Part 6
La mujer que vivía con el abate Miñano, y de la que tenía varios hijos, era algo pariente de Ochoa así que éste fué protegido por el abate.
Ochoa era muchacho violento, capaz de trabajar con entusiasmo. En los ratos de ocio se dedicaba a jugar a la pelota, lo que era para él como un sucedáneo de la acción.
Pronto le disgustó a Ochoa la colaboración con Don Sebastián Miñano.
Entre los liberales emigrados se decía que la redacción de la Gaceta de Bayona que estaba en la calle del Pont Neuf bajo los arcos, en casa de Barandiaran, era un punto de espionaje de Calomarde.
Manuel Ochoa riñó varias veces con Miñano. Ochoa era de estos hombres tempestuosos, que saltan al menor roce, que arrastran a la gente y tienen siempre entusiastas por su valor y su energía.
Una señora de Bayona, casada con un propietario rico, se enamoró de Ochoa y el seminarista tuvo un momento de éxito y de orgullo. Esta señora que no tenía mucho miedo ni a la opinión ni a su marido, fué varias veces a cenar con el estudiante a un gabinete reservado de la fonda del Comercio.
Iturri el fondista, que temía el escándalo, fué a ver a Miñano y a contarle lo que pasaba, y entre los dos decidieron mandar a Ochoa con un pretexto a París. Ochoa copiaría documentos en la Biblioteca Nacional para el abate.
En aquella época, Ochoa hubiera preferido quedar en Bayona, pero como no encontraba la menor apariencia de pretexto que oponer tuvo que marcharse.
Ochoa fué a París, conoció a algunos emigrados españoles y tomó parte en la sublevación de Julio.
Cuando Leguía y Chacón, comisionados por los liberales de Londres, llegaron a París, Ochoa se unió a ellos en sus visitas y diligencias. Luego al ir presentándose los emigrados se hizo definitivamente de su grupo.
Conoció a Mina, a Chapalangarra, a Jáuregui. Como no tenía ya carrera ni oficio pensó que lo mejor sería unir su suerte a la de aquellos hombres. Más culto que estos militares, pudiendo hermanar las letras y las armas, pensó le sería fácil conseguir un éxito con poco que le ayudara la suerte.
En París trabó amistad con Eusebio de Lacy, con quien vivió durante algún tiempo.
Eusebio de Lacy era un joven de ojos azules, pelo rubio y aspecto poco fuerte, aunque tranquilo y noble.
Eusebio había nacido en Holanda, en la isla de Walcheren, adonde su madre había seguido a Luis de Lacy, que entonces era capitán en la legión irlandesa que mandaba Arturo O'Connor y que estaba al servicio de Napoleón.
Eusebio pasó su infancia en Quimper, pueblo de su madre, que de soltera se llamó la señorita de Guermeur.
Durante la guerra de la Independencia y mientras su padre don Luis se batía contra los franceses, Eusebio estuvo en un colegio; terminada la guerra, Lacy, que había sido teniente general del ejército de Galicia y de Cataluña, fué destituído por Fernando VII, que tenía esta manera de pagar a los que se sacrificaban por su persona mientras él adulaba de una manera baja a Napoleón.
Destituído el general Lacy fué a vivir a Vinaroz y desde allí escribió a su mujer para que viniera con su hijo a reunirse con él, pero la francesa tenía resentimientos con su marido y no quiso ir a su encuentro. Entonces se cruzaron entre los dos cartas agrias y recriminaciones violentas.
El general Lacy era de estos tipos extraños que aparecen en las naciones en épocas de turbulencia. Su padre era de origen irlandés; su madre, francesa; él, andaluz de San Roque. Su destino había sido tan contradictorio y su carácter tan arrebatado, que muchas veces llegaron a considerarle como loco.
Durante la juventud de Lacy luchó al lado de los franceses, más tarde peleó contra ellos.
El día 2 de Mayo estuvo a punto de ser muerto por su uniforme de francés. Lacy era hombre exaltado, atrevido, y pertenecía a la masonería. Muerto Porlier, todas las esperanzas del partido liberal estaban puestas en él.
