Part 3
--Pues bien, en esto nuestro amigo el coronel Campillo que es uno de los jefes de la fuerza constitucional, supo por conducto de algunos agentes liberales que su compañero don Valentín Malpica vivía ignorado en Ustariz. El coronel Campillo puso la noticia en conocimiento de la Junta y la Junta comprendiendo la importancia que tendría su valioso concurso nos designó a nosotros tres para visitarle a usted y para proponerle tomar parte en la expedición militar que vamos a hacer sobre la frontera española. Este es nuestro objeto al visitarle.
--Le he oído a usted atentamente, señor de Lacy--contestó Malpica--me honra mucho que se hayan acordado de mí y estoy dispuesto a dar mi vida por la libertad y por la patria. No tengo más que decir con relación a este punto; estaré allí donde me manden: en el sitio del peligro.
--Lo esperábamos de usted--dijo Lacy.
--Gracias. Ahora sí, tengo que advertir que soy el coronel más viejo de mi cuerpo y que no aceptaría un destino subalterno.
--Ni nosotros hemos pensado en tal cosa--repuso Lacy.
Campillo replicó con disimulada acritud que él como todos ocuparía el lugar que le correspondiera en la escala según su antigüedad y como todos ascendería un grado en el caso de triunfar. Puestos de acuerdo en este punto, Campillo dijo que avisaría a Malpica cuándo debía presentarse en Bayona.
Terminada la conferencia los tres viajeros bajaron al portal y se despidieron de Malpica. Ya iban a salir cuando se presentó la hija del coronel con sus dos niños. Lacy le dió la mano y ella murmuró en voz baja:
--Dios quiera que no me traigan ustedes alguna desgracia.
--Por Dios, señora... no..., balbuceó Lacy.
Unas horas después, los tres viajeros llegaban a la Veleta de Ustariz, almorzaban, montaban a caballo y se dirigían al trote largo camino de Bayona.
V.
LA TERTULIA DE GASTIZAR
EL mismo día en que Lacy, Campillo y Ochoa visitaban al coronel Malpica, estaban de tertulia al anochecer, varias personas en el salón de Gastizar.
Una gran lámpara de aceite, con una pantalla verde, colgada del centro de la habitación difundía una luz fija y clara, y seis velas ardían en el piano sobre arandelas de cristal tallado.
El salón de Gastizar era grande y decorativo, con vigas en el techo negras sobre fondo rojo, suelo de nogal muy oscuro y lustroso y las paredes tapizadas de terciopelo escarlata.
Este salón tenía dos balcones muy espaciados y una ventana, ocultos en aquel momento por cortinas espesas, en frente de uno de los balcones había una gran chimenea en cuyo hogar ardían unos gruesos troncos de roble.
Los muebles de este salón eran antiguos; arcas vascas talladas, espejos biselados, sillones estilo Luis XV. Un reloj alto, negro, de estos ingleses, de esfera de cobre, colocado entre los dos balcones parecía presidir la sala.
En algunos espejos, cuadros y en el respaldo de los sillones se veía esculpido y pintado un escudo con cuatro cuarteles, en los dos de arriba dos vacas rojas y un roble y en el de abajo otras dos vacas rojas y una hidra de tres cabezas.
Este escudo era de la casa vasco-francesa de los Belsunce, familia ilustre en el país, que tenía en Mearin un antiguo castillo cubierto de hiedras.
Entre los Belsunces había habido un obispo de Marsella que se hizo célebre en la peste que desoló esta ciudad a principio del siglo XVIII, un general que se distinguió en el sitio de Maestrich, y el mayor Belsunce que en tiempo de la Revolución fué muerto en Caen por la plebe y luego destrozado y despedazado de una manera trágica, llegando una mujer a arrancarle el corazón y a comérselo.
Cuando Carlota Corday mató a Marat se aseguró por algunos que la heroica homicida había sido la novia del mayor Belsunce y que había querido vengarle.
Además de estos Belsunces conocidos en la historia había otro personaje legendario del mismo apellido: Gastón de Belsunce que a principios del siglo XV peleó con un monstruo que se escondía en una cueva de San Pedro de Irube y murió en la lucha después de matar a la fiera. De aquí procedía en el escudo de la familia la hidra de las tres cabezas.
