Part 4
Habiendo el rey de _Cebú_, después del triunfo de Cilapulapo, invitado a los expedicionarios a un banquete en que los agasajaría lo mejor que pudiera y les entregaría una joya para la Majestad cesárea, Duarte Barbosa se apresuró a responder que acudirían muy placenteros al convite. Juan Serrano no fué del mismo parecer, considerando que estaba fresca la derrota que les había causado el señor de Maután; que era peligroso, en tales circunstancias, abandonar la nave por irse a divertir; que, si tanto interés tenía el rey de _Cebú_ en darles un regalo para el emperador, no debía tener inconveniente en subir a bordo a entregarlo. Insistió Barbosa en su resolución, puso en duda el valor de Serrano y éste, para demostrarle que nada le asustaba, fué el primero en dirigirse al banquete.
A la sombra de unas palmeras iba sirviéndoseles la comida. La satisfacción no les dejaba margen para pensar que pudieran ser traicionados. De súbito, cayó sobre ellos un crecido número de cebutines, que a todos les quitaron la vida, menos a Juan Serrano, a quien, por el momento, se la conservaron, por si les servía, como ellos intentaban, de pretexto para quitársela a los que se habían quedado a la mira de las embarcaciones.
Los indios arrojaron al mar los cadáveres de sus víctimas, y a Serrano le llevaron arrastrando, desnudo y maniatado, hasta la playa, obligándole a suplicar a voces a la gente de las naves que le rescataran y a decirles que el rescate consistiría en que dieran por su libertad dos cañones.
Los afligidos nautas, aunque enfermos y débiles casi todos, estuvieron a punto de desembarcar, no para entregarles a tan falsos amigos las piezas de artillería que deseaban, sino para combatirles, vengar el asesinato de los compañeros y libertar por la fuerza a Serrano; pero se dieron cuenta de su situación y de la imposibilidad de vencer a tantísimos adversarios; comprendieron que lo que éstos se proponían con la estratagema del rescate era prenderlos y matarlos como a los demás, y, dominados por la prudencia, levantaron anclas y se marcharon de aquella tierra, dejando al capitán de la _Concepción_ en poder de los indios.
¿Sería Hamabar amigo de nuestros navegantes por creerlos invencibles, y brotarían en él sentimientos de deslealtad al ver que Cilapulapo los había derrotado? Quizá influyeran estas pérfidas consideraciones en el ánimo del rey de _Cebú_. Lo más verosímil es que le decidiera a pasar de la amistad al engaño y al crimen el esclavo de Magallanes. Herido dicho esclavo en una pierna en la batalla en que pereció su señor, se acostó durante largo rato fingiendo que la herida era grave. Barbosa le mandó que se levantara, le llamó perro y le dijo que no se hiciese la ilusión de que la muerte de su amo había de significar para él la libertad, a cuyas reprensiones ninguna objeción opuso y se levantó; mas, queriendo cobrarse de ellas y a la vez quedar libre, le habló a Hamabar en contra de los expedicionarios, asegurándole que eran unos codiciosos y unos crueles; que la palabra de amigos que le habían dado era insincera, y que lo que buscaban era someter y maltratar, con su ayuda, a los mautanenses para hacer otro tanto con los cebutines y con los de las islas próximas. Hamabar creyó cuanto quiso contarle, y concibió y se propuso llevar inmediatamente a la práctica, puesto de acuerdo con los reyes circunvecinos, la idea del sanguinario convite.
Los historiadores disienten en cuanto a que el esclavo de Magallanes fuera el causante de la matanza. Lo afirman Pigafeta, Maximiliano Transilvano, Oviedo y Gomara. Para Herrera, el crimen se cometió «a instancia de los otros cuatro reyes, que le habían amenazado (al de _Cebú_) que si no mataba a los castellanos y le tomaba las naves destruirían su tierra y le matarían». Barros, en sus _Décadas_, lo atribuye a que «los reyes enemigos convinieron en hacer paz entre sí con tal que el rey de Cebú trabajase por matar» a los de las naves. Ahora bien; Juan Sebastián Elcano declara que huyeron de aquella isla porque les mataron veintitrés hombres por una traición que hizo un esclavo de Magallanes... «e que la causa porque el esclavo hizo la traición fué porque Duarte Barbosa le llamó perro».
