La Veleta de Gastizar

Part 2

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Así, la veleta de Gastizar se había movido en la época del Terror, después de las matanzas de Septiembre, cuando Domingo Garat fué designado por Danton para ministro de Justicia; también se había movido el día del suplicio de los Girondinos, día en que el mismo Garat era ministro del Interior; luego la veleta misteriosa cambió de rumbo el 18 de Brumario, y volvió a cambiar cuando las tropas de Wellington pasaron por Ustariz y el lord Duque se alojó en casa de Garat. Las dos últimas agitaciones de la veleta habían coincidido con Waterloo y con la restauración Borbónica.

La revolución de Julio no había conseguido conmover la veleta de Gastizar, quizás no consideraba a Luis Felipe y a sus ministros de bastante importancia, quizás los vientos del verano no habían sido lo suficientemente fuertes para sacarla de su inercia.

La Veleta de Gastizar dependía de la política francesa, que a su vez en Ustariz dependía de Garat.

Garat, la veleta y la Revolución eran la trinidad política de Ustariz.

Esteban el posadero, como hombre partidario de las reformas, había tenido la idea feliz de bautizar su posada con el nombre de la Veleta, dando a entender que el establecimiento y su amo patrocinaban los más atrevidos cambios y las más radicales modificaciones sociales.

Muchos aseguraban, según dijo Esteban el posadero, que no había de tardar la veleta en moverse. No era la revolución de Julio un acontecimiento tan insignificante para que una veleta, por muy alta que estuviera, lo despreciara.

Esteban al explicar la cuestión con detalles se reía; pero estaba inclinado a creer que algún misterio existía en la veleta de Gastizar, aunque no fuera más que para amenizar la vida, algo insípida, del pueblo.

Mientras Esteban charlaba animadamente, los viajeros cenaban y la muchacha de la posada iba y venía mirando al joven Lacy con el rabillo del ojo.

Después de la cena Esteban se retiró y los viajeros se enfrascaron en una larga conversación política.

Estaban los tres metidos en la gran aventura que los constitucionales españoles iban a emprender por aquellos días. Campillo era amigo del coronel Valdés, y pensaba acompañarle; Ochoa se decía partidario de Mina, y el joven Lacy se hallaba dispuesto a seguir a cualquier caudillo que marchase adelante, a la victoria o a la muerte.

Después de una larga conversación en la que se discutieron ideas y personas, Campillo dijo:

--Bueno, vamos a la cama, que mañana tendremos que levantarnos temprano.

Ochoa llamó con el procedimiento de la patada en el suelo, y se presentó Esteban, que condujo a cada uno a su cuarto.

--Me parece que la veleta de Gastizar esta noche se va a mover--dijo el posadero frotándose las manos.

Lacy entró en su cuarto, dejó la palmatoria en la mesilla de noche y se sentó en una vieja butaca. La alcoba tenía en el techo grandes vigas pintadas de azul. En medio estaba la cama de madera, grande, ancha, con cuatro o cinco colchones y del techo colgaban cortinas pesadas que la envolvían. Más que una cama, aquello parecía un altar.

Sobre una cómoda, brillante y ventruda, se veía en un fanal un ramillete hecho con conchas. Lacy estuvo un momento pensativo; luego se acercó a la ventana. Se había levantado un viento terrible, huracanado.

Las ráfagas de aire daban alaridos, mugidos, silbidos; zarandeaban los árboles, cuyo follaje seco se estremecía y producían un rumor como el del mar en un robledal lejano. Algunas ramas golpeaban el cristal de la ventana como si fueran manos que llamaran.

Los relámpagos aclaraban el campo con su luz cárdena y resonaban los truenos largos en todas las concavidades del valle. Un momento la lluvia se convirtió en granizo y quedó todo el campo cubierto de perlas brillantes. Caía el granizo con un repiqueteo como el de un tambor. Lacy, después de un largo rato de contemplación, se desnudó, apagó la luz y se metió en la cama...

En las primeras horas de la noche la violencia del viento aumentó; después comenzó a caer una lluvia mansa, tranquila; cesó el viento y no se oyó en el silencio del campo más que el ladrido lastimero de un perro...

Al levantarse los viajeros albergados aquella noche en la Veleta de Ustariz, el sol brillaba en el cielo y el campo tenía un aspecto plácido e idílico.

--Saben ustedes--les dijo Esteban el posadero al saludar a sus huéspedes.

--¿Qué hay?

--La veleta de Gastizar se ha movido esta noche. Vamos a tener acontecimientos.

III.

USTARIZ Y SU GRANDE HOMBRE

USTARIZ es una aldea vasco-francesa que está a dos leguas o dos leguas y media de Bayona en la orilla izquierda del Nive. Es uno de esos pueblos cuyo caserío esparcido por el campo y agrupado en barrios tiene una gran extensión.

Los barrios de Ustariz, muy lejanos unos de otros, llevan los nombres de Arrauntz, Eroritz, Erribere y Purgonia. De estos grupos de casas, el de Erribere, el pueblo bajo, núcleo principal de la villa, conservó hasta la Revolución ciertas prerrogativas.

Entre dos de estas barriadas, que ofrecen a las miradas del viajero casas muy típicas de aire vasco, está la iglesia moderna y sin carácter.

Ustariz se encuentra rodeado de robledales. Según algunos sabios del lugar, su nombre significa en vasco círculo de robles.

Ustariz es pueblo de horizonte despejado y de hermosas vistas. Desde los altos se divisa al Sur, el monte Larrun, a la derecha, y el pico de Mondarrain a la izquierda; hacia el Norte se extiende la gran llanura francesa hasta que se pierde de vista. Las cercanías de Ustariz son frondosas; colinas verdes con prados y bosques.

Ustariz forma parte de la antigua comarca vasca llamada Labourt. Toda la tierra que lleva este nombre es poética soñolienta, soleada. El río Nive la cruza de un extremo a otro.

El Nive es un río de rápida corriente, con cascadas y presas que mueven los molinos en la parte alta, y muy lento en su parte baja.

Mientras cruza la comarca de Suberoa es un río claro, alegre, saltarín, lleno de espumas; un riachuelo vasco, pequeño y alborotador, que corre por entre desfiladeros y gargantas poblados de hayas y de robles.

En su parte baja al entrar en el Labourt, sobre todo después de Ustariz, el Nive es profundo, oscuro, verde; espejo inmóvil donde se reflejan los árboles de las orillas y por donde se deslizan las barcas planas que en el país llaman _chalantas_.

Todo el estrépito de este río cuando es niño y navarro, se convierte en silencio y modestia al hacerse labortano y adulto. Entonces se esconde como avergonzado entre las colinas pobladas de árboles, pasa sin ruido y sin espumas por debajo de los puentes y marcha a reunirse con repugnancia en Bayona con el Adour, que es un río lento y turbio que viene de pueblos de lengua de oc, pueblos encalados y rodeados de tierras blancas y arenosas.

Ustariz era antiguamente la capital administrativa del Labourt y celebraba una asamblea todos los años casi tan famosa en el país vasco como la de Guernica. Esta asamblea, el _Bilzaar_ donde se reunían los viejos labortanos para resolver los asuntos de la comarca, se congregaba en el bosque de Haitzea sobre una eminencia poblada de robles a la que se llamaba Capitolo-erri (lugar del Capitolio).

En 1830 Ustariz estaba en decadencia; muchas de sus casas se hallaban en ruinas; su pequeña industria no progresaba. Ya no se celebraba el _Bilzaar_ como en los buenos tiempos; ya los sabios del país no acudían al bosque de Haitzea.

Ustariz había perdido su capitalidad administrativa, y las tres comarcas vasco-francesas: el Labourt, Soule y Suberoa no formaban un departamento como habían pedido los Garat y otros regionalistas del país al Gobierno revolucionario.

Los vascos de Francia entraban en el mismo montón que los bearneses y gascones, cosa que desagradaba profundamente a Garat el menor, vascófilo impenitente, a pesar de llamarse así mismo ciudadano del mundo.

Muchos de estos regionalistas vasco-franceses hubieran querido llegar a una aproximación con los españoles y formar una confederación vasca para defenderse de la presión niveladora de París y conservar el espíritu de la región; pero no encontraban, ni entonces ni después, colaboradores en los vascos españoles, tercos y cerrados para todo cuanto no fuera un estúpido absolutismo y un más estúpido fanatismo religioso. Por otra parte, la política natural de las grandes nacionalidades tenía que separar a los vascos de un lado y otro del Pirineo, cortando poco a poco las fibras sentimentales comunes. En esta época de decadencia de Ustariz quedaban en el pueblo dos curiosidades: la casa del convencional Domingo José Garat, que todavía vivía en Urdains y la veleta misteriosa de Gastizar.

Urdains estaba cerca del barrio de Arrauntz y de la colina de Santa Bárbara, desde donde se divisaba un magnífico panorama; Gastizar se hallaba dentro de Erribere.

Entre Garat y la veleta de Gastizar había grande semejanza. Los dos eran ornamentales, los dos versátiles; pero Garat había cambiado con los vientos reinantes mejor que la veleta de Gastizar, que se hallaba desde hacía tiempo enmohecida. Garat se movía también a impulsos de la bondad y del reconocimiento.

Los Garat habían tenido el sino de figurar en el mundo.

Garat el mayor, había sido diputado en los Estados generales durante la Revolución; Garat el menor, el célebre, fué ministro en plena efervescencia revolucionaria, y otro hermano más joven había sido uno de los tenores de más fama de la época.

Las mujeres de la familia también se habían distinguido, y la hermana de Garat, superiora del convento de la Visitación, de Bayona, llamaba la atención por su inteligencia y por su belleza extraordinaria.

Garat, el tenor, alcanzó el máximo de su popularidad en tiempo del Directorio; había dado antes lecciones de canto a la reina María Antonieta; fué el ídolo de los salones, y puso en boga en París una canción vasca que comenzaba así:

_Mendian zori eder Eper zango gorri._

(¡Qué bonita es la perdiz de patas rojas en el monte!)

Domingo Garat, el menor, hombre débil, brillante y versátil, había pasado por los momentos más terribles de la Revolución francesa, intentando dejar una amable sonrisa allí donde los demás dejaban una mueca de furor y de amenaza.

No le valió su amabilidad, y en los momentos trágicos tomó un carácter sombrío. Estuvo también preso y a punto de ser guillotinado. Garat cumplió la triste misión, siendo ministro de Justicia, de comunicar a Luis XVI su sentencia de muerte.

El sino del vasco Garat fué parecido al del bearnés Barere de Vieuzac; las circunstancias hicieron de estos ruiseñores meridionales tipos odiosos y odiados por la mayoría.

Los periodistas monárquicos que redactaban el periódico _Las Actas de los Apóstoles_ agrupaban tres nombres como sinónimos: Carra-Garat-Marat, uniendo por la fuerza del consonante a hombres tan distintos como Marat el sanguinario, Carra el jacobino sospechoso, y Garat el ideólogo de las frases brillantes.

_Garat toujours rempli de frayeur et d'espoir A toujours le secret de dire blanc et noir. S'exprimer franchement lui semble par trop bête Et sauvent son pays il veut sauver sa tête._

(Garat, siempre lleno de miedo y de esperanza, tiene siempre el secreto de decir blanco y negro; expresarse francamente le parece muy tonto, y salvando el país quiere salvar su cabeza). Garat, a quien los monárquicos intentaban pintar como uno de tantos ogros de la Revolución, no era más que un hombre que había errado el camino. Garat era un hombre ligero y versátil, retórico y conceptista. Amaba a su pueblo y a su país, era vascófilo, meridionalista e hispanófilo, y firmaba a veces sus trabajos con el seudónimo de José de Ustariz.

Era Garat hombre amigo de novedades, y fué uno de los primeros franceses que antes de la Revolución quiso hacer trabajos para propagar en Francia la filosofía de Kant. El poeta danés Baggesen durante su estancia en París le comunicó el entusiasmo por el filósofo de Koenigsberg.

A medida que la Revolución francesa evolucionaba, Garat evolucionó con ella; fué alternativamente dantoniano, thermidoriano, bonapartista, imperialista, después abandonó la barca de la Revolución, que naufragaba, y se hizo partidario de los Borbones y devoto.

