La vieja verde: Estudios al natural
Part 5
Ella era alta como yo, como yo debia tener las piernas largas, por consecuencia, nos alcanzábamos sin dificultad el uno al otro por debajo de la mesa.
Debia tener algo de ingeniero aquella mujer; no se habia equivocado acerca de la posicion de mi pié.
Habia calculado bien.
Tenia la seguridad de que era mio aquel pié que amaba.
Es incalculable la audacia que tienen las mujeres del _buen mundo_.
Con ellas se estrechan las distancias de una manera verdaderamente extraña, pero rápida.
Se suprimen los trámites.
Se llega muy pronto al fondo de la cuestion.
¡Particularmente las viejas verdes!
¡Oh, y qué amor tan impaciente el suyo!
Nadie podia apercibirse del triple ataque de que yo era objeto.
Nos habiamos puesto en cadena magnética tres mujeres y yo.
La ex-ministra del frente paró.
Habia en ella algo terriblemente contrariado.
Pero mi izquierda y mi derecha...
¡Ah! ¡terrible, imposible!
¡Apencar con cualquiera de aquellos esqueletos ó con los dos á la vez!
¡Inficionarse de vejez y de fealdad!
Porque todo se pega.
Pero ¿qué hay imposible para la ambicion?
Tiene voracidad y estómago de buitre.
Yo me arrobaba por la izquierda, por la derecha y por el fondo.
Continuaba el tecleo.
Se aumentaba.
Se perdian las manos bajo la mesa.
Encontraban otra mano ociosa.
Se oscurecia el bello semblante de enfrente.
El pié habia vuelto á pisar con cólera.
Yo me reprimia.
Disimulaba.
¿Creeis que es exagerado lo que yo digo?
¡Ah! ¿Que miento?
¡¡¡Pues si fuera á decirlo todo!!!...
Hay diálogos sin palabras, y áun sin miradas, que son lo más elocuentes del mundo.
Hay historias que pudieran llamarse «Historias de debajo de la mesa ó del tapiz».
Historias de una trascendencia enorme.
Yo, por ejemplo, me encontraba en una sociedad de alto coturno.
Al lado de una mujer séria, de una mujer respetable.
Del aspecto más severo del mundo.
La esposa de una altísima persona, con la cual os veis bajo el amparo de una gran influencia.
La señora os ha mirado rápida, levemente, de una manera casi imperceptible.
Pero vos sois práctico, comprendeis que la habeis llamado la atencion.
Sobreviene el sentado á la mesa.
Por acaso estais junto á aquella mujer.
Avanzais prudentemente una rodilla.
Encontrais la suya.
Debeis tener cuidado de que parezca que el encuentro ha sido sin intencion.
Observais.
Ella no ha retirado su rodilla.
Pensais aún que no ha sentido el contacto.
Haceis entonces un poco más fuerte la presion.
No se retira.
Entonces apretais de una manera decidida.
Si no se retira la otra rodilla, estais del otro lado.
Empieza el diálogo.
Meteis bajo la mesa una mano.
Poneis un dedo sobre el muslo contrario, grueso ó flaco.
Le abarcais al fin.
Otra mano encuentra la vuestra.
Sobreviene un apreton expresivo.
Una señal indudable.
Ya sabeis que podeis atreveros á la propietaria de aquella mano.
Indudablemente os dirán de una manera rápida una cosa semejante á ésta:
--Mañana á las ocho iré á los Incurables; yo tengo allí enfermos.
Al dia siguiente esperais junto al sitio indicado.
Llegan las ocho.
Se detiene un carruaje de plaza.
Mirais.
Un rostro hechicero ó amojamado os mira á través del no muy limpio, y á veces roto, cristal.
Es la mujer política, á la que no habeis conocido sino la noche anterior en un banquete, debajo de cuya mesa habeis tenido un diálogo de rodillas y de manos y habeis cruzado media docena de palabras.
Ya teneis una influencia, y una influencia poderosa.
Os zambullís en el pesetero.
El jamelgo parte.
El cochero sabe adonde va.
Os encontrais en tres dias con un ascenso, ó con un acta de diputado, ó con la creacion lucrativa de un gran encargo.
Vivís al fin.
Habeis mordido la manzana mujer.
Habeis tragado la vieja verde.
Pero habeis acrecido vuestra posicion.
Yo estaba en contacto con la vieja verde.
A mí debia sobrevenirme algo.
Esto era indudable.
Terminó la comida á las diez y media.
Pasamos al gabinete del café.
Cuando le tomábamos, la cuñada de la ex-ministra me dijo al oido:
--A la una, junto á la puerta de la segunda cochera.
Yo me sobrecogí.
La otra, la morena, la del pié, la que era verdaderamente voluptuosa, aunque ya vieja, es decir, cuarentona, me dijo, sonriendo:
--¿Qué haria usted si encontrara á la entrada de la calle de Jesús y María un landó parado al amanecer?
--Como probablemente al amanecer hará mucho frio, me meteria en el landó, señora mia.
Apenas se habia separado de mí la morena, cuando la dueña de la casa me dijo:
--¿Le gusta á usted ir á misa de dos al Buen Suceso?
--¡Ah! ¡Mucho!--le dije.
No se habló más.
El dia siguiente era domingo.
Tres citas en tres minutos.
Resultados de tres diálogos de pié y pierna debajo del mantel.
Yo sentí nuevas aprensiones.
Estaba seguro de recibir nuevas citas.
¡Oh! ¡La crápula dorada!
¡El vicio enmascarado!
¡El olvido de toda idea de deber, de todo sentimiento digno!
Pero no filosofemos ni moralicemos: la moral va envuelta en el fondo de los vicios.
Aparecen las consecuencias.
Y sobre todo, ¿para qué ocuparse de la moral?
La materia, los fenómenos tangibles la suplen con ventaja.
Yo estaba que no cabía en mí.
Si me hubieran ofrecido el imperio de la tierra, lo hubiera despreciado.
Yo podia ser un redentor de la humanidad.
Yo era...
Sí... digámoslo de una vez.
Yo era socialista.
La anarquía era la forma de gobierno que me parecia más utilitaria y más practicable.
Yo empezaba.
Yo adelantaba.
Yo venceria.
Yo ejercitaria la audacia.
Yo escribiria; yo llegarla un dia á dar al través con todas las indignidades; con todos los monopolios; con todos los vicios sociales.
Yo me proclamaria el jefe de la anarquía.
Por ante la absoluta libertad humana.
¡Oh! ¡Y qué palacios!
¡Qué mujeres!
¡Qué banquetes!
¡Qué territorios!
¡Qué influencia omnímoda!
Sobre todo. ¡Qué nombre en la historia!
¡Yo habria sido el salvador del género humano!
¡Yo hubiera hecho impotentes á las viejas verdes, que no sirven más que para estragarnos el estómago!
Yo me vengaria de todas las violencias que me habian hecho sufrir.
De todas las repugnancias que habia agotado.
De todos los envilecimientos á que me habian sujetado.
Yo me creia ya un Julio César.
Doña Emerenciana estaba en áscuas.
Veia que me pimpolleaban demasiado.
Sudaba, y sudando, se desteñía.
Ella era muy práctica.
Conocia que si no se iba al instante, iba á parecer muy pronto de jaspe.
Por eso en las casas en que se sabe tratar á las mujeres, y por no contrariarlas diciéndolas que se vayan en cuanto suden, se cuida de que la temperatura no sea muy elevada.
El cosmético de las cejas y de los cabellos, la hermosa tinta de las ojeras, los toques de efecto, todo esto fundido por el sudor que se corre, se mezcla.
¡Horror! Doña Emerenciana me arrebató consigo.
--Has tenido un gran éxito,--me dijo cuando estuvimos en el carruaje;--no esperaba yo tanto; es demasiado; ¿qué te dijo Aurora?
--Que esté á la una junto á la segunda cochera de su casa.
--¿Y la Guadalupe?
--Que le gusta mucho la misa de dos en el Buen Suceso.
--Y mañana es domingo.
--Eso es.
--Y la Loreto, la morena, ¿qué te dijo?
--Que al amanecer habria un landó en la entrada de la calle de Jesús y María.
--¡Las sinvergüenzas! Pues mira, hijo, por qué yo no me he decidido á abandonar á Hipólito, temiendo tus mañas.
--Yo no iré si usted no me lo manda.
--¿Y por qué nó? Una cosa es el amor y el negocio es otra cosa. ¿Pero por qué he de tener yo celos del negocio? Esas tres señoras nos ayudarán, sin saberlo, en nuestros planes.
Como se ve, doña Emerenciana no reñia con las conveniencias.
No era sólo por interés, sino por lo que representaba el que yo satisfaciese los empeños de aquellas beldades rancias.
Ellas podian subirme á mucho.
No se sabe á que altura ha subido un hombre público sirviéndole de escalera una vieja verde.
Ya una vez en el pináculo, muy ingrato debia ser si no prestaba mi influencia á doña Emerenciana.
¡Produce tanto el agiotaje de la política!
¡Se divide en tantas partes el resultado de la inmoralidad!
Doña Emerenciana lo tenia esto en cuenta.
Veia en mí grandísimas disposiciones.
Se proponia explotarlas.
Por consecuencia, hacia callar á su corazon y á su amor propio.
Me amaba, yo no tenia duda de ello.
Yo no habia desbancado todavía á Hipolitito.
Pero iba en muy buen camino.
Mejor dicho, doña Emerenciana queria tenerme á mí sin renunciar á aquel ruin engendro, de cuyo trato inmediato la habia privado y la privaba don Bruno.
No he conocido todavía una vieja verde que se haya contentado con un solo amante, ó por mejor decir, con una sola víctima, ó para decirlo mejor aún, con un solo alquilon.
La pasion de las viejas verdes llega al _delirium tremens_.
Es horrible.
Un amor de diablo.
Un amor insaciable.
La carne manida es mucho más exigente que la carne fresca.
¡Mil veces horror!
Y cuenta con que ya es menester algo para que yo me horrorice.
Yo soy un gran filósofo.
El dinero es la azúcar que endulza todos los ácidos.
El manjar más repulsivo del mundo se come con apetito una vez apurada la primera, la segunda, la tercera repugnancia, hasta acostumbrar el estómago.
Si no fuera así, no habria ni sepultureros, ni médicos, ni curas, ni áun verdugo.
Decidle á un sepulturero que se abrace á un cadáver en corrupcion y que le dareis tanto ó cuanto dinero.
Habreis hecho muy mal.
Perdereis vuestro dinero y él se habrá quedado contentísimo y con deseo de que le pagáseis el abrazo á obro cadáver.
Así, pues, bienaventuradas las viejas verdes que tienen dinero, porque de ellas es el reino de los amores alquilados y pueden escoger todos los buenos mozos que quieran, seguras de que los tales se mostrarán traspillados de amor por ellas, pero mediante siempre los conquibus.
Y como se trata de un contrato bilateral en que en ninguna de las partes hay en juego ni una sola partícula de espíritu, como todo es sensualidad reherbida y trasnochada irritacion, é insaciable, la vieja verde irritada, no se contenta con un solo amante.
No conoce el amor.
Lo que siente por los que la revolucionan, podrá ser todo lo que se quiera ménos amor.
Así se comprende que aleteando doña Emerenciana por Hipolitito, aletease también por mí, y era capaz de aletear por medio mundo.
Lo que habia que extrañar, y mucho, en doña Emerenciana, era que nunca se le habia conocido amante.
Micaela me habia dicho que nunca jamás habia concedido el más leve favor á aquellos á quienes habia enamorado.
¿Qué era esto?
Una singularidad.
Una rareza, y tal vez se trataba de una sensualidad puramente ideal.
Tal vez esta excitacion de los nervios podia explicar aquellos ataques epilépticos de que no salia doña Emerenciana, sino por medio del sistema curativo del tio Calostros, el sereno.
Despues se quedaba como si tal cosa.
Como si por ella no hubiera pasado accidente alguno.
¡Oh! ¡Y qué vieja tan extraña!
Ella me habia autorizado; más aún, me habia incitado para que acudiese á las tres citas que tenia empeñadas.
¿Pero seria de igual manera impasible Micaela?
En Micaela habia para mí verdadero amor.
No podia dudarlo. Micaela era mi cielo.
Yo temia una tempestad si la decia que iba á pasar la noche fuera de la casa de mi _querida tia_.
Yo me creia bastante tunante.
Pero me engañaba.
Yo era entonces un tunante incipiente, un tunante en mantillas.
Como aún no era hora de acudir á mi primera cita, ni con mucho, yo me habia sentado á la chimenea.
Micaela se habia metido adentro para despojar á la vieja de su carga de postizos.
Habia comido y bebido en demasía; necesitaba reposar, y se habia retirado.
La señora Nicanora se habia ido.
Apenas doña Emerenciana se habia acostado, y ya sus sonoros ronquidos demostraban que la hacia el amor Morfeo.
Micaela me llevó á su cuarto, se arrojó en mis brazos y me colmó de deliciosas caricias.
--Hombre,--me dijo,--ni siquiera te quitas el sombrero.
--¿Yo, qué hé de quitarme nada?--la dije, mirando mi reló;--si sólo me falta media hora para mi cita.
--¿Para tu cita?--me dijo con una expresion singular.
--Para mi primera cita,--la dije.
--¡Ah! ¿Con que no es una sola cita?
--¡Ah, no! Soy hombre de suerte; se han enamorado de mí tres damas en la casa donde me ha llevado, para hacerme hombre, doña Emerenciana.
--¿Qué edad?--me preguntó con una gran calma.
--Viejas.
--¿Qué posicion?
--Una ex-ministra, la hermana de ésta y otra ex-ministra.
--Pues anda, hijo, anda, no te entretengas; tú no sabes lo que sirven estas ex-ministras para hacer á un hombre ministro; pero mucho ojo; mira que están dadas al diablo, y es más difícil asegurarlas que si se tratara de encerrar el agua en una cesta. Les sobran los adoradores; tienen donde escoger. ¡Cómo que tienen para cada amor suyo una posicion oficial! Sino, averigua quiénes son los acomodadores de tanto y tanto perdido sério á sueldo del Estado: viejas amorosas; pero yo te aconsejaré, yo te daré lecciones. Yo sé bien que tú no puedes ni quieres escaparte de mi amor; que estamos unidos por una perfecta conveniencia de voluntades; que yo seré tu mujer, tu mujercita, estás; que no quiere á nadie más que á tí, y que cuando envejezca, no será vieja verde: y cuando me case contigo, quiero ser prudente; y que si yo no necesito cosas, como otras que han andado rodando por el arroyo, á las que todo el mundo, se sabe de memoria, y que, sin embargo, son las excelentísimas y virtuosísimas, y hermosísimas doña Fulana de Tal y de Tal, ornamento y orgullo de su sexo, una prueba indudable, de la grandeza á que pueden llevar sus méritos á una mujer. Anda, hijo, anda, que se acerca la hora, y estas _liberalas_ son muy déspotas.
Como que conocen muy bien cuánto valen.
Abracé á Micaela y salí.
Ella bajó á abrirme la puerta.
Tomé el tole hácia la casa del grande hombre político, ex-ministro y jefe de partido, con el que me habia puesto en contacto mi _adorada tia_.
En el punto en que llegaba á la puerta de la segunda cochera, esto es, al lugar de mi cita, daba la una en un reló inmediato.
CAPITULO IX.
En que se ven las peregrinas aventuras que me sobrevinieron cuando acudí á la cita de Aurora.
Apenas me habia acercado á la puerta, cuando sentí en ella por la parte de adentro tres golpes.
Era sin duda mi enamorada Aurora.
La ilustre cuñada del ex-ministro don F...
Contesté con otros tres golpes dados con los nudillos.
Rechinó inmediatamente de una manera leve un cerrojo.
Se abrió un postigo de la gran puerta cochera.
Entré.
El interior estaba densamente oscuro.
Avancé una mano.
Encontré otra.
¡Pero qué mano, señor!
¡Qué amor de mano!
Suave, gordita, delicada, pequeña.
Una mano que temblaba, revelando la emocion de su dueña.
Mi otra mano habia tropezado en un seno.
¡Pero qué seno!
¡Qué voluptuosidad!
¡Qué encanto!
¿Era aquella la cuñada del grande hombre?
Pero yo recordaba que las manos de Aurora eran como manojos de sarmientos.
Que en cuanto á seno podia decirse de ella: _unquam tabula rasa_.
--¡Ya!--dije yo para mí:--¡y que sea yo tan torpe! Sin duda la señora ha enviado á su doncella.
Pero la doncella me convenia.
Me conducia.
No se habia inquietado por el contacto de mi mano en su seno.
Se detuvo.
Sentí á poco un leve ruido semejante al de la puerta de un carruaje que se abre.
Comprendí.
Uno de los carruajes que estaban en la cochera, era, sin duda alguna, un gabinete tan bueno como cualquier otro en que me hubiera recibido Aurora.
Sentí que la doncella, silenciosa siempre, subia y tiraba de mí.
Pero inmediatamente dió un grito.
--¿Quién hay aquí?--dijo.
Habia tropezado en unas piernas.
--¡Ah, ah!--dijo una voz áspera;--ya sabia, yo que habia de cogerte, Emilia, con el cabeza gorda.
La manecita suave y mórvida me soltó.
Sentí el crugir de la falda de una mujer que se alejaba á la carrera.
En seguida, un garrotazo, que me alcanzó á bulto, y que me hizo dar un graznido.
Pasó por mí no sé qué de angustioso y horrible.
Salté atrás.
Dí contra una pared.
Reboté.
Sentí cerca de mí, sobre la pared, otro garotazo.
El pavor me dió tiento.
Me escurria sin tropezar.
Tirando garrotazos á bulto, sentia á un hombre que me llenaba de improperios, y que á veces se ponia muy cerca de mí.
Su voz bronca, brutal y grosera era sin duda la de algun mozo de cuadra.
Yo habia encontrado unas escaleras.
No sabia si eran torcidas ó rectas.
Pero esa especie de tacto del miedo, me llevaba.
Ví el reflejo de una luz.
Corrí hácia él.
Se me apareció una especie de fantasma.
Al acercárseme, retrocedí.
Por la luz que aquel fantasma traia en la mano, reconocí que era Aurora.
Iba sin duda á la cita vestida de blanco para interesarme más.
El bárbaro que me seguia debia venir ciego.
Descargó un garrotazo.
Yo me esquivé á tiempo.
El garrotazo debió alcanzar á Aurora, porque la palmatoria cayó al suelo, y ella lanzó un grito horrendo.
Casi de muerte.
Luego sonó el ruido de un cuerpo que caia en tierra.
Yo estaba en un corredor.
La luz de la luna aclaraba el nublado, del cual continuaba desprendiéndose la lluvia, y penetraba algo de luz por las grandes vidrieras.
Al grito de la víctima, habia sucedido algun movimiento en una habitacion inmediata.
Se abrió una puerta y apareció una mujer.
Sin duda una criada.