Entre las víctimas se contaron Duarte Barbosa, Juan Serrano y Luis Alfonso. A Serrano lo asesinaron cuando se volvieron a la ciudad los indios que le habían llevado a la playa para hacer con él la comedia de que ofrecían su rescate a los que se habían quedado en los buques.
El 1.° de mayo partieron de _Cebú_ la _Trinidad_, la _Concepción_ y la _Victoria_, y habiendo navegado diez leguas llegaron a la isla de _Bohol_, donde, por ser el personal que les quedaba muy escaso para los servicios de toda la flota, resolvieron quemar la _Concepción_, que era la más vieja de las tres naves.
Nombraron general a Juan Caraballo y capitán de la _Victoria_ a Gonzalo Gómez de Espinosa, y desde _Bohol_ se dirigieron a _Quepindo_, isla de la costa de _Mindanao_. Por no encontrar allí arroz, que era lo que más necesitaban, fueron a la de _Paraguá_, y en el pueblo de _Saocao_, habitado por moros, y en otro habitado por cafres, se hicieron con arroz, gallinas, puercos y cabras, a cambio de tijeras, cuchillos, lienzos, cuentas de vidrio y otros artículos por el estilo.
Desde _Paraguá_ se encaminó la expedición a _Borneo_.
El 9 de junio se les acercaron tres fustas, cuyas proas eran doradas y de figura de cabezas de sierpes. En una de las fustas venía, con acompañamiento de estruendosas músicas, un anciano, secretario de Siripada, rey de la isla. El importante personaje y algunos mozos entraron en la capitana, abrazaron a Caraballo y le preguntaron quiénes eran, de dónde venían y qué buscaban. El les contestó que eran súbditos del emperador Carlos V y que el objeto de sus viajes era trocar sus mercancías por las de aquellos países. Y les dió, para el soberano de _Borneo_, una camisa de terciopelo carmesí y una silla guarnecida de terciopelo azul.
Siripada le mandó a decir al general que le estimaría le enviase dos hombres, pues tenía mucho interés en conocerlos, y Caraballo le envió ocho, uno de ellos Gonzalo Gómez de Espinosa.
Salieron a recibirles 3.000 guerreros vestidos con trajes de seda, armados de arcos, flechas, cerbatanas y alfanjes y provistos de corazas de conchas de tortuga.
Los ocho de la flota llevaban para el rey una ropa de terciopelo verde, una gorra de grana, cinco varas de paño colorado, una copa de vidrio, una escribanía y cinco manos de papel, y para la reina, una copa de vidrio llena de agujas, tres varas de paño amarillo, y otros obsequios. Al día siguiente estuvieron en Palacio, cuya riqueza les admiró y avergonzó. A Siripada, que los vió desde una reja, le dijeron que querían paz, pan y contratación. El monarca se mostró maravillado de la larga navegación que habían hecho y ordenó que fueran atendidos y servidos cumplidamente.
Los visitantes, que habían pasado hambres muy dolorosas, comieron y bebieron hasta no querer más. Les dieron al mediodía doce platos, y para postre, variedad de frutas, y por la noche, treinta platos lo menos y otros tantos vasitos de vino de arroz. Hubo en estos banquetes carne asada, capones y otras aves, muy buena pesca y pasteles.
Lo que sobre todo les agradó a los convidados fueron las noticias que allí les suministraron de la situación y la distancia de las _Molucas_.
Transcurridos algunos días, cinco individuos de la flota fueron a la ciudad a comprar brea, y contra lo que pudiera esperarse a continuación de tantos festines, no se los dejó volver, por lo que el resto de nuestra gente combatió y apresó una canoa, en la que iba un hijo del rey de _Luzón_ con cinco mujeres, un niño de dos meses y cinco hombres. El general los puso en libertad mediante rehenes para que el príncipe luzonés procurase hasta lograrla la devolución de los castellanos.
No fueron reintegrados mas que dos, y como habían huído de la _Victoria_ otros dos, fueron cinco las bajas sufridas en _Borneo_ por los expedicionarios.
Estos salen de allí el 5 de agosto, y el 15 cae en su poder una canoa, en la que había 30.000 cocos. Luego están treinta y siete días reparando los buques.
