Part 3
Ruy Falero, por habérsele quebrantado la salud, se quedaría en España de orden de Su Majestad Imperial. De la enfermedad del renombrado astrónomo se ocupan, con ingenuidad pintoresca, nuestros historiadores de Indias. Gonzalo Fernández de Oviedo dice que «aquel mesmo año el Ruy Falero, como era subtil y muy dado a sus estudios, por ellos o porque Dios así lo permitiese, perdió el seso y estuvo muy loco y falto de raçón y de salud, y Çesar lo mandó curar y tratar bien». Francisco López de Gómara se expresa de este modo: «Era Ruy Falero buen cosmógrafo y humanista... Y enloquesció de pensamiento de no poder cumplir con lo prometido, o como dicen otros, de puro descontento por enojar y deservir a su rey». ¿No perdería la razón obsesionado con la idea de que el embajador de Portugal, en Madrid, don Alvaro de Costa, le hubiera dicho al rey Don Manuel que estaba a punto de perderla y que no hiciera de él aprecio alguno?
El 10 de agosto de 1519 salió la flota de Sevilla, y el 20 de septiembre partió de Sanlúcar de Barrameda, dirigiéndose a las islas Canarias o Afortunadas. Estuvo allí proveyéndose de carne, agua y leña, y el 2 de octubre salió del puerto de _Montaña Roja_, de la isla de Tenerife, con rumbo al sudoeste; pero el 3 del mismo mes, hallándose en 27° de latitud norte, cambió de itinerario. Juan de Cartagena manifestó su disconformidad con aquella variación de ruta.
Quince días después llegó la armada al paralelo de _Sierra Leona_. Una noche, hallándose en la costa de Guinea, Cartagena, desde su nave, saludó a Magallanes diciéndole: «Dios os salve, señor capitán e maestre, e buena compañía.» Magallanes le respondió que era llamándole capitán general como tenía que saludarle.
Estando la mar calmosa, el general hizo venir a su navío a los capitanes y pilotos de los demás, y habiéndose promovido muy viva discusión sobre la manera de hacer los saludos, requirió a Cartagena a que se le diera preso; el requerido solicitó, inútilmente, la ayuda de ciertos jefes, que tenía por incondicionales amigos suyos, para prender a Magallanes, y este amarró por los pies, en un cepo, a Cartagena, y si consintió en confiárselo a Luis de Mendoza, fué a condición de que se lo había de entregar cuando se lo reclamara. El cargo que el apresado marino había venido desempeñando se le otorgó al contador Antonio de Coca.
Prosiguiendo el viaje, el 13 de diciembre arribaron a un puerto que fué llamado de Santa Lucía, donde traficaron con los naturales del país. En el Diario o derrotero del viaje de Magallanes, desde el cabo de San Agustín, en el Brasil, hasta el regreso a España de la nao Victoria, escrito por Francisco Albo, se consignan noticias de aquellos indígenas, de las producciones allí más copiosas y de los cambalaches que hicieron los expedicionarios: «Hay buena gente y mucha, y van desnudos, y tratan con anzuelos y espejos y cascabeles por cosas de comer, y hay mucho brasil.»
Magallanes relevó de la jefatura de la _San Antonio_ al contador Coca, la encomendó a Alvaro de Mezquita, sobresaliente de la _Trinidad_, y el 27 de diciembre reanudó la exploración de la costa.
Hacia mediados de enero de 1520, principiaron a reconocer con minuciosidad el interior del río de la Plata, durando el reconocimiento hasta el 7 de febrero. En el cabo de San Agustín se vió conturbada la flota por un violentísimo temporal. Allí se le acercaron en canoas muchos indígenas. Uno de ellos, vestido con una piel de cabra, entró con asombrosa desenvoltura en la nave de Magallanes. Este le regaló una camisa de lienzo y una camiseta de paño encarnado. El 13 de febrero se encontraron cerca de unos «bajos donde la _Victoria_ dió muchas tocadas», y el 27 en una bahía en la que faltaba toda clase de provisiones. En una isleta próxima a ella cogieron ocho lobos marinos y varios patos.
