La segunda casaca

Part 16

Chapter 164,039 wordsPublic domain

Acercábase uno a mirar de cerca el rostro del anciano, y con ademán pavoroso decía: «Está muerto.» Reían todos, mirándose unos a otros, y ya se disponían a retirarse juntos, cuando Isidorillo, el de la tía Rampiosa, que por ser el más chico era el más travieso de todos, tuvo una feliz idea, que al instante puso en ejecución. Llevaba en la mano una varita delgada y larga, y con la punta de ella exploró por dentro la nariz del desgraciado anciano. Este hizo una mueca, se movió, y un coro de risas infantiles acompaño a su movimiento.

Abrió el anciano los ojos, miró a todos lados, pasose la mano por la frente, dio un suspiro...

—¡Qué buena turca ha cogido usted, hermano! —dijo Currito el de la carbonera.

El anciano revolvió sus ojos a una y otra parte, amedrentando con la fiereza de ellos al regocijado concurso, y en voz ronca hablo así:

—¡A esto llamáis una revolución! Menguados, si queréis hacer una verdadera revolución, hacedla; alzad la guillotina; cortadnos la cabeza a todos los que tenemos en ella la idea de Dios, la idea del deber, la idea de la justicia, la idea del honor y de la hidalguía... ¿Queréis acabar con los buenos? Pues a ello. Combatidnos, y se os vencerá. Matadnos, y resucitaremos en otra forma. Pero no, no llaméis revolución a este conjunto de graznidos y patadas... Sois miserables y grotescos bufones que deshonráis el suelo de la patria. Apartaos de mí, despreciables bailarines. ¿Creéis que una nación es el tabladillo de un teatro...? Inmundos tiples, no chilléis más en mi oído... Mi voz atruena.

Una algazara de risas siguió a estas palabras. Los pajarillos, piando con alegría en torno al buitre moribundo, no se hubieran expresado de otro modo. El anciano hizo esfuerzos por levantarse; sus huesos crujían; al fin consiguió ponerse derecho, apoyándose en la pared. Los ciudadanitos, agrupándose en torno de él, no le dejaban dar los primeros pasos.

—Fuera de aquí, hombres pequeños —dijo el viejo empujándoles a un lado y otro—. Queréis hacer revoluciones, y ninguno de vosotros alza una vara del suelo.

Cuando los muchachos se oyeron llamar hombres pequeños, redoblaron las risas. Siempre con las manos en la pared, siguió andando el viejo. Los chicos le seguían, tirándole de la ropa, impidiéndole el paso. Él observaba las fachadas de las casas, como para orientarse; doblaba todas las esquinas que encontraba al paso. De este modo recorrió lentamente varias calles, y después de muchas idas y venidas, entró en la de Amaniel. Los chicos habían ido desertando poco a poco. Al fin Joselito González, que era el más pesado, le dejó solo. El anciano se detuvo, reconoció la calle, y con voz débil murmuró: «No es por aquí.» Volvió atrás, dobló varias esquinas, siguió a lo largo de la pared apoyándose en ella... pero sus pies vacilaban, temblaban sus piernas; su cuerpo abatiose rozando el muro, y cayó al suelo sin sentido.

XXVIII

Estaba en la calle de Eguiluz. No pasaba nadie por allí. De pronto, al extremo de la calle abriose una puerta y aparecieron en un oscuro hueco dos personas, hombre y mujer: el uno despidiéndose de la otra, a juzgar por las breves palabras cariñosas que en el silencio de la calle resonaron sin que ningún extraño las oyera. Después de confundirse los dos bultos en uno, efecto sin duda de la oscuridad de la noche, se separaron: la mujer desapareció, y el hombre echó a andar por la calle adelante, hasta que el obstáculo de un cuerpo atravesado en la acera le detuvo. En el mismo instante una vieja, llegando por el otro lado, se detenía también. Inclináronse ambos, examináronle el rostro, le palparon, le movieron, y el joven dijo:

—Es el señor don Miguel de Baraona.

Trataron de reanimarle. Respiraba, pero no se movía. El joven, pasado un rato de vacilación, se terció la capa, enlazó con sus brazos vigorosos el desmadejado cuerpo del anciano, y se lo echó a cuestas como un saco.