Lacy, con Milans del Bosch, en combinación con La Bisbal y algunos otros, preparó de una manera aturdida el pronunciamiento que le perdió. Dejando Vinaroz se presentó en Caldetas con el pretexto de tomar las aguas y con el fin de ponerse al frente de la sublevación. Al fracasar ésta, el capitán general de Cataluña, don Francisco Javier Castaños, que estaba en el secreto de la conspiración y que había dado el permiso a Lacy para trasladarse de Valencia a Cataluña, sabiendo a lo que iba, mandó en persecución suya al brigadier Llauder, a Llauder que era masón y había estado protegido por Lacy.
Tanto Castaños como Llauder eran hombres de pocos escrúpulos, capaces de unirse a Lacy si vencía y de fusilarlo si fracasaba.
Llauder salió en busca de los sublevados camino de Mataró. Milans del Bosch alcanzó la frontera; Lacy, no se sabe por qué, en vez de apresurarse a huir, para lo que tenía tiempo sobrado, se detuvo y cayó preso.
Una Comisión militar le juzgó y le condenó a muerte; el Gobierno y Castaños, que en este asunto representó un papel muy ambiguo, ordenaron que Lacy fuera trasladado a Mallorca; hicieron creer al pueblo que era con el objeto de encerrarlo solamente y al llegar al castillo de Bellver lo fusilaron.
Al triunfar el movimiento liberal de 1820, los amigos de Lacy, entre ellos Milans de Bosch, escribieron a la viuda para que enviara a su hijo a educarse a España; un ayudante fué a buscar a Eusebio a Quimper y lo acompañó a Barcelona.
Poco después el muchacho asistió en Palma de Mallorca a la exhumación del cadáver de su padre enterrado en la iglesia de Santo Domingo, que fué transportado con gran pompa a Barcelona.
Las Cortes, para honrar su memoria nombraron a Eusebio primer granadero del Ejército español.
Eusebio siguió en el colegio de Barcelona, siendo un motivo de orgullo para todos, y estuvo viviendo una temporada en Madrid. Los amigos y camaradas de su padre le hablaban de él con entusiasmo; le contaban sus proezas y sus rasgos de energía y de valor.
Eusebio llegó a tener por su padre una adoración ciega, que le llevó a ver con disgusto el comportamiento de su madre.
Al acabar su existencia de tres años el Gobierno constitucional, Eusebio volvió a Quimper y vivió soñando con España y con los liberales amigos de su padre, hombres todos que le parecían de un romanticismo exaltado, de una generosidad extraordinaria.
Creía que en España todos los hombres eran valientes como el Cid y todas las mujeres seres poéticos e ideales; en cambio, tenía una profunda antipatía por los parientes y amigos de su madre, que querían hacerle comerciante y francés.
A los veinte años Eusebio fué a París y poco después a Londres. Allí se hizo amigo del hijo de Milans del Bosch, conoció a los emigrados españoles y fué a las tertulias elegantes, en donde se distinguía por su belleza Teresa Mancha, la hija del coronel don Epifanio.
Lacy llevaba en Londres una vida muy distinta a la de los demás emigrados; paseaba, leía, escribía un diario. Eusebio era un joven de espíritu claro y sereno; quería ver las cosas sin apasionamiento, empresa difícil, intentando al mismo tiempo conservar el entusiasmo.
Estaba enamorado de las cosas grandes y nobles, y hubiera querido que éstas se hicieran sin trabajo, sólo con abnegación y sacrificio.
La Revolución de Julio, sorprendió a Lacy en Londres. Como la mayoría de los liberales, al saber su resultado marchó a París, donde conoció a Ochoa, de quien se hizo gran amigo.
Al enterarse los dos del proyecto de intervención por la frontera de los constitucionales se trasladaron a Bayona, y como Lacy no tenía mucho dinero, fué a vivir con Ochoa a la fonda de Iturri de la calle de los Vascos.
Mientras llegaba el momento de batirse, Lacy vivía con mucho método; tenía las horas del día distribuídas y seguía sus costumbres formadas en el colegio.
En cambio Ochoa se exhibía ante el público, tenía el prestigio de ser un héroe de la Revolución, había presenciado la muerte de dos bayoneses en las calles de París, a los cuales se levantó después un monumento cerca de la Catedral; conocía el francés casi tan bien como el castellano y hablaba elocuentemente emborrachándose con su oratoria y con los licores con que le obsequiaban los entusiastas del nuevo régimen.
