La vieja verde: Estudios al natural

Part 6

Chapter 64,077 wordsPublic domain

Apareció un hombre vestido con una larga levita vieja, y en la cabeza una gorra militar de jefe, de coronel.

Tenia por lo ménos setenta años.

Esto me importaba muy poco.

Lo que me importaba mucho, era que traia en la mano derecha una pistola de arzon, y en la izquierda una de esas lamparillas que se llaman capuchinas.

--¡Ah, miserable!--exclamó al verme:--¡así te has atrevido al coronel Arrumbales!

--Permítame usted, mi coronel,--le respondí;--yo nunca me he atrevido á los individuos de la benemérita clase á que usted pertenece.

--Pero te has atrevido á una individua adjunta á mi por la naturaleza y por la moral: á mi hija.

--Yo no tengo la felicidad de conocer á esa señorita: yo estoy aquí por un accidente.

--¡Ah, ah! ¡Tú pretendes engañarme! ¡Tú has forjado una historia!

--Esa misma señorita afirmará la verdad de lo que digo.

--¡Ah! ¡Sí¡ ¡Tú eres el gato! ¡Habia subido á buscar el gatito! ¡Ella tambien hace novelas! ¡Pues bien; estas novelas se convierten en trajedia! ¡Sígueme ó te mato!

Y me encañonaba aquel maldito pistolon, que parecia un cañón de á treinta y seis.

--Hágame usted el favor de tranquilizarse,--le dije,--que el diablo las carga y puede suceder una desgracia inútil.

--Sígueme, pues; echa delante,--exclamó.

Adelanté.

Apenas habia pasado de él, cuando sentí un puntapié formidable que me hizo vacilar.

Se me saltaron las lágrimas, no sé por qué fenómeno.

Pero aquellas lágrimas eran las de un tigre.

Bueno es que sepan los lectores que no soy cobarde.

Me volví furioso; pero me encontré con la boca del cañón de la pistola en la frente.

Ni que yo hubiera sido el gigante Fierabrás.

--¡Marchen de frente!--exclamó el coronel.

Yo tomé por las estrechas escaleras; llegamos á un corredor.

--Abre esa puerta,--dijo el coronel:--ese es el aposento de tu esposa.

Abrí una puerta que encontré á mi derecha.

--Entra,--me dijo el coronel.

Entré.

Yo creí que el coronel entraría tras mí; pero me engañé; cerró la puerta del cuarto por fuera.

Esto significaba que el coronel era todo un original.

CAPITULO X

En que se vé que yo no podia dudar de que mi esposa era inocente.

Yo tenia un hombro terriblemente dolorido á consecuencia del brutal garrotazo del lacayo, esposo de Emilia, de la que no conocia yo más que una parte del delicioso bulto, y sentia no ménos dolor en otra parte por el puntapié recibido á causa de otra mujer, á quien no conocia ni poco ni mucho.

Estaba horriblemente mojado.

Temblaba de frio.

Sentí, pues, un grande consuelo físico por la impresion de la alta temperatura de aquel gabinete.

Me habia dado en la nariz un suave perfume.

Lo primero que habia visto habia sido un cándido lecho completamente blanco.

Una mujer estaba replegada sobre una butaca al lado de una chimenea encendida.

Yo no podia juzgar de esta mujer sino á bulto, á causa de su posicion.

Yo no estaba para saludos.

Ni para nada.

Me molestaban los dos dolores de las dos contusiones.

Arrojé el gaban empapado de agua, que no era ya abrigo, sino tormento, y me senté desfallecido en una butaca que habia al otro lado de la chimenea.

Poco á poco fuí volviendo á la reflexion, tranquilizándome.

Lo que primero me pareció bien, fué el aspecto del aposento.

Estaba en una casa perfectamente amueblada.

Con un gusto exquisito.

Con riqueza.

¡Luego eran ricos!

La mujer que estaba delante de mí, vestía una bata del mejor gusto.

Luego era elegante.

En el peinado tenia una pequeña flor de oro y en ella un grueso diamante.

Era posible que el señor coronel Arrumbales, si no era un hombre muy rico, fuera á lo ménos muy bien acomodado.

El me habia dicho:

--Entra en el cuarto de tu esposa.

El me habia casado con ella.

Yo me habia enjugado.

Se me habia calmado en gran manera el dolor de los golpes.

No me sentia del todo mal.

Todo aquello olia bien.

Yo estaba vestido de una manera elegante y distinguida.

