Part 11
—Pues yo sí lo entiendo —repuso con tristeza—. Esto que hablo, ella misma me lo ha dicho. Me lo dijo a poco que nos casamos. ¡Ah!, señor de Pipaón, yo no debí casarme con Jenara. Ella pudo ser franca también y no casarse conmigo; debió buscar su igual, y su igual no soy yo.
—Aprensiones, mi señor don Carlos.
—Realidades, mi señor don Juan. El resumen de todo es que yo amo extraordinariamente a mi mujer, porque soy más pequeño que ella, y que mi mujer no me quiere a mí porque es más grande que yo. Lo grande desprecia siempre a lo pequeño; es ley eterna. ¡Oh!, Dios mío, ¡cuán difícil es resolver la cuestión de tamaño en las almas!
—Creo que usted se deja llevar de ideas falsas, de cavilaciones...
—No, todo es realidad, realidad —dijo Carlos con el aplomo que da una convicción profunda—. Mi mujer no me ama. Si en esto no hubiese más que un simple asunto de amores, me callaría; sí, padeciendo, me callaría; dejaría correr la enorme rueda de molino que da vueltas sobre mi corazón y lo tritura... pero esto es también una cuestión de honor.
—¿De honor?...
—¡Sí, porque Jenara no es mi querida, es mi esposa! —exclamó sombríamente, clavando en mí el rayo de sus negros ojos—. Es mi esposa, y si mi esposa (entienda usted bien que es mi esposa, unida a mí por lazo indisoluble) olvidase sus deberes y me fuese infiel...
Al decir esto, Carlos me había agarrado el brazo, y con su fuerza hercúlea me lo estrujaba sin piedad, y se ponía pálido y echaba el globo de los ojos fuera del casco, y tenía una expresión de ferocidad que me dejó helado. Acabó así la frase:
—Si me fuera infiel... ¿Ha visto usted matar a un pájaro? ¡Pues lo mismo la mataría!
—Perdone usted, señor don Carlos —dije con mucha congoja—; pero mi brazo... este brazo que usted quiere convertir en polvo, no ha sido infiel a nadie, y...
Garrote me soltó.
—Lo que quiero, señor de Pipaón —añadió—, es que usted me diga todo lo que sabe.
—Yo no sé nada.
—Durante mi ausencia, Jenara ha vivido en su casa de usted.
Como las miradas de Carlos despedían saña y rencor, pensé si tendría celos de mí, absurda idea que a nadie podía ocurrírsele. Yo me distinguía por mi fealdad, y carecía de cualidades propias para agradar a mujeres como Jenara. Era imposible que Carlos tuviese tal sospecha.
—Mientras usted ha estado fuera, la conducta de Jenara ha sido ejemplarísima —le dije.
—¡Mentira!, ¡mentira! —exclamó sacudiendo la cabeza, que en aquel instante me parecía una hermosa cabeza de león—. Si usted me oculta la verdad, sospecharé...
—¿De mí?
—Oiga usted —dijo con misterio, frunciendo el ceño torvo—. A fuerza de dinero, he obtenido la confesión de una doña Fe que sirvió en la otra casa. Me ha dicho que mi mujer salía algunas veces a altas horas de la noche; me ha dicho que se estaba días enteros fuera; que andaba a la pista de un hombre; que hacía averiguaciones para saber su paradero, derrochando el dinero; que algunas veces salía, no volviendo hasta el día siguiente, siempre en compañía de Paquita, esa criada infame a quien separé de su lado cuando llegué.
Al oír esto, no pude contener la risa. Carlos, al verme reír, se enfureció más.
—Calma, mucha calma, amigo mío —le dije—. Si no tiene usted otros motivos de disgusto... Afortunadamente estoy enterado de eso, y disiparé tales sospechas.
—Ya... me dirá usted que mi mujer salía de casa para andar en trotes de caridad, para repartir limosnas... Aunque torpe, ya conozco el estribillo.
—Nada de eso. Jenara andaba a la pista de un hombre, de un criminal, señor don Carlos, de un conspirador. ¿Apostamos a que no lo cree?... ¿apostamos a que lo toma usted a risa?...
—Señor de Pipaón, mi mujer no es alguacil.
—Señor don Carlos, su mujer de usted lo es.