II.
ESTAMPA DE BAYONA EN 1830
BAYONA, como siempre que ha habido trastornos en la península, estaba en 1830 llena de españoles. Era en esta época la ciudad del Adour, un pueblo variado, pintoresco y un tanto indefinido. Los franceses del Norte lo consideraban como una ciudad de aspecto español, para los españoles del mediodía tenía un carácter completamente francés, para los vascos era un pueblo poco vasco y para los gascones poco gascón. Las cuatro lenguas, el francés, el español, el vasco y el patois se oían por las calles de la ciudad constantemente.
Bayona tenía, como ahora, tres barrios separados por sus dos ríos; la Gran Bayona, la Pequeña Bayona y Saint Esprit.
Este último barrio era entonces, no solamente un pueblo separado de Bayona, sino que hasta 1827 formaba parte de otro departamento.
Los tres barrios tenían sus fortificaciones; la Gran Bayona el castillo Antiguo, la Pequeña Bayona el castillo Nuevo y Saint Esprit la Ciudadela.
La grande y la pequeña Bayona, separadas por el río Nive, estaban encerradas por la misma muralla abierta en cuatro puertas, de las cuales la más monumental era la puerta de Francia, con sus baluartes, sus fosos y su puente levadizo.
El barrio de Saint Esprit era un pueblo pobre habitado por judíos.
Uniendo Bayona con ese barrio había por entonces un puente de barcas, que ondulaba, se balanceaba y crugía cuando el mar agitaba las aguas de la ría o cuando el Adour y el Nive venían hinchados por las lluvias. Este puente tenía dos andenes para los coches, uno de ida y otro de vuelta, y otro central para los peatones.
El puente sobre el Adour era la galería de todos los tipos de la vida bayonesa, la calle más concurrida de la ciudad.
Los aguadores iban a llenar sus cubas a una fuente de Saint Esprit que se consideraba la mejor de los contornos; filas de judíos de perfil aguileño y de voces graves o agrias cruzaban el puente para correr sus géneros; muchachas jóvenes artesanas vascas y gasconas pasaban riendo; alguna dama con miriñaque y crinolina iba a hacer compras, algún _lion_ lucía su frac y sus melenas, y algún refugiado español marchaba sombrío embozado en la capa y con el cigarrillo entre los dedos.
Por las tardes con el buen tiempo los bayoneses paseaban en la plaza de Armas mientras tocaba la banda militar, los jóvenes tenientes arrastraban su sable con indolencia y las nodrizas hacían bailar a los niños en sus brazos.
Cuando llovía se paseaba en las Arcadas.
Al llegar el verano la gente salía al campo, iba hacia el mar, visitaba el lago de Mouriscot y la Chambre d'Amour, y miraba a lo lejos las crestas agudas del monte Larrun, en el cielo radiante.
III.
LAS AMISTADES DE LACY
VARIAS visitas de amigos suyos y de algunos de su padre tuvo Lacy en su estancia en Bayona. La que más le extrañó fué la de un antiguo condiscípulo suyo en un colegio de Rennes, que se llamaba Jorge Tilly.
Tilly llegó con una señora inglesa y un abate y fueron los tres a hospedarse a la fonda de San Esteban.
Tilly fué a visitar a Lacy y estuvieron los dos charlando largo rato. Tilly hablaba muy mal el castellano.
Lacy se manifestó en el curso de la conversación como lo que era, un liberal entusiasta; en cambio Tilly estuvo muy reservado; para él las teorías no tenían importancia, sino los hechos; él creía que se podía encontrar una posición en que se elogiara a Felipe II y a Robespierre.
--Dado el papel que un tipo se haya propuesto ver cómo la cumple.--Esta era la cuestión según Tilly.
--¿Yo cómo voy a medir con la misma medida al que quiere ser fraile y al que quiere ser un Don Juan?
Como Eusebio Lacy siempre había tenido a Tilly por un extravagante no quiso discutir con él. Le preguntó por sus proyectos.