Era posible que bodas aquellas cosas que habian tenido lugar en pocas horas, y de una manera tan extraña, las hubiese permitido la providencia para convertirme, dándome una posicion honorable.

Aquel Alfredito á quien habia llamado la niña, me inquietaba.

Me acordaba, por otra parte, de mi hermosa, de mi adorada Micaela, de mi esposa del corazon.

La historia del hombre se hace por sí misma.

Las eventualidades...

Las consecuencias...

Una eventualidad me habia llevado junto á aquella jóven que estaba delante de mí, replegada con la cabeza entre las manos, inmóvil y silenciosa, como si hubiese estado muerta.

¿Cuál era su edad?

¿Cuál su figura?

¿Hasta qué punto eran graves sus amores con Alfredito?

Era necesario averiguar todo esto.

¿Y á qué habia yo de andarme con timideces con mi esposa?

Me acerqué á ella y la así las manos para apartarlas de su cabeza.

Me extremecí.

¡Oh! ¡Qué morvidez, Dios mio!

¡Qué forma de brazos!

Levantó la cabeza.

Apareció en su semblante una expresion de sorpresa, de admiracion.

No he visto nada tan candoroso, tan puro, tan hermoso como aquel hechicero semblante, en que aparecia aún la infancia unida á una poderosa y desarrollada hermosura.

Apenas si aquella criatura tenia quince años.

Era blanca nacarada, rubia dorada; con una boca de lábios purpúreos; con unos ojos celestes, con pupila negra, dulces y al par poderosos, incitantes y puros.

El candor, la virginidad, aparecian en ella de una manera indudable.

Sus amores con Alfredito debian ser una tontería, una niñada.

La inocencia rebosaba de todo el sér de aquella criatura.

Sentí ánsias de amor.

Se me apretó y se me dilató el corazon.

Yo no acertaba á explicarme ni queria explicarme lo que me sucedia.

Yo, dueño de aquel arcángel, por una casualidad rarísima, por una sucesion de aventuras inauditas, no sabia qué pensar de aquella otra aventura presente, más inaudita aún.

Sin duda el coronel Arrumbales, tomándome por el amante de su hija, habia supuesto entre ella y yo una intimidad completa, y se habia tal vez dicho:

--No importa: le retengo prisionero: le considero ya el marido de mi hija; ¿qué más dá?

Hay hombres muy raros.

A mí me han sucedido en este mundo cosas increibles.

La locura coge á una gran parte de la humanidad.

La estupidez á otra parte mayor.

Los hombres de buen sentido son raros, muy raros.

Apenas si se encuentra uno en toda la vida.

¿Quién comprendia, ni quién podia comprender la temeridad de aquel terrible coronelazo, dejando sola con un hombre á su hija, sino por un exceso de positivismo, ó más bien de cinismo?

En cuanto á mí, no me pesaba de la aventura.

Se unia á esto que la sorpresa que yo habia causado en la niña, era grata para ella.

Fijaba en mí, con un placer candoroso y tentador, sus grandes ojos garzos.

--Yo creia que era Alfredito,--me dijo.

--¿Y quién es Alfredito?--dije yo.

--El vecino.

--¿Y quién es el vecino?

--Un muchacho.

--¿Qué edad tiene?

--Doce años.

--¿Y por qué salias tú á recibirle al terrado?

--¡Calla! ¡Y me tutea usted!

--Eres mi esposa.

--¡Ah! ¡Es verdad! Papá dijo: «Entra en el aposento de tu esposa:» por eso yo creí que seria Alfredito, porque es mi novio.

Yo me espeluzné.

A pesar del aspecto de inocencia de la niña, en que yo veia una inmaculada pureza del alma y del cuerpo, aquel Alfredito que se entraba de noche por el terrado en la casa del coronel Arrumbales y en el cuarto de su hija, me irritaba, me mortificaba á pesar de sus doce años.

Hoy los muchachos á los doce años son ya unos pilletes.

Yo no podia tener una conversacion seria con aquella chica.

No me atrevia tampoco á asombrar su alma.

Sentia, por la primera vez de mi vida, un amor puro.

Creia, por la primera vez, en la Providencia.

Supuse que Dios queria que yo no siguiese adelante en mi carrera de perdido.

Yo me reduje á seguir informándome.

Su padre, segun ella me dijo, era un señor muy raro.

Su madre, que era muy jóven, puesto que cuando murió sólo tenia veinte años, habia sucumbido doce años antes.

