La vieja verde: Estudios al natural

Part 4

Chapter 43,982 wordsPublic domain

--Yo soy una buena mujer,--añadió,--y no merezco que se me trate como se me trata; y si el mocito ha venido aquí para que á usted le parezca lo que no puede ser y me maltrate usted, yo estoy de más, aunque estaba muy contenta de la casa.

Esto me demostraba que la Nicanora era una gran maestra, así, con su gramática parda.

Al mismo tiempo se habia sentado en el suelo como las mujeres cuando se desmayan. Se le habia bajado el pañuelo, y yo habia visto el principio de dos globos ebúrneos.

Yo me embriagaba.

Micaela al natural me aturdia.

Doña Emerenciana artificial me enloquecia.

La Nicanora, con sus magníficos restos, me enlanguidecia.

En efecto; yo estaba en aquella casa como la yema en el huevo.

Lo habia dicho muy bien la Nicanora.

Aquellas tres mujeres debian desvivirse por cuidarme.

Era posible que un dia se arañasen.

Pero mejor, mucho mejor.

Un hombre por el cual no se araña una mujer con otra, no vale un _perro chico_.

Micaela estaba admirable de serenidad.

Doña Emerenciana admirable de celosa.

La Nicanora admirable de desenfado.

Era una manola que por nada del mundo hubiera sufrido ni áun mucho ménos de lo que la habia provocado doña Emerenciana.

Sin embargo, habia obedecido á mis guiños.

Era cuanto se podia esperar.

Empezó el almuerzo, y á cuidarme doña Emerenciana.

Me puso la pechuga del pollo.

Me sirvió la copa.

Al mismo tiempo me apretaba la rodilla.

Yo veia desvancado á _Hipolitito_.

--En los pueblos vivís muy atrasados, sobrino,--dijo doña Emerenciana;--allí con esa americana y ese chaleco á cuadros estarias muy elegante; pero aquí estás muy cursi. Nicanora, sirva usted de una vez el almuerzo, y váyase usted á la calle de Valverde, que vengan al momento con una berlina de lujo para mí. Entérese usted. Ya saben allí lo que yo quiero. Que esté aquí para cuando acabemos de almorzar. Tenemos que salir mi sobrino y yo. Quiero acostumbrarle á la buena vida de la córte. ¡Como que es mi heredero!

Indudablemente, Hipolitito estaba destronado.

Micaela me miraba al descuido de la vieja, y me decia con su elocuentísima y graciosa mirada:

--Esto va que ni de encargo, hijo mio,--y con su pequeño pié pisaba mi pié.

La Nicanora se habia ido murmurando.

_Mi tia_ me cuidó admirablemente.

Almorcé como un príncipe.

La Nicanora volvió antes de que acabase el almuerzo.

El carruaje estaba ya á la puerta.

--Ahora,--dijo doña Emerenciana,--á casa de Alcaide.--Es el primer sastre de Europa. El te pondrá verdaderamente elegante; pero como él quiera, lo caro resulta muy barato. ¡Y luego la confeccion!... Ven á acabar de arreglarme Micaela.

Cinco minutos despues estábamos en el carruaje.

--Casa de Caracuel y Alcaide, Puerta del Sol, núm. 15,--dijo doña Emerenciana al lacayo.

El carruaje partió.

Doña Emerenciana tomó un cierto aspecto de gravedad.

--Yo creo,--me dijo,--que tú habrás conocido la verdad entera.

--¡Oh! sí,--la respondí, pretendiendo tomarle una mano.

Doña Emerenciana me rechazó.

--Yo he conocido,--dijo,--estos amores interesantísimos de hoy; estos amores dignísimos; yo soy toda alma; toda pasion; yo amo, amo con toda mi alma, pero no es á tí á quien amo; me agradas, es verdad. Si yo no amara, seria muy posible que me enamorase de tí.

--Esto es ser muy cruel, hermosa mia,--la dije,--yo me muero por usted, yo me vuelvo loco.

--Deja, hijo mio, deja,--me respondió un tanto conmovida doña Emerenciana;--pero _la costumbre del alma..._

Era la primera vez que yo oia esta frase.

--Hay un sér en el mundo que me impresiona de una manera gravísima; una criatura que llena todas mis aspiraciones; pero esa criatura es débil... la espanta ese ogro de don Bruno, ya te lo he dicho: yo te conozco, espanta á don Bruno, que me deje en paz con mis amores, y espéralo todo de mí.

