Los apostólicos

Part 16

Chapter 163,912 wordsPublic domain

Innecesario será decir, pero digámoslo, que don Benigno, si bien trataba familiarmente a Sola, no traspasó jamás, en aquella larga antesala de las bodas, los límites del decoro y de la dignidad. Se estimaba demasiado a sí mismo y amaba a Sola lo bastante para proceder de aquella manera delicada y caballerosa, magnificando su ya magnífica conducta con el mérito nuevo de la castidad. Ni siquiera se permitía tutear a su prometida, porque el tuteo, decía, trae insensiblemente libertades peligrosas, y porque el decoro del lenguaje es siempre una garantía del decoro de las acciones.

En este tiempo ocurrió también la dispersión de algunos personajes muy principales de esta historia. Salvador se fue a Andalucía, donde encontró abundancia de cuadros y antigüedades de mérito. Luego subió por Extremadura a Salamanca, vino a Madrid en febrero de 1832 a exigir de Carnicero el cumplimiento del pacto, y habiendo ocurrido dilaciones, celebraron un nuevo pacto-prórroga, que terminó cuatro meses después con feliz éxito el asunto. El aventurero vio al fin en sus manos la mitad de la herencia de su tío, gracias a las uñas de don Felicísimo, que acariciando la otra mitad, desenmarañó la madeja. Fue Salvador a París en la primavera para rendir cuentas a Aguado, y en el verano tornó a España y a Madrid para ultimar un asunto de vales reales que en la corte tenía.

Jenara pasó en Madrid el invierno de 1831 a 1832, y en primavera se trasladó a Valencia, volviendo al poco tiempo para instalarse en San Ildefonso. La opinión pública que, tal vez sin motivo, le tenía mala voluntad, hacía correr acerca de su conducta rumores poco favorables, aunque eran de esos que cualquier dama ilustre de aquellos tiempos, y de estos y de todos los tiempos soporta sin detrimento alguno en el lustre de su casa, antes bien aumentándolo y viéndose cada día más obsequiada y enaltecida. Si en el año anterior fue tildada de aficionarse con exceso a la oratoria forense y parlamentaria, ahora decían de ella que se pirraba por la poesía lírica, prefiriendo sobre todos los géneros el _byroniano_, o sea de las desesperaciones y lamentos, sin admitir consuelo alguno en este mundo ni en el otro.

Enorme escuadrón de amigos la despidió al marchar a la Granja. Adiós, gentil Angélica, engañadora Circe. No podemos seguirte aún. Nos llaman por algún tiempo en Madrid afecciones de literatos que nos son más caras que las propias niñas de nuestros ojos. Y era curioso ver cómo se iba encrespando aquel piélago de ideas, de temas literarios e imágenes poéticas del cafetín llamado Parnasillo. Sin duda, de allí había de salir algo grande. Ya se hablaba mucho y con ardor de un drama célebre estrenado en París el 25 de febrero de 1830, y que tenía el privilegio de dividir y enzarzar a todos los ingenios del mundo en atroz contienda. El asunto, según algunos de los nuestros, no podía ser más disparatado. Un príncipe apócrifo que se hace bandolero, una dama obsequiada por tres pretendientes, un viejo prócer enamorado y un emperador del mundo, son los personajes principales. Luego hay aquello de que todos conspiran contra todos, y de que pasan cosas históricas que la historia no ha tenido el honor de conocer jamás. Y hay un pasaje en que el prócer que aborrece al bandido lo salva del emperador; y luego el emperador se lleva la muchacha, y el bandolero se une al prócer; y como uno de los dos está de más porque ambos quieren a la señorita, el bandolero jura que se matará cuando el prócer toque un cierto cuerno que aquel le da en prenda de su palabra; y cuando todo va a acabar en bien porque el emperador ha perdonado a chicos y grandes y viene el casorio de los amantes con espléndida fiesta, suena el consabido cuerno: el príncipe bandolero recuerda que juró matarse, y, en efecto, se mata.