Felizmente el peso del _Patriarca del Zadorra_ no era excesivo, ni el humanitario joven tenía que andar mucho para llegar a la calle de _Sal si puedes_. Los curiosos que en el camino se le unieron quedáronse a la puerta de la casa, y él subió solo. Ni porteros ni criados salieron a su encuentro en la escalera. Abrió la puerta una criada, y bien pronto sonaron en la casa gritos y lamentos de mujer, angustiosos diálogos, preguntas, órdenes rápidas.

Baraona fue puesto en el suelo. El que le había llevado permanecía en pie. Jenara miraba al uno y al otro con muda sorpresa; pero el dolor no dejaba lugar en su corazón a otro sentimiento. Las dos mujeres azoradas, llamaron; acudió un criado; entre todos trasportaron al enfermo a su cuarto, tendiéndole de largo a largo en la cama. Abrió, al sentirse en ella, los ojos y lanzando un hondo suspiro, murmuró:

—¡Me muero!

—¿Pero está herido? —exclamó Jenara—. Esa sangre... ¿Qué le han hecho? ¡Dios mío!... ¡Abuelo!

Interrogaba con los ojos al portador de tan gran desgracia; pero este, alzando los hombros, decía:

—No sé una palabra. Así lo encontré en la calle.

Salió del cuarto, y en el laberinto de los pasillos medio oscuros, preguntó que por dónde se salía.

—Por allí —le indicó Jenara, que a su lado pasó rápidamente, corriendo en busca de remedios caseros.

Dirigiose el joven a la puerta en el momento en que, abierta por fuera, daba paso a tres hombres. Carlos avanzó el primero, y tras él sus inseparables amigos. Vieron al que salía, y la sorpresa les detuvo y les inmovilizó un instante, como cuando se ve lo imposible.

—¿Qué buscas aquí? —gritó Navarro, mirando colérico a Salvador.

—¡Has entrado aquí! —rugió destempladamente el que llamaban Zugarramurdi, asiendo al joven por el brazo.

El que llamaban Oricain corrió a asegurar la puerta.

—¿Qué haces en esta casa? —repitió Navarro con mirada furibunda y amenazadora.

—Nada —respondió Monsalud, dando un paso hacia la puerta—, y por eso me marcho.

La voz de Jenara, que llegó volando más bien que corriendo, puso término a aquella escena.

—¡Carlos, Carlos! —gritó—. El abuelo enfermo... herido... ¡se muere!... Este... este buen hombre le ha traído de la calle... un accidente desgraciado, un atropello... qué sé yo. Ven al instante...

Navarro miró a Monsalud, como pidiendo más explicaciones.

—Estaba en la calle de Eguiluz, arrojado sin movimiento ni sentido sobre la acera —dijo Salvador—. No sé más.

Navarro tomó una determinación súbita.

—Yo averiguaré lo que hay en esto —afirmó—. Oricain, cierra esa puerta. Zugarramurdi, detén a este hombre.

Y corrió hacia dentro.

Acercáronse los esposos al lecho del enfermo, e hiciéronle mil preguntas; vendada su herida, le abrigaron, tratando de reanimarle por todos los medios. Baraona sufría un temblor convulsivo.

—La canalla me ha insultado —murmuró—. Pero le dije cuatro verdades... No pudo conmigo... ¡Conmigo no puede nadie! ¡Nadie!

—¿Pero quién, pero quién?... Dígame usted quién ha sido —vociferó ciego de ira Carlos, cerrando los puños—. ¡Dígame usted quién ha sido!

—Muchos, muchísimos. Los revolucionarios —murmuró el enfermo—. Sus manos inmundas me golpeaban... Está bien: ¿no abofetearon los judíos al Señor?...

Carlos rugía como un león y sus dedos se clavaban como garras en los colchones de la cama.

—Maldito sea yo si no me vengo —gritó—. ¿Y usted no recuerda quién le trajo aquí?

—¿Quién me ha traído? —dijo el anciano con la mayor sorpresa, abriendo mucho los ojos—. Nadie: vine yo solo; he venido por mi pie.

—No sabe lo que se dice —indicó en voz baja Jenara.

—Pero ¿por qué gritáis tanto? —murmuró Baraona cerrando los ojos—. ¿Qué ruido, qué algazara infernal es esa?... Callad por Dios... necesito descanso, necesito dormir... ¿No habrá nunca silencio en esta casa?

Cuando esto decía, el silencio era profundo en la habitación. Jenara y su marido observaban con ansiedad la fisonomía del enfermo.