Magallanes reclamó a Luis de Mendoza la entrega de Juan de Cartagena, y encargó su custodia a Gaspar de Quesada.
El 31 de marzo llegaron al puerto de San Julián.
Al día siguiente, domingo de Ramos, el capitán general llamó a los jefes y pilotos de los otros navíos para que fueran al suyo a oír misa y a comer, y todos acudieron al llamamiento, menos Juan de Cartagena, por hallarse preso, y Gaspar de Quesada, por estarle ordenada su guarda.
El país era muy frío y estéril; los mantenimientos iban escaseando, y Magallanes prescribió la economía en las raciones para que fuesen más duraderas. Por todas estas causas, los expedicionarios, muy descontentos, le pidieron que regresara a España, pero se apresuró a contestarles que él había de cumplir la misión que le había confiado el emperador, y que, en todo caso, preferiría la muerte a un retorno que tenía por ignominioso.
Maximiliano Transilvano, secretario de Carlos V, en su magnífica _Relación_, dirigida al cardenal Salpurgense, obispo de Cartagena, _de cómo, por quién y en qué tiempo fueron descubiertas y halladas las islas Molucas, donde es el propio nascimiento de la especería, las cuales caen en la conquista y marcación de la corona de España_, refiere algunas de las razones dadas por Magallanes a los alborotados tripulantes en contra de la vuelta de la armada a nuestra patria: «El capitán Magallanes... les respondió contradiciendo a sus ruegos e diciendo que él llevaba en escripto, por mandamiento del Emperador, el curso y viaje que habían de hacer, y que en manera del mundo él no podía exceder de aquello» «e que considerasen qué alabanza ni gloria les podría ser dada a ellos, pues que allí donde estaban no había distancia de más de 24 a 25° de aquella parte del trópico de Capicornio, que era 4 ó 5° más metidos al austro que los portuguese», «que tuviesen por cierto que tanto mayor gloria y mayores galardones, premios y mercedes recibirían cuanto con mayores trabajos descubriesen y hallasen para el Emperador, que los había enviado a aquel nuevo y incógnito mundo, lleno de riquezas, de especería y de oro».
En la noche del mismo domingo de Ramos, 1.° de abril de 1520, Gaspar de Quesada y Juan de Cartagena pasaron, con treinta hombres armados, desde la _Concepción_ a la _San Antonio_ pidiendo que se les entregase Alvaro de Mezquita, y se les ayudara contra Magallanes, para obligarle a cambiar de conducta y de propósitos, y diciendo que ya se habían hecho dueños de la _Trinidad_ y de la _Victoria_. Juan de Elorriaga, maestre de la _San Antonio_, habló en defensa de Mezquita, y Quesada llamó loco al maestre y le dió cuatro puñaladas en un brazo. Preso Mezquita, se trasladó Cartagena a la _Concepción_. Quesada permaneció en la _San Antonio_, y así quedaron los revolucionados por amos de estas naves.
Cartagena y Quesada pusieron en conocimiento de Magallanes lo que habían hecho, y le requirieron para que se aviniese a cumplir la que ellos estimaban que era la voluntad del emperador, asegurándole que, de acatarla, le aumentarían las consideraciones, respetos y reverencias que le habían guardado hasta entonces. Instóles el capitán general a que pasasen a su nave, donde les escucharía y verían de resolver lo que procediera; pero eludieron la invitación de Magallanes, quien, por medio del alguacil Gonzalo Gómez de Espinosa, envió una carta a Luis de Mendoza excitándole a que fuese a la _Trinidad_, y como al leerla se sonriera maliciosamente, Espinosa le dió una puñalada en la garganta, y un marinero acabó de quitarle la vida de una cuchillada en la cabeza. Poco después entraron en la _Victoria_ quince hombres armados, a las órdenes de Duarte Barbosa, cuñado de Magallanes, sin que nadie se les resistiese. Al otro día, 2 de abril, arremetió la _Trinidad_ contra la _San Antonio_, disparándola varios tiros, y cayeron en poder del almirante Gaspar de Quesada y Antonio de Coca. También hizo prender en la _Concepción_ a Juan de Cartagena.
