La vida en los campos: novelas cortas

Part 7

Chapter 74,262 wordsPublic domain

Era un día hermoso y cálido en los campos rubios con los setos en flor y las largas hileras verdes de las viñas. Las ovejas brincaban y balaban del contento al sentirse despojadas de toda aquella lana, y en la cocina, las mujeres hacían un buen fuego para cocer las muchas cosas que el amo había llevado para el almuerzo. Los señores, en tanto, esperaban a la sombra de los algarrobos, mandaban tocar tamboriles y cornamusas y bailaban quienes tenían ganas con las mujeres de la hacienda. Jeli, según esquilaba las ovejas, sentía como si dentro de sí, sin saber por qué, le royera una espina, un clavo agudo, una fina tijera que le trabajaba poco a poco peor que un veneno.

El amo había mandado que se sacrificasen dos cabritos, el castrado de un año, unos pollos y un pavo. En suma: quería hacer la cosa en grande, sin ahorros, para hacerles los honores a sus amigos; y mientras todos aquellos animales se retorcían en el dolor, y balaban los cabritos al filo del cuchillo, Jeli sentía que le temblaban las piernas, y de vez en cuando le parecía como si la lana que iba esquilando y la hierba en que brincaban las ovejas se encendieran en sangre.

-- ¡No vayas! -- le dijo a Mara cuando don Alfonso la llamó para que fuese a bailar con los demás --. ¡No vayas, Mara!

-- ¿Por qué?

-- ¡No quiero que vayas! ¡No vayas!

-- ¿Oyes cómo me llaman?

El no dijo más. Se quedó mudo como un muerto, encorvado, como estaba esquilando las ovejas. Mara se encogió de hombros y se fué a bailar. Estaba colorada y alegre, con sus ojos negros que parecían dos estrellas, viéndosele al reír los dientes blancos, reluciéndole sobre mejillas y pecho el oro de sus cabellos, lo mismo que la Virgen "talmente". Jeli se irguió de pronto, empuñando las largas tijeras, tan pálido como su padre el vaquero cuando temblaba con la fiebre junto al fuego en la cabaña. Vió que don Alfonso, con su barba rizada, su chaqueta de velludo y su cadenilla de oro sobre el chaleco, tomaba a Mara de la mano y la invitaba a bailar; le vió que alargaba el brazo, como para estrecharla contra su pecho, y que ella le dejaba hacer; entonces, perdonadle, Señor, ya no vió más y le degolló de un solo tajo, lo mismo que a un cabrito.

Después, según le llevaban ante el juez, atado, rendido, sin que hubiese osado oponer la menor resistencia:

-- ¡Que! -- decía --, ¿tampoco tenía que matarlo?... ¡Si me había quitado mi Mara!

"MALPELO"

(Rosso Malpelo.)

"Malpelo" se llamaba así porque tenía el pelo rojo, y tenía el pelo rojo porque era un chicuelo granujilla y malo que prometía ser un perfecto bribón. De suerte que todos en la mina de arena roja le llamaban "Malpelo"; e incluso su madre, con oírle llamar siempre de aquella manera, casi había olvidado su nombre de pila.

Por lo demás, sólo se le veía el sábado por la noche cuando volvía a casa con los pocos cuartos de la semana; y, dado su _mal pelo_, era de temer asimismo que sustrajera algunos; en la duda, por no errar, la hermana mayor le tomaba la cuenta a pescozones.

Pero el amo de la mina confirmó que los cuartos no eran más; y, en conciencia, eran demasiados para "Malpelo", un chicuelo a quien nadie quería delante de su vista, que todo el mundo huía como un perro roñoso, acariciándole con un puntapié cuando se les ponía a tiro.

Era en verdad feo, torvo, quisquilloso y salvaje. A mediodía, mientras todos lo demás obreros de la mina comían en corro su potaje y tenían su poco de recreo, él iba a acurrucarse con su cestillo entre las piernas, a roer su poco de pan moreno, como los animales sus semejantes; y cada cual le decía lo suyo, motejándole y tirándole piedras, hasta que el capataz le mandaba al trabajo con un puntapié. El engordaba con los golpes y se dejaba cargar mejor que el burro romero, sin osar quejarse. Siempre iba andrajoso y sucio de arena roja: que su hermana se había tomado los dichos y tenía otras cosas en que pensar que en lavarlo los domingos. Esto, no obstante, era más conocido que la ruda por todo Monserrato y la Carvana, tanto, que a la mina donde trabajaban la llamaban la mina de "Malpelo", cosa que al amo le molestaba un poco. En suma: le tenían por caridad y porque maese Misciu, su padre, en aquella mina había muerto.

Había muerto, porque un sábado quiso terminar un trabajo a destajo de un pilastrón dejado anteriormente para sostén del abovedado, y que, una vez que ya no servía, habíalo calculado el amo a ojo en 35 ó 40 carros de arena. Maese Misciu cavaba, por el contrario, desde hacía tres días, y aun le quedaba para la mañana del lunes. Fué un mal negocio; y sólo un tonto como maese Misciu se dejaba engañar por el amo de aquella manera; por eso le llamaban maese Misciu el "Bestia", y era el burro de carga de toda la mina. El pobre diablo dejaba que dijeran, y se contentaba con buscarse el pan con sus brazos, en vez de emplearlos en pelearse con los compañeros. "Malpelo" ponía una cara como si aquellas cosas cayeran sobre sus espaldas, y tan pequeño como era y todo, tenía unos ojos que los demás decían:

-- Anda, que tú no te morirás en la cama como tu padre.

Pero su padre tampoco murió en su cama, pese a ser una buena bestia. El tío Mommu el "Patojo" había dicho que aquel pilastrón no lo quitaba él ni por veinte onzas: tan peligroso era; pero, por otra parte, todo son peligros en las minas, y si se va a hacer caso de todas las tonterías que se dicen, mejor es meterse a abogado.

Así, pues, el sábado por la noche, maese Misciu picaba aún su pilastrón cuando ya el Avemaría había sonado hacía un rato y todos sus compañeros, encendiendo la pipa, se habían marchado, diciéndole que se divirtiera rascando la arena por darle gusto al amo, y recomendándole que no hiciera _la muerte del ratón_. Como estaba acostumbrado a las burlas, no hacía caso, y sólo respondía con el ¡ah, ah!, de sus buenos golpes de zapa, en tanto murmuraba: "¡Este por el pan! ¡Este por el vino! ¡Este por las sayas de la Anuncia!", haciendo así el destajista la cuenta de cómo gastaría los dineros de su contrata.

Fuera de la mina, el cielo hormigueaba de estrellas, y allá arriba, la lamparilla humeaba, girando como una devanadera. El grueso pilastrón rojo, despanzurrado a golpes de zapa, se retorcía y arqueaba como si tuviese dolor de tripas y dijese ¡uy! a su vez. "Malpelo" andaban limpiando el suelo, y ponía sobre seguro el pico, el saco vacío y la botella del vino. El padre, que le quería al pobrecillo decíale: "Echate a un lado", o "¡Ten cuidado!". "Mira si caen de arriba pedruscos o arena roja, y escapa." De pronto, ¡puf!, "Malpelo", que se había vuelto para colocar de nuevo las herramientas en la esportilla, oyó un estruendo sordo, como el que hace la arena traidora cuando se despanzurra toda de una vez, y se apagó la luz.

El ingeniero que dirigía los trabajos de la mina estaba en el teatro aquella noche, y no habría cambiado su butaca por un trono cuando fueron a buscarlo a cuenta del padre de "Malpelo", que había hecho la _muerte del ratón_. Todas las mujerucas de Monserrato chillaban y se golpeaban el pecho anunciando la gran desgracia que había caído a la comadre Santa, la única, pobrecilla, que no decía nada, castañeteándole los dientes tan sólo como si tuviera la terciana. El ingeniero, cuando le dijeron el cómo y cuándo, que la desgracia había sucedido hacía cerca de tres horas, y que Misciu el "Bestia" debía haber llegado al otro mundo, fué, por descargar la conciencia, con escalas y cuerdas a hacer el agujero en la arena. Pero ¡si, si, cuarenta carros! El "Patojo" dijo que para descombrar el subterráneo lo menos era menester una semana. Había caído una montaña de arena, fina y bien quemada por la lava, que se podía empastar con las manos, y necesitaba el doble de cal. Había para llenar carros y carros semanas enteras. ¡Ah! ¡Si que hizo negocio maese "Bestia"!

Nadie se cuidaba del muchacho, que, arañándose la cara, chillaba como un animal.

-- ¡Toma! -- dijo alguien al cabo --. ¡Si es "Malpelo"! ¿De dónde habrá salido éste ahora?

-- Si está "Malpelo", no escapa con bien...

"Malpelo" no contestaba nada, no lloraba siquiera; cavaba con las uñas en la arena, dentro del agujero; la suerte, que nadie le había visto, y cuando se acercaron con la luz, tenía una cara tan descompuesta, unos ojos tan vidriados y echaba una espuma por la boca, que daba miedo; se le habían arrancado las uñas y le colgaban de las manos ensangrentadas. Cuando quisieron sacarle de allí, fué una cosa seria; porque, no pudiendo arañar ya, mordía como un perro, y tuvieron que agarrarlo de los pelos para sacarlo a viva fuerza.

Volvió, sin embargo, a la mina luego de algunos días, cuando su madre, lloriqueando, le llevó de la mano, porque, a veces, el pan que se come no se puede buscar donde se quiere. Luego, ya no quiso alejarse de aquella galería, y cavaba encarnizadamente, como si cada esportilla de arena se la quitara del pecho a su padre. Muchas veces, según cavaba, se detenía bruscamente, con la zapa en alto, torvo el rostro y extraviados los ojos, y parecía escuchar algo que el diablo le surrase al oído, a través de la montaña de arena caída. Aquellos días estaba más triste, y era peor que de costumbre, tanto que casi no comía, y tiraba el pan al perro, como si no fuese _gracia de Dios_. El pero le quería, porque los perros no miran sino la mano que le da el pan y los golpes. Pero el burro, pobre animal, derrengado y macilento, soportaba todo el desahogo de la maldad de "Malpelo"; le pegaba sin piedad, con el mango de la zapa, y murmuraba:

-- ¡Así reventarás antes!

Después de la muerte de su padre parecía haberle entrado el diablo en el cuerpo, y trabajaba igual que esos búfalos feroces atados por un anillo de hierro a las narices. Sabiendo que era de _mal pelo_, procuraba ser lo peor posible; y si sucedía una desgracia, ya que un obrero perdiera las herramientas, que un burro se rompiera una pata o que se hundiera un trozo de galería, se sabía siempre que había sido él; y en efecto: él cargaba con los golpes sin protestar, igual que hacen los burros, que enarcan el lomo y siguen con su tema. Con los demás chicos era lo que se dice cruel, y parecía como si quisiera vengar en los débiles todo el mal que se imaginaba que los demás le habían hecho a él y a su padre. A la verdad, experimentaba un extraño deleite en recordar uno por uno los malos tratos que habían hecho pasar a su padre y el modo como le habían dejado reventar; y cuando estaba solo, murmuraba: "¡También conmigo hacen lo mismo! ¡A mi padre le llamaban "Bestia" porque no hacía lo que yo!" Y cierta vez que pasaba el amo, acompañándole con una mirada torva: "¡Ha sido él! ¡Por treinta y cinco tarjas!" Y otra, a espaldas del "Patojo": "¡También éste! ¡También éste se reía, que yo le oí aquella noche!"

Por un refinamiento de maldad, parecía haber tomado bajo su protección a un pobre chico que de poco tiempo atrás trabajaba en la mina, y que, por efecto de una caída desde un puente, se había dislocado el fémur y no podía hacer de peón. El pobrecillo, cuando llevaba su esportilla de arena a cuestas, renqueaba de un modo que le habían puesto de mote el "Rana"; pero trabajando bajo tierra, rana y todo, se ganaba su pan. "Malpelo", a cuanto decían, le daba también del suyo para darse el gusto de tiranizarlo.

En efecto: le atormentaba de mil maneras; le pegaba sin motivo, sin misericordia; y si el "Rana" no se defendía, le pegaba más fuerte, con mayor encarnizamiento, diciéndole:

-- ¡Mira que eres bestia! ¡Si no tienes valor para defenderte de mí, que no te quiero mal, quiere decirse que te dejarías pisotear de todo el mundo!

Y si el "Rana" se limpiaba la sangre que echaba por la boca y narices:

-- A ver si así, cuando te escueza el dolor de los porrazos, aprendes a darlos tú.

Cuando veía un burro cargado por la áspera subida del subterráneo, hincando los cascos, agobiado por el peso, anhelante, muerta la mirada, le pegaba sin misericordia con el mango de la zapa, y los golpes sonaban secos sobre las canillas y las costillas. A veces, el animal se doblaba a los golpes; pero exhausto de fuerzas, no podía dar un paso y se caía sobre las rodillas; había uno tantas veces caído, que tenía dos mataduras en los manos. "Malpelo" solía decirle al "Rana":

-- Al burro se le pega porque él no puede pegar; que si pudiera, nos pisotearía y nos arrancaría la cara a mordiscos.

O también:

-- Si tienes que dar moquetes, da todo lo fuerte que puedas; que así los demás tendrán miedo y esos menos caerán sobre ti.

Con el pico y el azadón trabajaba con tal encarnizamiento, que parecía que la tenía tomada con la arena, dando una y otra vez, apretando los dientes, con los mismos ¡ah, ah! de su padre.

-- La arena es traidora -- decíale al "Rana" en voz baja --; se parece a todos esos que, si eres más flojo, te pisan la cabeza, y si eres más fuerte o estás con muchos, como el "Patojo", se dejan vencer. Mi padre no daba a nadie más que a la arena; por eso le llamaron "Bestia", y la arena se lo comió a traición, porque era más fuerte que él.

Siempre que le tocaba al "Rana" un trabajo harto pesado, y el chico lloriqueaba como una mujerzuela, "Malpelo" le daba un empujón y le regañaba: "¡Calla, pulga!" Y si el "Rana" no cejaba, le echaba una mano, diciéndole con cierto orgullo: "¡Déjame; yo soy más fuerte que tú!" O le daba su media cebolla y él se contentaba con comer el pan seco, encogiéndose de hombros y añadiendo: "Yo estoy acostumbrado".

Estaba acostumbrado a todo: a los pescozones, a los puntapiés, a los golpes de mango de azada, de cincha de albarda, a verse injuriado y escarnecido por doquier, a dormir sobre las piedras, rompiéndose los brazos y los riñones en catorce horas seguidas de trabajo; incluso a ayunar estaba acostumbrado cuando el amo le castigaba quitándole el pan y el potaje. Decía que la ración de golpes nunca se la había quitado el amo, pero que los golpes no cuestan nada. No se quejaba, sin embargo, y se vengaba a hurtadillas, a traición, en uno de aquellos inventos verdaderamente endiablados; por eso caíanle encima todos las castigos aunque él no fuera el culpable. Como si no había sido, era muy capaz de serlo, no se justificaba nunca; por lo demás, habría sido inútil. Algunas veces, cuando el "Rana" todo asustado le conjuraba, llorando, a que dijese la verdad y se disculpase, repetía:

-- ¿Y para qué? ¡Yo soy de _mal pelo_!

Y nadie pudo nunca decir si aquel agachar la cabeza y encorvar la espalda era efecto de fiero orgullo o de desesperada resignación, que no se sabía tampoco si era salvaje o tímido. Lo cierto era que ni aun su madre había probado nunca una caricia suya, y que, por lo tanto, no se las hacía ella tampoco.

Los sábados por la noche, apenas llegaba a su casa, con aquella cara sembrada de pecas y de arena roja y aquellos harapos que le colgaban por todas partes, su hermana agarraba el mango de la escoba al verle aparecer de aquella catadura, que haría echar a correr a su galán si veía con qué gente iba a emparentar; la madre siempre estaba en casa de ésta o aquella vecina, y él íbase, por lo tanto, a acurrucarse en su jergón como un perro enfermo. Por eso los domingos, cuando todos los demás chicos del pueblo se ponían la camisa limpia para ir a misa o para retozar en el corral, no había mejor fiesta para él que andar errante por los caminos de los huertos a cazar lagartijas u otros pobres bichos que nada le habían hecho, o a agujerear los setos de chumberas. Además, las burlas y pedradas de los otros chicos no le gustaban.

La viuda de maese Misciu estaba desesperada con aquel hijo desharrapado, y el chico iba como esos perros que, a fuerza de darles golpes y pedradas unos y otros, acaban metiendo el rabo entre las piernas y escapando apenas ven un ser viviente, hasta que se queden hambrientos, pelados y salvajes como lobos. Al menos, bajo tierra, en la mina de arena, feo, andrajoso y sucio como era, no se burlaban ya de él, y parecía hecho para el oficio, incluso por el color del pelo y aquellos ojos del gato, guiñados si veían el sol. Así están los burros que trabajan en las minas años y años sin salir nunca, y en los subterráneos donde el pozo de entrada está a pico, se los baja con cuerdas y allí se quedan mientras viven. Son burros viejos, es verdad, comprados por doce y trece liras, cuando los van a llevar al pellejero a que los cuelgue; pero para el trabajo que allí abajo han de hacer son todavía buenos; y "Malpelo", ciertamente, no valía más; si salía de la mina los sábados por la noche, era porque tenía manos para trepar por la cuerda y tenía que ir a llevarle a su madre el jornal de la semana.

Ciertamente que habría preferido ser peón como el "Rana", y trabajar cantando en los puentes, arriba, al azul del cielo, dándole el sol en las espaldas; o de carretero, como el compadre Gaspar, que iba a recoger la arena de la mina tambaleándose somnoliento sobre las varas del carro, con su pipa en la boca, y andaba todo el día por los caminos; y mejor aún habría querido ser labrador, para pasarse la vida en los campos verdes, bajo los espesos algarrobos y el mar azul allá a lo lejos, y sobre su cabeza, el canto de los pájaros. Pero era aquél el oficio de su padre, y en aquel oficio había nacido él. Y pensando en todas estas cosas, contábale al "Rana" lo del pilastrón que se le había caído encima a su padre, y dábale arena fina y quemada al carretero que iba a cargar con su pipa en la boca, tambaleándose sobre las varas, y le decía que cuando acabasen de cavar encontrarían el cadáver de su padre, que debía de tener unos calzones de fustán casi nuevos. El "Rana" tenía miedo, pero él no. Pensaba que había estado siempre allí, desde chico, viendo aquel agujero negro que se ahondaba bajo tierra, adonde su padre solía conducirlo de la mano. Entonces tendía los brazos a derecha y izquierda y describía cómo se extendía bajo sus pies, hasta el infinito, el intrincado laberinto de galerías por aquí y por allá, hasta donde se veía la jara negra y desolada, sucia de retamas carbonizadas, y cómo habíanse quedado allí tantos hombres aplastados o perdidos en la obscuridad, que ha tantos años andan y andan sin poder descubrir la espiral del pozo por donde han entrado y sin oír los gritos desesperados de sus hijos, que los buscan inútilmente.

Pero cierta vez que llenando uno de las esportillas se descubrió una bota de maese Misciu, tomóle tal temblor que tuvieron que sacarle al aire libre con las cuerdas, como a un burro que estuviese para estirar la pata. No se pudieron encontrar, sin embargo, ni los pantalones, casi nuevos, ni los restos de maese Misciu, si bien los prácticos afirmaron que aquel debía ser el lugar preciso donde se le cayó encima el pilastrón; un obrero, nuevo en el oficio, observó curioso cuán caprichosa era la arena que había desbaratado al "Bestia", tirando las botas por un lado y los pies por otro.

Desde que se encontró la bota, tomóle a "Malpelo" tal miedo a ver aparecer entre la arena roja el pie desnudo de su padre, que no quiso volver a dar ni un solo azadonazo, aunque le dieran a él con la zapa en la cabeza. Se fué a trabajar a otra parte de la galería y no quiso volver ya por aquel sitio. Dos o tres días después descubrieron, en efecto, el cadáver de maese Misciu, con los pantalones puestos y tumbado boca abajo, que parecía embalsamado. El tío Mommu observó que había debido padecer mucho para acabar, porque el pilastrón se le había caído encima y le había enterrado vivo; aun ahora se podía ver que maese "Bestia" había intentado salvarse cavando en la arena, porque tenía las manos laceradas y las uñas rotas.

-- Lo mismo que su hijo "Malpelo" -- repetía el "Patojo" --: él cavaba aquí, mientras su hijo cavaba arriba.

