La transformación de las razas en América

Chapter 8

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"Entre las grandes naciones modernas fue únicamente la Inglaterra, dice Fiske, la que en su desenvolvimiento político se mantuvo más independiente de la ley romana y de la iglesia romana, y la única que salió del crisol medioeval con su gobierno propio teuton substancialmente intacto".

"De Homero a Constantino la ciudad antigua es una agrupación de hombres libres que tiene por objeto la conquista y la explotación de otros hombres libres", dice Taine. De Constantino adelante, otros objetivos para la vida dirigen la conducta por otros rumbos, pues una nueva concepción del hombre y del mundo, que ha hecho camino en el espíritu de las masas y llegado finalmente a la supremacía política y social, ha invertido todos los valores humanos, descalificando el pensamiento y la acción, la alegría, la salud y la fuerza y exaltando la esterilidad, la tristeza, la suciedad, la enfermedad, y la pobreza, porque el ideal y el destino del hombre han sido magnificados en el bien y en el mal y situados fuera de la humanidad, en un otro mundo que será el inverso del presente. La moral, que Aristóteles hacía consistir en "la utilidad social", consiste según los teólogos en "la sumisión a la voluntad de Dios", es decir, en la utilidad de Dios.

Esto se llama la "civilización cristiana", y a ella son convertidos los demás semibárbaros europeos por la persuación o la fuerza. Desde entonces, la ciudad medioeval es una agrupación teocrática de visionarios a la expectativa del fin del mundo y del juicio final, levantando castillos, presidios, horcas y fortalezas para defenderse de la barbarie natural de los malvados vivos, y santuarios, templos, conventos y oratorios para procurarse la gracia divina, conseguir milagros y defenderse de la barbarie sobrenatural de los malvados muertos, a quienes la teología ha dado una segunda existencia, infinitamente peor que la primera, en los demonios, las brujas, los duendes, los fantasmas, las ánimas en pena, etc., etc.

Esta civilización cristiana, que considera al hombre perdido desde el pecado original, en imperiosa necesidad de salvarse, incapaz de conducirse por sí mismo y necesitado de curatela, sucedió a la civilización greco-romana, imperando exclusivamente en el continente europeo hasta el siglo XVIII, en diversas formas, y en una de las peores fue importada al nuevo mundo por la España en el XV.

La cosa vino así: un enviado especial del autor de todo lo que existe, que los judíos esperaban y siguen esperando aún, había descendido entre ellos, a la tierra, para iluminar el camino de la vida a los hombres, en una época en que la brújula, la ciencia, la navegación a vapor, las escuelas, los ferrocarriles, la libertad, y "esos signos de la idea, esas santas letritas de plomo que han esparcido el derecho y la razón por el mundo", como dice France, eran insospechables, y, naturalmente les había aconsejado lo mejor posible en la ocasión: la resignación ante las calamidades inamovibles del presente mediante la esperanza de un bienestar póstumo.

Este programa de vida era un sistema de compensación ideal de los males de la tierra, calculado para dar la capacidad de sobrellevarlos pacientemente, y no la de superarlos poco a poco, que sólo podía provenir del acrecentamiento indefinido de la inteligencia humana por el ejercicio, que son el método y el objetivo de la civilización moderna. Por el contrario, empujado por la propia lógica de los suyos, el cristianismo creó nuevas formas de males para agrandar las recompensas del cielo--que es el plan y el objetivo de la vida conventual--instituyendo para los infieles las penas más atroces y para los fieles las torturas morales por los terrores del infierno, y las torturas físicas por el cilicio, las privaciones y las penitencias, prohibiendo la medicina, las diversiones y los anestésicos, porque tendían a disminuir el dolor y la tristeza, que eran tenidas como fuentes de dicha futura.

Lo que había empezado como ensueños de esperanzas, degeneró en pesadilla de horrores futuros, sustentados y acrecentados por una gerarquía de profesionales en las cosas del otro mundo, que llegaron a constituirse en un segundo poder público, que enseguida vino a ser el más fuerte de los dos, para empezar a declinar, a su turno, cuando empezó a elaborarse la civilización moderna, que tiende a suprimir la tristeza, el dolor, la pobreza de espíritu, la miseria, el miedo y el castigo por la educación, la instrucción y la dignificación.

Pues, como dice Renan, "no es del cristianismo que han salido las ideas liberales, sino del espíritu moderno, formado sin duda en parte por el cristianismo, pero libertado del cristianismo. La ortodoxia las maldecía desde luego; después, cuando ha visto que era imposible detener el torrente, que la humanidad seguía su camino, inquietándose poco de dejarla atrás, se ha puesto a correr detrás de su pupila infiel, a hacerse la apurada, a pretender que había querido lo que ha sucedido--y que se le debe mucho reconocimiento por ello".

