La segunda casaca

Part 12

Chapter 123,881 wordsPublic domain

—¡Yo liberal! —exclamé—. Pero no se trata aquí de ser liberal ni de dejar de serlo. Trátase de ver si esta oleada que se ha levantado en Andalucía llegará a la corte y nos anegará a todos.

—Veo que tienes miedo... el miedo es el mayor auxiliar de la traición.

—Jamás seré traidor. Pero hablemos con toda franqueza, señor don Buenaventura: ponga usted la mano sobre el corazón, y dígame si el gobierno y la administración de nuestro país no exigen pronta y radical reforma.

—Pero ven acá —contestó rojo como un pimiento—. Dado el caso de que esa reforma sea necesaria, lo cual es muy dudoso, ¿quién la realizará? ¿Esos infames perdidos, esos vagabundos que charlan en los cafés, esos desalmados políticos del 12, esos militares revoltosos que no conocen la disciplina?

—Líbreme Dios de defender a los revolucionarios y perturbadores; pero vengamos a la cuestión.

—Al fondo de la cuestión.

—Eso es, al fondo. El gobierno absoluto no puede sostenerse. Bien sabe usted que mi opinión no es sospechosa: ¿no lo he defendido con todas mis fuerzas?..., ¿no he puesto a su servicio cuanto yo podía y sabía? Pues bien: yo, el más humilde soldado de aquel piadoso ejército de patricios que en 1814 derrocó la infame facción, declaro ahora que el absolutismo, tal como al presente se halla, maleado y corrompido, no puede seguir rigiendo a la nación.

—¡Ah, gran canalla! —exclamó don Buenaventura dando fuerte puñada sobre la mesa—. Te me has pasado, te me has pasado al enemigo... ¡Ira de Dios! Ya van hoy doce, doce traiciones. Llega el simple anuncio de una insurreccioncilla con esperanzas de triunfo, y ved aquí a mi gente mudando de casaca, como histriones que, concluida la tragedia, se preparan para el sainete... ¡Esto no se puede sufrir! ¡Esto es ignominioso!... ¡Pipaón de todos los demonios; Pipaón maldito, también tú, o como dijo el gran romano, _tu quoque, fili mihi_!... Serían las seis de la mañana cuando llegó la noticia del pronunciamiento: fui a Palacio; vine después al ministerio; recibí a varias personas, y no eran las doce cuando ya me habían manifestado sus simpatías por la revolución cinco personas, cinco furiosos absolutistas de aquellos de pelo en pecho que no transigían con nadie, y hace poco amenazaban con comerse a quien de liberalismo les hablase... En el resto del día ha aumentado el número de las defecciones repugnantes. Tú eres el duodécimo... Pero estos canallas, ¿dónde tienen la conciencia? Sin duda creen que la infame facción triunfará. ¡Quieren congraciarse con los rebeldes por si llega la marimorena de los destinos!... ¡Ahí os quiero ver, miserables!... ¡Que no se os volvieran veneno los reales despachos!... Los muy tunantes no se atreven a vituperar de súbito al paternal gobierno que nos rige, ni a ensalzar a los revoltosos; pero van preparando el terreno para la defección, y con delicada hipocresía dicen: «La verdad es que así no se puede seguir... la arbitrariedad no puede gobernar constantemente a los pueblos cultos... es indispensable que el rey dé una Carta a la nación... la Europa no puede consentir...» Y vuelta a la Europa, y al rey, y a los pueblos, y a la dichosa Carta, esquela o lo que sea. Vale más que de una vez salgan por esas calles gritando: ¡_Vivan Robespierre y la guillotina_! y acabaremos de una vez... ¡Ah, menguado Pipaón! ¡Ah, pérfido discípulo! Eres el cuervo que he criado para que me saque los ojos... ¡Conque te me has pasado a la masonería y a la revolución! —añadió, tirándome de una oreja con impertinentísimo movimiento—. ¿Conque esas tenemos, señor bergante? ¿Conque después de haber explotado el oscurantismo, después de haberle chupado la sangre al reino, y al rey, y a chicos y grandes, reniegas de la generosa cabrita cuyos ubres has puesto, a fuerza de mamancia, como zurrón vacío?... ¡Ah, troglodita! ¿Sabes que desde hace algunos días sospechaba yo tu defección? Me habían dicho que mangoneabas en las sociedades secretas; pero no lo quise creer. Te juzgaba mejor de lo que eres... Pero ¿qué puede esperarse de estos petates, cuando se asegura que hasta hombres como Lozano han caído en la tentación? Execrable aventurero, ¡qué chasco te vas a llevar! ¡Qué horrible será el castigo de tu traición indigna! La revolución no triunfará, porque estamos decididos a aplastarla, sí, señor, a confundirla. Si es preciso, iremos todos allá, desde el ministro hasta el último empleado; y entre tanto, en este foco de las conspiraciones, buscaremos a los astutos Robespierres, a los violentos Dantonazos, a los sanguinarios Marates, y les entregaremos a la Inquisición para que dé buena cuenta de ellos... Descuida, que todo se hará, empezando por ti, monstruo de felonía y doblez... ¡te vigilaré, te pondré preso, te ahorcaré!...

