Part 5
Otro grupo se reunía en el barrio de Eroritz en la casa de los Darralde llamada Jaureguia. La tertulia de Gastizar no era enemiga de la de Jaureguia aunque había entre ellas cierta disimulada hostilidad.
Los Darraldes eran ricos, pero tenían aire de advenedizos.
Su riqueza trascendía a especulaciones recientes. Darralde, el viejo, había comenzado a enriquecerse en tiempo de la Revolución. Guardaba en su casa muebles, tapices y alfombras que había comprado por casi nada en Dax, Auch y Bayona a los agentes de Barere, Cavaignac y Dartigoite.
Darralde, después de negociar durante el Imperio por toda Francia, había formado parte de una sociedad que compraba las grandes propiedades de los castillos antiguos para venderlas en parcelas y derribar las ruinas.
Esta _banda negra_, como la llamaban los arqueólogos, los artistas y los poetas, había operado en el mediodía a la par que otras hacían sus negocios en el centro y en el norte.
Uno de los Darraldes había casado con una señorita de la familia de Mauleón, lo que le había hecho subir en categoría social.
Otro punto de cita menos distinguido que las casas de los Aristy y de los Darralde era el Bazar de París, tienda que tenían dos hermanas, las señoritas de La Bastide con su abuela. Estas dos hermanas, Delfina y Martina, daban mucho que hablar al pueblo por sus amores.
--Las señoritas de La Bastide no llevan una vida honorable--decía madama de Aristy de una manera dogmática.
La abuela, por lo que aseguraban algunos viejos había sido igual. Después de dar varios escándalos en el pueblo, marchó a Bayona y luego a Auch en la época del Terror, donde fué una de las favoritas de Dartigoite, este dictador que predicaba la inmoralidad por las calles y terminaba sus discursos poniéndose desnudo ante el público. Se aseguraba que se le había visto a la abuela del Bazar de París, en su juventud, vestida de Diosa Razón, y algunos la llamaban así en broma.
La Diosa Razón del Bazar de París tenía una cara del siglo XVIII, una cara de enciclopedista, la frente despejada, la nariz respingona y corta que sostenía unas antiparras, los ojos claros. Un señor del pueblo afirmaba que la hubiera tomado por el mismo Diderot.
Las dos señoritas del Bazar, Martina y Delfina eran unas mujeres guapas. La mayor, Martina, era alta, de ojos negros hermosos, de aire arrogante y un poco desdeñoso. La pequeña era morena, pálida, de una palidez mate con los ojos lánguidos y tristes, y muchos lunares y muchos rizos.
Martina, por lo que se decía, tenía como amante al ingeniero de montes; la Delfina, que siempre caía más bajo, estaba enredada con un perdido que trabajaba en un molino a quien llamaban Marcos el gascón, pero no le guardaba fidelidad ninguna y tenía citas con algunos muchachos que entraban de noche en su casa por la huerta.
Estas dos muchachas, Martina y Delfina, atendían la tienda y llevaban las cuentas; la una siempre altiva y orgullosa, la otra como una pálida flor de lujuria viviendo en una somnolencia erótica.
Antigua rival de la Diosa Razón era una vieja a quien llamaban la Estéfana y que tenía otra tiendecita. La Estéfana era una vieja sonrosada y sin dientes, con los ojos claros y vivos, que murmuraba de todo el mundo. Solía estar detrás del mostrador, envuelta en un chal y ganaba explotando la afición de las viejas borrachas del pueblo al aguardiente, pues a cambio de la copita les tomaba huevos y maíz a muy bajo precio.
La Estéfana salía poco de casa y cuando salía se ponía un traje negro muy elegante, de tafetán, que por la humedad olía como las telas de los paraguas.
En casa de la Estéfana jugaban a las cartas tres o cuatro viejas y reñían y se insultaban cuando perdían algunos suses.
Tras de la reunión del Bazar de París y de la tienda de la Estéfana venían ya las tabernas y reuniones de la gente campesina.
Había un señor que frecuentaba todas las tertulias del pueblo las altas y las bajas. Este señor era monsieur Choribide a quien llamaban en Ustariz el Muscadin.
