Part 7
Un acontecimiento extraordinario fué el haberse convertido al catolicismo Tupas, persona la de más autoridad e influencia, no únicamente en _Cebú_, sino sobre los señores de las otras islas. Ninguno le igualaba en capacidad intelectual ni en habilidad política. Siempre había rechazado la conversión, por creer que la permanencia de los españoles en sus dominios era muy problemática, por no tener con ellos a sus mujeres. Le bautizó fray Diego de Herrera, fué su padrino Miguel López de Legazpi y se le puso por nombre Felipe. Se celebró la ceremonia el 31 de mayo de 1568. Poco después fué bautizado su hijo, mozo de veinticinco años, habiendo sido su padrino Juan de Salcedo. Se le llamó Carlos, en recuerdo del príncipe don Carlos, hijo de Felipe II. Aquel día se bautizaron otros notables de la isla de _Cebú_ y de las inmediatas.
* * * * *
Una de las acciones de Legazpi que mejor ponen de relieve su talento y su valor es su victoria sobre los portugueses de las _Molucas_. El virrey de la India había encomendado al capitán Gonzalo Pereira el apresto de una armada para echar de _Cebú_ y del archipiélago filipino a los españoles. El general se apercibió a la defensa. Habiendo trascurrido bastante tiempo sin que la flota lusitana apareciera por ninguna parte, se imaginó que el virrey habría cambiado de propósito; pero cuando Legazpi se encontraba más falto de víveres, y con sus gentes repartidas por las provincias circunvecinas haciendo sus ordinarias contrataciones, surgió en el puerto de _Cebú_, el 17 de septiembre de 1568, una vela que, por ser latina, reconoció inmediatamente que pertenecía a los portugueses.
El maestre de campo salió a reconocerla y se encontró con que era una galeota de Portugal, procedente de las _Molucas_, en la que venía Antonio Rombo de Acosta, acompañado de Gonzalo Pereira y de cuatro gentiles hombres. Según le dijo Rombo al maestre, deseaba ver al general, para tratar con él de asuntos muy importantes al servicio de la religión y al de los reyes de Portugal y Castilla.
Toda la armada, que pronto arribó al puerto, constaba de diez navíos, con setecientos hombres de armas, sin contar una chusma infinita de molucanos y malabares.
Legazpi y Gonzalo Pereira celebraron una conferencia, en la que el portugués se lamentó de que los españoles hubiesen ido a tierras que estaban incluídas en la demarcación del rey de Portugal. El gobernador le contestó que siempre había tenido por indudable hallarse en tierras correspondientes a la demarcación de Castilla.
Los conferenciantes no se avinieron y hubo necesidad de que apelasen a las armas. Después de numerosas refriegas, en que los lusitanos llevaron la peor parte, Gonzalo Pereira, en vista de la Pascua de Navidad, resolvió volverse a las _Molucas_, y antes le envió a Legazpi, como aguinaldo, dos ricas alfombras de Persia, una colcha, una rodela hermosísima, y algunas porcelanas de la China. El general, por no ser menos, le obsequió con diez varas de carmesí, diez de damasco, cuatro cojines de terciopelo carmesí con guarniciones de oro, y un albornoz muy rico, con rapacejos, botones y alamares de oro.
* * * * *
Legazpi resolvió intervenir personalmente en la conquista de la isla de Luzón y se dirigió a ella con 280 hombres. Los habitantes de Cavite le recibieron de paz. Un moro principal, llamado Dumandul, vino a la armada a visitar al generalísimo. Este le interrogó sobre el estado de los ánimos en Manila, respondiéndole Dumandul que Raxa, el viejo, anhelaba la paz, pero que su sobrino Raxa Solimán, _el mozo_, no debía ser de la misma opinión desde su alianza con Lacandola, reyezuelo de _Tondo_, con quien los de Manila habían estado siempre en relaciones hostiles.
Al ver los moros a Legazpi en el río de aquella población, la prendieron fuego y se encaminaron a Tondo. El general encargó al maestre de campo les dijese a los moros que apagaran el fuego, y que no se alborotaran, porque los españoles no les iban a hacer ningún daño.
Vinieron Raxa el viejo y Lacandola, en dos canoas, a saludar a Legazpi, y humildemente se le postraron, asegurándole que querían paz y amistad con él. El gobernador les contestó que, para que los tuviese por amigos, era indispensable que se reconocieran y declararan vasallos del rey de Castilla, que le había enviado allí para enseñarles la religión verdadera.
El viejo Raxa fué el primero que en Manila recibió el bautismo.
Raxa Solimán visitó a Legazpi manifestándole que quería la paz con los castellanos, rendirle obediencia a su rey y ser adoctrinado en el catolicismo. En esta visita le acompañaron a Solimán su tío y el reyezuelo de _Tondo_, y los tres le besaron la mano al general, quien les pidió que mandasen hacer una casa para él, otra y una iglesia para los agustinos, y ciento cincuenta casas más para el resto de los españoles que había en la isla y concluír un fuerte que estaba en construcción, porque pensaba fundar la capital de las Filipinas, la residencia y corte de su gobierno espiritual y temporal. Aunque prometieron hacerlo, no lo cumplieron del todo, teniendo nuestros compatriotas que dar fin a las obras de fortificación.
Hechas las paces con Raxa el viejo, Raxa Solimán y Lacandola, con frecuencia venían a Manila indios de los territorios circunvecinos. Unos les ofrecían su amistad a los castellanos; pero otros, viendo que estos eran muy pocos, se burlaban de los que se les habían sometido y no dejaban de vociferar que, si aquellos fueran a sus localidades, les quedarían escarmentados. Tales burlas, desplantes y excitaciones influyeron en los de Manila, hasta el punto de decidirles a dar por nulos los compromisos adquiridos y a empuñar las armas contra nuestra gente.