Tilly dijo que pensaba ir a España, en viaje de exploración. Desde allí le comunicaría a Lacy noticias de cómo iba aquello. Tilly era un joven alto, rubio, de aire cansado, con la cara un poco flácida, el labio inferior belfo, los ojos claros; tenía un tipo de príncipe degenerado de la Casa de Austria.
Lacy recordaba a Tilly de su época de colegial, como un chico algo místico que quería ser fraile. Tilly se mostraba siempre muy misterioso y no le gustaba hablar de sí mismo y menos de su familia.
--Aquí te tienen por aristócrata--le decía Lacy en el colegio.
--Sí--contestaba él--; dicen que nosotros descendemos de los Tilly de Normandía que tenían un castillo cerca de Caen; pero los Tilly se han dividido en tantas ramas, que la mayoría de los que llevan este apellido no tienen entre sí parentesco. Hoy hay Tillys ricos y pobres. Yo soy de los pobres y he nacido en Jersey donde vive mi familia. Mi padre era español y yo lo soy también, por lo tanto.
Tilly, a quien Lacy hacía diez años que no veía, se le reveló en Bayona como un muchacho cínico y atrevido, cansado de todo y con un gran desprecio por los hombres. Pretendía ir a España a hacerse una posición, y como creía que la tendencia liberal había de triunfar más pronto o más tarde, quería ponerse de acuerdo con los liberales.
Lacy quedó un poco asombrado de la audacia y del cinismo con que su condiscípulo se explicaba, y prometió relacionarle con los emigrados.
Consultó con Milans del Bosch, con Ochoa y otros amigos, y se tomaron informes de Tilly.
Tilly se había convertido en un muchacho crapuloso, jugador, de una moral incomprensible para Lacy. Al parecer tenía éxito con las mujeres, a las que no trataba bien. Su cara pálida, fría e impasible, su aire elegante y de aburrimiento le hacían un verdadero _lion_.
Tilly tenía unas tarjetas en donde se llamaba vizconde, en otras caballero y en otras se anunciaba como viajante de comercio.
A pesar de que quería demostrarlo no tenía seguridad en sus ideas, y muchas veces caía en unas preguntas candorosas y absurdas.
--¿Tú no crees en las cartas?--le preguntó una vez a Lacy.
--No, hombre, no; eso es una tontería.
Tilly tenía también unos proyectos tan poco lógicos, de una ingeniosidad tan pueril, que dejaban estupefacto a su amigo.
Tilly, en el tiempo que estuvo en Bayona anduvo en tratos con los judíos de Saint Esprit, a quienes vendió algunas joyas para jugar o para vivir.
La señora que le protegía y a quien llamaba su prima en público, era una señora inglesa de unos cuarenta años, que se hacía llamar Lady Russell. Tilly se la presentó a Lacy. A Eusebio le pareció que esta dama, por debajo de su máscara indiferente y sonriente, tenía un gran entusiasmo amoroso por Tilly y al mismo tiempo una profunda desolación.
A Tilly le acompañaba un abate que parecía ejercer el cargo de capellán de Lady Russell, pues esta dama era católica. El abate era un hombre de un aspecto selvático y al mismo tiempo inteligente; tenía el pelo rojo, la frente tempestuosa, las facciones toscas, groseras, de hombre de campo; el color encendido y los ojos claros y brillantes.
Tilly y el abate, en los días que estuvieron en Bayona, dejaron un rastro de desórdenes y de crápula.
Los dos en compañía de un aventurero francés que se las echaba de muy liberal y se llamaba Husson de Jour frecuentaban todos los lugares de perdición. Husson se daba por revolucionario y carbonario, que había peleado con Mina en España en 1823 en compañía de Armando Carrel, y era un tipo de hombre jactancioso y fanfarrón, de grandes bigotes y de grandes actitudes.
Al prepararse a marchar a España, Tilly se presentó a Lacy. Este, al verle pálido y desencajado, le dijo:
--¿Para qué haces esa vida de perdido?
--¡Pse! No sé, la verdad, porque ya me empieza a aburrir.
--Entonces no lo comprendo.
--Yo tampoco. ¿Que quieres? No hay hombre que no sea un enigma para los demás y para sí mismo. Unicamente los que tienen una tradición muy fija, como los judíos, saben lo que son y lo que quieren.