En breves palabras le conté lo ocurrido, empezando por el encuentro de Jenara con Salvador Monsalud en la iglesia del Rosario. Después referí el empeño febril que había mostrado porque le cogiese la policía, y, por último, sus afanosas pesquisas, tanto más enérgicas cuanto más impropias de una mujer. Carlos me oyó atentamente. Parecía muy asombrado de mi relato; pero no estaba tranquilo.
—¿Le parece a usted inverosímil lo que ha hecho Jenara? —le dije.
—No me parece inverosímil. Eso puede caber en su carácter. Una extravagancia que en otra sería increíble, es en ella natural.
—Entonces, ya se han disipado las dudas.
—No señor; al contrario.
—¿No cree usted lo que he dicho?
—Lo creo: a quien no creo es a ella, es decir, tengo la convicción de que mi mujer le engañó a usted, haciéndole creer toda esa comedia de Salvador Monsalud, y la conspiración y los alguaciles. El infame renegado no ha intervenido para nada en este asunto. ¡Farsa, pura farsa!
—Yo tengo pruebas de que Jenara no me engaña.
—¡Farsa, ridícula farsa!
Traté de convencerle, refiriéndole la frustrada captura de su enemigo, y dándole datos y razones de gran peso; mas no era posible vencer la tenacidad de aquel pensamiento, al cual se adaptaban las ideas con invencible cohesión. Era vascongado.
—El ingenio de Jenara —dijo sombríamente— es inagotable. Dios le ha dado la filosofía suprema del engaño, la luz divina del disimulo. Penetrar su pensamiento es obra superior a la perspicacia de los hombres. Tiene las insondables argucias del demonio debajo de la sonrisa de los ángeles. Solo Dios puede saber lo que hay bajo el azul de sus ojos. El azul de los cielos, ¿no es una mentira?, pues el mirar de ella es una inmensidad de embustes.
Una idea acudió veloz a mi mente, y aunque atrevida no vacilé en manifestarla, diciendo:
—Oiga usted lo que se me ocurre, amigo mío. Quizás sea esto un absurdo; pero ya que los dos tratamos de encontrar la verdad...
—Venga.
—Si Jenara, según la idea de usted, nos engaña a los dos; si es evidente que Jenara ama a algún hombre que no es su esposo (lo cual sea dicho entre paréntesis, yo no creo); en fin, si acierta usted, atribuyendo a desvío la conducta de su esposa, es preciso creer que el hombre por quien olvida sus deberes es el mismo Salvador Monsalud a quien aparentaba perseguir. La lógica es lógica, amigo.
Carlos Navarro me miró... no sabré decir cómo... con mirada más llena de desprecio que de rencor, con una especie de lástima iracunda. Alargó su mano hacia mí, como si me quisiera abofetear; después hizo un gesto de señor que despide o un vil esclavo. Más que hablarme parecía escupirme, cuando me dijo estas palabras:
—¿Qué está usted hablando?... ¡Asquerosa idea! Mi mujer, señor de Pipaón, podrá ser criminal, pero no degradada. En el corazón de Jenara cabrá la perversidad, pero no la bajeza. El sujeto a quien usted acaba de nombrar no puede nunca ser mirado por ella sino como un despreciable ser, más digno de compasión que de odio. Hay cosas que están fuera del orden natural. Por Dios, buscando la verdad, no caigamos en ridículos absurdos. No soltemos lo verosímil que ya tenemos, para agarrar en las tinieblas lo imposible.
—Pues entonces, señor don Carlos —dije campechanamente—, fuera sospechas; fuera dudas ridículas.
—Si algo hay claro en los sentimientos de mi mujer —añadió Navarro en tono misterioso—; si hay algo que salga a la superficie y aparezca con luz y forma precisa en medio de las oscuridades espantosas de su carácter, es el odio y la antipatía profunda que le inspira el hombre envilecido con quien tuve la desgracia de batirme hace bastantes años. Dios quiso que su diabólica mano me hiriera... Dios lo quiso, sin duda para abatir mi orgullo... Era en tiempo de la guerra; yo era entonces muy orgulloso. Debí despreciar a Salvador Monsalud... Por no despreciarle me castigó Dios. ¿Usted no le conoce? Traición, perjurio, cobardía, desvergüenza, jacobinismo: haga usted un amasijo de todo eso y tendrá a nuestro paisano. Usted no ha logrado penetrar mis ideas; usted no comprende los grandes temores y recelos que me atormentan. Jenara, a quien adoro, amará, ama sin duda a un hombre superior, muy superior a mí; a un hombre que sepa responder con la grandeza de su entendimiento a la grandeza de las pasiones de ella; Jenara no se mide con los insectos que andan escarbando la tierra. El día en que ella quiera perderse, no se arrojará a un charco inmundo, sino al mar inmenso... ¿Cree usted que no lo conozco? Sí, y el conocerlo y conocer mi pequeñez es lo que me contrista, porque ha de saber usted que yo soy un bruto.