Los menos dos mil guerreros de _Macabebe_, de _Agenoy_ y de otros pueblos se reunieron en _Tondo_, capitaneados por un moro de gran valentía, y convinieron con Lacandola la manera de principiar la lucha contra los españoles.
Al enterarse Legazpi de que estaban allí, supuso que desearían la paz y que habrían ido a solicitar la mediación de aquel reyezuelo. Habiéndoles llamado, y transcurridos varios días sin que acudieran al llamamiento, el general envió a _Tondo_ tres comisarios, uno como intérprete, para garantizarles que, sin temor, podrían ir a Manila, y para que Lacandola contribuyera a desvanecer los recelos que pudieran impedírselo.
El cacique, muy ladino, les manifestó a los de _Macabebe_ que si querían, correspondiendo a la invitación, ir a ver al gobernador, él tendría mucho placer en acompañarles.
Entonces el capitán moro contestó, indignadísimo, que ni él ni su gente querían presentarse ante _el Basar_ (así le llamaban a Legazpi), «ni tener su amistad ni sus Castillas». «El sol me parta por medio el cuerpo--añadió--y caiga yo en desgracia de mis mujeres, para que me aborrezcan, si fuere en algún tiempo amigo de los Castillas».
Hechos estos votos se arrojó a la calle desde la ventana de la habitación en que se encontraba, y, marchando hacia su caracoa, les dijo a los emisarios que pusieran en conocimiento del general que le esperaba para combatirle.
El maestre de campo salió en busca del arrogante musulmán, que no tardó en morir de un arcabuzazo que le dió uno de nuestros soldados. Los contrarios se desbandaron. El maestre les tomó diez caracoas con la gente que iba en ellas. Más de trescientos moros murieron en el combate. Entre los prisioneros había un hijo y dos sobrinos de Lacandola, y aunque era, por tanto, indudable, que éste había estado en inteligencias con los de _Macabebe_, Legazpi los puso en libertad, por si, mostrándose piadoso, lograba traerles definitivamente a pacíficos términos.
Teniendo en cuenta la magnitud de la isla de _Luzón_, sus provincias, sus poblaciones y sus comodidades, el general resolvió levantar una ciudad en el sitio en que radicaba Manila. El 24 de junio de 1571 principió la fundación de la metrópoli política y espiritual de las islas _Filipinas_ y de las que se rindieran a la corona de España.
Determinados los límites de la nueva urbe, nombró dos alcaldes ordinarios, dos regidores, un alguacil mayor, un escribano mayor de Cabildo y dos escribanos de número.
Señaló el sitio para plaza pública, repartió los solares para conventos de San Agustín y para iglesia, encomendó al consejo la designación de los que habían de repartirse entre los vecinos, y ordenó que Manila fuese denominada capital de la provincia de la _Nueva Castilla_.
Este nombre fué confirmado por Felipe II en Cédula de 21 de junio de 1574, en la que otorgó a Manila los títulos de insigne y siempre leal. Por otra Cédula le concedió escudo de armas, consistente en castillo de plata en campo rojo, y un medio delfín y león, con una espada en la mano.
* * * * *
El 20 de agosto de 1572 Legazpi tuvo una grandísima desazón por haber cometido una falta muy grave uno de sus soldados. Este disgusto se le aumentó con tener que negar a una de las personas principales de su campo un favor, a cuya concesión se había opuesto en varias ocasiones.
Aquel día, y a consecuencia de varios incidentes, sintió un intenso dolor en el corazón. Algo se le alivió con remedios que le aplicaron. A la hora de cenar bebió un poco de agua y se le agudizó el dolor. Entonces le recetaron una purga, y habiéndose levantado de la cama cuando iba a hacerle los primeros efectos, falleció repentinamente. Hubo quienes le echaron la culpa de la inesperada desgracia al médico que le había asistido.
El factor, el maestre, los capitanes y los oficiales del rey, sabedores de tan triste noticia, se personaron a las dos de la madrugada con los demás españoles que había en Manila en el domicilio del difunto gobernador. En un escritorio le encontraron dos provisiones de la Audiencia de Méjico, en las que se determinaba quién había de sucederle en su cargo cuando muriera. Para ese caso se llamaba por capitán general, en primer término, a Mateo del Sanz, y en segundo término, al vizcaíno Guido de Lavezaris, tesorero de la Hacienda Real; y como el maestre había pasado a mejor vida, se confirió la investidura a Lavezaris, hombre viejo, discreto y de buenas intenciones.
El nuevo gobernador ordenó al factor que, sin pérdida de tiempo, buscase a Raxa Solimán, a Lacandola y a los demás caciques para agasajarlos y porque recelaba intentasen alguna alteración.
Al día siguiente, 21 de agosto, se le enterró a Legazpi, con militar y magnífica solemnidad, en el convento de San Agustín, en una capilla del presbiterio, habiéndose colocado sobre su sepulcro un estandarte y una bandera.
En las honras fúnebres que se le tributaron predicó el padre fray Martín de Rada, quien, como dice fray Gaspar de San Agustín, en su _Conquista de Filipinas_, «trató de las virtudes y excelencias de este famoso capitán, digno de ser alabado y puesto con los mayores que ha conocido el mundo por su valor, piedad y prudencia».
Su hijo, Melchor López de Legazpi, le hizo en Méjico muy suntuosos funerales, en los que predicó fray Melchor de los Reyes, de la Orden agustiniana.