La raza: Descubridores

Part 6

Chapter 63,966 wordsPublic domain

Poniendo las proas al noroeste, llegó la flota el 22 de enero a unas islas que, según los pilotos, formaban parte del archipiélago filipino, y, según el padre Urdaneta, eran las de los _Ladrones_. Numerosos isleños, en cincuenta canoas, que llamaban paraos y estaban hechas de palma, rodearon a la armada y prorrumpieron en grandes voces, con las que parecían invitar a los nuestros a que fueran a sus poblaciones, donde les darían de comer hasta que se hartasen. La costa estaba cuajada de palmares de coco, y entre los palmares había viviendas. Al anochecer encendieron los indios infinidad de hogueras. Antes de que los castellanos desembarcaran, Legazpi, dando pruebas de ser un habilísimo diplomático, ordenó que nadie se atreviese a hacerles daño a los indígenas, ni a quitarles nada, ni a tocar en sus sementeras y labranzas, ni a cortar palmas ni otros árboles, y que los rescates pudieran hacerlos únicamente los oficiales del rey. Esta orden malhumoró a los soldados. El día 23 los isleños trajeron cocos secos y verdes, cañas dulces, plátanos, arroz, batatas y otros artículos, trocándolos por naipes, cascabeles, cuentas de vidrio y trozos de orillo; pero, desconfiadísimos, se negaron a entrar en las naves. En las sucesivas contrataciones exigieron, para el pago de sus mercancías, primero hierro y, después, clavos, por haber comprendido cuán útiles habían de serles para sus canoas. Tenía razón el padre Urdaneta: aquéllas eran las islas de los _Ladrones_. Se pedía, sobre todo, arroz a cambio de clavos grandes, y los indios, con una sagacidad y una desaprensión indescriptibles, llevaban fardos, en cuya parte superior había una capa de arroz como de dos dedos, siendo arena todo lo demás, y otras veces metían en los fardos piedras y hierbas para aumentarles el peso y hacer los cambalaches más ventajosamente. Se les compró gran cantidad de barriles de aceite de coco, y se vió que la mayor parte contenían agua con uno o dos dedos de aceite. Con frecuencia cometían otros engaños, como el de acercarse algo a uno de los buques, esperar a que se les echasen los clavos, y luego, sin entregar las mercancías, salir huyendo hacia los otros buques para repetir idénticas operaciones.

Al patache _San Juan_ le desclavaron un pedazo de un hierro del timón, procuraron arrancar los clavos del costado de las naves y a todas les quitaron las boyas. Un indio le arrebató a un soldado un arcabuz que llevaba al hombro. Otro indio le pegó a otro soldado con una vara en el pecho, y aunque no se lo lastimó, porque llevaba cota, le produjo en una mano una herida, de la que murió inmediatamente. «Todo lo cual hacían sin vergüenza ninguna, porque de cosa no la tienen».

Legazpi salió a tierra y, en nombre de Su Majestad, tomó, con gran aparato, posesión de esta isla, que era la de _Goam_, nombrada _Guan_ en el derrotero del piloto mayor Esteban Rodríguez, y _Boan_ en el de _Pierres Plin_. Aunque se había propuesto conducirse con aquellos isleños de la manera más afable, se vió obligado a disponer que los castigaran. Parte de nuestra gente bajó a tierra a cargar de agua dulce, y los indios fingieron recibirles de paz. Cuando llegó el momento de recogerse a los navíos, se quedó rezagado, durmiendo entre unos palmares, un muchacho, que era grumete, sin que los españoles le echasen al pronto de menos. Al darse cuenta de que faltaba, fueron a buscarle, mas le encontraron hecho pedazos. Los isleños le habían atado de pies y manos, le habían producido más de treinta heridas, traspasándole el cuerpo con lanzas, le habían desollado la cara, le habían metido por la boca un palo, que le salía por el colodrillo, y le habían apedreado.