Aquel hombre estaba loco, o al menos lo parecía, según se inflamaba su rostro y se hinchaban sus venas y espumarajeaba su boca. Oí la filípica con aquella calma burlona que me era propia, y que bien cuadraba frente a un hombre tan ruidoso como poco temible... Pero me convenía no prolongar más aquella conferencia. Antes que me arrojase de su despacho, me marché, para que no se irritara excesivamente, y al salir llevaba conmigo la seguridad de que hombre tan fiero sería de los más blandos si los acontecimientos seguían desarrollándose con la precipitada corriente que hasta allí parecían llevar.

Del mismo modo que me trató don Buenaventura, tratáronme otros personajes que hasta entonces no sospechaban de mí, y que al fin tuvieron indicios (de ningún modo certeza) de mi defección. Yo me reía de todos ellos y de su furor impotente. Hiciéronme desaires, y me pusieron avinagrados gestos en algunas casas que visité; pero en ninguna recibí tan mal trato como en casa de Carlos Navarro. Verdad es que del fanatismo insensato y exaltado de aquella gente todo se podía esperar, incluso el repudiar a un leal amigo por cuestión de ideas. Baraona me dirigió amargas pullas; Carlos apenas se dignó hablarme, e hizo alusiones tan crueles a mi conducta que otro más valiente que yo le habría pedido satisfacción. No era extraño que me manifestaran tanto desprecio por una simple sospecha, porque ellos eran atroces, intransigentes, irreconciliables; tenían el absolutismo en el fondo del alma y en la médula de los huesos, como el león la fiereza. Además, don Buenaventura, que iba allí de tertulia las más de las noches, les había dicho de mí innumerables picardías.

Únicamente Jenara se mostró amable y cortés conmigo. Por eso sin duda, al salir, noté que su marido la reprendía ásperamente, lo cual me hizo decir para mi capote, como en otra ocasión:

—Ahí me las den todas.

XXI

Desgraciadamente los acontecimientos iban con mucha calma. La revolución, como las carretas de aquellos tiempos, como la administración española, como toda la vida de antaño, iba despacio. Parecía una cosa oficial. No había en aquel movimiento progreso instantáneo, el correr tempestuoso que indican la ira nacional. Yo me acordaba de cómo se alzaban los pueblos en la guerra de la Independencia, y al ver aquella pereza, aquella lentitud somnolienta de 1820, se me abrasaba la sangre de impaciencia. «Si viene, que venga de una vez», decía yo. Más que revolución, aquello parecía una fiesta, una cabalgata suspendida por la lluvia, una procesión atascada en los baches del camino. No había en ella el incendio popular, sino una especie de lento deshielo, inseguro, dificultoso.