Pero nada le dijeron al muchacho, porque sabían cuán malo y vengativo era.

El carretero se llevó el cadáver de maese Misciu del mismo modo que cargaba la arena sobrante y los huesos muertos, que esta vez, además del hedor del cadáver, se trataba de un compañero, _carne bautizada_. La viuda achicó los pantalones y la camisa y se los arregló a "Malpelo", que se vió vestido casi de nuevo por primera vez. Sólo las botas fueran guardadas para cuando creciese, porque no se podía achicarlas y el novio de su hermana no quiso las botas del muerto.

"Malpelo" alisaba sobre sus piernas aquellos pantalones de fustán casi nuevos, y le parecían suaves dulces como las manos de su padre, que, aunque rudas y callosas, solían acariciarle los cabellos. Las botas las tenía colgadas de un clavo sobre el jergón, cual si fuesen las pantuflas del Papa; y los domingos las cogía, les daba lustre y se las probaba; luego las ponía en el suelo, una junto a otra, y se quedaba mirándolas, de codos sobre las rodillas y la barba en las manos, horas enteras, revolviendo quién sabe qué pensamientos en aquel caletre.

¡"Malpelo" tenía unas ideas muy extrañas! Como había heredado también el pico y la zapa, los utilizaba, aunque eran harto pesados para su edad, y cuando le preguntaban si quería venderlos, que se los pagarían como nuevos, contestaba que no. Su padre les había puesto el mango tan liso y reluciente con sus manos, él no habría podido hacerse otros más lisos y relucientes que aquéllos, ni aun trabajando doscientos años.

Por entonces se murió, a fuerza de años y de trabajo, el burro "romero", y el carretero fué a tirarlo lejos en la jara.

-- Así se hace -- murmuraba "Malpelo" --; lo que no sirve, se tira.

Iba a ver a carroña del "romero" en el fondo del barranco, y llevaba también a la fuerza al "Rana", que no quería ir; "Malpelo" le decía que en este mundo hay que acostumbrarse a ver frente a frente todo, lo feo y lo bonito, y miraba con ávida curiosidad de chiquillo los perros que corrían de todas las haciendas de los alrededores a disputarse las carnes del "romero". Los canes escapaban aullando cuando aparecían los chicos, y vagaban gañendo por los ribazos de enfrente; pero "Malpelo" no dejaba que el "Rana" los espantase a pedradas.

-- ¿Ves aquella perra negra -- le decía -- que no tiene miedo de tus pedradas? No tiene miedo porque tiene más hambre que los otros. ¡Mira las costillas del "romero"! Ahora ya no sufre.

El burro "romero" estaba tan tranquilo, con las cuatro patas estiradas, y dejaba que los perros se divirtieran vaciándole las cuencas de los ojos y descarnándole sus huesos blancos; los dientes que le desgarraban las entrañas no le hacían estremecerse como cuando le acariciaban las ancas a badilazos para darle un poco de fuerza para subir el áspero sendero. "¡Así anda el mundo!" También el "romero" ha sufrido sus golpes de zapa y sus mataduras. También él, cuando se doblaba al peso o le faltaba el aliento para seguir andando, ponía unos ojos, mientras le pegaban, como si dijera: "¡No más! ¡No más!" Pero ahora le coman los ojos los perros, y él se ríe de los golpes y de las mataduras con esa boca descarnada y toda dientes. Pero si no hubiese nacido, mejor le habría sido.

La jara extendíase melancólica y desierta, hasta donde alcanzaba la vista, subiendo y bajando en picos y barrancos, negra y rugosa, sin un grillo que trinara ni un pájaro que cantase con ella. No se oía nada, ni los golpes de pico de los que trabajaban bajo tierra. Y "Malpelo" repetía siempre que por debajo la tierra estaba toda hueca de galerías por doquier, hacia el monte y hacia el valle; tanto que, una vez, un minero entró de joven y salió con el pelo blanco, y otro, a quien se le apagó la luz, se estuvo gritando socorro años y años.

"Sólo oyó sus propios gritos", decía, y a esta idea, aunque tenía el corazón más duro que la jara, temblaba.

"El amo me mandas lejos muchas veces, a donde los demás tienen miedo de ir. Pero yo soy "Malpelo", y si no vuelvo, nadie me buscará."