--Soy verdaderamente muy desgraciado,--la dije,--porque no soy la criatura á quien ama usted.

--¿Quién sabe, quién sabe? eres muy guapo; vamos, cualquier cosa; he pensado mucho en tí; he soñado contigo; pero _la costumbre del alma..._

--Es necesario sobreponerse á las malas costumbres,--la dije;--tal vez ese de la costumbre sea algun mal favorecido, algun ingrato.

--¿Y qué mujer, por hermosa que sea,--dijo doña Emerenciana,--puede contar con la gratitud de los hombres? Mira, tente, no estés tan pegado á mí, que me sofoco: cuida mucho de no requebrarme, porque en ello te va la fortuna: con que dime, ¿le romperás el alma á don Bruno? ¿Le ahuyentarás? ¡Oh, qué hombre, qué mónstruo! No me puedo tratar con nadie; ya se ve, todos no han de ser unos Gaiferos; no es este el tiempo de los valientes. El valor no hace falta para nada; con que arréglame á don Bruno.

--Pues ya lo creo; don Bruno no se atreverá á nada que pertenezca á usted, ¡bueno soy yo!

--Bien sabia yo lo que me hacia abrigándote; pero me parece que estamos ya en casa de Alcaide.

Subimos al taller del famoso sastre.

Doña Emerenciana encargó para mí cinco trajes completos.

Salimos y nos fuimos á la camisería.

Doña Emerenciana tomó para mí cuatro docenas de camisas.

Despues á la joyería.

Me compró un magnífico reloj y una hermosa sortija.

Las viejas verdes ricas son un filon.

Me iba enamorando de veras de doña Emerenciana.

Me parecia hermosísima.

Despues de la joyería me llevó á Fornos.

Tomamos café.

Cuando salimos, fuimos á la Fuente Castellana.

Hacia un dia hermosísimo; uno de esos dias de invierno de Madrid que parecen de primavera.

Doña Emerenciana era incansable.

Parecia que Dios la habia dotado de un estómago de buitre.

Despues de haber almorzado abundantemente en casa, todavía tuvo apetito para comerse en la Fuente Castellana una perdiz y no sé cuántas cosas más.

Bebió tambien largamente.

Sin embargo, no se la resintió la cabeza.

Continuó perfectamente serena.

Yo no comprendia una tal fuerza de organizacion en una tal vieja, á la que la noche anterior habia visto entregada á un formidable ataque de epilepsia.

Estaba como si tal cosa.

Me miraba con delicia.

Con ánsia.

Parecia que yo era cuanto habia en el mundo para ella.

Sin embargo, miraba á todo hombre que pasaba si era jóven y algo buen mozo; y siempre tenia un agudo chiste para cada mujer que veia, si era algo bella.

Influia sobre mí aunque yo recordaba su cabeza pelada, su boca sin dientes, todos los estragos, en fin, que en ella habian hecho la edad y, sin duda alguna, á pesar de sus protestas acerca de su pureza, sus desórdenes.

Yo no sabia qué pensar de aquel fenómeno.

Una mujer tan horrible, tan repugnante, despejada de sus composturas, y que compuesta llegaba á una tal belleza ideal.

Una vieja como ella, que tenia una voz en que se sentian todos los encantos de la juventud.

Y sobre todo, lo extraño de su conducta.

Una mujer que se prodigaba en los cafés; que miraba á todo el mundo; que provocaba á todo el mundo; que tenia todas las apariencias de la buscona más descarada, y que, sin embargo, no tenia amante; que era rica, y á la que servia de médico y de remedio, en los graves accidentes, el tio Calostros, el sereno.

Todo esto era extraordinario, todo inexplicable.

Causaba en mí una especie de perturbacion moral.

Se añadia á esto el efecto de los regalos que me habia hecho, la posicion que me habia dejado entrever.

Yo empezaba á enorgullecerme, á creerme persona importante.

Doña Emerenciana, á vueltas de mirarme con una pasion volcánica, se mostraba severa y me obligaba á contenerme en los buenos límites.

Esto me aturdia más y más.

¿Estaba loca aquella mujer?

¿O habia habido un tiempo en que su alma habia sido tan hermosa como su cuerpo, y habiendo pasado, gastada por los años la hermosura del cuerpo, conservaba la hermosura del alma?

Habia mucho de juventud en su mirada.

