo ideal. La luz que alumbraba la pieza era escasa; apenas se distinguía un Carlos IV en traje de caza que en la pared principal estaba, escopeta en mano, la bondadosa boca contraída por la sonrisa, con la vista un poco extraviada hacia el techo, cual si intentara dar un susto a las ninfas que por él se paseaban tranquilas sin meterse con nadie.
La hermosa figura del obispo y el elegante cuerpo negro del jesuita concordaban admirablemente con aquel fondo o decoración palatina. Ambos dijeron algunas palabras precipitadas que no pudimos oír, y salieron a prisa por distintas puertas. Seguiremos al jesuita guapo, quien rápidamente nos llevó a otra monumental y vistosa sala, donde salieron a recibirle dos damas más notables por su rango que por su belleza. Eran la infanta doña Francisca y la princesa de Beira, brasileñas y ambiciosas. La primera habría sido hermosa si no afeara sus facciones el tinte rojizo, comúnmente llamado color de hígado. La segunda llamaba la atención por su arremangada nariz, su boca fruncida, su entrecejo displicente, rasgos de los cuales resultaba un conjunto orgulloso y nada simpático, como emblema del despotismo degenerado que se usaba por aquellos tiempos.
El padre Carranza les habló con nerviosa precipitación, y ellas le oyeron con la complacencia, mejor dicho, con la fe que el buen señor les inspiraba, y en el ardiente y vivísimo coloquio, semejante a un secreteo de confesonario, se destacaban estas frases: «Dios lo dispone así... Veremos lo que resulta de ese consejo... ¿Y qué hará esa pobre Cristina?».
Los tres pasaron luego a la pieza inmediata, solo ocupada en aquel momento por un hombre, en el cual conviene que nos fijemos por ser de estos individuos que, aun careciendo de todo mérito personal y también de maldades y vicios, dejan a su paso por el mundo más memoria y un rastro mayor que todos los virtuosos y los malvados todos de una generación. Hallábase sentado, apoyado el codo en el pupitre y la mejilla en la palma de la mano, serio, meditabundo, parecido por causa del lugar y las circunstancias a un grande emperador de cuyos planes y designios depende la suerte del mundo. Y la de España dependía entonces de aquel hombre, extraordinariamente pequeño para colocado en las alturas de la monarquía. Tenía todas las cualidades de un buen padre de familia y de un honrado vecino de cualquier villa o aldea; pero ni una sola de las que son necesarias al oficio de rey verdadero. Siendo, como era, rey de pretensiones, y, por lo tanto, batallador, su nulidad se manifestaba más, y no hubo momento en su vida, desde que empezó la reclamación armada de sus derechos, en que aquella nulidad no saliese a relucir, ya en lo político, ya en lo marcial. Era un genio negativo, o hablando familiarmente, no valía para maldita de Dios la cosa.
Su Alteza se parecía poco al rey Fernando. Su mirada turbia y sin brillo no anunciaba, como en este, pasiones violentas, sino la tranquilidad del hombre pasivo, cuyo destino es ser juguete de los acontecimientos. Era su cara de esas que no tienen el don de hacer amigos; y si no fuera por los derechos que llevaba en sí como un prestigio indiscutible emanado del cielo, no habrían sido muchos los secuaces de aquel hombre frío de rostro, de mirar, de palabra, de afectos y de deseos, como no fuera el vehemente prurito de reinar. Su boca era grande y menos fea que la de Fernando, pues su labio no iba tan afuera; pero el gran desarrollo de su mandíbula inferior, alargando considerablemente su cara, le hacía desmerecer mucho. El tipo austríaco se revelaba en él más que el borbónico, y bajo sus facciones reales se veía pasar confusa la fisonomía de aquel espectro que se llamó Carlos II el Hechizado. A pesar del lejano parentesco, la quijada era la misma, solo que tenía más carne.
Cuando entraron las infantas, don Carlos levantó los ojos de su pupitre, miró con tristeza a las damas, después a un cuadro que frente a él estaba, y era la imagen de la Purísima Concepción. El soberano de los apostólicos dio un suspiro como los que daba don Quijote en la presencia ideal de Dulcinea del Toboso, y luego se quedó mirando un rato a la pintura cual si mentalmente rezara.
—Francisquita —dijo al concluir—, no me traigas recados, como no sean para darme cuenta de la enfermedad de mi adorado hermano. No quiero intrigas palaciegas, ni menos conspiraciones para sublevar tropa, paisanos o voluntarios realistas. Mis derechos son claros y vienen de Dios: no necesitan más que su propia fuerza divina para triunfar, y aquí están de más las espadas y bayonetas. No se ha de derramar sangre por mí, ni es necesario tampoco. Yo no conquisto, tomo lo mío de mano del Altísimo que me lo ha de dar. Esa, esa augusta Señora —añadió señalando el cuadro— es la patrona de mi causa y la generalísima de nuestros ejércitos: ella nos dará todo hecho sin necesidad de intrigas, ni de sangre, ni de conspiraciones y atropellos.