Entre los vascos, que no ha habido nunca grandes propietarios ni aristocracia cortesana, la familia de Belsunce era la excepción por su riqueza.
La dueña de la casa de Gastizar era de la familia de Belsunce y tenía este apellido del cual estaba orgullosa, así que le agradaba que le escribieran madame d'Aristy (neé Belsunce).
En la sala de Gastizar había en aquel momento varias personas; alrededor del velador del centro estaban tres señoras, madama de Aristy, su prima la vieja señorita de Belsunce y madama de Luxe viuda de un coronel del Imperio.
Madama Aristy era una señora alta, de nariz corva y ojos claros, el pelo blanco. Madama de Aristy hacía media y tenía entre ella y el fuego un pequeño biombo porque no le gustaba el calor de la lumbre.
A su lado leía un número de _La Moda_, la vieja señorita de Belsunce. La señorita de Belsunce estaba empeñada en parecer joven a fuerza de afeites y su sistema pictórico daba a su rostro un aspecto lamentable.
Su única discreción era buscar los sitios que estuvieran a la sombra o en la penumbra donde no se le pudiese ver a la luz plena.
A pesar de su manía de pintarse y de pintarse mal que parecía denotar cierta falta de sentido, en otras cuestiones la señorita de Belsunce discurría con una gran claridad.
Esta vieja señorita era romántica, no del romanticismo entronizado por los escritores y poetas del año 1830 sino del anterior. Tenía una traducción de Ossian que leía con tanto entusiasmo como Napoleón, tocaba el arpa y libaba el monarquismo y la melancolía en las obras llenas de catacumbas y de pompas fúnebres del Vizconde de Chateaubriand.
La otra señora que estaba en el salón, madama Luxe, viuda de un coronel del Imperio, era una mujer rubia, corpulenta, de unos treinta y cinco a cuarenta años, de ojos claros, vestida de una manera vistosa.
Madama Luxe había sido poco feliz en su matrimonio y como todavía se consideraba joven esperaba casarse en segundas nupcias. Algunos pensaban que no le hubiera disgustado Miguel Aristy como marido.
Al lado del piano había dos muchachas y un joven.
De ellas, la mayor era Alicia de Belsunce, la otra Fernanda Luxe. Alicia tendría unos diez y ocho años, el pelo rubio y unos colores de manzana. Fernanda era pálida, morena y melancólica y estaba todavía de corto.
Alicia, en aquel momento sentada al piano tocaba y cantaba mientras un joven, Luis Larralde-Mauleón, pasaba las hojas de la partitura del "Barbero de Sevilla".
Al lado del fuego, dentro de la campana de la chimenea se encontraban Miguel de Aristy, el hijo mayor de la casa, hundido en una butaca, el caballero de Larresore, anciano muy estirado y peripuesto, y el ex intendente Darracq, pariente del marido de madama Aristy.
Miguel y Larresore hablaban en aquel momento de don Valentín Malpica, Darracq escuchaba y arreglaba a cada paso el fuego con las tenazas.
--Es un hombre tosco, sin formas corteses--decía Larresore--la primera vez que me vió me dijo: nosotros los viejos...
--Ja... ja...--rió Miguel--la verdad es que no podrán ustedes hacer buenas migas los dos.
El señor Darracq rió también aunque silenciosamente.
--Otro día--siguió diciendo Larresore--le vi llevando un haz de leña al hombro. Coronel, le dije: ¡Por Dios! ya le enviaremos a usted un mozo para que le acarree la leña.
--¿Y qué le contestó a usted?
--Me dijo que el soldado debe bastarse a sí mismo.
--Sí, es una de sus grandes razones. Don Valentín es un buen hombre sencillo y honrado. Es el militar sin cultura. Como fanático que es, ha exagerado los beneficios de la disciplina y cree que el hombre debe ser una máquina que marche al paso. Para don Valentín las dos normas superiores de la vida son la disciplina y el honor. La disciplina tiene sus ordenanzas militares, respecto al honor él supone que sus leyes son tan exactas como las de la gravedad. Yo no creo en nada de esto, pero reconozco que es un excelente corazón franco y noble.
