La Veleta de Gastizar

Part 7

Chapter 73,870 wordsPublic domain

¡Cuántos espíritus religiosos, cuya vida ha sido una serie de esfuerzos heroicos para creer en el dogma que no creyeron, han marchado de desilusión en desilusión sugestionados por esa mágica estela! ¡Cuántos grandes revolucionarios marcharon adelante con un ademán gallardo enardeciendo a las masas, llevando el convencimiento íntimo de que dentro de sus ideas no había nada!

¡Cuántos millones de soldados muertos sabían únicamente que su patria era la que llevaba la bandera roja, la blanca o la azul, la que tenía este himno y nada más! Y, sin embargo, han ido arrastrados por la corriente sentimental y han hecho ante el caos ciego el sacrificio de la vida.

En todas las esferas de la actividad humana, en la religión y en la política, en la literatura y en el arte quedan estas estelas sentimentales. Todos los grandes hechos de la historia, todas las grandes corrientes han pasado por la inteligencia y por la sensibilidad de los pueblos dejando una estela.

Ahora, al notar esa estela que queda en el mar de las ideas; que es la nuestra, la que hemos escogido, quisiéramos avanzar por ella rápidamente y llegar a su más puro origen. Ya es tarde, el barco ha pasado para siempre y ya no volveremos a divisar sus velas.

Los astrónomos nos han hablado de que la distancia de algunos astros es tan grande, que su luz tarda en llegar a la tierra cincuenta, sesenta, ochenta años. Así puede muy bien suceder que una estrella haya desaparecido o se haya desplazado, y sin embargo nosotros la sigamos viendo en el cielo de las noches espléndidas.

¡Qué triste, qué melancólico resulta pensar que una de esas estrellas que parece que nos guía y nos contempla puede no existir ya y sin embargo, estarla viendo!

Así en la vida moral y en la vida sentimental cabe sospechar el carácter mítico de las ideas y de los dioses, y seguir en la corriente que produjeron ellos cuando todavía eran dioses e ideas.

VI.

LOS PREPARATIVOS

ESTABA el partido liberal dividido en grupos en la emigración cuando llegaron los sucesos de Julio de París, con el destronamiento de Carlos X, y toda la grey constitucional se conmovió y fué llamada a Francia por intermedio de los agentes de la masonería y el carbonarismo.

El gabinete de Fernando VII publicó contra el Gobierno de Julio un manifiesto injurioso suscrito por Calomarde.

No pudiendo contestar a Calomarde, que en punto a la legitimidad tenía razón, el ministro de Luis Felipe, decidió asustar a Fernando VII ayudando a los liberales españoles.

El auxilio del Gobierno francés permitió a los constitucionales ir y venir por Francia y acercarse libremente a la frontera.

El primer punto de cita de los emigrados se estableció en París. Allí fueron acudiendo todos ellos desde Londres, desde Bruselas y de Suiza. Torrijos y algunos de sus partidarios, que tenían preparada una expedición por Gibraltar, quedaron en Londres dispuestos a embarcarse para la Península.

Leguía y Chacón, enviados por Mina antes de las Jornadas de Julio, habían cruzado el Canal de la Mancha en un falucho. Avanzaron los dos hasta la frontera española, pero fueron presos y llevados con escolta de gendarmes hasta Calais.

Al triunfar la Revolución los dejaron libres, Leguía sin recursos fué a París y presenció los acontecimientos de Julio.

En Agosto comenzaron a pasar el Canal de la Mancha los emigrados. El 11 bajaron en Calais, Bertrand de Lys, Mendizábal, Olegario Cueto, el brigadier Palarea y Juan Llupius. Pocos días después el coronel Valdés desembarcó en el Havre.

En París se reunieron Valdés, Leguía, Aldaz el secretario de Mina, Mendizábal y Chapalangarra. Habían pasado de Inglaterra a Francia con la idea de ejercer una acción común y no había manera de que se pusieran de acuerdo.