El maestre de campo Mateo del Sanz les quemó algunas canoas y casas, hirió a varios indios, mató a otros y prendió a cuatro. A tres se les ahorcó en el mismo sitio en que había perecido el grumete. A uno que había quedado ileso, el maestre le trajo a la nave «a ruego de los religiosos» «diciendo que sería más servicio de Dios nuestro Señor y de su Majestad llevarle a la Nueva España que no ahorcarle, e ansí se llevó a la Capitana.»

Legazpi, los religiosos, los capitanes y los oficiales conferenciaron sobre si convendría poblar en _Goam_ y despachar un navío a la Nueva España. Así lo propuso el padre prior, respondió el general que era necesario dar cumplimiento a las órdenes que tenía de seguir hasta las islas _Filipinas_ y las colindantes, y, sin más discusión, el 3 de febrero emprendieron la marcha.

El 13 arribó la armada a una bahía muy amplia, rodeada de islas pequeñas y de una grande. Se encargó al maestre de campo, al padre prior y al capitán Martín de Goiti que vieran si había población, río o puerto, y si encontraban indios. Unos cuantos vieron, que se negaron a esperarles.

El 20 comparecieron algunos naturales, significaron que la isla grande se llamaba «Zubú», y dijeron nombres de pueblos y caciques del territorio. El general les dió cuentas de vidrio, bonetes de grana, cuchillos, etc., y les pidió que de su parte les suplicaran a los principales que fueran a verle, porque les quería hablar y hacerse amigos suyos.

Vinieron, en efecto, en canoas, unos caciques, que en prueba de amistad querían sangrarse con el general, y entraron en la capitana, donde fueron muy bien recibidos.

Allí era incomprensible otro lenguaje que el de las señas. Legazpi se las hizo de que deseaba contratar con ellos y obtener su amistad en nombre del rey de Castilla. De lo que mostraron gran satisfacción. Y venían con frecuencia a los navios y convidaban a los expedicionarios con vino de palmas. Se les propuso que vendieran en grandes cantidades puercos y gallinas, y se los pagarían muy bien, y quedaron en hacerlo así, pero no llevaron mas que un gallo, un huevo y un cochino. Pronto se vió que no querían venderle nada a nuestra gente, sino entretenerla, y, sobre todo, aprovecharse de las baratijas--para ellos de mucho valor--que se les daban gratuitamente siempre que iban a los buques.

Se encargó a Juan de la Isla y a dos religiosos que reconocieran si había puerto, y hallaron dos bahías. En una salieron indios a la ribera dándole señas al capitán de que querían sangrarse con él para entablar amistades. Francisco Gómez, gentil hombre de Legazpi, sin consentimiento del capitán Isla y contra el parecer de los religiosos, saltó a tierra para sangrarse con uno de los caciques. Cuando estaban en la ceremonia surgió del monte un indio, y acercándose a Gómez por entre los que se hallaban con él, le dió tan terrible lanzada que murió al poco rato.

El 21 arribaron, en la costa de la isla grande, a una bahía que denominaron _San Pedro_, y el 22 vino a la nave del maestre un isleño, que dijo ser principal y llamarse Urrao. Se sangró con Mateo del Sanz, y le enteró de que Tandaya, gran cacique, de quien era sobrino, residía a no mucha distancia de allí. A Urrao y a otros dos principales, uno de ellos llamado Balaniga, les obsequió el general y les pidió una canoa para enviarle a decir a Tandaya que Su Majestad «le quería por amigo, y le quería mucho». Un indio que sabía algunos términos castellanos se ofreció a llevarle a Tandaya la carta, y quedó en volver al día siguiente para que se la dieran. A Urrao y a los otros dos caciques les rogó el maestre que le vendiesen arroz, gallinas y puercos, y quedaron en llevarlos; pero no volvieron. Tampoco volvió el que se había ofrecido a entregarle el mensaje de Legazpi al gran cacique.

El 22 dispuso el general que Martín de Goiti buscase el río de Tandaya, por si tenía buen puerto, y que procurase ver al poderoso señor y darle cuenta de las intenciones de los españoles.

