La vida en los campos: novelas cortas
Part 8
En las hermosas noches de verano, cuando relucían las estrellas sobre la jara también, y el campo estaba todo negro como la lava, "Malpelo", cansado de la larga jornada de trabajo, se tumbaba sobre el saco, cara al cielo, a gozar de aquella quietud y aquella alta luminaria; por eso odiaba las noches de luna, en que el mar hormiguea de chispas y el campo se dibuja aquí y allá vagamente -- porque entonces la jara parece más árida y desolada.
"Para nosotros, que estamos hecho a vivir bajo tierra -- pensaba "Malpelo" --, debía estar obscuro siempre por todas partes."
La lechuza graznaba sobre la jara, vagando de aquí para allá; él pensaba:
"También la lechuza siente a los muertos que están bajo tierra, y se desespera porque no los encuentra."
El "Rana" tenía miedo de las lechuzas y de los murciélagos; pero "Malpelo" le regañaba, porque el que está obligado a vivir solo no debe tener miedo de nada, y ni el burro romero tenía miedo de los perros que lo mondaban, ahora que sus carnes no sentían va el dolor de los mordiscos.
-- Tú estabas hecho a trabajar en los tejados como los gatos -- le decía --, y entonces era otra cosa. Pero ahora que te toca vivir bajo tierra como los ratones, no hay que tener miedo de topos ni murciélagos, que son ratones viejos con alas y están muy a gusto en compañía de los muertos.
El "Rana", por el contrario, experimentaba un gran placer en explicarle lo que hacían las estrellas allá arriba, y le contaba que allá arriba estaba el paraíso donde van los muertos que han sido buenos y no han dado disgustos a sus padres. "¿Quién te lo ha dicho?" -- preguntaba "Malpelo" --, y el "Rana" respondía que se lo había dicho su madre.
Entonces, "Malpelo" se rascaba la cabeza, y sonriendo, le hacía un guiño de chiquillo malicioso que está al cabo de la calle.
-- Tu madre te dice eso porque en vez de pantalones debieras llevar sayas.
Y después de haber reflexionado un tanto:
-- Mi padre era bueno y no le hacía daño a nadie; tanto que le llamaban "Bestia". Por eso está enterrado y han encontrado las herramientas, las botas y estos pantalones que llevo puestos.
De allí a poco, el "Rana", que enflaquecía de tiempo atrás, enfermó de suerte que por la noche lo sacaban de la mina en el burro, tumbado entre las aguaderas, temblando de fiebre como un pollo mojado. Un obrero dijo que aquel muchacho _no haría los huesos duros en el oficio_, y que para trabajar en una mina sin dejar el pellejo había que nacer en ella. "Malpelo", entonces, sentíase orgulloso de haber nacido allí y de seguir tan fuerte y tan sano en aquel ambiente mefítico y con todos aquellos trabajos. Cargaba con el "Rana" a cuestas y le daba ánimos a su manera, regañándole y pegándole. Pero una vez, al pegarle en la espalda, al "Rana" le dió un vómito de sangre; entonces, "Malpelo", espantado, se afanó en buscarle en la nariz y dentro de la boca lo que le había hecho, jurando que no podía haberle hecho tanto daño tal como le había pegado; y para demostrárselo se daba de puñadas en el pecho y en los riñones con una piedra. Es más: un obrero allí presente le descargó un puntapié, que resonó como en un tambor, y "Malpelo" no se movió, y sólo, luego que el obrero se fué, añadió:
-- ¿Lo ves? ¡No me ha hecho nada! ¡Y te juro que ha pegado más fuerte que yo!
Entre tanto, el "Rana" no se curaba y seguía escupiendo sangre y teniendo fiebre todos los días. Entonces "Malpelo" cogió unos cuartos del jornal de la semana para comprarle vino y potaje caliente, y le dió sus pantalones casi nuevos, que le abrigaban más. Pero el "Rana" tosía continuamente y algunas veces parecía ahogarse; luego, por la noche, no había manera de vencer el temblor de la fiebre, ni con sacos, ni tapándole con paja, ni poniéndole junto al fuego. "Malpelo" se estaba callado e inmóvil, inclinado sobre él, con las manos en las rodillas, mirándole fijamente con los ojos muy abiertos, como si quisiera retratarlo, y cuando le oía quejarse en voz baja y le veía aquella cara jadeante y aquellos ojos apagados, lo mismo que los del burro "romero" cuando respiraba anhelante bajo la carga al subir el sendero, murmuraba:
-- ¡Mejor es que te mueras pronto! ¡Si tienes que sufrir de este modo, mejor es que te mueras!