Dijo _soy un bruto_ con tanta sencillez y aflicción como decía Otelo _soy negro_. Una pena profunda se pintaba en su semblante, enterneciendo la ruda voz del bravo guerrillero.
—Soy un bruto —añadió—, soy cualquier cosa, un hombre adocenado, un ignorante, un palurdo, un soldadote, y me he casado con una princesa, con una maga, con una sibila. Usted no ha visto de cerca a Jenara como la he visto yo; usted no la conoce. En el fondo de la intimidad es donde se ven estas cosas y donde se compara bien. Yo vivo en la vida ordinaria; quiero traer a mi esposa a mi lado, y cuando alzo los ojos la veo alargando la mano para coger las estrellas. Yo no puedo ofrecerle sino un puñado de este barro grosero y ramplón con que los vulgares amasamos la existencia; ella huye de mí sin dignarse mirarme.
—Preocupación.
—¡Realidad, realidad! —continuó, cruzando los brazos y hundiendo la cabeza—. Estoy convencido, convencidísimo.
—¿De qué?
—De que Jenara tiene para mí un sentimiento peor que el odio: la indiferencia. El corazón y los pensamientos de mi mujer pertenecen a otro.
—Pero ¿a quién?
—No lo sé; pero pertenecen a otro. Mi mujer ama... y no a mí. Lo veo, lo sé, lo conozco en su silencio, en su frialdad, en su inquietud cuando está inquieta, en su tranquilidad cuando está tranquila; lo conozco hasta en su manera de abrir los ojos cuando despierta. Hay otro hombre, otro hombre —añadió con ferocidad—; le siento, le respiro en el aire. Los ojos de mi mujer tienen la terrible luz de la infidelidad; están hablando siempre con alguien. Si miran algún objeto, aquel objeto parece que me mira a mí y me dice: «¡Carlos, alerta!... ¡Jenara está enamorada!»
—Pero ¿de quién?
—¡De quién!... ¡De quién! —exclamó remedándome con grotesca ira—. ¿Faltan en la tierra hombres? Descuide usted... el que mi mujer ame no será un cualquiera; será lo que es ella, un portento; pero... tan mortal es el cuerpo de un sabio como el de un imbécil... Yo le veo, le siento... por ahí ha de andar —añadió con febril exaltación—. Tendrá todo lo que yo no tengo: cualidades eminentes, nobleza de ideas, aparato de sabiduría y de hermosura; pero no, no, ¡no tendrá un corazón como el mío!
—¡Calma, señor don Carlos! —dije yo—. Es un capricho, un delirio pensar en semejante cosa.
—¡Realidad, realidad! —contestó apartando bruscamente mi mano, que alargué para tocar su hombro—. Me confirman en mi creencia esas salidas nocturnas de mi mujer, esa supuesta persecución de un criminal, de quien ella no puede ocuparse, en buena lógica, más que para despreciarle, porque es indigno de que ella le persiga... ¡Ah!, la conozco bien; Jenara será criminal, pero nunca tendrá mal gusto. Ella no hace papeles indignos, ella no es capaz de emplearse en un vil espionaje..., ¿y por quién?, ¿y contra quién? Contra quien deshonraría la mano del último esbirro. No, Pipaón, eso no puede ser. Pretexto y nada más que pretexto; un artificio con el cual ha logrado engañarle a usted; pero no a mí... no a mí que lo veo todo. Los ojos de los celosos son muy singulares. Así como los del gato ven en la oscuridad, así los del celoso ven en el disimulo. En el fondo de la intimidad, amigo mío, es donde todo se entiende y se descubre. Los breves diálogos que apenas se oyen, las preguntas no contestadas, los ojos que se cierran para ver mejor lo que tienen dentro, las respuestas que no vienen al caso, la frialdad de estudiadas caricias, este es el gran libro; lo demás es error. El ofendido es quien sabe leer en él; usted, que tiene tanto talento, hará mil argumentaciones sabias para quitarme esto de la cabeza; pero yo, que soy un bruto, sé más que usted ahora, y de mi cerebro no se desclavará jamás este letrero. Al contrario, yo me lo clavo más cada día con mis propias manos, y si estas letras de fuego dejaran de quemarme un solo momento, lo tendría por una deshonra... y nada más, sino que es lo mismo que yo digo, ¿entiende usted?... Y si me contradijeran mucho, sospecharía que no se me trata con lealtad, ¿entiende usted?... y ya que se me quiere ocultar la verdad, como se oculta la desgracia a las almas cobardes, no me vengan con sutilezas y palabras bonitas y razones absurdas, ¿entiende usted?