Sus grandes ojos no podian ser más lucientes ni más hermosos.

Yo me fascinaba más y más.

Se me olvidaba el vestiglo.

No veia más que la apariencia seductora de doña Emerenciana.

Ella necesitaba pertenecer á un hombre que tuviese cierta importancia.

Que significase algo.

Que pudiese entrar en todas partes y pudiese ser influyente.

--Para eso,--me decia,--no hay más que la política.

Todo lo que está fuera de la política, no vale nada.

La política es el único camino que hay para las grandes posiciones ilustradas con los grandes honores.

Un quidan que tiene un cierto descaro, una cierta habilidad, un cierto tacto y un mediano ingénio, tiene zapatos al dia siguiente de haber entrado en la política, y no tarda mucho en andar en coche.

Se empieza por lo más bajo, y por poco que ayuden la fortuna y la audacia, se sube rápidamente, se van dominando escalones hasta que al fin aparece el grande hombre.

Otros muchos han empezado más penosamente que tú.

Tú eres hombre de corazon, quiero decir, de puños, y que no te detienes en nada.

Encontraremos fácilmente para tí un lugar importante.

No faltará un hombre político que pague bien y te favorezca, porque firmes esos artículos peligrosos que pueden producir un lance personal ó una persecucion del gobierno.

Es temprano todavía.

A las tres iremos casa de don... (y me dijo uno de los nombres más conocidos y más altos de la política.)

--Es un antiguo amigo mio,--añadió,--que me estima en lo que valgo, y que en más de una ocasion me ha servido bien.

En verdad que yo le he servido mejor.

La reciprocidad es una gran cosa.

Donde no puede haber reciprocidad, no hay nada.

Nadie dá sino porque le tiene cuenta dar.

La justicia anda por las nubes.

En vez de ella, llena la tierra la conveniencia.

El interés lo absorbe todo.

Lo demás es imbecilidad ó farsa.

Tú serás periodista.

Esta misma noche asistirás á tu redacción, y tendrás un sueldo.

Don F... te dirigirá.

Yo te prestaré la buena ayuda de mi ingenio.

Lo mismo que te creo muy á propósito para la chismografía intencionada de la prensa, y para hilvanar cada dia un artículo de los que ponen de mal humor á un gobierno, te creo capaz de preparar y producir un motin.

No sé si me equivoco.

Pero desde que te ví anoche fundé en tí grandísimas esperanzas.

Sabe Dios á dónde llegaremos.

Pero, hijo mio, son las dos y media.

A las tres encontraremos en su casa á don F...

Estábamos entonces en lo alto de Chamberí.

Doña Emerenciana tiró del cordon, y dió al lacayo órden de que nos llevase á la calle de... número...

No me atrevo á dar el nombre ni el domicilio del personaje ante el cual me puso doña Emerenciana.

Aquel señor la recibió como á una antigua y queridísima amiga.

Creyó ó hizo como que creia, que yo era sobrino de doña Emerenciana.

Estuvo conmigo amabilísimo.

En fin, me dió asunto para un artículo terrible de oposicion que debia ver la luz al dia siguiente en su periódico.

--Este artículo,--dijo el hombre político,--puede producir un lance personal, un lance grave, y producirá indudablemente una denuncia, si se escribe como yo espero lo escribirá usted: en fin, esta es una prueba: se hará ruido; se querra saber quien es el nuevo gladiador que aparece en el estadio de la prensa: jóven, las posiciones sociales cuestan muy caras: hay que hacer frente á grandes compromisos, á grandes peligros.

Pero cuando se llega á la cúspide...

Amigo mio,--añadió mirando su reló:--necesito de todo punto ir al Congreso.

Así, pues, adios, y hasta la noche, los esperamos á ustedes para comer; cuento con que usted traerá ya por lo ménos el plan del artículo.

Salimos.

Yo acabé de aturdirme.

Aquello era ya demasiado.

Cómo no adorar á doña Emerenciana, que era ya para mí un ángel.

Nos volvimos á casa.

Encontré sonriente á Micaela.

De todo punto solícita á Nicanora.

Aquellas tres mujeres, las dos viejas y la jóven se desvivian por mí.

Doña Emerenciana me habló del artículo.

Era necesario que le llevase á la hora de comer, no en embrión, sino concluido.

Se me habia provisto de un secreto de Estado.

Se habia hecho de mí una gran confianza.

Como si se hubiera tratado de un hombre viejo ya y práctico en las cosas políticas.