El amo decía que "Malpelo" era capaz de aplastarle la cabeza al chico, y que había que vigilarlo.
Al cabo, un lunes, el "Rana" ya no fué a la mina, y el amo se frotó las manos, porque en el estado a que se veía reducido servía más de estorbo que de otra cosa. "Malpelo" se enteró de donde vivía y el sábado fué a verle. El pobre "Rana" estaba más con un pie en el otro mundo que en éste; su madre lloraba y se desesperaba, como si su hijo fuese de esos que ganen diez liras a la semana.
"Malpelo" no podía comprender tal y preguntóle al "Rana" por qué gritaba su madre de aquella manera, siendo así que hacía dos meses que no ganaba ni lo que comía. Pero el pobre "Rana" no le hacía caso; parecía contar las vigas del techo. Entonces "Malpelo" se dió a pensar que tal vez la madre del "Rana" chillase de aquella manera porque su hijo siempre había sido débil y enfermizo, y lo había tenido como a esos mamoncillos que no se destetan nunca. El, por el contrario, estaba fuerte y sano, tenía _mal pelo_, y su madre nunca había llorado por él, porque no había tenido nunca miedo a perderlo.
Poco después dijeron en la mina que el "Rana" se había muerto, y pensó que la corneja graznaba por él por las noches, y volvió a ver los huesos mondados del "romero" en el barranco donde solía ir con el "Rana". Ahora ya no quedaban del "romero" sino los huesos desparramados, y lo mismo sucedería con el "Rana". Su madre se secaría los ojos, que también la madre de "Malpelo" se los había secado luego de muerto maese Misciu, y ahora se había casado otra vez, e íbase a vivir a Cifali con su hija la casada, y habían cerrado la casa. De ahora en adelante, si le pagaban, a ellos nada les importaba, y a él tampoco, que cuando estuviese como el "romero" o como el "Rana", ya no sentíría nada.
Por entonces fué a trabajar a la mina uno a quien nunca se le había visto por allí y que se estaba escondido lo más que podía. Los otros obreros decían que se había escapado de la cárcel y que si le cogían volverían a encerrarle años y años. "Malpelo" supo entonces que la cárcel era un sitio donde metían a los ladrones y bribones como él y los tenían siempre encerrados allí dentro con guardias de vista.
Desde aquel momento experimentó una malsana curiosidad por aquel hombre que había probado la cárcel y se había escapado de ella. Luego de unas cuantas semanas, el fugitivo declaró redondamente que estaba cansado de aquella vida de topo, y que prefería estar en la galera toda la vida; que el presidio, en comparación de aquella, era un paraíso, y que a él se volvería por su pie.
-- Entonces, ¿por qué todos los que trabajan en la mina no hacen que les metan en la cárcel? -- preguntó "Malpelo".
-- Porque no tenemos _mal pelo_ como tú -- respondió el "Patojo" --. ¡Pero descuida, que tú irás y allí dejarás los huesos!
Por el contrario, "Malpelo" dejó sus huesos en la mina, lo mismo que su padre, pero de diferente manera. Cierta vez había que explorar un paso de comunicación con el pozo grande de la izquierda, hacía el valle, y si la cosa resultaba bien, se economizaba la mitad de la mano de obra en la excavación de arena. Pero, de todas suertes, había el peligro de perderse y no volver nunca más. Así pues, ningún padre de familia quería aventurarse, ni habría consentido que se arriesgase a ello ninguno de su sangre por todo el oro del mundo.
"Malpelo" no tenía ni siquiera quien cobrarse todo el oro del mundo por su pellejo, aunque su pellejo hubiese valido tanto; así que pensaron en él. Al echar a andar se acordó del minero perdido años y años, y que aun camina en la obscuridad clamando socorro sin que nadie pueda oírlo. Pero no dijo nada. ¿De qué le habría servido? Cogió las herramientas de su padre, el pico, la zapa, la linterna, el saco del pan, la botella del vino, y se marchó; nunca más se volvió a saber nada de él.
