La vida en los campos: novelas cortas
Part 2
El hogar doméstico era siempre a mis ojos una figura retórica, buena para encuadrar los afectos más dulces y serenos, como el rayo de luna para besar las rubias cabelleras; pero me sonreía al oír que el fuego de la chimenea es casi un amigo. Parecíame, en verdad, un amigo harto necesario, a las veces fastidioso y despótico, que poco a poco quisiera atarnos de pies y manos y arrastrarnos a su antro humoso para besarnos a la manera de Judas. No se me alcanzaba el pasatiempo de atizar al fuego, ni la voluptuosidad de sentirse inundado por el resplandor de la llama; no comprendía el lenguaje del leño crepitando desdeñoso o rezongando en llamaradas; no tenía acostumbrados los ojos a los caprichosos dibujos de las chispas, corriendo como luciérnagas sobre los ennegrecidos tizones a las fantásticas formas que al carbonizarse asume la leña, a las mil gradaciones de claroscuro de la llama azul y roja, que ora lame tímida o acaricia graciosamente, ora se eleva con orgullosa petulancia. Cuando me inicié en los misterios de las tenazas y el fuelle, me enamoré con grandes transportes de la voluptuosa ociosidad de la chimenea. Abandono pues, mi cuerpo sobre la butaca, junto al fuego, como dejaría un traje, encomendando a la llama el cuidado de hacer que mi sangre circule más cálida y que mi corazón lata con más fuerza, y a las chispas fugitivas que revolotean como mariposas enamoradas el que mantengan abiertos mis ojos, y hagan al par errar caprichosamente mis pensamientos. El espectáculo del propio pensamiento revoloteando vagamente en nuestro derredor, o abandonándonos para correr lejos, e infundir, sin que nos demos cuenta, soplos de dulzura y amargura en el corazón, tiene indefinibles atractivos. Con el cigarro medio apagado, entornados los ojos, las tenazas escapándose de los flojos dedos, vemos venir de lejos una parte de nosotros mismos y recorrer distancias vertiginosas; parécenos que pasen por nuestros nervios corrientes de atmósferas desconocidas; probamos, sonrientes, sin mover un dedo ni dar un paso, el efecto de mil sensaciones que nos harían encanecer y surcarían de arrugas nuestra frente.
Y en una de esas peregrinaciones vagabundas del espíritu, la llama, que se elevaba acaso sobrado cerca, me hizo ver de nuevo otra llama gigantesca, que había visto arder en el hogar inmenso de la hacienda del Pino, en las faldas del Etna. Llovía, y el viento bramaba encolerizado; las veinte o treinta mujeres que recogían la aceituna de la finca hacían humear sus faldas mojadas de la lluvia, ante el fuego; las alegres, las que tenían cuartos en el bolso, o estaban enamoradas, cantaban; las otras charlaban de la cosecha de aceituna, que había sido mala, de las bodas de la parroquia, o de la lluvia que les robaba el pan de la boca. La vieja mayorala hilaba, aunque no fuese más que porque el candil colgado de la campana del hogar no ardiese en balde; el perrazo color de lobo alargaba el hocico sobre las patas hacia el fuego, enderezando las orejas a cada gemido del viento. Luego, en tanto que hervía la sopa, el mayoral se puso a tocar un aire montañés, que se iban los pies tras él, y las mozas empezaron a saltar sobre el inseguro pavimento de la vasta cocina humeante, en tanto el perro rezongaba con miedo de que le pisaran el rabo. Revoloteaban las faldas alegremente, y las habas bailaban a su vez en la olla, murmurando entre la espuma que hacía surgir la llama. Cuando las mozas se cansaron, llególe el turno a las coplas.
-- ¡Nedda, Nedda la cantarina! -- exclamaron varias --. ¿Dónde se ha escondido la cantarina?
-- Aquí estoy -- respondió brevemente una voz desde el más obscuro rincón, donde estaba acurrucada una moza sobre un haz de leña.
-- ¿Qué haces ahí?
-- Nada.
-- ¿Por qué no has bailado?
-- Porque estoy cansada.
-- Cántanos uno de tus cantares.
-- No, no quiero cantar.
-- ¿Qué tienes?
-- Nada.
