La segunda casaca

Part 17

Chapter 17796 wordsPublic domain

—¡Salvaje, haz de mí lo que quieras!... ¡Sabe que te aborrezco!

Carlos alzó con movimiento brusco a la infeliz dama, y de nuevo la dejó caer o la impulsó contra el suelo. Una imprecación horrible sonó en la sala, y en el mismo instante sonaron también las palabras angustiosas de una criada, que súbitamente entró diciendo:

—El señor se muere.

Navarro llevó, mejor dicho, arrastró a su esposa hasta la habitación del enfermo.

Baraona respiraba con dificultad. Sus ojos, medio apagados ya, se fijaban en un santo Cristo que frontero de la cama pendía. Jenara, de rodillas junto al lecho y apoyada el rostro en él, ocultaba sus lágrimas. Los dos amigos de Carlos entraron en aquel instante, y con la cabeza descubierta se acercaron al moribundo. Carlos, lívido y terrible, estaba en pie, la vista fija en el suelo.

Baraona recobró súbita energía. Una llamarada, último esfuerzo del vivir que se despedía, inflamó con fugaz esplendor su naturaleza. De los hundidos ojos brotó un rayo, y la lengua articuló palabras claras.

—Hijos míos, amigos míos —dijo mirando a todos—. Adiós; ahí os queda el mundo. Tal como hoy está, no es gran regalo... Muero en Dios, muero proclamando la justicia y la ley. Sed buenos. Hija mía querida, ama y obedece a tu esposo... Amado hijo mío, respeta y dirige a tu mujer.

Los sollozos de Jenara le hicieron callar un momento.

—A todos perdono —continuó poniendo la flaca mano sobre la cabeza de Jenara—. Si alguno hay con mancha de pecado, que mi perdón sea la señal de su arrepentimiento... Y vosotros, valientes amigos, y tú, noble hijo mío y de aquella tierra de Álava que no ven mis ojos en este triste momento, recibid mi bendición, recibidla todos. Valientes jóvenes, muero aborreciendo la revolución; muero abofeteado, escupido, azotado, inmolado por ella, como Jesús por los judíos. ¿Qué mayor gloria?... ¡Gracias, gracias, Dios mío!

Entusiasmo y gozo vibraban en su voz.

—Valientes jóvenes, mirad la imagen del Dios-Hombre, que está frente a mí; mirad ese cuerpo bendito puesto en la cruz. Juradme ante Él que derramaréis hasta la última gota de vuestra sangre en defensa de los buenos principios, de la justicia, de la ley de Dios. Jurádmelo, si queréis que muera contento, y que mi alma angustiada se arroje libre de toda zozobra y desconsuelo en los inmensos, en los infinitos brazos de Dios.

Los tres jóvenes miraron la sagrada imagen, unidos en imponente grupo. Los tres extendieron el brazo derecho hacia la efigie, alzaron orgullosos la cabeza, y con voz entera y solemne dijeron a un tiempo:

—¡Lo juramos!

Los tres brazos continuaron alzados breve rato, y en el trágico grupo reinó el silencio de las grandes emociones.

Carlos dijo:

—¡Que mi alma arda en el Infierno eternamente si no lo cumplo!

—¡Muerte a los infames! —bramó Zugarramurdi.

—¡Muerte! —repitió Oricain.

Los sollozos de Jenara se confundían con los terribles juramentos.

La energía de Baraona se extinguió de improviso. Empezó a apagarse, a pestañear, a oscilar tenuemente, como brillo del ascua que va a ser tragada por las lóbregas fauces de la oscuridad.

—Júramelo otra vez —murmuró en voz queda y con los ojos cerrados, hablando desde el fondo de su agonía.

Los tres repitieron, alzando el brazo.

—Lo juramos.

Al bronco sonido del juramento, los enormes cuerpos crecían. Todo tomaba proporciones enormes. Las manos del crucifijo parecían tocar a oriente y occidente.

En aquel instante se oyó un lejano rumor, el resuello profundo del pueblo, que volvía a invadir el recinto de la Inquisición, gritando: «¡Viva la Libertad!»

Baraona abrió los ojos. Señalando con el dedo al punto por donde parecía venir el discorde ruido, murmuraba:

—La ola... se acerca.

Después, cruzando las manos, exhaló un hondo suspiro. En su pecho cavernoso retumbaron estas huecas palabras como un ronquido:

—¡Hasta la última gota de vuestra sangre!

—¡Hasta la última! —repitió Navarro sordamente.

El mugido de Baraona se repitió más lento, más apagado, más lejano.

Parecía una voz que se alejaba de caverna en caverna, y decía:

—¡Acabar con todos ellos!

—¡Con todos ellos! —dijo Oricain.

—¡Hasta el último! —dijo Navarro.

Baraona, después de ligera convulsión, abría desmesuradamente los párpados, y sus pupilas, semejantes a insensibles globos de vidrio, continuaban fijas en el santo crucifijo con aterradora insistencia. Su alma navegaba ya por la inmensidad de las olas eternas.

El rumor de la calle se acercaba, y el solemne reposo de la estancia era turbado por este grito:

—¡Viva el pueblo! ¡Viva la Libertad!

Carlos dirigió a la calle una mirada terrible. Mientras Jenara cerraba los ojos de su abuelo, los tres jóvenes juntaron espontánea e instintivamente sus manos, y alzando con insolente soberbia la cabeza, gritaron:

—¡Viva el rey! ¡Viva la religión!

Madrid, enero de 1876.

FIN DE «LA SEGUNDA CASACA»