Así se perdieron incluso los huesos de "Malpelo", y los chicos de la mina bajan la voz cuando hablan de él en el subterráneo: que tienen miedo de verle aparecer ante ellos con su pelo rojo y sus ojillos grises.
LA QUERIDA DEL "ABROJO"
(L' amante di Gramigna.)
_A Salvador Farina_.
Querido Farina: He aquí no un cuento, sino un esbozo de cuento. Al menos tendrá el mérito de ser brevísimo e histórico -- un documento humano, como ahora se dice --, que tal vez te interese a ti y a todos los que estudian en el gran libro del corazón. Te lo referiré tal como lo he recogido por los senderos campesinos, con las mismas sencillas y pintorescas palabras sobre poco más o menos de la referencia popular, y tú preferirás ciertamente encontrarte frente a frente con el hecho desnudo y escueto, sin buscarlo entre líneas del libro, a través de la lente del escritor. El simple hecho humano hará pensar siempre; tendrá siempre esa realidad de lo _sucedido_, de las lágrimas verdaderas, de las calenturas y sensaciones que han tomado carne. El misterioso proceso en que se acuerdan, se entrelazan, maduran y se desenvuelven las pasiones en su camino subterráneo, en su ir y venir, que parecen a veces contradictorios, constituirá por mucho tiempo aún el poderoso atractivo del fenómeno psicológico que forma el argumento de un cuento, y que el moderno análisis se esfuerza en estudiar con científico escrúpulo. De lo que hoy te refiero te diré únicamente el punto de partida y el punto de llegada; a ti te bastará, y espero que algún día baste para todo el mundo.
Nosotros rehacemos el proceso artístico a que debemos tantos momentos gloriosos, con diferente método más minucioso y más íntimo. Sacrificamos de grado el efecto de la catástrofe, al desarrollo lógico, necesario, de las pasiones y los hechos a la catástrofe, menos imprevista de esta suerte, tal vez menos dramática, más no menos fatal. Somos más modestos, si no más humildes; pero la exposición de este enlace obscuro entre causas y efectos no será ciertamente menos útil al arte del porvenir. ¿Se llegará nunca a tal perfeccionamiento en el estudio de las pasiones que sea inútil proseguir el estudio del hombre interior? La ciencia del corazón humano, que será fruto del arte nuevo, desarrollará de tal modo y tan generalmente todas las virtudes de la imaginación, que en el porvenir las únicas novelas que se escriban sean simples _sucesos?_
Cuando la afinidad y cohesión entre cada parte de la novela sea tan completa que el proceso de su creación quede en el misterio, como el desenvolvimiento de las pasiones humanas, y la armonía de sus formas tan perfecta, tan evidente la sinceridad de sus realidad, su modo y razón de existir tan necesarios, que la mano del artista quede absolutamente invisible, entonces tendrá el sello del suceso real, la obra de arte parecerá que _se han creado por sí misma_, haber madurado y surgido espontáneamente, como un hecho natural, sin conservar ningún punto de contacto con sus actos, sin mancha alguna del pecado original.
Hace ya algunos años, allá por el Limeto, andaban a caza de un bandido, cierto "Abrojo", si no yerro el nombre, maldito como la hierba que lo lleva, quien de punta a punta de la provincia habría dejado tras de sí el terror de su fama. Carabineros y soldados, incluso de caballería, seguíanle dos meses hacía, sin haber logrado echarle mano; iba solo, pero valía por diez, y la mala planta amenazaba multiplicarse. Por añadidura, se acercaba el tiempo de la siega, abandonada la cosecha en manos de Dios, que los propietarios no se arriesgaban a salir del pueblo por miedo al "Abrojo", de suerte que las quejas eran generales. El prefecto mandó llamar a todos aquellos señores de la comisaría, carabineros y gentes de la compañía de armas, y hete luego en movimiento patrullas y escuadrillas por todos los barrancos y detrás de cada tapia; iban batiéndole como a una fiera por toda la provincia, de día, de noche, a pie, a caballo, con el telégrafo. Pero el "Abrojo" se les escurría de entre las manos y contestaba a escopetazos si le pisaban demasiado los zancajos. En los campos, en los pueblos, por las haciendas, bajo los emparrados de las tabernas, en los lugares de reunión, no se hablaba sino de él, del "Abrojo", de aquella caza encarnizada y aquella desesperada fuga. Los caballos de los carabineros reventaban de cansancio; los de la compañía de armas se tiraban rendidos en el suelo, por las cuadras; las patrullas dormían de pie; sólo el "Abrojo" no se cansaba nunca, ni nunca dormía, luchando siempre, trepando por los precipicios, arrastrándose entre las mieses, corriendo agazapado en la espesura de las chumberas, gateando como un lobo por los lechos secos de los torrentes. En doscientas millas de la redonda corría la leyenda de sus gestas, de su valor, de su fuerza, de aquella desesperada lucha de él solo contra mil, cansado, hambriento, abrasado por la sed, en la inmensa y achicharrada llanura, bajo el sol de junio.