Antes de hacerse a la mar destituyen al capitán mayor, y, por unanimidad, eligen para substituírle a Gonzalo Gómez de Espinosa, y por capitán de la _Victoria_, a Juan Sebastián Elcano. La remoción de Caraballo obedeció a las antipatías que se había conquistado, pues no se sujetaba a las cédulas reales ni atendía los consejos de nadie, reconociendo como única ley su capricho.
Tras una navegación muy rica en incidentes y trabajos, llegó la pequeña armada el 8 de noviembre a una de las islas _Molucas_, a la de _Tidor_, cuyo rey fué el día 9 a darles la bienvenida a nuestros compatriotas. «Ahora se cumplen--les dijo--dos años que yo conocí por el curso de las estrellas que vosotros érades enviados de un gran rey a buscar esta nuestra tierra, por la cual cosa vuestra venida me ha seydo más cara e graçiosa, pues que por las estrellas tanto tiempo antes me fué anunçiada. E çabiendo que no acaesçe jamás alguna cosa destas sin que primero no sea de la voluntad de los dioses o de las estrellas ordenado, no seré tal con vosotros que quiera contrastar la voluntad de los cielos, sino, con buen ánimo y voluntad, de aquí adelante, dexando aparte el nombre real, pensaré que soy como un gobernador de aquesta isla en nombre de vuestro rey.»
Almanzor, que así se llamaba aquel monarca, iba descalzo, y su indumentaria consistía en una camisa labrada de oro, un pañuelo blanco ceñido hasta el suelo y un velo de seda en forma de mitra. Al entrar en la capitanía se tapó las narices para evitar, como musulmán que era, el olor del tocino. Los castellanos le regalaron una silla de terciopelo carmesí, una ropa de terciopelo amarillo, un sayón de tela falsa de oro, cuatro varas de escarlata, un pedazo de damasco, otro de lienzo, un paño de manos labrado de seda y oro, dos copas y seis sartales de vidrio, tres espejos, doce cuchillos, seis tijeras y seis peines.
Almanzor les autorizó para matar a quienes les molestasen, y hombre de curiosidad voracísima, examinó el estandarte imperial, un retrato de Carlos V, la moneda y un peso.
Muy pronto se cambiaron entre él y Gonzalo Gómez de Espinosa juramentos de paz y contratación. Aquel sería amigo de España y le facilitaría especias por paños, lienzos y sedas.
En diciembre reconocieron la soberanía del emperador, Corala, señor de _Terrenate_, Luzuf, rey de _Gilolo_, y los de _Maquián_ y _Bachián_. Eran muy afamados por su lujuria y por su prole. Corala tenía cuatrocientas mujeres «gentiles en ley y en persona» y cien jorobadas para que las sirvieran de pajes. De Luzuf se cuenta que era padre de seiscientos hijos. Veintiséis tenía Almanzor, y doscientas mujeres. «En cenando--dice Gomara--mandaba ir a la cama a la que quería... Era celosísimo, o lo hacía por mor de los españoles, que luego miran y sospiran, y hacen del enamorado.»
El rey de _Tidor_ les encareció a los castellanos que le suplicasen de su parte a Carlos V el envío de muchas fuerzas, para vengarse del cacique de _Burú_, que había muerto a su padre y arrojado su cadáver al mar, y para que enseñasen a los tidoreses nuestra religión y nuestras costumbres, y les dió para el emperador papagayos rojos y blancos, miel y varios indios.
_Tidor_, _Terrenate_, _Maquián_, _Bachían_ y otras islas abundaban en clavo, nuez moscada, canela y jengibre. El cinamomo o árbol de la canela se parece al granado; el del clavo, al laurel por la hoja, y al olivo por la corteza; el de las nueces moscadas al nogal español, y la hierba del jengibre a la del azafrán.