El día 3 mandó descuartizar el cadáver de Mendoza, y el día 7 fué muerto y descuartizado Quesada, cuyo criado Luis de Molino tuvo que hacerle pedazos, para él librarse de sucumbir en la horca. A Juan de Cartagena y a un clérigo llamado Pedro Sánchez de la Reina, que había contribuído a la rebelión, los quedó desterrados por allí, dejándoles, para que se alimentaran unos cuantos días, taleguillas de bizcocho y botellas de vino. A cuarenta individuos más hubiera ordenado ajusticiar, de no haber tenido en cuenta que, haciéndolo así, no le quedaba la gente indispensable para los menesteres de la flota.
Entre los que se libraron de morir, figura Juan Sebastián Elcano, que fué uno de los requeridos por Cartagena y por Mendoza para compeler a Magallanes, de paz o a la fuerza, a la observancia de los que ellos decían que eran los mandatos reales. Elcano nos informa de su participación en estas lastimosísimas y memorables tragedias. Intervino personalmente en la detención de Alvaro de Mezquita, y en el envío a Magallanes de un escribano y un alguacil para pedirle que tomara consejo con sus oficiales en todo lo que hubiera de hacerse. Según Elcano, el almirante mandó prender a Luis de Mendoza por estimar que era el que aconsejaba estos requerimientos y alborotos, y asegura que Magallanes le dió doce ducados al alguacil Espinosa por haber apuñalado al capitán de la _Victoria_. Acerca de los orígenes de tan fieros antagonismos, Juan Sebastián los atribuye al desprecio que el almirante hacía de los poderes de Juan de Cartagena, a quien no trataba como a persona conjunta suya, contraviniendo las disposiciones del emperador, porque Cartagena iba en la armada en sustitución de Ruy Falero, y con las preeminencias de que éste hubiera gozado de no haber tenido que quedarse aquí para curarse de su vesania. Ante los señores de la casa de la Contratación, en Sevilla, había expresado Magallanes, en 1519, antes de salir de España, su conformidad con lo resuelto por Su Majestad respecto a las atribuciones de Cartagena: «En cuanto a lo que su Alteza manda... quel dicho comendador Ruy Falero se haya de quedar, quél, por servir a su Alteza, ha por bien y le place quel dicho comendador Ruy Falero se quede, e vaya en su lugar el señor Juan de Cartagena como su conjunta persona, así como su Alteza lo mandó».
Las discrepancias entre ambos capitanes por la igualdad o desigualdad de sus poderes habían surgido, yendo la flota por la costa de Guinea, con ocasión de haber castigado Cartagena, sin contar con Magallanes, a un maestro, por sodomita. Los descubridores y conquistadores españoles de América fueron siempre rigurosos e inflexibles con los invertidos y acostumbraban a echárselos a los perros.
Al decir de Elcano, influyeron en las diferencias entre Cartagena y Magallanes y en sus cruentas derivaciones los deseos de éste de complacer a su cuñado Duarte Barbosa y a su sobrino Alvaro de Mezquita, que aspiraban a suplantar a Cartagena, a Quesada y a Mendoza en las capitanías de sus buques.
En el puerto de San Julián, el almirante encargó a Juan Serrano que reconociera, hasta cierta distancia, la costa, por si hallaba estrecho, y que se volviera si, recorridas las leguas que le determinó, no lo encontrase. No se logró dar con el anhelado paso. En cambio, la _Santiago_ naufragó a tres leguas del río de Santa Cruz, si bien se salvó la tripulación, excepto un negro, esclavo del capitán de la nave.
Magallanes hizo a Serrano jefe de la _Concepción_, y continuó en dicho puerto. A los dos meses de estar allí se presentaron seis naturales del país, a quienes el general dió de comer abundantísimamente en la _Trinidad_, dejándolos marchar luego que se hartaron. Nuestros primitivos historiadores de Indias refieren interesantes noticias de aquellos individuos gigantescos: «Hablan de papo, comen conforme al cuerpo y temple de tierra, visten mal para vivir en tanto frío, atan para adentro lo suyo, tíñense los cabellos de blanco, por mejor color, si ya no fuesen canas, alcohólanse los ojos, píntanse de amarillo la cara, señalando un corazón en cada mejilla; van, finalmente, tales que no parecen hombres.»