—Entiendo, sí señor —repuse, sin saber cómo suavizaría la violencia creciente de mi enojado amigo—. Pero insisto en lo dicho. Mientras no tengamos un hecho concreto, todo es presunción.
—¡Realidad, realidad! —repitió el guerrillero.
Sus palabras eran tan enérgicas, que cuando movía la mano acentuándolas, parecía que iba a escupirlas. Yo deseaba variar de conversación. Decía alguna palabra de política; pero Garrote volvía a su tema. Por último, libráronme de tal tormento Baraona y Jenara, regresando de su paseo. Carlos, al ver a su mujer, pareció más excitado, más inquieto, más violento.
—Tengo que hablarte —le dijo.
Baraona se había retirado a descansar. Despedime yo, y al ver la palidez y alteración de las facciones de Jenara, no pude menos de decirme al salir:
—Ahí me las den todas.
XX
Resuelto a no apartarme del camino nuevamente emprendido, y seguro de que a buen término conducía, seguí asistiendo a la reunión secreta. A los que ya me conocen, no necesito decirles que en poco tiempo me congracié de tal modo con los revolucionarios, que yo parecía un democratista de toda mi vida. Bien pronto adquirí singular prestigio entre ellos; me comunicaban acuerdos importantes, y se asesoraban de mí en puntos difíciles. En honor de la verdad, debo decir que yo trabajaba con celo, sin hipocresía ni doblez, al menos aquellos días, que eran los últimos de 1819; yo no daba cuenta de lo que veía en las reuniones más que a don Antonio Ugarte, de quien era poco menos que esclavo. En cambio, recibía de él noticias o indicios estupendos que con toda diligencia comunicaba a mis nuevos amigos.
La entrada del señor marqués de M*** en el ministerio no había cambiado radicalmente la situación. Verdad es que él, creyéndose un Júpiter de Gracia y Justicia, descargaba sus rayos a diestro y siniestro. ¡Pobre hombre! Sus rayos, o mejor dicho sus palos, eran palos de ciego. No dio un golpe que no cayera sobre inocentes, mientras los verdaderos criminales bullían en torno suyo, gozándose en la bufante ira del ministro. Todos los días decretaba destierros, embargos, prisiones, registros de casas; el aturullado marqués hubiera despoblado a Madrid sin dar con los verdaderos revolucionarios. ¡Y qué convencido estaba él de que _iba poco a poco arrancando de cuajo la perniciosa hierba_! Había que ver al buen señor; había que oírle ponderar el éxito de sus trabajos, mientras daba pataditas en el suelo, emblemático movimiento para indicar que _aplastaba la hidra revolucionaria_.
Si apunto estos detalles, es porque yo le veía con frecuencia, y si le veía con frecuencia, era porque nuestra antigua amistad no se había enfriado. Tan lejos estaba el bendito marqués de tenerme por liberal, como de creer que llovían calabazas. Muy al contrario, me juzgaba empalagado de amor por el absolutismo, y en ley de tal me hacía confidente de sus proyectos y de lo bien que le _iba saliendo el espurgo y limpieza del reino_. Para que no sospechase, yo me deslenguaba en denuestos o injurias contra los liberales, y alguna vez iba con el cuento de una logia descubierta por mí o de una confabulación sospechosa. De este modo favorecía a mis nuevos amigos, porque si nos reuníamos en tal calle, llevaba yo el soplo de que la cita era a legua y media de allí. De este modo, mientras la logia estaba tranquila, descomunal nublado caía sobre una junta de cofradía o merienda de artesanos pacíficos.
