La transformación de las razas en América

Chapter 7

Chapter 73,886 wordsPublic domain

Si la salvación depende de no comer jamón o de no beber alcohol, o de beber tres gotas diarias de orines de vaca sagrada, o de no comer vaca profana en día viernes, son asuntos que están fuera de la ciencia positiva, porque los problemas imaginarios sólo pueden ser planteados y resueltos por las ciencias imaginarias.

Porque la mente tiene el privilegio de salir de la realidad, construirse realidades mentales, poblar con ellas el mundo natural, y arreglar a ellas la conducta personal, pudiendo desacertar en mayor o menor medida, lo que tendrá una influencia más o menos desfavorable sobre el sujeto y sus alrededores y ninguna sobre su teología, pues todo el mal que de ésta resulte será considerado como una fatalidad inevitable o como infinitamente inferior a los bienes inverificables. Por esto la ciencia es buscada como el pan, en razón de las utilidades reales que proporciona a todo el que la use, y la religión se hereda como el color de la piel y se la aguanta, por mucho que reduzca las posibilidades individuales y nacionales, por las utilidades imaginarias que proporciona al que la cree y que no proporciona al que no la cree y que por esto no la busca, ni la quiere o la repudia.

La vida puede ser reducida o rebajada en diferente porcentaje por un andamiaje de terrores y esperanzas ilusorias o por la disminución de los sentidos o del intelecto, o por las dos desgracias juntas, y el saldo será diferente pero la conformidad será igual, correspondiendo a cada diferente plan de vida un coeficiente de duración diferente también.

"La mente que va paralela con las leyes de la naturaleza estará en la corriente de los acontecimientos, y fortalecida con las fuerzas de éstas", dice Emerson. Y la que no vaya paralela no será fortalecida, y la que vaya en contra será debilitada por ellas, pues el hombre puede hacer su verdad y extraviarse con ella, pero no puede hacer la verdad del mundo exterior y extraviarlo en la misma dirección.

Como los peligros y las defensas sobrenaturales sólo existen por creación del espíritu humano, son diferentes en especie y en grado en todas las gestiones y latitudes y susceptibles de ser abandonados o mantenidos, disminuidos o aumentados, por simple cambio del pensamiento, sin que cambie en el mundo otra cosa que el empleo de la vida del sujeto mismo, que cesará de gastar en ellos si cesa de creer en ellos, o gastará el doble si cree el doble, en perjuicio o en beneficio de los respectivos intermediarios, por esto instintivamente interesados en mantener en la más alta tensión el terror sobrenatural para ordeñarlo con más provecho, a cuyo efecto hacían creer antes a las gentes que el mundo existía por y para las creencias y se acabaría si ellas cesaban.

Como en la Europa central y occidental los teólogos no lograron mantener en tensión máxima universal el terror religioso, la inteligencia humana pudo emanciparse del peligro teológico y llegar a engrandecerse con todo el poder de las energías cósmicas, que trabajan gratuitamente para todo el que aprende a gobernarlas.

En los males imaginarios, el empresario del remedio es, por supuesto, el más entusiasta y el más infatigable propagandista del peligro: cada cual se preocupa de hacer creer en la realidad del infierno de que puede sacar penados, siendo al mismo tiempo el más ardoroso negador de la existencia de los otros infiernos de que sacan otros especialistas.

Pero resulta que sobre los peligros y los temores sobrenaturales del pasado están injertadas, no solamente las instituciones religiosas, sino también las instituciones políticas del pasado, con lo que hay dos grandes y poderosos interesados en su mantenimiento, desde que su cesación comportaría el derrumbamiento de entrambos. Y la mayor complicación proviene de la competencia internacional, que impone la educación del pueblo, so pena de anularse brusca o lentamente el país que la suprima o la reduzca. El dilema es inevitable: ser comido lentamente por los frailes, los derviches, los bonzos, con elevada mortalidad y miseria grande, para ser luego despojado o absorbido de golpe por los rivales o levantarse y andar como ellos.

Y la solución que se ha encontrado para cultivar los poderes intelectuales sin destruir o disminuir el miedo a los peligros sobrenaturales, obviando el antagonismo entre la casualidad natural y la sobrenatural, es la enseñanza religiosa de las ciencias profanas; el cultivo de la memoria sin despertar el raciocinio, por la ingestión de explicaciones depuradas en respuestas hechas, aprendidas y almacenadas en la mente para responder a preguntas hechas, a fin de que el educando atraviese la escuela, el colegio y la universidad con anteojeras de mula, "con sujeción estricta a los textos", viendo lo que ponen delante y no lo que le substraen o queda a los costados, como Renan, que recibió las órdenes menores en San Sulpicio sin saber que había existido la revolución del 89.