_Messieurs, n'acusez pas Garat De changer de doctrine._

(Señores, no acuséis a Garat de cambiar de doctrina) así comenzaba una poesía satírica dedicada a él.

En el Diccionario de las Veletas, publicado en París en 1814, Garat estaba en el número de las primeras veletas de Francia.

Hasta en Ustariz, su pueblo, donde todo el mundo le quería, se le motejaba de versátil, y durante la Restauración uno de los versolaris labortanos le dirigió estos versos:

_Gastizarco veleta Ez du ibiltzen aicea Ez ifarra, ez igoa Ez da Garat bezala Uztaritzco lagun zarra Bere borondatez eramana Beti turnatzen al da Alde guztiyetara_

(A la veleta de Gastizar ya no la mueve el viento, ni el Norte ni el Mediodía. No se parece a Garat, nuestro viejo amigo de Ustariz, que llevado por su buena intención siempre anda dando vueltas en todos sentidos.)

Como el abate Swift gritaba en sus ratos de alegría: ¡Viva la bagatela!, Garat podía decir: ¡Viva la versatilidad!

Su versatilidad le había conservado joven y de buen corazón y tenía derecho a vitorearla.

Como se ve por estas explicaciones, Ustariz era un pueblo en 1830 que podía vanagloriarse de sus veletas. La de Gastizar y la de Urdains tenían fama en muchas leguas a la redonda.

IV.

GASTIZAR Y CHIMISTA

SI van ustedes a Chimista--dijo Esteban el posadero a sus huéspedes--irán ustedes mejor a pie que a caballo: al dejar la carretera el camino que hay que tomar estará húmedo y resbaladizo con la lluvia de esta noche.

--Nos vamos a poner perdidos--dijo Campillo.

--Si usted quiere ir a caballo--observó Ochoa--nosotros le seguiremos a pie.

--No; iré también a pie.

--Yo les acompañaré hasta dejarles en el camino de Chimista--indicó Esteban.

Los españoles, precedidos por Esteban, salieron de la posada y marcharon por la carretera. Al pasar por Gastizar, la casa de la misteriosa veleta, se detuvieron a contemplarla.

Era Gastizar un caserón grande colocado entre la carretera y el río, con las paredes de un color amarillento negruzco, las persianas verdes y el tejado de un tono rojo oscuro herrumbroso. Una de sus fachadas laterales tenía en un ángulo una ancha torre cuadrada, centinela en guardia que vigilaba la carretera.

En el país, Gastizar podía llamarse palacio. Eran sus paredes de mampostería y en las aristas de todo el edificio, como en las de la torre, ostentaba cintas de piedra rojiza tallada.

Las ventanas y balcones tenían grandes marcos de arenisca blanca.

Las persianas y puertas verdes estaban ya muy desteñidas; el alero, artesonado de cerca dos metros de saliente, se hallaba pintado de manera un tanto bárbara, con las zapatas que le sostenían azules y los entablamentos amarillos.

Un camino transversal que partía de la carretera pasaba por delante de Gastizar, cruzaba el río por un puente y seguía hacia Chimista. A este camino daba la fachada principal del palacio.

Tenía ésta un jardín delante circundado por una tapia baja, con dos grandes tilos y unos macizos de hierba.

Pasando la avenida se entraba por una portalada por encima de la cual avanzaba un gran balcón con los barrotes labrados y cuyo barandado estaba sujeto a la pared por arcos de hierro.

Enredándose en ellos se veía una glicina nudosa.

En el segundo piso había cinco balcones sin saliente con los cristales pequeños y verdosos y en medio del tejado cortando el alero una mansarda.

Los viajeros contemplaron un momento Gastizar.

Entre la casa y el río se extendía la huerta orientada al levante con dalias, rosas de todos colores y crisantemos de la India que hacía poco tiempo se habían introducido en el país y que en aquellos días de Octubre estaban aún en todo su esplendor.

Gastizar ofrecía distinto aspecto según del lado desde donde se le mirase.

Por la fachada, orientada al Norte, tenía un aire sombrío; los musgos verdosos nacían entre sus piedras y los hierbajos crecían sobre la cornisa de los balcones y en el alero.