Magallanes nombró capitán de la _San Antonio_ a Alvaro de Mezquita, y de la _Victoria_ a Duarte Barbosa, y el 24 de agosto salió del puerto de San Julián. El 21 de octubre descubrió una bahía muy ancha y dispuso que la reconocieran, por si era estrecho, la _Concepción_ y la _San Antonio_. El las aguardaría, a la entrada, con la _Victoria_ y la _Trinidad_. Tres días navegaron Serrano y Mezquita sin poder hallarle el fin. Nuevamente la reconoció la _San Antonio_; pero tampoco se lo pudo hallar. Sin embargo, era el estrecho que se buscaba.
El general, examinados los víveres--que los había para tres meses--, resolvió continuar las exploraciones. Trató de oponerse Esteban Gómez, portugués, piloto de la _San Antonio_, diciendo que, «pues se había hallado el estrecho para pasar a los Malucos, se volviesen a Castilla para llevar otra armada, porque habría gran golfo que pasar, y si les tomasen algunos días de calmas o tormentas, perecerían todos»; a lo que respondió Magallanes «que, aunque supiese comer los cueros de las vacas con que las entenas iban forradas, había de pasar adelante y descubrir lo que había prometido al Emperador».
Llevaba andadas la flota cincuenta leguas de estrecho, y el almirante ordenó que la _San Antonio_ reconociera cierto brazo de mar que había entre unas sierras, y que a los tres días volviese. Mas no volvió. Esteban Gómez y el escribano Jerónimo Guerra, aprovechando la ocasión, decidieron regresar a España. Quiso evitarlo Alvaro de Mezquita, y le dió una estocada al piloto; pero éste le dió otra al capitán y consiguió apresarlo. Mandada por el escribano, retornó la _San Antonio_ a España y llegó a Sevilla, al puerto de las Muelas, el 6 de mayo de 1522. Al salir de Sanlúcar la flota, Magallanes y Gómez iban en íntima relación, y aquél llevaba a éste de piloto de la _Trinidad_. Las disparidades y antipatías que luego hubo entre ambos provinieron del fracaso de Gómez en sus aspiraciones a la capitanía de la _San Antonio_, concedida a Mezquita.
El general, convencido, al esperar en vano a esta nave, de que se habría ido a pique, o se habría vuelto a España, siguió explorando el estrecho con la _Trinidad_, la _Victoria_ y la _Concepción_, habiéndolo atravesado del todo el 27 de noviembre de 1520. Tenía de boca a boca unas cien leguas, navegaron por él veinte días, y a su salida se hallaron con un mar en el que no les sobrevino ninguna tempestad; por lo que Magallanes lo denominó _Pacífico_.
Por el tranquilo Océano pasó la armada el 18 de diciembre, entre la isla de Juan Fernández y la costa de Chile. «La navegación--dice Antonio de Herrera--, ya era muy penosa por falta de víveres: comían por onzas, bebían agua hedionda y guisaban el arroz con agua salada». El 24 de enero hallaron la isla de _San Pablo_, y el 1.° de febrero, otra, que recibió el nombre de la isla de los _Tiburones_, por los muchos que había en ella. También denominaron _Desventuradas_ a las dos, por no haber encontrado mantenimiento alguno con que atenuar las angustias del hambre.
El 1.° de marzo llegó la flota a las _Marianas_, que fueron llamadas _islas de las velas latinas e islas de los ladrones_. El 16 fondearon en la de _Celuán_, del archipiélago filipino. El cacique de _Mazaguá_, con quien se entendieron por medio de un esclavo de Magallanes, natural de Malaca, les regaló cuatro puercos, tres cabras y arroz, y les comunicó que a veinte leguas de allí había un gran rey, pariente suyo, que les daría cuanto quisieran. El señor de _Mazaguá_ y algunos indios les acompañaron hasta la isla de _Cebú_ y la villa del mismo nombre, donde residía tan poderoso monarca, que hizo inmediatamente proposiciones de paz a Magallanes, de tanto mejor gana aceptadas, cuanto que no tardaron en seguirlas inmensas cantidades de víveres, con los que los expedicionarios reformaron notablemente, en pocos días, sus quebrantadísimos organismos. ¡Puercos, cabras, arroz, cocos, mijos, diversidad de frutas! Les parecía mentira a los famélicos navegantes tanta abundancia, y dispararon la artillería en demostración de contento.
