Part 2
Sin los consejos del célebre piloto en cuanto a la ruta que debía seguirse, el hallazgo del Nuevo Mundo se hubiera retrasado, no se hubiera dado con él por las islas Lucayas, sino por otra parte más remota, luego de esfuerzos y contratiempos sobre los ya sufridos, o lo que es más seguro, hubiera fracasado la empresa.
Relativamente a este extremo fueron interrogados algunos testigos en el pleito entre don Diego Colón y la Corona, «si sabían que el dicho almirante le preguntó que si le parecía que fuesen aquel camino, e que el dicho Martín Alonso le dijo que no, que muchas veces se lo había dicho que no iban bien, que tornasen la cuarta de sudueste e que darían en tierra más aína; e quel dicho almirante le respondió: pues hagámoslo así; e luego mudó la vía por industria y parecer del dicho Martín Alonso Pinzón, el cual era en aquel tiempo hombre muy sabido en las cosas de la mar».
Las contestaciones de los testigos fueron afirmativas. Todos, menos uno, hablan por referencias: pero la declaración de Francisco García Vallejo, que había estado en la armada y presenciado lo sucedido, es incontrovertible: «Sabe e vido que dijo Martín Alonso Pinzón el dicho viaje: señor; mi parecer es y el corazón me da que si descargamos sobre el sudueste, que hallaremos más aína tierra, y que entonces le respondió el dicho Almirante don Cristóbal Colón: pues sea así, Martín Alonso, hagámoslo así, e que luego, por lo que dijo Martín Alonso, porque era hombre muy sabido en las cosas de la mar, se tomó el dicho acuerdo, e que lo sabe porque se halló presente».
Ninguna prueba superior para el esclarecimiento de este asunto, a las confesiones de Colón en su _Diario_: El sábado 6 de octubre, le indicó Martín a don Cristóbal «que sería bien navegar a la cuarta del oueste, a la parte del sudueste, y al Almirante pareció que no decía esto Martín Alonso por la isla de _Cipango_, y el Almirante veía que, si la erraban, que no pudieran tan pronto tomar tierra, y que era mejor una vez ir a la tierra firme y después a las islas».
Desatendió Colón las indicaciones del capitán de la _Pinta_, y siguió navegando al oeste; mas el domingo 7 de octubre «acordó dejar el camino del oueste y poner la proa hacia ouesudueste, con determinación de andar dos días por aquella vía».
No dos días anduvo por ella, sino hasta descubrir tierra hasta arriba, en la madrugada del 12 de dicho mes, en la isla de Guanahaní, o sea al poco tiempo de haber puesto en práctica las recomendaciones de Martín Alonso, sobre la variación de itinerario.
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En el regreso a España, Martín Alonso hizo gala de una pericia naútica y una prudencia superiores a las de Colón.
La _Santa María_ había naufragado en los bajos de Maití, por negligencia, por confianza o por sueño del Almirante y de la gente de la nave, estando muy tranquila la mar, y emprendieron el viaje de vuelta la _Niña_, mandada por don Cristóbal, y la _Pinta_, a las órdenes de Martín Alonso.
Esta última se hallaba en deplorable estado. Así lo reconoce don Cristóbal: «Esperaban muchas veces a la carabela _Pinta_, porque andaba mal de la bolina, porque se ayudaba poco de la mezana, por el mástil no ser bueno».
En el _Diario_ no se consignan las imperfecciones de la carabela de Martín Alonso para elogiarle, sino para combatirle. «Si el capitán della... tuviera tanto cuidado de proveerse de un buen mástil en las Indias, donde tantos y tales había, como fué cudicioso de se apartar dél pensando de hinchir el navío de oro, él se lo pusiera bueno».
De aquí resultaría que a Pinzón no se le ocurrió sustituír el mástil que tenía roto su barco, y que el almirante sí se le ocurrió y pudo haberlo sustituído por otro de buenísima calidad; pero no quiso hacerlo por vengarse de la _cudicia de oro_ de Martín Alonso. De modo que si muchas veces había que esperar a éste, era, en gran parte, a causa de las venganzas de don Cristóbal.