Los otros tres lados eran más sonrientes y alegres y estaban rodeados de jardines; la parte que daba a la carretera con su torrecilla cuadrada se perfilaba con cierto aire feudal. Esta torrecilla tenía dos miradores y un tejado plano sobre el cual se erguía la misteriosa veleta de Gastizar con su dragón con la boca abierta, sujeto en un vástago de ocho o diez pies de alto terminado en una punta de lanza.

Esteban el posadero que mostró a sus huéspedes Gastizar y sus curiosidades dijo que algunos que se tenían por inteligentes aseguraban que esta veleta debió haber sido traída de otra parte porque parecía del siglo XV y la construcción de la casa databa del siglo XVI. Esteban añadió que un viejo del pueblo aseguraba que esta veleta la había visto él en un torreón de Larresore antes de la época revolucionaria y agregó que un señor condecorado que había estado en el pueblo dijo que antiguamente la importancia y nobleza de un castillo se podía medir por el número de veletas. Cuantas más tenía más noble y más importante era. Durante mucho tiempo los plebeyos no podían tener estos pequeños aparatos sobre el tejado de sus casas lo que a Esteban, que era un buen liberal, le parecía el colmo del abuso y una de las más abominables señales del despotismo del Antiguo Régimen.

Después de hacer gala de sus conocimientos, el posadero, indicando uno de los dos caminos en que se dividía el que iban siguiendo, dijo:

--Por ahí en media hora estarán ustedes en Chimista.

Marcharon los viajeros adelante, preguntaron en dos caseríos hasta detenerse en una casita pequeña y blanca que aparecía en medio de un robledal, rodeada de campos y a poca distancia del río. Era Chimista.

Tenía la casa que llevaba este nombre dos pisos con entramado de madera. Era del tipo clásico del país, el primer piso avanzaba un poco sobre el bajo y el segundo sobre el primero. Se abrían a un lado dos ventanas góticas del gótico conopial y una puerta en arco apuntado.

La puerta estaba abierta. Entraron en el zaguán y llamaron dando palmadas. No apareció nadie.

--Ahí al lado había unas mujeres. Voy a preguntarles si hay alguien en la casa--dijo Ochoa.

Acababa de salir el muchacho navarro cuando se presentó en el portal una mujer joven con un niño en brazos.

--¿Está don Valentín Malpica?--preguntó Campillo en castellano.

--¡Mi padre!... Sí...--balbuceó la mujer.--¿Qué le querían ustedes?

--Queríamos hablarle. Somos amigos suyos.

--Ah, entonces... pasen ustedes, está en la huerta.

Campillo y Lacy cruzaron el zaguán y un establo y salieron a la huerta.

Contemplando unos árboles frutales había dos hombres; un viejo canoso y un señor de unos cuarenta años, tipo entre ciudadano y campesino que llevaba una boina grande. Este señor era el mismo que habían visto en el zaguán de la fonda de la Veleta al llegar a Ustariz en un tilburí.

Campillo se acercó al viejo.

--¡Malpica!--exclamó.

El viejo se volvió rápidamente y puso la mano derecha sobre los ojos como pantalla y preguntó en francés a su compañero:

--¿Quién es?

--No sé, no le conozco--dijo el de la boina.

--Soy Campillo, tu camarada. ¿No te acuerdas de mí?

Malpica se acercó al forastero y le estrechó la mano.

Era don Valentín Malpica un viejo derecho con la cara sonrosada y los ojos grises. Tenía la tiesura y la rigidez de un militar.

--Venimos a hablarte--dijo Campillo.--Este muchacho que me acompaña es Eusebio de Lacy, hijo del general.

--¡Es el hijo de Lacy! perdone usted joven que le abrace.--Malpica le estrechó entre sus brazos.--Le conocí mucho a su padre de usted, y peleé con él--siguió diciendo.--Era un militar valiente y un liberal de verdad. Espérenme ustedes un momento. Les presentaré a ustedes... mi hija..., Miguel Aristy..., el coronel Campillo... Lacy.

Se dieron la mano. Miguel Aristy era el señor de la boina grande que acompañaba a Malpica.

La hija del coronel invitó a sentarse a los forasteros en el jardín en un cenador cubierto de enredaderas, entre las que se destacaban clemátides blancas y azules, campanillas rojizas y rosas tardías.

