La vida en los campos: novelas cortas

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Transcriber's Note: For textual clarity of the introduction, only titles and emphasized words are in italics.

COLECCIÓN UNIVERSAL

GIOVANNI VERGA

La vida en los campos novelas cortas

La traducción del italiano ha sido hecha por C. Rivas Cherif.

CALPE

MADRID, 1920

"Tipográfica Renovación" (C.A.), Larra, 6 y 8 -- MADRID.

Nacido en Catania en 1840, Giovanni Verga es en la literatura de la _Nueva Italia_ genuino representante de la bravía Sicilia en que vió la luz. Sus primeras obras, influídas del sentimentalismo francés, en que moría el género romántico, muestran ya, sin embargo, uno de los caracteres netos de la personalidad de su autor: la lucha contra el medio ambiente en que viven sus criaturas de ficción. Pero sólo cuando, apartándose decidido de toda transfusión autobiográfica, acepta con entusiasmo la fórmula _verista_ del realismo triunfante en Francia, y con sujeción a ella presenta, en cuadros de un vigor y una pincelada inusitadas a la sazón, el alma de su pueblo, adquiere relieve y prestigio singulares el nombre de Giovanni Verga. Data su primer cuento "siciliano" _Nedda_, incluído luego en la colección que hoy traducimos, de 1874. De diez años después es su célebre _Cavalleria rusticana_, popularizada en Italia en su forma escénica, muy posterior, y que ha corrido el mundo entero en la adaptación musical del compositor Mascagni.

Tienen estas narraciones breves, de concepción casi dramática, todos los precios y deméritos propios de la escuela realista en que Verga profesa, con entusiasmos de neófito a veces, según puede verse en la curiosísima dedicatoria a su contemporáneo el novelista Salvador Farina, con que comienza _L'amante di Gramigna_, aquí incluído.

Figura asimismo en esta serie de _LA VIDA EN LOS CAMPOS_ un boceto, _Fantasticheria_, en que el autor esboza en cuatro pinceladas el paisaje y las figuras que un año más tarde, en 1881, se convirtieron en la novela _I Malavoglia_, traducida por nosotros para este colección con el título de _Los Malasangre_[1]. _La lupa_, segundo cuento de los que hoy ofrecemos, fué asimismo convertido en drama más tarde.

[1] Colección Universal, números 134, 135, 136 y 137.

LA VIDA EN LOS CAMPOS

INDICE

Los rústicos caballeros ("Cavalleria rusticana")

"La loba"

Nedda

Capricho (Fantastichería)

Jeli el pastor

"Malpelo" (Rosso Malpelo)

La querida del "Abrojo" (L' amante di Gramigna)

Guerra de Santos

"Pucherete" (Pentolaccia)

LOS RÚSTICOS CABALLEROS (Cavalleria rusticana.)

Turiddu Macca, el hijo de la "señá" Anuncia, al volver de servir al rey, pavoneábase todos los domingos en la plaza, con su uniforme de tirador y su gorro rojo, que parecía "talmente" el hombre de la buenaventura cuando saca la jaula de los canarios. A las mozas íbanseles tras él los ojos, según entraban en misa, recatadas bajo la mantilla, y los chiquillos revoloteaban como moscas a su alrededor. Había traído hasta una pipa con el rey a caballo, que parecía de verdad, y encendía los fósforos en la trasera de los pantalones, levantando la pierna como si diese un puntapié. Mas, con todo, Lola la del señor Angel no se dejaba ver ni en misa ni en el balcón: que se había tomado los dichos con uno de Licodia que era carretero, y tenía en la cuadra cuatro machos del Sortino. Cuando Turiddu lo supo, en el primer pronto, ¡santo diablo!, quería sacarle las tripas al de Licodia; pero no lo hizo, y se desahogó yendo a cantar bajo la ventana de la bella cuantas canciones de desdenes sabía.

-- ¿Es que no tiene nada que hacer Turiddu, el de la "seña" Anuncia -- decían los vecinos --, que se pasa las noches cantando como un gorrión solitario?