Pero el individuo habilitado solamente para repetir como un fonógrafo, con o sin variaciones, lo que le han enseñado en la ciencia circunscripta por la fe, no podrá ser más que un loro sabio, de grande o aun de maravilloso vocabulario, y el país que cultive todos los poderes intelectuales del habitante estará siempre mucho más arriba del que sólo cultive alguna parte. Aun edificando el saber sobre la capacidad pasiva de asimilar conocimientos, la enseñanza religiosa corre graves riesgos de despertar inopinadamente la capacidad activa, suscitando en un seminarista un Combes, y un France en un discípulo de los asuncionistas.

Mariano Moreno, el alma de la revolución de Mayo, era doctor en teología de la Universidad de Chuquisaca, como Voltaire era discípulo de los jesuítas, porque la misma educación calculada para atrofiar las alas del espíritu, fracasa en las inteligencias descollantes no habiendo procedimiento que valga para transformar los cóndores y las águilas en aves de corral.

De la casualidad milagrosa, que es la base de la escuela eclesiástica, no ha salido ningún invento, ningún descubrimiento, pero han salido todos los actores de la Revolución Francesa, los terroristas, los nihilistas, y los anarquistas; y de las Universidades fundadas y regenteadas por obispos, salieron todos los emancipadores de la América del Sur, consistiendo así su único mérito en haber servido para lo que no fueron establecidas.

A consecuencia de esto, y a precio de rebajar la mentalidad nacional por la enseñanza anticientífica de la ciencia, a menudo equivalente a escamotearla, y de que son víctimas en primer término los huérfanos y las clases conservadoras, los poderes dogmáticos sólo consiguen aplazar su derrumbe para hacerlo más completo en definitiva. Bajo la enseñanza religiosa, la Francia monárquica llegó a ser más republicana y más librepensadora que la Inglaterra liberal, cuyo Parlamento votaba, en 1840, 30.000 libras para escuelas y 70.000 para las caballerizas del rey.

Abrazando la causa del liberalismo, la casa de Saboya levantó la monarquía levantando a la Italia, y apoyándose en el clericalismo, la casa de Braganza perdió la corona, atrasando, empobreciendo y endeudando a Portugal.

La América del Sur se encuentra en plena evolución del espíritu místico al espíritu práctico en algunas partes, y en plena regresión en otras. Para la prosperidad de las poblaciones, un ferrocarril, un puerto, una escuela, un banco, son infinitamente más eficaces que un obispado, y es con ellos que, en sesenta años de liberalismo tibio, la Argentina ha hecho descender el precio del oro del 2000 al 227 0|0, mientras Colombia lo ha hecho ascender al 5000 0|0 y perdido a Panamá en 18 años de reaccionarismo rabioso. Con su prodigioso santuario, Catamarca no ha podido aún salir de la pobreza consuetudinaria, y con la agricultura científica, Mendoza ha aumentado sus recursos de medio a cuatro y medio millones de pesos en 25 años, aún teniendo adentro, como las manzanas averiadas, a los más hábiles despojadores de viudas ricas y beatas, que pagan el más alto tributo al miedo religioso, en dinero acumulado por sus maridos descreídos que pasa al activo de la riqueza eclesiástica.

La penetración de los instrumentos materiales de la civilización moderna es inevitable aun en los países en que el hombre vive sintiendo, pensando y pereciendo en los viejos moldes y en pos de aquellos va la infiltración de las métodos mentales de que proceden. El vapor, el ferrocarril, el automóvil, son los precursores del régimen constitucional y del librepensamiento en Turquía, en Persia, en China, en Rusia.

Se ve cuán profundo era el pensamiento de lord Acton, el famoso católico inglés, cuando decía, en referencia al gran pontífice que dejó nacer y crecer al modernismo: "Pienso que León XIII es el primer Papa que haya sido bastante sabio para desesperar, y sentido que debía empezar una nueva partida y gobernar por extrañas estrellas sobre mares desconocidos".

INSTITUCIONES LIBRES[10]

El problema que las instituciones libres deben resolver es el del gobierno de las sociedades humanas, a gusto y beneficio de los gobernados, y el mayor inconveniente para la buena gestión de los intereses ajenos, es la tendencia espontánea del individuo a preferir su propia voluntad y su propia conveniencia a las de los otros tanto más cuanto le sean menos afines por la sangre, el espíritu, el suelo, la lengua o el color, y las maneras de suprimirlo o atenuarlo son, naturalmente, la división del poder en varias ramas, que se contrapesen recíprocamente, y su contralor por la opinión pública.