Pero es justo decir que el programa cristiano de conformidad con los males de la tierra, considerados como castigos del cielo por los pecados de los hombres, sólo atenuables por la oración, la penitencia y las peregrinaciones, ha sido superado en su acción enervante de la energía humana, por otra religión igualmente fatalista salida en el siglo VII de la misma cepa judía: "el _islamismo_, de la palabra _islam_, que significa resignación a la voluntad de Dios".

Con la transferencia operada por Constantino, de la protección imperial y de las rentas y bienes del antiguo culto oficial al nuevo, la iglesia llegó a ser un poder político, y como estaba organizada en el plan del pastor y el rebaño, que es decir, en manera más opuesta a la autonomía moral del individuo, la libertad quedó aplastada bajo dos lápidas, y el problema de las instituciones libres para el libre desenvolvimiento de la personalidad, desapareció de la escena en que se trataba sólo de "apacentar a las ovejas del Señor", a gusto y beneficio del propietario por sus delegados y representantes, los obispos y los príncipes, sólo responsables ante él, y por ende omnipotentes e irresponsables ante la majada humana.

Ellos podían poner la mano sobre todos impunemente; nadie podía ponerla sobre ellos sin quedar condenado ipso facto. La libertad individual no había llegado antes a un estado de mayor aniquilamiento doctrinario, pues era entendido que todo mal provenía de la perversidad del diablo o de la ira de Dios, todo bien de su gracia y toda autoridad de su voluntad, trasmitida por ordenación en la gerarquía eclesiástica y por herencia y unción o por usurpación y consagración en el orden político, ejerciéndose por delegación descendente.

Este era el orden de cosas consuetudinario cuando reaparecieron en la Europa cristiana traídas por los ex-prisioneros de las cruzadas, las ciencias y las artes griegas, que fueron un poderoso estimulante de actividad mental, y consiguientemente, de diferenciación del medio ambiente. "La cultura antigua, dice Renan, como los ríos que desaparecen en la arena, tuvo un curso secreto, no traicionando su existencia sino por débiles hilos de agua, hasta que reapareció gloriosamente en el Renacimiento con todas sus virtudes fecundantes. Ella fue la levadura intelectual de las naciones modernas".

En efecto, como el árbol y el fruto en la simiente, los descubrimientos científicos, las máquinas y las invenciones que han elaborado las instituciones libres, la salud, la riqueza y el bienestar, estaban en el camino inaugurado por Euclides, Sócrates, Fídias, Aristóteles y Arquímedes, y no estaban en la senda en que trabajaron Zoroastro, Moisés, Confucio, Buda, Jesús y Mahoma, como que no han sido encontrados por sus respectivos secuaces o fieles, sino, por sus rebeldes, herejes o infieles a medias o a enteras, que, apartándose de esta vía, se echaron a andar por aquella.

La vida de las sociedades humanas depende de la producción y la distribución de la riqueza, y, hasta el advenimiento de las ciencias y de las máquinas en el siglo XVIII, promovidas entrambas por el método experimental descubierto por Bacon en el XVI, la producción de la riqueza, confiada principalmente a los esclavos y a los siervos embrutecidos por el exceso de trabajo y de supersticiones, fue mezquina y precaria, y hasta la consolidación y difusión de los principios políticos ingleses, su distribución estuvo a merced de la avaricia de los poderosos, que, en tiempo de guerra se comían los huevos y la gallina, y en tiempo de paz los huevos y los pollos.

"Como la de todas las civilizaciones antiguas, la causa principal de la caída de Roma, fue la desigual distribución de la riqueza con la resultante esclavitud de la población, dice H. Spencer. En vez de producción de riqueza por medio de la ciencia y la industria hubo anexión de riqueza por guerra y conquista, en monopolio de las clases gobernantes, que por ella se corrompieron".

Las leyes romanas, que daban al acreedor el derecho de vender como esclavo a su deudor, fueron hechas por los acreedores, dice Brooks Adams, y la expoliación capitalista mató al imperio romano. Eran, en efecto, en manos de los usureros, una máquina de arruinar a los más en beneficio de los menos. Y así, cuando la conquista del Egipto, abaratando el trigo en Roma, arruinó a los agricultores que trabajaban a crédito en Italia, fueron estos vendidos con sus tierras, y millones de hombres libres descendieron de este modo a la condición de siervos de la gleba.