Yo supuse que la infeliz se habia muerto por no sufrir al coronel Arrumbales.

No me engañé á juzgar por lo que siguió diciéndome _mi esposa_.

Su padre era rico, muy rico.

No tenia parientes.

Era muy celoso.

No quería que nadie se acercase á su hija, ni hablarse con ella.

No se separaba de ella jamás sino para dormir.

No tenia criados.

Una mujer iba por la mañana.

Hacia el servicio de limpieza únicamente.

Cuando acababa se iba.

Además de esto, siempre que esta mujer entraba en la casa, ó el aguador, ó la lavandera, el coronel no se separaba de su Eloisita, que así se llamaba la niña.

Luego el coronel se ponia su uniforme de retirado, hacía que Eloisa se vistiese, y se iba á almorzar con ella al café ó á la fonda.

Si hacia buen tiempo, iban á pié; si malo, el coronel se metia con su hija en la primera parada en un coche simon, y no le dejaba en todo el dia.

Llevaba á Eloisita á todas partes.

Se gastaba con ella un dineral.

Tenia los trajes á docenas.

Sus joyas valian una fortuna.

No habia espectáculo á que no la llevase.

Si algun individuo se iba detrás de ellos, el coronel se volvia de una manera brusca, y su mirada terrorífica ahuyentaba al goloso.

No visitaba á nadie.

Nadie lo visitaba á él.

Habia prohibido á su hija que hablase con las vecinas.

Los cristales de los balcones eran opacos.

No se veia á través de ellos.

Sus maderas tenian llave.

Dentro de casa Eloisa era una monja.

En la calle llevaba junto á sí al cancervero.

En cuanto el padre se apercibia de que á causa de Eloisita los seguia un enamorado, despues de ahuyentarle como he dicho, la emprendia con la pobre niña, y el sermon bilioso no cesaba en seis horas.

Por Eloisita habia tenido el coronel Arrumbales más de un lance desagradable.

Pero eran tan feos los bigotes del coronel, habia estropeado de tal manera á aquellos con quienes se habia batido en duelo, que echó fama y nadie se atrevia ni áun á mirar á Eloisita á causa del respeto temeroso que causaba su padre.

Algunos verdaderamente enamorados de ella y de su cuantiosa dote, habian procurado entenderse, lo cual no era muy fácil con el coronel, y le habian pedido la mano de su hija.

--Usted se ha equivocado;--respondia con una agresiva seriedad Arrumbales:--el matrimonio es la esclavitud de la mujer, y yo no quiero que mi hija sea esclava: mi hija no se casará mientras yo viva, y yo pienso vivir más que ella.

Esto era desesperante.

Hubo quien le dijo que esperaria á que Eloisita fuese mayor de edad.

--Cuando sea mayor de edad y pueda disponer de sí misma,--decia el tremendo coronel, mataré al que mi hija haya elegido para hacerse esclava.

Un desventurado se atrevió á decirle en el colmo de su locura, que seduciria á Eloisita, y que le obligaria á dársela por una razon de honor.

Aún no habia acabado de decirlo, cuando le abofeteó.

El abofeteado no tuvo valor bastante para pedir razon de las bofetadas.

Se las tragó.

Era mucho viejo el tal coronel.

Yo, sin haber conocido á su hija ni haber pedido su mano, habia logrado lo que para otros habia sido imposible.

Esto es, que Arrumbales no sólo me concediese su hija, sino que me la entregase.

Pero yo me temia una nueva y terrible excentricidad.

Por ejemplo: que despues de casada conmigo Eloisa, el coronel la dejase viuda.

Todo habia que temerlo de aquel loco.

La mayor estravagancia era la cosa más natural del mundo tratándose de él.

¿Pero por qué considerándome ya como esposo de su hija me habia encerrado con ella?

Esta era una extravagancia.

Yo estaba contento.

No podia darse cosa más hermosa en realidad que mi Eloisa.

Tenia cuantos alicientes pueden conmover por una mujer á un hombre.

¿Pero era verdaderamente inocente?

¿Aunque fuera inocente, era pura?

Yo me propuse probarlo, y lo probé.

No me quedó duda alguna.

Eloisa era pura como un rayo del sol.

Inocente como una niña recien nacida.

Divina como Venus.

Yo estaba loco.

Habia conocido á Alfredito, que era su vecino, y se ocupaba en buscar nidos de gorriones en el tejado.