En la antigüedad, solamente los griegos, que hicieron los primeros ensayos de confederación y de gobierno del pueblo por el pueblo, y los romanos, que se dedicaron a la conquista con incorporación, concibieron el problema y trabajaron para resolverlo, ensayando una gran variedad de formas políticas incompletas, que fracasaron sucesivamente, y desarrollando la cultura del entendimiento en una medida tan vasta que, aun preterida porque "no servía para salvarse", durante la noche de diez siglos en que nuestros antepasados se olvidaron de las necesidades de la tierra para delirar con el cielo, el purgatorio y el infierno, ha venido a ser la fecunda simiente de que procede la civilización moderna.

Las repúblicas griegas, en quienes el instinto de la venganza era todavía más grande que el sentimiento de la justicia, que ignoraban los derechos de las minorías, como nosotros en la primera mitad del siglo pasado, y no llegaron a conocer ni la división, ni la limitación de los poderes, ni los grandes beneficios recíprocos de la benevolencia para los vencidos, condenados siempre al ostracismo y la conspiración, fueron asimismo el paraje en que el pensamiento humano pudo levantarse y desenvolverse con mayores holguras.

Como dice Renan, "el estado habitual de Atenas era el terror. Jamás las costumbres políticas fueron más implacables, jamás la seguridad de las personas fue menor. El enemigo estaba siempre a diez leguas; todos los años se le veía aparecer; todos los años era necesario guerrear con él. Y en el interior, ¡qué serie interminable de revoluciones! Hoy desterrado, mañana vendido como esclavo, o condenado a beber la cicuta; después, lamentado, honrado como un dios; todos los días expuesto a verse arrastrado a la barra del más inexorable "tribunal revolucionario", el ateniense que, en medio de esta vida agitada, jamás estaba seguro del día siguiente, producía con una expontaneidad que nos asombra".

La república romana, que llegó a realizar en cierta manera la división de los poderes y el principio de la responsabilidad, tuvo, en consecuencia, una vida más robusta y una existencia más larga, pero, desconociendo el principio de la representación, tiranizó fatalmente a los pueblos vencidos, tanto menos oídos en la opulenta capital cuanto más esquilmados en la remota provincia, y el ejercicio del despotismo afuera, inhabilitando a los dominadores para la práctica de la libertad en casa, substituyó paulatinamente a los gustos y las formas republicanas, el absolutismo y las pompas orientales.

Y aquella incomparable agrupación humana que empezó como escuela de libertad política, terminó en cátedra de absolutismo asiático, inoculado a la parte más civilizada del mundo antiguo, en cinco siglos del más absorvente centralismo.

La ley, que había empezado por ser la expresión de la voluntad del pueblo, acabó por ser nada más que la expresión de la voluntad del príncipe, según la máxima de las Institutas, que sir John Fortescue declaraba en el siglo XV "completamente extraña a los principios de la ley inglesa": _quod principe placuit, leges habet vigorem_.

"Más esfuerzos han sido necesarios para formular la idea de que el hombre es libre que para saber que la tierra se mueve alrededor del sol, dice Ihering. La historia ha trabajado infinidad de años, millones de hombres gimieron en la esclavitud y ríos de sangre han corrido en los tiempos más recientes, antes de que aquel principio se realice".

Y esto se refiere ya al segundo de los obstáculos mayores que ha encontrado el problema de las instituciones libres.

Porque el terror a lo desconocido y la necesidad de saber para obrar o abstenerse, han originado las seis mil explicaciones diferentes de los fenómenos naturales por los poderes sobrenaturales que llamamos religiones, y éstas han puesto fuera del contralor de la razón y de la experiencia humanas los asuntos que más interesaban, al dar carácter sagrado a las concepciones primitivas, tanto más sagradas cuanto más antiguas, vale decir, cuanto más absurdas.

Por supuesto, el entendimiento se adapta a las creencias en que ha sido amamantado como el paladar a los alimentos, y toda religión es tenida por los que la profesan, y mayormente por los que de ella viven, como el mayor bien posible. Por sus efectos morales, intelectuales y económicos sobre las sociedades, todas son desastrosas en diferente medida, según la historia y la estadística, que los creyentes no pueden entender, y que los estadistas deben tomar en cuenta, si realmente les interesa el porvenir de su país.