Mientras esto ocurría en la alcoba, el señor Zugarramurdi, hombrazo corpulento, de espesa barba rubia, frente estrecha y miembros poderosos, se acercaba a Salvador Monsalud en la antesala, y dejando caer sobre el hombro de este una de sus gruesas manoplas, le decía con voz áspera y cavernosa:

—¿Sabes quién soy?

—Sí —repuso Salvador mirándole con desprecio—. Ya sé que eres un bruto.

Oricain, pequeño, regordete, de ojos negros, cubiertos por una sola ceja pobladísima y corrida de sien a sien, guardaba la puerta.

—Soy Zugarramurdi —dijo el de este nombre—. Estuve en la batalla de Vitoria. ¿Te acuerdas de la retirada, juradillo?

—Sí; me acuerdo. Tú estabas entre los mulos.

—¿Te acuerdas del que hirió a nuestro amigo y jefe Carlos Garrote? —prosiguió el vizcaíno—. ¿Recuerdas que yo te guardaba, y que te me escapaste, porque una señora compró a los centinelas?

—Déjame —gritó con violencia Salvador apartando bruscamente el brazo del guerrillero—. Oricain, abre esa puerta.

—Ven a abrirla —repuso imperturbablemente el navarro—. ¿Sabes quién soy?

—Sí; ya lo sé: ladrabas en la jauría de Garrote. Abre esa puerta, o pasaré por encima de ti.

—Ya te espero... —dijo Oricain—; como no me coges de espaldas, no hay que temerte.

—Abusáis de mí, porque veis que no llevo armas —dijo Salvador conteniendo su ira—. Estoy indefenso, porque yo no muerdo como vosotros.

Carlos se presentó en el mismo instante, fruncido el ceño, pálido el rostro, con un visible sello de dolor y desesperación en su grave persona.

—Carlos —dijo Monsalud—. ¿He entrado en una guarida de lobos?

—Es espía de los ateos —dijo Oricain clavado siempre en la puerta—, y viene a saber lo que hacemos para contárselo a esa canalla.

—Ha venido a provocarte y a desafiarte —dijo Zugarramurdi—. Nosotros le enseñaremos a ser comedido.

—¡Carlos! —gritó Monsalud perdiendo toda prudencia—. ¡Mira que no tengo armas!... ¡Esto es una infamia!...

—¿A qué has venido aquí? Lo mismo te desprecio amigo que enemigo; lo mismo te desprecio espía que servidor. Vete y di a los revolucionarios que mañana salimos para Navarra a levantar partidas.

—Yo no soy espía... ¿Pagas con tan vil sospecha el servicio que acabo de hacerte?...

—No sé si te debo un servicio o una nueva ofensa.

—Yo no me ocupo de ofenderte —dijo Monsalud con desprecio—. Has sido conmigo cruel, implacable y sañudo. Tu corazón de piedra no se ha movido ante el suplicio de una pobre mujer inocente; te has opuesto a que la pusieran en libertad; has redoblado el furor de los inquisidores, verdugo. Y sin embargo de esto, cuando ha concluido el martirio de mi madre; cuando ha venido la revolución, y triunfábamos, y tenía yo todos los medios para tomar venganza de ti; cuando me era fácil prenderte, molestarte, denunciarte a los vencedores, nada he hecho contra ti, Carlos, y no queriendo abusar de la gran ventaja adquirida, te he perdonado.

—¡Dice que me ha perdonado!... ¡que me ha perdonado! —exclamó Garrote, con el rostro encendido.

—Sí, te he perdonado; he tenido lo que tú no conoces: generosidad.

Navarro permaneció un momento en sombría perplejidad.

—Vamos —dijo al fin con irónico acento—, es un modo extraño de pedir misericordia. Salvador, tu odio y tu generosidad, tu venganza y tu perdón, son igualmente despreciables para mí... No quiero hacerte el honor de mirarte. Zugarramurdi, Oricain, registradle bien, y si veis que no tiene armas, dejadle salir.

—Sí, eso, eso —dijo Oricain con pena—, para que nos denuncie a los ateos, y vengan acá y nos prendan.

—Y nos impidan salir mañana para Navarra —añadió Zugarramurdi.

—Que vaya... que lo diga... que vengan esos cobardes bullangueros a detenernos —dijo Navarro—. Ya sabía yo que algunos polizontes atisbaban estas noches mi casa.

—No hay duda de que es espía —gritó Oricain—. Me consta.

—No se burlará de nosotros, ¡con cien mil demonios!