Leguía, Aldaz y Chapalangarra, los tres navarros estuvieron a punto de reñir y de pegarse. Chapalangarra se había separado de Mina, Leguía había hecho lo mismo y ambos creían tener motivos de queja contra el general. Leguía se creía olvidado y estaba ofendido. Aldaz defendía a su jefe viniera o no a cuento.

La reunión de los liberales en París no demostró más que sus divisiones. Se decidió formar una junta en Inglaterra, otra en Francia y para secundar los trabajos de esta última, los radicales franceses constituyeron una segunda junta con el nombre de Comité Español.

Se abrió una suscripción y las listas engrosaron rápidamente. Los banqueros Ardouin, Calvo y Bertrand de Lys aseguraron que pronto tendrían dinero. La Junta de Francia formada por españoles y dirigida por Mendizábal escribió a Mina y le preguntó si podía contar con él.

Mina contestó que sí, y desde este momento la Junta se trasladó a Bayona.

Con los primeros fondos del empréstito comenzaron a comprarse armas y empezó el alistamiento de los emigrados.

El Comité Español de París, formado por franceses, buscó el apoyo del Gobierno de Luis Felipe y del mismo rey.

Luis Viardot, uno de los miembros de aquel Comité, fué a visitar a Guizot y Guizot le dijo:

--Decid a los que os envían que Francia ha cometido en España un crimen político en 1823 y que le debe una reparación y que esta reparación se llevará a cabo.

Dupont, Marchais y Loëwe-Weimar, del mismo Comité, fueron a ver a Luis Felipe. Luis Felipe dijo que Fernando VII era el mayor bribón que había existido. El rey de los franceses indicó que la tentativa contra el Gobierno de Fernando le parecía muy bien y dió dinero de su bolsillo.

Algunos amigos de la familia de Orleans aconsejaron que se ayudara a destronar a Fernando VII y en ese caso se ofreciera la corona de España al duque de Nemours, hijo de Luis Felipe, a quien se casaría con la reina doña María de la Gloria de Portugal, con lo cual se reunirían en su cabeza las coronas de los dos reinos peninsulares.

El rey de los franceses comprendía muy bien que estas combinaciones no se hacen cuando se quieren y vió en el asunto de los emigrados españoles únicamente una manera de imponerse al Gobierno de Calomarde para que le reconociera como rey de Francia.

Con la protección de Luis Felipe y del Gobierno, los españoles creyeron que el triunfo estaba asegurado. Todos los días grupos de treinta, de cuarenta, de cincuenta hombres iban hacia la frontera. Hojas de ruta autorizadas por el prefecto de policía favorecían los viajes. Había depósitos de armas con el consentimiento expreso de Montalivet y de Guizot.

La imperial de las diligencias de Burdeos a Bayona estaban siempre retenidas por los agentes españoles para los emigrados. Estos subían a sus asientos y hablaban, reían y a veces gritaban:

--¡Viva España! ¡Viva la libertad!

--Pronuncian _Biba_--decía algún francés con asombro.

Y el señor culto y erudito recordaba la frase de Escaligero sobre los españoles que parece de algún gran aficionado al vino: Felices populi quibus vivere est bibere.

VII.

UNA CARTA DE TILLY

ESTABA Lacy olvidado de Tilly cuando de la fonda de San Esteban donde vivía la inglesa Lady Russell le enviaron una carta de Lacy con anotaciones y entre paréntesis puestos después con otra letra. Era la carta de una ingeniosidad un tanto pueril como muchas de las cosas pensadas por Tilly. Estaba redactada en estos términos:

"Querido Lacy: Te escribo como te prometí para darte noticias de lo que pasa en la corte celestial. Mis informes son malos para vosotros. Ahí no lo creerán, pero yo veo que en esta comedia el Matemático (_Luis Felipe_) se entiende con Calígula (_Fernando VII_) que se ha asustado con los preparativos de los ilusos (_los liberales_). Era lo que buscaba la gente del Palacio Real de Babilonia (_París_). El Gobierno babilónico (_el Gobierno francés_) va a prohibir de un momento a otro la salida de los ilusos (_liberales_) de sus puntos de acantonamiento, impedirá las reuniones y decomisará los instrumentos de trabajo (_las armas_). Los agentes del Matemático (_Luis Felipe_) hacen creer a los ilusos (_liberales_) que estas medidas son para cubrir el expediente, pero no hay nada de eso.