Al cabo, topó con Lola, que volvía del viaje a la Virgen de los Peligros, y que al verle ni palideció ni se puso colorada, cual si nada hubiera pasado.

-- ¡Ojos que te ven!-- le dijo.

-- Hola, compadre Turiddu; ya me habían dicho que habías vuelto a primeros de mes.

-- ¡A mí me han dicho otras cosas! -- respondió --. ¿Es verdad que te casas con el compadre Alfio el carretero?

-- ¡Si es la voluntad de Dios...! -- contestó Lola, juntando sobre la barbilla las dos puntas del pañuelo.

-- ¡La voluntad de Dios la haces con el tira y afloja que te conviene! ¡Y la voluntad de Dios ha sido que yo tenía que venir de tan lejos para encontrarme con tan buenas noticias, Lola!

El pobrecillo intentaba aún dárselas de valiente; pero la voz casi le faltaba e iba tras de la moza contoneándose, bailándole de hombro a hombro la borla del gorro. A ella, en conciencia, le dolía verle con una cara tan larga; pero no tenía ánimos para lisonjearle con buenas palabras.

-- Oye, compadre Turiddu -- le dijo, al fin --, déjame alcanzar a mis compañeras. ¡Qué dirían en el pueblo si me vieran contigo!...

-- Es verdad -- respondió Turiddu --. Ahora que te casas con el compadre Alfio, que tiene cuatro machos en la cuadra, no hay que dar que hablar a la gente. Mi madre, la pobre, ha tenido que vender nuestra mula baya y el majuelillo de la carretera mientras yo era soldado. Pasó el tiempo en que Berta hilaba, y tú ya no te acuerdas de cuando hablábamos por la ventana del corral ni de cuando me regalaste el pañuelo aquél, antes de marcharme, que Dios sabe las lágrimas que lloré en él, al irme tan lejos, tan lejos, que se perdía hasta el nombre de nuestro pueblo. Ahora, adiós, Lola; hagamos cuenta que no hay más que decir, y que si te he visto, no me acuerdo.

La Lola se casó con el carretero, y los domingos se ponía en el corredor, con las manos en el vientre, para enseñar todos los anillos de oro que le había regalado su marido. Turiddu seguía paseando una y otra vez por la calleja, con su pipa en la boca y las manos en los bolsillos, con aire indiferente y guiñándole a las mozas; pero roíale por dentro el que el marido de Lola tuviese todo aquel oro y el que ella fingiese no verle cuando pasaba.

-- ¡Se la voy a hacer en sus mismos ojos a esa perra! -- murmuraba.

Frente por frente al compadre Alfio vivía el señor Colás, el viñador, rico como un cerdo según decían, el cual tenía una hija. Turiddu tanto dijo y tanto hizo, que intimó con el señor Colás, y comenzó a andar por la casa y a decirle palabritas dulces a la muchacha.

-- ¿Por qué no le dices todas esas cosas tan bonitas a la Lola? -- contestaba Santa.

-- ¡La Lola es una señorona! ¡La Lola se ha casado con un rey!

-- Yo no merezco reyes...

-- Tú vales por cien Lolas, y conozco yo a uno que no miraría a la Lola ni al santo de su nombre cuando estás tú, porque la Lola no sirve ni para descalzarte. ¡Qué va a servir!

-- La zorra que no podía alcanzar las uvas...

-- Dijo: ¡qué guapa estás, rica mía!

-- ¡Quietas las manos, compadre Turiddu!

-- ¿Tienes miedo de que te coma?

-- Ni a ti ni a tu Dios tengo miedo!

-- ¡Ya sabemos que tu madre era de Licodia! ¡Tienes sangre de pelea! ¡Uy, te comería con los ojos!

-- Cómeme con los ojos, si quieres, que no me harás migas; pero mientras, carga con este haz.

-- ¡Por ti cargaría yo con la casa entera!

Ella, por no ponerse colorada, le tiró un leño que tenía a mano, y no le dió por milagro.

-- Vamos, despacha, que la charla no gavilla sarmientos.

-- Si fuera rico, Santa, buscaría una mujer como tú.