Pepa, una de las chicas más guapas de Licodia, iba a casarse por entonces con el compadre Finu, "Vela de sebo", que tenía sus buenas tierras y una mula baya en la cuadra, y era un mozo grandote y hermoso como el sol, que llevaba el estandarte de Santa Margarita como si fuese un pilastrón, sin doblarse al peso.
La madre de Pepa lloraba del contento por la mucha suerte que le había tocado a su hija, y se pasaba las horas colocando y revolviendo en el baúl el ajuar de la novia, de ropa blanca "bordada como el de una reina", pendientes que le llegaban a los hombros y anillos de oro para los diez dedos de la mano; tenía cuanto oro pudiera tener Santa Margarita, y por Santa Margarita justamente se iban a casar, que caía en junio, después de la siega del heno. "Vela de sebo", al volver todas las noches del campo, dejaba la mula a la puerta de la Pepa e iba a decirle que los sembrados eran un encanto, si el "Abrojo" no les pegaba fuego, y que las trojes no bastarían para todo el grano de la cosecha; que se le hacían mil años lo que tardaba en llevarse a su mujer a casa, a la grupa de la mula baya. Pero Pepa, un buen día, le dijo:
-- Deja en paz a tu mula, porque yo no quiero casarme.
¡Figúrate el baturrillo! La vieja se tiraba de los pelos, y "Vela de sebo" se quedó con la boca abierta.
Por sí o por no, a Pepa se le había calentado la cabeza por el "Abrojo", sin conocerlo siquiera. ¡Aquél sí que era un hombre! "¿Tú qué sabes? ¿Dónde le has visto?" Nada. Pepa ni siquiera respondía, con la cabeza baja, la cara dura, sin piedad para su madre, que estaba como loca y con los cabellos grises al viento parecía una bruja.
-- ¡Ay! ¡Qué demonio ha venido a hechizarme la hija!
Los comadres, que habían envidiado a Pepa el sembrado próspero, la mula baya y el buen mozo que llevaba el estandarte de Santa Margarita sin doblarse al peso, decían toda clase de historias sobre si el "Abrojo" iba a buscar a la muchacha por la noche a la cocina, y que lo habían visto escondido debajo de la cama. La pobre madre tenía encendida una lámpara a las ánimas del purgatorio, e incluso el cura había ido a la casa de la Pepa a tocarle el corazón con la estola para espantar a aquel diablo del "Abrojo" que se había apoderado de ella.
Pero ella seguía diciendo que ni aun de vista conocía al tal cristiano; pero que pensaba siempre en él, que lo veía en sueños por la noche, y a la mañana se levantaba con los labios ardientes, como él sedienta.
La vieja entonces la encerró en casa para que no volviese a oír hablar del "Abrojo", y tapó todas las rendijas con estampas de santos. Pepa escuchaba lo que decían en la calle, detrás de las estampas benditas, y se ponía pálida y colorada como si el diablo le soplase todo el infierno en la cara.
Al cabo, oyó que habían descubierto al "Abrojo" en las chumberas de Palagonia.
-- ¡Dos horas ha estado haciendo fuego! -- decían --. Hay un carabinero muerto y más de tres de la compañía de armas heridos. Pero le han disparado tal granizada de fusilaría, que esta vez han encontrado un lago de sangre donde ha estado.
Una noche, Pepa se santiguó ante la cabecera de la vieja y huyó por la ventana.