--Cierto, cierto--repuso Larresore--pero es de una insociabilidad horrible. Estando en su compañía yo no puedo encontrar un motivo de conversación. Le pregunté una vez por su familia y sus antepasados y me dijo que él no había conocido más que a su padre, y añadió que había encontrado en su casa un árbol genealógico en pergamino pero que lo había echado al fuego porque el soldado no debe de pensar en estas tonterías; para él todo lo que es lujoso es inútil. ¡Qué espíritu más lamentable!
--Sí, hay esa misma idea en todos estos militares españoles que andan por aquí. Son gentes sencillas.
--Es falta de civilización--exclamó Larresore--poca sensibilidad. ¿Y estos tres españoles que han estado a ver al coronel Malpica, quiénes son? ¿Algunos revolucionarios?
--Sí.
--¿Y a qué han venido? ¿Quizás a proponerle que se una a ellos?
--Sí.
--¿Y él habrá aceptado?
--Seguramente.
--¿Es tan liberal?
--No, liberal no es; pero las circunstancias le han puesto más cerca del campo de los liberales y con poco que halaguen su amor propio irá.
--¿Tú conoces bien su historia, Miguel?
--Sí.
--¿Qué hay de cierto en eso que se ha dicho de que mató al amante de su mujer?
--Lo que hay de cierto es que tuvo un duelo con un amigo suyo y que le mató.
--¿Y no era el amante de su mujer?
--No, no. Parece que había otra mujer entre ellos.
En esto Alicia se levantó y dirigiéndose a madama de Aristy dijo:
--Tía, no tocaré más. Miguel y el caballero de Larresore están hablando entretenidos y no hacen caso de mi música.
--No, hija mía--dijo Larresore siempre amable--estábamos haciendo comentarios sobre tu música.
--¡Bah, bah!, no me engaña usted, siempre están ustedes hablando.
--Tienes razón, hija mía--saltó madama de Aristy con enfado--yo no sé de qué hablan. Esta noche pasada--y se dirigió a madama Luxe--han estado hasta las dos dale que dale hablando. ¡No se cansarán! pensaba yo.
--Los hombres...--comenzó a decir madama Luxe, pero sin duda no se le ocurrió nada y se calló.
--Es que tienes un hijo muy inteligente, prima mía--repuso Larresore--y a mí me gusta oir sus opiniones.
--Miguel es inteligente para todo menos para mi música--saltó Alicia.--Ayer que no estaba el señor de Larresore para hablar con él se sentó en la butaca y se quedó dormido.
--No, no; estaba soñando.
--Ya, ya. Bueno, ¿y de qué estaban ustedes hablando?--dijo Alicia tomando una silla pequeña y sentándose con los piececitos al fuego.
--Estábamos hablando de estos españoles que han venido al pueblo a visitar al suegro de mi hermano León--dijo Miguel.
--Los he visto--agregó Alicia--uno de ellos un joven moreno con un aire muy enérgico. Muy buen tipo.
--A mí me ha parecido mejor el rubio--saltó Fernanda.
--Yo no les he encontrado nada de particular a ninguno de los dos--dijo el joven Larralde-Mauleón despechado.
--Ya tenemos la eterna discrepancia--exclamó Miguel con su seriedad burlona.--Alicia dice que el moreno, Fernanda que el rubio y el joven Larralde que ninguno de los dos. ¿Quién tiene razón?
--Déjese usted de bromas. ¿Quiénes son?--preguntó Alicia.
--El viejo es un guerrillero español...
--¿Y los jóvenes?
--El rubio es el hijo del general español Lacy que fué fusilado en la isla de Mallorca por liberal. El otro es un muchacho que se llama Ochoa.
--¿Y qué venían a hacer aquí?
--Venían, sin duda, a invitar a este viejo coronel, suegro de mi hermano, a alguna empresa revolucionaria.
--Y ese Ochoa, ¿quién es?--dijo Alicia.
--No sé de él más que lo que tú sabes, que es un muchacho guapo y al parecer revolucionario, pero si te interesa tomaremos informes.
--Entonces tome usted también informes del rubio--dijo Fernanda.
--_Vous êtes mon lion superbe et genereux_--recitó Alicia con énfasis.
Esta frase de doña Sol de "Hernani" en aquel momento produjo marcada molestia en el joven Larralde-Mauleón que se acercó a las señoras y se puso a hablar con ellas.