--Tú no tienes la tradición de ser un perdido.
--No; soy un perdido, como dices tú, por abandono y algo por curiosidad. En mi familia ha habido de todo: ricos, pobres, revolucionarios, realistas. En mí se han debido mezclar estas diversas tendencias, y me han hecho un tipo mixto y contradictorio.
--Pero en ti está escoger una línea y seguirla.
--Pienso hacerlo más tarde. Ahora me voy a España. Desde allí te enviaré algunas cartas con clave y cifra, que te las darán aquí descifradas.
--Bueno.
Tilly se despidió de Lacy y al día siguiente dejó Bayona.
IV.
LOS GRUPOS HOSTILES
EN una ciudad pequeña como Bayona, que no pasaba de los quince a diez y seis mil habitantes, todo el mundo se conocía, y más, como era natural, la colonia española y los que estaban relacionados con ella.
Al establecerse Lacy en Bayona e intimar con sus compatriotas, vió con tristeza que no había entre ellos más que odios, rivalidades y desunión.
Ya durante su estancia en Londres notó las rencillas de los emigrados; pero, naturalmente, en una ciudad inmensa las divisiones no se notaban tanto como en un pueblo pequeño, en donde la gente se veía a cada paso.
En Londres, los constitucionales españoles habían formado grupos que tan pronto crecían como se achicaban, casi siempre por un motivo personal.
El primer grupo moderado y aristocrático estaba dirigido por hombres de cierta cultura, como Argüelles, Alava, etc. Este grupo se caracterizaba por ser eminentemente civil, y había rechazado, cuando se lo propusieron, las ofertas de militares como Morillo, Ballesteros y O'Donnell.
El segundo grupo era de los ministas o partidarios de Mina. Los enemigos les llamaban despectivamente los mineros. Este grupo, el más extenso y el más fuerte, contaba con elemento civil y militar, pero predominaban en él los militares. Estaban en él casi todos los oficiales de mérito refugiados en Inglaterra, Bélgica y América, excepto los que tenían algún motivo de queja, fundado o no, contra el caudillo navarro. El Gobierno inglés trataba a este grupo con gran consideración, y según se decía le proporcionaba fondos para pagar sus agentes.
En España casi todos los liberales esperaban, más que de ningún otro jefe, de Mina. Era el que tenía más partidarios incondicionales. Este entusiasmo ciego por Mina parecía odioso a sus rivales. Mina, según éstos, quería ser un ídolo, un santón a quien se le obedeciera ciegamente.
Torrijos, San Miguel, Valdés y otros habían roto con él por este motivo, porque no querían obedecer con pasividad. Es posible que por dentro hubiera en ellos un fondo de rivalidad próximo a la envidia.
Mina quería dirigir él, sin dar parte a nadie de lo que hacía, y afirmaba que gracias a su prudencia y a sus precauciones los espías del Gobierno español no podían averiguar sus manejos.
Mina, mientras estaba en Inglaterra fechaba sus cartas en Plymouth y vivía cerca de Londres en una casa de campo.
El general llevaba sus asuntos con una gran cautela; para cada empresa que se le presentaba buscaba el hombre a propósito. Se había servido varias veces de Sanz de Mendiondo, otras del teniente coronel Baiges, un gallardo ex guardia de Corps, que tenía fama de conquistador y de fatuo, y otras de su secretario Aldaz. Algunas cuestiones muy reservadas las llevaba dictando a su mujer, y otras más secretas aún las seguía él mismo, sin comunicárselas a nadie.
El zorro navarro ocultaba muy bien sus maniobras y consideraba el secreto necesario e imprescindible.
El segundo partido militar, colocado enfrente del de Mina, lo capitaneaba Torrijos y tenía como lugarteniente al coronel don Francisco Valdés. Estos no sentían gran entusiasmo por la Constitución de Cádiz, como los ministas y deseaban algo más radical. Méndez Vigo y sus partidarios pensaban en la República.
Otra facción liberal era la de los masones, a cuya cabeza estaba don Evaristo San Miguel, que no ocultaba su aversión por Mina.