-- Tiene que su madre se está muriendo -- respondió uno de sus compañeras, como si hubiese dicho que le dolían las muelas.
La moza, que tenía la barba en las rodillas, miró a la que había hablado, con sus ojazos negros, brillantes, pero secos e impasibles, y volvió a bajarlos sin decir palabra, fijos en sus pies desnudos.
Entonces, dos o tres volviéronse hacia ella, mientras las otras se desbandaban charlando todos a la vez como urracas, festejando el rico cebo, y le dijeron:
-- Si es así, ¿por qué has dejado a tu madre?
-- Por encontrar trabajo.
-- ¿De dónde eres?
-- De Viagrande; pero vivo en Ravanusa.
Una de las burlonas, la hija del mayoral, que estaba para casarse por Pascua con el tercer hijo del señor Jacobo, y que tenía una linda crucecita de oro al cuello, le dijo, volviéndole la espalda:
-- ¡No está lejos! ¡Un pájaro te traería la mala noticia!
Nedda le lanzó una mirada semejante a la que el perro acurrucado junto al fuego lanzaba a los zuecos que amenazábanle el rabo.
-- ¡No; el tío Juan habría venido a llamarme! -- exclamó como respondiéndose a sí misma.
-- ¿Quién es el tío Juan?
-- El tío Juan de Ravanusa; todos le llaman así.
-- Mejor habría sido que el tío Juan de prestase algo, y no dejar a tu madre -- dijo otra.
-- El tío Juan no es rico, y ya le debemos diez liras. ¿Y el médico? ¿Y las medicinas? ¿Y el pan de cada día? ¡Ay, se dice muy pronto! -- añadió Nedda moviendo la cabeza y dejando escapar por primera vez una entonación más dolorosa en su voz ruda, casi salvaje -- ¡Pero el ver desde la puerta ponerse el sol, pensando que no hay pan en la alacena, ni aceite en el candil, ni trabajo para el día siguiente, es una cosa muy amarga cuando se tiene a una pobre vieja enferma, sobre aquel camastro!
Y movía la cabeza después de hablar sin mirar a nadie, con los ojos secos, que delataban un dolor inconsciente, cual no sabían expresar los más habituados a las lágrimas.
-- ¡Las escudillas, muchachas! -- gritó la mayorala, destapando la olla con aire triunfal.
Todas se agolparon en torno al hogar, donde la mayorala distribuía con paciente parsimonia el potaje de habas. Nedda esperaba la última, con su escudilla bajo el brazo. Al cabo, hubo sitio para ella también, y la llama la iluminó por entero.
Era una muchacha morena míseramente vestida; tenía esa timidez y tosquedad que dan la soledad y la miseria. Tal vez habría sido guapa si los trabajos y fatigas no hubiesen alterado en ella, no ya las nobles facciones de la mujer, pero incluso la figura humana. Eran sus cabellos negros, espesos, ensortijados, anudados apenas con un cordelillo; tenía unos dientes blancos como el marfil, y cierta grosera simpatía de facciones que hacía atrayente su sonrisa. Sus ojos eran negros, grandes, bañados en azulado flúido, que habríaselos envidiado una reina a aquella pobre muchacha acurrucada en el último escalón de la escala humana, a no estar ensombrecidos por la timidez de la miseria o a no haber parecido estúpidos por una triste y continua resignación. Sus miembros, aplastados por enormes pesos o desarrollado violentamente por penosos esfuerzos, eran toscos sin ser robustos. Hacía de peón cuando no tenía con qué transportar piedras en los terrenos en roturación; llevaba encargos a la ciudad por cuenta ajena o se empleaba en los trabajos más duros, estimados en aquellos lugares como inferiores a la dignidad humana. La vendimia, la siega, la recolección de la aceituna eran para ella fiestas, días de holgorio, un pasatiempo más que un trabajo. Bien es verdad que sacaba apenas la mitad de un buen jornal veraniego de peón, que le daba ¡sus sesenta y cinco céntimos!, los harapos que llevaba por vestido, haciendo grotesca lo que hubiera debido ser belleza femenina. La imaginación más despierta no hubiera podido figurarse que aquellas manos obligadas a un áspero trabajo cotidiano, a raspar entre el hielo o en la tierra ardiente, o en cambrones y grietas; que aquellos pies acostumbrados a andar desnudos sobre la nieve o por las rocas abrasadas de sol, a herirse en los espinos y a encallecerse en las piedras, hubieran podido ser bellos. Nadie era capaz de decir los años que tenía aquella humana criatura; la miseria le había agobiado desde niña con todos los trabajos que deforman y endurecen el cuerpo, el alma y la inteligencia. Tal había sucedido con su madre, con su abuela, y tal hubiera pasado con su hija. De sus hermanos en Eva bastaba que tuviese lo poco que necesitaba para entender sus órdenes y prestarlos los más humildes y duros servicios.