Calígula y su Caballo (_Fernando VII y Calomarde_) al saber por sus hurones (_espías_) que se estaban organizando grandes mascaradas (_juntas de insurrección_) en Babilonia y en Nínive (_en París y en Londres_) reunieron el Consejo de familia (_Consejo de Estado_) para deliberar con los familiares (_los ministros_).

Hubo grandes disentimientos en la opinión de los consejeros.

Un partido aconsejó reunir el Agora de Esparta (_las Cortes de España_) publicar una amnistía y dar una carta biagórica (_constitución de dos Cámaras_) para neutralizar la acción de los ilusos (_liberales_), el otro quería la represión a todo trance aumentando el efectivo de los mamelucos (_voluntarios realistas_) y dejando Esparta (_España_) como hace siete años.

El Caballo de Calígula (_Calomarde_) tiene hurones (_espías_) entre los ilusos (_liberales_) y sabe día por día lo que ocurre entre ellos.

De estos hurones (_espías_) uno es el comandante don Antonio Oro. No es oro todo lo que reluce. Los otros son el francés que andaba conmigo, Husson de Jour, que no sé si seguirá aún en Villa-aburrida (_Bayona_) y un español, don Manuel Ruiz, que ha recorrido con fines de lince (_de policía_) la frontera babilónico-espartana (_franco-española_).

El Caballo de Calígula (_Calomarde_) tiene hormigas leones (_agentes procuradores_) en el campo iluso (_liberal_).

Los tres bajás de la frontera babilónico-espartana (_los capitanes generales de la frontera_) han remitido órdenes de vigilarla estrechamente.

Los jefes de los perros de presa (_los tercios_) y los mamelucos (_voluntarios realistas_) quedarán a las órdenes de los bajás (_capitanes generales_).

Va a publicarse un Iradé (_Real decreto_) poniendo en vigor otro de 1825 contra los ilusos (_liberales_) cogidos con los instrumentos entre los dedos (_las armas en la mano_) y contra los que les presten socorro, un asilo, o tenga con ellos correspondencia.

La pena de empalamiento (_muerte_) alcanzará por la menor cosa, la sospecha de complicidad bastará para gozar de la hospitalidad económica (_ir a presidio_).

Al mismo tiempo que el Caballo (_Calomarde_) toma estas medidas, hace reclamaciones enérgicas al Matemático (_Luis Felipe_), a quien no quiere reconocer, amenazándole con represalias y con formar cuerpos de camellos babilónicos (_realistas franceses_) que ataquen a Babel (_Francia_) por el mediodía.

El bajá general de la Marca (_el capitán general de Cataluña_) y el de Vardulia (_Guipúzcoa_), los dos babilónicos (_franceses_) y los dos elefantinos (_absolutistas_) trabajan en el reclutamiento de los emigrados babilónicos (_franceses_).

Estas medidas según se dice han hecho mella en el Gobierno babilónico (_francés_) que os empezará a poner trabas dentro de poco.

El acuerdo debe estar hecho. Esparta (_España_) reconocerá al Matemático (_Luis Felipe_) y no favorecerá a los elefantinos babilónicos (_absolutistas franceses_) y Babel (_Francia_) dificultará en cambio los trabajos de los ilusos espartanos (_liberales españoles_).

Tu amigo EL ESQUELETO"

Eusebio Lacy quedó asombrado al leer esta carta que tenía entre ingeniosidades infantiles datos que parecían ciertos. La copió, poniendo los verdaderos nombres y fué a leérsela a sus amigos entre ellos a Valdés y a Milans del Bosch.

Las noticias de la carta alarmaron a los liberales. Se buscó al comandante Oro para pedirle explicaciones, pero Oro había desaparecido. Husson de Jour había salido también de Bayona.

Los de Valdés dijeron que respecto de Oro no les chocaba nada que fuese traidor, porque era amigo de Mina. Los ministas, en cambio, dijeron que hacía tiempo que Oro no se trataba con su jefe.