-- Yo no me casaré con un rey, como la Lola; pero tengo mi dote para cuando el Señor me mande novio.

-- ¡Ya sabemos que eres rica, ya lo sabemos!

-- Pues si lo sabes, despacha, que está para llegar mi padre y no quiero yo que me encuentre en el corral.

El padre empezaba a torcer el gesto; pero la muchacha no se daba por enterada, porque la borla del gorro del tirador le había hecho cosquillas en el corazón y le bailaba continuamente ante los ojos. Como el padre puso a Turiddu en la puerta, la hija le abrió la ventana, y todas las noches estaba de charla con él, que no se hablaba de otra cosa en la vecindad.

-- Estoy loco por ti, y hasta el sueño pierdo y el apetito.

-- Cháchara.

-- ¡Quisiera ser el hijo de Victor Manuel para casarme contigo!

-- Cháchara.

-- Por la Virgen, que como pan te comería!

-- Cháchara.

-- ¡Por mi honra te lo juro!

-- ¡Ay madre mía!

Lola, que lo oía todo, palideciendo y ruborizándose, escondida tras el tiesto de albahaca, un día llamó a Turiddu.

-- ¡Vaya, compadre Turiddu! ¿Es que ya no se saluda a los amigos?

-- ¡Ay! -- suspiró el mozo --. ¡Dichoso el que puede saludarte!

-- ¡Pues si tal intención tienes, ya sabes donde vivo!... -- respondió Lola.

Turiddu volvió a verla con tanta frecuencia, que Santa se enteró y le dió con la ventana en los hocicos. Los vecinos le señalaban con una sonrisa o con un movimiento de cabeza cuando pasaba el tirador. El marido de Lola andaba por las feries con sus mulas.

-- ¡El domingo quiero ir a confesarme, que esta noche he soñado con uvas negras! -- dijo Lola.

-- ¡Déjalo, déjalo! -- suplicaba Turiddu.

-- No, que como se acerca la Pascua, mi marido querría saber por qué no me confieso.

-- ¡Ay! -- murmuraba Santa, la del señor Colás, esperando turno de rodillas ante el confesonario, donde Lola estaba haciendo la colada de sus pecados--. ¡Por mi alma, que no quiero mandarte a Roma en penitencia!

El compadre Alfio volvió con sus mulas, cargado de dineros, y trajo a su mujer un vestido nuevo, muy majo, para las fiestas.

-- Haces bien en traerle regalos -- le dijo su vecina Santa --, ¡porque mientras estás fuera, tu mujer te adorna la casa!

El compadre Alfio era uno de esos carreteros que llevan la montera a la oreja, y al oír hablar de su mujer de aquel modo mudó de color, como si le hubiesen dado una puñalada.

-- ¡Santo diablo! -- exclamó --. ¡Como no hayas visto bien, no os dejo ni ojos para llorar a ti y a toda tu parentela!

-- ¡No acostumbro llorar yo! -- respondió Santa --; ni siquiera he llorado al ver con estos ojos entrar a Turiddu, el de la "seña" Anuncia, en casa de tu mujer...

-- Está bien -- respondió el compadre Alfio --; muchas gracias.

Turiddu, ahora que había vuelto ya el marido, no rondaba de día por la calleja, y distraía el tedio en la taberna con los amigos. La víspera de Pascua tenían sobre la mesa un plato de salchicha, cuando entrando en esto el compadre Alfio, con sólo ver el modo que tuvo de mirarle, comprendió Turiddu que había ido a arreglar cuentas, y dejó el tenador en el plato.

-- ¿Tienes algo que mandar, compadre Alfio? -- le dijo.

-- Nada, compadre Turiddu, sino que hace ya tiempo que no te veo y quería hablarte de lo que sabes.

Turiddu, al pronto, le había ofrecido una copa; pero el compadre Alfio la rehusó con la mano. Entonces Turiddu se levantó y le dijo:

-- Pues aquí me tienes, compadre Alfio.

El carretero le echó los brazos al cuello.

-- Si quieres ir mañana a las chumberas de la Canziria, podremos hablar de nuestro asunto compadre.