Los alborozados nautas construyeron, con las velas de los buques y con ramas de árboles, un altar, donde se dijo misa, a la que asistieron el rey de Cebú y muchísimos súbditos suyos. A continuación de la misa, a Magallanes y a otras personas de la flota se les obsequió con una comida, en la que abundaron las aves asadas, el pan frito, que los indios llamaban _sagú_, y el vino de palmas.
El capitán general había regalado al rey de Cebú una gorra de grana, un traje de seda morada y amarilla y algunos objetos de vidrio, y a un sobrino suyo, que era el heredero de la corona, una taza de vidrio, un paño de Holanda y una gorra; pero lo que más afirmó la amistad entre aquellos soberanos y Magallanes fué el haber curado éste a un nieto del rey que se encontraba enfermo, sin poderse mover hacía más de dos años. Con este motivo recibieron el bautismo la real familia y más de ochocientos indios, habiéndose puesto al monarca, cuyo nombre era Hamabar, el de Carlos; a la reina, el de Juana; al príncipe heredero, el de Fernando, y a una princesa, el de Catalina.
Hamabar envió mensajeros a los reyes de varias islas próximas para que vinieran a reconocerse vasallos del emperador Carlos V. Algunos vinieron, al efecto, a Cebú, pero Cilapulapo, señor de la isla de _Maután_, respondió altivamente que no podía ni quería obedecer a quien le era desconocido, y que no estaba dispuesto a recibir órdenes de Hamabar; mas que, para que no se le tuviera por inhumano, se complacía en enviarles a los extranjeros unas cabras y unos puercos que habían mandado a pedirle.
Magallanes se dispuso a hacerle la guerra a Cilapulapo para obligarle a aceptar por las armas lo que rechazaba por diplomáticas negociaciones. Hamabar procuró disuadirle de lo temerario de la determinación, diciéndole que el señor de _Maután_ era poderosísimo. Tampoco aprobó Juan Serrano los belicosos proyectos del almirante. Insistiendo éste en ellos, el rey de Cebú le ofreció su ayuda, pero le respondió que con sus castellanos tenía de sobra para vencer y castigar a Cilapulapo, y que a lo sumo le aceptaba mil indios para que le sirvieran de guías y para que presenciaran el escarmiento que había de infligirle.
Con sesenta hombres, en tres bateles, y mil cebutines, en treinta barcas, se dirigió a _Maután_. Cilapulapo salió a recibirles con tres mil combatientes. El general mandó disparar la artillería creyendo que con ello bastaba para amedrentar, derrotar y poner en fuga a los contrarios. Pronto comprendió que serían inútiles sus esfuerzos contra aquellos indios, que oyeron los disparos con serenidad maravillosa. Y se hubiera vuelto atrás si tales pensamientos cupieran en ánimos tan heroicos como el del insigne portugués.
Los mautanenses acabaron con unos cuantos cebutines y con ocho españoles e hirieron a más de veinte, a casi todos ellos con flechas envenenadas. A Magallanes le dieron un cañazo en el rostro, varios golpes con lanzas y piedras y un saetazo venenoso, y estando ya en el suelo, una lanzada que lo atravesó de parte a parte.
Los nuestros procuraron recobrar su cadáver, pero los mautanenses se negaron a dárselo y aun a vendérselo, queriendo conservarlo como recuerdo de la victoria que habían alcanzado y para advertencia de quienes se propasaran a molestarles.
Así murió el gran Hernando de Magallanes, el 27 de abril de 1521, a los cuarenta y dos años de edad, habiendo tenido la satisfacción de encontrar el estrecho que le había prometido a Carlos V, mas no la de haber llegado a las islas de las especias.