Un niño de tres a cuatro años salió corriendo de la casa y se echó en brazos de la hija de Malpica.

--¿Es hijo de usted?--le preguntó Lacy señalando al niño.

--Sí.

--¡Qué guapo es!

--Lo que es, es muy desobediente.

--¡No!--dijo el chico levantando el dedo en el aire.

--Sí, sí. Su hermanita es mucho mejor que él.

--¿Vive usted todo el año aquí en el campo?--preguntó Lacy.

--Sí, todo el año, con mi padre y mi marido.

--¿Su marido de usted es este señor?--dijo indicando al de la boina.

--No, este señor es mi cuñado. Yo estoy casada con su hermano.

--¡Qué casa más simpática tiene usted!--exclamó Lacy--aquí parece que debe ser muy fácil ser feliz.

--Yo creo que en todas partes se puede ser feliz si se contenta uno con poco.

--Sí, quizás sea cierto, pero eso no lo puede saber usted por experiencia.

--¿Por qué?

--Porque lo tiene usted todo: unos niños tan bonitos, su padre, el marido, el buen carácter...

--Usted también lo tendrá...

--Será difícil.

--¿No tiene usted familia?

--Sí, mi madre. Mi padre fué el general Lacy fusilado en Mallorca por liberal.

--He oído hablar mucho de él.

--Mi padre estaba reñido con mi madre. Yo he sido educado en colegios, siempre separado de la familia.

--¡Qué pena!

--Sí, mi infancia ha sido bastante triste. Mi juventud tampoco es muy alegre. Estoy enfermo.

--Curará usted.

--No sé; ya veremos.

--Buenos señores--dijo Malpica acercándose al cenador.--Puesto que tenemos que hablar de asuntos reservados vamos a mi cuarto.

Campillo y Lacy se dispusieron a marcharse de la huerta y se despidieron del señor de la boina.

--Adiós, señor de Lacy--dijo la hija de Malpica dando la mano al joven--y no arrastren ustedes a mi padre a ninguna empresa peligrosa.

Abandonaron los dos españoles la huerta y por la cuadra pasaron al zaguán en donde vieron a Ochoa que hablaba en vascuence con unas muchachas que al oirle se reían a carcajadas.

Ochoa se unió con sus amigos y los tres subieron por una escalera al rellano del primer piso. Malpica, que les esperaba, les condujo a un cuartito pequeño empapelado, adornado con unas estampas de generales y de guerrilleros de la Independencia puestos en marcos en las paredes, una mesa, un estante con una docena de libros y dos sillones.

--Aquí que nadie nos oye--dijo Malpica dirigiéndose a Campillo.--Puedes hablar a tus anchas.

Campillo que no era hombre de buenas explicaderas comenzó a embarullarse y a perderse en comentarios y en detalles de tal modo, que dijo dirigiéndose al joven Lacy:

--Hable usted, porque yo no sé explicarme rápidamente.

Eusebio Lacy tomó la palabra.

--Ya le ha indicado el coronel Campillo--dijo--que los liberales españoles han pensado hacer un intento serio para establecer la Constitución en España. Supongo que estará usted enterado de la marcha en general de este asunto.

--No, no lo estoy. Vivo aquí apartado y sin enterarme de nada.

--Entonces haré un resumen de lo que ocurre. Después de la Revolución de Julio de París, todos los caudillos españoles liberales se han reunido para hacer un intento en la frontera. El gobierno francés favorece la empresa y el mismo Luis Felipe ha dado dinero para ella. Entre los jefes están Mina, Gurrea, Chapalangarra, Méndez Vigo, Jáuregui, López Baños, San Miguel, Milans del Bosch, Valdés... En fin, todos.

--Los conozco--dijo Malpica.--A unos personalmente, a otros de nombre.

--Por desgracia--añadió Lacy--hay diferencias entre los nuestros y se han formado varios bandos capitaneados por Mina, Valdés, Chapalangarra, Méndez Vigo y Gurrea.

--¡Mal negocio!

--Sí, es defecto de nosotros los españoles, pero en fin, yo creo que las diferencias se borrarán con el éxito.

--Es de esperar.