"Una religión es una causa de debilidad para un país", ha dicho el marqués Ito. Y en efecto, sea que se propongan gobernar a los vivos a gusto y beneficio de los muertos, para que sean felices después de muertos, como las derivadas del judaísmo, sea que se propongan defenderlas contra los malos espíritus, como las de la China, el África, la Oceanía y la América salvajes, toda religión es una doble defraudación a la energía humana, desde luego porque inducen a ejercitarla en vías tan costosas como estériles, y después por las servidumbres y las limitaciones que imponen al individuo a trueque de beneficios imaginarios, dependiendo la extensión de los males que producen del grado de poder político de que disponen para cohibir al pensamiento dentro de sus recintos cerrados.

Así, nada les debe la libertad, pero el despotismo les debe mucho, pues han sido siempre un resorte de gobierno, y precisamente el que ha dado continuidad y estabilidad al poder, al proveerlo del único carácter que podía hacerlo hereditario--el carácter sagrado--desde que las capacidades naturales no se transmiten necesariamente de padres a hijos. Los del primer dictador romano que fue proclamado dios, quedaron por esta sola circunstancia en condición superior a la de todos los demás ciudadanos romanos, y para evitar que el suyo quedara, como el de Cromwell, en el común. Napoleón se hizo ungir de potestad divina y consagrar por el papa.

De aquí que todo poder dinástico y toda aristocracia hereditaria sean los aliados naturales de alguna religión, es decir, de la forma particular de instrumentación del terror a lo desconocido de que proviene o en la que descansa su autoridad o su superioridad extra personal.

Nada fue así más natural que la "Santa Alianza", en la que los déspotas europeos, sacudidos por los primeros estallidos del sentimiento renaciente de la libertad, al finalizar el siglo XVIII, se concertaron para destruirla, sostenerse mutuamente y ayudar a Fernando VII a sofocar la independencia de sus colonias americanas, que el papa, por su parte, había excomulgado desde el primer momento.

En las poblaciones helénicas de que surgieron las repúblicas griegas y la romana, como en las tribus germanas, la virilidad individual por la fuerza, el talento y la salud, era un desideratum nacional, el valimiento actual pesaba más que el mérito ancestral, y la religión era un auxiliar del estado, en categoría tan secundaria, que los héroes semidioses de la mitología griega provienen del campo de la acción laica, a diferencia de la civilización cristiana, en la que provienen del campo de la acción religiosa; a diferencia también de la civilización moderna, en la que provienen del campo de la acción política, social, científica y educacional.

En las tribus germanas que poblaban la Inglaterra en la época de Tácito, el jefe civil era un funcionario elegido, no en mérito de su nacimiento sino en el de sus hechos, para administrar la justicia y presidir las asambleas de los hombres libres, en las que los sacerdotes sólo tenían misión para guardar el orden; el jefe militar era elegido para cada expedición común, en mérito de sus proezas en anteriores expediciones personales voluntarias, y la conservación del carácter electivo y del poder limitado y revocable de los reyes anglosajones, en frente del poder absoluto e irrevocable de los reyes de derecho divino, erigidos por el cristianismo, ha sido durante doce siglos la gran obra del pueblo inglés en beneficio de la civilización liberal.

Porque el proceso de asiatización de la Europa, que rebajó el estandarte de la vida en todo el continente, desde la fe en el esfuerzo humano a la fe en la gracia divina, aun en Escocia con el protestantismo y en Irlanda con el catolicismo, fue menos eficazmente llevado o más felizmente resistido por las tendencias indígenas en la Inglaterra, el país que relativamente ha producido menos santos y más políticos, exploradores, pensadores e inventores, el único país donde la libertad ha fluido del espíritu de independencia, no obstante las excomuniones reiteradas de los papas contra todas las cartas sucesivas de libertades; donde el derecho político ha salido de los precedentes ensanchados por crecimiento natural, como planta indígena, y no de trasplante o ingerto como planta exótica; donde un mayor interés por los bienes positivos, contrarrestando las exageraciones del idealismo visionario, originó la mayor aptitud para el comercio, la industria y la colonización, dando margen para ese espíritu práctico que se desinteresa de los modos de pensar para atender a los modos de obrar, a la inversa de ese espíritu sentimental impreso a los hombres por el cristianismo y el mahometismo, que prescinde de los hechos y se infeuda a las doctrinas, hasta no poder producir más que santos y mahdis, es decir, momias espirituales, manera de pasividad mental que el estancamiento social secular convierte en instinto nacional, que la Inquisición llevó al máximum en España, extinguiendo el foco aislado de liberalismo de Aragón, y de que provino entre nosotros la feroz intransigencia de unitarios y federales sobre doctrinas políticas liberales sostenidas por los procedimientos más brutalmente tiránicos.