* * * * *
Magallanes, al ofrecerse al emperador, era ya un experimentado marino y un cosmógrafo inteligentísimo. En la concepción de sus ideas relativas al estrecho, en la claridad de ellas y en la seguridad que tuvo siempre de que había de encontrarlo, parece ser que influyó Martín Behaim, discípulo de Regiomontano y miembro que fué de una junta que Don Juan II de Portugal mandó formar para construír un astrolabio, calcular las tablas de la declinación solar y enseñar a los marinos, como dice el historiador lusitano Barros, _una maneira de navegar per altura de sol_.
En Venecia, en Amberes y en Viena se dedicó Behaim al comercio de pañería; luego vivió veinte años en Lisboa y en la isla de Fayal, habiendo viajado con Diego Cam por las costas del Africa y traído a Europa la malagueta, especia muy buscada que competía con la pimienta. Fué caballero de la Orden de Cristo. En 1492 terminó, hallándose accidentalmente en Nuremberg, en casa de su primo el senador Miguel Behaim, un globo, que deseaba dedicar «a su cara patria antes de partir para el lugar donde tiene su casa, a 700 millas de Alemania», o sea a la isla de Fayal, donde vivía con su mujer Juana de Macedo y con su suegro el caballero Hürter.
En este globo, concluído por Martín Behaim en Nuremberg, fué donde Magallanes debió ver pintado el estrecho cuyo descubrimiento prometió a Carlos V.
Antonio Pigafeta Vicentino, lombardo, que fué en la armada, compuso un _Diario_ de ella y se contó entre los poquísimos que regresaron a España, escribe a este respeto: «El 21 de octubre de 1520 encontramos un estrecho, al cual dimos el nombre de las once mil vírgenes. Sin el saber de nuestro capitán, no se hubiera podido desembocar este estrecho, porque todos creímos que estaba cerrado; pero nuestro capitán se había informado de que debía pasar por un estrecho singularmente oculto, habiéndolo visto en una carta conservada en los archivos del rey de Portugal, y dibujada por un cosmógrafo excelente, Martín de Bohemia».
González Fernández de Oviedo pone en duda, y mejor pudiera decirse que niega, las afirmaciones de Pigafeta, «pues nunca se vido ni oyó scripta ni pintada tal auctoridad, ni hombre chripstiano supo que avía tal estrecho... Pero, o que Magallanes por su buen espíritu, o por aviso de Martín de Bohemia, se atreviesse y determinarse a tal empresa, yo le tengo por hombre de mucho loor».
Entre las aseveraciones de Pigafeta y las dudas o negaciones de Oviedo, será por las de aquél por las que habrá que resolverse, no sólo por haber ido en la expedición, sino por su amistad con Magallanes. El Diario lo entregó al emperador y se ha perdido. Envió copias al pontífice Clemente VII y al gran maestre de Rodas Felipe Villiers de Lisle Adam. El conocido es un extracto de estas copias, existente en la biblioteca ambrosiana de Milán y se publicó en París en 1800.
Antonio de Herrera, que fué el historiador que tuvo a su disposición más documentos acerca de éste y de otros múltiples asuntos, reconoce la influencia de Martín Behaim en el descubrimiento magallánico. El célebre autor de la _Historia de las Indias Occidentales_ asegura que, al presentarse Magallanes por primera vez en Valladolid al obispo de Burgos Juan Rodríguez de Fonseca, le enseñó un globo, en el que estaba indicado el itinerario que proyectaba seguir, pero dejando en blanco el lugar correspondiente al estrecho, por temor a que pudiera encomendársele a otra persona el encargo de descubrirlo, y añade Hererra que, cuando el cardenal Jiménez de Cisneros y monseñor de Xebres apretaban con objeciones al ilustre navegante, les contestó que estaba seguro de encontrarlo por haberlo visto «en una carta marina de Martín de Bohemia..., cosmógrafo de gran reputación».
Fuera o no fuera así, hay que tener a Magallanes por _hombre de mucho loor_.
II
Muerto Magallanes, fueron elegidos, para general de la flota, Duarte Barbosa, y para capitán de la _Victoria_, otro portugués, Luis Alfonso.