Durante bastantes días no vino noticia alguna de ventajas obtenidas por los insurrectos. Se supo con precisión la verdad de lo ocurrido al principio; pero escaseaba lo nuevo. Eran hechos incontrovertibles la sublevación del batallón de Asturias al grito de su segundo comandante, don Rafael del Riego; de los de España y la Corona, mandados por Quiroga, y la marcha de ambos jefes insurrectos hacia Cádiz. También era cierta la sorpresa y prisión del general en jefe con tres generales más. Hasta aquí no había ocurrido ningún contratiempo; pero cuando los insurrectos, tomando el puente Suazo, trataron de penetrar en la Isla, tuvieron la mala suerte de tropezar con un don Luis Fernández de Córdova, que acompañado de algunos urbanos supo detenerles. Igualmente era cierto que si los insurrectos no habían podido vencer la obstinación de Córdova, tampoco fueron desbaratados por don Manuel Freire, que fue contra ellos.

Estaban, pues, en situación que no podía llamarse ni próspera ni adversa. Si cualquiera de ellos hubiera tenido una chispa de genio militar en su entendimiento, fácilmente habrían adquirido ventaja, porque las tropas del gobierno andaban azoradas, como buscando un pretexto decoroso para insurreccionarse también; pero ni Quiroga, ni Riego, ni Arco Agüero, ni O’Daly, valían todos juntos para componer un mediano estratégico. Faltos de resolución, de verdadero instinto revolucionario y de iniciativa, los rebeldes decidieron... esperar. Una sublevación que espera una sandez. Es como un rayo que tomara aliento en mitad de su veloz camino.

Dentro de Cádiz, un tal Rotalde quiso sublevar la guarnición; pero Córdova ahogó también el pronunciamiento.

En Madrid nos moríamos de angustia. Era tristísimo, en verdad, que los que nos habíamos embarcado en la revolución, aceptando sus hechos y renegando _in pectore_ de sus principios, viésemos frustrados nuestros honrados planes. ¡Sensible desgracia! Nosotros no éramos Robespierres ni Marats; nosotros no queríamos cortarle la cabeza a nadie, ni aun al marqués de M***: queríamos sencillamente adaptar la revolución a nuestra voluntad, aprovecharnos de ella, encauzarla en el lecho de nuestras ideas, haciendo de la hidra espantosa una flexible y condescendiente cortesana, que tuviese sonrisas para todo el mundo y no metiese miedo a nadie. ¡Y por torpeza de aquellos desdichados militares, el plan admirable fracasaría, y nos veíamos expuestos, ¡oh funestos hados!, a quedar en la más crítica situación del mundo: mal con los liberales, mal con los absolutistas! ¡Esto no se podía sufrir! ¡Esto era el colmo de la injusticia y de la desgracia! Pensándolo, yo me volvía loco; invocaba el auxilio de mi ángel de la guarda, sin apartar la mente de Dios y de su Santa Madre, para que llevasen a seguro puerto el desmantelado bajel de la sedición.

Pero, ¡ay!, Dios y su santa Madre no me hacían caso. Sin duda protegían al rey, como depositario en la tierra de la autoridad divina. ¡Horrible situación! ¡Contratiempo funestísimo! La revolución, aquella obra tan cariñosamente preparada por los conspiradores viejos y por los catecúmenos, que eran (testigo yo) los más diligentes; aquella semilla tan esmeradamente puesta en la tierra, y a la cual dieron riego abundante los liberales y abono fecundo los absolutistas convertidos, se malograba de día en día, se perdía, se secaba... ¡Oh desesperación! ¡Y el país consentía tal cosa! ¡Y el país, contemplando las marchas y contramarchas de aquellos soldados, no profería un grito, ni se levantaba en masa, ni hacía disparates, ni echaba el reino por la ventana, sino que, indiferente, frío y mano sobre mano, esperaba que se lo dieran todo hecho!... ¡Qué país, señores; pero qué país!

Pasaba todo enero sin que tal situación variase. Cundía el desaliento entre los revolucionarios, y los absolutistas, reponiéndose de su susto, sonreían con vanagloriosa sonrisa del triunfo y la venganza. Véase, pues, lo que los hombres de orden y de ideas templadas sacaban de meterse en aventuras con liberales. ¡Cuando más...! Era una ignominia que aquellos holgazanes dejados de la mano de Dios nos hubiesen comprometido de tal manera, exponiéndonos a ser ahorcados juntamente con ellos... ¡Ya, como si todos fuéramos unos; como si un gobierno pudiera medir por el mismo rasero a jacobinos desarrapados y a hombres rectos y prudentes, que solo por el amor al orden habían auxiliado a la revolución!

