La vieja verde: Estudios al natural

Part 7

Chapter 74,026 wordsPublic domain

¡Santa libertad, hijo mio!

Dios nos ha dado la libertad para ejercitarla.

Si no la ejercitamos, ¿de qué nos sirve la libertad?

De tormento.

Debemos evitarnos cuantos tormentos podamos por una razon de conservacion.

Esta moral era tan buena como otra cualquiera.

Loreto estuvo conmigo ejercitando libremente su voluntad hasta las diez de la mañana.

En aquel momento se encontraba el carruaje frente al lugar donde estuvo la puerta de Atocha.

Allí se detuvo.

Loreto miró á través de una cortinilla.

¡Ah! ¡El Hospital general!--dijo:--voy á ver mis enfermos.

Hoy es dia de _lavado de piés_ y _cortadura de uñas_.

Vamos á separarnos.

Pero esta noche nos veremos.

Toma esta tarjeta.

Ahí están las señas.

Yo te llevaré noticias de tu negocio.

Toma tambien.

Es necesario que seas _un hombre independiente_.

Y me dió un papel arrugado.

Hecho un gurruño.

--Ahora, vete,--me dijo,--y hasta la noche á las ocho.

Me despidió cariñosamente, y yo bajé del landó.

El lacayo me saludó como si hubiera sido su amo.

Adelanté hácia el Jardín Botánico.

Cuando hube perdido de vista el landó, me detuve y miré el papel arrugado que me habia dado Loreto.

Dentro venia una sortija con un grueso diamante, que valia por lo ménos diez mil reales.

El papel era un billete de banco de mil pesetas.

¿De dónde salian estas misas?

Se trataba de una ex-ministra.

Milagros de la política y milagros del _ejercicio de la voluntad_ de una jamona... verde.

Porque digámoslo de una vez: aquella renombrada beldad; aquella diosa codiciada por todos; aquel prodigio bien conservado, era un principio de viaje.

Olia un poco á manido.

No todo puede componerse.

Hay cosas que no se contrahacen.

Cosas que son adherentes á la vejez.

Cosas repugnantes.

Por allí, por donde han pasado los años, queda siempre una profunda huella.

Estas mujeres, que se defienden de los amores de éste, del otro y del de más allá, cuando se enamoran, pagan á peso de oro el amor, como para sustituir alicientes que ya no tienen.

Yo me encontraba con un punto más de apoyo, y sea dicho en verdad, Loreto era aún muy agradable.

Yo no llevaba más dinero suelto que un doblón de cien reales.

Pero el billete, y la sortija, y el reló, y la botonadura eran una buena prevencion para lo que pudiese sobrevenir.

Me fuí á un cambiador, y reduje á oro el billete, llenando el portamonedas, que no era muy grande, de dorados doblones.

En aquellos momentos era yo un gran señor.

Esperaba ser mucho más gran señor dentro de poco.

Sobre todo, no se me olvidaba mi esposa.

Mi Eloisita.

Rabiaba por verla.

Pero era necesario dejar hacer á Loreto.

Ser prudente.

Necesitaba además descansar.

Me fuí al hotel de París.

Pedí un cuarto.

Mandé que me llamasen á la una; y que me tuviesen preparado un carruaje de lujo.

Entonces me eché en la cama vestido, para dormir dos horas.

CAPITULO XIII.

Mi abordamiento á mi tercera cita.

Pero no pude dormir.

Estaba terriblemente nervioso.

Con uno de esos cansancios que no dejan descansar.

Sentia además una debilidad extrema.

Me levanté, llamé.

Pedí un ponche de té, bien cargado, y fiambres.

Mientras me lo servian, oí que en el cuarto inmediato disputaban dos que parecian, por su acento y su manera, personas notables.

El uno de ellos estaba irritado.

--Esto es monstruoso,--decia:--aquí, en este miserable artículo, se falta á todo cuanto puede faltarse; se apuntan secretos graves; se prepara una campaña encarnizada; se comprometen grandes intereses del partido: don F... se impacienta, nos abandona.

El nombre de don F... me llamó la atencion.

¿Era tal vez mi artículo el que producia la cólera del que hablaba, que debia ser un hombre político?

Seguí escuchando.

A poco no pude tener duda: era mi artículo el que causaba toda aquella polvareda.

Esto me alentó.

Mi porvenir se hacia más y más halagüeño.

Yo era un hombre á propósito.

La política, que tiene todas las asquerosidades y todas las mañas de las viejas verdes, me abria los brazos, con mucho más entusiasmo y mucho más arranque que la hermosa Loreto.

Yo veia ya la diputacion á Cortes.

Un escándalo parlamentario.

Por consecuencia, una cartera.

¡Poder de Dios!

Yo empezaba un camino muy trillado.

Pero con mucha más fuerza que otros.

¡El mando, los honores, los títulos, los millones!

¡Ser un hombre importante!

Y todo empezando por una vieja verde.

Me animé.

Se me quitó el cansancio.

Me sentí con fuerzas para resistir á todas las viejas verdes del mundo.

Me estiré.

Me desentumecí.

Pedí dos ó tres platos crasos, y me los embaulé.

Pero cuidé de beber poco.

A la una y media ya estaba listo.

Compuse los ajamientos de mi traje.

El carruaje, que era un hermoso coche, me esperaba ya.

--Al Buen Suceso,--dije al entrar en él.

Diez minutos despues, y cuando empezaban á entrar las elegantes damas de la última misa, estaba yo á la puerta de la iglesia.

A poco paró un carruaje, y llamando la atencion por su extraordinario lujo, entró en el templo una dama larga y avellanada.

Era Guadalupe, la señora del excelentísimo señor don F...

CAPITULO XIV.

En que continúa el maravilloso relato de mis aventuras.

Ella me vió, y no se contuvo.

Me miró airada.

Como si yo la hubiese hecho una injuria.

Una gravísima injuria, de la que hubiera tenido necesidad de tomar venganza.

La ardian los ojos.

Estaba pálida como una muerta.

Su boca tenia una contraccion siniestra.

Parecia que tenia ánsia de devorar.

Temblaba toda.

Estaba horrible de fea.

Antipática hasta lo repugnante.

A pesar de todo esto se reprimió.

Sin embargo, apagó su ira en una sonrisa, y me dijo:

--¿Es de usted aquel carruaje?

--Sí señora, la respondí.

Llamó ella á su lacayo.

--Que se vuelva el carruaje,--le dijo:--que me espere á las cinco casa de doña Eleuteria.

El lacayo se fué.

El carruaje de don F... se marchó.

Su señora se fué derecha á mi coche, y se metió en él.

Como si hubiera sido suyo.

Descaradamente.

Con la frente alta.

Como si no hubiera cometido una accion indigna.

Como si no se hubiera colocado en una cínica situacion de adulterio.

¿Pero qué es el adulterio para este género de mujeres, sobre mal educadas, embrutecidas, pervertidas, caidas en todas las abyecciones, en todas las infamias?

Está visto, que no puedo curarme de la manía de moralizar.

Habia además en la situacion en que se colocaba Guadalupe algo de sacrilegio.

Se tomaba á la religion por medio y por pretexto.

Su marido debia creerla en misa.

Ella aprovechaba los minutos.

Oir la misa hubiera sido perder tiempo.

Yo la seguí.

--Por la Ronda,--dijo Guadalupe, ni más ni ménos que si el carruaje hubiese sido suyo.

Despues me dijo:

--Eche usted las cortinillas.

Yo lo hice.

--Necesito explicaciones, y explicaciones ámplias,--me dijo:--de otro modo, yo veré lo que tengo que hacer para vengarme.

--Yo no sé de qué explicaciones se trata, señora mia,--la dije.

--¡Mi hermana!...

--¡Ah! ¡Su hermana de usted!...

--Sí, mi hermana: usted tenia anoche con ella una cita.

--Permítame usted,--respondí:--yo no tengo acerca de eso conocimiento alguno.

--Voy á dar á usted una prueba.

--¿Cuál?

--El sombrero que tiene usted puesto, tiene todo el aire de la cabeza de mi marido: yo le conozco muy bien: los sombreros de mi marido toman una forma especial con sólo una vez que se los ponga. El tener usted puesto un sombrero de mi marido, consiste en que anoche perdió usted el suyo en las cocheras de casa, habiendo entrado en ellas para tener una entrevista con Aurora.

Ese sombrero es la prueba.

Por el sombrero de usted, se ha sabido quien usted era.

Se le ha seguido á usted la pista, y se le ha encontrado en la casa del coronel Arrumbales, encerrado, y en situacion ambígua con esa descaminada chicuela, que se ha atrevido á decirme que aunque no le conocia á usted sino desde hacia dos horas, ya le amaba á usted más que á su vida.

--¿Eso ha dicho Eloisa?