VIII.

LOS JEFES

CON motivo de la carta de Tilly y de sus denuncias, Lacy habló con los principales jefes de la emigración largamente y tuvo ocasión de conocerlos.

Los encontró muy distintos de lo que él suponía.

Eran todos ellos gente de una ambición fuerte y exaltada, poco inteligentes, nada razonadores, fanáticos, arbitrarios y devorados por la ambición del mando; tenían en general la actitud orgullosa de los virreyes de América.

La mayoría eran hombres de poca lectura y de menos reflexión, aceptaban la ideología liberal porque era la del momento y la del posible éxito, quizás no la sentían fuertemente ni les importaba gran cosa el fondo humano encerrado en ella. En su vida eran austeros; no había entre ellos epicúreos, ni comilones, ni borrachos, su mayor vicio era el juego. No tenían tampoco efusiones, ni recuerdos sentimentales, ni recitaban versos, ni cantaban canciones patrióticas.

Había entre esta gente pocas amistades sinceras, porque cada uno lo quería todo para sí, de ahí las rivalidades, los odios, la envidia y la eterna suspicacia.

Tenían todos ellos con la fraseología de la Revolución el instinto del soldado español del siglo XVI. En ellos lo nuevo con relación a los militares españoles antiguos era el anhelo de pasar a la historia, de quedar erguidos ante la posteridad. En los antiguos soldados, el summun era el mandar y el enriquecerse, en éstos el ideal era el mandar y el pasar a la Historia, pero como buenos españoles no querían pasar a la Historia por un trabajo largo y persistente, sino por un golpe de mano, por una aventura de suerte en que se ganase la gloria o se perdiera la vida. El ejemplo de la fortuna de Napoleón, el teniente de artillería transformado en Emperador había trastornado el juicio a los militares de la época.

Con la esperanza del momento de fortuna estaban todos llenos de ansia; la presencia del rival que se encontraba en la misma actitud les molestaba.

Eran casi todos ellos gente orgullosa, individualista, que en vez de ir arrastrados por el pueblo tenían que suponer que éste les buscaba, lo que no pasaba de ser una ilusión. Eran conspiradores más que revolucionarios muchos de gustos aristocráticos. Se hubieran reunido mejor con Catilina que con Danton. No veían posible en España más que el pronunciamiento y cada uno quería hacer el papel de Riego en 1820 aunque tuvieran que sufrir el de Riego en 1823.

Como casi toda la gente que toma parte en movimientos revolucionarios, procedían de distintos campos, venían de los cuatro puntos cardinales. En una época en que se viajaba poco, el que más y el que menos había estado en Francia, en Inglaterra, en Alemania, en América, en Africa y en Oceanía.

Las mujeres de estos militares no intervenían jamás en las cuestiones políticas; en general la casa de cada uno estaba cerrada para los amigos de la calle y del café.

Las amistades no eran muy profundas. El exceso de personalismo les hacía con facilidad hostiles unos para otros. Suponían quizás que había una cantidad de gloria común y que si uno cogía mucha a los demás les debía quedar poca o nada.

No había posibilidad entre ellos de diálogos, sino de una serie de monólogos, cada cual recitaba el suyo con un aire desafiador, con la mano puesta en el puño de la espada y no quería oir ni enterarse de lo que los otros decían. De aquí que la Revolución española tuviera tan poco seso. Era una Revolución de Don Juanes y de Don Juanes sin éxito.

Al irlos tratando a cada uno de ellos, Lacy quedó un poco asombrado y desencantado. ¿Qué esperan estos hombres?--se preguntó él--. ¿Qué quieren?

La mayoría eran soldados de la guerra de la Independencia y soñaban con triunfos de espada y aventuras. Algunos habían absorbido las ideas liberales de Francia y de Inglaterra que no les habían modificado los instintos ancestrales, en general aceptaban como un dogma el valor del papel impreso.

Para ellos lo escrito con letras de molde tenía siempre una virtualidad misteriosa y estaban dispuestos a escribir en los periódicos protestas, contra-protestas, rectificaciones y vindicaciones.