Si a unos les parece esto el colmo del absurdo, a otros les parece de perlas. Riñen los exaltados con los retóricos, y en medio de las disputas sale a relucir una palabra que estos profieren con desprecio, aquellos con orgullo. ¡_Románticos_!... Aguarde un poco el lector que ya vendrán a su tiempo la amarillez del rostro, las largas y descuidadas melenas, las estrechas casacas. Por ahora el romanticismo no ha pasado a las maneras ni al vestido, y se mantiene gallardo y majestuoso en la esfera del ideal.

El drama francés es un monstruo para algunos; pero ¡qué aliento de vida, de inspiración, de grandeza en este monstruo, pariente sin duda de las hidras calderonianas, ante cuya indómita arrogancia, a veces sublime, salvaje a veces, parecen gatos disecados las esfinges del clasicismo! Contra la frialdad de un arte moribundo protesta un arte incendiario; la corrección es atropellada por el delirio; las reglas, con sus gastados cachivaches, se hunden para dar paso a la regla única y soberana de la inspiración. Se acaba la poesía que proscribe los personajes que no sean reyes, y se proclama la igualdad en el colosal imperio de los protagonistas. Rómpese como un código irrisorio la jerarquía de las palabras nobles o innobles, y el pueblo, con su sencillez y crudeza nativa, habla a las musas de _tú_. Caen heridos de muerte todos los monopolios: ya no hay asuntos privilegiados, y al templo del arte se le abren unas puertas muy grandes para dar paso a la irrupción que se prepara. Se suprimen los títulos nobiliarios de ciertas ideas, y se ordena que el Mar, por ejemplo, que de antiguo venía metiendo bulla y soplándose mucho con los retumbantes dictados de Nereo, Neptuno, Tetis, Anfitrite, sea despojado de estos tratamientos y se llame simplemente Fulano de Tal, es decir, el _Mar_. Lo mismo les pasa a la Tierra, al Viento, al Rayo.

Mucho podríamos decir sobre esta revolución que tuvimos la gloria de presenciar; pero damos punto aquí porque no es llegada aún la sazón de ella, y sus insignes jefes no eran todavía más que conspiradores. El café del Príncipe era una logia literaria, donde se elaboraba entre disputas la gloriosa emancipación de la fantasía, al grito mágico de ¡_España por Calderón_!

El teatro dormitaba solitario y triste; pero ya sonaban cerca las espuelas de _Don Álvaro_. _Marsilla_ y _Manrique_ estaban más lejos; pero también se sentían sus pisadas, estremeciendo las podridas tablas de los antiguos corrales. Comenzaba a invadir los ánimos la fiebre del sentimiento heroico, y las amarguras y melancolías se ponían de moda.

Las grandes obras de Espronceda no existían aún, y de él solo se conocían el _Pelayo_, la _Serenata_ compuesta en Londres y otras composiciones de calidad secundaria. Vivía sin asiento, derramando a manos llenas los tesoros de la vida y de la inteligencia, llevando sobre sí, como un fardo enojoso que para todo le estorbaba, su genio potente y su corazón repleto de exaltados afectos. Unos versos indiscretos le hicieron perder su puesto en la Guardia Real. Fue desterrado a la villa de Cuéllar, donde se dedicó a escribir novelas.

Vega había escrito ya composiciones primorosas; pero sin entrar aún en aquellas íntimas relaciones con Talía, que tanto dieron que hablar a la Fama; Bretón había vuelto de Andalucía, y con sin igual ingenio explotaba la rica hacienda heredada de Moratín; Martínez de la Rosa trabajaba oscuramente en Granada; Gallego vivía a la sazón en Sevilla; Gil y Zárate, perseguido siempre por la inquisitorial censura del padre Carrillo, había abandonado el teatro por una cátedra de francés. Caballero, Villalta, Revilla, Vedia, Segovia y otros insignes jóvenes cultivaban con brío la lírica, la historia y la crítica.

Al propio tiempo la pintura de la vida real, es decir, del espíritu, lenguaje y modo de la sociedad en que vivimos, era acometida por un joven artista madrileño para quien esta grande empresa estaba guardada.