Nedda alargó su escudilla, y la mayorala le echó cuanto de habas quedaban en la olla, que no era mucho.
-- ¿Por qué vienes siempre la última? ¿No sabes que los últimos no tienen más que sobras? -- le dijo a manera de compensación la mayorala.
La pobre muchacha bajó los ojos sobre el caldo negro que humeaba en su escudilla, como si mereciese el reproche, y se fué despacito, para que no se vertiese el contenido.
-- Yo te daría de buena gana de las mías -- díjole a Nedda una de sus compañeras, que tenía mejor corazón--; pero si mañana sigue lloviendo..., ¡la verdad!, no querría, además de perder el jornal, comerme todo mi pan.
-- ¡Yo no tengo ese miedo! -- respondió Nedda con triste sonrisa.
-- ¿Por qué?
-- Porque no tengo pan... Lo poco que tenía se lo he dejado juntamente con unos pocos cuartos a mi madre.
-- ¿Y vives sólo con la sopa?
-- Sí; estoy acostumbrada -- respondió Nedda simplemente.
-- ¡Maldito tiempo, que nos roba el jornal! -- imprecó otra.
-- Toma, toma de mi escudilla.
-- No tengo más hambre -- respondió la cantarina torpemente, a modo de gracias.
-- Tú, que maldices la lluvia de Dios, ¿es que no comes pan tampoco? -- díjole la mayorala a la que había imprecado contra el mal tiempo --. ¿Qué, no sabes que lluvia de otoño quiere decir buen año?
Un murmullo general aprobó estas palabras.
-- Sí; pero entre tanto son ya tres buenos medios jornales que su marido nos quitará de la cuenta de la semana.
Otro murmullo de aprobación.
-- ¿Has trabajado, por un casual, estos tres medios días para que se te paguen? -- respondió triunfalmente la vieja.
-- ¡Es verdad; es verdad! -- respondieron las demás, con ese sentimiento instintivo de justicia de las masas, aun cuando semejante justicia perjudique a los individuos.
La mayorala entonó el rosario; siguiéronse las avemarías con su monótono sonsonete, acompañadas de tal cual bostezo; después de la letanía se rezó por los vivos y por los muertos, y entonces los ojos de la pobre Nedda llenáronse de lágrimas y se olvidó de responder "amén".
-- ¿Qué es eso de no contestar "amén"? -- le dijo la vieja en tono severo.
-- Pensaba en mi pobre madre, que está tan lejos -- balbució Nedda tímidamente.
Luego, la mayorala dió las _santas noches_, tomó el candil y se marchó. Aquí y allá, por la cocina o en torno al fuego se improvisaron las yacijas en forma pintoresca. Las últimas llamas arrojaron vacilantes claroscuros sobre los diversos grupos. Era una buena hacienda aquélla, y el amo no ahorraba, como tantos otros, habas para la sopa, leña para el hogar ni paja para las yacijas. Las mujeres dormían en la cocina, y los hombres, en el henar. Donde el amo es avaro, o pequeña la hacienda, hombres y mujeres duermen revueltos, como mejor pueden, en la cuadra o en otra parte, sobre la paja o sobre unos trapos; los hijos, junto a los padres, y cuando el padre es rico y tiene una manta de su propiedad, la extiende sobre su familia; el que tiene frío se pega al vecino, mete los pies en la ceniza caliente o se tapa con paja, ingeniándose como puede, luego de un día de trabajo, para empezar otro día de trabajo; el sueño es profundo, igual que un déspota benéfico, y la moralidad del amo no desdeña sino el trabajo de la muchacha que, próxima a ser madre, no pudiese cumplir las diez horas.