Zugarramurdi asió con violencia los dos brazos del joven, que se estremeció al sacudimiento de aquellas tenazas, sin poder desasirse de ellas. Oricain acudió en auxilio del otro sayón; vino también un criado, le sujetaron, le contuvieron, le amordazaron, le liaron una larga cuerda en brazos y piernas, y llevándole a una habitación cercana donde había un pie derecho a manera de poste, resto de un tabique antiguo recién derribado, le sujetaron a él tan fuertemente, que el desgraciado joven no podía mover ni un dedo. Palpitante, sofocado, rugiente como un volcán obstruido; amenazado de violenta congestión, Salvador no podía defenderse de sus enemigos sino mirándoles... La rabia de sus ojos era su única arma. Se contraían sus músculos; la prisionera sangre hinchaba sus venas.

—¿Qué pensáis hacer? —preguntó Carlos a sus amigos, cuando concluyó la operación, sin que él se dignara tomar parte en ella.

—Cuando nos marchemos —repuso Oricain—, le ahorcaremos.

En aquel instante Jenara pasaba.

—Es demasiado —dijo Navarro—. Le dejaremos así. Basta que no pueda hacernos daño de aquí a mañana... ¿Sabes que esa postura es buena para conspirar contra el trono? —añadió, contemplando con hosca serenidad a la víctima—. ¿Por qué no vas ahora de Herodes a Pilatos, comprometiendo oficiales, repartiendo proclamas, engañando el país, difundiendo la rebeldía contra Dios y contra el trono? ¡Miserables revoltosos! Ve y di a tus revolucionarios que vengan a sacarte de aquí. Llámales, invoca la libertad, los derechos del hombre. ¡Que vengan Riego y Quiroga a desatarte!... ¡Oh!, si desde un principio hubieran puesto a la masonería y al ateísmo como estás ahora, ¿habría revoluciones? Que me den el mando un solo día, y verás qué gran soga lío alrededor del gran cuerpo. ¿Por qué no conspiras ahora? ¿Por qué no sublevas regimientos? Abre la boca y predícanos libertad y jacobinismo... ¡Ah!, tú creerás que eres un mártir digno de lástima. ¿No lo has de creer, si en ti y en esta canalla que acaba de triunfar no hay idea de justicia?... ¡Justicia! ¡Castigo del crimen! ¡Qué sublimes ideas! En medio de la impunidad espantosa que invade el reino todo como una plaga, aquellas grandes ideas se ven realizadas en un rincón de Madrid... en un rincón de mi casa...

Cuando esto decía, Jenara volvió a pasar.

—¡Bonita imagen de la revolución tenemos delante! —prosiguió Carlos con amarga ironía—. ¡Qué emblema tan hermoso del sistema curativo de un país levantisco! En esa postura se olvida el modo de andar, y se pierden los deseos de agitarse mucho; se puede meditar tranquilamente en Dios, y reconocer las ofensas que se le han hecho... La voz se olvida de que ha dicho infamias y herejías... Se aprende a obedecer y a callar, y el que manda, manda... Yo querría que toda España fuera pasando por esa puerta y viera a su revolucionario... el pobrecito no mueve brazo ni pierna; no habla ni gruñe. Está convertido, y ya no hace daño ni con su lengua ni con su brazo... ¡Qué lección, señor Monsalud!... ¡Si esos locos o imbéciles que chillan por las calles vieran esto...! ¡Si estoy por abrir entrada pública y exponerte como una cosa rara, anunciando «el gran fenómeno de la justicia», o sea «la revolución en la soga»! Esto abriría los ojos a muchos... Tal idea debe cundir y propagarse; es admirable. Todos los que han atentado contra su rey deberían atravesar ese pasillo y mirar adentro... Se te pondrán luces...

Jenara pasó de nuevo.