Tal fué la causa de que se conociesen un dia en que Eloisa estaba tomando el sol en el terrado, y Alfredito, buscando nidos, la vió.

Así empezaron aquellos amores de niños.

Tanto era así, que cuando Eloisa conoció el amor verdad, no tuvo alma más que para mí.

Y corria el tiempo.

No se oia en la casa el más leve ruido.

El coronel Arrumbales no estaba en ella.

Si hubiera estado, hubiera acudido.

¿Adónde habia ido el coronel?

Me importaba poco.

Yo era feliz.

Feliz de una manera suprema.

Yo bendecia la hora en que habia conocido á mi vieja verde.

Porque el orígen de mi felicidad era doña Emerenciana.

CAPITULO XI.

De cómo pude asistir á mi segunda cita.

¿Qué sucedia en tanto en la casa del hombre político don F...?

Ya sabemos que se habia convenido con su lacayo respecto á Emilia.

Este habia sido un arreglo como tantos otros de los que vé todo el mundo en la casa de su vecino.

Pero quedaba el garrotazo de Aurora.

Don F... se fué á ver á su cuñada.

Tenia ésta entrapajada la cabeza, y no se podian sufrir sus gipidos ni sus impertinencias.

Estaba en estado de delirio.

No por el arrotazo, que no habia sido gran cosa, á causa de lo duro que tenia el testuz, sino á causa de su amor.

Habia contraido por mí una pasion trágica, súbita, trascendental, terrible, de primer órden.

Apostrofaba á su cuñado.

Decia que él habia preparado todo lo que habia sucedido.

Que habia armado una trampa infernal para coger al único hombre que habia conmovido su corazon, hasta entonces sin amor.

Juraba y perjuraba que sino se la probaba que á mí no me habia sucedido mal alguno, daria un escándalo que llegaria á las nubes, y haria que las gentes se tapasen los oidos, al ver el estado de sensibilidad en que ella se encontraba.

Amenazaba con que ella probaria que su cuñado habia sido un buitre voraz sobre la cosa pública.

Fué necesario buscar noticias acerca de mí para calmarla.

Gaspar tuvo una inspiracion.

En la cochera se habia encontrado un sombrero flamante.

La etiqueta era de Beiras, calle del Desengaño.

La compra debia haber sido reciente.

El furor amoroso de Aurora no conocia límites.

Aurora conocia más de un secreto trascendental de su cuñado.

Secretos de familia.

Secretos de Estado.

Secretos de toda especie.

Estaba desesperada, y furiosa, y anhelante.

Era la una y media de la madrugada.

¿Pero qué importaba?

Gaspar se fué con el sombrero casa de Beiras.

Apeló al sereno para que le abriesen la puerta.

Abrieron, preguntó, mintió.

Manifestó que se trataba de un asunto de la mayor importancia.

Examinaron el sombrero y declararon que el dia anterior habia sido vendido á un joven que habia ido con una señora ya de cierta edad; pero muy bien conservada.

Por las señas que habian quedado para que se remitiesen otros sombreros de distintas formas, se supo que aquella señora era doña Emerenciana, y yo, por consecuencia, el dueño del sombrero.

Entre tanto, otros criados habian reconocido la casa para descubrir por donde yo habia podido escapar.

Al fin se dió con la bohardilla que salia al tejado, y en éste con las tejas arrolladas.

No se tuvo duda de que yo estaba en la casa del coronel Arrumbales.

O á lo ménos de que yo habia escapado por ella.

No se atrevieron á penetrar en la casa por el terrado.

Esto hubiera sido exponerse á ser tratados como ladrones.

Pero llamaron á la puerta de la calle.

Aurora estaba terrible.

Habia necesidad de satisfacerla.

Nadie contestó al llamamiento.

Al fin, para no ser molestados por más tiempo por aquellos desaforados llamamientos, un vecino del cuarto bajo abrió una reja.

El vecino, que era amable, les dijo que el vecino del tercer piso al cual llamaban, tenia el sueño muy pesado, ó se hacia el sordo, y se prestó á ir él mismo á llamar á la puerta de su cuarto.

Yo obtenia más y más pruebas de la inocencia de mi mujer, cuando nos sorprendieron grandes campanillazos á la puerta del cuarto.

Se sucedian sin interrupcion.

Eloisa y yo nos perdiamos en suposiciones.

No podia ser el papá.

Pero si no estaba en casa el papá, no podiamos responder: estábamos encerrados.

Los campanillazos se repetian.