Entre tanto, era evidente que la _cosa_ iba a paso de carga, según opinión de los más metidos en harina. Al mismo tiempo, todo Madrid esperaba algo estupendo. Había en la población la atmósfera especial del gran suceso eminente, una ansiedad precursora, sin saberse aún de qué. A pesar de esto, los adeptos a la comunidad secreta no sabíamos nada fijo: sabíamos tan solo que se trabajaba en el ejército. Del de la Isla corrían versiones muy distintas: unos lo daban por entregado a la revolución; otros le creían patriota en la idea, pero tímido en la acción. Salían y entraban comisionados; pero Monsalud no regresó de Andalucía. Últimamente logré internarme más en el corazón de la conjura; fui dueño de importantes secretos. El golpe debía darse en la Coruña y en Zaragoza.
Llegó el 1.º de enero de 1820; vino el día de Reyes, y una noticia circuló por Madrid con la celeridad del rayo. Fue a despertarme Carlos Garrote, el cual me dijo que me vistiese con toda presteza para salir juntos. Estaba tétrico, y sus miradas y sus palabras eran hiel.
«¿Apostamos a que este bruto ha hecho una atrocidad con su mujer?», dije para mí.
—Levántese usted —me dijo—: ocurren sucesos graves...
—¡Pobre Jenara! —exclamé—. Yo tengo la seguridad, señor don Carlos...
—¿Qué habla usted ahí? No se trata de mi mujer.
—¿Pues de qué, señor don Carlos?
—Se han sublevado algunas tropas del ejército expedicionario.
—¡Qué picardía! ¡Habráse visto...! —exclamé yo simulando tanto enojo como espanto—. ¿Pero son muchas las tropas sublevadas?
—Unos dicen que son muchas, y otros que solo un par de regimientos.
—¿Y no se sabe en qué punto?
—En las Cabezas de San Juan.
—¿Y hacia dónde están esas Cabezas? No conozco más que una, que suele verse sobre los hombros del santo Precursor o en la bandeja de Herodías.
—Estas Cabezas, donde se ha consumado tan vil traición, están en Andalucía, cerca de Jerez. Ya sabe usted que el ejército expedicionario, por librarse de la fiebre amarilla, se había acampado en las Cabezas de San Juan, en la Corredera, en Arcos de la Frontera y otros puntos del interior.
—¿No manda ese ejército el conde de Calderón? —dije, haciéndome de nuevas.
—El mismo: le conozco, es un viejo estúpido.
—¿Y no se sabe qué cuerpos han dado ese aleve grito? ¡Que no los fusilaran a todos!... Señor don Carlos, esto da vergüenza.
—Dicen que el batallón de Asturias ha sido el primero.
—¿Quién lo sublevó?
—Rafael del Riego.
—¡Rafael Riego! —dije yo fingiendo que hacía memoria—. ¿Le conoce usted? ¿No estaba ese muchacho en el regimiento de Valencey?
—Sí; empezó sirviendo en la guardia de la Real persona. Durante la guerra sirvió en el ejército y en las partidas. Sé que estuvo en las acciones de Balmaseda, San Pedro de Güeñes y Espinosa de los Monteros. Después le hicieron prisionero, y al cabo de algún tiempo apareció en Galicia.
—¿Le conoce usted?
—Le vi en Vizcaya al principio de la guerra. Era valiente. Algunos traidores lo son.
—¡Si parece increíble, señor don Carlos! —dije vistiéndome apresuradamente—. ¡Que tal canalla haya nacido en España!... No sé qué haría.. Si todas las cabezas de esos infames rebeldes estuvieran al alcance de mi mano, las cortaría de un solo golpe.
—Este es el resultado —murmuró Carlos— de la benignidad del rey con los militares que descubiertamente han estado conspirando desde el año 14.
—Dice usted bien. ¡Si Su Majestad no se hubiera andado con blanduras!... Vea usted el pago que le dan al mejor y más generoso de los reyes. ¿Y usted qué piensa hacer?
—Ahora mismo me voy a presentar al Capitán General para que disponga de mí. Quiero formar parte del primer ejército que salga a combatir a los insurrectos.
—¡Oh, cuánto siento no ser militar como usted, señor don Carlos! —exclamé con calor—. Si yo fuera militar, iría también el primero, y entraría lanza en ristre en esas rebeldes Cabezas de San Juan... La sangre me arde en el cuerpo... Supongo que se mandará allá un ejército; que este ejército les entrará a saco; que no dejarán con vida ni a uno solo de esos infames.