Choribide era un viejecito flaco, canoso, con unos ojillos claros, una cara afilada, alegre y burlona. Choribide había vivido durante mucho tiempo entre la canalla de París; tenía el acento del pueblo bajo parisiense cuando hablaba francés, y cuando hablaba vascuence parecía un campesino vasco.
Ya el uso de un idioma u otro le daba una personalidad distinta. Si hablaba el francés era el hombre de la gran ciudad depravado y corrompido, en cambio si se expresaba en vasco era el campesino de una malicia inocente.
Choribide, viejo currutaco, vestía como en su juventud. Llevaba casaca oscura, medias de seda blancas, grandes botas, pantalón de paño de color de canela, chaleco a lo Robespierre y corbata de muchas vueltas. Usaba en los días de gala peluca que tiraba a roja, sombrero de copa y varios dijes en el chaleco.
El nombre de Choribide, en vasco camino de pájaros, se había prestado entre los vascófilos a algunas disquisiciones y a algunos chistes.
Garat había dicho que el apellido verdadero no era Choribide con b, sino Chorivide con v, palabra híbrida de chori, en vascuence pájaro, y de _vide_ en francés vacío, lo que valdría tanto como pájaro vacío, pero si Choribide tenía algo de pájaro no tenía nada de vacío.
Choribide y Garat solían soltarse pullas. Una vez un amigo común dijo a Garat:
--Este Choribide es un granuja. Vendería su alma por dos pesetas.
--Claro que sí--contestó Garat--y saldría ganando.
La historia de Choribide el Muscadin era una historia curiosa.
Había salido de un caserío de Ustariz a estudiar para cura en el seminario de Larresore, pero en el camino se le había pesado y no atreviéndose a volverse a su casa se fué a Bayona. Allí entró en una tienda de dependiente, y como el oficio no le gustaba tomó el camino y se marchó a París a pie.
Choribide que tenía mucha afición al teatro hizo amistades entre cómicos y cómicas y vivió medio de agente y medio de criado.
Durante algún tiempo fué el parásito del tenor Garat, de este trovador del Directorio y rey de los Muscadines.
Choribide lo había hecho todo. Había comenzado su carrera histriónica tomando parte en las representaciones patrióticas de la época del Terror y había figurado como comparsa en la _Sansculotide_ haciendo de ciego.
Choribide había vagado por París durante los tumultos y las matanzas terroristas.
Al iniciarse la reacción de Thermidor se había convertido en Muscadin, en elegante enemigo de los revolucionarios violentos y astrosos. De esta época le venía el apodo.
Después fué especialista de muchos oficios innobles, hizo el agiotaje de los asignados, sirvió de gancho en las casas de juego, y durante algún tiempo fué agente de la policía diplomática organizada por el ministro Tondu-Lebrun. En las malas épocas estuvo asociado con una banda de monederos falsos.
No ocultaba que parte de su vida había vivido haciendo delaciones que las cobró bien.
Choribide estaba acostumbrado a la caza del político y a la caza del incauto.
La intriga era uno de sus elementos. Para él no había moral, ni derecho, ni nada, sólo había necesidades que engendraban combinaciones en que se salía ganando o perdiendo. La moral no contaba en sus cálculos.
Ya machucho Choribide llegó a Ustariz con un pequeño retiro a cobrar una herencia. Allí conoció a una solterona muy religiosa, sobrina del antiguo párroco y dueña de una finca que se llamaba Archa-baita, y se casó con ella.
El ex terrorista iba todos los domingos a la iglesia con su mujer.
--¿Es usted religioso?--le preguntaron alguna vez.
--No--replicó él--pero hay que contentar al pueblo. Hago como su excelencia el duque de Otranto en otro tiempo el ciudadano Fouché--añadía.--Yo le he visto a Fouché cuando se inauguró el busto de Lepelletier Saint-Fargeau hablar de que había que destruir las cruces y signos religiosos y poner en los cementerios un letrero que dijese: la Muerte es el sueño eterno. Años después pasamos por sus tierras unos cuantos cómicos en coche y vimos a un señor que se descubría con gran respeto al pasar delante de unas cruces. ¿Quién es? preguntamos. Es Su Excelencia el duque de Otranto.