Del 11 al 12 de febrero de 1493, sorprende a los navíos una horrísona tempestad. Además, hacían agua por todas partes--carcomida su tablazón por los microbios del Trópico--y tampoco llevaban lastre. El 14 por la noche arreciaron los vientos, que arrancaron y alejaron a la _Pinta_ de la _Niña_, habiendo aquélla desaparecido por completo de la vista de la capitana en la madrugada del 15.
Desde entonces, cada carabela hace la navegación para el retorno con independencia de la otra.
El 18 arriba la _Niña_ a la isla _Santa María_, del grupo de las Azores. Había allí, a orillas del mar, una pequeña casa a manera de ermita, y dispuso Colón, en cumplimiento de votos hechos con motivo del temporal, que bajase a ella, en camisa, la mitad de su gente. Cuando estaban en sus rezos, los isleños, unos a caballo y otros a pie, y mandados por el capitán Juan de Castañeda, cayeron sobre los romeros y los apresaron.
Castelar escribe que le fueron devueltos al almirante; mas esto debió soñarlo el preclarísimo tribuno, en cuyos trabajos históricos se mezclan las investigaciones serias, las intuiciones maravillosas, las grandilocuencias de estilo y las invenciones injustificadas.
Lo que consta en el _Diario_ es que Colón estuvo a punto de caer también en poder de los portugueses.
El 4 de marzo llegó la _Niña_ a la roca de Cintra. El rey de Portugal se hallaba en Belem, y Colón le escribió pidiéndole permiso para ir a Lisboa. El monarca le mandó a llamar a su residencia, por medio de don Martín de Moroña, y le agasajó mucho, sentándole a su mesa y haciendo que le guardasen las mayores consideraciones los principales nobles; pero a Don Juan II le molestaron, aunque aparentase que le cautivaban, los descubrimientos y las relaciones de Colón, y ni siquiera lo supo aparentar cabalmente, porque le dijo que aquellas conquistas, en virtud de capitulaciones con Castilla y de pontificios decretos, le pertenecían a él.
Don Cristóbal le refirió con tal afectación sus hallazgos, que don Juan llegó a pensar si aquella manera de referir no sería más bien una especie de venganza por no haber aceptado sus proyectos cuando le brindara con ellos. Y habiendo oído a los del Consejo real, unos dictaminaron que el almirante debía ser condenado a muerte por haber engañado a los soberanos españoles, induciéndoles a invadir ajenos dominios, y otros, que lo más cortés y lo más hábil era ser hospitalario con los súbditos extranjeros y apoderarse de los descubrimientos de Colón calladamente y por la fuerza.
Martín Alonso, a pesar del mal estado de su nave, hizo el regreso sin tocar en territorios portugueses y encaminándose y arribando a España.
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Wáshington Irving y Roselly de Lorgues pusieron en circulación que Martín Alonso, desde el puerto de Bayona, en Galicia, les escribió a los reyes dándoles cuenta del descubrimiento de América y apropiándose la gloria de haberlo realizado.
Nadie ha podido dar con la carta en archivos públicos ni particulares. Es muy probable que la escribiese, y aun pudiera añadirse, aumentando los grados de la probabilidad, que era deber de Pinzón no dejar de escribirla. En cuanto a que intentara atribuírse todos los honores del hallazgo del Nuevo Mundo, hay testimonios que demuestran que no tuvo inconveniente en pregonar los merecimientos de don Cristóbal. Juan de Aragón, vecino de Moguer, que halló en el mar a la _Pinta_, cerca de Palos, declaró en el pleito entre don Diego Colón y el fiscal regio: «Un Martín Alonso Pinzón dijo a este testigo y a los demás que don Cristóbal Colón y Juan Niño y sus hermanos y parientes habían descubierto Indias». Pedro Enríquez, vecino de Palos, visitó la _Pinta_ en Bayona, «e este testigo vido los indios que traían de la isla de Guanahaní, e le dijeron que el almirante había descubierto las Indias..., e este testigo hobo al presente cuatro pesos de oro, que le dió el contramaestre».