Yo renegaba de los masones, y del liberalismo, y de la Carta, y de la Constitución del 12, y de los derechos del pueblo, y de toda la monserga con que en las reuniones me volvieron loco, haciéndome cómplice de tales extravagancias... Yo estaba furioso; maldecía los clubs y a quien los inventó; maldecía también a Ugarte, que me había catequizado, y a Monsalud, que fue mi bautista; y me arrancaba los cabellos pensando en el instante de mi primera entrada en aquellos oscuros antros de necedad y jacobinismo.

La revolución fracasaba sin remedio: al nacer sucumbía como un engendro enteco y miserable a quien hace daño el primer aire que respira fuera del claustro materno... Llegó febrero. En febrero, como en enero, la revolución moría... era forzoso tomar precauciones contra el chubasco, abrir apresuradamente el paraguas de la más exquisita prudencia. ¿Necesito decirlo palabra por palabra?... Pues era preciso volver al redil, echar tierra a lo pasado, y conducirse como si nada hubiera sucedido; hacer pedazos la nueva casaca, cuidando de esconder estos donde nadie los viese, y meter el cuerpo en la antigua...

¡Ay! mi pobrecito corazón afligido necesitaba desahogarse con alguien: era un vaso lleno, próximo al desbordamiento. Mi alma, agobiada por la pesadumbre, necesitaba otra alma amiga con quien comunicarse; otra alma que recogiera parte del enorme fardo que sobre la mía gravitaba. Me hacía falta un amigo generoso, un hermano, un padre. Tomando una resolución súbita, alcé la calenturienta cabeza que durante largo rato había tenido apoyada en las palmas de las manos; cogí capa y sombrero, y me fui a ver al marqués de M***, a mi generoso amigo don Buenaventura. La turbación del criminal llenaba mi alma; pero un arrepentimiento sincero me fortalecía.

Contra mi creencia, recibiome con agrado. Estaba contentísimo, y su semblante era todo felicitaciones. La alegría daba como una luz singular a su arrebolado rostro, y aquel sol de Gracia y Justicia parecía puesto en el cénit de la Administración para repartir calor y vida a todos los confines de la vida burocrática. Su sonrisa pregonaba el fracaso de la insurrección. Llevábase el tabaco a la nariz, aspirándolo con la voluptuosidad a que el alma se entrega cuando no tiene nada que temer, cuando todo es rosas, paz y claridad en torno suyo.

—¿Ya estás aquí, perillán? —me dijo, señalándome una silla—. ¿Qué te parece el famoso pronunciamiento de las Cabezas? ¿Hemos triunfado o no? Ya estarás convencido de que España no quiere trifulcas, sino paz. ¡Ay!, este gran pueblo celtíbero, romano, gótico, musulmán, es muy sensato... Ama el sueño y aborrece a todos los que meten ruido... Ya ves cómo la revolución se ha enredado en sus propios lazos. Ni siquiera ha esperado a que la aplastáramos; se ha muerto ella sola, dañada por la podredumbre que al nacer trajo en sus entrañas. Aquí están tan bien dispuestas las cosas y tan bien equiponderadas las fuerzas sociales, que cuando estalla un pronunciamiento, el gobierno no tiene que hacer más que cruzarse de brazos y dejar a los revolucionarios entregados a su tontería y frivolidad, que es su muerte y nuestra venganza.

Yo dudaba si hacer mi reconciliación con arte hipócrita o entregarme sin condiciones, como el hijo pródigo que vuelve al hogar paterno. Después de pensarlo, me decidí por lo primero, y hablé de este modo:

—A mí no me coge de nuevo el fracaso de la revolución; a todo el mundo lo dije. Cuando le vi a usted muerto de miedo, bien claramente le expresé mi creencia de que todo vendría a parar en nada. Pero por eso no es menos cierto, señor don Buenaventura, que lo que ha pasado debe considerarse como una lección, como una advertencia de Dios, para que se reparen los males causados por la arbitrariedad. No me canso de repetírselo a usted —añadí con aplomo ciceroniano—: el gobierno de estos reinos necesita prudentes reformas. ¿No recuerda usted lo que le dije el otro día? Es preciso que quitemos a los trastornadores de la paz pública todo pretexto de trastornos... Lo vengo diciendo hace tiempo; lo estoy pregonando en todos los tonos, y nadie quiere hacerme caso... ¡Pero qué obcecación, Dios mío! ¡Aquí están, aquí están los resultados!... ¡Es particular que, entre tanta gente, yo solo haya tenido penetración suficiente para ver el peligro!