Ninguno se manifestaba verdaderamente liberal capaz de benevolencia, de transigencia, todos eran militaristas y ordenancistas.

El mismo Espoz y Mina, valiente como un león y prudente como un zorro en sus empresas políticas, hombre que sabía disimular la violencia de su carácter con frases ambiguas, era, tratándose de cuestiones personales, de un arrebato impulsivo; a la menor ofensa ardía su alma con una cólera desesperada y furiosa.

Gaspar de Jáuregui, el Pastor, otro de los jefes, era un guipuzcoano que unía el valor con la astucia. Zumalacárregui, segundo de su partida en la guerra de la Independencia, le había enseñado a leer y a escribir. Jáuregui consciente de su ignorancia no había pretendido salir de ella y su conformidad de campesino con su incultura le había dejado siempre en un segundo plano.

Chapalangarra era un solitario, un místico que tenía la fiebre de la fama y del martirio; San Miguel un retórico, un escritor mediocre y difuso.

Respecto a López Campillo y a Leguía, los dos valientes guerrilleros, no tenían condiciones para ser primeras figuras.

Los únicos hombres que podían ponerse frente a Mina, por su influencia entre los demás, eran don Manuel Gurrea y don Francisco Valdés.

Méndez Vigo, que pretendía ser jefe, no arrastraba a nadie y era un motivo de discordia por su radicalismo inoportuno.

Don Pedro Méndez Vigo estaba acusado de haber mandado dar muerte a los prisioneros realistas de la Coruña en 1823, haciéndolos naufragar por un procedimiento a lo Carrier. Méndez Vigo era de ideas audaces y de muchas pretensiones. No servía ni para mandar ni para obedecer.

Gurrea, el otro rival de Mina, no le había declarado la guerra y esperaba el momento. No así don Francisco Valdés. El coronel Valdés había roto las hostilidades con Mina y lo trataba como a un enemigo.

Valdés pretendía haber tenido la prioridad en la idea de la expedición a la frontera después de la Revolución de Julio y consideraba la intervención de Mina como una usurpación.

Valdés era hombre altivo, soberbio, con una exaltación personal grande, ambicioso, poco inteligente y lleno de desconfianza.

Valdés era castellano, de Móstoles. En su juventud había estado en Dinamarca con el marqués de la Romana, había hecho la guerra de la Independencia y la campaña de 1823 y dirigido el golpe de mano de Tarifa de 1824.

La hostilidad de Valdés contra Mina y de Mina contra Valdés, procedía de una porción de causas y principalmente de los respectivos caracteres. Como militar de carrera, Valdés era poco amigo de los guerrilleros, como hombre que se había distinguido en el Mediodía nada afecto a la gente del Norte. A Mina le pasaba lo contrario, era guerrillero y nordista.

En los dos caudillos existía un fondo de patriotismo y un deseo de mando. La comunidad sola de estos sentimientos y el afán subsiguiente de defender y realzar su figura histórica en Mina y de buscar el medio de destacarla en Valdés debía hacerlos enemigos y ponerlos frente a frente.

Tanto el uno como el otro eran valientes, atrevidos y ambiciosos, pero Mina tenía el valor lleno de audacia y de prudencia; en cambio Valdés era más rectilíneo y de menos recursos. Mina sabía a las veces ser soldado y diplomático, Valdés no sabía más que ser soldado y soldado de filas. Mina tenía un conocimiento innato de la psicología de los hombres, sobre todo de los suyos, sabía por lo tanto arrastrar y convencer, Valdés no sabía ni lo uno ni lo otro.

Además de estos motivos hondos y personales existían otros políticos e ideológicos para el divorcio de ambos jefes.

Mina tenía el entusiasmo por la Constitución de Cádiz y por los hombres de aquella época, era anglómano, partidario de guardar las formas y consideraba necesario que hubiera en España una clase directora. Le quedaba también respeto por Fernando que al fin y al cabo era el Rey y no quería oir hablar ni en broma de la República.