Si hubiera dicho en la carta que Colón había perecido, nada de particular tendría que así lo creyera, careciendo de noticias suyas desde hacía mucho tiempo.
En lo que más empeño ponen ciertos escritores, para agigantar hasta lo inconmensurable la figura de don Cristóbal, es en hacer constar que Pinzón les pedía a don Fernando y a doña Isabel que le recibieran, y que se negaron a ello. La parcialidad de don Fernando Colón asegura que le contestaron que no compareciese a su presencia sino en compañía del almirante, y que esta respuesta le produjo tanto pesar que «cayó enfermo y se dirigió a Palos».
Pinzón no hubiera tenido necesidad de especial permiso para presentarse ante la Corte, porque no desempeñaba ningún cargo de real nombramiento. Y si en la epístola del ilustre piloto se hubieran ocultado los servicios y méritos de don Cristóbal como descubridor, los historiadores y cronistas de la época, en los que nada se encuentra sobre tales negativas, las hubieran tratado y comentado con viveza, porque no hubieran podido menos de causar hondísima sensación.
Ni se negó la Corte a recibirle, ni enfermó, ni murió de amargura por la repulsa. Pedro Arias, Alonso Vélez y otros testigos afirman que estando Martín Alonso para ir a hacer relación a Sus Altezas, murió del mal que traía. Y Diego Rodríguez Colmenero vió «que la reina doña Isabel mandó un mensajero que fuese Martín Alonso ante ella para informarla, y cuando el mensajero vino era fallecido». «Murió del mal que traía», del que le habían producido los rudísimos trabajos del viaje al Nuevo Mundo, y especialmente los del regreso a España.
Se le dió sepultura en el Convento de la Rábida.
Por su valor, porque sin su colaboración no se hubiera hecho entonces el descubrimiento de América, y por sus excepcionales dotes de marino, puestas de relieve en diversidad de ocasiones, y sobre todo en la inmortal empresa, bien merecía que las musas le hubieran ensalzado y llorado, que los ingenios de aquellos días heroicos hubieran prorrumpido en profundas lamentaciones y ceñídole a su memoria las coronas de laureles eternos que la posteridad le ha hecho ya la justicia de consagrarle.
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Martín Alonso dejó cuatro hijos y una hija. Dos de aquéllos, Arias Pérez, que era el mayor, y Diego Fernández, fueron muy arriesgados y hábiles marineros y acompañaron a su tío Vicente Yáñez Pinzón en el famoso viaje en que descubrió el Brasil.
La hija estaba demente. En 1503, Arias Pérez se dirigió al rey dándole cuenta de que la muchacha padecía de gota coral y de que la tenía en su casa desde hacía cinco años, y solicitando que, pues no podía sufrir más las impertinencias y los disgustos debidos a su enfermedad, se obligara a cada uno de los otros hermanos a que la soportaran tanto tiempo como él lo había hecho, y que, si se negaban a ello, se entendiese que renunciaban a la parte que al fallecimiento de la pobre loca pudiera corresponderle de los bienes que había heredado de su padre. «E Nos--contestaba Fernando V a estas reclamaciones--tuvímoslo por bien».
El primogénito de Martín Alonso estaba cansado de su hermana; los demás no querían aguantarla, y por eso las demandas de Arias a la majestad real.
Si los de su sangre la rechazaban, los extraños no la iban a recoger. Los obligados a protegerla no tenían que castigar sus patrimonios para los gastos de su sustentación y cuidado. Ella contaba con hacienda propia. Y ni aun así la aceptaban. Tenía, la infeliz, destemplada la armonía del entendimiento. Y tenían sus hermanos destemplada la armonía del corazón.
Son verdaderamente tristes la infelicidad de la hija y el egoísmo de los hijos de Martín Alonso.
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Don Cristóbal, sin la ayuda que en dinero, hombres y buques le proporcionaron Martín Alonso y sus hermanos, no hubiera podido emprender su viaje, ni descubrir el Nuevo Mundo.
La contribución de los Pinzones a la empresa, ¿sería completamente desinteresada?