--Sí, señor, eso ha dicho esa desvergonzada.

En fin, usted confesa.

Esto es ya una ventaja.

Conste que usted es un miserable.

Que usted ha convenido en una cita con mi hermana, estando citado conmigo.

Que por las consecuencias de su primer desaguisado, cuando acudia usted á la cita con mi hermana, ha ido usted á parar al cuarto de esa polluela insípida y la ha seducido usted de tal modo, que dice que le quiere á usted más que á sus entrañas.

Todo esto es horrible, inícuo.

Atentatorio al amor que en mal hora por usted he concebido.

Ofensivo á mi dignidad, á mi... á todo cuanto hay en mí de delicado, de irascible, de explosivo.

Estoy resuelta á castigar la audacia de usted.

A probarle que no se juega con el corazon de Guadalupe de Aguas-vivas.

Que mi amor es terrible.

Que el que le irrita y le desprecia es un insensato.

Y puesto que yo, tan solicitada, tan buscada, tan admirada por mis sobresalientes prendas, he venido á ser injuriada por un perdido, por un pillete, por un tunante, por un ménos que cualquier cosa, recogido por el vicio, por la torpeza de doña Emerenciana, declaro á usted que esto es más de lo que puede sufrirse, y que no lo sufriré.

Me valdré de mis medios.

Se pondrá á usted donde usted merece estar.

En presidio.

Sí, sí señor, en presidio.

Aquella mujer era una furia.

Habia tenido la fortuna de enamorarla de una manera monstruosa.

Me miraba, que me comia, con sus pequeños ojos hundidos.

Me enseñaba más de lo que habia creido.

Yo soy muy limpio.

A mí no me ha criado Dios para sufrir viejas verdes.

A Guadalupe, la dignísima esposa de su excelencia, la _sundelaba_ un poco el aliento.

Me hablaba con tanta vehemencia, que se metia mis narices en la boca.

Yo me veia obligado á prestarla atencion.

--¡Pero señora!--exclamé yo:--¡usted se olvida de que soy un chico bien educado!

--¡Ah! ¡La educacion! ¡Y puedes tú tener educacion!

--¡Ah! ¡Ya! ¡Usted cree que un hombre pobre no puede llamarse bien educado!

--No, señor: un miserable que, como tú, necesita de una horrible vieja para que le mantenga, no puede llamarse bien educado.

--Pues bien, señora; yo no diré que soy bien educado, pero diré, y digo, que soy muy atento.

--¡Es verdad! Muy atento á las picardías: hijo, tú has dicho: de lo de Dios, cuanto más mejor.

--¿Y qué es eso que usted llama lo de Dios, señora?

--El dinero.

--Verdaderamente,--dije:--el dinero es lo mejor que Dios ha hecho: ¡oh! ¡Dinero, dinero, dinero! ¡El dinero es Dios!

--Pues; y tú te has dicho: he vuelto loca á una vieja; me produce tanto; volvamos loca á otra vieja y tendremos otro tanto más: ¡ah, qué bien merecido ha estado el garrotazo que se ha mamado mi hermana! ¡La lástima es que á tí no te han despampanado!

--¡Ah, señora, que tengo este hombro casi deshecho! ¡otro feroz garrotazo!

--¿Sí? ¿Es verdad? ¡Pues me alegro!

--¡Ingrata!

Pronuncié yo la anterior palabra de una manera tiernísima.

Adurmiendo los ojos.

Soltando de ellos un fluido ponzoñoso, embriagante, alterante.

Con la boca entreabierta.

Asomando á ella la punta de la lengua.

A la alta escuela, en fin.

De una manera perfecta.

Con una práctica firme.

Capaz de hacer caer no digo á una vieja verde sino á la mujer más jóven, más fresca, más rozagante y más pretendida del mundo.

Guadalupe se emocionó de una manera formidable.

--¿Qué dices?--exclamó.

--¡Cruel!

--¡Cállate, hombre, cállate! ¡No me mires de ese modo! ¡Acabarás por hacerme creer que eres un ángel!

--¿Pues quién lo duda, señora, quién lo duda? Yo soy el mejor hombre del mundo.

--Sí, que lo diga mi hermana.

--Repito que mi educacion...

--¡Y vuelta con la educacion! ¿Qué tiene que ver la educacion con todo esto?

--¡Ah, señora! Yo no podia dejar de aceptar una cita dada por una respetabilísima persona.