Valdés creía que el liberalismo de Cádiz había pasado ya, que era necesario sustituirlo por otro más activo; tenía admiración por la Francia revolucionaria, era militarista y demagogo, odiaba a Fernando VII y creía que debía prepararse la posibilidad de la República. Valdés había llegado tarde a la lucha. Se encontraba entre soldados que representaban más que él y quería ponerse a su altura.

Los dos jefes, ásperos y orgullosos, no podían venir a un acuerdo. Valdés veía en Mina un caudillo a la antigua que mandaba despóticamente como un pater familias romano, le molestaba también verle en la práctica regionalista, siempre con sus navarros y sus vascos.

Valdés era castellano y por lo tanto más universal, menos regionalista. Le indignaba y le sorprendía la suerte de Mina y el éxito que éste había conseguido en Inglaterra. Valdés era un radical, todos los radicales se unían a él encontrando tibio a Mina. Algunos de los antiguos ministas como Fermín Leguía se habían pasado a su bando.

El caso de Chapalangarra y su enemistad contra Mina era de otra clase. Chapalangarra discurría y sentía como Mina, pero creía vivamente que tenía motivos serios personales de odio contra el general.

Al lado de los militares y oscurecidos ante ellos estaban los paisanos adictos a la Revolución. Sin tribuna donde perorar y en el extranjero no tenían prestigio alguno.

Eran en su mayoría literatos, jurisconsultos, oradores, no bastante fuertes para ser conocidos fuera de España. Entre ellos había algunos hombres de mérito como Flores Estrada y algunos políticos de talento como Mendizábal, pero la mayoría era gente sólo brillante, incapaz de una obra profunda e incapaz también de dominar y de arrastrar a los hombres.

IX.

GESTIONES DE LACY

UNOS días después de recibir la carta de Tilly y de leerla a los amigos y jefes, iba Lacy enviado por la Junta de Francia a Cambó a ver a Chapalangarra.

Se quería que Chapalangarra se aviniera a razones y no intentara hacer un movimiento solo y sin contar con los demás jefes. Se había escogido a Lacy para esta comisión por su juventud y por el prestigio de su apellido entre los liberales.

Lacy salió de la posada de Iturri y fué a la parada de la diligencia La Bayonesa que salía para San Juan Pie de Puerto y pasaba por Ustariz y Cambó.

--El interior está lleno--le dijo el empleado--la berlina ídem. Tiene usted un puesto en la imperial.

--Bueno.

Lacy subió en la imperial de la diligencia en donde iban una mujer gruesa, un campesino y dos emigrados españoles. La baca estaba llena de fardos, de bultos y de cestas.

Pasó el coche por la puerta de Mousserolles, y comenzó a marchar por la carretera.

El tiempo era de otoño, con un sol claro y brillante.

El mayoral de La Bayonesa iba magnífico de seguridad y de petulancia. Era corpulento, rojo, de patillas grises.

Manejaba sus cuatro caballos con una seguridad y un aplomo dignos del mismo Nerón. Vestía irreprochablemente gran redingot gris, corbata roja y guantes amarillos.

--¡Eh, Lajeunesse!--le decían. Se llamaba así.--A ver esa caja, esa sombrerera. Y Lajeunesse cogía los paquetes de la baca, los lanzaba a los mozos, agarraba los que le enviaban al aire, silbaba, hablaba a sus caballos, cruzaba las aldeas por callejuelas estrechas, torciendo rápidamente, siempre grave y solemne hasta detenerse en la posta. Allí hablaba, bebía y decía: Eh, señores, arriba y se lanzaba de nuevo a la carretera a correr al compás del estrépito de las campanillas.

Cuando Lacy, después de contemplar el campo, miró a sus compañeros de viaje de la imperial vió que uno de ellos era un señor grueso que acababa de conocer días antes y llegaba de Bruselas. Se llamaba don Juan Olavarría. El otro español Eusebio Lacy sabía que era emigrado, pero no lo conocía de nombre.

Olavarría entabló conversación con Lacy y se manifestó muy pesimista acerca de la empresa liberal.

--Para mí no cabe duda--dijo--que hay un acuerdo entre el Gobierno francés y el español. Por eso nuestra situación empeora.

--Yo no lo veo así--dijo Lacy.