Poco después, madama de Luxe se levantó y se despidió de madama de Aristy y de la señorita de Belsunce, el joven Larralde-Mauleón saludó inclinándose ceremoniosamente y besó la mano a las señoras.
Madama de Aristy llamó a la campanilla y preguntó si estaba la cena, la criada que apareció en la puerta dijo que sí, y las tres señoras y los tres caballeros pasaron al comedor.
Después de cenar charlaron un rato, las señoras se retiraron, y Miguel y el caballero de Larresore volvieron a la chimenea al lado del fuego, apagaron la luz y estuvieron largo tiempo hablando.
VI.
DON VALENTIN DE MALPICA
AL quedarse solos Larresore y Miguel, el anciano caballero pidió a su sobrino le contara con detalles la historia del viejo coronel español que vivía en Chimista. Miguel la contó pero como no era el Mayorazgo de Gastizar hombre a quien interesaran sólo los hechos, sino que le gustaba bucear en la psicología de los tipos, investigar el origen de los motivos y las características del temperamento, se hundió en un mar de comentarios y de consideraciones filosóficas.
La historia escueta que contó Miguel a su tío fué la siguiente:
Don Valentín de Malpica nació en un pueblo de la Rioja.
Escapado de su casa sentó plaza y comenzó a servir de soldado en la guerra de España con la República francesa en 1793. Estuvo en Navarra a las órdenes de don Juan Ventura Caro y del conde de Colomera, y después fué trasladado a Cataluña donde ascendió a sargento.
En la primavera de 1807, Malpica con el grado de teniente en el regimiento de Asturias, salió de España con la división del marqués de la Romana camino de Hamburgo.
Malpica asistió con su regimiento al sitio de Stralsund que se terminó felizmente y donde fué ascendido a capitán.
Poco después Napoleón al entrar en España temiendo que las tropas españolas del marqués de la Romana se le sublevasen al tener conocimiento de la invasión de la península Ibérica, las acantonó en las islas de Fionia, Langeland y en Jutlandia donde quedaron vigiladas por las fuerzas de Bernardotte.
De los regimientos mandados por la Romana, los de Asturias y Guadalajara intentaron la fuga antes que los demás, y en varios barcos pesqueros se embarcaron, tomaron por el estrecho del Gran Belt, dieron la vuelta a Dinamarca y desembarcaron en las islas de Holanda. Al bajar a tierra amotinados dieron los gritos de ¡Viva España! y ¡Muera Napoleón! Algunos oficiales franceses marcharon a contenerlos y fué muerto un ayudante del general Fririon. Las tropas danesas rodearon a los amotinados y les hicieron rendirse.
Malpica que estaba reunido con los oficiales de su regimiento no quiso quedarse en la isla de Walcheren y en una lancha pesquera pasó a Inglaterra desde donde le trasladaron a la Península. Destinado a la guarnición de Zaragoza tomó parte en el segundo sitio de esta ciudad. Luchó con su amigo el coronel Renovales, y rivalizó con él en valor y en audacia. Renovales y Malpica, éste herido gravemente, cayeron prisioneros de los franceses. Renovales se escapó y Malpica fué llevado al castillo Viejo de Bayona. En esta ciudad estuvo recomendado a una familia vasco-francesa, acomodada, los Doyambere y acabó casándose con la hija de la casa.
Al terminar la guerra, Malpica con su mujer entró en España. Como los militares que volvían de la emigración, en vez de ser considerados en su país eran por el contrario mal mirados y tenidos por levantiscos, Malpica, que había heredado algún dinero, compró una finca a orillas del Ebro y se fué a vivir allí con su mujer y su hija. Pronto se cansó de la vida del campo y dijo a su mujer que iba a solicitar la entrada en el servicio activo e ir a América. La mujer quiso convencerle de que no fuera, pero Malpica no era de los que se avienen a razones.
Malpica recomendó a uno de sus amigos, a un tal Ramón Lanuza a su mujer y a su hija, y él pasó siete años en América luchando a las órdenes del general Morillo y alcanzó el grado de coronel.
En 1822 Malpica volvió a España y a su finca. Le dijeron al llegar y notó también él que su amigo Ramón tenía mucha confianza con su mujer, cosa nada rara, pues que el amigo llevaba siete años visitando asiduamente la casa.