--Mi hermana no es respetable: si mi hermana no se ha casado, ha sido por falta de respetabilidad: ¡si desde que tenia diez años se ha estado metiendo por los ojos de los hombres! ¡Si en mirándola cualquier _quidam_ medio sí medio no, se accidenta! ¡Si ha rodado hasta por debajo de las mesas de los cafés! Fortuna que el otro, el mio, se industrió y se hizo diputado, y senador, y gran cruz, y académico de ciencias morales y políticas, y qué sé yo qué más, y jefe de partido, y ministro, y no ha querido que ande de ceca en meca, deshonrándonos; porque cuando la revolucion, no habia en el café Imperial, ni en el de Madrid, ni luego más tarde en las buñolerías, nada más que ella.

--Y eso, ¿qué tiene?

--Es verdad que á mí me han visto también entre dos capitanes de la vanguardia republicana en el café de la _Nacion Española_; pero yo iba allí para servir á mi marido, para observar de cerca cómo se juzgaba la política de actualidad entre el pueblo: nosotros estábamos haciéndonos en aquel tiempo nuestro camino: la mujer debe ayudar al marido, y era necesario trabajar.

Yo extrañé esta confesion.

Me pareció un exabrupto.

Era aquello inverosímil.

Ninguna mujer confiesa ciertas cosas.

Tanto ménos cuanto está en más alta posicion.

Yo no sabia á qué atribuir aquella enormidad.

¡La esposa de un jefe de partido!

Una ex-ministra.

¡Una gran dama!

¡Y dando en una tal confesion cicatera!

Esto era incomprensible.

Fenomenal.

Piramidal.

Parecia que Guadalupe se ponia la venda antes de que la diesen el palo.

Se esclarecieron mis recuerdos.

Entonces reconocí en Guadalupe á una antigua buscona de café.

Esto era, como se dice, á la _raíz de la revolucion_.

Don F... peroraba en el club de la calle de la Yedra con una elocuencia de cañon de veinticinco centímetros.

Su gran mérito era la potencia de su voz.

Y como halagaba las pasiones del público que le escuchaba, y como usaba de todas las monsergas de que se valen los políticos para engañar á los tontos y para escitar á los pícaros, sus éxitos eran formidables.

Se le llamaba el tribuno.

Se decia que con solo aquel hombre bastaba para salvar la pátria.

Para garantizar la libertad.

Para hacer verdaderamente soberano al pueblo.

Para que la division de la propiedad, fuese una verdad, un hecho.

En fin, para que todos los desheredados, todos los _padecidos_, todos los patriotas de _buena fé_ fueran felices.

¡No más cadenas!

¡No más ignominias!

Con don F... se arreglaba todo.

El mundo iba á ser redimido.

Los entusiasmaba de tal manera, que á veces lo cogian y le llevaban en brazos á su casa, con hachones de viento encendidos.

Luego don F... salia al balcon y peroraba.

Acrecia y acrecia el entusiasmo.

Habia tempestades de vivas y de aplausos.

Le daban una serenata de guitarrones, guitarras y bandurrias.

Le tocaban la marsellesa, el himno de Espartero, el de Riego, el de Garibaldi.

El les enviaba salchichón por largo.

Pellejos de vino.

Del cuero salian las correas.

Le habian hecho concejal.

Pero esto no bastaba.

El necesitaba ser diputado.

Fué diputado.

Tampoco esto era bastante.

Necesitaba ser ministro.

Fué ministro.

Despues cambió treinta veces la casaca.

Y con este teje maneje, y con estos trasiegos llegó á ser millonario.

Los que, engañados y creyendo que con él harian negocio, le habian subido á los cuernos de la luna, se quedaron como se estaban.

Doblegados por el trabajo.

Sacrificados por su fortuna.

Don F... era en fin, como todos los hombres políticos importantes.

Un cómico.

Yo no le conocia.

No habia caido nunca por mi lado.

Pero me habian hablado de él á propósito de su mujer, á la que tampoco habia tratado.

Para busconeo me bastaba yo, que entonces era un _plumin_, pero que se sabia buscar la vida.

Pasó aquello, vino lo otro y perdí de vista á la Guadalupe.

Yo me habia olvidado de ella.

Pero por las precauciones que acababa de tomar por si yo acababa al fin por reconocerla, se comprendia que ella no me habia olvidado á mí.

Tal vez estaba enamorada de mí desde hacia algunos años.

Las viejas verdes se desviven por los pollos.

Cuanto más tiernos, mejor.

Ellas los educan.

Así es que los niños de _hoy en dia_, salen muy finos.

Tienen todo lo característico de sus maestras de filosofía práctica.

Son unos prodigios.

Ellos se han hecho los apóstoles de la escuela positivista.

Tienen, como las viejas verdes, atrofiado el corazon.

Yo soy un fenómeno.

Yo conservo todas las aspiraciones dulces y candentes del corazon, sin embargo de lo cual me voy á lo tangible, á lo necesario, á lo práctico, por todos los medios posibles, sin retroceder ante ninguno.

Pero cuando pasan rábanos, los compro.

¡Y cuando esos rábanos se llaman Micaela, Eloisa y áun Loreto!...

En todos los tiempos ha sido necesario, y áun indispensable, irse con la corriente.

Nadar contra ella es perecer.

Predicar lo que nadie entiende ni quiere entender, es dar voces en desierto.

Pero cuando en el fatigoso camino de la actividad industrial de nuestro tiempo se encuentra un pequeño oasis, fresco y sombroso en el que brota una fuente cristálica, se reposa un momento, se bebe hasta saciarse del agua límpida de la fuente encontrada por casualidad y se pasa suspirando: es necesario seguir el camino sobre el fango.

Es necesario vivir.

Y para vivir, ser.

La política.

El imperio.

La arbitrariedad legalizada.

La explotacion de los embrollos.

Y el combate de lobo á lobo.

El excelentísimo señor don F..., su mujer y su cuñada habian sido los tres vicios más escandalosos que han rodado por los cafés, por las timbas, por las _cuquerias_, por los bodegones y por los bailes públicos.

¿Qué quereis?

Estamos en los tiempos de las grandes trasformaciones.

Las viejas se falsifican.

De la misma manera los bohemios, los desvergonzados, los escandalosos, los cínicos, se adoban, se trasforman, se pintan, se esmaltan hasta el punto de que los desconozcan los que tanto los conocieron, y falsifican la verdad representando un aplomo y una gravedad que los hace pasar por hombres sérios, importantes, como don F...

Si los que los conocieron los desconocen, ellos, al trasformarse, desconocen á todos los que los han conocido.

Corte de cuentas.

Se han trasegado un millon de veces.

Yo me admiraba de no haber conocido á su mujer ni á su cuñada.

Y era que se habian disfrazado con una posicion ilógica, absurda, inverosímil.

Pero estas son las gentes que valen.

Las gentes que sirven.

Los temibles.

Los hombres y las mujeres de mundo.

Los revolucionarios.

Los representantes de todas las conquistas del progreso humano.

¿Pero quién me mete á mí á moralista?

La moralidad es una cosa ridícula.

Y yo nunca he sido moral.

Ni áun mora ni moro.

Y aún no estoy muy seguro de si soy cristiano.

Pero hago lo que otros muchos perdidos.

Moralizar, moralizar y más moralizar.

Porque sin la moralidad...

¡Y hay quien todavía cree en palabras!

En fin, y volviendo á Guadalupe; una vez dados á conocer, nos entendimos perfectamente.

Ella hizo como que olvidaba sus celos, y yo como si no hubiese sentido su resuello.

Los buenos amigos acaban por entenderse.

En fin, nos duró la misa del Buen Suceso hasta las seis de la tarde, es decir, despues de bien oscurecido.

Ella se fué á la casa de la amiga donde la esperaba su carruaje.

Yo me volví al hotel de París, donde en mi propio cuarto me sirvieron una excelente comida de la cual tenia buena necesidad.

Examiné mis valores.

Yo estaba ya riquillo.

Las dos viejas verdes me habian puesto en zancos, sin contar con doña Emerenciana, que era la base.

Loreto habia contribuido.

Despues de bien comido y de bien bebido, y siendo ya cerca de las ocho, miré la tarjeta que me habia dado la ex-ministra Loreto.

Confieso que me interesaba.

Era expléndida.

Me habia llenado la bolsa.

Habia que esperar que ella fuese para mí un riquísimo filon.

¿Para qué habia explotado su marido la política?

¿Para qué habia ella vendido empleos y hecho negocios?

Sentia impaciencia por volverla á ver.

La tarjeta decia:

_Mademoiselle Armandine: fleuriste._ San Roque, 90.

Las floristas y las modistas de cierto género, son la cosa más útil y más socorrida del mundo.

El coche estaba á la puerta del hotel.

Yo me trataba á lo príncipe.

Me hice llevar á casa de la señorita Armandina.