Miradle. No parece tener más de veintiséis o veintisiete años. Es pequeño de cuerpo, usa anteojos, y siempre que mira parece que se burla. Es, más que un hombre, la observación humanada uniéndose a la gracia, y disimulando el aguijoncillo de la curiosidad maleante con el floreo de la discreción. De sus ojos parte un rayo de viveza que en un instante explora toda la superficie, y sin saber cómo se mete hasta el fondo, sacando los corazones a la cara; y al hacerlo parece que se ríe, como dando a entender que a nadie lastimará en sus disecciones de vivos.

Este joven, a quien estaba destinado el resucitar en nuestro siglo la muerta y casi olvidada pintura de la realidad de la vida española tal como la practicó Cervantes, comenzó en 1832 su labor fecunda, que había de ser principio y fundamento de una larga escuela de prosistas. Él trajo el cuadro de costumbres, la sátira amena, la rica pintura de la vida, elementos de que toma su sustancia y hechura la novela. Él arrojó en esta gran alquitara, donde bulliciosa hierve nuestra cultura, un género nuevo, despreciado de los clásicos, olvidado de los románticos, y él solo había de darle su mayor desarrollo y toda la perfección posible. Tuvo secuaces, como Larra, cuya originalidad consiste en la crítica literaria y la sátira política, siendo en la pintura de costumbres discípulo y continuador de _El Curioso Parlante_; tuvo imitadores sin cuento, y tantos, tantos admiradores que, en su larga vida, los españoles no han cesado de poner laureles en la frente de este valeroso soldado de Cervantes.

En 1831 escribió el _Manual de Madrid_, anunciando en él sus dotes literarias y una pasión que había de ocuparle toda la vida, la pasión de Madrid. En enero del año siguiente publicó _El Retrato_ en las _Cartas Españolas_ de Carnerero, y tras _El Retrato_ vino sin interrupción esa galería de deliciosos cuadros matritenses, que servirá, el día en que la capital de España se pierda, para encontrarla aunque se meta cien estados bajo tierra. ¡Asombroso poder del ingenio! Aquellos revueltos tiempos en que se decidió la suerte de la nación española han quedado más impresos en nuestra mente por su literatura que por su historia; y antes que la Pragmática Sanción, y el Carlismo y la Amnistía, antes que el Auto acordado y la Corte de Oñate y el Estatuto, viven en nuestra memoria don Plácido Cascabelillo, don Pascual Bailón Corredera, don Solícito Ganzúa, don Homobono Quiñones y otras dignas personas nacidas de la realidad y lanzadas al mundo con el perdurable sello del arte.

En agosto del mismo año de 1832 principió a salir el _Pobrecito Hablador_, de Larra. De este quisiéramos hablar un poco; pero el insoportable calor nos obliga a salir de Madrid.

Antes de partir haremos una visita a don Felicísimo, en cuya casa hallamos grandísima novedad, y es que al cabo de no pocas dudas y vacilaciones, el insigne Pipaón se decidió a manifestar a Micaelita su propósito de tomarla por esposa, considerando que si buenos desperfectos tenía, con buenas talegas iban disimulados. Es opinión admitida por todos los historiadores que Micaelita no rezó ningún padrenuestro al oír nueva tan lisonjera de los labios del cortesano de 1815. Don Felicísimo y doña Sagrario se regocijaron, pues no podían soñar mejor partido para aquel poco solicitado género que un individuo encaminado a ser, por sus prendas excepcionales, el Calomarde de los tiempos futuros.

Nuestra buena suerte quiso que, al dar un vistazo al agente de asuntos eclésiasticos, halláramos al señor de Pipaón, que también se despedía. Deleitosa conversación se entabló entre los dos. Cuando el cortesano estrechó entre los suyos fuertísimos los dedos de corcho del señor don Felicísimo, este exhaló un hipo y dijo:

—Me olvidaba... Querido Pipaón, puesto que va usted inmediatamente para allá, hágame el favor de llevar esta carta.