Había en las _Molucas_ unas aves llamadas _manucodiatas_. Francisco López de Gomara, en la primera parte de su _Hispania Victrix_, las describe así: «Son de mucho menor carne que cuerpo muestran; tienen las piernas largas un palmo; la cabeza chica; más luengo el pico; la pluma de color lindísimo; no tienen alas. Jamás tocan en tierra, sino muertas, y nunca se corrompen ni pudren. No saben dónde crían, ni qué comen, y algunos piensan que anidan en paraíso. Los españoles las traen por plumajes, y los malucos, contra heridas y asechanzas». Análoga descripción de estas aves hace Antonio de Herrera; pero todas no debían ser lo mismo. Don Martín Fernández de Navarrete vió, en 1831, dos manucodiatas traídas de Manila y originarias de _Terrenate_, que tenían alas.
Habiéndose despedido los nuestros de Almanzor y disponiéndose para la vuelta a España, observaron que la _Trinidad_ hacía agua de tal modo que les sería imposible navegar con aquel buque sin antes someterlo a importantísimas reparaciones. Ocho días estuvieron trabajando en arreglarlo, y como no lo podían conseguir lo menos en tres meses, acordaron que la _Victoria_ regresara por el cabo de Buena Esperanza, y que la _Trinidad_, una vez carenada, marchase a Panamá y descargase las mercancías, que serían transportadas desde el Pacífico al Atlántico.
El 21 de diciembre de 1521, la _Victoria_, mandada por Juan Sebastián Elcano, salió de _Tidor_ con sesenta hombres, entre ellos trece indios, y fué a _Mare_, donde se proveyó de leña, y después a _Latalata_, _Lumutola_ y otras islas. A mediados de enero de 1522 llegaron a la de _Mahía_, abundante en pimienta larga y redonda. Desde _Mahía_ arribaron a la de _Timor_, pobladísima y rica en oro, jengibre y sándalo. Allí riñeron algunos de los nuestros, y se escaparon Martín de Ayamonte, grumete, y Bartolomé de Saldaña, paje que había sido de Luis de Mendoza. Los demás, luego de haberse provisto de sándalo blanco y canela, emprendieron la marcha con dirección al cabo de Buena Esperanza.
El 18 de marzo divisaron una isla muy alta, que parecía no tener habitantes ni arbolado. Desde ella--la de Amsterdan--, continúan hacia dicho cabo, a cincuenta y siete leguas del cual creen hallarse el 7 de mayo. El 9 se aproximan a la costa, y el 10 buscan, en vano, un punto donde poder adquirir subsistencias. Iban enfermos casi todos los navegantes. Hubo quienes opinaron que debían irse a _Mozambique_, respondiendo otros que preferían morir a retrasar la vuelta a España. El 16 sufrió el buque considerables desperfectos, y el 18, a pocas leguas del cabo de Buena Esperanza, le obligaron a retroceder la furia del viento y de las corrientes.
Del 7 al 8 de junio cortan la equinoccial.
El 1.° de junio se hallan a doce leguas de _Cabo Verde_, y el 9 llegan a la isla de _Santiago_. «Surgimos--dice Albo en su _Diario_--en el puerto de _Río Grande_, y nos recibieron muy bien, y nos dieron mantenimientos cuantos quisimos, y este día fué miércoles, y este día tienen ellos por jueves, y así _creo que nosotros íbamos errados en un día_».
Pedro Mártir de Angleria habla irónicamente del _día perdido_, que tuvo inquietos por mucho tiempo a los compañeros de Elcano, al darse cuenta, con espanto, según Herrera, de que en el viaje alrededor del mundo habían celebrado las Pascuas en lunes y comido carne en viernes. Pigafeta, en su _Primo viaggio intorno al globo_, nos informa de su sorpresa ante la pérdida de dicho día, porque ni uno sólo había dejado de apuntar durante la navegación. «Posteriormente advertimos--añade el cosmógrafo lombardo--, que no había ningún error y que viajando siempre a occidente y siguiendo el camino del sol, al volver al mismo sitio debíamos haber ganado veinticuatro horas». A juicio de Gomara «trascordáronse o no contaron el bisiesto».