Mientrastanto, Legazpi procedió a tomar posesión de la isla, y, terminado el acto, se aproximó, en compañía de los religiosos y del maestre de campo, al pueblo de _Caniungo_, donde les esperaron multitud de indios en disposición amenazadora. Dos disparos de arcabuz fueron bastantes para amedrentarles y hacerles huír.

A los diez días volvió Martín de Goiti, refiriendo que lo más notable que había encontrado en sus exploraciones había sido la ciudad de _Cabalián_, cuyos habitantes usaban joyas de oro y tenían muchos puercos y gallinas.

El 5 de marzo salió la armada para aquella población, cuyo cacique, Maletec, tenía un hijo, llamado Camutrián, que se sangró con el alférez mayor, no habiendo ido Maletec en persona a sangrarse con Legazpi por ser muy viejo y estar ciego.

Quisieron los expedicionarios comprar víveres, y los indios prometieron traérselos, pero faltaron reiteradamente a su palabra, y el general, los capitanes, los oficiales y otras personas de cuenta resolvieron, haciendo de la necesidad ley, adquirirlos por la fuerza, aunque evitando causarles daño a los indígenas y pagándoles lo que les tomasen.

Los naturales del país huyeron al ver en tierra a los españoles, y con la precipitación de la huída dejaron abandonados algunos puercos y cierta cantidad de batatas. También se les tomaron unas cuantas gallinas. Muchísimas otras escaparon volando como perdices.

Se hizo inventario de estas adquisiciones, se apartó la cantidad de margaritas, cuentas de vidrio, bonetes de grana, cuchillos, etc., que se consideró necesaria para abonar su valor, y se le entregó a Camutrián, que estaba en una de nuestras naves, para que él hiciera llegar aquellos objetos a los dueños de los bastimentos, de tal modo, que cada cual cobrase en proporción a los que hubiera perdido.

Por Camutrián se averiguó que no lejos de allí estaba _Mazaguá_, y habiéndole suplicado el general que le enseñase el camino, el hijo de Maletec se ofreció a ir con él a dicha isla acompañado de tres indios.

El 9 de marzo salió la flota de _Cabalián_ para _Mazaguá_, y el 10 fueron comisionados el prior y el maestre de campo para que hicieran por ver al cacique y le regalaran, a fin de atraérselo, una chamarra de terciopelo y un capote de grana; mas, no habiendo encontrado, en la parte donde pensaban que estaría la residencia del señor, casas ni indios, acordó el general trasladarse a la isla de _Caninguinín_, que estaba próxima.

Antes se les dió suelta a Camutrián y a los otros tres indios, y a fin de que se marcharan contentos, les quedase agradable recuerdo de los españoles y recibieran y trataran bien a otros que pudieran pasar por su tierra, se les vistió a dos de ellos de bonete, chamarra y zaragüelles de paño verde, y a los otros dos, de iguales prendas, de lienzo, y se les dió para el regreso carne de cerdo y pan para tres días y una botija de agua.

El 11 de marzo arribó la armada a _Caninguinín_, no habiendo encontrado en ella nada que les interesase. Canela es lo que más deseaban haber hallado y adquirido en aquella isla.

Sus naturales se negaban a escuchar a los españoles. Legazpi consultó con los religiosos, los capitanes, los oficiales y las demás personas de la armada sobre qué partido tomar, y, de común acuerdo, resolvieron pasar a _Butuán_, por ser país de mucho comercio y porque encontrarían quien entendiese la lengua malaya.

Reconociendo Martín de Goiti, en un batel, la costa de la isla de _Bohol_, halló un parao de grandes dimensiones, cargado de arroz y de otros bastimentos. En cuanto los indios vieron el batel, se arrojaron al mar, dejando abandonada la canoa. Los españoles se apoderaron de ella, y el general mandó hacer inventario de su contenido, para pagar su valor a quien resultara ser su dueño. En el mismo día, el maestre de campo prendió a siete u ocho indios de los que se escaparon del parao, por uno de los cuales se averiguó que aquella embarcación y sus mercancías eran procedentes de _Cebú_.