-- Espérame en la carretera, al salir el sol, e iremos juntos.

Con estas palabras se dieron el beso de desafío, y Turiddu le mordió la oreja al carretero, haciéndole así promesa solemne de no faltar.

Los amigos, abandonando la salchicha, acompañaron silenciosos a Turiddu hasta su casa. La "señá" Anuncia, la pobrecilla, esperábale hasta tarde todas las noches.

-- Madre -- le dijo Turiddu --, ¿se acuerda cuando me fuí al servicio, que creía usted que ya no iba a volver? Deme un beso muy fuerte como entonces, porque mañana temprano tengo que irme muy lejos.

Antes de ser de día cogió la faca, que había escondido en el heno cuando se marchó soldado, y se puso en camino hacia las chumberas de la Canziria.

-- ¡Jesús María! ¿Adónde vas tan furioso? -- lloriqueaba la Lola a punto de salir su marido.

-- Voy ahí cerca-- respondió el compadre Alfio --; pero mejor te sería que no volviese nunca.

Lola, en camisa, rezaba a los pies de la cama, llevándose a los labios el rosario que le había traído fray Bernardino de los Santos Lugares, cuantas avemarías podía.

-- Compadre Alfio -- comenzó Turiddu luego que hubieron hecho un buen trecho del camino él y su compañero, que iba callado y con la montera sobre los ojos --, como hay Dios que se que no tengo corazón y que me dejaría matar. Pero antes de salir he visto a mi vieja, que se ha levantado para verme marchar, que el pretexto de arreglar el gallinero, como si se lo diera el corazón, y, como hay Dios, que te mataré como perro por no hacer llorar a mi viejecica.

-- Eso está muy bien -- respondió el compadre Alfio quitándose el farseto --; así pincharemos con fuerza los dos.

Ambos eran buenos esgrimidores. Turiddu tiró el primer golpe y alcanzó al otro en un brazo; al repetir, tiró a la ingle.

-- ¡Ah, compadre Turiddu! ¿Es que de veras quieres matarme?

-- Si, ya te lo he dicho; acabo de ver a mi vieja en el gallinero, y me parece tenerla continuamente delante.

-- ¡Pues abre bien los ojos! -- le gritó el compadre Alfio --, porque vas a ir bien servido!

Según estaba en guardia, agachado, para contener la herida que le dolía, y arrastrando casi el codo por el suelo, agarró un puñado de tierra y se lo echó a los ojos al adversario.

-- ¡Ah! -- gritó Turiddu, cegado --, ¡soy muerto!

Intentaba salvarse dando saltos desesperados hacia atrás; pero el compadre Alfio le alcanzó con otro golpe en el estómago y otro en el cuello.

-- ¡Y tres! ¡Este, por haberme adornado la casa! Ahora, tu madre dejará en paz las gallinas.

Turiddu se tambaleó un poco entre las chumberas y cayó luego como una piedra. La sangre le borbotaba espumando en la garganta, y no pudo proferir ni un "¡Ay mi madre!".

"LA LOBA"

Era alta, delgada; tenía, eso sí, un seno firme y vigoroso, de morena -- aunque ya no era joven --, pálida como si tuviera siempre la malaria, y en aquella palidez, unos ojos así de grandes y unos labios frescos y rojos que te comían.

En el pueblo la llamaban "La Loba" porque nunca ni con nada se saciaba. Las mujeres se santiguaban al verla pasar sola como un perro, con aquel andar errante y desconfiado de loba hambrienta; robaba hijos y maridos en un abrir y cerrar de ojos, con sus labios colorados y se los llevaba tras de sus faldas, con aquella mirada de Satanás, aunque estuviesen ante el altar de Santa Agripina. Por fortuna, "La Loba" no iba nunca a la iglesia, ni por Pascua ni por la Navidad, ni a oír misa, ni a confesarse. El padre Angel de Santa María de Jesús, un verdadero siervo de Dios, había perdido el alma por ella.

La pobre Marica, muchacha buena y lista, lloraba a hurtadillas, porque, hija de "La Loba", nadie la quería por mujer, a pesar de tener su ropita en la cómoda y sus cuatros terrones como cualquier otra moza del pueblo.