El coronel que había traído costumbres y hábitos de factoría de su vida americana, estaba fuera de su centro en el círculo de su mujer y de sus amistades, y para encontrarse entre los suyos iba de caza, andaba entre los jayanes, y se enamoró de una muchacha zafia hija de un labrador.
Las relaciones fueron públicas y produjeron la indignación de la mujer de Malpica que reprochó a su marido su conducta.
--No hay que hacer caso de lo que hablan las malas lenguas--parece que dijo Malpica sentenciosamente a su mujer--también dicen de ti que estás enredada con mi amigo Ramón y yo no lo creo.
La mujer contó esto a Lanuza quien pidió cuentas a Malpica.
Riñeron los dos violentamente y Lanuza le dijo:
--Todo el mundo sabe que yo no tengo nada que ver con tu mujer. Es una calumnia que repites de una manera innoble, en cambio todo el mundo sabe que tú tienes relaciones con esa muchacha hija de un aperador.
--Es falso también.
--No, no es falso--y Lanuza añadió con sorna.--Esa muchacha es la querida de tu asistente y el dinero que tú le das a ella, ella se lo entrega a él.
--¡Mientes!
--Esta noche lo podremos ver si quieres. Ella irá a buscar al asistente al cuarto próximo a la cuadra donde duerme él como todas las noches.
Se apostó Malpica para ver si era verdad lo dicho por su amigo y pudo comprobar que la cosa era cierta.
Lanuza le acompañaba.
Malpica exasperado y loco de furor dijo a su amigo que uno de los dos sobraba.
--Nos batiremos cuando quieras--le contestó Lanuza con frialdad.
Malpica entró furtivamente en su casa, tomó dos pistolas, una botella con pólvora y balas y salió al campo.
--¿Adónde vamos?
--Vamos a la isla del río.
En el río había una isla de arena que tendría treinta o cuarenta varas de largo. Llegaron a la orilla, entraron en la barca y bajaron en la isla. Era al amanecer.
Cargaron las pistolas y jugaron a cara y cruz la pistola que correspondería a cada uno y quién daría la voz de mando. Le tocó a Lanuza. Se colocaron en sus puestos, en los dos extremos de la isla al borde del río. En este momento Malpica gritó:
--¡Lanuza!
--¿Qué?
--Confieso que no tengo razón.
Lanuza contestó con una carcajada irónica.
--¿Eres cobarde también? No lo creía.
--No, no soy cobarde, pero comprendo que te he ofendido sin razón. Te daré las explicaciones que quieras.
--No hay explicaciones que valgan. ¡Prepárate! Sino disparo.
--¿Qué más pretendes de mí?--gritó Malpica. ¿No te confieso que no tengo razón?
--No me basta. Quiero tu sangre. Quiero verte ahí muerto.
--¡Ah, quieres matarme! ¿Quieres quitarme de en medio para casarte con mi mujer?
--Tú lo has dicho.
--Bien. Veremos si lo consigues. De todas maneras ten en cuenta que te he ofrecido la paz.
--No hay paz. ¿Estás en guardia?
--Sí.
--Una... dos... tres.
Una bala pasó silbando por encima de la cabeza de Malpica.
Lanuza cayó. Malpica se acercó de prisa al otro extremo de la isla. La pistola estaba en el suelo al borde mismo del agua cerca de un reguero de sangre.
Lanuza había desaparecido. Malpica entró en la barca y fué por el río mirando por sí aparecía el cuerpo de su amigo. Sin duda había caído para atrás y la corriente le había arrastrado.
Malpica volvió a la orilla, entró en su casa, montó a caballo y unos días después llegaba a Barcelona.
En tanto los franceses de Angulema habían entrado en Cataluña. Malpica se incorporó a las fuerzas de Mina.
Peleó con gran valor durante tres meses y poco antes de la capitulación de Mina, cayó herido de un tiro en el pecho cerca de Figueras.
Los franceses le dejaron por muerto en el campo.
De noche un merodeador fué a quitarle la ropa y al moverle, Malpica comenzó a quejarse. El ladrón iba a huir, Malpica le dijo que tenía dinero guardado y que se lo daría si le salvaba.
El merodeador le llevó al hombro a una cueva y el coronel pasó días entre la vida y la muerte hasta que se curó.