Choribide era un cínico.
--Dicen que mi mujer ha sido durante quince años la querida de su tío el párroco--solía decir con indiferencia--es posible, pero no es nada clerical.
Choribide tenía entusiasmo por su versatilidad.
--El pobre Garat y yo--decía frotándose las manos--hemos estado en todos los partidos. No podemos echarnos nada en cara. Hemos salido un poco prostitutas.
Añadía también medio en serio, medio en broma que sentía ser viejo y vivir en una aldea, pues le hubiera gustado probar el sansimonismo.
Choribide tenía influencia y conseguía cosas que otros con más representación no podían conseguir. A cambio de estos favores aceptaba lo que le dieran.
--Yo diré como Caillot--decía una vez en la tertulia del Bazar de París.
Como nadie sabía allá quién era Caillot, la gente se encogió de hombros hasta que uno preguntó: ¿Y qué decía Caillot?
--Pues Caillot--explicó él--era un cómico excelente y muy viejo en mi tiempo a quien yo no vi representar. Caillot vivía en Saint Germain y era muy amigo de Juan Jacobo Rousseau. Un día Juan Jacobo vió a Caillot con un cuchillo de caza admirable y le dijo que le chocaba que se permitiera gastos tan excesivos.--No, no lo he comprado yo--contestó Caillot--me lo ha regalado Su Excelencia, el príncipe de Conti.--¿Es que usted acepta los regalos de los príncipes?--preguntó Rousseau.--¡Y yo que le tenía a usted por un filósofo!--Lo soy, dijo Caillot. Usted es un filósofo que rehusa y yo soy un filósofo que acepta. Yo--terminaba Choribide--soy como Caillot un filósofo que acepta.
Choribide era inagotable contando anécdotas.
El caballero de Larresore que algunas veces lo encontraba en el Bazar de las señoritas de La Bastide hubiera querido despreciarlo, pero la verdad era que le admiraba e iba muchas veces a oirle.
Choribide contaba la vida de París durante el Terror, la gente marchando por las calles con la mirada baja espiándose con el rabillo del ojo, y por las noches las familias que se encerraban en las casas temiendo las visitas domiciliarias.
Choribide explicaba cómo funcionaban los garitos del Palais Royal, cómo se jugaba, quiénes eran los puntos más fuertes y quiénes las cortesanas más célebres de aquellos lugares. Un día llegaba y decía:
--Hoy hace cuarenta años estaba yo en el teatro en París, viendo representar una comedia _Los acontecimientos imprevistos_. En aquella noche estuvo a punto de ser presa madama Dugazon por decir unos versos entusiastas mirando al palco en donde estaba María Antonieta. ¡A la cárcel! ¡A la cárcel! gritábamos los jacobinos. La cómica no se intimidó, se acercó más al palco de la reina y recitó con mayor energía los mismos versos. ¡A la cárcel! ¡A la cárcel! seguíamos gritando nosotros mientras otra parte del público aplaudía con entusiasmo.
A este viejo currutaco le gustaba contar horrores vistos por él en la Revolución y hacía temblar a sus oyentes hablándoles del suplicio de los reyes, de los girondinos y de los dantonianos que había presenciado. Sobre todo en los detalles era donde el viejo Choribide estaba extraordinario; cuando hablaba, por ejemplo, del negro Delorme, uno de los exterminadores de los presos en las matanzas de Septiembre, llegaba a lo trágico, Choribide describía a este negrazo medio desnudo, con el cuerpo manchado de sangre, degollando hombres y mujeres entre risas y carcajadas.
Después pintaba el contraste del negro velludo teniendo en brazos el cuerpo decapitado de la princesa de Lamballe, al que pasaba un trapo húmedo para quitarle la sangre, mientras la cabeza de la infortunada princesa estaba en una taberna próxima y un peluquero le rizaba el pelo. ¡Qué blanca es!--decía la gente al ver el cuerpo de la princesa. Y esta idea de la blancura de la víctima exasperaba a la plebe, y un bárbaro arrancó al cadáver el corazón y otro el sexo y las entrañas.
--¿Y era una mujer hermosa?--le preguntaron dos o tres a Choribide cuando contó esta escena.