Mina nunca había sido un masón entusiasta: todas las mascaradas simbólicas de esta secta le producían cierta repulsión y se había afiliado, como Torrijos, al carbonarismo más activo, más eficaz que la masonería, y al mismo tiempo, por entonces, más internacional.
Mina, además, había puesto el veto a mucha gente; según sus enemigos, por celos, según sus amigos, por su natural prudencia.
El partido de los masones tenía relaciones continuas con las logias de la península y empleaba para ello a los capitanes de buques mercantes y a los comisionistas.
Otro último grupo era el de los ex comuneros. Estos tenían como prestigio civil a Flores Estrada y como militares a Milans de Bosch y a López Pinto.
Los ex comuneros no podían ver a los masones, ni éstos a los ex comuneros; pero ambos grupos tenían como lazo común el odio a Mina. Milans el viejo lo detestaba. Había tenido el desencanto de salir de la isla de Jersey, donde estaba confinado, para avistarse con algunos capitalistas ingleses liberales, pidiéndoles dinero para una expedición contra la frontera española, y los capitalistas habían dicho que únicamente si Mina dirigía la expedición prestarían dinero.
El grupo ex comunero sintió el desdén de esta negativa, y el grotesco y envidioso Romero Alpuente escribió un folleto contra el caudillo navarro.
Además de estos núcleos formados en Londres había los liberales que no querían formar grupo alguno y se consideraban independientes; tales eran Méndez Vigo, Chapalangarra, Bertrand de Lys, el padre Asensio Nebot y otros varios.
Cada grupo de los constituídos deseaba el fracaso del grupo rival; cada hombre que se sentía importante hacía lo posible para aplastar al compañero y para erigirse él; tenían todos ellos, unos para otros, esa terrible ferocidad de los ambiciosos, para los cuales no hay amistad ni comunidad de ideas.
A veces se manifestaban, sobre todo en las cartas, un afecto entusiasta y efusivo que no pasaba de figura retórica.
Entre gente ambiciosa como aquélla, la amistad desinteresada era casi imposible...
El hombre de acción es el que cree que obra casi exclusivamente por sus propias inspiraciones, el que afirma más su albedrio, el que escoge lo que debe hacer y no debe hacer, y, sin embargo, es el que está más sujeto a la ley de la fatalidad, el que marcha más arrastrado por la fuerza de los acontecimientos.
V.
LAS ESTELAS SENTIMENTALES
MUCHOS de aquellos hombres sin haber repensado teoría alguna política o social, tenían no sólo la certidumbre de su realidad, sino el dogmatismo, el fanatismo y hasta la sed de martirio. ¿Quién podrá afirmar con más fuerza una cosa que el que no la comprende?
Estos hombres se dejaban llevar por la corriente sentimental del momento y eran capaces de hacer por ella el sacrificio de su vida.
En nuestro tiempo, más que en ningún otro, después de la Reforma y de la Revolución se da el caso de los pueblos y de los individuos que viven con un sentimentalismo distinto y a veces antagónico a sus ideas.
Las generaciones han ido moldeando nuestros instintos, lo consciente y lo inconsciente, les han dado una forma, un sentido; pero en este conglomerado de nuestra personalidad, la inteligencia se ha separado de sus viejos compañeros y ha comenzado a marchar sola.
Así, nuestra época ha dado, más que ninguna otra, santos sin ideas religiosas, ateos místicos, mujeres honradas con alma de cortesanas, y cortesanas con aspiraciones de monja.
Ante esta disociación de su personalidad, el hombre, que antes que nada quiere creer y poner un pie firme sobre la tierra, mira a su alrededor y cuando encuentra una ruta la va siguiendo.
Sus antepasados no escogían, se dejaban llevar; los hombres actuales escogen, de ahí su desgracia.
Unos escogen ciega y brutalmente--la mejor manera de escoger--, otros miran y remiran a derecha e izquierda, quieren pesar el pro y el contra ¡los ilusos!
Y cuando se deciden van como los demás a ciegas y siguen la estela que dejaron las grandes corrientes sentimentales pasadas.
En todas las esferas de la actividad humana, en la religión y en la política, en la literatura y en el arte quedan estas estelas sentimentales durante largas épocas históricas.