—¡Oh, tú eres muy listo! —dijo don Buenaventura, moviendo la cabeza con una expresión que me pareció algo irónica.

—Eliminado de la Administración, apartado de la política —proseguí con llorona sensiblería—, he servido siempre al gobierno absoluto en mi humilde esfera. ¿Y qué pago se me da? ¡Horroriza el pensarlo! Calumnias, inicuas sospechas de mi honradez y consecuencia. En verdad que se necesita tener un corazón muy recto para no dejarse arrastrar por el despecho y hacer cualquier tontería. Pero, ¡ay!, yo quisiera que se pudiese hacer una investigación irrecusable de la conducta de todos los hombres notables que usted y yo conocemos. Yo quisiera que existiese un ojo milagroso para leer en el corazón de cada uno de ellos. Entonces se vería quiénes son los buenos.

—Vamos, Pipaón, no te enfades —me dijo don Buenaventura con bondad—: ya sé que eres hombre honrado. Cierto que me han dicho de ti... cosillas; pero la verdad, no les he dado crédito.

—Gracias, gracias —dije, cobrando nuevos bríos—; yo no esperaba otra cosa, y cuando hace días me acusó usted de no sé qué monstruosa infidencia, mi alma se llenó de angustia... Todo lo olvido, señor don Buenaventura; yo perdono a los que me han calumniado, y en vista de los peligros que corre el gobierno absoluto, elevo como siempre mi voz amiga para predicar la concordia... Unámonos, señor don Buenaventura; unámonos hoy, como nos unimos seis años ha para salvar a la nación del abismo a que corría. Cesen los chismes ridículos, las hablillas malévolas con que se han querido manchar reputaciones como la mía... Por mi parte todo lo olvido; no veo más que a nuestro querido rey, a nuestra querida patria, a nuestras adoradas prácticas de gobierno, a las cuales falta poco para ser las más sabias del mundo... Pero ese poco que falta debemos dárselo para aplastar de una vez al jacobinismo insolente, a las logias inmundas, y a los liberales soeces que quieren cubrir de ruinas el suelo de España. Quitémosles todo pretexto para nuevas insurrecciones; reformemos el gobierno; ocupemos los hombres de bien todos los puestos que insolentemente usurpan los pillos, y constituiremos una nación feliz, y legaremos a nuestros hijos, si los tenemos, toda clase de prosperidades y bienaventuranzas.

Don Buenaventura me oía con admiración profunda. Concluido mi discurso, estrechome la mano, y con benevolencia más ardorosa que lo que el caso exigía, me dijo:

—No he dudado de ti. Eres un hombre excelente. Verdad es que tuve sospechas; pero se han disipado. Soy todo tuyo.

—Unámonos, señor Marqués...

—Unámonos, sí. Reconozco que se te ha postergado con injusticia. Eras de los primeros y se te puso en las últimas filas. El puesto que tú debías ocupar en el Consejo se ha dado a hombres nulos, que han trabajado descaradamente por la revolución.

—Yo no guardo rencor a nadie —dije con hipocresía perfecta—. ¿Querrá usted creer que no me había vuelto a acordar de la tal plaza de consejero, ni de la incalificable ofensa que se me hizo? Yo soy así: el primero para agradecer, el último para odiar.

—Pero aún es tiempo de repararlo todo —dijo el ministro atracándose de tabaco—. Hay otra vacante, y anoche me acordé de ti.

—No, no, de ninguna manera. Hágame usted el favor de no dármela; se lo suplico... Vamos, que me pondrá usted en el caso de hacer renuncia.

—Bueno, veremos si te atreves a desairarme. Conviene pensar en las reparaciones, en reunir toda la gente buena alrededor del trono. Estoy conforme contigo en la necesidad de normalizar el gobierno.