En _Río Grande_, como la _Victoria_ hacía mucha agua y eran muy pocos los marineros que quedaban, los navegantes acuerdan comprar negros para darle a la bomba y pagarlos con clavo, puesto que carecían de moneda. Así lo hacen, sin dificultades, el día 13. Para adquirir arroz, el 14 envían un batel, que vuelve a las pocas horas. Nuevamente lo envían por más arroz, y no vuelve, aunque lo esperan hasta el día 15. Los del buque se aproximan al puerto, para enterarse de lo ocurrido. Una barca les insta a que se rindan. Nuestra gente reclama el batel y los individuos que en él han ido. Los de la barca replican que se lo comunicarán a los señores de la isla. Mientras van a comunicárselo, la _Victoria_ levanta anclas y deja abandonados en la isla de _Santiago_ el batel y doce hombres, para librarse el resto, ya escasísimo, de los expedicionarios, de que también los prenda el gobernador de _Cabo Verde_. Los portugueses tenían prohibido, bajo duras penas, a los extranjeros comerciar con especiaría.
Los doce apresados fueron Martín Méndez, contador de la nave, Pedro Tolosa, despensero; Ricarte de Normandía, carpintero; Roldán de Argote, lombardero; Juan Martín y Simón de Burgos, sobresalientes; Felipe de Rodas, Gómez Hernández y Socacio Alonso, marineros; Pedro Chindurza, grumete; Vasquito Gallego, paje, y maestre Pedro, que había ido como lombardero en la _Concepción_ con Gaspar de Mendoza. Desde _Cabo Verde_ se los llevó a la carcel de Lisboa, de donde los mandó sacar al poco tiempo el rey Don Juan II.
El 15 de agosto pasó Elcano entre las islas del _Fayal_ y de _Flores_; el 4 de septiembre divisó el cabo de _San Vicente_, y el 6 llegó a Sanlúcar de Barrameda, a los tres años menos catorce días de haber salido de aquel puerto y al año y cuatro meses desde que partieron de _Tidor_. Por la cuenta de Juan Sebastián, habían navegado catorce mil leguas, y por la de Pigafeta, catorce mil cuatrocientas sesenta.
«Fué el camino que esta nao hizo la mayor y más nueva cosa que, desde que Dios crió el primer hombre y compuso el mundo hasta nuestro tiempo, se ha visto, y no se ha oydo ni escripto cosa más de notar».
El 10 de septiembre se procedió a la descarga de la _Victoria_, que traía trescientos ochenta y un costales de clavo, cuyo peso ascendió a quinientos veinticuatro quintales y veintiuna libras y media. En cajas, sacos y costalillos vinieron muestras de otras especias, como canela y nuez moscada. Varias partidas de clavo, pertenecientes a los oficiales y marineros, pesaron veintiocho quintales, una arroba y diez libras. La canela pesó tres libras y media, y veintiocho un palo de sándalo. Por cédula expedida en Valladolid el 10 de octubre, se mandó a los oficiales de Sevilla que guardasen las muestras de droguerías y especierías traídas por Elcano. Y a los siete días se dió una nueva cédula para que fueran entregados a Cristóbal de Haro, factor de la Casa de la Contratación, cuantos artículos y objetos correspondientes a la Corona hubieran venido en el buque.
De los doscientos treinta y siete individuos que fueron en 1519 en la Armada, he aquí los nombres de los diez y ocho que regresaron a España en 1522: Juan Sebastián Elcano, capitán; Francisco Albo, piloto; Miguel Rodas, maestre; Juan de Acurio, contramaestre; Martín de Indícibus, marino; Hernando de Bustamante, barbero; Aires, condestable; Antón Hernández Colmenero, Diego Gallego, Nicolás de Nápoles, Miguel Sánchez de Rodas, Francisco Rodríguez de Huelva, marineros; Juan de Arratia, Juan de Santander y Vasco Gómez Gallego, grumetes; Juan de Zubileta, paje, y Antonio Lombardo, sobresaliente.
De «hombre intrépido, cuyo nombre no debe ser olvidado, y a quien ni la antigüedad ni la Edad Media pueden oponer rival alguno», califica Antonio de Herrera a Juan Sebastián Elcano. A parecida calificación son acreedores los diez y siete que con él volvieron en la _Victoria_.
De los trece indios que habían sacado de las _Molucas_ para enseñárselos al emperador, tan sólo uno desembarcó aquí vivo. Los demás fallecieron en la travesía.
Los viejos historiadores de estos extraordinarios sucesos tuvieron plena conciencia de la grandeza y la importancia de la expedición. No puede haber quién no las reconozca; mas la lectura de estas hazañas nunca podrá causar entusiasmos tan hondos y vivos como los experimentados por quienes tuvieron la suerte de oír relatarlas a los hombres que las realizaron.