Antes de ser de día salieron las más madrugadoras a ver qué tiempo hacía, y la puerta, que giraba a cada momento sobre sus goznes, lanzaba ráfagas de lluvia y viento frío sobre los que, ateridos, dormían aún. A los primeros albores, el mayoral fué a abrir la puerta para despertar a los perezosos; que no es justo defraudar al patrón un minuto de las diez horas de jornal, porque para eso paga su buena tarja, y a veces tres carlinos (¡sesenta y cinco céntimos!) a más de la sopa.
¡Llueve!, era la palabra fastidiosa que corría de boca en boca con acento de mal humor. La Nedda, apoyada en la puerta, miraba tristemente los gruesos nubarrones color de plomo, que arrojaban sobre ella las lívidas tintas del crepúsculo. El día era frío y neblinoso; las hojas secas se desprendían, arrastrándose por entre las ramas, y revoloteaban un momento antes de caer en la tierra fangosa; el arroyuelo se empantanaba en un charco, donde se revolcaban voluptuosamente los cerdos; las vacas asomaban el negro hocico a través de la cancela que cerraba el establo, y miraban la lluvia que caía de sus ojos melancólicos; los pájaros, acurrucados bajo las tejas del alero, piaban lastimeramente.
-- ¡Otro día perdido! -- murmuró una de las muchachas, hincándole el diente a un pan negro.
-- Las nubes se separan del mar allá abajo -- dijo Nedda extendiendo el brazo --; hacia mediodía tal vez cambie el tiempo.
-- Pero el tunante del mayoral no nos pagará más que un tercio del jornal.
-- Eso saldremos ganando.
-- Sí; pero ¿y el pan que nos comemos?
-- ¿Y el daño que tendrá el amo de las aceitunas que se estropean y las que se pierdan en el barro?
-- Es verdad -- dijo otra.
-- Pues prueba a coger ni una sola de las aceitunas que se habrán perdido dentro de media hora, para comértelas con tu pan seco, y verás lo que te da de más el amo.
-- ¡Claro, porque las aceitunas no son nuestras!
-- ¡Pero tampoco son de la tierra que se las come!
-- ¡La tierra es del amo! -- respondió Nedda, con lógica triunfante y ojillos expresivos.
-- Eso también es verdad -- contestó otra que no sabía qué responder.
-- Yo, por mi, preferiría que siguiese lloviendo todo el día, antes que pasarme la tarde a gatas, metida en el barro, en este tiempo, por tres o cuatro cuartos.
-- ¡A ti no te hace nada tres o cuatro cuartos! -- dijo Nedda tristemente.
La noche del sábado, cuando llegó la hora de ajustar las cuentas de la semana, ante la mesa del mayoral, llena de papelotes y montones de dinero, a los hombres más alborotados pagóseles primero, después a las mujeres más resueltas, por último, y peor, a las tímidas e débiles. Cuando el mayoral le hizo su cuenta, Nedda vino a saber, que, quitando los dos días y medio de forzado reposo, le quedaban cuarenta cuartos.
La pobre muchacha no osó abrir la boca. Unicamente los ojos se le llenaron de lágrimas.
-- ¡Quéjate además, llorona! -- gritó el mayoral, que gritaba siempre, como mayoral concienzudo que defiende los cuartos del amo --. ¡Después que te pago como a las otras, a pesar de que eres más pobre y más pequeña que las demás, y de que te pago un jornal como ningún amo paga en toda la tierra de Pedara, Nicolosi y Trecastagni, tres carlinos y la sopa!
-- Si no me quejo... -- dijo tímidamente Nedda, guardándose los pocos cuartos que el mayoral, para aumentar su valor, había contado uno por uno --. La culpa ha sido del mal tiempo, que me ha quitado la mitad de lo que habría podido sacar.
-- ¡Pues enfádate con Dios! -- dijo el mayoral ásperamente.
-- Con Dios, no... conmigo, que soy tan pobre.
-- Págale entera su semana a esa pobre muchacha -- dijo al mayoral el hijo del amo, que asistía a la recolección de la aceituna --. Total son muy pocos cuartos de diferencia.
-- No se le debe dar más que lo que es justo.
-- ¡Pero si te lo digo yo!