Las pretensiones de Colón para en el caso de encontrar los territorios con que soñaba motivaron el que no pudiera entenderse con el rey de Portugal y estuvieron a punto de darle idéntico negativo resultado con los Reyes Católicos.
Casábase en su espíritu la idealidad con los cálculos y los apetitos.
Y los Pinzones, ¿serían tan altruístas que tomasen parte en la expedición sin ninguna mira material, románticamente, nada más que por hacerse famosos?
Martín Alonso, a juzgar por el testimonio de sus contemporáneos, «era hombre de gran corazón, que trabajaba de hacer lo que otro no pudiese, porque de ello hobiese memoria»; pero, por grandes que fueran sus ansias de renombre, nadie se mueve sino por su interés y utilidad, como apunta el padre las Casas, refiriéndose a esta cuestión, en su _Historia apologética de las Indias_.
No existen documentos en los que se consignen tratos entre Colón y Martín Alonso; lo que no obsta para que sea muy humano y muy verosímil que los hubiera y que los otorgasen verbalmente. Tampoco es imposible, ni improbable, que los consignaran por escrito y que éste se perdiera.
Las Casas indica que era general la creencia de que Colón le había ofrecido al piloto la mitad de las honras y de los provechos que consiguiese, y aunque opina el insigne historiador que hubo promesas, no se explica que siendo Martín hombre avisado no le hubiera pedido al almirante aseguranza formal de ellas, y le extraña que, habiendo conocido y tratado al capitán de la _Niña_, nunca le hubiera oído nada de esos convenios, y que los herederos de su hermano mayor no hubieran reclamado judicialmente su cumplimiento.
Es chocante el silencio de Vicente Yáñez. Respecto al pleito, fué interpuesto después. En cuanto a la escritura, hubiera sido ineficaz en lo relativo a los honores, sin el consentimiento y la aprobación de los reyes. Ahora bien; pudieron otorgarla, por lo tocante a las utilidades, y ajustar lo demás de palabra, para legalizarlo, con la regia venia, en ocasión oportuna.
De los testigos del pleito, Francisco Medel oyó que Colón le había prometido a Martín Alonso _cuanto pidiese y quisiere_, si le acompañaba; Alonso Gallego _oyó también que partiría con él como hermano_ todo lo que ganase, y Diego Fernández Colmenero afirma que _le prometía la mitad de todo el interés de la honra y del provecho_.
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Colón no les ofreció a los Reyes Católicos descubrir un nuevo mundo, sino encontrar un camino más corto que el seguido hasta entonces para ir a las Indias y llegar al oriente de éstas navegando al occidente.
Apoyándose en las que él llamaba «razones de cosmografía», pensaba que era corta la distancia entre las costas occidentales de Europa y Asia y las de Catay y Cipango. Se proponía buscar el _levante por el poniente_ y pasar al nacimiento de las especias. «Vuestras Altezas ordenaron--dice en el prólogo del _Diario_ de su primer viaje--que no fuese por tierra al Oriente, por donde se acostumbraba de andar, salvo por el camino de occidente, por donde hasta hoy no sabemos por cierta fe que haya pasado nadie».
Estas ideas cosmográficas eran las de Pablo Toscanelli, que, escribiéndole a Fernando Martínez, canónigo de Lisboa, y enviándole a la vez una carta geográfica para el rey de Portugal, le invita a reparar en que en ella «está pintado en derechura por poniente el principio de las Indias».
Cuando don Cristóbal se dispuso, el 23 de octubre de 1492, a partir para la isla de Cuba, creyó que era la de _Cipango_, y el 14 de noviembre «maravillóse en gran manera--cerca de Puerto del Príncipe--de ver tantas islas y tan altas, y se figuró que son aquellas innumerables que en los mapamundos en fin de oriente se ponen».
Al regreso, en 1496, de su segundo viaje, visitó a su íntimo amigo Bernáldez, el famoso párroco de la villa de los Palacios, y le refirió cómo se le había ocurrido la idea de buscar las tierras del gran _kant_, soberano del Asia oriental, navegando al occidente.