El "Abrojo" estaba en las chumberas de Palagonia -- no habían podido atraparle en aquella madriguera de conejos -- herido, ensangrentado, pálido por el hambre de dos días, abrasado por la fiebre y con la carabina cargada.
Cuando la vió llegar resuelta, por entre los espesos matorrales, a la fosca claridad del amanecer, pensó un momento si disparar o no.
-- ¿Qué quieres? -- le preguntó --. ¿Qué vienes a hacer aquí?
Ella no respondió, mirándole fijamente.
-- ¡Vete! -- dijo él --. ¡Vete, y que Cristo te ayude!
-- Ahora ya no puedo volver a casa -- contestó --; el camino está lleno de soldados.
-- ¡Qué me importa! ¡Vete!
Y la apuntó con la carabina. Como no se movía, el bandido, espantado, se fué a ella mostrándole los puños:
-- Pero ¿estás loca... o eres... una espía?
-- ¡No! -- dijo ella --. ¡No!
-- Bueno, si es así, ve a buscarme una botella de agua al torrente.
Pepa fué sin decir nada, y cuando el "Abrojo" oyó los tiros, se sonrió y dijo entre sí:
-- Esos eran para mí.
Pero poco después vió volver a la muchacha, con la botella en la mano, herida y ensangrentada. Se abalanzó sobre ella, sediento, y luego que bebió hasta faltarle el resuello, le dijo al fin:
-- ¿Quieres venir conmigo?
-- Sí -- dijo ella con la cabeza, ávidamente --; sí.
Y le siguió por montes y valles, hambrienta, medio desnuda, corriendo muchas veces a buscarle una botella de agua y un mendrugo de pan con riesgo de su vida. Se volvía con las manos vacías, en medio de los tiros, su querido, devorado por el hambre y la sed, le pegaba.
Una noche en que había luna y se oía ladrar a los perros, lejos, en la llanura, el "Abrojo" se puso en pie de un brinco y le dijo:
-- ¡Tú quédate aquí, o te mato, como hay Dios!
Ella se quedó pegada a la roca, en el fondo del barranco; él, por el contrario, salió corriendo entre las chumberas. Pero los otros, más avisados, le salían al encuentro precisamente por aquel lado.
-- ¡Alto, alto!
Sonaron unos escopetazos. Pepa, que sólo por él temblaba, le vió llegar herido, arrastrándose apenas, andando a gatas para volver a cargar la carabina.
-- ¡Se acabó! -- dijo --. Ahora me cogen -- y tenía la boca llena de espuma, y los ojos relucientes como de lobo.
Apenas cayó sobre las ramas secas como un haz de leña, los de la campañía de armas se le echaron encima todos a la vez.
Al día siguiente le pasearon por las calles del pueblo en un carro, herido y sangriento. La gente se agolpaba en derredor para verle, y también a su querida, maniatada como una ladrona, ¡ella que tenía tanto oro como Santa Margarita!
La pobre madre de Pepa tuvo que vender todo la ropa blanca del ajuar, los pendientes de oro y los anillos de los diez dedos, para pagar los abogados de su hija y llevársela de nuevo a casa enferma, deshonrada y con el hijo del "Abrojo" a cuestas. En el pueblo nadie volvió a verla. Estaba arrinconada en la cocina como una fiera, y sólo salió cuando su vieja se murió de pena y hubo que vender la casa.
Entonces, de noche, se marchó del pueblo, dejando su hijo en el hospicio, sin mirar atrás siquiera, y se fué a la ciudad, donde le habían dicho que estaba en el "Abrojo" en la cárcel.
Rondaba en torno al tétrico edificio, mirando las rejas, buscando dónde podría estar él, con los esbirros siguiéndole los pasos, insultada y echada de todas partes. Al cabo, supo que su amante no estaba allí ya, que se lo habían llevado a Ultramar, maniatado y con el hatillo a cuestas. ¿Qué hacer? Se quedó donde estaba, a buscarse el pan haciendo algún servicio a los soldados y a los carceleros, como si formase parte ella también de aquel gran edificio tétrico y silencioso. Por los carabineros, que habían cogido al "Abrojo" en la espesura de las chumberas, sentía una especie de ternura respetuosa, algo así como admiración bruta de la fuerza, y estaba siempre por el cuartel, barriendo las salas y limpiando polainas, tanto que "el estropajo del cuartel" la llamaban. Sólo cuando salían para alguna expedición arriesgada, y les veía cargar las amas, se ponía pálida y pensaba en el "Abrojo".