Con el espíritu del _self government_, se preservó también en la Gran Bretaña el amor a la justicia y el instinto de progreso, adormecidos en el continente por la confianza en la justicia divina y la esperanza del cielo para los pobres de espíritu; anquilosados en las civilizaciones de la India y la China por la institución de las castas cerradas y el mandarinismo, que oponían una barrera infranqueable a las capacidades particulares, y se salvaron precisamente por el sistema de las clases abiertas, pues la nobleza misma no era hereditaria sino el título de par y por el hijo mayor, quedando así la aristocracia interesada en la suerte de los comunes de la que participaban sus demás descendientes.

De estos factores provino esa resistencia siempre vencida y siempre renaciente del pueblo contra los desmanes y la avaricia de los reyes y de los papas, que alcanza su primera grande etapa en la Magna Carta, arrancada al rey Juan por los barones en 1215, eludida a menudo después, pero jamás borrada del espíritu público, donde se conserva con la fijeza de una constelación en el firmamento; reconfirmada y ampliada en el parlamento de Simón de Monfort, en 1265, echando al mar en Dover la bula que contenía la excomunión del papa contra los barones rebeldes para quedar, desde entonces, como el gran faro nacional para los días de tormenta o de niebla política, mientras en el continente, aun en Escocia y en Irlanda, y con la sola excepción de la Holanda y la Suiza, la sumisión cristiana a la autoridad divina de los papas, los pastores y los reyes, bajo la forma protestante, la católica o la ortodoxa, hacía tabla rasa de todos los sentimientos de independencia individual o comunal, y mayormente en España, donde el Santo Oficio, sentaba sus reales y sus instrumentos de tortura veintiún años después del nacimiento de la Magna Carta en Inglaterra, para modelar a nuestros mayores por el terror máximo en el plan de la más grande intolerancia sectaria y de la más completa sumisión pasiva al altar y al trono.

Y desde 1534 esta abdicación universal de la capacidad natural del hombre en la capacidad divina de la iglesia fue reconfirmada con la fundación de la compañía de Loyola, y el consiguiente orgullo fanático de los siervos favoritos de Dios exteriorizado medio siglo después, en la "invencible", enviada, dice Fiske, "para extrangular la libertad en su patria predilecta, por el tirano más execrable y cruel que haya visto jamás la Europa tirano cuya victoria hubiera significado no simplemente la usurpación de la corona de Inglaterra, sino el establecimiento de la Inquisición española en el tribunal de Westminster".

La característica de la civilización greco-romana, que en veinte siglos preparó el terreno sobre el cual se extendieron, más tarde, en simple substitución, las civilizaciones cristiana y árabe, y lo que hizo posible su prodigiosa expansión sobre los países y los continentes vecinos, fue la circunstancia de que la religión--regional, sin cosmología sagrada, sin dogmas teológicos y sin gerarquía eclesiástica--no cohibiera mayormente el libre juego de las capacidades naturales, como la parte progresiva de la misma circunstancia en Inglaterra--su tolerancia con las costumbres y las religiones particulares de los países conquistados hasta el punto de tener dos religiones oficiales en el mismo reino unido, constituido en cuna de la libertad y refugio de los perseguidos de toda la Europa,--explica la incesante expansión inglesa; como la misma circunstancia, bruscamente producida en Francia sobre el orden político y militar, por la revolución del 89, y a que se refería Napoleón al decir que todo soldado llevaba en su mochila el bastón de mariscal de Francia, explica la inopinada expansión francesa y la epopeya napoleónica, como la misma circunstancia sobre el terreno educacional, comercial e industrial en Norte América explica su portentosa prosperidad; como el cristianismo sin la ciencia europea en Abisinia, y la ciencia europea sin cristianismo en el Japón, explican el estancamiento secular del primero y el prodigioso desenvolvimiento repentino del segundo; como la circunstancia inversa--el fanatismo sin pensamiento y sin ciencia,--en España y Portugal, explica a su vez, el estancamiento regresivo a la manera musulmana de aquel imperio ibérico en que no se ponía el sol, cuando aquello de que ha salido toda la potencialidad moderna--el espíritu humano--estaba aún en todas partes prisionero de los siglos pasados, como dice Ugarte; cuando la esperanza en los milagros de la fe obstruía en todas partes el advenimiento de los milagros de la ciencia y la inteligencia humanas.