Doña Emerenciana me habia aconsejado.

Podia decirse que ella habia hecho el artículo.

Yo no habia hecho más que darle la forma.

Esto no me habia sido difícil.

Yo habia escrito ya en algunos periódicos de literatura.

Habia hecho algunas revistas de toros.

Sabia zaherir y morder.

Escribí el artículo en una hora.

Lo leí á doña Emerenciana, que se asombró.

--Tienes la fortuna, hijo mio,--me dijo,--de que yo te haya adivinado: pero, francamente, no sabia que valias tanto.

Aquí saltan tres duelos.

Se produce una denuncia.

En cuanto á los duelos, debes dejar que se arreglen satisfactoriamente.

Pero lleva á cabo uno de ellos.

Da ó recibe una estocada.

Si puedes matar á tu adversario mátale.

Déjate de generosidades si es que eres generoso.

Hay que establecerse de una manera séria.

Si logras matar al director de... á quien en tu artículo has abofeteado _moralmente_, y que es un brabucon, te colocas á una altura envidiable.

¿Quién le tose á un diputado de palabra audaz, que da estocadas de muerte, ó por lo ménos graves?

El abusa de sus ventajas.

Mátale si puedes.

Tienes todas las condiciones necesarias, querido mio.

¡Oh! ¡Si no ejerciera sobre mí una tal influencia Hipolitito!

Pero, en fin, ya veremos, mi querido sobrino.

Ahora prepárate.

Arréglate lo mejor que puedas.

Yo te disculpé con lo de que acababas de llegar del pueblo.

En fin, se hará todo lo que se pueda hacer, y los resultados serán magníficos.

Micaela estaba muy contenta.

Decia que las cosas no podian ir con mejor suerte.

En cuanto á la Nicanora, se descotaba cuanto podia el pañuelo para dejar ver más parte de su garganta, de sus hombros y de su seno.

Todas las mujeres conocen lo que tienen de más incitante, y hacen cuanto le es posible por dejarlo ver.

Llegaron las siete de la noche.

Durante la tarde habia cambiado el tiempo.

Al oscurecer diluviaba.

Habia sobrevenido una de esas noches que hacen imposible todo lo que no sea la permanencia en un gabinete con una mujer al lado de una chimenea.

El frio era horrible.

Los criados del hombre político debian extrañar que yo me presentase con un sombrerete hongo y una raida americana.

Se comisionó á Micaela, que volvió con dos ó tres mancebos de ropería elegante, cargados de ropas.

Acompañaba un excusabarajas con camisas.

Ni Alcaide, ni la camisería á donde habiamos ido, podian tener concluidos sus encargos hasta pasados algunos dias.

Cerca de las ocho estuve yo completamente trasformado.

Un peluquero me habia rizado admirablemente los cabellos.

Yo podia pasar por un jóven decente y aún distinguido.

Entonces se me ocurrió que para ser algo en Madrid, podia ser muy eficaz la ayuda de una vieja verde.

De una beldad en ruina, restaurada á fuerza de arte.

El carruaje estaba esperando.

Doña Emerenciana se habia prendido admirablemente.

Estaba verdaderamente hermosa.

Pero esmaltada con más fuerza.

Me pareció además que la peluca era de un negro más intenso y más brillante.

Es decir, que era más nueva.

No se podia pedir más.

Encantaba.

Yo me miré á un espejo, y me encontré irresistible.

Aunque no me hubiera mirado, me lo hubieran dicho las miradas de las dos viejas y de la jóven que se recreaban en mí.

Yo iba armado con mi artículo.

Salimos y entramos en el carruaje.

Me atreví á traer á mí á doña Emerenciana y á besarla una mejilla.

Hizo un leve movimiento de repulsion; pero me dijo:

--Eso es ya diferente: me vas pareciendo un hombre de pasiones: creo que podrás decidirme á algo: puede ser que venzas mi resistencia al matrimonio.

Y suspiró.

Pretendí tomarme alguna libertad algo más determinante, y se rehizo, y me llamó severamente al órden.

La ruina resistia.

Pretendia imponerse.

Hacerse aceptar por completo, fuera de afeites y de composturas.

De resultas del beso, me quedó en los lábios algo pegajoso, algo craso, que sabia á yeso.

¿Pero qué importaba?

¿Y la posicion?

Llegamos.

Poco despues estábamos en el estrado del hombre político.