-- Todos los propietarios de alrededor nos harían la guerra a usted y a mí si "hiciésemos esas novedades".
-- ¡Tienes razón! -- respondió el hijo del amo, que era un rico propietario y tenía muchos vecinos.
Nedda recogió los pocos harapos que eran suyos y dijo adiós a la compañía.
-- ¿Te vas a Ravanusa a estas horas? -- le dijeron algunas.
-- ¡Mi madre está mala!
-- ¿No tienes miedo?
-- Sí; tengo miedo por los cuartos que llevo en el bolsillo; pero mi madre está mala, y como ya no tengo que trabajar aquí, me parece que no podría dormir si me quedase una noche más.
-- ¿Quieres que te acompañe? -- le dijo en son de burla el zagal.
-- Voy con Dios y la Virgen -- contestó simplemente la pobre muchacha, emprendiendo el camino con la cabeza baja.
El sol se había puesto tiempo hacía, y las sombras ascendían rápidamente hacia la cima de la montaña. Nedda andaba ligera, y cuando las tinieblas se hicieron profundas, empezó a cantar como un pájaro asustado. A cada diez pasos volvíase aterrorizada, y cuando una piedra removida por la lluvia resbalaba de una tapia abajo, o el viento le salpicaba la cara a modo de pedrisco con la lluvia recogida en las hojas de los árboles, se detenía temblorosa como una cabra perdida. Un buho la seguía de árbol en árbol, con su canto lastimero, y ella, contenta de la compañía, le hacía el reclamo para que el pájaro no se cansase de seguirla. Cuando pasaba ante una capillita, junto a la puerta de alguna hacienda, se detenía un instante en la vereda para rezar a toda prisa un avemaría, con cuidado de que no se le echase encima, desde la tapia, el perro guardián, que ladraba furiosamente; luego seguía más apresurada, volviéndose dos o tres veces a mirar el farolillo que ardía en homenaje a la santa, alumbrando al propio tiempo al mayoral, cuando volvía tarde del campo. Aquel farolillo le daba ánimos y le hacía rezar por su pobre madre. De cuando en cuando un doloroso pensamiento le encogía el corazón con súbito ahogo, y entonces echaba a correr, cantaba en voz alta para aturdirse, o pensaba en los alegres días de la vendimia, o en las noches de verano, cuando con la luna más hermosa del mundo se volvía del llano saltando tras la cornamusa que sonaba alegremente; mas su pensamiento corría siempre hasta la mísera yacija de su enferma. Tropezó en una esquirla, de lava cortante como una navaja de afeitar, y se hirió un pie; la obscuridad era tan densa, que en las revueltas del sendero la pobre muchacha dábase muchas veces contra una tapia o un seto, y empezaba a perder ánimos y a no saber dónde se encontraba. De pronto, oyó el reloj de Punta, que daba las nueve, tan cerca, que le parecía como si las campanadas cayesen sobre su cabeza. Nedda sonrió como si un amigo la hubiese llamado por su nombre en medio de una muchedumbre de extranjeros.
Tomó alegremente el camino del pueblo, cantando a todo voz su canción, apretando en la mano, dentro del bolsillo del delantal, sus cuarenta cuartos.
Al pasar por delante de la botica, vió al boticario y al notario, que, muy abrigados, jugaban a las cartas. Un poco más allá encontró al pobre loco de Punta, que recorría la calle de un lado a otro, metidas las manos en los bolsillos, canturreando el cantar que desde hace veinte años le acompaña en las noches de invierno y en los mediodías caniculares. Cuando llegó a los primeros árboles de la recta avenida de Ravanusa, topó con una yunta de bueyes, que iban rumiando tranquilamente, con lento paso.
-- ¡Ohé, Nedda! -- gritó una voz conocida.
-- ¿Eres tú, Janu?
-- Sí; yo soy; con los bueyes del amo.
-- ¿De dónde vienes? -- preguntó Nedda sin detenerse.
-- Vengo de la Plana. He pasado por tu caso. Tu madre te está esperando.
-- ¿Cómo está mi madre?
-- Lo mismo.
-- ¡Que Dios te bendiga! -- exclamó la muchacha, como si hubiese tenido peores noticias, y empezó a correr de nuevo.