En las provincias, los procuradores de los prestamistas romanos al 4 0|0 mensual, y los publicanos o empresarios de contribuciones, eran un flajelo más temible que las pestes y las inundaciones. "Además de la contribución territorial, había una sobre las industrias, que se pagaba cada cinco años. Cuando llega la época de la _colación lustral_, dice un escritor de entonces, no se oyen en la ciudad más que llantos y lamentos. Los que no pueden pagar reciben palos y maltratos; las madres venden a sus hijos para satisfacer a los colectores. Los contribuyentes eran sometidos a tormento en algunos casos", agrega Seignobos.

El régimen del terror supersticioso por males y peligros imaginarios, en que vivía el hombre en la pura civilización cristiana, y la servidumbre espiritual a los dogmas absurdos y al absolutismo de la iglesia, fue fatal a la libertad y a todos los intereses humanos que estuvieron subordinados a los intereses divinos. "Nadie puede ahora hacerse una idea de lo que fue el estado mental de un hombre en el siglo IX," dice Huxley. Por más altamente educado que fuese, su vida era un campo de permanente entre santos y demonios por la posesión de su alma. La vida medioeval fue en lo principal tan angustiada por el miedo de los malos espíritus como la de cualesquiera salvaje de nuestro tiempo, dice Robertson en su _Short History of Christianity_; pues el pueblo había conservado la noción de sus espíritus hostiles, y el diablo cristiano era el Dios de ese reino.

La vida también, era tan breve como apenas pueden concebirla los modernos, tan alta era la mortalidad normal, tan frecuentes las pestilencias, tan poco entendidas las enfermedades; y la cercanía de la muerte hacía a los hombres atolondrados o aterrorizados. Donde la ignorancia y el temor van unidos, es el reino de la superstición. La religión consistía de ordinario en un empleo perfectamente supersticioso de los sacramentos del bautismo y la eucaristía; un temor constante de la actividad del diablo; un uso singularmente mecánico de los formularios; una intensa ansiedad de poseer o de beneficiarse por las reliquias, cuya fácil manufactura debe haber enriquecido a muchos; un temor crónico de la brujería; y una concepción tan literal del purgatorio y del infierno, que su universal fracaso en enmendar o controlar la conducta es una revelación de la inconsecuencia de la moralidad media. Es a menudo difícil distinguir en la religión medioeval entre la sugestión devota y la criminal. En la vida del italiano S. Romualdo (siglo X) se dice que cuando insistió en dejar su retiro en Cataluña, donde había ganado una reputación de santidad, los catalanes proyectaron matarlo para poseer sus reliquias. El mismo, por su parte, apaleó a su padre casi hasta matarlo para hacerlo consentir en su profesión de vida religiosa. Tales ideas morales desarrollaron en los siglos 13, 14 y 15 los movimientos crónicos de los Flagelantes a cuyas salvajes auto-torturas públicas no pudieron poner coto ni la Iglesia ni el Estado mientras duró la manía".

Las profesiones instruidas, que en la civilización moderna ascienden a 57, según el cómputo de Hubbard, sólo llegaban a tres en la civilización cristiana: predicador, abogado y médico. Aún en el siglo XVII, las materias que se enseñaban en los seminarios a los confesores de los reyes y directores de la sociedad eran: Teología Moral, Liturgia o Ritos y Disciplina Eclesiástica. "Lo que se llamaba el conocimiento enciclopédico en las escuelas, dice Robertson, consistía en las reglas de la gramática latina, dialéctica o lógica elemental, retórica, música, aritmética, geometría elemental y alguna astronomía tradicional. Las tres primeras constituían el _Trivium_, o curso de introducción en las escuelas medioevales; las otras el _Quadrivium_: juntas "las siete artes liberales".

Las únicas profesiones lucrativas eran: la guerra, reservada a los nobles, y la religión para los segundones de los nobles en los beneficios mayores y para los plebeyos en los menores. El exceso de sacerdotes era tal que las prebendas eclesiásticas--más disputadas y con más artimañas que los empleos políticos en nuestros días--se vendían para cuando ocurriera la vacante y hasta en 2.ª, 3.ª o 4.ª andana.

No combatiendo la inicua distribución de la riqueza sino su producción misma, el cristianismo fue un grande error económico, político y moral, aun siendo un grande progreso relativo sobre el paganismo. Por lo pronto, empobreció a las poblaciones cristianas, hasta ponerlas en la imposibilidad de resistir a la invasión de los árabes. Aniquilando por la resignación el deseo de mejorar, desalentó el esfuerzo, acrecentando la indigencia por la esterilidad, la inactividad y el misticismo, desde luego, y por la avaricia insaciable de las iglesias después.