La contrariedad de los vientos impedía que la armada arribase a _Butuán_, y se acordó que fuese allí el patache, y que en tanto se hiciesen en la capitana algunos reparos que le eran necesarios, para enviarla a descubrir la vuelta a la Nueva España. Procurarían comprar la mayor cantidad que pudiesen de oro, canela, cera, especias y drogas, y hacer amistad con el cacique de la isla, a quien le comunicarían, de parte de los expedicionarios, que, si se lo consintiera, tendrían mucho gusto en ir a su tierra, para establecer en ella factorías y contrataciones en nombre del rey de España. Como intérprete de la lengua malaya iba con la gente del patache un tal Jerónimo Pacheco. Si en _Butuán_ no encontraban canela, recorrerían hacia el mediodía la costa de _Mindanao_, hasta llegar a la provincia de _Cavite_.

Cuando el general se ocupaba en el despacho del _San Juan_, vino a la nave capitana el maestre de campo y dijo que la almiranta, distante media legua, había visto en la mar un junco grande y enviado un batel en su reconocimiento. Los tripulantes del junco acometieron a los españoles trabándose entre unos y otros encarnizada pelea. En ella nos hirieron veinte hombres; pero la canoa tuvo que rendirse ante los argumentos de los arcabuces. Esta embarcación tenía árbol mayor, trinquete y mesana, y era casi tan grande como el _San Lucas_. Los que en ella venían eran moros.

Un testigo presencial del combate elogia el valor de los adversarios, diciendo que determinaron morir, que pelearon como desesperados, hasta que les mataron el capitán, y que hicieron enorme gasto de municiones de hierro.

En el parao apresado venían seis o siete hombres, uno de ellos factor del rey de Borneo, quien manifestó que las mercancías que llevaban eran de su señor, y que el junco pertenecía a un portugués, llamado Antón Maletis. Legazpi le preguntó cómo no habían acudido al llamamiento de los españoles. La contestación que aquellos seis o siete hombres le dieron fué verdaderamente notable: «... respondieron que, como no los conoscían ni entendían, y vieron que eran extrangeros, les pareció que estaban obligados a la defensa de sus personas y haciendas, y que en defensa desto, por cualquiera cosa que hubiesen hecho, no tenían culpa ninguna; que, si los conoscieran, que justo fuera y ellos vinieran, pero que, no los conosciendo, ni sabiendo quién eran, ni qué los querían, habían procurado defenderse».

Se les puso en libertad y se les devolvió el parao con cuanto en él había venido. Asombrados de tanta liberalidad, pidieron una carta para el rey de _Borneo_, a quien irían a darle cuenta de proceder tan humanitario.

De estos moros se informó el general acerca de las mercaderías en que traficaban, de dónde las traían, de su calidad, de sus precios de compra y de venta, y de la religión, costumbres, producciones y otras particularidades de aquellas islas.

En _Borneo_ adquirían hierro y estaño, mantas pintadas de la India, porcelanas, campanas de cobre, sartenes, cazuelas de hierro templado, hierros para lanzas, cuchillos, cera, mantas blancas, etc. Todos estos artículos los vendían por oro, por clavos y por unos caracoles que en _Siam_ se cotizaban como dinero.

De los moros aprehendidos, el piloto del parao era el más inteligente y experimentado y el que tenía más y mejores noticias de las _Filipinas_, de las _Molucas_, de _Borneo_, de _Malaca_, de _Java_, de la India y de la China. Por él se supo que los rescates que llevaba la armada eran de difícil salida en las _Filipinas_, y en cambio la tendrían muy buena en _Borneo_; que en _Butuán_ había mucha contratación; que allí estaban dos juncos de _Luzón_ adquiriendo oro, canela y esclavos; que _Luzón_ estaba al norte de _Borneo_; que los de _Borneo_ no entraban en _Butuán_ por haber habido entre unos y otros sangrientas colisiones, y que los de _Bohol_ no querían contratar con los de las naves, porque hacía dos años, muchos castellanos de los residentes en las _Molucas_ les habían hecho, so capa de amistad y seguridad, muertes y robos a todo pasto y les habían cogido muchísimos prisioneros, que vendieron como esclavos, y que desde entonces les tenían miedo a los de Castilla.