—El ejército —dijo Garrote sombríamente— está corrompido y minado por el liberalismo.
—¿No se sabe más que la rebeldía del batallón de Asturias?
—¡Se dicen tantas cosas!... Todavía no será posible precisar la extensión del mal. Todo depende de que Cádiz y su guarnición hayan respondido al movimiento. Se habla también de otro batallón sublevado, el de España, que manda Antonio Quiroga.
—Ese ha estado preso hace poco por conspirador liberal.
—No sé más de él sino que debió el grado de coronel a la prontitud con que trajo a Madrid la noticia de la muerte de Porlier.
—¡Linda carrera!... Pero vamos, vamos a la calle. Le acompañaré a usted al ministerio de la Guerra, donde sabremos la verdad de todo.
Salimos; la gente iba y venía como de ordinario; pero hacia el centro de la villa vimos grupos, gentes curiosas y anhelantes que preguntaban o respondían, dando curso a imponderables mentiras. Las palabras _Cabezas, Riego, Quiroga_, sonaban sin cesar en nuestros oídos en todo el trayecto que recorrimos. Era digno de notarse que los semblantes alegres eran aquella mañana en mayor número que los tristes. En el ministerio había tanta gente y charlaban tanto, diciendo tan diversas cosas, que nada pudimos sacar en limpio. Vimos entrar al señor ministro, el general Alós, hombre de quien un escritor coetáneo dice que era _más propio para capellán de un convento de monjas que para ministro de la Guerra_.
«Que los insurrectos habían entrado ya en Cádiz.
»Que los insurrectos habían sido rechazados en el puente de Suazo.
»Que se les había unido el batallón de Sevilla, a las órdenes de Muñoz.
»Que habían querido sorprender y arrestar en Arcos de la Frontera al general en jefe, conde de Calderón.
»Que el general en jefe les había sorprendido y arrestado a ellos.
»Que el batallón de Canarias, acantonado en Osuna, se les había unido también.
»Que habían sido atacados y destrozados por el batallón de Canarias.
»Que Riego y Quiroga habían reñido el uno con el otro, dándose de porrazos por quién de ellos mandaba.
»Que se habían dirigido a Algeciras para embarcarse y refugiarse en Gibraltar.
»Que venían sobre Córdoba (la ciudad).
»Que Córdova (don Luis, no la ciudad) iba sobre ellos.
»Que Sevilla se había pronunciado también.
»Que Sevilla no se había pronunciado ni se pronunciaría jamás.»
Estas y otras noticias fueron llegando sucesivamente a nuestros oídos. Era preciso resignarse a no saber nada fijo y cierto hasta que Dios quisiera. Al mediodía separeme de Carlos, porque deseaba visitar a mis flamantes colegas de conspiración.
«Que toda Andalucía estaba en armas.
»Que Zaragoza tenía ya formada su junta revolucionaria.
»Que Murcia y el arsenal de Cartagena habían proclamado ya la Constitución.
»Que La Coruña y El Ferrol ardían.
»Que _mañana_ se daría el golpe en Madrid.
»Que las tropas que se enviaban a combatir la insurrección se negaban a hacer armas contra sus compañeros.
»Que era gloriosísimo que todo se hubiera hecho sin efusión de sangre.
»Que la Europa nos contemplaba llena de admiración.»
Tales fueron las noticias y versiones con que me aturdieron mis optimistas amigos. Yo, sin embargo, ponía en cuarentena tan lisonjeras especies.
El marqués de M***, a quien vi por la noche, estaba furioso, aunque se esforzaba en disimularlo, fingiéndose tranquilo y aun gozoso por el giro que tomaba la rebelión.
—Me alegro de que hayan arrojado la máscara —dijo, dando las pataditas con que emblemáticamente indicaba la destrucción de la hidra revolucionaria—. De este modo será mucho más fácil concluir de una vez con todos ellos.
—La situación, señor don Buenaventura —observé yo en tono agridulce—, no es muy lisonjera.
—Ya verás, ya verás —afirmó con cierta acrimonia que me disgustó— cómo les sentaremos la mano. Y se me figura que te me estás volviendo liberalote de algún tiempo a esta parte... Pipaón, tengamos la fiesta en paz.