Porque todo se arreglaba por dinero y sumisiones en Roma, residencia del poder absoluto para atar y desatar, para vender el perdón y la indulgencia divinas, y no eran el crimen o el vicio, expiables por el arrepentimiento, los que tenían que pagar el más alto rescate.

Las matanzas de judíos--creadores y víctimas perpetuas del odio religioso--hoy excepcionalmente perpetradas por las masas fanáticas, lo eran, entonces, por los gobiernos, con el aplauso de los pueblos y las bendiciones de los papas.

Es que la barbarie no había sido suprimida por el cristianismo, sino trasladada desde el campo de la lucha por los bienes reales al campo de la lucha por los bienes ideales, perdiéndose en estética lo que se ganó en ética, en mentalidad y en virilidad lo que se ganó en castidad y en mansedumbre.

Consiguientemente, los sentimientos se distendieron y las costumbres se suavizaron por un lado, para contraerse y endurecerse respectivamente, por el otro, hasta que la ciencia moderna, entibiando las esperanzas y los terrores medioevales, desarmó los odios religiosos por la tolerancia y levantó, por la industria y la escuela, en frente de las clases privilegiadas por el nacimiento o la ordenación, las clases privilegiadas por el talento, el saber y la energía, que están transformando al mundo con una rapidez sin igual en la historia de la especie humana.

Y después de veinte siglos de sensualismo sobre el ideal de la belleza en la mujer, en el hombre y en el arte, vinieron diez siglos de misticismo sobre el ideal de la santidad en las personas y en las cosas; a las luchas por predominio sucedieron las luchas por los credos, tan devastadoras y sanguinarias éstas como aquéllas; la disputa por las reliquias reemplazó a la disputa por las hembras, y la guerra de Troya por la posesión de Elena, tuvo su contra parte en las cruzadas por la posesión del Santo Sepulcro, que costaron nueve millones de vidas entre cristianos y musulmanes.

Porque había un artículo más valioso que el oro y las perlas y las piedras preciosas y la belleza femenina. Para robar huesos de santos y demás reliquias, los monges de la Edad Media se preparaban con tres días de ayunos y oraciones, como los bandidos calabreses y los rateros napolitanos, que se encomiendan a la Madonna para asegurar su concurso antes de dar el golpe. La mentira, la felonía, la traición, la estafa, todo les parecía lícito para lograr la posesión de estos talismanes milagrosos.

Hoy mismo, de los países de Europa, son la España, la Turquía y la Rusia, los que pagan la contribución más grande a los poderes sobrenaturales, para evitar las calamidades naturales, y a la vez los más castigados por ellas y por las humanas de yapa, inclusive por esas que son una vergüenza para todo país civilizado, porque provienen del desaseo y la ignorancia: la mortalidad infantil y el hambre; "azotes de Dios" que la ciencia humana ha reducido y suprimido respectivamente.

Por lo demás, la crueldad humana había cambiado de objetivos y de formas, casi sin merma apreciable. Los mismos hospitales eran, por la suciedad, lugares de tormento y pudrideros humanos, como los presidios y los _in pace_. Las leyes y las costumbres eran igualmente bárbaras, pero en otro sentido. Infinidad de acciones u omisiones, antes y después lícitas, eran penadas entonces con la pérdida de la vida, la libertad, los ojos, la lengua, las manos o los bienes.

"Con respecto a la crueldad la evidencia sobreabunda, dice también Robertson. En Nuremberg se ha conservado una colección de instrumentos de tortura, empleados hasta la Reforma. Es un arsenal de horror. Tales máquinas de atrocidad fueron el expediente punitivo normal en un mundo en que los sacerdotes enseñaban la crueldad por el ejemplo. Ellos presidían o asistían cuando los herejes eran atormentados o quemados vivos; y toda su concepción de la moral estaba encaminada a tales métodos. Considerando al loco como poseído del demonio, enseñaban que debía ser duramente castigado y huido el leproso como castigado por Dios".

En la Edad Media dos poderes mancomunados, el civil y el eclesiástico hacían el trasiego de la riqueza producida por los gobernados a los gobernantes; los diezmos y primicias eran de institución divina y el derecho al trabajo era definido por los jurisconsultos como "un derecho real que el príncipe puede vender y que los súbditos deben comprar".