—Por mi parte, señáleseme un puesto de peligro, un puesto en que solo haya trabajo y no beneficios, un puesto que permita manifestar la diferencia que existe entre los aventureros sin conciencia y los hombres honrados, que se desviven por el rey y por la patria.

Asuntos urgentes reclamaban la atención de Su Excelencia, y despidiéndome, me dijo con relamida amabilidad:

—Queridito Pipaón, vete a tu casa. No llegará la noche sin que recibas un recuerdo mío. No salgas en todo el día de tu casa, y espera.

Retíreme lleno de gozo... ¡Fuera revoluciones! ¡Fuera clubs! ¡Fuera trastornos políticos que alteran la santa armonía de la vida! ¡Fuera jacobinos y logias!... Como el que ha vivido algún tiempo en poder del demonio y se ve libre de la terrible obsesión, así yo renegaba de mis veleidades revolucionarias, haciendo voto de no prevaricar más en mi vida.

Pero me aguardaba un golpe terrible, uno de esos golpes que anonadan, que hunden, que matan, arrojando a un hombre en los abismos de la desesperación. Como me había mandado el marqués, aguardé en mi casa todo el día. Al fin sintiéronse pasos en la puerta: yo creí que me visitaba un ordenanza de Su Excelencia, portador de pliegos en que se me notificase algo lisonjero, cuando mi criado me dijo que gran número de alguaciles preguntaban por mí.

¡Traición inconcebible! Don Buenaventura había determinado prenderme, y con su hipócrita zalamería alejaba de mí toda sospecha. Al decirme que no saliese de mi casa, su intención era que me pudiesen coger fácilmente sus miserables esbirros. En aquel trance supremo, vacilante entre el miedo y el peligro, pude tomar una determinación salvadora, y corrí a la puerta interior. Por fortuna, fueme fiel mi criado. Doña Fe ya no estaba allí. Escurrime por la escalera con tanta presteza, que cuando los alguaciles registraban mi casa, ya estaba yo en el lóbrego aposento del señor Mano de Mortero, a quien con patéticas razones pedí hospitalidad.

Temí que los tunantes me siguieran; pero el buen gitano me ofreció que en tal caso me ocultaría en lugar más seguro.

Mi angustia era inmensa. Contemplé con el alma destrozada el sitio en que me hallaba, mientras Mortero decía:

—Por sí o por no, apaguemos la luz.

Antes de que la soplara, mis ojos se extendieron por la habitación, y vi que sobre el lecho del señor Mano yacía tendido y como soñoliento un hombre. La luz se apagó y no pude verle; pero en el mismo instante sentí pronunciar mi apellido, y por la voz conocí que estaba en compañía de Salvador Monsalud.

XXII

La pena y el furor que yo sentía no dieron lugar por algún tiempo a la sorpresa que el encuentro inesperado de mi amigo debía producirme. El tío Mano, seguro de que no había peligro, encendió de nuevo la luz, y diciéndome algunas palabras festivas y tranquilizadoras, puso sus manos en la obra interrumpida. Estaba haciendo un ejército. Yo alcé la vista; contemplé la bóveda, las macizas paredes, y me creí sepultado para siempre. Parecía que había caído sobre mi corazón una losa enorme. La Inquisición, o si se quiere la autoridad, ponía sobre mí su pie y me aplastaba como a un insecto. Congoja inmensa llenó mi alma, como una irrupción de tinieblas que entraban en ella, ocupándola toda para nunca más salir. Yo no podía formular otra idea que esta:

—¡Adiós carrera, adiós porvenir, adiós posición mía!

¡Debilidad pueril! Ocultando el rostro entre las manos, rompí a llorar como un chiquillo.

—No hay cuidado ninguno —dijo Mortero—. Aquí no vendrán los mochuelos. Esto es un sepulcro. Y si vinieran, señor mío, todavía están ahí los calabozos, y si entraran a registrar los calabozos, todavía nos quedaba la cisterna.

—Fíate de los amigos, querido Pipaón —dijo Monsalud sacudiendo la pereza—. Pero aquí puedes estar tranquilo.