Al ver mi bulto, se sobrecogió, y escapó gritando:
--¡Ladrones!
El asunto era sério.
Me habia quedado sólo en el corredor.
Corrí.
Encontré otra escalera.
Subí por ella.
Fuí á dar en una boardilla.
Encontré una lucana.
Salí por ella.
Me deslicé por el tejado.
Llegué á un grupo de chimeneas, y me oculté tras ellas.
Habia perdido mi sombrero, y la lluvia me hacia sentir en la cabeza una sensacion muy penosa.
Las tejas estaban peligrosamente resbaladizas.
Hacia un frio horrible.
No podia sostenerme en aquella situacion.
Yo oia allá abajo en la casa de donde habia escapado un verdadero tumulto.
Gentes que iban y venian.
Se buscaba sin duda á los ladrones.
De improviso el cañón de una de las chimeneas me dejó oir un ruido confuso de voces.
Escuché.
--La señora dice que tú, Gaspar, la has dado un golpe en la cabeza. ¿Cómo puede ser esto?
Yo habia reconocido en aquella voz la del dueño de la casa: el eminente hombre político, en fin, don F...
--Vamos claros, señor, que yo no tengo porqué callar,--dijo el que sin duda se llamaba Gaspar;--yo soy el marido de mi mujer.
--¿Y qué tiene que ver esto con la brutalidad que has cometido con la señorita?
--Si la señorita no hubiera venido por las mismas escaleras del traspatio, no la hubiera sucedido nada: yo habia atrapado á mi hombre... sí señor, sí: á un señoritingo que he de comerme crudo, porque mi mujer...
--¡Como que tu mujer!--esclamó con un interés que no parecia natural se tomase el grande hombre.
--Mi mujer, con el pretexto de que la señorita la ocupa hasta muy tarde para que la cuente cuentos, no viene á mi cuarto ya hace más de quince dias hasta cerca del amanecer: y como nadie se queda en las cocheras...
--¡Eh! ¡Qué!--dijo el hombre público;--¿qué nos importa eso?
--Si á V. E. no le importa, á mí sí; y me va pareciendo que...
--¡Cómo, cómo!
--Que no es un señoritingo, sino V. E... el que tiene citas en el landó con mi mujer.
--¡Cómo! ¡Insolente!--exclamó el hombre público.
--Lo que yo digo, señor, es que yo no merezco que V. E. me trate con una tal dureza.
--¡Ah! ¿Era eso lo que querías decir?
--Ya lo creo, señor; yo soy muy leal á V. E.; yo no podia figurarme...
--Dejemos esa conversacion.
--Sí: pero resulta que yo le he dado un garrotazo á la señorita Aurora.
--Tú creiste sin duda que habia ladrones en la casa.
--Lo que siento es el garrotazo que á V. E. le he dado en la cochera: ¡ya se ve; está aquello tan oscuro!...
--¿Pero estás loco, Gaspar? Tú no me has dado garrotazo alguno; yo llegué, llamé, no me respondieron; creí que Pedro no habia podido acudir y me entré por la puerta principal, y me encontré con el alboroto.
--Pues entonces, señor, ó la señorita Aurora traia este _belen_, y se valia de Emilia, ó Emilia esperaba á V. E. y al otro.
--¡Cómo! ¡qué!--exclamó,--acreciendo en interés y con acento irritado el grande hombre.
--Sí señor, yo he dado á un individuo extraño un garrotazo como para él sólo.
--Pues bien, pon eso en claro con Emilia; pero sin maltratarla: que se acabe esta situacion ambigua: yo te tomo bajo mi proteccion; yo haré tu fortuna.
--Muy bien, señor, muy bien; ya sabe V. E. que yo me contento con la portería mayor de...
--Bien, hombre, bien; pero, sobre todo, es necesario averiguar quién es ese individuo extraño.
--La señorita Aurora debe saberlo.
El lacayote tomaba alas.
Abusaba.