Doña Francisca miró a la imagen bendita, y aunque era, como su ilustre esposo, mujer de sincera devoción, no parecía fiar mucho, en aquellos momentos, de la excelsa patrona y generalísima. La de Beira fue la primera que tomó la palabra para decir a Su Alteza:
—Carlitos, no podemos estar mano sobre mano ni esperar los acontecimientos con esa santa calma tuya, cuando se van a decidir las cosas más graves. Nosotras no intrigamos, lo que hacemos es apercibirnos para cortar las intrigas que se traman contra ti, legítimo heredero del trono, y contra nosotras. No conspiramos; pero estamos a la mira de la conspiración asquerosa de los liberales, que ahora se llamarán _cristinos_, para burlar tus derechos, emanados de Dios, y alterar la ley sagrada de la sucesión a la corona. En este momento, Cristina, por encargo del rey, llama a consejo al ministro Calomarde, al obispo de León y al conde de la Alcudia. ¿Sabes para qué?
—¿Para qué?
—Para proponer un arreglo, una componenda —dijo prontamente doña Francisca, no menos iracunda que su hermana—. Pronto lo sabremos. Esa pobre Cristina apelará a todos los medios para embrollar las cosas y ganar tiempo, hasta que se desencadenen las furias de la revolución, que es su esperanza.
—¡Un arreglo!... —dijo don Carlos con entereza—. ¿Con quién y de qué? Entre los derechos legítimos, sagrados y la usurpación ilegal no puede haber arreglo posible.
Dijo esto con tanto aplomo, que parecía un sabio. Después miró a la Virgen como para tener la satisfacción de ver que ella opinaba lo mismo.
—Basta de cuestiones políticas —dijo Su Alteza volviendo a tomar una actitud tranquila—. ¿Sigue Fernando más aliviado del paroxismo de esta tarde?
—Hasta ahora no hay síntomas de que se repita...
—Pero puede suceder que de un momento a otro...
—¡Pobre Fernando! —exclamó don Carlos dando un gran suspiro y apoyando la barba en el pecho. Incapaz de fingimiento y de mentira, la apariencia tétrica del infante era fiel expresión de la vivísima pena que sentía. Amaba entrañablemente a su hermano. Para que todo fuera en desventaja de los españoles, Dios quiso que estos se dividieran en bandos de aborrecimiento, mientras los hermanos que ocasionaron tantos desastres vivieron siempre enlazados por el afecto más leal y cariñoso.
Poco más de lo transcrito hablaron el infante y las dos damas, porque empezó a reunirse la camarilla en el salón inmediato, y doña Francisca y su hermana abandonaron a don Carlos para recibir a los aduladores, pretendientes y cofrades reverendos de aquella cortesana intriga. En poco tiempo llenose la cámara de personajes diversos: el conde de Negri, el padre Carranza, el embajador de Nápoles, vendido secretamente a los apostólicos desde mucho antes, y don Juan de Pipaón, que, según todas las apariencias, representaba en el seno de la comunidad apostólica a Calomarde. Luego aparecieron el obispo de León y el conde de la Alcudia, y entonces la cámara fue un hervidero de preguntas y comentarios. Vanidad, servilismo, adulación, los rostros pálidos, las palabras ansiosas, el respeto olvidado, el rencor no satisfecho, la esperanza cohibida por el temor... todo esto había bajo aquel techo habitado por sosas ninfas, entre aquellos tapices representando borracheras a lo Teniers, remilgadas pastoras, o cabriolas de sátiros en los jardines de Helicona.
—Una proposición inaudita, señores —dijo el reverendo obispo con fiereza—. Veremos lo que opina el señor. Ahí es nada... Quieren que durante la enfermedad del rey se encargue del gobierno doña Cristina, y que el serenísimo señor infante sea... su consejero.
Una exclamación de horror acogió estas palabras. La princesa de Beira casi lloraba de rabia, y a la orgullosa doña Francisca le temblaban los labios y no podía hablar.
—Es una desvergüenza —se atrevió a decir Pipaón, que siempre quería dejar atrás a todos en la expresión extremada del entusiasmo apostólico.
—Es una jugarreta napolitana —indicó Negri, que en estas ocasiones gustaba de decir algo que hiciera reír.
—Es burlarse de los designios del Altísimo —afirmó Abarca, atento siempre a entrometer a la Divinidad en aquellas danzas.
—Es simplemente una tontería —dijo el de la Alcudia—. Veamos la opinión de Su Alteza.
El ministro y el obispo pasaron a ver a don Carlos, que hasta entonces tenía la digna costumbre de huir de los conventículos donde se ventilaban entre aspavientos y lamentaciones los intereses de su causa, y al poco rato salieron radiantes de gozo. Su Alteza había contestado con enérgica negativa a la proposición de la _madre de Isabelita_; que de este modo solían allí nombrar a la reina Cristina.