Legazpi les hizo saber que los autores de semejantes desafueros no eran españoles, sino portugueses, gente de otra tierra y súbditos de otro monarca que los nuestros; a lo que los moros repusieron que ellos sabían que era así, pero que los indios no los diferenciaban y creían que todos eran unos.

El general quedó maravillado de la astucia empleada por los lusitanos, no tanto para hacerles daño a los isleños como para hacérselo a los españoles cuando allí llegaron, porque habían de encontrarse con el odio de los naturales del país.

Para contrarrestar estos inconvenientes, mandó a llamar a varios caciques, y vino a la capitana uno, llamado Cicatuna, que fué recibido muy amistosamente. Este cacique se sangró con Legazpi, sacándose ambos, de los pechos, dos gotas de sangre, revolviéndolas con vino en una taza de plata y bebiéndose cada cual la mitad de la peregrina mezcla. Después de la sangría se convidó a Cicatuna con conservas y vino de Castilla, que le resultó agradable. Los postres consistieron en un discurso del capitán generel, enterando al cacique de que el rey de España era el mayor y más poderoso príncipe de la Cristiandad, de que en su nombre iban los de la armada a contratar, a cuyo efecto llevaban valiosos rescates, y de que él, el gobernador, trataría a Cicatuna como a un hermano; por todo lo cual le suplicaba que influyera para que los isleños viniesen a contratar con los de la flota y les vendiesen arroz, puercos, gallinas y cabras, que les serían pagados a buen precio.

La respuesta del cacique fué satisfactoria, en cuanto a que los indios perderían el temor, una vez que él y el general se habían sangrado y hecho amigos; pero que, por lo que respectaba a mantenimientos, en muy poco le podrían servir, porque aquel año era mucha el hambre que se padecía en la isla a causa de la falta de lluvias.

Otro día vino la nave capitana con varios moros de _Borneo_, un principal indio, llamado Cigala, de más categoría que Cicatuna. Quería sangrarse con el gobernador; le regaló un lechón y le dió por excusa de no haber venido a verle antes el haber estado forastero. Legazpi accedió a la sangría y obsequió a Cigala con un pedazo de mantel, un espejo, una bacinica, tijeras, cuchillos, margaritas y cuentas, y porque tenía cuatro hijas, le entregó una docena de sartas de vidrio y otra docena de cascabeles para cada una.

A los quince días de haber partido el _San Juan_ para _Butuán_, regresó adonde se encontraba el resto de la flota. Los del patache habían visto al rey de la isla y a un hermano suyo, los cuales no habían querido entrar en el _San Juan_ por tenerles miedo a los moros.

Legazpi promovió consulta sobre si se debía poblar en alguna de aquellas islas, y se convino en hacer población en _Cabalián_, por abundar allí el arroz, los puercos y las batatas, y porque sería fácil el abastecimiento de los que se volvieran a la Nueva España; pero la resolución definitiva fué poblar en Cebú, por ser la tierra más fértil y rica de cuantas hasta entonces habían visto en aquellos países.

Los españoles fueron a _Cebú_, y Legazpi envió emisarios a Tupa, rey de la isla, para que viniese a verle. Este requerimiento fué contestado con promesas que no se cumplían; antes, por el contrario, los indios les amenazaron a los de la flota, y hubo que hacerles la guerra.

Reconociendo las casas de los fugitivos, se encontró, en una de las más pobres, un Niño Jesús flamenco, con su camisita de volante y su sombrero de velludo. El general experimentó tal alegría y tal emoción con este hallazgo, que, tomando al Cristo en las manos, le besó los pies, y alzando los ojos al cielo dijo: «Señor, Poderoso eres para castigar las ofensas en esta isla cometidas contra tu Majestad, y para fundar en ella tu casa e Iglesia Santa, donde tu Gloriosísimo nombre sea alabado y ensalzado; suplícote me alumbres y encamines de manera que todo lo que acá hiciéremos sea a honra y gloria tuya, y ensalzamiento de tu Santa Fe católica».