CAPITULO VIII.

En que se vé hasta qué punto subordinan á lo positivo sus sentimientos amorosos las viejas y las jóvenes.

Yo creí que se nos recibiria en forma.

Pero me engañé.

Habia allí algunas señoras que parecian cualquier cosa, y algunos jovenzuelos, á todas luces, aprendices de hombres de Estado.

Habia tambien algunas mujeres verdaderamente bellas.

Muy jóvenes las unas.

Otras de edad ya séria.

Dos ó tres viejas, muy emperifolladas.

Particularmente dos.

La una parecia una espátula.

La otra un espárrago.

Eran la esposa y la cuñada del hombre político, dueño de la casa.

Dos mujeres políticas.

Dos hembras de Estado.

Estaban vestidas de una manera _sui generis_.

Lo que les faltaba de belleza y de juventud, les sobraba de ampulosidad en el traje y en los adornos.

Eran dos ejemplares preciosos de un género raro.

Fluia de ellas un ridículo sério.

El peor de los ridículos.

Cada una de ellas me agarró con los ojos en cuanto me vió, como hubiera podido agarrarme con sus tenazas un escorpion.

Las otras me miraron con una amable sorpresa.

Con una sorpresa agradable.

Yo me sentia perfectamente aceptado.

En cuanto á ellos, me habian saludado con una grave reserva.

Habia allí tiesura.

Algo que demostraba que ninguno de los que estaban allí habia tenido sus principios muy en relacion con su situacion actual.

Faltaba de todo punto ese _quid_, esa cosa inexplicable que no se aprende ni se compra, y que se llama distincion.

Se tocaba la moneda falsa.

Todos habian debido empezar sobre poco más ó ménos como yo.

¿Quién sabia dónde estaba, cuál habia sido el principio de su importante posicion?

Habia, sobre todo, un chiquitin verdinegro, que era de todo punto impresentable.

Y aquel podia ser, y lo era en efecto, un importante hombre público.

Tal vez un jefe de partido.

No le hace.

Así está hecho nuestro mundo omnipotente, y así hay que tomarle.

Yo, que aún estaba en el umbral del palacio mágico de la política, me sentí muy superior á todos aquellos señores.

La cabeza empezaba á hinchárseme.

Me desconocia ya á mí mismo de todo punto.

Doña Emerenciana era para mí una gran mujer.

¿Qué importaba que todo lo que la hacia aparecer hermosa no fuese suyo?

¿Acaso es de ellas todo lo que hace aparecer encantadoras á la mayor parte de las mujeres?

La mentira es la reina del mundo.

Las monedas falsas las que más corren en el mundo social y político.

Si copelais, si depurais á la mayor parte de los cómicos políticos, vereis que son un catecismo aprendido de memoria, con algunas ligeras variantes.

Un repertorio de ideas infecundas repetidas y vueltas á repetir hasta lo infinito.

Una rutina.

Un valor sobre entendido.

En fin, un oficio muy fácil de aprender.

Lo que es indispensable es la audacia.

Lo que es de todo punto imprescindible es la deslealtad.

Lo que de todo punto estorba es la conveniencia pública.

Lo único que debe tenerse en cuenta es el acrecimiento propio.

Las coaliciones son necesarias.

Cofradía contra cofradía.

Comunidad contra comunidad.

Se expulsó á los frailes.

Pero no se adelantó nada.

Quedaron en su lugar los políticos, con reglas diferentes, como los frailes con hábitos de distintos colores.

Antes todo holgazan que queria gozar de la _vita birlonga_, se metia fraile.

Hoy todas las nulidades audaces se hacen políticas.

Los frailes se lo comian todo.

Los políticos se alimentan hasta reventar de la olla grande.

De la flor de ella.

De lo exquisito.

Así andan orondos y colorados y gordos, ni más ni ménos que un guardian pezuño de capuchinos.

Lo repito.

Me desvanecia.

Me creia muy más capaz que todos aquellos gravísimos señores de llegar á ser un hombre importantísimo.

En cuanto á doña Emerenciana, con sus setenta años encima, hacia un magnífico papel entre todas aquellas mujeres, contando á las más jóvenes y á las más bellas.

Habia en doña Emerenciana un aspecto extraño, algo de monumental, algo de augusto.

Nadie hubiera sospechado en ella á una asídua concurrenta nocturna al café.

¿Qué importaba que se supiese esto?

Excentricidades.