El hombre de estado sufría.
¡El amor!
Debia ser muy hermosa Emilia.
¡Aquella mano!
¡Aquel seno!
Cesó al fin de todo punto el ruido.
Mi cita habia tenido un desenlace inesperado.
Yo habia recibido un garrotazo.
Mi vieja verde habia sido descalabrada.
Se habia descubierto un adulterio.
El adúltero y el marido injuriado habian acabado por entenderse.
La moral andaba por aquella casa en paños menores.
El eminente hombre público se vulgarizaba.
Se ponia á nivel, por más de un concepto, con uno de sus lacayos.
Lo más crudo, lo más fastidioso del lance habia sido para mí.
El frio aumentaba.
La lluvia arreciaba.
El viento crecia.
El tejado se hacia más y más resvaladizo.
Yo me agarraba á los cañones de las chimeneas.
Pero empezaba á sentir las convulsiones del frio.
El espasmo.
El sopor se apoderaba de mí.
Me aventuré á probar.
Me separé un tanto de las chimeneas.
Necesitaba ganar una lucana inmediata.
Adelanté con mucho cuidado, sentado sobre las tejas.
Arrastrándome.
De repente sentí un pavor como no le he sentido nunca.
El pavor de la muerte.
Habia resbalado.
Habia llegado al borde del tejado.
Habia sentido que faltaba bajo mí.
Que estaba lanzado en el espacio.
Hay momentos que son eternidades horribles.
Aquel fué uno de ellos.
Un momento solo.
Me sentí detenido en mi caida.
Me habia recibido algo blando.
Habia causado un fuerte ruido.
Habia impulsado algo que habia caido en otra cosa y la habia hecho resonar de una manera metálica.
Yo no me habia lastimado.
Habia caido sobre mi rollo de esteras viejas.
Habia lanzado, tropezando en él con los piés, un tiesto de flores, que habia ido á chocar con un caldero viejo.
Habia sonado un ruido infernal.
Poco despues sentí una voz conmovida.
Voz de mujer jóven, argentina, deliciosa.
--¡Ah! ¿Eres tú?--dijo:--¡te has caido! ¿Te has hecho daño?
Aquella voz salia de una puertecilla que daba á la pequeña azotea donde yo estaba.
Me arrojé á la joven.
--Entra, Alfredo mio, entra,--añadió la voz,--pero no hagas ruido: hace poco tiempo que papá se ha acostado.
Aún no habia acabado de decir esto la jóven, cuando se oyeron pasos precipitados que se acercaban, y una voz terrible que decia:
--¡Inícua!
La jóven lanzó un chillido semejante al de un raton cogido por un gato.
Yo me replegué al terrado.
Pretendí de nuevo escalar el terrado.
Esto era imposible.
Las tejas se venian sobre mí.
Pasaron algunos instantes.
Yo oia alaridos y golpes.
Se propinaba, sin duda alguna, una repasata á la hija por el padre.
Yo buscaba en vano sitio por donde escapar.
La azoteilla estaba profundamente encajada entre los tejados.
Todo acceso era imposible.
Por el único lado que no habia tejado, se veia la boca tenebrosa de un profundo patio.
La lluvia era ya torrencial.
Tenia la cabeza descubierta, y el agua, penetrando por el cuello, me corria sobre la piel.
Mi magnífico abrigo no me servia más que para abrumarme con su peso.
El viento, que era, glacial, empezaba á helarme.
Me lancé á la puertecilla.
Me entré en un desvan.
Allí por lo ménos, no me caeria el agua encima, ni me batiria el viento.
Habian cesado los golpes.
Pero seguian los sollozos.
Hubo un momento en que creí que el irritado se habia olvidado de mí.
Pero me engañé.
Aquel mónstruo, que sabia demasiado que yo no podia escapar, habia ido á prevenirse.
Sentí pasos en unas escaleras.
Ví luz por las rendijas de una puerta, que se abrió.