Se sentian gentes en la calle.

Tampoco podiamos decir nada por el balcon.

Ya he dicho que las maderas de los cristales tenian cerraduras.

¿Qué hacia entonces el coronel Arrumbales?

Estaba encerrado como un hombre en la prevencion del distrito.

¿Y por qué?

En el momento en que considerándome esposo de su hija me encerró con ella, se enganchó en la cintura un par de pistolas, se puso la capa y el sombrero y se fué á la parroquia.

Para él era cosa indispensable, imprescindible, que, sin reparar en formalidades y como _in articulo mortis_, se me casase con su hija en el momento.

Su honor no podia estar en suspenso ni un solo minuto más de lo necesario desde el momento en que él habia conocido, ó creido conocer aportillado su honor.

Despues todo era cuestion de matarme.

Llamó de tal manera á la casa del cura, dijo que para un asunto de tal urgencia necesitaba hablar al párroco, que al fin uno de los tenientes le recibió.

Se asombró cuando le dijo su pretension.

Respondió que era imposible.

Pretendió persuadirle á que esperase que se llenasen las formalidades.

El coronel se irritó, amenazó, se asustó el teniente.

Acudió el sacristan.

No siendo esto suficiente, sobrevinieron los sepultureros.

Se armó una zalagarda del diablo.

Acudió un inspector con algunos agentes, y el coronel fué cogido, desarmado y conducido, á pesar de sus reclamaciones de fuero militar, á la prevencion del distrito.

Nada de esto hubiera sucedido si yo no hubiera conocido á doña Emerenciana.

Fatalidades.

O mejor dicho, consecuencias de consecuencias.

Como el coronel no contestaba, porque no podia contestar, y nosotros no acudiamos, porque no podiamos acudir, ni nos atreviamos á responder á voces desde nuestro cuarto, los que llamaban temieron hubiese sucedido una desgracia.

El sereno llamó á los agentes.

Los agentes al inspector.

El inspector avisó al juez de guardia.

Sobrevino el juzgado.

Se forzó la puerta, se registró.

Llamaron á nuestro cuarto.

Manifestamos que no podiamos abrir porque estábamos encerrados.

El mismo cerrajero que habia abierto la puerta del cuarto, abrió la del aposento de Eloisita.

Me encontraron allí.

Se nos tomó declaracion.

Yo dije que amaba á Eloisa, que estaba resuelto á casarme con ella, que habia encontrado medio para introducirme en su aposento.

Que su padre nos habia sorprendido.

Que nos habia encerrado.

No habia más que decir.

El juez me mandó que le siguiese.

Entonces saltó don F... y dijo quién era, lo cual puso en respeto al juez.

Se convino en que se echaria tierra al negocio.

El juez se fué.

Se fueron todos.

Nos quedamos solos don F..., Eloisita y yo.

--Es necesario,--dijo don F...,--que los dos se vengan ustedes á mi casa; no sabemos las intenciones que puede tener el papá: yo tomo á ustedes bajo mi proteccion.

Eloisita tenia un miedo que no le cabia en el cuerpo.

Estaba además loca de amor.

Se me dió un sombrero del hombre público, que me venia que ni pintado.

Salimos.

Cuando yo me ví en la calle, tuve una feliz ocurrencia.

La de emanciparme.

Yo no sabia por donde podia salir todo aquello.

Lo mejor era poner piés en polvorosa y tomar distancia.

La sombra del coronel Arrumbales me perseguia, me acosaba.

Me dí, pues, á correr como un gamo.

El hombre público quiso seguirme; pero yo volaba.

El sereno habia querido detenerme.

Pero yo habia saltado por encima de él.

Una vez perdido de vista, templé mi carrera, que era demasiado violenta.

Me encontré en la de San Gerónimo, frente á la calle de Sevilla, antes Ancha de Peligros.

Tenia hambre: las aventuras de aquella noche no habian sido para menos.

Me entré en un establecimiento que ya no existe, porque se lo ha llevado el ensanche de la calle, en que se servia muy bien y que era muy concurrido.

La Cervecería alemana.

Allí me encontré con un señorito que habia bebido demasiado, y que se metió conmigo.

Yo no estaba de humor.

Me puse en _franquia_.

Me fuí al Brillante, buen café, que se cerraba muy tarde.

Le encontré cerrado.

Debian ser más de las tres.

Miré el reló.

En efecto, eran las tres y media.

En fin, encontré abierta la chocolatería de doña Mariquita.