—Mi opinión —añadió Garrote— es que no se te quite la vida, a no ser que resulte que has maltratado a mi abuelo, como sospecho. Si eres inocente no te haremos daño. La enemistad privada que tenemos tú y yo me obliga a ser generoso. Ni aun consentiría la violencia que sufres, si yo y mis amigos no estuviéramos en peligro de ser denunciados por ti; pero es preciso asegurarse, señor masón... ¡Cuánto me alegraría de tenerte así el día del triunfo de mis ideas, para soltarte y decirte: «Ahora, los dos a solas, arreglaremos una cuenta antigua...»! Pero yo estoy caído, y tus amigos son poderosos... es preciso tener algún rigor con los vencedores, mientras se puede; que tiempo tienen ellos después para abusar de su victoria. Cuando esto pase, cuando yo y mis amigos no corramos riesgo de ser denunciados a un partido vengativo, nos veremos, ¿eh?... No haya miedo que se te aten entonces las manos. Al contrario, te las multiplicaría si en mi poder estuviese... ¿Me buscarás tú? ¿Será preciso que yo te busque? ¿Entrarás entonces furtivamente en mi casa para espiarme? ¿Golpearás en la calle a mi infeliz abuelo, con el fin de encontrar después, so color de ampararle, un pretexto para meterte en el domicilio de un hombre de bien? Esto se averiguará... Me parece que penetro tu intención... Eres astuto... Sabías que aquí se conspiraba... Sabías que aquí nos reunimos en estos días algunos hombres del partido del rey. Sin duda les viste entrar. Bien, señor Salvador; todas esas cuentas se arreglarán después... Hasta la vista.

Cuando Carlos salió, Jenara pasaba otra vez.

Cerraron la puerta y Monsalud se quedó solo. Los rumores de la casa sonaban a lo lejos. En su desesperación sentía transcurrir el tiempo sin darse cuenta de él, y pasaron minutos que le parecieron horas. Cualquiera que fuese el delirio de su mente y la exagerada proporción que a todo daba, ello es que pasó mucho tiempo, y un reloj cercano le iba marcando los plazos solemnes de su agonía. Imposibilitado de moverse, luchaba con extraordinaria fuerza del espíritu y del cuerpo; mas no le era posible vencer. Su sangre era una corriente de fuego: sentíala en el palpitar de las sienes, semejante al golpe de un hacha. Al fin perdió el sentido claro de las cosas.

A hora bastante avanzada creyó sentir mayor intensidad en los ruidos de la casa, el ir y venir y el precipitarse, que indican la gravedad de un enfermo y la consternación de una familia. Constantemente subía y bajaba gente por la escalera principal, que cercana de su prisión estaba. Sintió al fin gran rumor de pasos, como si subiera mucha gente a la vez, y acompañaba a este rumor el triste son de una campanilla y rezos en latín. El viático entraba en la casa. Monsalud distinguió lejano resplandor de faroles; después profundo silencio, solo interrumpido por algunas voces que en lo más hondo de la casa sonaban, semejantes a los tristes ecos del coro de un convento. Luego se oyó el estrépito de los pasos, la misma campanilla, los mismos rezos. Dios salía.

No supo apreciar bien el tiempo que trascurrió después. Su pensamiento estaba fijo en la idea terrible de que al alejarse Dios de la casa, continuara la iniquidad que en su persona se cometía... La fiebre empezó a trazar sus vertiginosos y atormentadores círculos dentro del cerebro del infeliz; pero al fin, trascurrido un plazo de difícil apreciación, distinguió una claridad que parecía la de la aurora; vio claramente que la puerta se abría, que alguien entraba sin hacer ruido, más semejante a una sombra que a una persona, y, por último, que unas manos blandas y frías tocaban su cuerpo.

XXIX

El señor de Baraona pasó muy mal la noche. El médico dijo qué no saldría de la madrugada. A esta hora la claridad de sus facultades mentales le permitió hacer sus disposiciones y recibir a Dios, lo cual verificó con piedad suma y unción evangélica, causando gran emoción entre los circunstantes. Cayó después en hondo aplanamiento, y todo hacía presumir rápido desenlace. Sin embargo, hablaba el enérgico anciano todavía, y dando explicaciones del triste accidente, aseguró no conocer a ninguno de los que le maltrataron. No hacía memoria de que un extraño le trajese a su casa, y con toda firmeza aseguraba haber venido por su pie. Carlos y Jenara no se apartaban de su lado. Zugarramurdi y Oricain, que salieron en compañía del viático, tardaron bastante en volver.

Principiaba a lucir el día, cuando Baraona dijo:

—Tengo que hablarte, amado Carlos; tengo que decirte dos palabras. Sentiría llevármelas conmigo y no poder soltarlas... ¡pesan tanto!

Carlos y Jenara se inclinaron hacia él, a un lado y otro del lecho.

—Lo que tengo que decir —indicó el patriarca mirando a Jenara—, tú no debes oírlo. Querida nieta, sal de aquí por un momento. Carlos y yo debemos estar solos.