Un buen día, "La Loba" se enamoró de un guapo mozo que había vuelto del servicio y que segaba el heno con ella en los prados del notario; pero lo que se dice enamorarse, sentir que le ardían las carnes bajo el fustán del corpiño y tener al mirárle a los ojos la sed de las cálidas tardes de junio, en medio del llano. Pero él seguía segando tranquilamente, atento al la gavilla, y le decía:

-- ¿Qué tiene, "señá" Pina?

En los campos inmensos, donde sólo se oía el canto de los grillos, cuando caía el sol a plomo, "La Loba" gavillaba manojo tras manojo y haz tras haz, sin cansarse jamás, sin enderezar un momento al cuerpo, sin acercar los labios a la botella, con tal de estar siempre pisándole los talones a Nanni que, segaba y segaba, y preguntábale de cuando en cuando:

-- ¿Qué quiere, "señá" Pina?

Una noche se lo dijo, mientras los hombres dormitaban en la era cansados de la larga jornada, y vagaban los perros por el campo vasto y negro.

-- ¡Te quiero... a ti, que eres guapo como un sol y dulce como la miel! ¡Te quiero a ti!

-- Y yo quiero a tu hija, que es mocita -- respondió Nanni riendo.

"La Loba" llevóse las manos a la cabeza, rascóse las sienes sin decir palabra y, marchándose luego, ya no volvió más por la era. Pero en octubre se encontró de nuevo con Nanni, según hacían el aceite, porque trabajaba junto a su casa, y el chirrido de la prensa no le dejaba dormir en toda la noche.

-- Coge el saco de las aceitunas -- le dijo a su hija -- y ven conmigo.

Nanni empujaba con la pala las aceitunas bajo la muela, y gritábale "¡ohí" a la mula para que no se parase.

-- ¿Quieres a mi hija Marica? -- le preguntó la "señá" Pina.

-- ¿Qué le da usted a su hija Marica? -- respondió Nanni --. Tiene lo de su padre, y a más le doy mi casa; a mí me basta con que me des un rincón de la cocina donde tender un jergón.

-- Si es así, para Navidad hablaremos -- dijo Nanni.

Nanni estaba todo untado y sucio del aceite y de las aceitunas puestas a fermentar, y Marica no le quería en modo alguno; pero su madre la agarró por los pelos, delante del hogar, y le dijo, apretando los dientes:

-- ¡Si no te casas con él, te mato!

"La Loba" parecía enferma, y decía la gente que el diablo cuando se hace viejo se mete a fraile. Ya no iba de aquí para allá; ya no se ponía a la puerta con aquellos ojos de endemoniada. Su yerno, cuando ella se le plantaba delante con aquellos ojos, echábase a reír, y sacaba el escapulario de la Virgen para persignarse. Marica estábase en casa amamantando a sus hijos, y su madre andaba por los campos trabajando con los hombres, como un hombre enteramente, escardando, cavando, conduciendo el ganado, podando las cepas, ya soplase el gregal, ya levante de enero o siroco de agosto, cuando los machos agachaban la cabeza y los hombres dormían de bruces al resguardo de la pared a tramontana. "En esa hora entre véspero y nona, en que no anda hembra bona", la señá Pina era la única alma viviente a quien se veía errar por el campo, sobre los guijarros abrasados de los senderos, entre los secos rastrojos de los campos inmensos, que se perdían en el caliginoso ambiente, lejos, muy lejos, hacia el Etna neblinoso, donde el cielo pesaba sobre el horizonte.

-- Despierta -- dijole "La Loba" a Nanni, que dormía en la cuneta, junto al seto polvoriento, con la cabeza entre los brazos --. Despierta, que te he traído el vino para que refresques el gañote.

Nanni abrió los ojos lacrimosos, entre dormido y despierto, y se la encontró derecha, pálida, prepotente el pecho, los ojos negros como el carbón, y extendió a tientas las manos.

-- ¡No; "no anda hembra bona entre véspero y nona"! -- sollozaba Nanni, escondiendo la cara en la hierba seca de la cuneta y arañándose los pelos -- ¡Vete, vete; no vuelvas más a la era!