Pero mi estómago no estaba entonces para chocolate.

Necesitaba algo más sólido.

Me acogió al café de las Antillas.

Cené bien; luego recordé mi cita con la ex-ministra morena, con Loreto: otra vieja verde.

Mi cita al amanecer en la entrada de la calle de Jesús y María en un landó.

Ya era cerca del amanecer.

Me fuí hácia la plazuela del Progreso.

Cuando iba por la calle de Relatores, pasó junto á mí un hombre alto.

--¡Juro á Dios,--decia,--que á ese miserable le he de hacer pedazos ¡Yo reconocí la voz de Arrumbales!

Me guardé muy bien de llamarle la atencion.

Arrumbales se perdió á lo lejos.

Empezaba á amanecer.

Yo habia templado mi paso desde que habia conocido á Arrumbales.

Temia que se volviese por acaso sobre su camino y se encontrase conmigo y me reconociese.

Llegué sin novedad á la entrada de la calle de Jesús y María.

Allí estaba el landó.

Yo me precipité hácia él.

Me perseguia la sombra de Arrumbales.

Temia verle aparecer otra vez.

Le habían soltado con fianza, según supe despues, de la prevencion.

CAPITULO XII.

En que empiezo á tener una posicion hasta cierto punto independiente.

En el momento en que me acerqué al landó el lacayo bajó del pescante, y sombrero en mano abrió la portezuela.

Entré.

Me dio al momento en la nariz un olor de mil perfumes.

Sentí un calor delicioso.

Se cerró la portezuela.

El carruaje partió y continuó despacio.

--¡Ay, amor mio!--exclamó una temblorosa voz de mujer.--¡Ay, niño de mi vida, que al fin te puedo hablar! ¡Cuánto he sufrido! ¡Cuánto he amado! ¡Estoy aquí desde antes del amanecer!

Afortunadamente yo tengo enfermos en el hospital general.

Voy á cuidar de ellos.

¡Cuánto he sufrido!

¡Cuánto he ansiado!

Nada tiene que decir _mi señor_.

_Su esclava_ está cuidando enfermos.

¿Y qué más enferma que yo?

Agonizo.

Te adoro.

Tu eres muy guapo.

Muy jóven, y muy elegante, y muy diablejo.

Te se conoce.

¡Cómo me has quemado la sangre anoche!

¡Estabas entre aquellas dos mómias!

¡Oh, y qué mujeres tan horribles!

¿Por qué te sonreías con aquellas brujas?

Y Loreto lo decia todo esto con una gran volubilidad.

Con una gran vehemencia.

Aquella mujer me enconfilaba.

Yo sabia de antiguo lo que muchos prójimos ignoran.

Singularmente los que son feos, sin gracia y pobres.

Esto es; que cuando una mujer toma la iniciativa, y esta mujer es una vieja verde, es mucho más vehemente, mucho más atrevida, mucho más inconsiderada que el hombre más libertino.

Aquella mujer no me dejaba hablar.

Me devoraba.

Y era muy bella, bellísima.

Un poco madura.

Pero esto aumentaba sus atractivos.

Era además una beldad á la moda.

Todo el mundo la conocia.

Todo el mundo la codiciaba.

Yo habia ido á su cita, dada la situacion en que me encontraba; más que por otra cosa, por tener una proteccion.

Cuando llegó un momento de calma (era ya de dia muy claro), la hice una confesion general.

--¡Ah! Pues te ayudaré,--me dijo ardorosamente;--estás metido en un atolladero, en una mar de _lios_: yo conozco á Arrumbales; le conozco mucho: es una tempestad; pero no hay tempestad temible si se tiene para-rayos: yo soy una persona respetable para don Silvestre: es amigo de mi marido.

Alguna vez nos ve; siempre con su niña.

No la deja sola por nada del mundo.

Pero frecuentemente me la deja en casa convidada.

Tiene una gran confianza en mí.

En mi reconocida virtud.

Yo me encargo de tu negocio.

Yo no tengo inconveniente en que te cases con Eloisita.

Por el contrario, me alegraria mucho de ello.

De todos modos, tú habias de tener otras sin que yo lo supiese.

¿Qué más da que yo sepa que tienes una?

Yo no soy estúpida.

A un chico tan guapo, tan interesante como tú se le brindan las mujeres, y es una necedad suponer en tí una virtud ridícula.

Las virtudes ridículas, más que virtudes, son un gran defecto.