En la carta denominada _Lettera rarisima_, que don Cristóbal dirigió, desde Jamaica, en 7 de julio de 1503, «a los cristianísimos y muy poderosos rey y reina de España», notificándoles lo ocurrido en el cuarto viaje, hay pruebas de que persistía en su error en aquella fecha al final de sus expediciones y trabajos. «También dicen que la mar boxa a _Cyguare_ y de allí a diez jornadas está el río de Gangues». Se imaginaba estar cerca del Ganges, en el continente asiático. «Llegué a trece de mayo en la provincia de _Mago_, que parte con aquella de _Catayo_». ¿No recuerdan estas palabras el capítulo LXV de los _Viajes_ de Marco Polo? ¿No se inspiraría en él el almirante para escribirlas? Obsérvese, de paso, que constituyen una irrebatible demostración de que Alejandro de Humboldt no estaba en lo cierto al sostener, en sus magníficos estudios sobre el descubrimiento de América, que le era desconocido a don Cristóbal el libro del afamadísimo viajero veneciano.
Como ha dicho el laborioso historiador don Cesáreo Fernández Duro, «de hallar Colón lo que no buscaba y del convencimiento en que murió de haber llegado al Asia, se infiere que para el descubridor del Nuevo Mundo el Nuevo Mundo no existió.
Martín Alonso regresó a España con la seguridad de que acababa de romperse el misterio de tierras desconocidas.
EL PRIMER VIAJE ALREDEDOR DEL MUNDO MAGALLANES Y ELCANO
I
Hernando de Magallanes había prestado a Portugal excelentes servicios, y no habiendo recibido del rey Don Manuel todas las distinciones y recompensas que por ellos le eran debidas, renunció a su nacionalidad y se ofreció al emperador Carlos V. También se le ofrecieron, incomodados por análogas postergaciones, Ruy Falero, notable astrónomo lusitano, y Cristóbal de Haro, opulento comerciante, natural de Amberes, que residía, desde hacía varios años, en Lisboa, donde se dedicaba a comerciar en grande escala, por medio de agentes, con los territorios descubiertos por los portugueses en la India oriental.
A Magallanes, muy experto marino y entendido cosmógrafo, le preocupaba el afán de encontrar un estrecho en el mar del sur para pasar al oriente, a las islas tan renombradas de la Especería, por otro camino que el del cabo de Buena Esperanza. Y tenía por indudable que aquellas islas no correspondían a Portugal, sino a España, según la línea de demarcación trazada, decretada y rectificada por el pontífice Alejandro VI para prevenir diferencias y conflictos entre ambas naciones.
Ofreció a la majestad de Carlos V la busca de dicho estrecho y el dominio del país de las especias y solicitó, si no se le quisieran o no se le pudieran proporcionar recursos materiales para la empresa, autorización para acometerla, siendo de su cuenta y de la de sus compañeros los gastos que originara.
Desde que Cristóbal Colón descubrió el Nuevo Mundo venía siendo objeto de los desvelos y las investigaciones de los navegantes, así como de los cuidados del Gobierno español, la busca de un paso para las tierras del gran Cant, y hallado el mar austral por Vasco Núñez de Balboa, se inquirió con diligencia infatigable si aquel mar tendría comunicación natural con el Atlántico, habiendo resultado negativas las exploraciones hechas y derivádose más adelante de su infructuosidad numerosos planes para la confluencia de los dos Océanos o para trasladar del uno al otro las mercancías a través del Istmo.
No podrían menos de interesar a la Corte y al Consejo de Indias tales ofrecimientos, por responder a dos anhelos tan acentuados en aquella época como el de hallar el paso al Oriente y el de traer a España los riquísimos productos de sus regiones.