--No, tenía más de cuarenta años y el vientre arrugado.
--¿Y cómo aceptaban ustedes esto?--decía Larresore.
--¿Y qué íbamos a hacer mi querido caballero? ¿Ibamos a decir que éramos moderados cuando al peluquero Basset se le guillotinó por haber hecho pelucas de aristócratas? Había que ser rojo para vivir; si no estaba uno perdido. No había más remedio. Fué moda ser filósofo, fuímos filósofos, luego republicanos, fuímos republicanos, después terroristas, luego thermidorianos, después bonapartistas, hemos sido realistas y ultramontanos; ahora aparecemos como liberales. Garat y yo lo hemos sido todo. Nos acusaran de versátiles, ¡qué tontería! De veletas. Por lo menos no dirán que somos veletas enmohecidas ni roñosas.
Y Choribide se frotaba las manos riendo.
Le gustaba a este viejo contar casos de apostasía y de cambios de opinión. Le gustaba también explicar las intrigas de su tiempo y descubrir las causas bajas y ridículas que habían dado origen a acontecimientos que se tenían por grandes.
El cínico y extraño personaje era hombre de gran instinto social; entraba en todas las casas de Ustariz y entre ellas en Gastizar. ¿Cómo le aceptaba madama de Aristy? Era difícil comprenderlo.
Choribide visitaba a lo mejor y a lo peor del pueblo; solía estar en la cabecera de la cama de Garat haciendo compañía al viejo político y en el salón de madama de Aristy; otras veces convidaba en la Veleta de Ustariz a un veterano de la Revolución que estaba en el asilo, a quien los chicos llamaban Cucú el rojo y cantaban los dos la _Carmañola_, el _Ça_, _ira_ y otras canciones desvergonzadas y terribles, algunas dedicadas a la _Sainte guillotinette_.
Choribide de tres en tres años iba a París, solía visitar a sus amigos realistas y a los republicanos que aún vivían. Visitaba también a los cómicos y cómicas viejas en sus guardillas y se enteraba de todo y hasta se enternecía, al parecer, aunque para él todo no era más que un dato y un motivo de conversación.
Desde las jornadas de Julio, Choribide tenía en su casa un teniente de infantería de la Guardia real que había sido licenciado y era sobrino de su mujer.
El teniente Rontignon era un tipo de militar de café, punto fuerte para jugar al billar y al dominó. Choribide se había propuesto casarle con alguna rica y había echado el ojo a madama Luxe, pero Rontignon además de haragán era hombre tímido y no se atrevía a dirigirse a una señorona tan elegante y tan distinguida.
X.
UN SOLITARIO
ADEMÁS de Garat, de Choribide y de Cucú el rojo, había otro representante de la Revolución en un guarda del bosque de Ustariz que vivía completamente aislado en una cabaña rodeada de robles. Llamaban a este solitario el tío Juan.
El tío Juan era hombre de unos sesenta años, todavía fuerte, calvo, con la cara inteligente y llena de arrugas y los ojos brillantes. Solía vérsele rara vez en el pueblo; iba vestido con una casaca de color castaña, con cuello de terciopelo, medias de lana blancas y zapatones.
Los que le conocían aseguraban que el tío Juan tenía un entusiasmo fanático por la Revolución, un entusiasmo que huía del análisis y que prefería en los hombres el odio a sus ideas que la aceptación de ellas a medias.
Al parecer, el tío Juan era de esos hombres que quieren cuadricular la vida y someterla a una norma lógica y fiera.
El tío Juan tenía el espíritu del fanático que se da lo mismo en las ideas religiosas que en las humanitarias. El no podía aceptar lo irregular, lo laxo, no podía comprender que las sociedades necesitan un margen de benevolencia y de inmoralidad que es muchas veces el refugio de la libertad y del buen sentido.
Durante la Restauración la policía vigiló varias veces al tío Juan. Se aseguraba que había sido uno de los más feroces jacobinos de Burdeos y que había estado en Cayena con Collot d'Herbois y Billaud Varennes, pues habló una vez del ex cómico Collot que bebía el ron como si fuera agua, y del ex congregacionista Billaud que mataba su aburrimiento en la deportación domesticando loros.