Corrieron entonces los cortesanos del cuarto del infante a la cámara real, donde, en vista de la denegación, se buscaban nuevas fórmulas para llegar al deseado arreglo. Hora y media pasó en ansiedades y locas impaciencias. La reina y los ministros conferenciaban en la antecámara del rey. En la alcoba de este nadie podía penetrar, a excepción de Cristina, los médicos y los ayudas de cámara de Su Majestad. El infante no salía del rincón de su cuarto en que se recogía como un cenobita que hace penitencia; pero la bulliciosa infanta, la implacable princesa de Beira, su hijo don Sebastián y la mujer de este no se daban punto de reposo, inquiriendo, atisbando, en medio del vertiginoso ciclón de cortesanos que iba y venía y volteaba con mareante susurro.
Al fin aparecieron el obispo y el conde de la Alcudia trayendo las nuevas proposiciones de arreglo. ¿Cuáles eran? «¡Una regencia compuesta de Cristina y don Carlos, con tal que este empeñase solemnemente su palabra de no atentar a los derechos de la princesa Isabel!». Tal era la proposición, que a unos parecía absurda, a otros insolente, a los más ridícula. Hubo exclamaciones, monosílabos de desprecio y amargas risas. «¡Los derechos de Isabelita!». Esta idea ponía fuera de sí a la enfática y siempre hinchada princesa de Beira.
¿Y quién sabrá pintar la escena del cuarto de don Carlos, cuando el obispo y el ministro le comunicaron la última proposición de los reyes? Por todos los santos se puede jurar que el que tal escena vio no la olvidará aunque mil años viva. Nosotros, que la vimos presente, la tenemos cual si hubiera pasado ayer; ¿pero cómo acertar a describirla? Es tan rica de matices y al propio tiempo tan sencilla, que fácilmente se perderá en las manos del arte. ¡Pasó allí tan poca cosa, y fue de tanta transcendencia lo que allí pasó!... No hubo ruido; pero en el silencio grave de aquella sala se engendraron las mayores tempestades españolas del siglo.
Al ver entrar al obispo y al ministro, seguidos de las infantas, don Sebastián y el agraciadísimo padre Carranza, levantose don Carlos solemnemente. Era hombre que sabía dar a ciertos actos una majestad severa que contrastaba con su llaneza en la vida privada. Mientras Alcudia leía el borrador del decreto en que se establecía la doble regencia, la princesa de Beira estaba lívida y doña Francisca mordía las puntas del pañuelo. Ambas hermanas vestían modestamente. ¿Quién olvidará sus talles altos, sus ampulosos senos, sus peinados de tres lazos y sus pañoletas de colores? Eran como dos estatuas de la ambición doméstico-palatina, erigidas en el centro del arco que formaba la comisión de príncipes y magnates. Miraban ansiosos a don Carlos, cual si temieran que el grande amor que al rey tenía venciera su entereza en aquel crítico instante, haciéndole incurrir en una debilidad que se confundiría con la bajeza.
Don Carlos no tenía talento, pero tenía fe, una fe tan grande en sus derechos, que estos y los Santos Evangelios venían a ser para Su Alteza Serenísima una misma cosa. La fe, que en lo moral producía en él la honradez más pura y en los actos políticos una terquedad lamentable, fue lo que en tal momento salvó la causa apostólica, llenando de júbilo los corazones de aquellos señorones codiciosos y princesas levantiscas. Mientras duró la lectura, don Carlos no quitó los ojos del cuadro de la Purísima, a quien sería mejor llamar Capitana por las prerrogativas militares que el príncipe le había dado. Siguió a esto una pausa silenciosa, durante la cual no se oía más que el rumorcillo del papel al ser doblado por el conde de la Alcudia. Las infantas miraban a los labios de don Carlos, y don Carlos se puso pálido, alzó la frente, más ancha que hermosa, y tosió ligeramente. Parecía que iba a decir las cosas más estupendas de que es capaz la palabra humana, o a dictar leyes al mundo como su homónimo el de Gante las dictaba desde un rincón del Alcázar de Toledo. Con voz campanuda dijo así:
—No ambiciono ser rey; antes por el contrario, desearía librarme de carga tan pesada, que reconozco superior a mis fuerzas... pero...
Aquí se detuvo buscando la frase. Doña Francisca estuvo a punto de desmayarse, y la de Beira echaba fuego por sus ojos.
—Pero Dios —añadió don Carlos—, que me ha colocado en esta posición, me guiará en este valle de lágrimas... Dios me permitirá cumplir tan alta empresa.
Aún no se sabía qué empresa era aquella que Dios, protector decidido de la causa, tomaba a su cargo en este valle de lágrimas. El conde de la Alcudia, que a pesar de estar secretamente afiliado al partido de don Carlos quería cumplir la misión que le había dado el rey, dijo algunas palabras en pro de la avenencia. Pero entonces don Carlos, como si recibiera una inspiración del cielo, habló con facilidad y energía en estos términos, que son exactos y textuales:
—«No estoy engañado, no, pues sé muy bien que si yo por cualquier motivo cediese esta corona a quien no tiene derecho a ella, me tomaría Dios estrechísima cuenta en el otro mundo, y mi confesor en este no me lo perdonaría; y esta cuenta sería aún más estrecha, perjudicando yo a tantos otros y siendo yo causa de todo lo que resultare; por tanto, no hay que cansarse, pues no mudo de parecer».