Part 4
Madama Aristy era una señora de más de sesenta años, mujer enérgica, autoritaria y despótica; creía que todo el mundo tenía que pensar como ella, y no aceptaba otras opiniones. En su casa mandaba como un coronel.
Madama de Aristy era la severidad más completa; pensaba que todo lo que hacía lo hacía bien y que discurría con una cordura sin ejemplo.
Se creía el prototipo del buen sentido; pensaba que cuando a ella se le había ocurrido una cosa, el mundo entero debía aceptarla casi como un descubrimiento científico.
A veces levantaba la voz cuando se discutía algo, como diciendo: No admito la posibilidad de que nadie me contradiga.
Madama de Aristy estaba muy en desacuerdo en ideas con su hijo. Ella era aristócrata, él un demagogo.
A pesar de esto, la señora de Aristy trataba a Miguel de potencia a potencia, porque éste era el que dirigía en Gastizar las siembras, las podas, las demás labores campestres, y ella creía que en tales asuntos entendía mucho.
Miguel era un caballero de cuarenta años, solterón, escéptico, que estaba dispuesto a vivir oscuramente en Ustariz cultivando sus tierras sin ambiciones ni cuidados. Su madre le había querido casar con la señorita Angelina Girodot, la hija de un notario de Bayona, una señorita de alguna edad, rica y poco agraciada; pero Miguel dijo:
--No, no; prefiero no casarme. Estoy tan convencido de mis imperfecciones, que no me decido a buscar una compañera.
Algunos aseguraban que estaba enamorado de Alicia Belsunce, su prima, que podía ser hija suya; pero si lo estaba no se le notaba gran cosa.
Miguel era una buena persona; inteligente, amable, muy comprensivo; había pasado los cuarenta años y llegado a un período en que, por escepticismo no quería colocarse en ninguna cuestión en primera fila.
--Antes me dolía un poco no ser nada--solía decir.--Ahora, no. Me siento hermano de la glicina de Gastizar, me he enredado aquí, en estas piedras viejas, y aquí estoy viviendo como una col.
Aquella vida del campo, inmóvil, sin estímulo para la ambición que a muchos embrutece, a él le había convertido en un filósofo.
Miguel se consolaba leyendo y tocando el violonchelo. Se recordaba que una vez una señora de Bayona, que había venido a Gastizar con su hija con un plan matrimonial, al ver a Miguel poco admirado ante las gracias de la niña y más bien distraído y aburrido, había dicho a madama de Aristy en un momento de mal humor: Señora, su hijo de usted es un idiota. Este recuerdo regocijaba a Miguel y le hacía reir con malicia.
Miguel reconocía ingenuamente sus defectos; pero con la misma ingenuidad aseguraba que no tenía el menor deseo de corregirlos.
El caballero de Larresore reprochaba a Miguel lo poco que se cuidaba de la sociedad.
--Te abandonas, Miguel--le decía;--estás hecho un rústico.
--¡Pse! ¿Para qué preocuparse de la sociedad?--exclamaba él;--con la gente casi siempre sale uno perdiendo. Si a fuerza de molestias y preocupaciones llega uno a saber una cosa y la comunica a los demás, le contestan con un lugar común.
--La sociedad no puede estar regida por un libro de cuentas--decía Larresore, que era un hombre que nunca había dado nada a nadie.
--Sí, es cierto--contestaba Miguel sonriendo, porque tenía la idea de que su tío era uno de los hombres más egoistas del mundo;--pero no es cosa de perder siempre.
El segundo hijo de madama Aristy, León, estaba casado con Dolores, la hija de Malpica. León era pintor y se hallaba por entonces en París.
Su matrimonio, su profesión y su estancia en París se había llevado a cabo en contra de la voluntad de su madre.
Al ir a vivir a Bayona la mujer de Malpica y su hija, ésta en aquella época una muchachita de catorce a quince años, había impulsado al coronel su padre a que se instalase cerca de ella, y Malpica fué a parar a la casa de un guardabosque de Ustariz conocido por el tío Juan, viejo revolucionario recomendado por Garat y que vivía allí olvidado.
Dolores iba siempre que podía a visitar a su padre. La mujer del coronel Malpica sabía que su marido estaba oculto en Ustariz y que su hija le veía con frecuencia.
En uno de estos viajes Dolores conoció a León de Aristy, joven pintor, que se había hecho amigo de Malpica en sus excursiones de paisajista.
León habló varias veces a Dolores, y a poco de conocerla la hizo una fogosa declaración de amor.
Dolores era una mujer afectuosa, tierna, muy religiosa y de no mucha energía, que tenía siempre las lágrimas a punto.
León, muy romántico en sus ideas era de un egoismo perfecto; no pensaba más que en sí mismo y se preocupaba poco de la conveniencia de los demás.
León riñó con su madre para casarse con Dolores; fueron los casados a vivir a Chimista, y al año Dolores tuvo un niño.
El coronel Malpica al ver a su nietecillo se sintió emocionado y se trasladó también a Chimista. El trabajaría en la huerta para no ser gravoso a nadie, dijo.
El matrimonio hubiera podido ser feliz; pero pronto León se cansó del sosiego de la casita campestre y de los paisajes de los contornos, y decidió ir a pasar temporadas a París. Todos los años hacía un viaje a la capital, cada vez más largo, y volvía huraño y fosco lamentándose de que no se le considerase, creyéndose siempre postergado por las intrigas de los demás artistas.
Dolores no sabía qué hacer para contentar a su marido; el pintor era un hombre vanidoso y de poco carácter; había vivido dominado por la energía de su madre, y al dirigir él su vida se encontraba perdido.
Dolores era una mujer poco enérgica, pero buena y resignada. No comprendía lo que le pasaba a su marido. Veía que vivía con el espíritu en otra parte. Ella se consolaba jugando con sus hijos, arreglando sus flores. Iba también con frecuencia a ver a su madre a Bayona, y dejaba a sus hijos al cuidado de una vecina recién casada a quien llamaban Fanchon.
Dolores tenía amor por su padre y lo comprendía, a pesar de la tosquedad y de la rigidez del coronel. Malpica trabajaba por ella y la proporcionaba todas las comodidades posibles, fingiendo siempre estar malhumorado. Para el viejo militar, las mujeres eran como niños caprichosos que había que vigilar y atender.
Respecto a Julia de Aristy, la hermana de León y Miguel, casada con un propietario rico de Bayona, intentaba convencer a sus hermanos de que debían salir de aquel rincón de Ustariz.
León estaba camino de hacerlo, no así su madre ni su hermano mayor. Ambos vivían entusiasmados en Gastizar.
Esta casa la había comprado el abuelo materno de madama de Aristy, que era un bearnés, en tiempo de la Revolución. No se sabrá de quién era primitivamente ni se conocía su historia; únicamente le quedaba el nombre de Gastizar que en vascuence quiere decir castillo viejo.
Madama de Aristy y sus hijos habían ido a vivir a Gastizar al finalizar el Imperio.
El propietario anterior debía de haber sido hombre de cierta fantasía.
En un extremo de la huerta había pretendido instalar un jardín con plantas tropicales, tentativa que indicaba en él un entusiasmo por la Botánica, puesto en boga por Juan Jacobo Rouseau y por Bernardino de Saint Pierre. En medio del jardín tropical había un chalet rústico oculto entre árboles. Este chalet rústico, al que llamaban el chalet de las hiedras porque se hallaba tapizado y cubierto por ellas, estaba alquilado a dos señoras españolas.
Madama de Aristy al ocupar la casa mandó quitar las plantaciones tropicales y dejó los campos al modo del país.
Hubiera derribado el chalet de las hiedras, pero su hijo León lo quería para estudio y lo respetó.
Durante todo el año madama Aristy y su hijo mayor vivían en Ustariz. Algunas veces solían ir a Bayona, y el rigor del verano pasaban algunos días en Biarritz. Tenían un landó para sus viajes y Miguel solía usar un tilburí que él mismo dirigía.
Madama de Aristy era de estas personas que trabajan y hacen trabajar a los demás sin descanso.
Tenía a sus órdenes dos criadas, un muchacho y un hortelano.
Además de las dos criadas había un ama de llaves, algo pariente de madama Aristy, que era una solterona fea, desgarbada y torpe. Se llamaba Benedicta. La Benedicta siempre estaba distraída y hacía las cosas mal, pero si la reñían las hacía peor.
--Dejadle--decía Miguel,--no la riñáis.
Madama de Aristy no podía dejar el placer de refunfuñar y de echar largos discursos agrios a Benedicta. Las señoritas de Belsunce solían ir acompañadas de una doncella.
Un elemento importante de Gastizar era el criado y hortelano Ichteben, un tipo curioso; Ichteben tenía muchas ocupaciones, pero ninguna cumplía bien; poseía una nariz como un pico, roja, una expresión suspicaz; llevaba pantalones azules, blusa negra y un chaleco de Bayona en invierno como en verano.
Ichteben hacía lo que le encargaban bastante mal y además era un poco borracho, pero tenía una fidelidad a Gastizar a toda prueba.
Madama de Aristy decía muchas veces que lo iba a despachar, pero esto parecía tan difícil como cambiar el orden de los planetas.
Ichteben era muy malicioso, muy ladino; únicamente Miguel le inspiraba confianza para contarle sus cuitas. Miguel le escuchaba muy serio y después celebraba a carcajadas su malicia.
VIII.
LOS PARIENTES Y LOS AMIGOS DE LA CASA
CASI siempre había en Gastizar parientes de madama de Aristy que iban a Ustariz a pasar una temporada.
De los más constantes eran la señorita de Belsunce y su sobrina Alicia.
La señorita de Belsunce, una dama mustia que había tenido en su juventud amores contrariados y falta de ácido en el estómago, hubiera querido ser, como la mariscala de Luxemburgo, una autoridad en materias de elegancia y dar el _placet_ a la gente con un ¡oh! o con un ¡ah! colocado a tiempo, como dió la mariscala a monsieur de Talleyrand.
La señorita de Belsunce se cansaba de la soledad de Gastizar, y muchas veces decía a su sobrina:
--No sé para qué estamos en este desierto.
Alicia tenía cariño por Gastizar. Era Alicia una linda muchacha, un poco pequeña de estatura, rubia, tirando a roja, con la boca chiquita, los ojos verdosos y la nariz un poco corva. Estaba orgullosa de su figura y de su familia.
Alicia era efusiva, cariñosa, muy económica y algo egoista. A pesar de esto sabía hermanar su egoismo con su tendencia romántica. Era de estas vírgenes prudentes que miran a su alrededor estudiando el hombre que les conviene.
Alicia adulaba un tanto a su tía madama Aristy, y esta señora consideraba mucho a su sobrina. Estaban siempre de acuerdo. Se creían las dos de distinta pasta que los demás y que lo hacían todo bien. Se consideraban casi siempre en el fiel de la balanza.
Alicia tenía un poco de desdén por su primo Miguel, a quien suponía que ella agradaba y que, sin embargo, no le hacía la menor indicación en este sentido considerándose sin duda como viejo.
Alicia vivía el invierno en Pau y hablaba el _patois_, cosa cómica para un vasco.
--No comprendo cómo se habla el _patois_--decía Miguel a su prima.
--¿Por qué no?
--Es como tener dos trajes para la ciudad. Nosotros los vascos no, tenemos el traje de pastor, de la aldea: el vascuence, y el de la ciudad, el francés.
--Nosotros no tenemos nada de pastores--replicaba ella;--somos más civilizados.
--Un idioma latino. ¡Pse! ¡Qué cosa más ridícula!--exclama Miguel.
--Ustedes han resuelto que hay una superioridad de los vascos sobre los bearneses y los gascones, y ya basta.
--¡Ah, claro! Es una superioridad que no necesita explicación.
--¿Es que han hecho más cosas los vascos?
--No.
--¿Es que han tenido más grandes hombres?
--No, tampoco. Nosotros los vascos formamos un pueblo pequeño, misterioso, con un concepto de la vida especial. ¿Cómo nos van a comparar con un provenzal o con un gascón?
--Pero los provenzales y los gascones tienen más historia, hay entre ellos familias más antiguas.
--Respecto a eso te diré, prima mía, lo que un vasco dijo al duque de Guisa. Discutían los dos acerca de su respectiva nobleza, y el duque de Guisa dijo: Sabed que los Guisas datan del siglo X, y el vasco le contestó: Nosotros los vascos no datamos.
--No comprendo, la verdad, este orgullo.
--No es orgullo. Cada cual tiene sus condiciones y desea conservarlas. ¿Por qué no? Yo no quiero vivir en comunidad con el vecino, aunque sea más fuerte o más rico que yo. Que estas comarcas que nos rodean, que han hablado dialectos latinos, tienen más cultura que nosotros por el uso de un idioma más civilizado que el nuestro. ¿Y eso qué importa? Nosotros queremos vivir en nuestro país, sin tener gran cosa que ver con los que hablan esas jergas latinas.
--¿Y por qué no?
--Nosotros somos otra clase de gentes; no nos parecemos en nada a ellos.
--¿Más serios?
--Claro.
--¿Más constantes?
--Sin duda alguna.
--Ahí está el grande hombre del pueblo, Garat, prodigio de consecuencia...; no ha sido más que de todos los partidos...
--Bueno; es posible que en la política...--decía Miguel riendo.
--Y en todo. Ustariz es un pueblo de veletas; ¿cuántas novias ha tenido usted, primo mío?
--¿Yo? De verdad... ninguna.
--¿No ha tenido usted bastante tiempo para enamorarse de ellas?
Alicia y Miguel solían discutir y pelear con frecuencia; ella terminaba sus reyertas con un gesto de altivez y desdén, y él se reía.
Otro de los huéspedes de Gastizar era Víctor Darracq, ex intendente del ejército de Napoleón y primo del marido de madama de Aristy. Víctor Darracq había sido de la Administración militar durante el Imperio y había llegado a general de brigada. Darracq no tenía espíritu militarista; en cambio era de estos hombres curiosos que allí por donde van recogen algo. No conservaba de la guerra más que un recuerdo de crímenes, de robos y de bestialidades.
El ex intendente había llegado hacía años a Gastizar con el objeto de pasar una temporada, y se había quedado allí.
El ex intendente era solterón, hombre servicial capaz de sacrificarse por sus amigos.
Tenía su centro de operaciones en la biblioteca de Gastizar.
Era de estos hombres ordenados y clasificadores, y todo lo que había reunido en su vida de intendente lo guardaba catalogado en sus armarios; tenía mucha afición a los pájaros y una canariera que cuidaba con todas las reglas del arte.
Al instalarse en Gastizar, el ex intendente vió que la biblioteca era bastante buena. El antiguo propietario había querido sin duda rivalizar con Garat, sobre todo en conocimientos vascos, y desde Oihenart a Astarloa, y desde Larramendi a Zamacola, no faltaba autor que se ocupara del país.
El ex intendente tenía mucho cariño por sus sobrinos, sobre todo por León el pintor.
No se explicaba la gente cómo madama de Aristy le había aceptado definitivamente en su casa, con la poca amistad que tenía por los parientes de su marido.
El tío Víctor era un hombre moreno de aspecto un poco sombrío, una cara de esas cetrinas y atormentadas; vestía redingot abotonado hasta arriba de aire militar y color oscuro, polainas y cuello de camisa alto y tieso, que dibujaba sobre la mejilla atezada un triángulo de tela blanca y almidonada que salía de la corbata.
Darracq vivía en el cuarto de la torrecilla que daba a la carretera, y solía allí trabajar haciendo barcos o esferas armilares. Estaba suscrito a varios periódicos extranjeros, y las noticias interesantes que encontraba en ellos las recortaba y las pegaba en un libro.
El tío Víctor tenía como asistente a un vasco aventurero que había rodado por el mundo, a quien llamaba Ali.
Ali había estado durante algunos años alistado entre los mamelucos de Egipto y había sido corsario. Ali al llegar a Ustariz tenía todas las trazas de un turco; usaba unos bigotes largos, gorra roja y pantalones bombachos.
Al querer instalarse Darracq en Gastizar madama de Aristy puso el veto a Ali; dijo que mientras usara aquellos bigotes y aquella indumentaria no estaría en su casa.
Ali, suspirando, se afeitó y se puso una blusa azul y pareció un aldeano como otro cualquiera, más moreno.
Ali era hombre con éxito en el pueblo; cuando contaba sus aventuras en Egipto y en Grecia tenía a todos pendientes de sus labios.
Otro de los huéspedes que solía pasar largas temporadas en Gastizar era el caballero de Larresore, constante compañero de charlas de Miguel.
Larresore era soltero, de más de sesenta años, muy atildado y elegante; tenía las mejillas sonrosadas, las melenas largas y bien peinadas, las patillas cortas. Vestía a la inglesa. Su traje ordinario era casaca de color pardo claro, chaleco blanco bordado, pantalón corto de piel de seda y polainas negras.
En el chaleco llevaba dos cadenas de reloj con algunos dijes.
Larresore vivía en invierno en Bayona, y cuando llegaba el buen tiempo iba a pasar temporadas a las casas de sus parientes y amigos.
Larresore era muy egoista, con una gran perfección maquiavélica en su egoismo. Preparaba las cosas que le convenían muy de antemano con todo detalle y daba mil rodeos para conseguir lo que se proponía.
Larresore había estado en Inglaterra durante la Revolución.
La Revolución vino a cogerle en un momento en que pensaba hacer un buen matrimonio y un buen negocio. Al caballero le quedó siempre el odio por este movimiento inoportuno que vino a estropear su porvenir.
Larresore se pintaba así mismo como un realista arruinado por la Revolución, cosa que a juzgar por los que le conocían no era cierta, porque, según éstos, el caballero nunca había tenido fortuna.
Larresore cultivaba su personalidad de realista; hacía valer sus amistades y escribía cartas a los hombres ilustres del partido, y si le contestaban exhibía sus respuestas por todo el pueblo.
Larresore en Inglaterra se había aficionado a las costumbres inglesas, al té y a los vinos de España.
En Londres conoció al vizconde de Chateaubriand, a quien consideró como un fatuo hasta que vió que se hacía célebre, y entonces hablaba constantemente del vizconde como de un amigo íntimo a quien había adivinado.
El caballero de Larresore encontraba la sociedad del siglo XIX egoista y desprovista en absoluto de sensibilidad.
Es necesario tener el espíritu saturado de egoismo para reconocerlo al momento en los demás y en sus más pequeñas partículas. Larresore lo reconocía en seguida, lo olfateaba.
El tenía la costumbre de decir cuatro o cinco frases de cajón cuando ocurría una desgracia; creía a la gente dura y seca de espíritu sin efusiones ni poesías.
Ya no se sabía ser galante con las damas; no se amaba el campo. El caballero de Larresore no había sido muy platónico, ni era capaz de mirar un paisaje un momento.
Larresore se lamentaba de las transformaciones de la época. Contaba su vida de cuando había ido a París antes de la Revolución recomendado a Garat.
--¡Qué sociedad aquella!--exclamaba.--Alegre, social, cortés. Como ha dicho mi ilustre amigo monsieur de Talleyrand, el que no ha vivido antes de la Revolución no sabe lo que es la dulzura de vivir.
Y contaba anécdotas de su tiempo parecidas a las de todos los tiempos, y recitaba los madrigales enviados por él a las cómicas, que firmaba con notas musicales La... re... sol... re.
El caballero creía que estos rasgos de ingenio no podían volver a darse.
Larresore hablaba de Garat el menor, su amigo, con mucha lástima, por haber tenido que convivir con los tigres de la Revolución.
--Hoy, el hombre en Francia--decía el caballero--está descontento de sí mismo y de la sociedad. He aquí a mis dos sobrinos León y Miguel. León quiere ser pintor, pero no se contenta con ser un pintor como hubiera sido un gentil hombre de mi tiempo, pintor para mostrar sus cuadros entre sus amigos, no; quiere ser un gran pintor, y que hablen de él los periódicos. El papel impreso... ¡Qué cosa más lamentable! Respecto a Miguel, está perdiendo en absoluto sus condiciones físicas de caballero; se ha dejado la barba, se corta el pelo al rape.
--Es más cómodo, tío. Va uno siendo viejo.
--¡Viejo a los cuarenta años! En mi tiempo no había viejos.
--¿Habían encontrado ustedes la fuente de Juvencio?
--No; es que nadie se retiraba voluntariamente. Se vivía para la sociedad. Entonces había verdadera fraternidad.
--Sí, entre ustedes; pero no entre ustedes y la gente pobre.
--¿Y ahora la hay de esa?
--No, es verdad; ahora tampoco la hay.
--Entonces reinaban las mujeres. El hombre estaba educado por ellas. Se sabía ser amable, galante. La Revolución ha acabado con todo esto.
Madama de Aristy y las dos señoritas de Belsunce cuando le oían daban la razón a Larresore; el ex intendente Darracq movía la cabeza como indicando que habría que pesar el pro y el contra de la cuestión, y Miguel se reía.
Todas las formas de vivir exclusivamente sociales hacen del hombre un cómico que representa un papel, y Larresore era un comediante completo. Eso sí. El quería el teatro adornado y los actores caracterizados con perfección.
Muchas veces en confianza decía de la vieja señorita de Belsunce: Yo comprendo que se pinte, pero que se pinte bien.
Además de los parientes solían ir amigos a pasar temporadas a Gastizar.
De los contertulios del pueblo, los más asiduos eran madama Luxe con su hija, las señoras de Darneguy, el vicario Dostabat y el organista de la iglesia, Harismendy.
Algunos suponían que a madama de Aristy no le hubiese disgustado casar a su hijo con madama Luxe, que era rica; otros decían que era la viuda la que miraba con buenos ojos a Miguel, y otros que era a Miguel a quien le gustaba la viuda.
También solían ir a Gastizar con frecuencia la señora Darneguy y su sobrina. Madama de Aristy las estimaba mucho. La señora Darneguy vivía con una pequeña pensión, y era muy severa; la sobrina Carolina, ya de cierta edad y con algunos cabellos de plata, trabajaba haciendo bordados. Madama de Aristy las enviaba con frecuencia regalos; pollos y frutos de la huerta.
El vicario Dostabat iba a Gastizar todas las semanas un día. Era Dostabat un hombre alto, de vientre abultado, la cara roja, los ojos pequeños y claros y la nariz larga. Tenía de cincuenta a sesenta años. Era tipo de cura del antiguo régimen; muy aficionado a las buenas comidas y a los vinos excelentes.
Los vinos de mesa eran su especialidad; los miraba, los olía, los cataba como un verdadero conocedor. También le gustaban las cartas y era maestro en todos los juegos. El padre Dostabat era cura de manga ancha, y creía que la mayoría eran pecadillos que Dios perdona sin esfuerzo.
El organista de la iglesia, el abate Harismendy era un hombre de unos cuarenta años, moreno, los ojos negros, muy vivos. Harismendy tenía gran afición a la música y enseñaba solfeo a los chicos del pueblo.
En Gastizar solía acompañar a Alicia al piano.
A veces había concierto; Alicia cantaba, el joven Larralde-Mauleón tocaba el violín. Harismendy el piano y Miguel el violonchelo.
Larresore, que no era muy aficionado a la música, intentaba siempre monopolizar a Miguel y llevarlo al campo de sus discusiones. Los dos rompían la frialdad y el aire ceremonioso de la tertulia de Gastizar con sus observaciones, a veces de un atrevimiento chocante.
IX.
CHORIBIDE EL VERSÁTIL
AL contemplar el paisaje de Ustariz, al ver sus casitas blancas con sus enredaderas y sus parras, el río con sus meandros bordeados por arboledas, se pensaba involuntariamente en la vida idílica y pastoril.
Parecía que los habitantes del pueblo debían vivir al estilo de los héroes de Teócrito y de Virgilio; pero por debajo de esta bucólica apariencia aparecía, como no podía menos, el fondo de pasiones y deformidades de todo núcleo de población humana.
Ustariz estaba dividido en pequeños grupos; unos indiferentes, otros enemigos. Era el primer grupo el de Garat.
Garat había hecho muchos favores en el pueblo y tenía grandes amigos. En sus últimos años el viejo convencional enfermo, y retirado no quería intervenir en los asuntos de la villa, aunque la Revolución de Julio le dejaba en condiciones para tomar parte en la política. Garat estaba cansado y tenía bastante con sus recuerdos.