Acogido a un indulto y vuelto a Francia el tío Juan había sido protegido por Basterreche en Bayona, pero deseando vivir en el campo y en la soledad se dirigió a Garat y por influencia de éste le hicieron guardabosque.
Se decía que Garat le puso como condición para estar en Ustariz el que no se hablara de él.
El guardabosque lo prometió y cumplió su promesa. No tenía amistad ni relaciones con nadie, y si alguna vez le excitaban a discutir lo rehuía.
El mismo cuidado del tío Juan de no ser advertido hizo en ciertas épocas de la Restauración el que la policía le siguiera los pasos y el pueblo se fijara en él.
Se decía que Ali, el asistente de Víctor Darracq iba con frecuencia a visitarle a su cabaña del bosque y que el solitario se comunicaba con Garat. Se decía también que algunas veces se habían encontrado de noche a un jinete que se apeaba cerca de Gastizar y que este jinete era el guardabosque.
XI.
LOS LOCOS DEL PUEBLO
PARA completar el cuadro de Ustariz, en 1830 habría que hablar de los locos y de los excéntricos del pueblo, que abundaban allí como en todos los pueblos vascos.
Uno de ellos, el más curioso era Muchico.
Muchico tenía los ojos brillantes, unas largas barbas y llevaba blusa negra. A pesar de su aspecto siniestro de su mirada fija no tenía nada de agresivo. Los chicos se burlaban de él y le gritaban y le tiraban piedras. El les amenazaba con el puño y tenía que esconderse en los portales. A Muchico le entusiasmaban los caballos y los coches, y le asustaban los perros. El viento sur le intranquilizaba y le ponía exaltado y de mal humor. Cuando la veleta de Gastizar miraba hacia España era mala señal para Muchico. Este andaba más excitado y nervioso que de ordinario.
Otro medio loco que aparecía en el pueblo con frecuencia era el hermano Ventura.
El hermano Ventura era un viejo místico recogido por los jesuítas de Bayona, que le pasaban una pequeña pensión. El hermano Ventura era chiquito, vivo, de más de setenta años. Tenía un ojo con una nube, la boca torcida, las barbas blancas, el cráneo calvo y la frente deprimida. Vestía un gaban largo y un sombrero de copa. Después de las jornadas de Julio el hermano Ventura se presentaba más derrotado que en los años anteriores.
El hermano Ventura echaba largos discursos llenos de fuego, cuando pronunciaba la palabra Dios se quitaba el sombrero y a veces se arrodillaba.
En sus discursos hablaba de los castigos del infierno con tal ardor que asustaba a las mujeres y les quitaba el dinero para misas.
Algunos decían que el hermano Ventura era sólo un pillastre, pero había en él mucho de perturbado.
Otro de los tipos del pueblo era Cucú el rojo, o Cucú gorro rojo como le llamaban los chicos.
Cucú el rojo era un soldado de la República, gascón de nacimiento que había ido a parar de viejo a un asilo de Ustariz.
Cucú había tomado en los años que llevaba recogido, las costumbres y las frases de las monjas que cuidaban a los asilados, pero en ciertos días que le dejaban libre y bebía de más, sacaba un gorro frigio sucio y lleno de agujeros y comenzaba a perorar en las tabernas.
--Ciudadanos--gritaba con la cara inyectada.--La patria está en peligro. Los aristócratas de Coblentza nos amenazan. Los espías de Pitt y de Coburgo nos acechan. ¡A las armas! ¡A las armas!--y cogía el bastón y se ponía como un soldado en guardia.
Después cantaba con voz ronca el Ca, ira y bailaba la Carmagnola.
A los realistas del pueblo, que eran casi todas las personas pudientes, no les molestaba esto del todo, porque veían en ello una prueba de la plebeyez y de la grosería de las tendencias revolucionarias.
Para ellos la República con sus glorias no podía servir más que para hacer vociferar a hombres, como Cucú el rojo en las tabernas o en los caminos.
Algunas veces Choribide había puesto frente a frente al hermano Ventura y a Cucú el rojo.