El 8 de mayo se trazó y midió el terreno sobre que había de construírse un fuerte en el puerto de _Cebú_, y el necesario para una villa, a la que se puso el nombre de _San Miguel_.

* * * * *

El 1.° de junio de 1565, la nave _San Pedro_, al mando de Felipe de Salcedo, emprendió el regreso a la Nueva España, trayendo por pilotos a Esteban Rodríguez y Rodrigo de Espinosa, y arribó al Puerto de la Navidad el 1.° de octubre del mismo año.

El 18 de septiembre, Salcedo había requerido a Rodríguez, a Espinosa y al contramaestre Francisco de Astigarribia, que _también echaba punto y carteaba_, a que tanteasen el camino que habían andado desde el puerto de Cebú hasta la tierra que vieron aquel día. La distancia recorrida había sido, según Rodríguez, de 1740 leguas, y, según Espinosa, de 1650. Este último resultado dieron los cálculos y apuntaciones de Astigarribia.

De todo lo cual levantó acta el escribano de la _San Pedro_, Asensio de Aguirre.

Le interesaban a Salcedo la comisión y la consignación notarial de los pareceres de los pilotos, acerca de lo navegado, para que «se entendiese el dicho camino más verificadamente», y «para que mejor relación se pudiese hacer a Su Majestad».

Este viaje fué muy penoso. No pocos tripulantes enfermaron durante él, y algunos murieron. El piloto Espinosa falleció el 27 de septiembre. Fray Andrés de Urdaneta apenas pudo dormir, por tener que gobernar la nave, y padeció muchísimo.

Inmensa alegría produjo en Méjico el retorno de los supervivientes. Al volver allí el capitán del _San Lucas_ aseguró que se había ido a pique el resto de la armada de Legazpi.

Cuando, al poco tiempo, fray Andrés vino a Castilla por encargo de la Audiencia, se encontró a la Corte, que estaba a la sazón en Valladolid, a Alonso de Avellano, que tenía muy adelantadas y con grandes probabilidades de buen éxito sus gestiones para que le premiaran por haber sido el primero en descubrir las islas _Filipinas_, y en haber hecho el viaje de vuelta al punto de partida; pero fué preso por haberle dado cuenta Urdaneta al rey de su deslealtad y codicia. Luego se le envió a la Nueva España para que se le trasladara a Manila y se le pusiera a la disposición de Legazpi. Por influencias interpuestas en su favor permaneció en Méjico hasta la muerte del general, pasando después a Manila con cartas de recomendación, que le fueron ineficaces para ser menos escarnecido por su conducta.

* * * * *

Tupas y todos los naturales de _Cebú_ reconocieron el señorío del rey de Castilla.

Los españoles les ayudarían a los cebutines a defenderse de sus enemigos, y lo mismo harían los de _Cebú_ con nuestros compatriotas cuando lo necesitaran. Al indio que cometiese alguna falta contra algún español, los caciques le traerían preso ante Legazpi para que le mandara castigar. El español que le hiciese daño o agravio a algún indio sería castigado por el gobernador. Cuando los españoles les compraran a los indios bastimentos, se los habían de pagar a como valieran, y les darían a precios moderados los rescates y géneros de España. Los indios no podrían ir a contratar al real ni a la población de los españoles con armas ofensivas ni defensivas.

En demostración de obediencia, Tupas, su hijo Pisunán, Catipán, Batumán, Maquiong y otros señores se arrodillaron ante Legazpi y le besaron la mano.

El general les obsequió con ropas, rescates y cuentas. A Tupas le dió, además, dos camisas, un espejo dorado y dos sartas de margaritas. «Quedaron ellos muy contentos viéndose tan bien vestidos de aquellos que entendían auían venido a desnudarles.»