Jenara salió; solos quedaron Carlos y el moribundo.

—Hijo mío —dijo Baraona expresándose con dificultad—, en esta hora suprema me veo obligado a hacerte una revelación penosa. Mucho me cuesta, pero la verdad es lo primero... Hace tiempo que me has manifestado dudas y sospechas acerca de la fidelidad de tu esposa, mi querida nieta.

—Sí —repuso sombríamente Navarro.

Reinó por breve rato un silencio tal, que los dos parecían muertos.

—Sabes que yo la he defendido —añadió Baraona—, aunque al fin la fuerza de tus argumentos y la evidencia de ciertos síntomas, me han hecho dudar también, hasta que al fin...

Carlos miró al moribundo con terrible ansiedad.

—Hasta que al fin... —repitió el anciano haciendo un esfuerzo—. No puedo acusar terminantemente a mi adorada nieta; pero sí te diré que... al anochecer del sábado... vi a un hombre que se descolgaba al patio... por el balcón del cuarto de tu mujer.

—¡Un hombre!

—Solo los ladrones y los amantes salen de este modo de las casas. He dudado, he vacilado entre la revelación y el silencio... Creo ya que en conciencia debo decírtelo... ¡Averigua... indaga! Quién sabe... quizás sea inocente...

—¡Un hombre! —repitió Carlos ahogando un bramido.

—Un hombre vestido con el traje de la gente del pueblo... capa de grana, sombrero redondo... calzón negro... De su cara nada te puedo decir. Ya sabes que la puerta del patinillo estaba siempre abierta: desde entonces la cerré y guardé la llave... Bajó del balcón, apoyándose en la reja. Mi primera intención fue gritar y echarle mano; pero no quise dar escándalo ni comprometer la honra de Jenara hasta no hacer averiguaciones. Bien podía ser algún enredo de la criada... Carlos, con un pie en el sepulcro, te pido que no condenes a mi pobre nieta sin oírla. Ten prudencia, calma y tino, y no seas arrebatado ni ligero. Si Jenara es inocente, pídele en nombre mío perdón de esta sospecha. Si es culpable... ¡que Dios tenga misericordia de ella!... Ahora puedes llamarla. Me parece que ya me apago... ¡Dios sea conmigo! Quiero despedirme de todos. ¿Dónde están tus buenos amigos? Jenara, Carlos, venid todos.

* * * * *

Salió Navarro de la habitación. Bajo el fruncido ceño, sus negros ojos, despidiendo rayos, exploraban en la penumbra de la casa con feroz curiosidad. Pasó por el cuarto oscuro y miró hacia adentro. Monsalud no estaba allí. En el suelo se veían los pedazos de la cuerda, y el cuchillo con que acababan de ser cortados.

Garrote dio un rugido y saltó afuera.

Deslizose por el corredor hacia el cuarto de su mujer. Entró. El balcón estaba abierto, y Jenara, asomada en él, se inclinaba hacia fuera diciendo: «¡Pronto, pronto, que puede venir!»

El rencor de Carlos era mudo porque era inmenso. Abalanzose hacia el balcón y hacia Jenara, que sintió el resuello de su marido semejante a una llamarada de volcán que le quemaba el rostro. Volviose, y su grito de espanto aumentó el furor de Carlos. Este pudo ver claramente a un hombre en el momento de desasirse de la reja del piso bajo y envolverse rápidamente en su capa de grana para echar a correr hacia la puerta.

¡Instante más breve que la palabra, acción más breve que el pensamiento!... Jenara y Carlos se miraron. En el semblante de ella brilló de súbito una serenidad profunda. El hombre que huía se detuvo un instante en la puerta del patiecillo, porque al entrar en la cerradura la llave, esta y aquella no obedecían.

—¡Dos vueltas a la llave y tirar hacia adentro! —gritó Jenara con verdadero acento de inspiración.

* * * * *

La ira del esposo estalló como un trueno.

—¡Traidora! —gritó agarrando a Jenara por un brazo y apartándola del balcón.

Su mano de hierro, tirando fuertemente del brazo y del cuerpo de la mujer, hízola dar rápida vuelta en torno suyo. Las flotantes faldas describieron, arremolinadas, un disco blanco, en cuyo centro el busto admirable de Jenara, al caer de rodillas, se alzaba con el semblante vuelto hacia su esposo, los cabellos en desorden, la mirada ardiente. De su pecho contraído y sofocado por la veloz caída, salió una voz que dijo: