Part 5
Cuando la _Trinidad_ salió de _Tidor_, habían quedado allí, con la hacienda del César, Juan Campos, Alonso Genovés y Diego Arias, y ahora Espinosa los encontró en _Terrenate_, con hierros, en la fortaleza de los lusitanos, que les habían quitado las mercancías que destinaban para las contrataciones.
Ventiuno eran los hombres de este navio al volver a _Terrenate_. Todos fueron presos. A los cuatro meses, Brito les consintió pasar a la India, exceptuando, por serle necesarios, al carpintero maestre Antonio y al calafateador Antonio Besanabal.
A los demás los envió a _Banda_, isla abundantísima en nuez moscada. De _Banda_ fueron conducidos a _Java_ y a la ciudad de _Agrazué_, habitada por treinta mil moros y muy comercial. Desde aquella animadísima urbe los llevaron a _Malaca_, punto de confluencia de los buques de los territorios cercanos al estrecho de _Meca_ y los de los reinos del _Peguí_, _Chazamán_, _Cambaya_ y _Bengala_.
En _Malaca_ murieron cuatro españoles, y se quedó el grumete de la _Trinidad_, Antonio Moreno, esclavo de una hermana de Jorge de Alburquerque, capitán de la isla.
El resto de nuestros compatriotas llegó, al cabo de una marcha de cuatrocientas leguas, a _Ceilán_ y a _Coohín_, donde permanecieron diez meses sin lograr autorización para volver a España; por lo que el marinero León Pancaldo y el maestre Bautista Poncero se escaparon en una nave, que los llevó a _Mozambique_. Habiendo sido presos, Poncero murió, y Pancaldo se escapó otra vez y pudo arribar a Lisboa. Allí la encerraron en _el limonero_, como llamaban a la cárcel.
Vasco de Gama, nombrado por entonces virrey de la India, tampoco dió licencia a nuestra gente para embarcarse, y si don Enrique de Meneses, gobernador de Goa y sucesor de Gama, llegó a concedérsela a Espinosa, al lombardero maestre Hans y al marinero Ginés de Mafra, fué al enterarse de que el Rey de Portugal se había casado con una hermana de Carlos V.
En Lisboa, maestre Hans murió en _el limonero_, y Gonzalo Gómez y Ginés de Mafra estuvieron en la prisión cerca de siete meses.
De los cincuenta individuos que en la _Trinidad_ habían partido de _Tidor_ para Panamá, solamente cuatro volvieron a España.
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En 1525 se envió a las _Molucas_ otra expedición, al mando de fray García de Loaysa, natural de Ciudad Real, guerrero sabio y experimentado y comendador de la Orden militar de Rodas.
Componíase la flota de seis naves y un galeón. _La Santa María de la Victoria_ la gobernaría Loaysa; la _Sancti Spíritus_, Juan Sebastián Elcano; la _Anunciada_, Pedro de Vera; la _San Gabriel_, Rodrigo de Acuña; la _Santa María del Parral_, Jorge Manrique; la _San Lesmes_, Francisco de Hoces, y el galeón, llamado _Santiago_, el capitán Santiago de Guevara.
Salieron de La Coruña el 24 de julio.
A la entrada del estrecho de Magallanes, en el cabo de las _Once mil vírgenes_, naufragó la _Sancti Spíritus_, ahogándose nueve hombres y salvándose los demás a costa de grandes esfuerzos.
El 30 de julio de 1526, en las inmediaciones del cabo _Pescado_, falleció Loaysa, con «mucha tristesa y dolor en los que en aquella nave capitana iban». «Así como fué muerto y con sendos Paternósters y Avemarías por su ánima, que cada uno de los presentes dixo, echado su cuerpo en la mar», abrieron una real orden, en la que se determinaba la sucesión y elección en el mando del general, capitanes y oficiales designados primeramente.
En ese documento, expedido en Toledo a 3 de mayo de 1525, se prescribía: «Y porque podría ser, lo que Dios no quiera, que el dicho capitán general e capitanes e oficiales nuestros, que van en la dicha armada, fallecieren así a la ida como allá y en la vuelta, mando que, en... muriendo o quedando el dicho comendador Loysa en la dicha tierra..., venga por capitán general de la dicha armada Juan Sebastián del Cano, capitán de la segunda nave...»
Así se hizo; pero Juan Sebastián estaba muy enfermo, y el 4 de agosto de 1526 «le llevó Dios, y le hiçieron las mismas obsequias y le dieron la misma sepoltura que se le dió al comendador y le echaron en essa mar.»
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De la extensión y brillantez del imperio de Carlos V, labradas en grandísima parte por nuestros descubridores y conquistadores en América y Oceanía, se han descrito magníficos cuadros en aquella época y en la moderna.
Célebre es por su majestuosidad el de Macaulay en las primeras páginas de su ensayo sobre la _Guerra de Sucesión_, y muy estimable el de Martín H. Hume, en su _Historia del pueblo español_; pero es a Gonzalo Fernández de Oviedo a quien se le deben las expresiones más entusiásticas acerca de la obra realizada por aquellos hombres que ensancharon los dominios de España, los del mundo conocido entonces y los de la civilización universal.
Aunque graves autores han ensalzado desde tiempos antiguos a nuestra nación por sus ingenios, su valor y su esfuerzo, nada tan merecedor de loa como las hazañas de los españoles en las Indias, ya en el ejercicio de las armas en tierra, ya en el Océano, con excesivos e innumerables trabajos, sin temor al cansancio ni a los peligros, con no pocas hambres y enfermedades y muy frecuentemente con absoluto desinterés. Ellos encontraron otro hemisferio no menos amplio que Europa, Asia y Africa. Alejandro Magno y sus soldados no dejaron de ver el polo ártico ni cuando más se alejaron de su país. En el antártico ondeó la bandera de Castilla en más reinos y estados que cuantos tuvieron debajo de su cetro cada uno de todos los príncipes habidos desde el principio del mundo hasta Carlos V. Los asirios, los sicionios, los macedonios, los persas, los corintios, los atenienses, los tebanos, los partos, los egipcios, los cartagineses, los romanos y otros señoríos estaban comprendidos en el polo ártico. Los del emperador se extendían por ambos hemisferios, no pudiendo equipararse con tantas proezas y adquisiciones las fabulosas novelas de Jasón y Medea con su vellocino de oro.
Tales son, en resumen, las alabanzas tributadas al Imperio de Carlos V y a quienes maravillosamente lo dilataron, por Fernández de Oviedo, que las corona con estas palabras: «Callen los pregoneros de Theseo aquel laberinto y su Minotauro, pues que, sabida la verdad, essas metháporas, reduçidas a historia çierta, son unas burlas y niñerías si se cotejan y traen a comparación de lo que en estas nuestras Indias se ha visto y se ve cada día en nuestro tiempo, y lo han visto mis ojos y otros muchos a quien en esta edad ni en las venideras no podrán en verdad contradeçir envidiosos, enemigos de tan valerosa y experimentada naçión y tan jubilada en virtudes».
MIGUEL LÓPEZ DE LEGAZPI
Entre las expediciones hechas en el siglo XVI para el descubrimiento y la conquista de las islas del Poniente, figuran la de Hernando de Magallanes, la de frey García de Loaysa, la de Alvaro de Saavedra Cerón y la de Ruy López de Villalobos.
El objeto determinado de ésta fueron las Filipinas. El de las demás, las Molucas.
La expedición de Villalobos es como el prólogo de la de Legazpi.
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En 1538 y 1539, el emperador Carlos V facultó a don Pedro de Alvarado, adelantado de Guatemala, para el apresto de una flota de cinco navíos, con destino al descubrimiento y la conquista de las islas del Poniente.
Sin embargo, don Antonio de Mendoza, virrey de la Nueva España, envió a Francisco Vázquez con una armada a dichas islas.
Con este motivo surgieron escandalosas diferencias entre Alvarado y el virrey.
Por fin, se concertaron respecto a todo lo que se descubriese, tanto por mar como por tierra, dentro de los límites contenidos en las capitulaciones ajustadas entre ambos a 29 de noviembre de 1540, conviniendo en enviar dos flotas, una a las islas, para ver lo que en ellas había, y otra a la costa de Tierra Firme, hasta dar con el fin y el secreto de ellas, la primera compuesta de tres naves y una galera, con 300 hombres, al mando del caballero Ruy López de Villalobos..., «muy experto y plático en las cosas de la mar», y la segunda, de cinco navíos y una fusta, con 300 hombres, a las órdenes del caballero Juan de Alvarado.
Este convenio mereció la aprobación del monarca en 26 de julio de 1541. Poco después murió don Pedro, y se encargó completamente de la empresa don Antonio de Mendoza, que el 18 de septiembre de 1542 le dió a Villalobos intrucciones para el descubrimiento que se le había conferido.
Formóse la flota con las naves _Santiago_, _San Jorge_, _San Juan de Letrán_ y _San Antonio_, la galeota _San Cristóbal_ y la fusta _San Martín_. Iban por maestre de campo, Francisco Merino; por capitanes, Bernardo de la Torre, don Alonso Enrique, Matías de Alvarado, Pedro Ortiz de Pineda y Cristóbal Pareja; por oficiales del rey, García de Escalante Alvarado, como factor; Jorge Nieto, como contador; Onofre de Arévalo, como veedor, y Juan de Estrada, como tesorero; por pilotos, Gaspar Rico, de la _Santiago_; Alvaro Fernández Tarifeño, de la _San Jorge_; Ginés de Mafra, de la _San Juan_, y Francisco Ruiz, de la _San Antonio_. Los oficiales del virrey eran Martín de Islares, factor; Guido de Lavezaris, contador, y Gonzalo Dávalos, tesorero. La tripulación constaba, según unas relaciones, de 370 hombres, y, según otras, de 400. Embarcáronse cuatro religiosos agustinianos: fray Jerónimo de Sanctisteban, prior, que años adelante escribió un relato del viaje; fray Nicolás de Perea, fray Alonso de Alvarado y fray Sebastián de Reina, y cuatro clérigos: el comendador Laso y los padres Martín, Cosme de Torres y Juan Delgado. Acompañaban a Ruy López de Villalobos los caballeros e hidalgos Iñigo Ortiz de Retes, Bernardino de Vargas, Antonio de Bustos y Francisco Alvarado.
La armada salió del puerto de la Navidad el 1.° de noviembre de 1542. El 6 de enero de 1543 encontraron las islas de los _Jardines_. Cien leguas al oeste de ellas se perdió la galeota _San Cristóbal_. El 20 avistaron una isla pequeña, a la que se llamó _Matalotes_. El 2 de febrero arribaron a la de _Mindanao_, que, por su gran extensión, fué denominada _Cesarea Karoli_. «La majestad del nombre--dice Escalante de Alvarado--le cuadraba». Costeando hacia el sur la isla de Mazaguá y apartándose de ella, dieron en la de Sarangani. Los indígenas no les llevaban bastimentos. Y se sembró maíz, pero no nació. Los soldados se disgustaban, y hubieran preferido la muerte en la pelea a tener que morir de hambre. La que allí pasaron llegó a los mayores extremos. Desde Cochin, «de la India del rey de Portugal», le decía fray Jerónimo de Santisteban a don Antonio de Mendoza, virrey de la Nueva España, en carta de 22 de enero de 1547: «El hambre no sufría espera...; en fin, comimos cuantos perros y gatos y ratas se pudieron haber, y otras malas savandijas y yerbas no conocidas, que todo fué causa de la muerte a muchos y de grandes enfermedades; en especial, comieron muchos de unas lagartijas grandes; son pardas y relucen mucho; muy pocos son vivos de los que las comieron; comiéronse cangrejos de tierra, que algunos estaban locos un día de los que comían, en especial si comían las tripas».
La _San Cristóbal_ llegó a _Sarangani_ al cabo de cinco meses. Sus navegantes fueron recibidos con inmensa alegría, pues se les creía perdidos. Esta alegría aumentó al oírseles decir que en aquel tiempo habían estado en unas islas ricas en víveres y cuyos moradores rescataban con facilidad.
De tal júbilo provino el que se diera a aquellas islas el nombre de _Filipinas_, como homenaje al príncipe don Felipe.
«En la isla de Ambón--escribe Santisteban--, viniendo de camino, sacó Dios a Rui-López de Villalobos de ruin mundo... Murió de calenturas y muy cano, después de muy seco de pensar y congojar; murió muy pobre y recebidos todos los Sacramentos: de 370 españoles que salimos de esa Nueva España, llegamos a Malaca 117; quedaron en Maluco 30 o pocos más, y presos entre infieles, 12.»
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Muchos años mediaron entre la expedición de Villalobos y la de Legazpi, por los fracasos de algunas flotas enviadas al estrecho de Magallanes, por los grandes gastos que ocasionaban y por el empeño que hubo en comunicar el Atlántico con el Pacífico por el istmo de Panamá, aprovechando el curso del río Chagres.
En 1558, el rey Don Felipe II le manda a don Luis de Velasco, virrey de Méjico, hacer en la mar del sur navíos para el descubrimiento de las islas del Poniente.
En 9 de febrero de 1561 el virrey le da cuenta al monarca de ocuparse en el apresto de la Armada y le recomienda para dirigirla a Miguel López de Legazpi, natural de Zumárraga, provincia de Guipúzcoa, que llevaba veintinueve años en la Nueva España, donde había sido, con general estimación, alcalde ordinario y escribano mayor de Cabildo. «Estaban sus bríos prontos para cualquier empresa, por haber sido hombre de gran valor y esfuerzo, y aun vivían en la blanca nieve de sus venerables canas las centellas de su ardiente juventud, acompañadas de la prudencia y madurez de sus años.»
Don Luis de Velasco fué facultado para ordenar la expedición como mejor le pareciese.
Se retrasó el apresto de las naves hasta el extremo de mediar una carta apremiante del rey, fechada a 13 de febrero de 1563, a la que contestó Velasco el 25 de febrero de 1564, presentando sus excusas y anunciando la salida de la flota para el mes de mayo. No pudo cumplir la oferta, y volvió a disculparse en 15 de junio.
Muerto Velasco a fines de julio, la Audiencia, que en tales casos asumía la autoridad y el Gobierno, ultimó los preparativos del viaje, y en pliego cerrado le entregó a Legazpi una extensa y muy detallada instrucción.
El 20 de noviembre de 1564 los expedicionarios salieron del puerto de la Navidad con dos galeones grandes y dos pataches pequeños.
La nave capitana se llamaba _San Pedro_, de quinientas toneladas. En ella iban: como maestre, Martín de Ibarra, natural de Bilbao, «con los más lucidos soldados y más expertos marineros», y como pilotos, Esteban Rodríguez, natural de Huelva, y el francés _Pierres Plin_; por factor, Andrés de Mirandola; por alguacil mayor, Andrés de Ribera; por escribano mayor, Hernando Riquelme, de Sevilla; por capitán de artillería, Juan Maldonado del Berrocal, de Burgos; por alférez mayor, Andrés de Herrera, mejicano; por sargento mayor, Luis de la Haya, de Valladolid, y por capitán de infantería, Martín de Goiti, de Bilbao, con su compañía y la de Legazpi. También se embarcaron en la _San Pedro_, Felipe de Salcedo, nieto del general e hijo de doña Teresa de Legazpi y de don Pedro Salcedo, y los religiosos agustinos fray Andrés de Urdaneta, fray Martín de Rada y fray Andrés de Aguirre.
En la almiranta, denominada _San Pablo_, de cuatrocientas toneladas, fueron: como jefe, el maestre de campo Mateo del Sanz, de Ciudad Real; por piloto mayor, Juan Martínez Fortín; por acompañado, Diego Martín, de Triana; por maestre, Juan María, genovés; por tesorero, Guido de Lavezaris, y por contador, Andrés de Cauchela. En esta nave iban dos padres de la Orden de San Agustín, fray Diego de Herrera y fray Pedro de Gamboa.
En el patache _San Juan_, de cien toneladas, fué por capitán Juan de la Isla; por piloto, su hermano Rodrigo de Espinosa, y por maestre, Julián Felipe, de Triana.
El _San Lucas_, de cuarenta toneladas, lo mandaba el capitán don Alonso de Arellano, yendo por piloto Lope Martín, mulato, natural de Ayamonte, y por maestre, Nicolao, habilísimo marinero, de nacionalidad griega.
Intérprete de la Armada era un indio llamado Jorge, que sabía muy bien la lengua malaya. Este indio fué convertido al catolicismo, en _Tidor_, por los religiosos de la flota de Ruy López de Villalobos, y pasó a la Nueva España con el soldado Pedro Pacheco, natural de Ciudad Rodrigo, que había formado parte de aquella expedición desdichadísima.
Durante cinco días corrió la de Legazpi al suroeste, y el 25 de noviembre el general mandó reunir en su nave a los religiosos, capitanes y oficiales, al alférez, al sargento, al alguacil mayor y a los pilotos, y le presentó, por ante el escribano Hernández Riquelme, instrucción que traía, cerrada y sellada, de la Nueva España, y que se le había ordenado no abrir hasta haber navegado cien leguas, en la que se disponía que el viaje se hiciese con rumbo a las islas Filipinas y a las inmediatas a ellas.
En cuanto a la derrota, había habido disconformidad de pareceres entre fray Andrés de Urdaneta y el capitán Juan Pablo de Carrión, que, enemistado con el padre, no quiso ir en la Armada.
Urdaneta había ido, en 1525, en la de García de Loaysa, a las Molucas, donde sirvió durante ocho años, como soldado, como capitán y en oficios de la real Hacienda. En 1536 le dió cuenta a Carlos V de los sucesos de aquella expedición. Después, hasta 1552, desempeñó en Nueva España, por nombramiento y encargo del virrey don Antonio de Mendoza, importantes comisiones relativas a asuntos de guerra y de paz. En 1553 ingresó en la Orden de San Agustín. El virrey don Luis de Velasco se valió de él para negocios interesantísimos. Felipe II, por cédula expedida en Valladolid a 24 de septiembre de 1559, dispuso que Urdaneta fuera, con dos religiosos más, a las islas del Poniente, en la flota de Legazpi; y fray Andrés le contestó al monarca, en carta fechada en Méjico a 23 de mayo de 1560, que, aunque estaba falto de salud, había padecido muchos trabajos desde su mocedad y necesitaba reposo en lo que le quedara de vida, se disponía, por veneración a la majestad real y a la fe católica, a las molestias de la nueva jornada.
El soberano quería que la flota fuese en busca de las islas _Filipinas_, sin entrar en las _Molucas_, para no infringir las capitulaciones hechas con el rey de Portugal, y Urdaneta opinaba que estas islas no solamente caían dentro de los términos de lo del empeño, sino que la extremidad de ellas por la parte de Levante estaba comprendida en el meridiano de las Molucas; por lo cual debía enviarse dos galeones y un patache a descubrir por aguas del Poniente de Méjico, «arando la mar», hasta los límites de lo correspondiente a los portugueses. No hallaba reparo en que se llegase a las _Filipinas_ para rescatar a los españoles que allí hubiera cautivos, de los que en 1525 fueron en la armada de Loaysa; de la enviada en 1527, por el marqués del Valle; de un navío, también de Hernan Cortés, que, yendo del Perú a la Nueva España, fué a dar, combatido por vientos contrarios, en aquel archipiélago, y de la expedida en 1542 por don Antonio de Mendoza. Pero no se debía hacer otras contrataciones que la compra de algunas cosas merecedoras de verse como muestras y la de los bastimentos precisos para el viaje.
El septiembre de 1564 el capitán Juan Pablo de Carrión, nombrado almirante de la flota de Legazpi, le escribe al rey que las _Filipinas_ las ha descubierto, antes que nadie, en 1521, Magallanes, y que «son Islas que los Portugueses nunca han visto y están muy a trasmano de su navegación, ni an tenido noticias dellas, sino aya sido por alguna figura o carta de marear nuestra». Y arremetiendo contra Urdaneta y contra Legazpi añade: «... el padre fray Andrés ha dicho resueltamente que no se embarcará si el Armada va adonde yo digo; y como el que va por general, ques Miguel López de Legaspe, es de su nación y tierra y íntimo amigo, quiérele complacer en todo, y como el dicho general no tiene nenguna esperencia en estas cosas, ni entiende nenguna cosa de navegación, por no lo aver usado, no sabe destenguir lo uno de lo otro, y en todo se abraza a la voluntad del padre.»
En la controversia entre Urdaneta y Carrión sobre si la armada debía ir o no a las _Filipinas_, aparentemente venció fray Andrés, porque, al salir los buques del Puerto de la Navidad, se dijo que irían a las _Molucas_; pero, en realidad, el victorioso fué el capitán, con arreglo a cuyos dictámenes redactó la Audiencia de Méjico y le entregó a Legazpi la orden secreta, según la cual pondría las proas hacia el archipiélago filipino, cuando los navíos llevaran recorridas cien leguas desde la Nueva España: «Haréis vuestra navegación en demanda y descubrimiento de las Islas del Poniente hacia los Malucos, sin que por vía ni manera alguna entréis en las Islas de los dichos Malucos, porque no se contravenga el asiento que Su Magestad tiene tomado con el Serenísimo Rey de Portugal, sino en otras islas que están comarcanas a ellas, como las Filipinas y otras que están fuera del dicho asiento y dentro de la demarcación de S. M...»
Se resolvió el pugilato armonizando el que se cumpliera la voluntad del Monarca y el no prescindir del utilísimo concurso de fray Andrés, quien, de haberse aclarado desde el primer momento el camino que había de seguirse, se hubiera quedado en tierra.
Los religiosos se lamentaron del contenido de la instrucción y de que habían sido engañados; pero, en virtud de los preceptos superiores y de las reflexiones de Legazpi, se conformaron con la novedad, y habiéndose discutido sobre cuál sería la mejor ruta para las islas Filipinas, se decidió navegar al oeste, cuarta del sudoeste, y al llegar a una altura de 9° dirigirse al oeste en busca de las islas de _los Reyes_ y las de _los Corales_; de éstas irían a las de _los Arrecifes_ y _Matalotes_, y desde allí, al archipiélago de _San Lázaro_.
El 30 de noviembre, el patache _San Lucas_, que iba delante de la capitana, desapareció, sin que en mucho tiempo se volviera a saber de él. Esta embarcación, buscando o con la excusa de que buscaba a la flota en la isla de _Mindanao_, en las de _Magallanes_ y en otras, regresó a Nueva España y llegó al puerto de Navidad el 9 de agosto de 1565.
Siguieron navegando días y días sin que los pilotos pudieran ponerse de acuerdo respecto a las leguas que llevasen recorridas. En la madrugada del 18 de enero de 1565 creyeron estar cerca de tierra, por haberlo dado a entender el buque almirante con un disparo de artillería; mas, habiéndose convencido de que se trataba de una ilusión, continuaron la marcha. Cuando efectivamente vieron tierra fué el día 9. Era una isla pequeña, abundante en palmas de coco y en árboles. Bajaron a examinarla fray Andrés de Urdaneta, Felipe de Salcedo, Mateo del Sanz y el capitán del _San Juan_. Al volver a las naves, refirieron que se habían encontrado con un indio y una india viejos, que debían ser marido y mujer; una india joven, que debía ser hija del matrimonio, y una pequeñuela, que sería hija de la india moza; que no entendieron el idioma de aquellos naturales; que les obsequiaron con cuentas de vidrio y otras bagatelas, y que ellos se mostraron muy pesarosos al retornar los visitantes a la playa. Otras noticias les dieron a los demás expedicionarios: había allí muchas frutas, pescados, gallinas, patatas y millo. En cuanto a los habitantes, el indio era de buena conformación y las mujeres eran guapas. Todos llevaban el cabello suelto y largo. Tenían canoas muy lindas, anzuelos de cordeles y de hueso; carecían de utensilios de barro y no usaban armas de ninguna clase.
Tan pintoresco territorio recibió el nombre de isla de los _Barbudos_.