Maximiliano Transilvano, secretario de Carlos V, habló, apenas regresada la _Victoria_, a España, con su ínclito capitán y con su gente, y a base de estas conversaciones escribió la narración que dirigiera al obispo de Cartagena. «Procuré, con mucha diligencia, de saber y me informar de la verdad de todo ello, ansí del capitán de la nao que ahora volvió como de los otros compañeros que en su compañía vinieron».
Gonzalo Fernández de Oviedo trató al jefe de la gloriosísima nave, y así lo hace constar en el libro XX, capítulo III, de su _Historia Natural y General de las Indias_: «Juan Sebastián del Cano... volvió con la nao Victoria a España, al cual yo hablé y comuniqué mucho, en la corte de César, el año mill e quinientos y veynte y cuatro».
Los panegíricos de Oviedo, Gomara y Herrera y los de los historiadores modernos a la nave de Juan Sebastián y a sus heroicos navegantes repiten o amplifican este bellísimo elogio que Transilvano hizo de ellos: «Son, por cierto, estos diez y ocho marineros, que con esta nao aportaron a Sevilla, más dignos de ser puestos en inmortal memoria que aquellos argonautas que con Jasón navegaron y fueron a Colchides, de quien los antiguos poetas hacen tanta celebridad. E mucha más digna cosa es, por cierto, que esta nuestra nao sea colocada y ensalzada entre las estrellas que la en que navegó aquel griego, pues que aquella navegó desde Grecia solamente por el mar del Ponto, y ésta partiendo de Sevilla contra el mediodía y dando allí vuelta contra el occidente y pasando por deyuso deste nuestro hemisferio, penetró hasta las partes orientales, desde las cuales, tomando contra el occidente, dando la vuelta con diversas reflexiones a todo el globo e orbe de la tierra e agua, volvió a Sevilla, de donde primero había partido».
* * * * *
La _Trinidad_, ya recompuesta, salió de Tidor el 6 de abril de 1522, con cincuenta individuos y nuevecientos quintales de clavo, y llegó, tras una navegación de cuarenta leguas, a la isla de _Morotay_, donde los expedicionarios fueron muy bien recibidos e hicieron transacciones.
Yendo hacia el norte, arriban a una de las islas _Marianas_, en la que la nave sufre grandes destrozos y se mueren varios tripulantes de mal de lombrices.
A últimos de agosto surgen en la isla de _Mao_, próxima a la parte septentrional de las de los _Ladrones_, y distantes trescientas leguas de las _Molucas_.
Encontrándose en la costa de _Zamafo_, supieron, por la gente de un barco, que a los quince días de haber salido de _Tidor_ la _Trinidad_, habían llegado a _Terrenate_ portugueses, mandados por Antonio de Brito, y habían construído una fortaleza.
Gonzalo Gómez de Espinosa envió en aquel barco al escribano Bartolomé Sánchez, con una carta para Brito, comunicándole que la _Trinidad_ estaba a punto de perderse, y muchos de la dotación iban enfermos, y suplicándole auxilios con los que poder retornar a _Tidor_. El escribano no volvió. Como se temió en un principio, y se confirmó más adelante, le habían detenido.
En el puerto de _Benacorora_, Simón Abreo, Duarte Raga y los capitanes Gaspar Gallo y García Manrique se presentaron a Gómez de Espinosa y le entregaron la respuesta de Brito, en la que le decía que le facilitaba el personal y los auxilios que le había pedido. Sin embargo, no tardaron en apoderarse de los mapas, astrolabios, cuadrantes y derroteros de la nave, y en mandar en ella hasta el puerto de _Talangomí_, situado entre _Terrenate_ y _Tidor_.
Espinosa protestó contra las violencias de que él y los suyos eran objeto por parte de los lusitanos, en un país que correspondía a Carlos V; a lo que le contestaron que obraban de conformidad con las instrucciones de su rey. Y despreciando las protestas, pidieron el estandarte imperial y procedieron a la descarga del buque. Al exigir Espinosa testimonio de lo que contenía, se le amenazó con que, de insistir en reclamarlo, se lo habían de dar colgándole de una antena.