Cucú el rojo decía su repertorio, y el hermano Ventura vociferaba como si estuviera en un bosque:
--¡Vete a confesar desdichado!--le decía--¡Estás en pecado mortal! El diablo está detrás de ti, ahora mismo dictándote estas palabras, el diablo que está lleno de ciencia y de razones. Sí... sí... no hables. Vete a confesar ahora mismo desdichado.
Choribide se reía a carcajadas. El hermano Ventura quiso llevar un día a Cucú el rojo y a Muchico a la iglesia, pero al acercarse a la puerta los dos se le escaparon.
Una loca del pueblo, que andaba por los alrededores y no entraba en las calles, era Grashi Erua.
Grashi Erua era alta, delgada, rubia, envejecida, con la cara llena de arrugas. Vestía con andrajos de todos colores y como los chicos la tiraban piedras no quería ir al pueblo.
Muchas veces se la veía en medio del bosque con el pelo suelto y una corona de flores silvestres, también se le había visto al lado de un arroyo que formaba un remanso, sentada con un manojo de harapos y cantando como si tuviera un niño en brazos.
Se decía que Grashi Erua era la hija de una señorita extranjera que la abandonó. La habían dejado de niña en un caserío y desde entonces los dueños del caserío eran ricos. Por lo que se contaba, estas gentes del caserío habían despojado a la loca en vista de que su madre no aparecía; y no la habían puesto a trabajar porque era indómita y salvaje.
LIBRO SEGUNDO
LOS EMIGRADOS DE BAYONA EN 1830
I.
DOS AMIGOS
IGNACIO Iturri, liberal emigrado en Francia desde los sucesos de 1823, era hijo de un comerciante de buena posición de Pamplona. Se había visto Iturri al llegar a Bayona sin medios de fortuna, y como estaba medio enamorado de una muchacha, que servía de cocinera en una casa rica de la plaza Grammont, se casó con ella y puso una posada en la calle de los Vascos, a donde fué atrayendo a todos sus paisanos que iban a Bayona por algún negocio.
La posada de Iturri ocupaba toda una casa de piedra y ladrillo rojo, con entramado de vigas negras y el tejado de piñón. Esta casa tenía dos pisos, y en el principal en el balcón muy saliente colgaba una muestra con un letrero en francés y otro en castellano.
La posada de Iturri era limpia y decente, los cuartos grandes con el suelo encerado y las ventanas de guillotina, los muebles modernos; además de esto, tenía el atractivo de ser uno de los sitios en donde se guisaba mejor en Bayona, pueblo en donde se guisa bien en todas partes.
Un inconveniente tenía la posada de Iturri y era el olor a bacalao que salía de los almacenes de la calle de los Vascos. A tal perfume había que acostumbrarse quieras que no; habituándose a ello la posada de Iturri podía considerarse casi como un lugar de delicias.
Iturri era hombre de unos cincuenta años, fuerte, rechoncho, de ojos negros, de cara redonda y rasurada de tono azul y expresión melancólica. Hablaba con mucha calma y circunspección. Cualquiera le hubiera tomado por un cura o por un exclaustrado, sin embargo, a pesar de su aire clerical, de su cara dulce y de sus manos blancas y regordetas era hombre de arrestos.
Su mujer Graciosa, era una vasca de aire de grulla, de nariz afilada y mejillas sonrosadas, que trabajaba, hablaba y reñía todo al mismo tiempo sin parar.
Iturri el posadero que no tenía hijos, aceptó en su casa a un sobrino suyo ex seminarista escapado de Pamplona, llamado Manuel Ochoa.
Manuel Ochoa era un muchacho hijo de unos labradores del valle de Ulzama. Considerándolo como chico listo sus padres le habían puesto a estudiar para cura. Al principio Ochoa marchó bien en el Seminario, pero luego comenzó a averiguarse que cortejaba a las mozas, después se supo que se manifestaba liberal y al último que había asistido a una reunión de militares masones. Ochoa buscado por la policía se metió en Francia y fué a acogerse a la fonda de su tío. Iturri le trató bien, y como tenía grandes conocimientos entre los emigrados le presentó a Don Sebastián Miñano que estaba por entonces trabajando en varias obras y que publicaba desde 1825 la Gaceta de Bayona.