Y se marchó "La Loba", en efecto, anudándose otra vez las hermosas trenzas, fija la mirada ante sus pasos en los cálidos rastrojos, con los ojos negros como el carbón.

Pero volvió varias veces a la era, y Nanni no le dijo nada. Antes bien: cuando tardaba en ir a esa hora, entre véspero y nona, íbase a esperarla a lo alto de la senda blanca y desierta, con el sudor en la frente, y después se llevaba las manos a la cabeza y repetíale siempre:

-- ¡Vete, vete, y no vuelvas más a la hora!

Marica lloraba día y noche, y plantábase ante su madre, ardiéndole los ojos de lágrimas, como una lobezna a su vez, siempre que la veía volver del campo pálida y muda.

-- ¡Mala madre! -- le decía --. ¡Mala madre!

-- ¡Calla!

-- ¡Ladrona, ladrona!

-- ¡Calla!

-- ¡Iré a decírselo al brigadier!

-- ¡Ve!

Y fué de veras, con sus hijos en brazos, sin miedo, sin verter una lágrima, como una loca, porque ahora también ella quería a aquel marido que le habían dado a la fuerza, untado y sucio de las aceitunas puestas a fermentar.

El brigadier mandó llamar a Nanni, y le amenazó incluso con el presidio y la horca. Nanni se dió a llorar y a tirarse de los pelos. ¡No negó nada! ¡No intentó disculparse!

-- ¡Es la tentación -- decía --; es la tentación del infierno!

Y se arrojó a los pies del brigadier, suplicandole que le mandase a presidio.

-- ¡Por caridad, señor brigadier, sáqueme de este infierno! ¡Que me matan! ¡Que me maten en la cárcel; pero que no la vea nunca más!

-- ¡No! -- respondióle, por el contrario, "La Loba" al brigadier --. Yo me reservé un rincón de la cocina donde dormir cuando les di mi casa en dote. La casa es mía. ¡No quiero marcharme!

Poco después, a Nanni le atizó una coz el macho, y estuvo a la muerte; pero el párroco se negó a darle el Señor si "La Loba" no salía de la casa. "La Loba" se marchó, y su yerno entonces pudo prepararse a irse también como buen cristiano, y confesó y comulgó con tales muestras de arrepentimiento y de contrición, que todos los vecinos y curiosos lloraban junto al lecho del moribundo. Mejor habríale sido morirse aquel día, antes de que el diablo volviese a tentarlo y a metérsele en alma y cuerpo cuando estuvo curado.

-- ¡Déjame! -- decíale a "La Loba" --. ¡Por caridad, déjame en paz! ¡He visto con estos ojos a la muerte! La pobre Marica está desesperada. ¡Ya lo sabe todo el pueblo! Cuando no te veo es mejor para ti y para mi...

Habría querido sacarse los ojos para no ver los de "La Loba", que cuando se clavaban en los suyos haciénle perder el alma y el cuerpo. No sabía qué hacer para librarse del embrujamiento. Pagó misas a las ánimas del Purgatorio; fué a pedirles ayuda al párroco y al brigadier. Por Pascua se confesó y se arrastró públicamente, lamiendo los guijarros del sagrado, delante de la iglesia, en penitencia, y luego, como "La Loba" volviese a tentarlo:

-- Oye -- le dijo --; no vuelvas a buscarme a la era, porque si vuelves, como hay Dios que te mato.

-- Mátame -- respondió "La Loba" --, no me importa; pero sin ti no quiero estar.

Como la divisó de lejos, en medio de los verdes sembrados, dejó de cavar la viña y fué a arrancar el hacha del olmo. "La Loba" le vió acercarse, pálido, con ojos extraviados, con el hacha brillando al sólo, y no se echó atrás un solo paso; no bajó los ojos; siguió andando a su encuentro, llenas las manos de manojos de rojas amapolas, comiéndoselo con sus ojos negros.

-- ¡Ah, maldita sea tu alma! -- balbució Nanni.

NEDDA