GUERRA DE SANTOS
De pronto, según iba San Roque tan tranquilamente por la calle, bajo su dosel, con los perros alrededor, un gran número de velas encendidas en torno, la banda, la procesión y el cortejo de devotos, sucedió un tiberio, una escapada general, una de todos los diablos: curas que corrían con las sotanas remangadas, trombas y clarinetes por el aire, mujeres que chillaban, la sangre por los arroyos y una lluvia de palos, que caían como peras maduras en las propias barbas de San Roque bendito. Acudieron el pretor, el alcalde, las carabineros; lleváronse los huesos rotos al hospital, los más levantiscos fueron a dormir a la cárcel, el santo volvió a la iglesia a la carrera, más que a paso de procesión, y la fiesta terminó como las comedias de fantoches.
Y todo por envidia de los del barrio de San Pascual, porque aquel año los devotos de San Roque se habían gastado un ojo de la cara para hacer las cosas en grande: fué la banda de la ciudad, se dispararon más de dos mil morteros, y había incluso un estandarte nuevo, todo recamado de oro, que pesaba más de un quintal, según decían, y que en medio de la muchedumbre parecía un ascua de oro mismamente. Todo lo cual atacábales los nervios de los devotos de San Pascual, hasta que a uno de ellos, al cabo, se le le acabó la paciencia y se dió a gritar, pálido de las bilis: "¡Viva San Pascual!". Entonces habían empezado los palos.
Ciertamente que ir a gritar: "¡Viva San Pascual!" en las mismísimas barbas de San Roque era lo que se dice una provocación; es como que le escupan a la puerta de uno, o como el que se divierte pellizcando a la mujer que uno lleva del brazo. En esos casos no valen cristos ni diablos, y se hace caso omiso del poco respeto que se tiene por los demás santos, que, en fin de cuentas, todos son lo mismo. Si es en la iglesia, salen danzando los bancos; si en la procesión, llueven pedazos de cirios como murciélagos, y si en la mesa, vuelan las escudillas.
-- ¡Santo diablo! -- gritaba el compadre Nino, pisoteado y maltrecho --. Quiero yo ver si hay alguien que todavía tenga valor para gritar: "¡Viva San Pascual!"
-- ¡Yo! -- respondió furibundo Turi el tundidor, que iba a ser su cuñado, pero que estaba fuera de sí por un puñetazo que le habían dado en la pelea, dejándole medio ciego.
-- ¡Viva San Pascual hasta la muerte!
-- ¡Por amor de Dios! ¡Por amor de Dios! -- gritaba su hermana Saridda, poniéndose entre su hermano y su novio; que los tres habían estado tan de acuerdo hasta aquel momento.
El compadre Nino, el novio, voceaba a modo de escarnio:
-- ¡Viva mi pañal! ¡Viva san pañal!
-- ¡Toma! -- gritó Turi echando espuma por la boca, y los ojos hinchados y lívidos como una berenjena --. ¡Toma! ¡Por San Roque! ¡El del pañal, toma!
Así pues, diéronse de puñetazos, capaces de matar a un buey, hasta que los amigos consiguieron separarlos a fuerza de empujones y patadas. Saridda, enardecida a su vez, gritaba: "¡Viva San Pascual!", y a poco si la emprenden los novios a bofetones, como si hubieran sido ya marido y mujer. Que en tales ocasiones la emprenden padres con hijos, y se separan las mujeres de sus maridos si, por desgracia, una del barrio de San Pascual se ha casado con uno de San Roque.
-- ¡No quiero volver a oír hablar de ese cristiano! -- despotricaba Saridda, muy puesta en jarras, ante las vecinas que le preguntaban por qué se había deshecho la boda --. ¡Ni aunque me lo dieran vestido de oro y plata, ya lo oís!
-- ¡Lo que es por mí, Saridda puede presumir! -- decía por su parte el compadre Nino, mientras le lavaban en la taberna la cara llena de sangre --. En ese barrio de tundidores son todos una partida de pobretes y de holgazanes. Cuando se me ocurrió ir a buscar allí la novia debía estar borracho.