La indignación del país vecino a consecuencia de estas ofertas y de la benévola acogida que se las había dispensado, llegó al extremo de que don Alvaro de Costa, embajador de Portugal en Madrid, hizo los mayores esfuerzos para desacreditar a Magallanes. «Ahora--le escribía a su soberano--hablé muy serio al rey, presentándole muchos inconvenientes; «cuan feo era recebir hum Rei os vasalos de outro Rei seu amigo a sua vountade, que era cousa que entre caballeiros se nam acostumaba; que no era tiempo de disgustar a V. A., y más en cosa de tan poca importancia y tan incierta, que vasallos tenía para descubrimientos, sin echar mano de los que venían descontentos de V. A., y de quien V. A. no podía menos de tener sospechas». Con tanto desenfado le habló don Alvaro al Emperador, que al enterar aquél al rey don Manuel de los términos y los tonos de la entrevista, emplea estas palabras: «Quedó espantado con lo que le dije». De quien el monarca lusitano no debía preocuparse era de Ruy Falero. «Del bachiller no se haga caso; duerme poco y anda casi fuera de seso».
En cuanto a Magallanes, Faria y Sousa asegura, en su _Europa portuguesa_, que el obispo de Lamego, don Fernando de Vasconcelos, votó que el rey o le hiciese merced o le hiciese matar, porque era peligrosísimo para el reino lo que intentaba. Según Herrera, andaban entrambos--Magallanes y Falero--«a sombra de tejado, y cuando los tomaba la noche en casa del obispo de Burgos enviaba sus criados que les acompañasen».
La protección de don Juan Rodríguez de Fonseca, y en especial la del emperador, a quien, desde los primeros momentos, le inspiraron simpatía los planes de Hernando y sus colegas, dieron al traste con las maquinaciones fraguadas y las artes invertidas para imposibilitarlos.
¿Traicionó Magallanes a Portugal poniéndose a nuestro servicio? Hay que decidirse, sin vacilaciones, por la negativa. Los desleales a su nación serán los gobernantes que no recompensen debidamente a quienes se desvivan por ella; mas no los ciudadanos que la abandonen por semejantes ingratitudes. Ni Magallanes cometió ninguna injusticia contra su país, porque pertenecían al nuestro las islas Molucas, desde donde los portugueses llevaban las especias a Calicut.
Aniquilados cuantos obstáculos se oponían a la expedición, el César dispuso que a su costa--porque lo que se arriesgaría sería poco, si resultara estéril, e inmensas las honras y ganancias que se obtendrían si se alcanzase el éxito apetecido--, se equipare una flota.
En cumplimiento del imperial mandato, se aprestó una de cinco naves: la _Trinidad_, de ciento diez toneles; la _San Antonio_, de ciento veinte; la _Concepción_, de noventa; la _Victoria_, de ochenta y cinco, y la _Santiago_, de sesenta y cinco.
Don Martín Fernández de Navarrete, en su famosa _Colección de los viajes y descubrimientos que hicieron por mar los españoles desde fines del siglo XV_, establece la diferencia entre la capacidad de los toneles y la de las toneladas. Por aquéllos se daban a entender antiguamente los vizcaínos, y por éstas los sevillanos de la carrera de Indias. Las medidas de unos y otras «estaban en la razón de cinco a seis; de modo que diez toneles hacían doce toneladas».
Las naves las adquirió en Cádiz, por orden de Su Majestad, el factor Juan Aranda, e incluídos los bateles y los aparejos de ellas, costaron: la primera, doscientos setenta mil maravedís; la segunda, tres cientos treinta mil; la tercera, doscientos veintiocho mil setecientos cincuenta; la cuarta, trescientos mil, y la quinta, ciento ochenta y siete mil quinientos.
La _Trinidad_ sería la capitana, y su gobierno y el supremo de las demás se adjudicaría a Hernando de Magallanes; la capitanía de la _San Antonio_, a Juan de Cartagena, veedor de la expedición; la de la _Concepción_, a Gaspar de Quesada; la de la _Victoria_, a Luis de Mendoza, y la de la _Santiago_, a Juan Serrano. Juan Sebastián Elcano iría en la _Concepción_ en calidad de maestre.
En la iglesia de Santa María de la Victoria de Triana, en Sevilla, recibió Magallanes el estandarte real, de manos de Sancho Martínez de Leiva, a quien, como representante del emperador, hizo juramento y pleito homenaje de que en la empresa que se le encomendaba se conduciría como buen vasallo; e idénticos votos le prestaron a Magallanes los capitanes y oficiales de las otras naves.