CAPITULO XV.

Una alianza utilitaria.

Encontré hecha una divinidad á mi jamona, á mi Loreto, á la que no me atrevo á llamar vieja verde.

Nos consagramos el uno al otro por espacio de una hora.

Teniamos una gran necesidad de hablar de nuestros asuntos particulares.

--Chiquito,--me dijo,--eres un grande hombre: me uno á tí; juntos nos vamos á tragar la Biblia.

Dicen vulgarmente que no hay hombre sin hombre.

Esto es una tontería.

Lo que es una verdad innegable es que no hay hombre sin mujer.

Las mujeres gobernamos al mundo.

¿Hay acaso quien se consagre con más asiduidad, con más inteligencia, con más astucia y con más audacia á los negocios que la mujer?

En nosotras existe por excelencia el sentido práctico.

Abusamos de los vicios y de las debilidades de los hombres, y los dominamos.

Una mujer política vale por un ejército.

La mujer política cuando no es altamente diplomática, es doctora en _gramática parda_.

Para tí ha sido una fortuna tropezar conmigo.

Loreto se me iba haciendo de momento en momento más preciosa.

Me iba pareciendo verdaderamente más jóven.

--Ya verás, ya verás lo que vale una mujer como yo en esta tierra clásica de la _filfa_; tú serás todo lo que quieras ser.

Te advierto que yo no soy celosa.

Para que un hombre aborrezca á una mujer, basta con que ella le haga sufrir celos.

Yo sé lo que sois los hombres.

Sé también lo que somos las mujeres.

Mucho cálculo y mucho positivismo, hijo; lo demás es _pringue_.

Me chocó esta última palabra de mi hermosa.

Ví que en cuanto á positivismo habia llegado hasta el revés de la sarten.

--Yo estoy,--continuó,--por la libertad absoluta; porque cada cual haga aquello que quiera; por consecuencia, quedan suprimidos los celos entre nosotros.

--Convenido,--dije:--todo es cuestion de estómago.

--Bien dicho: tú prosperarás: yo te daré lo que pueda, y yo no quiero que me dés más que tu aprecio: ¿conoces tú todo el valor de esta palabra: _espera_?

--¡Pues ya lo creo!

--Yo haré todo lo que pueda por complacerte, y de tal manera, que de puro complacido, viendo en mí todos los dias algo nuevo y bueno, no te fastidies y conozcas que en ninguna parte estás mejor que á mi lado: amor, y siempre amor, y no más que amor empalaga; pero en los negocios hay una gran variedad, y cuando son productivos y aumentan la posicion, encantan; se adora á la mujer que trabaja por engrandecer á su amado, y cada dia parece más hermosa.

Yo estaba encantado.

Loreto me iba pareciendo una divinidad.

Luego añadió en un verdadero arranque de pasion:

--¡Yo te adoro, pollo mio!

Yo me sentí arrastrar de nuevo por el torbellino.

Loreto era una libre pensadora.

Una volteriana.

Una doctora.

Un _non plus ultra_, y con las dos columnas, y con los dos globos.

Yo me ahogaba.

Aquella mujer me absorbia.

--Vengamos á la cuestion subsidiaria,--me dijo Loreto con el acento conmovido por un afecto muy natural, puesto que me amaba, y teniendo en cuenta que nada hay más egoista ni más exclusivo que el amor:--no soy yo la sola mujer de quien estás enamorado, y esto lo comprendo.

La que cree ser única, es una inocente.

¿Ni qué diablos vale un hombre que se contenta con una sola mujer?

Si hoy te he hecho un bonito obsequio, ha sido haciendo un esfuerzo, y para abrirte el apetito.

Mi marido, aunque hizo grandes negocios cuando fué ministro y tiene una suerte loca á la Bolsa, es muy miserable.

Apenas si me da para unos mezquinos alfileres.

Yo tengo que buscármela.

Ya sabes que los negocios no andan muy bien.

La concurrencia los ha matado.

Así, pues, yo necesito una alianza.

Yo debo procurarte una posicion que te haga independiente.

Es necesario que te cases.

Tu gravísima aventura con la polluela del coronel Arrumbales, nos viene á pedir de boca.

No sabes tú qué rico es ese diablo de vejestorio de coronel.

No sabes lo enamorado que está de mí.

Juzga por lo que voy á decirte.

Aún no hace tres horas que estaba aquí, á mi lado.

Yo le habia enviado un recado.

No se debe escribir.

Vino al momento.