Y diciéndolo, el anciano levantó el pie de cabrón con ademán que algo tenía de ceremonioso y cabalístico, como el mágico que alza cubiletes y descubre signos. El sobre de la carta de que se hizo cargo Pipaón decía:

_Al señor don Carlos Navarro, en San Ildefonso._

XXX

En los primeros días del mes de septiembre, un viajero llegó a la Posada del Segoviano en la Granja, y pidió cuarto y comida, exigencias a que con tanto tesón como desabrimiento se negó el fondista. Era inaudita frescura venir a pedir techo y manteles en una posada que por su mucha fama y prez estaba llena de gente principal desde el sótano a los desvanes ¡Ahí era nada en gracia de Dios lo de personajes que en la casa había! Cuatro consejeros de Estado, un fiscal de la Rota, un administrador del Noveno y Excusado, dos brigadieres exentos, un padre prepósito, un definidor y seis cantores de ópera sobrellevaban allí con paciencia las incomodidades de los cuartos, y compartían el ayuno de las parcas comidas y mermadas cenas.

—Perdone por Dios, hermano —dijo a nuestro viajero el implacable dueño del mesón, que reventaba de gordura y orgullo, considerando el buen esquilmo de aquel año, gracias al ansia de los partidos que tanta gente llevaba a San Ildefonso.

Y el viajero redoblaba su amabilidad suplicante, en vista de la negativa venteril. Era tímido y circunspecto, quizá en demasía para aquel caso en que tenía que habérselas con la ralea de posaderos y fondistas.

—Deme usted un cuchitril cualquiera —dijo—. No estaré sino el tiempo necesario para conseguir que Su Ilustrísima el señor Abarca eche una firma en cierto documento.

—¿El señor Abarca?... Buena persona... Es muy amigo mío —replicó el ventero—. Pero no puedo alojarle a usted... como no sea en la cuadra.

Ya se había decidido el atribulado señor a aceptar esta oferta, cuando acertó a pasar don Juan de Pipaón. El viajero y el cortesano se vieron, se saludaron, se abrazaron, y... ¿cómo había de consentir don Juan que un tan querido amigo suyo se albergara entre cuadrúpedos, teniendo él como tenía, en la casa de Pajes, dos hermosísimas y holgadas estancias, donde estaba como garbanzo en olla?

—Venga conmigo el buen Cordero —dijo con generosa bizarría—, que le hospedaré como a un príncipe. La Granja rebosa de gente. Amigo —añadió hablándole al oído, cuando ambos marchaban hacia la casa de Pajes—, el rey se nos muere.

—De modo que sobrevendrá...

—El diluvio universal... Háblase de componer la cosa en familia. Pero vamos, vamos a que descanse usted.

Cordero dio un suspiro, y ambos entraron en la casa. Después de un ligero descanso y del desayuno consiguiente, Cordero salió a ver los jardines.

¡La Granja! ¿Quién no ha oído hablar de sus maravillosos jardines, de sus risueños paisajes, de la sorprendente arquitectura líquida de sus fuentes, de sus laberintos y vergeles?... Versalles, Aranjuez, Fontainebleau, Caserta, Schönbrunn, Postdam, Windsor, sitios donde se han labrado un nido los reyes europeos huyendo del tumulto de las capitales y del roce del pueblo, podrán igualarle, pero no superan al rinconcito que fundó el primer Borbón para descansar del gobierno. Y no hay más remedio que admirar esta pasmosa obra del despotismo ilustrado, reconociéndola conforme a la idea que la hizo nacer. El despotismo ilustrado fomentó la riqueza en todos los órdenes, desterró abusos, alivió contribuciones, acometió mejoras en bien del pueblo; pero todo lo sometió a una reglamentación prolija. Hacía el bien como una merced, y lo distribuía como se distribuye la sopa a los pobres recogidos en un asilo. Todo había de sujetarse a canon y a medida, y la nación, que nada podía hacer por sí, recibía los beneficios con arreglo a disciplina de hospital.

El despotismo ilustrado da vida en el orden económico a los Pósitos, a los Bancos privilegiados, a los Gremios; en el orden político crea los pactos de familia, y en el artístico protege el clasicismo. Llega al fin un día en que pone su mano en la naturaleza, y entonces aparece Le Nôtre, el arquitecto de jardines. Este hombre somete la vegetación a la geometría, y hace jardines con teodolito. A su mando inapelable los árboles ya no pueden nacer libremente donde la tierra, el agua y Dios quisieron que naciesen, y se ponen en filas, como soldados, o en círculo, como bailarines. No basta esto para conseguir aquella conformidad disciplinaria, que es el mayor gusto del despotismo ilustrado, y son escogidos los árboles, como Federico de Prusia escoge a sus granaderos. Es preciso que todos sean de un tamaño y que las ramas crezcan con regularidad. El hacha se encarga de convertir un bosque en alameda, y surgen, como por encanto, esos bellos escuadrones de tilos y esas compañías de olmos, que parecen esperar el grito de un pino para marchar en orden de parada.

El despotismo ilustrado y sus jardineros aspiran a más: aspiran a que la naturaleza no parezca naturaleza, sino un reino fiel sometido a la voluntad de su dueño y señor. Las tijeras, que antes solo eran arma de los sastres, son ahora la primera herramienta de horticultura, y con ella se establece una igualdad de vasallaje que confunde en un solo tamaño al grande y al chico. Es un instrumento de corrección como la lima de que tanto hablaban los clásicos, y que a fuerza de pulimentar hacía que todos los versos fueran igualmente fastidiosos. La tijera hace de los poéticos mirtos y del espeso boj las baratijas más graciosas que puede imaginarse. Córtalos en todas las formas, y talla guarniciones, muebles, dibujos, casitas, arcos, escudos, trofeos. Los jardineros redondean los árboles, dejándoles cual si salieran del torno, y las esbeltas copas se convierten en pelotas verdes. En el bajo suelo cortan y recortan el césped como se cortaría el paño para hacer una casaca, y luego bordan todo esto con flores vivas, que ponen donde la topografía ordena. Hacen mil juegos y mosaicos, tapicerías y arabescos. ¡Ay de aquella florecilla indisciplinada que se salga de su sitio! La arrancan sin piedad. La lozanía excesiva tiene pena de muerte, como la libertad entre los hombres.

A un jardín le hacen parecer teatro, plaza, cementerio o cosa semejante. Resulta un lugar frío, triste, desabrido, que trae al pensamiento las tragedias en que Alejandro salía vestido de Luis XIV. Es preciso poner algo que anime aquella soledad, algo que se mueva. ¿Quién será el juglar de este escenario amanerado? Pues el agua. El agua, que es la libertad misma, la independencia, el perpetuo correr, la risa y la alegría del mundo, es sacada de los plácidos arroyos, de las tranquilas lagunas, de los agrestes manantiales, sujeta con presas y trasportada en cañerías, y luego sometida al martirio inquisitorial de las fuentes, que la obligan a saltar y hacer cabriolas de un modo indecoroso. El clasicismo hortícola quiere que en todo jardín haya mucha mitología, faunos groseros, ninfas muy remilgadas, dioses pedantes, geniecillos traviesos. Pues todos estos individuos no tienen gracia si no echan un chorro de agua, quién por la boca, quién por ánforas y caracoles, aquel por todas las partes de su musgoso cuerpo, y diosa hay que arroja de sus pechos cantidad bastante para abrevar toda la caballería de un ejército.

En la Granja, la fuente de la Fama escupe al cielo un surtidor de 184 pies de altura, y el Canastillo traza en el espacio todo un problema geométrico con rayas de agua, mientras Neptuno, rigiendo sus caballos pisciformes, eleva a los aires sorprendente arquitectura de movible cristal, que con los juegos de la luz embelesa y fascina. Las fuentes de Pomona, Anfitrite y los Dragones también hacen con el agua los volatines más originales. Desde la plaza de las Ocho Calles se ven, con solo girar la mirada, todas las extravagancias de gimnástica y coreografía con que el pobre elemento esclavizado divierte a reyes y a pueblos. Los atónitos ojos del espectador dudan si aquello será verdad o será sueño, inclinándose a veces a creer que es un manicomio de ríos.