Cuando ya se encontró bueno y con fuerzas para andar se dirigió a la frontera, la atravesó y entró en Francia.
En Perpiñán pidió informes del coronel Malpica de quien dijo era amigo y le mostraron un boletín francés en donde se citaba su muerte.
No podía decir que era él Malpica a trueque de ser tomado por un falsario.
Decidió cambiar de nombre y trabajar. Al principio su vida fué miserable, tenía que dedicarse a faenas humildes, pero como era duro y fuerte no le molestaban.
Lo que sí le preocupaba era encontrarse con antiguos compañeros que le conocían.
Decidido a abandonar esta parte de Francia escribió a un hermano suyo diciéndole lo que le había ocurrido, cómo pasaba por muerto, pidiéndole una pequeña suma y encargándole que no dijera a nadie que vivía. El hermano le contestó enviándole la cantidad, le decía cómo se había encontrado a Lanuza muerto en una presa y que unos suponían que se había suicidado y otros que había sido víctima de un crimen.
El hermano de Malpica comunicó la noticia de que el coronel vivía a su mujer y a su hija.
La mujer vendió la finca próxima al Ebro y vino a establecerse a Bayona. La hija de Malpica, Dolores, trajo a su padre a vivir a Ustariz...
* * * * *
Al acabar de contar Miguel Aristy la historia del coronel, el caballero de Larresore movió la cabeza de un lado a otro.
--¡Qué mentalidad!--exclamó.--¡Qué cabeza! Ir así arrastrado por los acontecimientos sin pararse a reflexionar... es lastimoso.
--¿Qué quiere usted? Los hombres que han nacido para la acción son así. Cuando se comprende demasiado se ejecuta poco. Nosotros, usted y yo somos razonadores. El es un impulsivo, un español a la antigua. El se cree liberal y no lo es, se cree el colmo de la inteligencia y ya ve usted lo que da de sí.
--Es de una incomprensión y de una suficiencia cómicas.
--Pues se figura ser el hombre más discreto y más juicioso del mundo; en cambio no se tiene por valiente, y es valiente como un león.
--Es la barbarie.
--Todo lo que le sale de la cabeza le parece maravilloso. Lo que no comprende para él no existe, y si de una cosa comprende una parte supone que la parte que no comprende sobra. Al hombre le gustaría recortar todas las ideas hasta que entraran bien en las casillas de su cabeza.
--Tendría mucho que recortar.
--Sí; probablemente Malpica se cree infalible. Lo que ha juzgado ya no quiere volver a juzgarlo. Si se equivoca son las cosas las que se han equivocado, al no estar conformes con lo que él ha dicho de antemano.
--¡Oh! ¡Qué estupidez!
--El se considera el definidor de todo. El prototipo de todo. Cuando dice: El honor es lo primero después la patria, ya no hay necesidad de volver sobre esto.
--¡Lamentable, lamentable!--murmuró Larresore.
--Lleva la cabeza rapada, como habrá usted notado, y le parece que un melenudo es un insulto a sus ideas. Es uno de los motivos de odio que tiene contra su yerno, mi hermano León.
--¿De verdad?
--Sí. Los pelos largos le irritan. El soldado no necesita esos tufos, suele decir. No hay manera de convencerle de que un escritor o un artista no tiene la aspiración de ser soldado. Muchas veces a mi cuñada, su hija, le dice despóticamente: El soldado debe levantarse más temprano. Pero yo no soy soldado, papá, le contesta ella con gracia. No importa, replica él. En la vida todo es como el ejército.
--¡Qué vulgaridad! ¡Qué horror!--exclamaba el caballero de Larresore.--El soldadismo se ha metido por todas partes. ¡Esa Revolución! ¡Esa Revolución! ¡Qué pena! Destruir tan bellas cosas para dejar el mundo convertido en un cuartel.
VII.
RETRATOS DE FAMILIA
LA familia de Aristy estaba formada en Ustariz por la madre y sus dos hijos Miguel y León. Madama Aristy tenía también una hija casada con un rico propietario de Bayona.
El marido de madama Aristy no había sido conocido en Ustariz ni vivido en Gastizar. Se decía de él que era un gascón que en tiempo del Terror tomó parte en las jornadas revolucionarias, y que después, deportado a Cayena, desapareció.