Tres insaciables vampiros enflaquecían al productor maniatado por la ignorancia, la tradición y los reglamentos: el fisco, la iglesia y el bandolerismo, que era el oficio de los nobles, contra los cuales era impotente la justicia,--que sólo existía como fuente de recursos, por vía de extorsión, hasta el punto de que se prefiriese apelar al duelo como un medio menos oneroso para dirimir las contiendas de intereses, dice Hanotaux. El habitante no podía alejarse 12 leguas de su residencia sin correr peligro de muerte, dice Seignobos, y como en el continente los bienes del clero y los de la nobleza estaban libres de impuestos, al finalizar la época moderna, la sociedad europea era la explotación más inicua del estado llano por las clases privilegiadas. Según el viajero inglés Young, al estallar la Gran Revolución, el siervo estaba en la condición de bestia de labranza, trabajando de sol a sol para los ociosos, y alimentándose de raíces en los malos tiempos.

Especialmente la iglesia, absorviendo y acaparando constantemente los bienes positivos para producir bienes imaginarios, con la explotación del milagro y de los sacramentos sobre las almas por ella misma aterrorizadas, rebajando la inteligencia a la pasividad del absurdo obligatorio, que "en mano del clero el lenguaje y el arte de escribir se habían convertido en medios de matar el sentido común", como dice Robertson, enflaqueciendo la voluntad subalternizada a la de los santos y los demonios que hacían la suerte favorable o adversa; la Iglesia ingerida en todos los actos de la vida para manejar y usufructuar a las personas como intermediario exclusivo entre la impotencia de los vivos y la omnipotencia de los muertos, era un poder asfixiante de la sociedad civil.

Aliviada la situación en Inglaterra, Alemania y Holanda, por la Reforma, que secularizó los bienes eclesiásticos y suprimió la deprimente confesión auricular y el dispendioso culto de las reliquias, y agravada en Francia por las Dragonadas y la expulsión de los hugonotes, que exportó para aquellos países, con los industriales, las industrias francesas, este país, que había alcanzado en _l'élite qui fait la foule_, un más alto nivel de cultura, y no tenía, como la España, un continente colonial para ordeñarlo en beneficio de la metrópoli, vino a ser el paraje en que hicieron crisis las iniquidades de la civilización cristiana, agotando los límites de la dignidad humana agrandada y de la paciencia achicada por los filósofos del siglo XVIII.

La seguridad de vida y bienes y la libertad de pensamiento y de acción, que son la materia de las ciencias políticas, asuntos completamente extraños a la teología y bases esenciales de la prosperidad de los pueblos, sólo podían provenir de aquellos principios políticos que germinaban en la Gran Bretaña cuando César conquistaba las Galias, y que en su natural desenvolvimiento han llegado a crear el gobierno del pueblo por sus propios representantes, contra el principio cristiano del gobierno de los hombres por los delegados y representantes de Dios, que fue regla en la Edad Media y en la primera parte de la época moderna.

"En el siglo XVII, dice Seignobos, la sociedad europea tenía bases análogas en todas las naciones: la autoridad absoluta del Estado y de la Iglesia. El poder del soberano emana de Dios y no tiene límite... No era posible publicar libros sin el consentimiento del gobierno, y los habitantes podían ser presos indefinidamente. No existía, pues, garantía de ningún género, ni libertad individual; este régimen es lo que se llama _despotismo_. No se admitía más que una iglesia, en cada país, y los habitantes estaban obligados a practicar el culto del Estado. Este y la Iglesia se ayudaban mutuamente, los gobiernos, persiguiendo a los herejes y obligándolos a someterse al clero, y el clero imponiendo la obediencia al rey como un deber religioso".

Esto era el "antiguo régimen", que en Inglaterra, emancipada del centralismo romano y papal, sin necesidad de ejército para su defensa exterior y sin los peligros que entraña para la libertad, como dice Fiske,--existía ya muy atenuado, que por entonces lo fue aún más con la revolución de 1688, el bill de derechos y el de la tolerancia, y que en la actualidad sólo subsiste en el orden espiritual, porque el hombre es, naturalmente, más progresivo en lo que concierne al estómago, que en lo que concierne a la cabeza, porque los apetitos de orden inferior no pueden ser satisfechos con alimentos ficticios como los de orden superior; porque la libertad de pensar es inoficiosa para los que no saben pensar, y es odiosa a los que están inhabilitados para disfrutarla por una opción paternal previa que la excluye o la hace innecesaria, hasta el punto de que todo creyente, budhista, católico, ortodoxo, brahmanista, protestante o mahometano se sienta contento y feliz de las creencias a que está aclimatado, y que por esto supone son las mejores, y como la fuerza de toda creencia tradicional descansa sobre el argumento hotentote: "lo creyeron nuestros padres", aumenta o disminuye, por lo tanto, con el número de los adherentes, que sienten una valorización de sus creencias en la aceptación que de ellas hagan los otros y una desvalorización en el repudio.