Era primer domingo de mes, y corrían las fuentes. Toda la sociedad del Real Sitio estaba en los jardines disfrutando de la frescura del ambiente y de la perspectiva de los árboles, cosa bellísima aunque académica. Las damas de la corte y las que sin serlo habían ido a veranear, los militares de todas graduaciones, los señores y los consejeros, los lechuguinos, y, por último, la gente del pueblo, a quien se permitía entrar aquel día por causa del correr de las fuentes, formaban un conjunto tan curioso como rico en matices y animación. Por aquí corrillos de pastoreo cortesano como el que inspiró a Watteau, por allá rusticidades en crudo, más lejos Ariadnas que se quieren perder en laberintillos de boj, y por todas las rectas calles grupos que se cruzan, bandadas alegres que van y vienen. Como el agua salta risueña de las tazas de mármol, así surge la conversación chispeante de los movibles grupos. No se puede entender nada.

Allá va Pipaón con su amigo. Al pasar oímos que este le dice:

—Y Jenara ¿dónde está? No la he visto por ninguna parte.

—¿Qué la has de ver, si ha ido a Cuéllar? —replicó el cortesano.

Y perdiéronse entre el gentío elegante. El vestir ceremonioso era entonces de rúbrica en los paseos, y no había las libertades que la comodidad ha introducido después. Entonces ni el calor ni el esparcimiento estival eran razones bastantes para prescindir de la etiqueta, y así, lo mismo en el Prado de Madrid que en los jardines de San Ildefonso, el hombre culto tenía que encorbatinarse al uso de la época, que era una elegante parodia de la pena de muerte en garrote vil. ¡Ay de aquel cuya cabeza no se presentara sirviendo de cimiento a un mediano torreón de felpa negra o blanca con pelos como de zalea, ala estrecha y figura cónico-truncada que daba gloria verlo!

Las solapas altas, las mangas de pernil, las apretadas cinturas, son accidentes muy conocidos para que necesitemos pintarlos. El paño oscuro lo informaba todo, y entonces no había las rabicortas americanas de frágil tela, ni los trajes cómodos, ni sombreros de paja, ni quitasoles.

¿Pues y el vestido y los diversos atavíos de las damas? Entonces el peinarse era peinarse; había arquitectura de cabellos, y una peineta solía tener más importancia que el Congreso de Verona. Para calle las damas retorcían y alzaban por detrás su pelo, sujetándole en la corona con una peineta que se llamaba _de teja, de sofá_ o _de pico de pato_, según su forma. ¡Qué cosa tan bonita!, ¿no es verdad? Pues ved ahora por delante los rizos batidos, como una fila de pequeños toneles negros o rubios suspendidos sobre la frente. Esto era monísimo, sobre todo si se completaba tan lindo artificio con la cadena a la _Ferronière_ y broche a la _Sévigné_ sujetando el cabello. Esto hacía creer que las señoras llevaban el reloj en el moño, de lo que resultaba mucho atractivo.

Tentado estoy de describiros el peinado a la _jirafa_ con tres grandes lazos armados sobre un catafalco de alambre, los cuales lazos aparecían como en un trono, rodeados de una servil cohorte de rizos huecos.

¡Cielos piadosos, quién pudiera ver ahora aquellas dulletas de inglesina tan pomposas que parecían sacos, y aquellos abrigos de _gros tornasol_, de casimir _Fernaux_ o tafetán de Florencia, guarnecidos de _rulós_ y trenza, todo tan propio y rico que cada señora era un almacén de modas! ¡Quién pudiera ver ahora resucitados y puestos en uso aquellos vestidos de invierno, altos de talle, escurridos de falda, y guarnecidos de marta o chinchilla! Lo más airoso de este traje era el _gato_, o sea un desmedido rollo de piel que las señoras se envolvían en el cuello, dejando caer la punta sobre el pecho, y así parecían víctimas de la voracidad de una cruel serpiente.