¿Acaso no vemos á todos los graves hombres políticos, y altos funcionarios, en los rincones de los cafés, donde se encuentra el género fácil?

¿Qué tiene que ver esto con lo otro?

¿En qué se opone lo cortés á lo valiente?

Y si penetráramos en los lugares no públicos...

Y si descendiéramos...

Y si ascendiéramos....

¡Cuánto fenómeno!

¡Cuánta inmundicia!

¡Cuánto cambio de decoracion!

Como los frailes.

Ellos tenian el recurso de salir disfrazados de sus conventos, para correr la vida airada durante la noche.

En fin, la humanidad.

Las apariencias.

La farsa.

Los pícaros viviendo de los tontos.

Los más fuertes sobre el país.

Los más débiles hollados por todos.

La calumnia siempre en ejercicio.

La explotacion en auge.

La inmoralidad en acceso.

La corrupcion en todo.

Hasta en el aire.

Esto que acabo de decir lo dice en todos los tonos todo el mundo.

Ello es lo mismo que ladrar á la luna.

La audacia, el cinismo, el catequismo, el discurso vacío, la idea fija, la picardía y la tunantería y la traicion, y la mentira y la calumnia, siguen haciendo fortuna, y envenenándolo todo, por la explotacion y la corrupcion.

El que no explota es tonto.

Yo no he podido pertenecer nunca al número de los imbéciles.

Si me he dejado explotar ha sido para sacar partido de la explotacion.

En cuanto á la conciencia, no he tenido para qué ocuparme de ella.

La conciencia no sirve para nada, y estorba para todo.

En cuando al estómago, me lo he blindado.

Es decir, le he puesto en condiciones de digerir todo lo más repugnante.

Por consecuencia, me iba decidiendo por doña Emerenciana como ella era, con peluca y sin dientes, y con su armadura postiza.

Es más.

Me iba pareciendo deliciosa.

Me iba enamorando de ella.

Noté que doña Emerenciana estaba disgustada y como pesarosa de haberme llevado allí.

Todas aquellas señoras, jóvenes y viejas, me comian con los ojos.

Particularmente las dos estantiguas de la casa.

Esto es, la mujer y la cuñada del ex-ministro, dueño de la casa.

Se habian puesto una á cada lado de mí.

Me comian á miradas.

Me agoviaban á preguntas.

Yo no sabia qué contestar.

Estaba á oscuras.

Conocian á la familia de doña Emerenciana.

Yo me veia obligado á apurar mi ingénio.

Afortunadamente allá, á las ocho y media, llegó el amo de la casa.

En el profundo, en el servil respeto con que le saludaron ellas y ellos, hubiera comprendido cualquiera, sin saber su nombre, que se trataba de un personaje importantísimo.

Don F... se dirigió ávidamente á mí.

Me estrechó la mano.

Me sonrió.

Se sentó con la mayor confianza á mi lado.

Echó un brazo sobre el respaldo de mi silla.

Cruzó las piernas, la una sobre la otra, y tomó una actitud de un estilo particular.

Esto hizo que mi soberbia creciese.

Cuando aquel alto pícaro me trataba de una manera tan familiar, podia suponerse que él creia que yo podia servirle para mucho.

Me dí importancia.

Al fin el hombre público me llamó á su gabinete.

Le leí mi artículo.

Durante la lectura manifestó su complacencia y su admiracion repetidas veces.

--Hé aquí que tenemos todo un hombre,--me dijo cuando hube concluido;--bastarán algunas supresiones ligeras, algunas líneas adicionadas al fin; usted aprenderá pronto.

Dejó el artículo encima de su mesa de despacho.

Pasamos al comedor.

La comida fué expléndida.

Sibarítica.

Resultados fecundos de la política.

Los políticos comen bien.

Durante la comida estuve entre la esposa y la cuñada del grande hombre.

En la rodilla izquierda sentia una rodilla aguda: era la de la ex-ministra.

En la de la derecha experimentaba la sensacion de otra aguda rodilla: la de la cuñada del ex-ministro.

Tenia la pierna derecha extendida, y sentí en el pié una ligera presion, que no fué la última.

Miré.

Otra ex-ministra, lánguida, ya entrada en años, pera con magníficos ojos, magníficos rizos y abundantes protuberancias, estaba sentada frente á mí, y me miraba de una manera vaga, casi imperceptible, como diciéndome:

--Ese que sientes es mi pié.