-- ¡Adiós, Nedda! -- le gritó Janu.
-- Adiós -- balbució de lejos Nedda.
Le pareció que las estrellas brillaban como soles; que los árboles, uno por uno, extendían las ramas para protegerla, y que los guijarros del camino le acariciaban pies doloridos.
Al día siguiente, que era domingo, hubo la visita que el médico concedía a sus enfermos pobres el día que no podía consagrarse a sus haciendas. Una visita triste, en verdad, porque el bueno del doctor no estaba acostumbrado a gastar cumplidos con sus clientes, y en la casucha de Nedda no había antecámara ni amigos a quienes anunciar el verdadero estado de la enferma.
El mismo día se siguió una triste función; fueran el cura con roquete, el sacristán con los Santos Oleos, y dos o tres comadres murmurando no sé qué rezos. La campanilla del sacristán difundía su agudo sonido por los campos, y los carreteros, al oírla, paraban sus mulas en medio del camino y se quitaban la gorra. Cuando Nedda la oyó por la pedregosa senda, tiró de la colcha toda rota de la enferma, para que no se viese que no tenía sábanas, y puso su mejor delantal blanco sobre el cojo velador, afianzado con dos ladrillos. Luego, en tanto el cura cumplía su deber, se arrodilló a la puerta, balbuciendo maquinalmente unas oraciones, mirando como entre sueños aquella piedra ante el umbral en que su viejecica solía calentarse al sol de marzo, y escuchando distraídamente los sólitos ruidos de la vecindad y el vaivén de toda aquella gente, que hacía sus menesteres sin angustias ni penas. El cura se marchó, y el sacristán esperó en vano a la puerta a que le dieron la acostumbrada limosna para los pobres.
El tío Juan vió ya muy tarde aquella noche a Nedda corriendo por el camino de Punta.
-- ¡Eh! ¿Adónde vas a estas horas?
-- Voy por una medicina que ha mandado el médico.
El tío Juan era económico y gruñón.
-- ¡Más medicinas -- murmuró --, después de haber mandado la medicina de la unción! ¡Como que ésos van a medias con el boticario para chuparles la sangre a los pobres. Oye lo que te digo, Nedda, ahórrate esos cuartos y ve a estarte con tu vieja.
-- ¡Quién sabe si le hará bien! -- respondió tristemente la muchacha, bajando los ojos y apretando el paso.
El tío Juan contestó con un gruñido. Luego le gritó:
-- ¡Eh, tú, cantarina!
-- ¿Qué quiere usted?
-- Yo iré a la botica. Iré más de prisa que tú, no lo dudes. Entre tanto, no dejarás sola a tu madre.
A la muchacha se le saltaron las lágrimas.
-- ¡Que Dios le bendiga! -- le dijo, y quiso ponerle el dinero en la mano.
-- Los cuartos me los darás luego -- respondió ásperamente el tío Juan, y se dió a andar con las piernas de sus veinte años.
La muchacha volvió a su casa y le dijo a su madre:
-- Ha ido el tío Juan -- y lo dijo, cual no solía, con voz dulce.
La moribunda oyó el sonido de los cuartos que Nedda dejaba sobre el velador, y la interrogó con los ojos.
-- Me ha dicho que después se los daré -- respondió la muchacha.
-- ¡Que Dios le pague su caridad! -- murmuró la enferma --. Así no te quedarás sin un céntimo.
-- ¡Ay, madre!
-- ¿Cuánto le debemos al tío Juan?
-- Diez liras. ¡Pero no tenga miedo, madre; yo trabajaré!
La vieja la miró largo rato, semiapagada ya la vista, y después la abrazó sin decir palabra. Al día siguiente fueran los enterradores, el sacristán y las comadres. Cuando Nedda hubo colocado a la muerta en el ataúd, con sus mejores ropas, le puso entre las manos un clavel florecido dentro de un puchero roto, y el más lindo mechón de sus cabellos; le dió a los sepultureros los pocos cuartos que le quedaban para que la llevasen con modo y no zarandeasen demasiado a la muerta por la pedregosa senda del cementerio; luego arregló el camastro y la casa, colocó sobre el vasar el último vaso de medicina, y fué a sentarse en el umbral de la puerta, mirando el cielo.